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La leyenda del unicornio

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Shun e Ichi, estaban recargados en las cadenas que delimitaban el cuadrilátero, los dos en la misma esquina, aunque cada uno tenía la toalla y la botella de agua de Seiya y Jabu, respectivamente.

Llevaban bastante rato con el entrenamiento, practicando agarres principalmente; él área con más deficiencias de Jabu, y en ese momento, Aioria de Leo, que había estado observándolos, se percató de que, tal como Athena había dicho, todos los muchachos habían recibido el mismo entrenamiento por parte de la Fundación, diversificándose por sus maestros luego de separarse, pero volviendo a retomar el ritmo una vez que volvieron con ella.

Sin que ninguno encendiera su cosmos, sus habilidades no estaban tan desiguales, e incluso se atrevía a asegurar que, debido precisamente a esa sustancial diferencia, y que Jabu había tenido que depender más de su fuerza física que de su cosmos, le tomaba ventaja al caballero de Pegaso en un mano a mano.

Al menos por momentos.

Seiya tenía una facilidad impresionante para adaptarse a sus oponentes. Marín solía decir que era un estudiante difícil, pero de ninguna manera un cabeza dura, y en esos momentos lo comprobaba mejor.

—Deténganse —les dijo, saltando las cadenas.

Al momento, los dos muchachos se separaron.

—Conforme lo que se acordó, Athena no tiene compromisos este fin de semana, así que quiero que vayas a Orán —agregó, mirando a Jabu —, devuelvas la armadura de Unicornio a su sitio de reposo, y presentes tus respetos a tu maestro. Ya debe de estar informado, pero es lo correcto.

Jabu asintió, así que dieron por terminado el entrenamiento.

Tatsumi ya había hecho los arreglos del transporte, y tenía la caja de Pandora de Unicornio lista a bordo del avión, en su propio asiento, ya que tenía prohibido tratarlas como si fueran equipaje. Jabu, que iría solo, se sentó en el lugar contiguo, acariciando la cara que tenía la imagen del equino.

—¿Te estás arrepintiendo? —preguntó Tatsumi, de pie a su lado.

Jabu levantó la vista, y no encontró reproche ni burla en su pregunta. Aun así, no supo qué responder.

Desde que la Fundación Graad lo había retirado del orfanato, y se le explicó cuál era el propósito de su vida, convertirse en caballero era lo único que lo había motivado, quizás en el fondo, con la ilusión de volver y demostrarle a Saori que podía ser digno, que de entre todos los niños, podía ser especial.

—El señor Mitsumasa estaría igualmente orgulloso.

Jabu sonrió.

Toda su infancia había esperado esas palabras, pero en ese momento, con la perspectiva de todo lo que había aprendido y vivido, no significaba mucho realmente.

—Revisa los vídeos que envió el señor Himekawa. Con excepción de Rei Mikazuchi, todos ustedes son novatos.

Tatsumi dejó el avión. Enseguida, el asistente de vuelo aseguró la puerta para luego ir a la cabina.

Apenas despegaron, Jabu encontró una larga lista de videos, todos con nombres de empresas y fecha.

Puso el primero, y por la precaria grabación de un camarógrafo inexperto, además del entorno general, se percató de que era un combate Kengan, y debido al secretismo de la Asociación, no eran grabaciones oficiales o profesionales.

En total, eran poco más de cien archivos, y conforme lo que veía, resultaban verdaderamente brutales.

Sobre todo, comprendió que el hombre con el que había peleado, no era la gran cosa comparado con los que notó, peleaban más veces, entre ellos, su compañero: Rei Mikazuchi.

Tragó saliva al darse cuenta que su velocidad estaba sobre el match tres, quizás el cuatro, dependiendo del oponente. Él mismo, solo en situaciones de extrema importancia llegaba al dos, y se sintió aliviado de que al menos no le tocaría enfrentarlo. Sin embargo, tanto por lo que ya sabía de la organización como los recientes eventos, definitivamente no era el campeón.

Las casi doce horas del vuelo las pasó viendo una y otra vez las peleas que le parecieron más importantes, y tras preguntarle directamente al asistente de vuelo, consiguió guardarlos en su teléfono.

Pese al tiempo que habían estado en el avión, llegaron recién daban las ocho de la noche, y mientras el piloto y el asistente hacían los arreglos, él se escabulló para no declarar la caja de Pandora en la aduana, corriendo a las afueras de la ciudad, donde los edificios se desdibujaban en el horizonte.

Escaló una formación rocosa, era más rápido que por el camino y cuando vio la luz de una pequeña farola al otro lado del acantilado que se formaba, sonrió.

Sujetó las correas de la caja, dio un par de saltos en su sitio y corrió a toda velocidad, usando el borde para impulsarse al frente y saltar.

