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El caballero olvidado
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El edificio de Kaiba Corp. parecía mucho más ordinario de que lo que podría sugerir el estilo de todo Kaibaland. Detuvo la motocicleta y levantó el visor del casco para asegurarse que estaba en lo correcto, aunque las inmensas iniciales de la entrada no daban cabida a la confusión.
—¡Hey! ¡Shō!
—¡Seiya!
Seiya, Shun y Jabu venían por la calle, y el primero seguía agitando el brazo por sobre su cabeza, aunque ya los había visto. No supo qué sentir. No se habían hablado en mucho tiempo, al menos hasta que Saori lo llamó a la mansión para hacerle la propuesta de representar a Kaiba Corp, y de pronto estaban ahí, como si fuesen amigos de toda la vida, quizás preocupados por lo que le deparaba como peleador.
—¿Por qué diablos te hizo venir tan temprano? —preguntó Seiya, atajándose con la mano el reflejo del sol en el inmenso edificio.
—Una prueba, supongo. No puedes culparlo —dijo Shō —. Comparados con los otros peleadores de la asociación, no somos especialmente impresionantes.
—¡Como si eso importara en una pelea!
—Vamos, Seiya —respondió Shun, tranquilo como siempre —. No conocen realmente el alcance del cosmos, y tampoco es como si solo fuera una apariencia, muchos de ellos son realmente fuertes.
Un hombre en traje y gafas oscuras se acercó a ellos.
—¿Señor Asamori? —preguntó.
Shō apagó el motor de la motocicleta. El hombre le iba a indicar que no podía dejarla precisamente ahí, pero una vez que se bajó, esta se compactó en un cubo apenas más voluptuoso que una maleta grande, y la cargó.
—¿En dónde la puedo poner? —le preguntó.
Sorprendido por la funcionalidad del diseño, el hombre la tomó, indicándole el camino que tenía que seguir para encontrarse con Seto Kaiba, aunque en el ascensor se encontraron con otro sujeto exactamente con el mismo uniforme, incluso se atrevería a asegurar que el mismo corte de pelo, solo que él no les dirigió la palabra, se limitó a presionar el botón que al piso 55.
La planta parecía vacía, por lo que el eco de sus pasos pareció exagerado. Las puertas del ascensor cerraron a su espalda, así que no le quedaba más que seguir adelante.
—Pasa —escuchó desde unos altavoces en lo alto.
Recorrió el pasillo, hasta otras puertas que se abrieron al aproximarse.
Aunque habían entrenado en distintos sitios luego del sorteo, a todos se le figuró como el laboratorio en que recibieron su primer entrenamiento cuando eran niños.
—Esta es mi arena de entrenamiento —dijo Seto, acercándose de esa manera desafiante que Shō ya había notado que era característica.
—¿También peleas? —preguntó Seiya con cierto asombro.
El otro solo se rio despectivamente.
¿Todos los fracasados se movían en grupo?
Hasta donde recordaba, él solo había invitado específicamente al que sería su representante, sin embargo, como pasaba con Yūgi, otros tres se habían aparecido.
—Duelo de monstruos —respondió, abatido ante la idea de que, al tener un grupo, él mismo se unía a los perdedores que no podía salir solo de un lío —. Hay dos sistemas de juego fundamentales en Kaiba Corp. La proyección básica, para niños pequeños o cobardes, que solo muestra una representación holográfica de las cartas. Y el sistema avanzado de visión sólida, capaz de replicar más de doscientos ademanes por personaje, incluyendo sonidos, olores y, sobre todo, manifestaciones energéticas. Cada daño recibido en los puntos de vida, no provocarán un daño realmente letal, pero los jugadores sí lo resienten.
Shō mantuvo la mirada. Los ojos de Seto resplandecían a medida que le explicaba, aunque eso ya lo sabía.
