Un cálido abrazo
—Prepara un baño para Soma —ordenó Ciel apenas la puerta principal de la casa Phantomhive se hubo cerrado a sus espaldas —. Y lleva a Agni a las habitaciones de sirvientes para que también se cambie.
—Como ordene.
Los dos mayordomos caminaron juntos, Sebastian solo lo condujo medio camino, Snake, con una serpiente enrollada por su brazo izquierdo los interceptó y llevó a Agni hasta donde se le había indicado.
La manta color cetrino que cubría el delgado cuerpo del príncipe ya estaba completamente mojada, pero se resistía soltarla como si esta constituyera su única protección ante un mundo completamente diferente al que estaba acostumbrado, inclinó la cabeza sin ser consciente de ello, su vanidad había quedado en pedazos y la consciencia de ya no tener un lugar de pertenencia había desaparecido todo lo que una vez fue.
—¿Ciel?
La voz de Elizabeth se escuchó desde el piso superior, y el ruido de su andar apresurado por las escaleras fue, para el Conde, la advertencia perfecta para mantenerlo preparado para el embiste. Dejó de mirar a Soma por unos instantes, dejándolo con su propia melancolía aunque al mismo tiempo cruzó por su mente una idea conveniente.
—¡Ciel, has vuelto!
—Por favor, Elizabeth, no fueron ni cuatro horas —se quejó recibiendo el abrazo —. Tenemos invitados, Soma va ayudar con los preparativos que quedan aún pendientes.
La joven soltó un chillido de alegría girando hasta el alto y moreno muchacho abrazándolo con la misma efusividad que la caracterizaba.
—¡Estás empapado! —dijo observando lo evidente al sentir en su propio vestido la humedad trasminada.
—Lo siento mucho —se disculpó el joven con una sonrisa afligida llevándose una mano al cabello desordenado que arremolinaba las ondas naturales sin mucha gracia, pero que, de alguna manera, le favorecían. Ella negó con la cabeza y se soltó de los hombros la chalina de cashmere blanca, con un ademán le arrebató la frazada montándole encima la prenda, abrigándolo con cierta dulzura y delicadeza que no tenía al vestir a los demás sirvientes cuando le venía en gana.
Soma sintió el calor que ella había dejado en la prenda extenderse por todo su cuerpo y bajó la mirada ya que ella era considerablemente más pequeña. Se encontró de frente ante sus ojos verdes, enormes y expresivos.
—Así está mejor, ¿no?
—Gracias, Lizzy.
—¡Vamos a tomar el té! —exclamó ella repentinamente, girando para alcanzar la mano de Ciel y arrastrar a ambos escaleras arriba. El Conde puso un poco de resistencia, pero comprendiendo que no había real probabilidad de éxito en ello, los acompañó hasta la sala privada donde su prima había estado a solas mientras él había salido intempestivamente, luego de recibir el mensaje del desahucio del príncipe.
El fuego de la chimenea estaba encendido y todo el ambiente era cálido con un espeso olor a flores, infusión de frutas y pastel de vainilla. Como si fuesen muñecos en una fiesta de té, ella decidió los lugares que tomarían y sirvió las tazas.
Ciel bebió la suya tan rápido como las reglas de etiqueta lo permitían y se disculpó enseguida, presentando una urgencia imaginaria. El silencio se hizo presente y Elizabeth sonrió con cierta tristeza que obligó a Soma a despejar su mente de su propia miseria para atender la de ella.
—¿Pasa algo? —preguntó tímidamente.
—Ciel no es feliz —susurró con desánimo, alisando la servilleta sobre sus piernas.
—A Ciel le cuesta trabajo lidiar con todo lo que significan los sentimientos. Estoy seguro de que está feliz, pero no sabe cómo demostrarlo.
Ella volvió a sonreírle.
—A veces pienso que, aunque soy la persona que más tiempo ha estado con él, no lo conozco de nada. Es como si el Ciel que yo veo fuera completamente distinto al que ven los demás, y eso es obvio para todos menos para mi.
Soma se recargó en el asiento de la silla dejando su cabeza ir para atrás, al tiempo en que suspiraba. En el acto, un dulce olor llegó a su nariz. La chalina de cashmere con la que se abrazaba tenía el aroma de una mujer, de su dueña naturalmente, pero le pareció curioso que solo hasta ese momento lo notara. Dio un sorbo a su taza y luego la dejó sobre la mesa de servicio.
—Tal vez es así. Ciel puede ser tan noble y amable, que le asusta. Sé que tuvo momento difíciles cuando perdió a sus padres…
Detuvo sus palabras en cuanto estas salieron, realmente no lo había pensado, pero, aunque ya sabía que los condes Phantomhive habían muerto durante un desastroso incendio, no se había puesto completamente ante la situación. Algo en su pecho se comprimió dolorosamente, ¿qué significaba realmente perder a los padres? ¿El desamparo?
La soledad lo golpeó con un miedo sobrecogedor, cerró los ojos mientras un escalofrío lo hacía temblar. En muchos sentidos, él seguía siendo un niño y había quedado solo a su suerte. Un gemido escapó de sus labios al comprender que sentía lástima por sí mismo, que siendo ya mayor, realmente no sabía qué hacer para que, cuando acabase la festividad de la boda, él debiera marcharse y emprender su propio camino. El ala protectora de los Phantomhive no lo tendría por siempre, ni deseaba que así fuera, porque no era su intención volverse una carga.
¿Pero qué hacer? ¿Cómo levantarse y ponerse al frente de su propia vida como Ciel hizo, siendo tan solo un niño?
Cerró los ojos con fuerza hasta que una suave mano se posó sobre su hombro.
—No le digas que te lo he contado, pero Ciel sabe lo de tu madre —susurró Elizabeth que se había puesto de pie—. Lo siento mucho, pero tienes que saber que no te dejaremos solo.
Y volvió a sonreír como solo ella sabía hacerlo, con esa mirada que inspiraba confianza y ternura en medidas iguales.
—No era mi intención hacerte pensar en mis tonterías cuando tú tienes un dolor real —se disculpó ella en voz baja, una que no se comparaba con sus gritos habituales. Luego de eso, se acercó más, abrazándole, movida por un sentimiento que logró comprender solo de pensar en perder a alguien de su familia.
Hasta ese momento, la parálisis que se había adueñado del cuerpo del príncipe desde que llegara el mensajero de sus hermanos a la puerta de la casa, para reclamar todas las pertenencias, lo abandonó enteramente, y sintió un verdadero deseo de llorar, ya no por esa mujer sin rostro que había muerto, sino por él mismo y lo patético que podía llegar a ser.
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¡Feliz año 2013!