Cayó en el patio de la casa, levantando una polvareda al derrapar.

—Gracias —dijo un anciano a pocos metros —. Mi café está lleno de tierra.

Con una sonrisa, Jabu se incorporó, yendo hacia él.

—Lo siento mucho —se disculpó, inclinándose levemente.

—¿Qué fue eso? ¡¿Jabu?!

Jabu la recibió cuando corrió a abrazarlo, sin ser capaz de responder ninguna de sus muchas preguntas, principalmente porque no dejaba de hablar, haciéndole entrar en la casa.

—Justo estábamos por cenar, ¡has crecido tanto!

Jabu sonrió, esa era la mentira más grande de todas las que le habían dicho en su vida, y ese era el principal problema que tenía en la Fundación; no había crecido mucho y le costaba trabajo ganar masa muscular.

Luego de un montón de pruebas médicas, cambios de entrenador, dos nutriólogos y un dietista aterrador, simplemente le habían calificado como "bajo respondedor por causa genética".

—¡Niños! ¡Vengan a saludar!

—¿Niños? —preguntó Jabu.

La última vez que la vio, después de la irrupción del Torneo Galáctico, cuando Saori les pidió volver con sus maestros y reforzar su entrenamiento, tenía solo un bebé que ni si quiera podía hablar.

Entonces, un niño, que debía ser el que Jabu recordaba, y una niña entraron al amplio comedor, pero lo que más lo dejó sin palabras, era que la mujer llevaba en brazos a un bebé de tan solo un par de meses.

Los pequeños se sintieron cohibidos por la presencia de un extraño, así que se quedaron quietos.

—Niños, él es Jabu, el mejor estudiante de su padre. Jabu, él es Fadel, seguro lo recuerdas. Ella es Fatma —siguió, intentando que la niña avanzara, pero sin éxito —. Y ella es Najat.

El joven se acercó a la menor, estaba despierta y le dedicó una sonrisa nada más verlo.

La puerta principal se abrió de nuevo y cuatro niños más entraron haciendo bastante ruido. La máscara que llevaba la única niña, le hizo evidente que se trataba del nuevo grupo de aprendices. Ninguno tenía más de seis años, y como era normal, resultaban bastante diversos en sus orígenes, aunque ya todos tenían un tono bronceado en la piel.

Al final, el hombre que era su maestro, cerró la puerta.

—¡Chicos! —exclamó la mujer —¡A bañarse! —y salió detrás de ellos, solo para cerciorarse de que lo hacían bien.

—Maestro —saludó, inclinándose.

El hombre se acercó a él, palmeándole el hombro para que se levantara.

—Los que fueron tus compañeros se marcharon al Santuario hace un tiempo —explicó con simpleza —. Decidieron convertirse en soldados.

—Excepto por Josafat —interrumpió el anciano —, él trabaja en la ciudad y viene de vez en cuando.

El chico se acomidió para sacar la torre de platos de una alacena para disponerlos en la mesa de servicio.

Desde que él era un aprendiz, la casa funcionaba más o menos de esa manera. En ese entonces, su maestro no estaba casado aún, pero esa propiedad pertenecía a una familia que siempre había acogido al caballero que vigilaba el sitio de reposo de la armadura de Unicornio y a sus aprendices, desde hacía siglos.

Rayhana era la hija menor del anciano, y Jabu la recordaba como una noble hermana mayor a la que se le podía dar el respeto y aprecio de una madre. Su maestro solía discutir con ella respecto a que "malcriaba" a los aprendices y no era raro verlos quejándose de lo mismo, que si él era un sádico, que si ella no se tomaba en serio el entrenamiento...

Luego de saber cómo lo habían pasado los demás, sobre todo Ikki, empezaba a creer que algo de razón tenía su maestro. Aun así, las memorias de su infancia en ese lugar eran preciadas, y siempre estaría agradecido con él por convertirlo en el hombre que era.

—Cuando Rayhana aceptó casarse conmigo —dijo de pronto su maestro con una sonrisa — creí que era broma lo de tener una docena de niños. El día que los chicos se marcharon me amenazó: o aceptaba más aprendices o teníamos más hijos.

Jabu carraspeó.

—A como veo, maestro, hiciste las dos cosas.

Ambos se rieron por eso, aunque el mayor se había colorado.

Los chicos volvieron al poco rato. El agua era un bien preciado en el desierto, así que las duchas eran breves, pero necesarias, ya que pasaban todo el día sudando bajo el sol.

—Señores —dijo la mujer desde la puerta, una vez que todos estuvieron dentro—. Los dejo.