Se había interesado por el duelo de monstruos por la tecnología usada en el torneo de Ciudad Batallas. Daichi calificó para entrar, aunque solo consiguió tres cartas localizadoras antes de la fecha límite.
Pero eso era secundario, los tres se dieron cuenta de que la forma en la que el disco de duelo personificaba las cartas y manifestaba su poder, era, a su parecer, exactamente igual a como las armaduras de acero manipulaban el cosmos del entorno para que el portador lo usara.
Ushio estaba furioso, aseguraba algún espionaje corporativo, pero el doctor Asamori lo tranquilizó explicando las diferencias en los diseños y por qué le parecía lógica la forma en la que Seto Kaiba había llegado casi a la misma conclusión que él.
—Ya entiendo.
Seto enarcó una ceja, no sabía por qué se lo había dicho, y tan solo le miró quitarse los guantes, la chaqueta y un cinturón, arrojándoselos a sus amigos.
—¿Qué diablos entiendes? —le preguntó.
—Quieres usar el efecto de la visión sólida como sistema de combate simulado.
El joven empresario endureció su semblante.
—No lo usaré en el nivel estándar de los discos de duelo.
—Está bien.
La confianza que demostraba le resultó irritante. Tan solo por esa insolencia, de buena gana lo pondría frente a su dragón de ojos azules definitivo, de cuatro cabezas ahora. Sin embargo, precisamente, por esa cuarta cabeza, tenía que controlar sus impulsos para mandar a todos al diablo.
Tomó el mazo de cartas que había preparado. Luego de analizar a todos esos brutos salvajes que peleaban en la Asociación, pudo transformar cada movimiento en números que se correspondieran en una tabla de equivalencias. Con eso, había convertido a cada peleador en una carta, asignándole puntos de defensa y ataque, así como un nivel, con lo que pudo entender mejor el tipo de estrategia que le hubiera sido de mucha ayuda desde hacía tiempo.
Quizás moriría bajo tortura antes que agradecer, o cuando menos reconocer, a Himekawa por toda esa información que le era esquiva hasta el momento. Era absurda la dificultad para encontrar material útil, y no por un excelente sistema de seguridad, sino por la inexistencia de un sistema en primer lugar. Esa gente era tan anticuada que las grabaciones eran caseras, las fichas de inscripción de peleadores se hacían con papel y los acuerdos quedaban en palabra, por lo que obviamente era imposible de hackear.
Sobre el torneo de aniquilación, sabía que hubo mucha producción de por medio, su propia compañía había vendido equipo aunque ni siquiera intentó participar, pero una vez finalizado, toda evidencia fue meticulosamente destruida, por lo que todo quedaba era lo que había escuchado de alguien que tampoco estuvo ahí realmente.
—Lo he puesto en el más alto nivel. Cambié la configuración de la computadora para que no se corresponda con las reglas del Duelo de monstruos, así que solo te va a lanzar un oponente tras otro, conforme analice tu patrón de movimiento, velocidad de reacción y fuerza.
Shō asintió. No era necesario que le aclarara que iba a doler si lo alcanzaban, pero tampoco le iba a decir que era perfectamente consciente de las consecuencias. Había convenido con la señorita Saori que, por el momento, no había necesidad de hablarle sobre su previo conocimiento del sistema, o de la tecnología similar de la Fundación Graad.
Seto Kaiba se apartó al tiempo en que del techo bajaba algo parecido a un timón, con voz femenina.
—Preparando simulación de combate. Nivel de dificultad: máximo. Objetivo: Shō Asamori. 19 años. 180 cm. 75 kg.
Shō miró la luz roja en su pecho, aquella cosa lo estaba escaneando.
—Iniciando simulación de combate. Esperando confirmación de arranque.
—Confirmado —dijo en voz alta.
El aparato hizo girar algunas de sus piezas.
—Eligiendo. Peleador inicial: Apaleador Fotónico.
Una figura, entre humanoide y robot emergió, con una espada enorme en la mano y sin más indicaciones, se lanzó en contra del chico.
