N/A: Hola! :)

En sí hemos disfrutado mucho escribiendo esta historia, pero desde el capítulo anterior hemos empezado con algunos de los episodios que más nos emocionaba escribir. Esperamos que los disfruten así como nosotras disfrutamos escribirlos, así que no duden en hacernos saber sus opiniones en los comentarios :D

Saludos!

Golden y Flame

Disclaimer: Los personajes de Fullmetal Alchemist no nos pertenecen. Sólo estamos divirtiéndonos con ellos.


Capítulo 17. Golpe de realidad

Al día siguiente de la visita de Edward, Riza tuvo que presentarse al trabajo como todos los días. La diferencia ahora era que fueron mínimas las veces en las que pudo pasar por la oficina del Coronel Mustang y cuando lo hacía era por instantes tan breves que no podía mantener una charla con él, situación que internamente agradecía ya que su mente estaba bastante confusa por las conclusiones que estaba sacando respecto a Ed. Sus compañeros de unidad estaban en una situación similar ya que, como ella, estaban empacando sus cosas y arreglando un poco de papeleo antes de partir a sus nuevas ubicaciones. En el caso de Riza, como ella se quedaría en Central y pasaría a ser la nueva asistente del Führer, desde ese día ya tenía que comenzar a lidiar con el papeleo propio de su nuevo cargo.

Independientemente de la premura de la partida de la gran mayoría del team Mustang, Riza encontró un breve momento para despedirse de cada uno de ellos, después de que habían pasado de despedirse de Roy, pidiéndoles que se cuidaran mucho y que, de manera discreta, se mantuvieran en contacto para saber de ellos. Todos ellos accedieron, pero sin lugar a dudas, no estaban tan preocupados por ellos mismos, sino por ella. Conocían perfectamente a Riza Hawkeye, sabían que era la soldado modelo, la que muchas veces terminaba haciéndole de su niñera, la mejor francotiradora de todo Amestris y posiblemente de todo el mundo, una mujer fuerte y capaz, pero debajo de esa capa de profesionalidad por la que era reconocida en el ejército, para ellos, que tenían la oportunidad de trabajar y convivir con ella día a día, ella era una persona gentil, amable y de buen corazón que ahora tendría que estar bajo la mira y escrutinio directo de uno de los monstruos que estaba conspirando para acabar con el país.

Ninguno de los miembros de la unidad Mustang tenía dudas de la fortaleza y habilidades de Riza para defenderse, pero dados los últimos encuentros que el equipo había tenido contra los homúnculos, tenían muy en claro que un simple mortal como ellos y como ella, no tenía posibilidad alguna contra uno de esos seres. Así que cada uno de ellos le pidieron a Riza que también se cuidara mucho y que cualquier cosa que llegara a surgir no dudara en contactarse con alguno de ellos.

Riza agradeció las palabras de sus compañeros sintiéndose triste y preocupada por el destino de ellos, porque no solamente eran sus compañeros de trabajo y misiones, se habían convertido en sus amigos y familia, por lo cual también ella se sentía preocupada por el bienestar de cada uno de ellos, sobre todo por el de Fuery, quien al ser el más joven de su unidad (dejando de lado a Edward) y al haber sido tomado bajo el ala de Roy no había tenido la necesidad de ver la guerra con sus propios ojos. Pero ahora por obra de esos malditos seres, el pobre chico sería mandado a su suerte a la boca del lobo. Por ello, ninguno de los miembros dudaron ni un segundo para aconsejar al chico sobre cómo debía protegerse si se encontraba en medio de una ráfaga de disparos enemiga y cómo debía infiltrarse para pasar lo más desapercibido posible. Riza, por su parte, le contó los tips que consideró los más importantes para sobrevivir en una situación tan extrema como lo era la guerra.

Fuery se sintió conmovido ante la preocupación y la estima de sus amigos, por lo que les agradeció profundamente y les prometió que no se iba a rendir tan fácilmente y que lucharía con uñas y dientes para regresar en una sola pieza para cuando fuera requerido. Tal y como se lo había prometido al coronel cuando se habían despedido momentos antes.

El tiempo de las despedidas fue muy corto para todos. Aunque lo hubieran deseado prolongar más, no era posible ya que tenían órdenes estrictas de abandonar cuanto antes Central para reportarse a sus nuevas locaciones. Durante esos breves minutos, Riza logró distraerse ligeramente de sus pensamientos, deseando que hubieran podido estar todos con Roy en ese momento para despedirse, pero sabían que por el bien de todos no debían hacerlo.

Cuando Riza regresó a la que sería su nueva área de trabajo, aprovechó el hecho de estar sola para soltar un pesado suspiro. Ya no había marcha atrás, su unidad, prácticamente, su familia se había desmoronado de un momento a otro y no había certeza alguna de cuándo podrían volver a verse.

Riza se llevó una mano al pecho esperando que de alguna manera eso le ayudara a aligerar el dolor que llevaba en su corazón. Quizás sus compañeros no estuvieran al tanto del secreto que los unía a ella y a Roy, pero el tenerlos cerca la hacía sentirse bien y, ahora que estaba lidiando con una revelación tan importante en su vida, era cuando más los necesitaba. Se sentía una egoísta por desear tenerlos a su lado cuando las circunstancias eran tan peligrosas y aún más deseándolo teniendo en cuenta que ella no les había compartido un aspecto tan trascendental de su vida pero no podía evitarlo. Toda la noche y lo que llevaba del día se había sentido sola y miserable. La enorme posibilidad de que Edward Elric fuera el hijo que tanto había extrañado la hacía llenarse de remordimientos al pensar en lo mucho que había sufrido el chico.

En esos momentos Riza deseaba ir y dejarse estrechar fuertemente por los brazos de Roy para sentirse segura y compartir con él lo que pasaba por sus pensamientos, pero su parte racional le recordaba que no era prudente hacerlo por el riesgo al que podría exponer a todos al compartir una "verdad" que aún no estaba comprobada además de que, sinceramente, no sabía cómo podría contarle a Roy lo que sospechaba. ¿Cómo podría decirle que el niño que habían invitado al ejército cuando sólo tenía 11 años y recién se estaba recuperando de un trauma y la pérdida de dos de sus miembros era en realidad su hijo?

Riza colocó sus manos en su nuevo escritorio e inhaló profundamente un par de veces. A lo largo de los años había aprendido a mantener su máscara profesional sin aparente dificultad pero ese día estaba teniendo que hacer un enorme esfuerzo para hacerlo. No sabía realmente qué es lo que la esperaría en su nuevo cargo pero tenía que sacar provecho de esos pocos minutos de soledad para enfocarse en el día que tenía por delante. Tenía que ser fuerte y mantener la compostura por su propia seguridad, por la de Roy… y muy probablemente por la de Edward.

Durante ese primer día de labores en la oficina del Führer, Riza se dio cuenta que fue muy afortunada al haber tenido al menos un par de minutos para tratar de tranquilizarse y enfocarse ya que ese resultó ser un día bastante ajetreado para ella, por lo que no volvió a tener otra oportunidad de quedarse quieta por un rato sin que alguien la buscara o sin que pasara alguien por su área de trabajo o en las diversas oficinas a las que tuvo que llevar algún documento.