Se fue con las niñas a otra habitación que Jabu escuchó que cerraba con llave, supuso que era para que la aprendiz se pudiera quitar la máscara y comer normalmente.

—¡Es la armadura de Unicornio! —exclamó uno de los niños al percatarse de la presencia de la caja de Pandora.

Enseguida, el resto se arremolinó, y concluyeron que el invitado debía de ser el caballero, así que lo acribillaron a preguntas, que tampoco pudo responder porque el anciano les hizo tomar orden, y resignados, cada uno tomó su plato, pasando en fila para que les sirviera.

Con los chicos entusiasmados, y poco dispuestos a dejar el tema de lado, respondió a alguna de las preguntas que antes le habían hecho, pero Jabu no se sintió con ánimo de decir por qué estaba ahí. Aioria le había dicho que su maestro lo sabía, pero él tampoco hacía demasiado por abordar el tema.

Para cuando la cena terminó, no pudo evitar sonreír al ver cómo Rayhana ordenaba que se lavaran los dientes y se prepararan para dormir.

El anciano sacó una pipa, haciéndoles una seña para que se fueran y Jabu comprendió que no solo su maestro, todos sabían por qué estaba ahí, y se sintió realmente avergonzado.

Salieron de la casa, con la caja de Pandora al hombro, y en silencio se dirigieron más al sur, primero caminando, pero al poco incrementaron la velocidad a saltos, sobre todo, a medida que el terreno se volvía inaccesible.

Jabu recordaba el lugar.

El día que le dijo que estaba listo, lo llevó ahí, indicándole que tenía que abrir camino con el galope que le había enseñado. Aún estaban las rocas pulverizadas que había dejado, y se preguntó cómo se supone tenía que devolverla.

—Ponla de nuevo en el corazón de la cueva, y colápsala desde el interior.

Asintió.

De pronto, recordó la pregunta de Tatsumi.

¿Se estaba arrepintiendo?

Sintió que su corazón latía más rápido de lo que debería por la carrera y apretó con fuerza la correa.

Con paso lento se adentró, escuchando la grava bajo sus pies y el frío soplando sobre su hombro.

El camino no era recto, y en tramos tuvo que ir casi a gatas empujando la caja, adentrándose cada vez más en completa oscuridad. Solo una vez se animó a alumbrar el camino, cuando casi caía.

Estaba en el borde de un acantilado de unos quince metros. Por lo poco que pudo ver con la linterna del celular, ese era el sitio, así que se dejó caer, llegando hasta los restos de un altar de piedra.

Escuchó su propio suspiro, y decidió que era suficiente de dudas. Había tomado una decisión.

Dejó la caja en el centro de la loza de piedra y retrocedió, examinando el sitio para ver cómo podía colapsarlo, sorprendido del espacio que había podido abrir a los trece años, pero tomó aire para dar el primer golpe, siguiendo sin detenerse, subiendo a medida que las rocas caían, reacomodándose en los huecos.

La luz de la luna le devolvió la claridad en el campo de visión. Para cuando quedó por encima de todo, con el pecho subiendo y bajando exageradamente, empapado en sudor y las piernas sangrando, sintió que quería llorar, aunque no de dolor.

No escuchó a su maestro acercarse, pero consiguió apartarse antes de que el golpe lo alcanzara.

El hombre volvió a arremeter, esta vez más rápido, así que no pudo quitarse por lo que puso los brazos para bloquearlo, intentando sujetarlo para derribarlo.

Fue inútil, con facilidad deshizo el agarre, invirtiéndolo y arrojándolo hasta el borde.

Jabu rodó dolorosamente varios metros. Pudo incorporarse, solo para recibir un rodillazo que le cortó el aliento.

No le dio tregua, una lluvia de golpes lo movió un tramo más, hasta que le dejó caer el suelo.

El chico escupió la sangre para poder respirar, volviendo a levantarse.

Su maestro le miraba con una expresión indescifrable. No estaba molesto, ya lo había visto enojado antes, ni tampoco parecía decepcionado, algo que encontraría muy comprensible.

—¿Alguna vez te hablé sobre los unicornios? —preguntó.

Jabu no se confió, levantó la guardia para recibir lo que siguiera.

—Desde el medievo se le imagina como un caballo grácil y con capacidades curativas, pero más de uno los describe también como criaturas de temer, es imposible atrapar a uno vivo... salvo por una única forma.

Se acercó despacio, sin ademán de seguir su ataque.

—Solo una doncella virgen puede tentarlo, hacerle perder su bravura, y condenarlo a la esclavitud o la muerte.

Estando frente a él, lo abrazó. Jabu se sintió contrariado, pero comprendió a lo que se refería.

—Nunca me he sentido con el valor para juzgar tus sentimientos por esa muchacha —dijo —. Yo mismo no sé qué sería capaz de hacer por Rayhana.