Se había movido bastante rápido. Avanzo los ocho metros que los separaban en una fracción de segundo.
Shun contuvo un jadeo, aunque Shō había conseguido evadirlo saltando a la derecha.
La criatura no le dio tregua y fue de nuevo contra él. Moviendo la espada con agilidad, completamente dispuesto a hacer daño crítico.
—Chicos, miren —dijo Jabu, señalando el sitio del primer impacto: el piso se había fracturado y podían ver energía residual aun saltando.
—¿Qué es esa cosa? —preguntó Seiya.
—No solo es el golpe, ¿no lo sienten?
La observación de Shun hizo que los dos pusieran más atención, y enseguida se percataron de que esa criatura tenía una presencia, y el inconfundible destello de un cosmos, que se conectaba con la máquina de voz femenina.
—Es como…—intentó decir Seiya, sin recordar bien dónde había sentido algo parecido.
—Como las armaduras de acero —completo Shun.
Para ese momento, Shō ya había corrido hacia uno de los muros, consiguiendo subir unos tres metros con su impulso, justo lo suficiente como para posicionarse a la altura de su cabeza, dándole una patada que hizo que la figura pareciera estallar.
—Eligiendo. Segundo peleador: Armadura de ojo.
Otra criatura apareció, aunque está tenía una forma escalofriante de largas extremidades y solo un gran ojo por cabeza, unido a un torso cubierto por una armadura. Aunque solo se mantuvo de esa manera por un momento, enseguida, su cuerpo tembló, y aunque seguía manteniendo el diseño, sus proporciones eran diferentes, y empezó a moverse como habían visto que hacían algunos peleadores, dando saltos rítmicos, moviendo los brazos para una guardia dinámica.
Shō entendió que quería valorar su ataque, y fue hacia allá.
—¿Kickboxing? —preguntó Seiya.
—No —respondió Jabu —. Se llama jeet kune do.
Shō llevaba un buen ritmo, pero en una oportunidad en que se separaron, el gran ojo volvió a temblar y sus proporciones cambiaron otra vez, así como sus movimientos, lo que confundió al chico que volvió a ponerse a la defensiva mientras asimilaba el cambio, pero ni bien se animaba a atacar cuando la cosa volvió a cambiar, así como su estilo.
Seto Kaiba dejó escapar un resoplido.
No esperaba que durara tanto. Había puesto al Apaleador Fotónico al inicio para intimidarlo, con suerte, deshacerse de la incómoda alianza que se veía obligado a respetar en la medida que ese muchacho aguantara las peleas.
Sin embargo, cuando la sexta carta fue vencida, no tuvo más remedio que aceptar que Saori Kido había cumplido su palabra, y no había propósito real en agotarlo justo antes de la pelea.
Con un suspiro pesado, detuvo la simulación. Tendría que contratar un asesor deportista o algo para mejorar la programación del nuevo sistema de sparring.
—La reunión es a las once de la noche. No llegues tarde —dijo Seto, recuperando la baraja y dejando la habitación.
Shō asintió recargando las manos por un momento en las rodillas, tratando de controlar su respiración.
—¡Eso fue asombroso! —exclamó Seiya, acercándose a él —¡Definitivamente puedes con tu oponente de hoy!
El chico sonrió de medio lado. También esperaba eso.
Le devolvieron sus cosas y salieron de la sala.
—Vamos a comer algo, tenemos que poner a Jabu al corriente.
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Jabu no había estado fuera más que un fin de semana, sin embargo, parecía que se había sometido a un retiro de varios meses.
—Saori dice que los miembros más antiguos de la Asociación, se sienten vulnerables por lo que pasó en el Torneo de Aniquilación, y esa es la oportunidad que encontraron los desertores del Santuario, como suplentes de los peleadores principales, por eso los están presionando para evitar que el grupo se fortalezca y pueda retarlos.