En cierta forma, la enorme cantidad de trabajo que recibió en su nuevo cargo sumado a los asuntos que debía de atender como cierre de sus actividades en la unidad de Roy era buena para ayudarla a mantener ocupada su mente pero sólo era una medida provisional de la cual estaba segura que no le serviría a largo plazo. Necesitaba encontrar respuestas a lo que rondaba por su mente desde la noche anterior.

Durante su hora de comida, Riza aprovechó para ir a la oficina del programa de Alquimistas Estatales. Alegando que quería asegurarse de dejar en orden los expedientes de los alquimistas de su unidad. Haciendo uso de la buena relación que mantenía con la secretaria a cargo, solicitó los archivos correspondientes a Roy y Edward, aunque obviamente su atención estaba dirigida exclusivamente al de Ed.

Aprovechando que la secretaria había ido a archivar los papeles en los que estaba trabajando cuando ella llegó, Riza sacó un papel de su bolsillo y rápidamente anotó el número telefónico que había ido a buscar. Tan pronto como terminó, guardó el papel de vuelta en su bolsillo para después fingir revisar meticulosamente ambos expedientes (como solía hacer ella con todos los documentos que manejaba) para después entregárselos a la secretaria, agradeciéndole con una sonrisa.

Tras su pequeña misión en la oficina del programa de Alquimistas Estatales, Riza continuó con sus labores del día, sintiendo como si el papel que llevaba en el bolsillo pesara demasiado. Estaba un poco temerosa de la llamada que haría pero el hecho de tener que esperar hasta que terminara su turno para hacerla, la estaba impacientando. Generalmente era buena para mantener sus emociones a raya, pero ese día no pudo evitar el pequeño tic nervioso que desarrolló al llevar sus dedos a su bolsillo para rozar el papel que llevaba dentro.

Cuando finalmente el reloj marcó la hora de la salida, Riza comenzó a sentirse sumamente ansiosa. No podía irse en ese preciso momento porque no era su costumbre, pero ahora estaba a alrededor de una hora de realizar la llamada que podría cambiar su vida para siempre. Necesitaba respuestas pero al mismo tiempo también temía lo que éstas podrían involucrar.

La noche anterior se la había pasado prácticamente moviéndose de un lado a otro en su cama sin poder dormirse por completo. En cuanto tenía la sensación de que finalmente podría descansar un poco, los recuerdos de su hijo y de Edward hacían su aparición haciéndola sentarse bruscamente en su cama para repetir el proceso una y otra vez. El recuerdo de la sensación de alegría y ternura que sintió cuando tenía a su pequeño bebé entre sus brazos era el que más se repetía para ser repentinamente reemplazado por el momento en que tuvo que partir para dejar a su hijo a pesar del llanto que ella podía escuchar con cada paso que daba, a pesar de que su corazón se rompía a pedazos al tener que seguir adelante.

Incluso durante la noche, cuando finalmente parecía que iba a poder dormir un poco, tuvo un sueño donde su hijo, quien tenía un aspecto de un niño de 8 años, estaba jugando con un grupo de niños en un hermoso jardín, uno como el que su madre tenía cuando todavía vivía. Su hijo estaba jugando alegremente y la saludaba de vez en cuando cuando se percataba de su presencia, llamándola mamá, haciendo lo mismo con su padre que se encontraba al lado suyo con un brazo sobre sus hombros y con una sonrisa de oreja a oreja. No era otro más que el mismo hombre que había amado durante muchos años y con el único que deseó tener eso, una hermosa familia.

Después de un rato de ejercicio su hijo se alejó de sus amigos para correr y abrazar a ambos padres, pero cuando Riza estrechó a su hijo y después lo alejó un poco para poder apartar algunos mechones de cabello, ahora comenzaba a ponerle el rostro del niño que había visto en la foto que había encontrado hace años en el hogar Elric. En ese momento el rostro de Edward Elric era todo lo que podía ver haciendo que su hermoso sueño se distorsionara completamente recordándole la terrible realidad: Que probablemente el niño al que había dado a luz y posteriormente abandonado, era el mismo niño que ella junto con Roy habían arrastrado a las garras del ejército cuando ella justamente quería hacer lo opuesto para no exponerlo.

Tras ese sueño, Riza despertó sollozando, ahogándose de culpa y desesperación. En ese momento sintió cómo la losa de todas sus culpas le caía de golpe con el solo hecho de pensar en la alta probabilidad de que Edward era el niño que hace mucho abandonó. Se sintió sumamente impotente y sola. En ese momento deseó con todo su corazón que su sueño de hace unos instantes no fuera solamente eso, que hubiera tenido la oportunidad de criar a su hijo al lado de Roy.

Black Hayate, quien se encontraba dormido al pie de la cama al escuchar los sollozos de su dueña, se puso de pie, se subió a la cama a pesar de que sabía que lo tenía prohibido y se acercó a ella. Comenzó a acariciar con su nariz el brazo de ella lloriqueando ligeramente en señal de preocupación. Al no recibir respuesta, dado que Riza estaba tan enfrascada en sus propios pensamientos, el pequeño perro comenzó a colocar su patita derecha sobre su brazo para conseguir su atención hasta que ella reaccionó. Al observar a su fiel amigo al lado de ella sobre la cama preocupado claramente por ella, no pudo evitar sonreír ligeramente y abrazar a su peludo amigo. Si no fuera por la situación actual, sin duda lo hubiera reprendido por haberse subido a la cama, pero se sorprendió por lo perceptivo que estaba siendo su mascota y estaba agradecida por ello. En ese momento de fragilidad, Black Hayate se presentó para darle su apoyo y para recordarle que no estaba sola, que siempre podía contar con él.

"Gracias, amiguito. En verdad no te merezco pero no sé qué haría sin ti." Riza murmuró sin dejar de abrazar y acariciar a Hayate.

Hayate respondió con un ladrido como forma de respuesta y siguió acurrucándose con ella sin alejarse de su lado hasta que Riza se tranquilizó un poco y pudo conseguir dormir un poco de forma intermitente.

A pesar de que todo parecía encajar, Riza no podía estar completamente segura de si Edward era su hijo pero una parte de sí le decía que sí lo era y que debería estar feliz de poder reencontrar a su hijo después de tantos años. Ella misma se decía que sí, de verdad le alegraba la posibilidad pero su felicidad era casi igual al miedo y culpa que la embargaban. El pensar en que su hijo podría haber pasado por tanto sufrimiento para después estar expuesto a una vida de peligros dentro de la milicia le estrujaba el corazón. Sobre todo, al pensar que tanto Roy como ella habían sido los que lo habían invitado a la milicia. Si de verdad Edward era su hijo, todo lo que le había pasado se derivaba del abandono de Riza.

Riza tuvo que sacudir ocasionalmente su cabeza para despejar sus pensamientos y así poder centrarse en las tareas que debía cumplir, esperando con ansias el momento idóneo para concluir su jornada laboral sin que resultara sospechoso en su comportamiento habitual.

Cuando se dio cuenta que finalmente era una hora razonable para no levantar sospechas, Riza tomó su bolso y salió del Comando Central. La noche ya había cubierto las calles y el flujo de gente comenzaba a disminuir. Echando un vistazo sobre su hombro y a sus alrededores para asegurarse de que nadie conocido la viera, Riza comenzó a caminar con rumbo al parque. Durante el día el parque era un lugar bastante transitado pero a esas horas ya eran pocas las personas que lo visitaban.

