Felicidad

Era la primera vez que presenciaba una boda inglesa. Y también la primera en la que participaba, en cierta manera. Los detalles últimos con los que ayudó, habían resultado más importantes de lo que Ciel había dado a entender y pronto comprendió porqué una boda causaba tanto revuelo.

El vestido de Elizabeth era uno de los secretos mejor guardados de todo el evento, de manera que solo la modista, Elizabeth y su madre lo habían visto. Llegado el gran día, con la radiante novia entrando en la abadía de Westminster, no hubo quien no quedara maravillado.

Ella era un ser de luz, tan solo con su llegada, todo en aquél frío templo se había llenado con una cálida presencia que transmitía la alegría que ella sentía al ser, por fin, la esposa del conde Phantomhive.

El vestido era del blanco más puro que había visto en su vida, con encaje de manga larga que había sido realizado a mano. La falda, con mucho volumen, casi ocupaba todo el pasillo y la cola se extendía por varios metros. Las aplicaciones de encaje se alternaban con flores de seda en todo el pecho y extendiéndose hacia un costado. El diseño era estrecho en la cintura y acolchado en las caderas, respetando la tradición victoriana. Los zapatos también habían sido hechos a mano y aparte de más encaje, la punta tenía cristales, aunque en realidad no eran visibles debido al largo de todo el vestido, pero ella se los había mostrado antes.

A través del velo, apenas podía verse el color dorado de su cabello recogido, como dictaban las costumbres de arreglo y se ocultaba también la mayor parte de la joyería. Sin embargo, uno de los detalles que más llamaba la atención, era un regalo que la propia Reina había hecho a la novia: una tiara de diamantes hecha especialmente para la ocasión.

Él había ayudado a terminar de armar el ramo, la marquesa Midford había hecho una selección de flores que a la hija no terminaban de gustarle y al final, optaron por guiarse de acuerdo a un libro sobre el significado de las flores, incluyendo lirios, jacinto, hiedra, mirto y una sola rosa, que era la flor favorita de la joven, pero que su madre consideraba demasiado ordinaria como para usarse en el ramo.

Le hubiera gustado prestar más atención al traje de Ciel, que llevaba más insignias de las que cualquier noble podía presumir, pero, como pronto comprendió al adentrarse en el mundo de la organización de una boda, el novio solía carecer de importancia en cuestión de detalles y todo se centraba en la figura de la mujer.

Aunque, a decir verdad, el Conde se encontraba bien de esa manera ya que no le gustaba ser el centro de atención.

La ceremonia recibió todo el cuidado de la prensa, aunque no se les había permitido la entrada a la abadía, se arremolinaban en la puerta buscando el mejor sitio para poder hacer sus tomas apenas los novios salieran, convertidos ya, en marido y mujer.

Apenas sucedió eso, el estallido de las luces fue inevitable, lo que se había anunciado con la misma magnificencia de una boda real, resultaba la sensación del momento. Pese a lo que se había supuesto, dada la personalidad del Conde, los invitados a la ceremonia se contaban por cientos, y aún más los que fueron recibidos al convite.

Primeramente, los comensales degustaron una selección de canapés preparados en su mayoría por Sebastian, aunque el mayordomo había sido desplazado por un desfile de afamados chefs, que servían en los eventos más exclusivos. Para la cena, resultó casi imposible de creer que se hubiera logrado acondicionar el salón de la mansión Phantomhive para que todos ocuparan un lugar adecuado sin la incomodidad del espacio reducido.

Pero siendo bien conocido el gusto de los esposos por los dulces, el pastel fue el protagonista.

Una enorme tarta de nueve pisos se alzaba en medio del salón, era tan grande que las flores de azúcar que lo decoraban podían considerarse un jardín. Con una arpista amenizando el momento, los recién casados cortaron, mano a mano, el primer trozo de la tarta.

Entre todo el ajetreo, apenas pudo pasar tiempo con los Phantomhive y aceptando que toda la nobleza del reino, o al menos una buena parte, desfilarían para felicitar el matrimonio, Soma decidió simplemente mantenerse dentro del ambiente, tan amenamente como era posible, dejando de lado los eventos acontecidos en los últimos días.

Reconoció a varios invitados porque habían estado juntos en el Weston College, y él había resultado ser un estudiante popular, por lo que su imagen no fue tan patética como para terminar solo en una esquina del salón, ya que Agni se había unido al servicio para atender la fiesta. Con algunos de aquellos chicos, incluso había mantenido correspondencia, nada personal en realidad, pero su compañía resultaba entretenida, de manera que fue capaz de mantener un grupo para conversar hasta que empezó el baile y sus compañeros, atraídos por las jóvenes solteras, habían corrido hacia ellas.