Shun guardó silencio cuando la camarera se acercó para servir sus platos, sonriéndoles con cierta coquetería que ninguno estaba seguro de cómo corresponder. Aunque eso a ella no pareció importarle.
—No sería extraño —dijo Shō —. Me refiero a que el señor Himekawa esperara un momento adecuado. Estuve revisando la información al respecto, parece que el grupo en el que estamos, tiene la clasificación más baja. Una de las compañías, es de hecho la última en el ranking, la señorita Kido tiene ahora la posición 312 y el señor Kaiba, 215.
—Pensé que con lo grande que era la Fundación, estaría más arriba —dijo Seiya, que ya había empezado a comer.
—En esta Asociación se diferencia bien el valor de las compañías; no es que no sepan cómo cotiza en la bolsa de valores, o sus utilidades, pero lo único que vale es la posición en la que su peleador puede escalar. Cada victoria asigna un valor para el representante, que varía en relación a lo que se apostó y gana un puntaje para la compañía. Con la única pelea que ha tenido Jabu, la señorita Kido pudo subir once posiciones, y Jabu se adquirió casi 150 millones de valor, y si se oficializa la pelea contra el representante del señor Katsumasa, pasará a ser un novato valuado en billones porque Saori apostó la petrolera en su totalidad.
Jabu tragó saliva, aunque lo disimuló bebiendo de su vaso, y tomando un cubo de hielo entre los dientes.
Si perdía, iba a arruinar la compañía.
Seiya, sin embargo, no parecía demasiado impresionado, estaba más ocupado por acabar con todo lo que llegaba a la mesa.
—Pero no creo que el señor Katsumasa acceda tan pronto —dijo Shun —, pienso que intentará una guerra de desgaste, pidiendo varias peleas por cada cosa perdida que Saori intente recuperar.
Jabu lo miró de soslayo, tenía la vista fija en su plato, pero no comía, y el gesto pensativo de su rostro le hizo preguntarse si temía que no pudiera lograr su objetivo.
—Para ser alguien que no le gusta pelear —dijo Jabu —, estás inusualmente comprometido.
Shun levantó la mirada. Sus ojos eran demasiado expresivos, así que era clara la preocupación.
—No me malinterpretes —respondió —. Creo, como Saori, que esto es un método barbárico, pero... si lo miras desde cierto punto... ¿Viste los videos? No sé, es que, cuando se pacta una pelea, sin importar nada, se acepta el resultado, puedo entender el honor en eso, pero también entiendo que se juega el empleo de un montón de personas, todo su esfuerzo.
—Por eso no nos podemos permitir perder —completó Jabu, recibiendo solo un asentimiento por parte de Shō.
—Vaya, vaya, esta tiene que ser la guardería de la Fundación Graad.
Los chicos giraron la vista al ver entrar a un grupo de sujetos con toda la apariencia de buscapleitos matones, y no fueron los únicos que pensaron en eso. Las demás personas reunidas se alarmaron, y uno de los camareros se apresuró a hacer una llamada, quizás a la policía.
—¿Qué se hace en estos casos? —preguntó Seiya, a lo que Shun le tomó del brazo.
—Solo ignóralo...
Sin embargo, ni bien decía eso, cuando uno de ellos ya había levantado la pierna, dejándola caer, golpeando con el talón la mesa, que inmediatamente se partió por la mitad.
Los cuatro saltaron hacia atrás, y si a alguien le quedaba duda de las intenciones de los recién llegados, en ese momento se disiparon y empezó el caos, con todos los comensales sobresaltados, buscando salir a toda prisa del local.
—¿Cuál es tu problema? —preguntó Seiya, sacudiéndose la ropa.
—¿Mi problema? —repitió el sujeto —. Te diré cuál es mi maldito problema, si es que tu cerebro de mosca no lo entiende.
Con las manos en los bolsillos, y la expresión altanera, pateó uno de los platos que habían sobrevivido al primer golpe.