A pesar de sus miedos internos, Riza caminó con decisión buscando la cabina telefónica más alejada de los caminos más transitados en el parque. Su corazón estaba palpitando intensamente y algunas gotas de sudor, producto de su nerviosismo, comenzaron a recorrer su frente.

En cuanto la cabina buscada estuvo en su campo de visión, no pudo evitar que sus pasos fueran más rápidos. Estaba a punto de colocar su mano sobre la manija de la cabina, cuando se detuvo en seco. Inexplicablemente sintió una sensación extraña de heladez en el ambiente así como la impresión de que alguien la estaba observando. Recurriendo a sus instintos militares, Riza llevó rápidamente su mano a la funda que reposaba sobre su cadera y, en un ágil movimiento, se volteó con su pistola en alto apuntando en la dirección desde la que creía que podría estar la persona que la estaba viendo.

La iluminación del parque no era muy buena. Había varios postes de luz ubicados a lo largo de los caminos marcados pero la luz cálida que emitían no era suficiente para cubrir todos los rincones. Por esto, a pesar de no poder ver a nadie en esos primeros momentos, Riza avanzó lentamente, manteniendo su arma al frente, mientras hacía un chequeo rápido a sus alrededores.

Después de algunos minutos de búsqueda sin éxito, Riza devolvió el arma a su funda y respiró profundamente para tranquilizarse. Las sensaciones que había creído sentir habían desaparecido, convenciéndola de que sólo eran producto de sus propios nervios y ansiedad ante lo que estaba por hacer.

Echando un último vistazo a su alrededor, Riza entró en la cabina telefónica. Con mano temblorosa tomó el auricular y lo acercó a su oído mientras sus dedos tambaleantes sacaban el papel de su bolsillo y varias monedas. Insertó estas últimas en el aparato y después marcó en el teléfono los números que había escrito en el papel.

En cuanto sus dedos teclearon el último dígito, la respiración y el corazón de Riza se aceleraron aún más. Ya no hay marcha atrás. Pensó mientras escuchaba el sonido de la línea al esperar que alguien contestara del otro lado. Ese momento era el que había estado esperando desde la noche anterior, por lo que su corazón parecía querer salírsele del pecho.

A pesar de lo mucho que había esperado ese momento y asumiendo ingenuamente que estaba preparada para afrontarlo, Riza se sobresaltó ligeramente cuando la voz de una mujer mayor se hizo escuchar del otro lado de la línea. "Automail Rockbell. Habla Pinako."

Carraspeando un poco para recuperar su voz, Riza respondió. "Buenas noches, Sra. Rockbell. Habla la Teniente Riza Hawkeye. Disculpe que la moleste a estas horas."

"¿Le pasó algo a los chicos?" Preguntó Pinako con un evidente tono de preocupación.

"No, nada de eso. Ellos están perfectamente bien."

El tono de Pinako cambió a uno de molestia mal disimulada. "¿Entonces a qué debo el honor de esta llamada?" Preguntó con un obvio énfasis de sarcasmo en la palabra.

Tratando de no tomárselo personal, Riza respondió. "Sé que puede resultar una molestia, y me disculpo de antemano por ello, pero me gustaría hacerle unas cuantas preguntas, señora."

Pinako se quedó callada unos segundos antes de bufar. "Supongo que no tengo opción si la milicia quiere que atienda sus llamadas." Dijo con amargura. "Al menos espero que no sean demasiadas."

Riza se mordió el labio inferior antes de proseguir. "Se trata del padre de los chicos."

"Aunque sea un tema no muy agradable para Edward, puede preguntarle lo que desee a los chicos. No hay mucho que yo pueda agregar al respecto." Dijo en un tono que indicaba sus claras intenciones de terminar la conversación cuanto antes.

"¡Espere!" Un resoplido se escuchó del otro lado de la línea. "Estoy casi segura de que usted es la única que puede responder mis preguntas."

Otro resoplido. "Bien, ¿se va a quedar ahí pensando cada una de ellas o las va a preguntar de una buena vez? Aunque no lo crea, la vida en los pueblos puede ser igual o más agitada que en la ciudad."

Sabiendo que la paciencia de Pinako parecía inexistente en esa llamada, Riza se apresuró a responder. "¿Cómo se llama el padre de los chicos?"

"¿Es en serio?"

"Sí."

"No veo la necesidad. Los chicos no llevan su apellido."

"Sólo responda." Respondió Riza en un tono que resultó más brusco de lo que esperaba.

Hubo una pausa por varios segundos. Riza estaba comenzando a creer que pronto escucharía el sonido que indicaría que la llamada había sido cortada, pero repentinamente Pinako respondió. "Van Hohenheim."

La respiración de Riza se cortó por un momento mientras registraba cada palabra. "¿Có-cómo?"

"Si va a hacer una llamada a estas horas al menos debería prestar atención."

"Lo siento, tengo algo de interferencia." Mintió Riza.

Pinako bufó. "Sí, claro." Dijo con sarcasmo. "El padre de los chicos se llama Van Hohenheim."

Vistazos del alto hombre rubio con ojos dorados cubiertos por unos lentes vinieron a la mente de Riza. "Así que estaba en lo correcto." Murmuró para sí misma sin importarle que Pinako pudiera llegarla a escuchar. Carraspeó tratando de que las emociones que la estaban invadiendo no se notaran en su tono de voz. "Tengo entendido que el padre de los chicos se fue cuando Edward..." El nudo en su garganta casi le impidió continuar "tenía cerca de 4 años." Pinako hizo un sonido de afirmación. "¿En todos estos años no ha sabido de él? Me gustaría encontrar una manera de contactarlo."

"Estuvo hace un par de semanas en Resembool, pero así como llegó se fue. No tengo ni la menor idea de dónde pueda estar. Antes de que viniera llegué a pensar que tal vez había muerto porque no había ni el más mínimo rastro de él." El tono de Pinako cambió por algo que Riza no pudo descifrar ¿curiosidad? ¿recelo? ¿preocupación? "¿Para qué quiere hablar con él?"

Riza la ignoró dispuesta a aclarar el aspecto que hace años le había impedido confiar en que Edward era su hijo. "¿Cómo funciona el registro civil en Resembool? Bueno, en realidad lo que quisiera saber es si la fecha que aparece en el acta de nacimiento de Edward es efectivamente la fecha en la que nació."

"No creí que los asuntos que se llevan a cabo en un pueblo fueran interesantes para alguien de la ciudad." Gruñó Pinako. Riza se quedó callada esperando la respuesta. Sabía que había sido brusca y que se estaba arriesgando a que Pinako le colgara en cualquier momento pero los latidos acelerados de su corazón, la combinación de emociones que la estaban llenando y los recuerdos que recorrían velozmente su mente en ese instante le impedían formar más palabras coherentes y amables.

Nuevamente los segundos le parecieron una eternidad hasta que Pinako habló. "Cuando los padres de Edward volvieron del norte tuvieron algunos inconvenientes con la mudanza." Alguna parte de la mente de Riza detectó el énfasis que Pinako hizo al inicio pero no le dio importancia. Había mencionado el norte (su corazón parecía querer salirse de su pecho) y lo había dicho de una manera en la que indicaba que esperaba que ella estuviera familiarizada con ese pasado. Las pocas dudas que le quedaban se estaban evaporando rápidamente llevándola a una conclusión: Edward Elric era su hijo y Pinako Rockbell estaba al tanto de ello. "En aquel entonces todavía no teníamos un encargado fijo del registro civil. Teníamos que compartir uno solo con otros pueblos aledaños, así que el señor Brown acababa de irse cuando ellos volvieron. Tardó casi dos meses en volver y, como venía de mal humor, no quiso poner una fecha de nacimiento anterior a la de su llegada si no contaba con un comprobante de una clínica o con el testimonio presencial de una matrona."