—Baila conmigo.

La novia, aún con todo el espacio que necesitaba para moverse con aquel vestido, había conseguido llegar hasta él, arrastrándolo hacia el resto de los invitados, que, en pareja ya iban al ritmo de la música.

—No había tenido oportunidad de felicitarte hoy —dijo Soma dejándose guiar, porque en realidad él no era muy bueno con los movimientos requeridos en la etiqueta inglesa, aunque daba su mejor esfuerzo.

Elizabeth sonrió y consiguió verse más radiante aún, lo que conmovió a Soma.

—Yo deseo de todo corazón, la mayor de las felicidades para Ciel y para ti.

—Gracias.

Continuaron bailando, pero para cuando él sentía que por fin había comprendido la dinámica, la pieza termino. Hubo aplausos, aunque no supo porque, entonces ella se cercó hacia él.

—Vas a cuidar de la casa ¿Verdad? ¿Puedes creer que accedió llegar hasta Italia?

El viaje de recién casados, lo había planeado Elizabeth por completo, y aunque el Conde se mantenía reacio a que fuera "innecesariamente largo", había accedido al itinerario.

—Ahora regreso —dijo la joven corriendo hacia su esposo que iba a anunciar que ellos se retiraban, pero la fiesta continuaba.

Los invitados nuevamente volvieron a aplaudir y dejando el salón, primeramente, se cambiarían de ropa para hacer más cómodo el viaje. Agni se acercó a él para comunicarle que el Conde le esperaba en su despacho para darle unas últimas indicaciones como encargado de la casa en su ausencia.

Ciel demoró solo unos minutos en cambiarse, y en el despacho se hallaba reunido su servicio personal que constaba de Tanaka, Bart, Finny, Snake y Mey-Rin, de pie en ese orden, frente a Soma a cuya espalda estaba Agni.

—Estaré fuera aproximadamente dos meses, considerando los tiempos de traslado y todo. El itinerario del viaje lo tiene Tanaka en caso de que sea necesario localizarme. Hasta mi regreso, espero que se aseguren de que la casa se mantenga tan digna como si estuviera presente yo, y que traten a Soma con el respeto que merece por ser el responsable que dejo a cargo.

La voz del Conde había dudado un poco al decir lo último, pero no había vuelta atrás, no quería empezar su matrimonio teniendo problemas con Elizabeth que se había empeñado en que fuera de esa manera.

Al cabo de una hora, Paula anunciaba que Lady Elizabeth estaba lista, así que el Conde, emitiendo un suspiro, salió del despacho ante los buenos deseos de su servidumbre que lo siguieron insistentemente hasta el carruaje.

Paula iba a acompañarlos debido a que había conservado su lugar como dama de compañía, pero luego de asegurarse de que todo el equipaje iba en orden, aceptó la ayuda de Sebastian para ir al frente con él, que conduciría el coche.

Snake también iba, pero solo hasta el puerto, de donde regresaría con el coche.

Ciel seguía dejando indicaciones a los sirvientes que se quedaban, temiendo que al regresar su casa estuviera completamente destruida. Elizabeth, por su parte, sonrió ante la escena, pero después giró para ver al joven Soma.

—Creo que puedo mantener la casa en pie —dijo a modo de broma.

La Condesa no dijo nada, solo saltó para alcanzar a abrazarlo por encima de los hombros. Él era demasiado ato, más que Ciel y ella, así que, al quedar colgada de su cuello, no podía tocar el piso.

—Haremos un montón de cosas cuando regrese y verás que todo saldrá bien.

—Gracias.

Soma correspondió el abrazo con fuerza, no podía creer que solo con eso, ella pudiera compartir parte de su felicidad.


Comentarios y aclaraciones:

Mis más sinceras disculpas a todos las y los lectores de este fic, y de los otros de Kuroshitsuji, mi deuda con ustedes es realmente grande, considerando mi tiempo de ausencia, así que espero que la actualización de Donde mueren las olas, El adagio del cuervo, El amante de Lady Middleford, y La Mrigi del príncipe, puedan compensar en algo.

Bueno, no sé si podré publicar antes de fin de año, de cualquier forma, me adelantaré un poco por si no ¡Felices fiestas!

¡Gracias por leer!