—Este es un negocio muy serio, algunos nos hemos preparado por años, tenemos la experiencia, la fuerza, y por supuesto, la determinación. Y solo porque hayan ganado un torneo de karate en su escuela, no significa que estén listos para tomar un lugar que no les corresponde.
—¿Ese es el problema? —insistió Seiya, cruzándose los brazos por detrás de su cabeza —¿Qué seas tan débil que un chico de preparatoria puede reemplazarte?
Shun suspiró, Seiya era especialista en irritar a la gente, pero meterse en una pelea iba en contra de los preceptos de la orden, y si bien podían defenderse, tenía sus dudas al respecto de lo que pasaría con Jabu y Shō.
—Señores, creo que esto es algo que deberían arreglar con el señor Yamashita —dijo Shun, poniéndose de pie para mediar el asunto —. Él es el responsable de las contrataciones, si lo que desean es ser representantes, es a él a quien tienen que dirigirse.
Algo en lo que dijo, pese a ser amable y cordial como siempre, pareció molestarlos más, y el que estaba a la derecha del primero que golpeó, lanzó el primer puñetazo. Shun se hizo a un lado, a lo que el otro inmediatamente redirigió su ataque, y el joven caballero se vio en necesidad de tomarlo por el brazo para inmovilizarlo.
Claramente se resistió, y Shun debió usar un poco más de fuerza, sin embargo, esa acción, pese a su naturaleza pasiva, representó la aceptación de la pelea y los otros dos fueron por Jabu y Shō, sin embargo, apenas hacían un intercambio de golpes, cuando un numeroso grupo de sujetos armados con bates de beisbol, entraron al local, cercando a los tres que habían empezado la pelea, separándolos del resto y empezando una lluvia de golpes.
—Hey, por aquí.
Jabu reconoció enseguida al chico al otro lado del ventanal roto, se trataba del representante de Tatsuya Himekawa; Shintarō Natsume, e incitó a los otros a dejar la pelea de lado.
Los cuatro saltaron por el hueco y lo siguieron mientras corrían en dirección opuesta de donde se escuchaban las sirenas de los coches patrulla de la policía.
—¡Que humillante! —se quejó Seiya —¡Huimos como Dócrates!
Shun no pudo evitar el reírse, mirando por detrás a los oficiales tratando de detener la revuelta.
—¿Qué pasará con ellos? ¿Quiénes son? —preguntó.
Dieron vuelta en un callejón y saltaron la valla que dividía las dos secciones, solo hasta entonces se detuvieron.
—Son compañeros de la escuela —respondió Natsume con simpleza, pasándose la mano por el cabello —. Estarán bien, no será la primera vez que estén en la comisaría por un pleito, pero es preferible que ustedes se mantengan limpios.
Jabu levantó el rostro, no podía mirar más allá de la valla que acababan de saltar, pero el barullo era notorio.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—Escuché que un grupo de perdedores resentidos estaban buscando a los novatos de la Fundación Graad, un amigo los encontró y los siguió hasta el restaurante, luego me llamó.
—Bueno, supongo que te debemos una —dijo Seiya.
Natsume se encogió de hombros.
—Según las reglas, no es obligatorio que las compañías contraten a los peleadores que vencen a un representante en una pelea informal, pero les sirve para darse a conocer —explicó Shō.
—Esos tres en particular han retado a todo aquél con el que se encuentran —agregó Natsume —, de milagro siguen vivos, pero si un día se encuentran con alguno de los monstruos del top ten, no la van a contar.
—Hablando de monstruos —interrumpió Jabu —. ¿En qué número pondrías a Takeru Kiozan?
Natsume enarcó una ceja.
—¿Takeru Kiozan? ¿Por qué?
—Porque Shō va contra él en la noche.
—Oh...
Solo fue una respuesta corta que, sin embargo, parecía bastante desesperanzadora por la mirada con la que le acompañó.
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