"Lo registraron el 3 de febrero." Murmuró Riza para sí misma pero Pinako la escuchó.

"Así es. Edward es un poco mayor a lo que indica su acta de nacimiento. No había necesidad de hacer escándalo por una diferencia de 2 meses, ¿cierto?" Hizo la última pregunta con un tono un tanto desafiante. Riza no respondió. "Y bien, ¿podría tener la decencia de dignarse a decirme el por qué me está haciendo estas preguntas?"

Riza apretó fuertemente el teléfono mientras una lágrima recorría su mejilla. Ya era suficiente de rodeos. "Me parece que soy la madre de Edward." La frase y el tono de la misma fueron más inseguros y temblorosos de lo que se esperaba. Era la primera vez que se atrevía a decirlo en voz alta.

Pinako guardó silencio unos segundos antes de responder con un tono de voz autoritario. "¿Qué clase de tontería es esa? La madre de Edward es Trisha Elric."

Riza apretó aún más fuerte el teléfono. Su mano comenzó a dolerle por la presión pero no le dio importancia. "Lo sé, y estoy segura de que ella realmente fue una madre maravillosa por la manera tan amorosa en la que Edward y Alphonse la recuerdan." Sin desearlo una ligera punzada de celos le sacudió el corazón. "Pero yo…" Algo de duda empezó a llenarla. ¿De verdad Pinako no estaba al tanto de la situación? ¿Había algún detalle que había ignorado que desmentía lo que ahora estaba considerando un hecho? Enfrenta la realidad. Eso es lo que querías ¿no? Sacudiendo su cabeza para apartar las dudas que estaban formándose en su mente, terminó su frase. "Soy su madre biológica. Yo lo traje a este mundo."

Un nuevo silencio se apoderó de la conversación. Riza podía sentir los intensos latidos de su corazón en sus oídos. Estaba a punto de hablar para verificar que Pinako seguía ahí cuando la señora bufó. "¿Y? ¿Acaso espera que le haga una fiesta o algo por el estilo?"

Múltiples imágenes de Edward Elric pasaron por la mente de Riza. Viéndolo reír, discutir con el coronel, conversar con Al o con los miembros de la unidad y finalmente sus recuerdos se estancaron en la primera vez que volvió a verlo. Su mirada casi muerta mientras el niño, sin un brazo y una pierna, reposaba en una silla de ruedas sin pronunciar la más mínima palabra. No se suponía que esto pasara. Tenías que estar a salvo y crecer felizmente y sin preocupaciones. Mi niño… Edward… ¿Qué fue lo que te hice?

"Si eso es todo lo que tenía que decir…" Comenzó Pinako sacando a Riza de sus pensamientos.

"No…" Dijo en voz baja antes de reponerse. "¿Quién más lo sabe?"

"Sólo yo. Mi hijo y mi nuera también lo sabían pero usted ya sabe lo que sucedió con ellos." Dijo Pinako con amargura.

"¿Ni siquiera Winry…?"

"No. No me agrada la idea de decirle que uno de sus mejores amigos de toda la vida es en realidad el hijo de un par de perros del ejército."

"Entonces usted también sabe quién es el verdadero padre de Edward." Afirmó Riza.

"¿Verdadero?" Dijo Pinako con sarcasmo. "Trisha y Hohenheim nos dijeron todo lo que usted les contó acerca de su historia y el por qué se deshizo de su hijo."

Deshizo. Riza se mordió el labio inferior con tanta fuerza que comenzó a sentir el sabor de la sangre. El tono en que fue dicho era hiriente pero ella no podía negarlo. Ella había abandonado a su propio hijo. El escozor en sus ojos se había intensificado. "Fue lo más difícil que tuve que hacer."

"¿Y por qué no lo buscó antes? ¿Por qué ustedes no aparecieron sino hasta que los chicos habían hecho esa transmutación?" Preguntó Pinako acusadoramente y con una evidente ira.

"Creí que Edward estaba viviendo felizmente en Rivière, pero años después descubrí que Hohenheim y su esposa se habían mudado sin decir a dónde. Creí que había perdido a mi hijo para siempre…"

"¿Hasta ese momento? Usted perdió a su hijo cuando decidió abandonarlo. Una mujer merece llamarse madre cuando cría, cuida, educa y protege a su hijo. No alguien que solamente lo aventó al mundo así sin más." Dijo Pinako duramente. El poco control que Riza aún mantenía cedió. Lágrimas silenciosas comenzaron a recorrer sus mejillas velozmente. "Además a mí no me engaña. Ustedes dos sabían perfectamente dónde estaba Ed. ¡Qué conveniente que hayan decidido volver a aparecer en su vida justo cuando ese chico demostró el gran potencial alquímico que tenía!"

Detectando la insinuación, Riza reaccionó. "¡Eso no es cierto! De haber sabido que mi hijo estaba en Resembool, hace años hubiera ido a verlo."

Pinako se quedó en silencio unos segundos, como si se estuviera debatiendo la veracidad de las palabras de Riza. "¿Cómo puedo creerle?" Preguntó finalmente acusadoramente. "Tuvo 11 años, 11, para haber aparecido en la vida de Edward y evitar todas las cosas que él y su hermano tuvieron que pasar." El nudo en la garganta de Riza le impidió intervenir. "Esos niños llevaban 6 años creyendo que eran huérfanos. Aunque su padre sigue vivo, no teníamos esa certeza en esos años. De no haber sido por la intervención de mi hijo, su esposa y mi propia intervención, esos chicos pudieron haber terminado en un orfanato y por lo tanto muy probablemente hubieran sido separados. ¿Tiene una idea de lo que les hubiera pasado a esos chicos si hubieran terminado en familias diferentes?"

"Lo sé…" Dijo Riza en un tono bajo.

"¡Claro que no lo sabe!" Exclamó Pinako. "Al menos no lo entiende como yo. Esos hermanos se aman y por varios años sólo se han tenido el uno al otro. No importa que no lleven la misma sangre, ellos siempre han visto el uno por el otro. Edward, a pesar de tener un carácter fuerte, siempre hizo lo que pudo para cuidar lo mejor posible de Alphonse ante la ausencia de su madre. Si hubiera algo que él pudiera hacer aunque le costara trabajo él lo hacía con tal de hacer feliz a su hermano. Y hablando de su madre, ¿ahora usted quiere ocupar el lugar que con creces se ganó Trisha?" Pinako no le dio oportunidad a Riza de intervenir. "¿Acaso se atrevería a hacerlo sabiendo que Edward ha sufrido mucho la ausencia de Trisha?" Pinako hizo una pausa para inhalar profundamente y así controlar un poco su tono de voz ya que estaba muy cerca de gritar. "Es más déjeme contarle algo: Edward no se permitió llorar desde después del funeral de su madre pero eso no significaba que no estuviera triste. Los primeros días, cuando él y Al venían a jugar con Winry y se quedaban a cenar, él siempre encontraba la manera de colarse a la cocina cuando mi nuera y yo estábamos cocinando y comenzaba a sacar unas verduras del refrigerador diciéndonos que eran buenos ingredientes. Si al menos lo conoce un poco debería saber que Ed ama el estofado y eso fue gracias a que Trisha se lo cocinaba frecuentemente. Así que, si me está poniendo atención, debe imaginarse que Ed quería decirnos que quería comer estofado. La primera vez que se lo preparamos tras la muerte de su madre, Ed comió muy bien aunque estuvo bastante silencioso mientras lo hacía. Fue como si se estuviera concentrando en encontrar el toque de Trisha en el estofado."