—Maestro —dijo quedamente —. Te juro por lo más sagrado, que no hago esto por Saori.

El hombre solo lo estrechó con más fuerza.

—Nunca pensé que fuese Athena, solo quería que afrontaras el desencanto en el torneo. No eras más especial que cualquiera de los otros participantes. Por eso te dejé ir. Supongo que es lo que significa el destino, y confirma que realmente eres el santo de Unicornio.

—Lo siento, maestro, realmente no puedo ser el caballero que quisieras.

—Niño tonto. No se trata de lo que yo quiero.

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Rayhana miró por la ventana. Ya estaba amaneciendo y ni su marido ni Jabu habían llegado a dormir.

De igual forma, los chicos tenían que desayunar, si no llegaba para entrenarlos, entonces aprovecharía para repasar con ellos las lecciones. Mientras más pronto se familiarizaran con el alfabeto griego, tendrían menos dificultades para aprender a leer y escribir.

Ya había encendido las hornillas para hervir la avena cuando en una de sus inspecciones, vio sus siluetas en el horizonte.

Preocupada, porque uno llevaba al otro por el hombro, salió corriendo.

Ambos estaban maltrechos, pero era Jabu el que llevaba a su maestro.

Hizo pasar a ambos a la casa, aprovechando que los niños empezaban a bajar para pedirles agua, el botiquín y paños limpios.

—¡Estás mal de la cabeza! —reclamó a su marido, usando unas tijeras para cortar los jirones de tela que quedaban del pantalón de Jabu y que se habían pegado a su piel escocida y sanguinolenta. Él solo sonrió, al menos hasta que ella intencionalmente le presionó una herida para demostrarle que estaba molesta.

—Estoy bien —dijo el chico.

—¡Obviamente no!

Le limpió con algo de brusquedad, y el tacto del paño caliente en su piel le crispó los nervios.

Para "castigar" a su esposo, se dedicó primero a Jabu, pero igualmente se enojó porque él ya había empezado a limpiarse, y al final, mandó a los dos a bañarse mientras preparaba el desayuno.

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Le dejaron un cambio de ropa. No había llevado porque no esperaba ocuparlo, pero mientras se vestía, el teléfono mostró una admirable resistencia, conectando una llamada pese a tener la pantalla completamente destruida.

Debió usar el control de voz para poder atender ya que no era posible el reconocimiento táctil.

—¿Cómo vas? —preguntó Seiya.

—Bien. Ya terminé aquí, voy camino al aeropuerto.

—Menos mal.

—¿Pasó algo?

—Más o menos. Parece que a los viejos no les causó gracia el nuevo club de Saori, están amenazando con no sé qué.

—¿Los retaron a un duelo?

—A ella todavía no, creo que tratarán de llegar a un acuerdo primero, si eso falla, entonces las cosas se pondrán violentas.

Jabu dejó escapar un suspiro. El viaje de regreso debía de usarlo para recuperarse y cumplir su promesa de no perder una sola pelea.

—Pero no llamé para eso —dijo Seiya —. Según nos dijo Saori, acordaron que tú y los otros peleadores del equipo irían como espectadores a otros combates para familiarizarse con sus posibles oponentes. Hace rato hubo una, y Shun, Ichi y yo fuimos para grabártela...

—¿Tan mal fue?

—¿No la has visto? Ya te la mandé.

—Tuve un accidente con el teléfono.

Seiya suspiró.

—Es un monstruo, y Shō va contra él mañana.

—¡¿Mañana?! ¡Creí que las peleas eran más espaciadas!

—Pues, supongo que tiene que ver con la forma en la que los otros miembros de la Asociación se tomaron la iniciativa de Saori y su grupo.

—Sí, entiendo...

—Shun quiere que le ayudemos con el entrenamiento, así que estaremos en eso. Te vemos aquí, entonces.

Jabu terminó de vestirse y bajó las escaleras apresuradamente, aunque el dedo acusador de la esposa de su maestro lo detuvo.

—¡No te vas a ir sin desayunar!

No tuvo valor para contrariarla, ni para rechazar la vianda que le había preparado, de cualquier forma, debido a las zonas horarias, conseguiría estar de vuelta en Japón para la una de la tarde.


Comentarios y aclaraciones:

¡El día de hoy traigo excelentes noticias!

¡Tenemos ilustraciones oficiales!

¡Así es! De alguna manera, que pudiera parecer imposible, con la ayuda de Higurashi Workshop Studios, logramos unificar los estilos radicalmente diferentes de cada fandom. Pueden verlas en la fanpage de Facebook; El moleskine de Kusubana.

¡Gracias por leer!