Un corazón roto

Tenía todo listo para recibir a los condes Phantomhive. El viaje se había visto abruptamente interrumpido tres semanas antes de lo que estaba planeado en el itinerario. Desconocía los motivos, pero una inquietud en su pecho le hacía pensar que posiblemente era debido a malas noticias. Si la Reina le había hecho regresar, siendo este el único motivo de peso que encontraba para suspender su viaje, debería ser sumamente importante.

La casa estaba tan en orden como era posible, Agni se había encargado de ello y de la cena mientras el mensajero había partido hacía unas dos horas para esperarlos con el coche. Sebastian era muy preciso en el tiempo, así que, si decía que estarían a las siete en la mansión, era cuestión de segundos que pudiera verlos.

Escuchó el galope de los caballos y se encaminó a la puerta principal.

—Lo siento, Soma, no tengo tiempo —dijo abruptamente el Conde apenas asomando la cabeza por la ventanilla mientras Paula y Elizabeth bajaban —. Regresaré mañana por la tarde, espero. Adiós, Elizabeth, Soma.

—Adiós, Ciel.

El carruaje volvió a partir en cuanto se hubo bajado lo innecesario y la joven Condesa solo lo miró desaparecer al otro lado de la reja. Inclinó la cabeza y sin atreverse a mirar a Soma, estuvo frente a él unos instantes, en silencio, pero cuando él había encontrado un tema de conversación que no tocase su abrupto regreso, ella le pidió en un susurro que la disculpara, que necesitaba darse un baño.

Soma sintió que su pecho se oprimía dolorosamente ante la imagen, estaba seguro de que Elizabeth quería llorar, pero se resistía a ello, y por más aprensiva que pudiera ser a cosas insignificantes, dudaba que el dolor que sentía fuese simplemente por haber visto interrumpido su viaje de bodas. Sin embargo, al final, decidió reservase todo cometario y se limitó a cerrar las puertas por dentro.

Elizabeth tardó casi dos horas en estar lista, mientras tanto, él se distraía levemente ordenando la correspondencia. Ya había terminado de escribir las respuestas a todas las cartas que había recibido, pero esperaría hasta la mañana siguiente para enviarlas. La carta de agradecimiento por la invitación a la fiesta de compromiso de Edgar Redmond quería revisarla de nuevo, no por algo en el contenido, sino por la gramática. A tantos años de vivir en Inglaterra, aún tenía dificultad para usar correctamente algunos modos verbales, sin contar el detalle de que la forma escrita variaba de la oral, en términos de construcción de oraciones.

Miró la invitación, Ciel también había recibido la suya, estaba con el resto de la correspondencia que tenía ordenada en el escritorio del despacho del Conde.

Edgar era mayor que ambos, y aunque se marchó del colegio con pocos honores, había conseguido mantener el nombre de su familia en alto y se prometía en matrimonio con una joven de noble cuna considerablemente menor que él. Si bien estaba casi seguro de que solo planeaba casarse porque el resto de los chicos también lo estaba haciendo.

Como si se tratara de un festival del que Ciel había inaugurado la temporada, sucesivamente, la mayoría empezaba a hablar del tema. Las invitaciones aún no llegaban, pero por cartas informales sabía que Clayton estaba cortejando a una estudiante del Girton College, y pretendía casarse con ella, solo que su familia no se encontraba dispuesta a aceptar tal cosa, pues la dama en cuestión era hija de un abogado cuyo nombre no aparecía siquiera como socio de la firma en la que trabajaba.

Muchos de sus compañeros del colegio, algunos reencontrados durante la boda de Ciel, se ofrecían a presentarle a sus hermanas o primas, incluso amigas de sus novias que se mostraban "interesadas en conocerle mejor".

Enlazó las manos bajo su mentón.

Mientras más pasaba el tiempo, más empezaba a valorar la posibilidad de aquello. Aunque había una limitante considerable para todo plan marital: él no podía ofrecer absolutamente nada a una futura esposa. No tenía propiedades, ni dinero, ni siquiera acciones en alguna compañía. Sus hermanos le habían permitido conservar su título como príncipe, pues su padre seguía reconociéndolo como hijo suyo, pero tenía trece hermanos mayores antes que él para sucederlo, así que, si alguien aceptaba casarse con él, era en conocimiento pleno de que no tendría nada a cambio.

—Lady Elizabeth dice que ya está lista —dijo Agni luego de anunciarse adecuadamente.

—Voy enseguida.

Se puso de pie y se encaminó al comedor.

El baño no había mejorado el humor de la joven y la sonrisa que mostraba para ser cortés, no era medianamente creíble. Con ambos en silencio, sumidos en sus pensamientos taciturnos, parecía que no había sucedido nada relevante que pudiera dar tema de conversación pese a no haberse visto en mucho tiempo.

—Lamento que el viaje se haya interrumpido —dijo distraídamente, olvidando que pretendía no sacar el tema.

—Está bien.

La voz de Elizabeth se había quebrado, aunque tenía la fortaleza suficiente como para no llorar.

—Así es la vida de Ciel. Es el destino de los Phantomhive.

Pero no dijo nada más durante el transcurso de la cena en la que apenas probaron bocado, solo lo suficiente para no ofender a Agni, pero el hombre se hallaba más preocupado por el bajo ánimo que por el desprecio a su cena.

—Retiraré el servicio— anunció quedamente.

Al quedarse a solas, Soma se acercó para ayudarla a ponerse de pie.

Lizzy le dio la mano sintiendo que su cuerpo temblaba, y antes de darse cuenta, ya estaba llorando. Había empezado solo recargando las manos en su pecho y poco a poco ambos terminaron abrazados con tal fuerza, que parecía no podrían ser separados.

—¿Qué sucede? —preguntó acariciando él, cabello rubio de la joven.

—Ciel no quiere tocarme. Ni siquiera soporta estar en la misma cama conmigo.

Las palabras se ahogaban con sus lágrimas. Soma solo la sostuvo con más fuerza, porque no podía entender a Ciel.


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