La imagen de un pequeño Edward de 5 años buscando cosas que le recordaran a su madre, hizo que Riza se acordara de su propia experiencia provocando que más lágrimas cayeran al imaginar a su propio hijo sufriendo ese dolor. Mi niño… yo tenía que estar contigo. Por muchos años te creiste huérfano… ¿Cómo pude hacerte pasar por eso?

Pinako continuó. "Si usted se hubiera dignado a aparecer en esos momentos, cuando él más la necesitaba, las cosas serían totalmente diferentes. Así que ¿con qué derecho se atreve a querer meterse en la vida del chico?" Preguntó con tono duro.

Ahogando un sollozo, Riza respondió. "No… no tengo ningún derecho…"

"¡Exacto! ¡Hasta que coincidimos en algo!" Exclamó Pinako sin prestar atención al tono triste de Riza. "Usted no puede levantarse un día y decir: 'Oh, hoy sí tengo ganas de hacerme cargo de las responsabilidades de madre que debí haber tomado hace casi 16 años'. No cuando usted no estuvo con Edward durante el funeral de su madre. O cuando POR AÑOS Ed tuvo que vivir solo con su pequeño hermano porque se negaban a dejar atrás el lugar en el que habían sido felices con su madre. O cuando llegó siendo cargado por su hermano a las puertas de mi casa porque se estaba desangrando rápidamente por la pérdida de su brazo y pierna." Riza no pudo suprimir un grito ahogado al imaginarse la escena. Pinako la ignoró y siguió. "O cuando estaba agonizando por el dolor de la cirugía de automail y la fiebre lo atacaba mientras lloraba de arrepentimiento y culpa creyendo que su amado hermano menor debía odiarlo. O incluso recientemente cuando desenterró los restos de la criatura que él y Al transmutaron y casi tiene un colapso mental en el proceso."

Al imaginarse cada una de las escenas que Pinako le decía, Riza sintió como su corazón se apretujaba una y otra vez. Las lágrimas estaban corriendo libremente por sus mejillas y, ya sin interesarse por evitarlo, sus sollozos se fueron haciendo más fuertes. Soy la peor persona del mundo. Permití que mi propio hijo pasara por todo ese infierno al no haber tomado la decisión correcta. ¿Por qué tuve que involucrarme con la milicia? Mi prioridad era protegerlo, que fuera feliz, pero lo arruiné todo. ¡Todo es mi culpa!

Pinako notó ligeramente los sollozos de Riza, pero estaba tan molesta que decidió agregar algo más. "Oh, claro. Lo había olvidado. Usted sí estuvo con él. Es más, hasta el 'padre' de Ed lo estuvo. Usted estuvo ahí apoyando a su amante mientras él levantaba bruscamente de su silla de ruedas a un niño indefenso con heridas graves aún sanando y eso sin mencionar los traumas de la pobre criatura." Dijo amargamente. "Además usted y su amante 'amablemente' vinieron a forzar a su hijo de tan solo 11 años a seguir el mismo camino maldito que ustedes. Sólo cuando vieron su potencial se acordaron de que tenían un hijo para que al volverlo un perro de la milicia como ustedes los ayudara a ganar puntos con sus superiores." El tono de Pinako se había vuelto más enojado y fuerte. El recordar cómo había tenido que conocer a los padres biológicos de Ed, le hacía hervir la sangre. "¡Ustedes dos son un asco! Sobre todo usted. Usted ni siquiera debería llamarse madre. ¡Usted es…!"

Antes de que Pinako pudiera terminar su última acusación, Riza se sobrepuso a sus sollozos para hablar con voz fuerte y clara. "¡Lo sé! ¡Soy una maldita escoria! ¡Soy alguien despreciable! ¡No merezco vivir! ¡Sólo causo dolor a mi alrededor y me odio por eso!"

Sorprendida por las palabras tan duras contra sí misma, Pinako se quedó sin palabras.

"Cuando me separé de mi hijo sentí que mi corazón se rompía pero de verdad creí que era lo mejor para él pero estaba muy equivocada. ¡Fui tan estúpida!" Exclamó Riza con la voz acelerada y ligeramente entrecortada por el llanto. "Tiene razón en todo. No estuve para él y cuando aparecí en su vida sólo fue para arrastrarlo a una vida llena de peligros e incertidumbre. ¡No merezco a un hijo como Edward!" Tartamudeando la última frase, Riza no pudo controlarlo más y el llanto se volvió tan fuerte que no pudo pronunciar más palabras y a duras penas sostenía todavía el teléfono en su mano.

Pinako se quedó en silencio asimilando las palabras de Riza. De todos los escenarios que se había imaginado respecto a los padres biológicos de Edward, jamás creyó que escucharía de uno de ellos un arrepentimiento tan palpable a pesar de la distancia entre ellas. En ese punto el llanto de Riza era tan desgarrador que Pinako no pudo evitar sentirse un poco mal por varias de las cosas que había dicho.

Pinako intentó poner en orden sus pensamientos, recordando la hipótesis que Hohenheim tenía de que al menos Riza no sabía que Edward era su hijo. Pinako suspiró y decidió retomar la conversación. "Usted no sabía dónde estaba Edward." Esta vez lo dijo como una afirmación y en un tono más suave. No podía evitar ciertos recelos contra Roy y Riza por los años que había tenido para cultivar dichos sentimientos negativos hacia ellos, pero ahora estaba segura de que alguien que sufría como en esos momentos lo estaba haciendo Riza, no podía mentir en un asunto tan delicado.

Haciendo un esfuerzo, Riza dijo. "¿De qué sirve que no lo supiera hasta ahora? Pareciera que era un hecho que iba a hacer sufrir a Edward de una forma u otra. Sólo sirvo para hacer daño a los que me rodean." A pesar de que su voz era inestable, el desprecio propio se podía notar en cada una de sus palabras. "Soy una maldita basura… no entiendo como el destino permitió que pudiera procrear una vida tan buena e inocente… Debería…"

Riza no pudo terminar de hablar al verse interrumpida bruscamente por Pinako. "¡Contrólese! ¡Ya basta de tanto auto-desprecio!" Pinako suspiró. "Lo lamento. Reconozco que me excedí con mis palabras."

"Pero tiene razón. Todo lo que dijo es verdad."

"Es verdad que Ed ha sufrido por su decisión de separarse de él pero ni usted ni yo pudimos haber imaginado las cosas que le terminarían sucediendo a los chicos. Estaba muy molesta con usted porque creí que usted sabía desde un inicio dónde estaba su hijo y que se había deshecho de él porque le estorbaba... pero debo reconocer que alguien que sufre de esa manera por sus errores todavía puede tener algo de corazón a pesar de haberle vendido su alma al ejército… que hoy en día es el equivalente al haberle vendido su alma al mismísimo demonio."

Las lágrimas de Riza siguieron fluyeron pero ahora un poco más lento ante las palabras de Pinako. Riza podía darse cuenta de que la señora Rockbell todavía guardaba cierta molestia y recelo contra ella (y no la culpaba, porque ni ella misma podía perdonarse) pero al menos se estaba mostrando un poco más amable de lo que había estado en toda la llamada.

Carraspeando ligeramente para aclarar su garganta, Riza dijo. "Entiendo su molestia. No tengo justificación y tampoco tengo derecho a su perdón ni al de Edward."

Pinako bufó. "Ni yo misma estoy segura si estoy dispuesta a perdonarla. Pero Ed…" Suspiró. "¿Está planeando decirle la verdad?"

Riza se tambaleó ligeramente. El más grande deseo de su corazón era sostener a Edward en sus brazos. Era lo que siempre había querido hacer con su hijo si alguna vez tenía la fortuna de encontrarlo, pero ahora… ¿tendría el valor de hacerlo? Es más, ¿acaso tenía el derecho de revelarle una verdad que podría destrozarlo? Si lo hiciera, ¿Edward la aceptaría? ¿La odiaría? ¿Se alejaría de ella y Roy? Esas y más preguntas comenzaron a llenar la mente de Riza, provocando que su corazón latiera intensamente mientras balbuceaba unas palabras. "Yo… no lo sé."

"Debo admitir que no sé cómo se lo tomaría. Ed es un buen chico. Aunque tenga un carácter fuerte y sea terco como una mula, sin duda alguna tiene un corazón de oro. Parte de eso se lo debemos a Trisha porque, a pesar de lo prematuro de su muerte, ella siempre llenó a él y a Al de mucho amor. Él ha vivido todos estos años albergando un gran amor a su madre pero también ha mantenido un resentimiento, que ha crecido a lo largo de los años, hacia su padre. Irónico cómo un chico puede tener dos emociones totalmente opuestas dentro de sí ¿no?"

Riza no tenía duda alguna de que Edward era un buen chico pero las palabras de Pinako podían ser casi una sentencia para ella si se animara a decirle la verdad. Así como Edward podía perdonarla rápidamente y aceptarla, también podía apartarla y no querer saber nunca más de ella. Riza sintió su interior revolverse ante la posibilidad.

Dejándose guiar por el odio que había albergado por tantos años, Pinako añadió. "Debo admitir que tengo curiosidad. Tal vez me equivoque, pero es probable que Ed la trate como lo hizo hace poco con Hohenheim."

Las palabras de Pinako le quitaron el aliento por un momento hasta que se recuperó tratando de superar el nudo que se había formado en su garganta. "Si así fuera lo tengo más que merecido."

"Espero que no olvide sus palabras. No quiero que el día de mañana venga lloriqueando a mi puerta pidiéndome que persuada a Ed para que la perdone, porque, por si no le ha quedado claro, no cuenta conmigo."

"¿Usted… no va a impedir que le diga la verdad?"

"Si por mí fuera la mantendría lo más apartada que pudiera de Ed." Respondió francamente Pinako. "Pero, ahora que sé que al menos mi opinión sobre usted estaba ligeramente equivocada, debo aceptar que no tengo realmente poder de decisión sobre el asunto…" Hizo una pausa antes de continuar. "Sabe, usted sólo me está complicando las cosas."

"¿A qué se refiere?"

"En su lecho de muerte, Trisha me encomendó la decisión de decirle o no la verdad a Ed en caso de que Hohenheim tardara varios años en volver. Ella siempre creyó que Hohenheim regresaría a casa pero también tenía muy presente a Ed. Decía que era casi imposible que usted volviera por él por sus circunstancias, pero no descartaba por completo la idea de que Ed terminara descubriendo parte de la verdad, por lo que me encomendó a mí esa tarea en caso de que fuera necesario."

Dudosa, Riza dijo. "Usted podría evitar que lo haga."

"Lo haría encantada pero, dadas las circunstancias, desafortunadamente no puedo fingir que nada de esto pasó. Si lo hiciera, le estaría fallando a la confianza que Trisha depositó en mí. Además… ¿acaso no quiere a su hijo?"

Sin dudarlo un instante, Riza respondió. "Por supuesto que lo amo. Él es mi vida."

Aunque Riza no la pudiera ver, Pinako sonrió tristemente y suspiró. "¿Lo ve? Desafortunadamente de una u otra manera salgo sobrando. Yo amo a Ed y Al como a mis propios nietos, pero estoy consciente que no tenemos lazos sanguíneos y ahora ni siquiera legales gracias a su querido coronel." A pesar del tono más relajado de la conversación, Pinako no pudo evitar usar un tono ligeramente mordaz al final. "Debo decirle que jamás esperé ni mucho menos deseé que a usted se le ocurriera aparecerse en la vida de Ed, pero le daré el beneficio de la duda para que usted y su conciencia decidan si debe o no revelarle la verdad a Edward."

Riza se quedó en silencio unos segundos antes de murmurar. "Gracias."

"No me venga con agradecimientos porque yo no espero nada de usted. Tenga en cuenta que si le estoy ofreciendo la opción de tomar esa decisión es porque Trisha estaba consciente de que podría darse la situación en que ameritara que la verdad saliera a la luz. Espero no estar cometiendo un error, pero le estoy dando la oportunidad de decidir si cargará con esa verdad toda su vida o la dejará salir. Eso sí, le advierto que si usted o ese coronel idiota le hacen más daño a Ed, se las verán conmigo y creáme cuando le digo que la pizca de compasión que le estoy dando va a desaparecer por completo y lamentará el día en el que se le ocurrió cruzarse en el camino de Pinako Rockbell."

Limpiándose un poco las lágrimas con su mano libre, Riza respondió. "Tiene mi palabra de que haré todo lo posible para que Edward sea feliz, porque eso es lo que siempre he deseado para él."

Pinako bufó. "Aún tengo mis dudas sobre usted, así que no sé qué tanto valga su palabra."

Poniéndose firme y seria, Riza respondió. "Tal vez para usted no valgan nada pero mis palabras son en serio. Desafortunadamente no puedo corregir lo que mis errores provocaron en el pasado pero estoy dispuesta a hacer todo lo posible para que Edward y su hermano tengan un futuro feliz."

"Sí, sí. Lo que usted diga." Dijo Pinako sin creerle del todo. "Una cosa más. Si se atreve a decirle la verdad a Ed, dígale que cuando pueda venga a verme. Tengo algo para él." Agregó con tono serio.

"De acuerdo." Riza hizo una pausa antes de agregar. "¿Señora Rockbell?"

"¿Qué?"

"Gracias."

Por toda respuesta Riza escuchó el sonido que indicaba que Pinako había colgado en ese momento, por lo que, suspirando, colgó el aparato. Pinako le había ayudado a despejar sus dudas acerca de su maternidad y había aceptado la posibilidad de que ella le revelara la verdad a Edward. Estaba consciente de que la señora Rockbell seguía molesta con ella (no la culpaba, ni ella podía perdonarse por todo lo que había sucedido a raíz de sus decisiones) pero Riza no podía enojarse con ella. Al contrario, Riza estaba sumamente agradecida con ella por haber cuidado de Edward todos estos años. Pinako no le había dado la oportunidad de agradecerle apropiadamente pero, en cuanto las circunstancias lo permitieran, Riza iría a visitarla, aunque probablemente se ganaría unos buenos gritos de enojo como bienvenida.

Con las manos aún temblorosas por el llanto y las cosas dichas durante la llamada, Riza lentamente desabrochó un par de botones de su saco. Usando su mano izquierda para alzar ligeramente la prenda, Riza introdujo su mano derecha bajo la tela hasta que encontró el compartimento que ahí estaba para después sacar lo que ahí se encontraba.

La fotografía de su hijo… de Edward Elric.

En algún momento de la noche, mientras intentaba dormir sin mucho éxito, no pudo evitar levantarse para poder tomar la fotografía y observarla por varios minutos. Nunca se había atrevido a sacarla de su hogar más que para efectos de mudanza, pero ahora no se sentía capaz de separarse de ella. Necesitaba ese lazo, esa conexión, ese recuerdo… En ese entonces aún no era un hecho lo que sus sospechas e ilusiones le decían pero había algo dentro de sí que le hacía sentir la necesidad de conectar y relacionar la imagen de su hijo con la de Edward.

Sintiéndose incapaz de separarse de la fotografía, Riza se había vuelto a levantar de su cama pero en esta ocasión para buscar en sus cajas. En cuanto encontró el pequeño kit de costura que poseía, sin pensarlo dos veces cortó una de sus playeras negras y después de unos minutos el pequeño compartimento había sido integrado al saco de su uniforme que llevaría ese día.

Durante todo el día tuvo la sensación de que había tomado un riesgo innecesario pero ahora, no podía dejar de agradecer el capricho que le había surgido para en ese momento poder tener la fotografía de Edward entre sus manos.

Riza volvió a pasarse una mano por el rostro, esta vez para poder despejar su mirada del rastro de lágrimas que la volvían borrosa. Levantó la fotografía ligeramente con su mano derecha y con la izquierda comenzó a pasar un dedo afectuosamente sobre la superficie. Anteriormente había sido un rito que había mantenido por todos estos años cuando la nostalgia se volvía insoportable pero ahora había una nueva mezcla de emociones que la invadían. Al fin podía ponerle un rostro actual a su hijo.

Una sonrisa adornó el rostro de Riza. "Edward… mi niño." Una ligera y breve risa salió de sus labios. "¿Cómo pude ser tan ciega? Eres tan apuesto como tu padre. Tal vez tus ojos nos despistaron pero ahora no puedo dejar de pensar en que tienes la nariz de Roy." Riza abrazó la fotografía y sonrió mientras recuerdos de Ed cruzaban por su mente. "Cielos, incluso tienes la misma sonrisa que él. ¿Cómo van a reaccionar los dos cuando se enteren de que son padre e hijo?"

Con esa última pregunta el encanto se rompió. La inmensa alegría que estaba sintiendo se vio sofocada por sus preocupaciones. La culpa, el arrepentimiento y el dolor la hicieron recargarse contra una de las paredes de la cabina para no caer. ¿Qué debo hacer?... Por mis errores has sufrido tanto, Edward… ¿Qué derecho tengo yo de meterme en tu vida y ponerla de cabeza? Un par de nuevas lágrimas recorrieron sus mejillas. ¿Es realmente tan malo que lo que más desee es abrazarte y decirte lo mucho que te amo, hijo?

Permitiéndose olvidarse del mundo a su alrededor, Riza se quedó varios minutos recargada contra la pared de la cabina mientras se quedaba abrazando la fotografía con los ojos cerrados. Necesitaba tomarse ese tiempo para tratar de poner un poco de orden en sus pensamientos y emociones para evitar realizar una acción impulsiva porque en esos momentos su corazón palpitaba intensamente cómo si quisiera gritarle que debía ir en ese preciso instante a buscar a Edward para decirle toda la verdad.

"No vayas a hacer una idiotez, Riza." Se regañó a sí misma en voz baja mientras abría los ojos. Suspirando pasó la manga de su saco por su rostro para limpiarlo preparándose para salir de la cabina.

Guardando con suma delicadeza la fotografía en su compartimento oculto, Riza acomodó su uniforme y su cabello, inhaló profundamente y salió de la cabina telefónica.

Era difícil saber con certeza cuánto tiempo había transcurrido ya que el lugar ya había estado oscuro desde que había llegado a él por lo que Riza tuvo que caminar hasta la salida del parque deteniéndose momentáneamente frente al reloj que reposaba en él. No estaba segura de la hora exacta a la que había llegado pero no había dudas de que había estado cerca de una hora ahí.

Recordando la situación actual en la que se encontraba y la preocupación que Roy siempre había demostrado acerca de que ella anduviera sola en la calle por las noches, Riza comenzó a andar con rumbo a su departamento tratando de mantener sus sentidos en sus alrededores pero su concentración sólo le duró unos cuantos metros.

Anteriormente, las caminatas eran una actividad que ayudaban a Riza a despejar su mente y aclarar sus pensamientos pero, en esta ocasión, con cada paso que daba un nuevo recuerdo o duda parecía formarse en su mente. Los primeros pasos estuvieron acompañados de buenos recuerdos como el nacimiento de su hijo y los momentos de convivencia que había tenido con Edward en los últimos años pero rápidamente éstos fueron reemplazados con incertidumbre, dudas y, sobre todo, imágenes de Edward sufriendo física o emocionalmente de acuerdo a lo que Pinako le había contado y lo que ella podía imaginarse en base a sus palabras.

Desde el viaje de regreso a Ciudad del Este tras reclutar a los Elric, Riza había estado al tanto de los aspectos generales de lo que les había sucedido a los chicos, por cortesía del relato de Roy pero una cosa era saber la consecuencia directa de un acto y otro era tener detalles acerca de cómo fue vivir esa experiencia. Riza jamás les había preguntado a los chicos cosas acerca de la noche de la transmutación por lo que escuchar a Pinako decir que su hijo estaba cubierto de sangre había dejado una nueva carga extra de culpabilidad, dolor y tristeza.

Una mezcla de imágenes de Edward inconsciente y ensangrentado, un pequeño Edward llorando frente a la tumba de su madre, dos niños pequeños viviendo solos y el vistazo que Riza le había dado a su acta de nacimiento hicieron que ella se detuviera repentinamente mientras su respiración se volvía entrecortada. Ya se encontraba a un par de cuadras de su departamento pero sus piernas no parecían querer seguir moviéndose.

Mientras una lágrima se le escapaba, Riza no pudo controlarse más y le dio un golpe a la pared que estaba a un costado suyo. En una parte lejana de su mente, pudo sentir la sensación de ardor y entumecimiento de su mano derecha pero no le dio importancia a pesar de que pequeños hilos de sangre comenzaron a salir de su puño.

¡Maldición! ¿Cómo pude ser tan idiota y no haberme dado cuenta en ese momento que Edward era mi hijo? ¡Tenía el mismo nombre y el mismo color de ojos y cabello! ¿Por qué tuve que dejarme guiar por una estúpida acta de nacimiento? Como siempre la mente de Riza no la dejó descansar, respondiéndole dura y mordazmente. ¿A quién quieres engañar? ¿Qué hubieras ganado con haber descubierto que Edward era tu hijo cuando lo reclutaste? ¡El daño ya estaba hecho! Desde el momento en que lo abandonaste lo condenaste a una vida de dolor y sufrimiento. Así que déjate de idioteces y acepta la realidad: Tenías miedo de que Edward Elric fuera tu hijo. Tenías miedo de aceptar lo que tus malditas decisiones le provocaron a tu "querido" hijo.

Un sollozo se le escapó a Riza. ¿Acaso era eso cierto? ¿No había tenido el valor de afrontar el verdadero alcance de sus acciones en los seres que más amaba en esta vida? Cuando había estado en el hogar de los Elric y había visto la fotografía de los niños, había sentido una extraña sensación de calidez dentro de sí pero rápidamente la ignoró llegando a la conclusión de que era ridículo e improbable que su hijo hubiera terminado en un lugar tan alejado de su ciudad de nacimiento. Ahora que sabía la verdad… ¿en cierta forma estaba tratando de protegerse a sí misma, negándose a afrontar la realidad de la cual su corazón había detectado atisbos hace años?

Inhalando profundamente para impedir la salida de más lágrimas, Riza apartó su puño del muro que había golpeado y retomó su camino. Si iba a derrumbarse, al menos debía asegurarse de estar en un lugar seguro. Quizás fuera paranoia, pero temía que si alguien de la milicia la descubría pudiera terminar afectando de alguna manera u otra la seguridad de Edward y Roy.

Cuando Riza finalmente llegó a su departamento, Black Hayate la recibió ladrando alegremente pero sus ladridos rápidamente se transformaron en ligeros chillidos al notar la falta de reacción de su dueña.

Riza se quedó parada a pocos pasos de la puerta sin realmente ver a su mascota. Lo último que su mente había registrado es que estaba en su hogar, en un lugar seguro. Con esa noción presente y tras un par de minutos, las piernas de Riza perdieron su fuerza y ella cayó de rodillas al suelo mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas y desgarradores sollozos escapaban por su boca.

"¿Qué he hecho?... Edward… mi niño… ¿cómo pude permitir que pasaras por todo ese sufrimiento?... No te merezco… Sólo sirvo para hacerte daño" Riza murmuró para sí misma entre sollozos al mismo tiempo que Black Hayate lamía la mano que tenía recargada contra el suelo, en un esfuerzo por brindarle un poco de comfort.

Riza no supo cuánto tiempo estuvo ahí dándole una muy necesaria salida a las emociones que la habían embargado por tantos años y que habían alcanzado un punto crítico con los sucesos de los últimos días pero cuando finalmente reunió las fuerzas necesarias para, al menos, poder sentarse en una de las sillas de su pequeño comedor su cuerpo se sentía sumamente agotado.

Agradecida con las atenciones de su fiel compañero, Riza colocó a Black Hayate en su regazo y lo abrazó con fuerza con un brazo mientras con el otro trataba de limpiarse los abundantes rastros del quiebre emocional que había tenido hace unos momentos.

Tras unos minutos de estar acariciando constantemente el pelaje de su mascota, Riza suspiró con pesadez mientras se recargaba contra el respaldo de su silla. "¿Qué debería hacer?" Se preguntó a sí misma.

A pesar de los dolorosos sentimientos que parecían estar alojados permanentemente en su ser, su corazón no paraba de palpitar intensamente cada vez que su mente lograba atravesar sus pensamientos negativos para gritarle que debería ir y decirle la verdad a Edward. Eso sumado a la creciente necesidad de estrechar entre sus brazos a su hijo le hacían difícil descartar la idea tal y como su parte racional se lo pedía.

Por otra parte, aunque su relación y trato con Roy había tenido sus altas y bajas, no podía evitar desear que Roy estuviera ahí con ella ayudándola a tomar una decisión… pero la imagen del padre de su hijo, en esta ocasión, le estaba causando una mayor sensación de confusión.

Riza era consciente de que Roy merecía ser enterado a la brevedad del descubrimiento que había hecho pero ¿cuál sería la mejor manera de hacerlo? y ¿cuál sería su reacción? Obviamente Roy de seguro se sentiría feliz y aliviado de poder conocer el paradero de su hijo pero, cuando esa sensación de júbilo se disipara un poco, ¿cómo tomaría el hecho de que su hijo había estado con él todo este tiempo… en la milicia? ¿Podría perdonarse el haber reclutado a su hijo de 12 años y haberlo mandado a misiones por todo el país, cuando fácilmente pudo haber salido gravemente herido?

Estaba consciente de que a su manera había tratado de proteger a Edward alejándolo de la mira de los altos mandos y tratando de asignarle las misiones menos peligrosas posibles. Sin embargo, eso no descartaba por completo que su hijo pudiera haber salido herido. Ella misma no podía perdonarse por todo lo que sus propias acciones habían provocado en la vida de Edward por lo que temía lo que Roy pudiera hacer. Temía que, en un impulso, Roy sacara abruptamente a Edward de la milicia lo que podría captar la curiosidad de los altos mandos y, con lo controlado que tenían al país, ¿qué tal si esa curiosidad se transformaba en una investigación que sacara a la luz el lazo que los unía a los tres?

Lo que era aún peor eran las circunstancias actuales en las que todo el Team Mustang se encontraba. Todos estaban bajo una estricta vigilancia y cualquier encuentro o conversación no justificados podría acarrear el mismo riesgo de una minuciosa investigación. Además… existía la posibilidad de que la magnitud de la noticia desconcentrara a Roy y lo hiciera cometer un error que, en sus condiciones actuales, podría resultar fatal ya que esos monstruos no se tentaban el corazón.

Riza sabía que, a pesar de sus tendencias de holgazanería, Roy era un hombre altamente capaz y profesional pero si ella misma estaba teniendo dificultades para mantener la compostura frente a la realidad que estaba enfrentando, era probable que a Roy le pasara algo similar y ahora ella no estaba a su lado para protegerlo.

Suspirando, Riza bajó a Black Hayate y se encaminó a su cama para recostarse en ella sin molestarse en quitarse el uniforme. Mientras observaba el techo escasamente iluminado por la luz de una pequeña ventana, siguió meditando acerca de cuál sería la mejor manera de actuar.

Después de haber lastimado tan profundamente a Roy, me prometí a mí misma que no volvería a ocultarle nada pero… con todo lo que está pasando ya no estoy tan segura. Sé que no se lo puedo ocultar por mucho tiempo pero quizás sea mejor esperar a que, por lo menos, tengamos un plan de ataque contra los homúnculos. No es lo ideal pero seguramente Roy estará más seguro de esta manera. Un suspiro y una lágrima se le escaparon. Además… ni siquiera he decidido si le diré la verdad a Edward. Él ya tiene su vida hecha creyéndose un Elric de nacimiento. ¿Qué tal si sólo lo lastimo al revelarme como su madre? O peor aún… ¿qué tal si me odia? ¿Seré capaz de soportar las palabras de odio que puede decirme y que muy merecidamente me gané? Otra lágrima se le escapó. Quiero abrazarlo y no soltarlo nunca más… pero creo que Pinako tenía razón… perdí el derecho de hacerme llamar su madre cuando lo abandoné…


N/A2: El título original de este capítulo era "Pinako vs Riza" ¿Cuál les gusta más? xD

N/A3: No solemos poner notas finales ni mucho menos decir lo siguiente pero siempre hay una primera vez jeje así que en esta ocasión queremos pedirles que comenten o ya no habrán más caps (inserte música de suspenso)… jajaja es broma pero dado que la historia está llegando a las partes más interesantes nos gustaría saber sus reacciones y/o opiniones. Si al menos conseguimos 5 comentarios nuevos, podemos subir el próximo cap antes de tiempo ;)