La propuesta
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó Ciel—. En ningún momento he reprochado tu presencia en la casa.
—Lo sé —respondió Soma—, pero tampoco puedo pasar toda la vida a expensas de ti.
El conde Phantomhive asintió y sacó su chequera, rellenando uno a nombre de Soma. Lo hizo despacio, acababan de entregársela, y aún no se acostumbraba a usarla en lugar del efectivo.
Soma usó las dos manos para recibirlo, en el acto, no pudieron evitar el contacto visual, quedándose un instante de esa manera.
—De verdad no me resulta molesto que seas mi invitado.
Hubo algo en la voz del joven Conde que resultó extraño, como si le estuviera pidiendo que se quedara. En cualquiera de los casos, así tendría que ser otra temporada, de acuerdo al plan de negocios que había desarrollado, pasaría un rato antes de tener la solvencia para vivir por su cuenta.
—Somos amigos —se animó a decir Soma—, sabes que cualquier cosa que necesites, puedes contar conmigo.
En ese momento, Ciel sacudió la cabeza ligeramente, como si hubiera caído en cuenta de lo que acababa de dar a entender, recobrando el semblante serio que lo caracterizaba.
—Está bien, solo quería dejarlo en claro, con cierta frecuencia se me reclama sobre mi poca hospitalidad.
Soma sonrió de medio lado.
—Quien te lo reclama, no te conoce.
Hubo un momento de silencio. Sebastian no estaba presente, y aunque Soma se dio cuenta de ello, prefirió no aprovechar la oportunidad para hablar abiertamente del tema de Elizabeth, a razón de discreción. Sin embargo, con solo pensar en él, pronto el mayordomo solicitó permiso para entrar en el despacho.
—Debo hablar con Agni —dijo poniéndose de pie, antes de que le pidiera tomar el té juntos.
Pasó al lado del mayordomo sonriendo tímidamente. Ese hombre siempre le había puesto nervioso, pero en los últimos días su presencia se había vuelto aún más inquietante, era como si la amabilidad que recordaba de él, cuando recién lo conocieron hacía años, se hubiera enfriado. Seguía apegado al correcto protocolo y etiqueta, pero no sentía ya la sensación de que se trataba de un leal protector, sino de un letal sirviente. Quizás así había sido siempre, pero al ser más joven e ingenuo, no lo había podido apreciar correctamente.
Extrañaba su yo más joven.
Sebastian cerró la puerta una vez que hubo salido y se dirigió hacia su amo.
—Lady Elizabeth está en la biblioteca, y ha rechazado todos mis ofrecimientos.
El conde le miró con recelo.
—Soma quiere abrir una tienda de textiles —le dijo cambiando de tema —, la inversión es evidentemente mía, acordamos, sin embargo, una sociedad. No sabía que él seguía en contacto con los chicos del colegio. Resulta que Lawrence Bluer acaba de ser nombrado socio en la firma de su padre, y está más que dispuesto a ayudarle con detalles de contabilidad. Considerando su plan de producción, importaciones y exportaciones, creo que tendrá solvencia para una vida cómoda en menos de un año.
—¿Una vida cómoda? —preguntó Sebastian.
—No recuperará toda la riqueza de la que su padre le proveía en un año, pero de alguna manera, en la fiesta de Redmond, ha hecho contactos y acuerdos de palabra con media docena de compañías navieras que le ofrecen servicios absurdamente económicos en sus primeros embarques.
—Es un joven con encanto, sabe cómo agradar.
Ciel resopló, recargándose en su mullida silla.
—Lo peor es que no lo hace a propósito.
Sebastian se llevó la mano a la boca para ocultar su sonrisa, su amo parecía más celoso que irritado por los logros de su invitado. Sospechaba que tenía la idea de que, si él se hubiera presentado a la fiesta con un mejor proyecto de inversión, no habría tenido el mismo apoyo sin antes presentar garantías.
—Soma es el tipo de hombre que puede tener lo que quiera —dijo quedamente.
—Tienen eso en común —respondió Sebastian, pero el joven negó con la cabeza.
—Es diferente, si yo quiero algo, puedo tenerlo, por supuesto, pero solo porque tú lo conseguirías. Él puede hacerlo por su cuenta, solo que no se ha percatado de eso.
El mayordomo caminó hacia la ventana, con las manos enlazadas en la espalda, mirando el atardecer rojizo. Era cuestión de tiempo antes de que le ordenara preparar el coche para salir; la reina le había dado una encomienda y debía de cumplirla.
—¿Qué es lo que ves en mí que no te atrae en él?
La pregunta sorprendió al demonio. Nunca creyó posible que el orgullo del Conde fuese a verse tan mellado como para hacer eso, especialmente por algo tan absurdo como un acuerdo comercial que aún no estaba debidamente pactado. Sin embargo, hubo algo en el aire ausente de ese ojo azul que lo miraba, que le dio la sospecha de que se trataba de otra cosa.
—Prepara el coche, nos vamos en media hora.
Inclinó la cabeza por respuesta y dejó el despacho. Enseguida, Ciel se puso de pie y se apresuró a llegar a la biblioteca. Esperaba encontrar a su esposa con la labor de punto que había comenzado hacía unos días, a recomendación de su madre sobre lo que era adecuado para pasar los ratos libres.
En efecto, tenía en el regazo el aro con la tela y a su lado la cesta con las madejas de hilos, pero Elizabeth no estaba prestándoles atención. Su risa llegó a sus oídos dolorosamente ¡Hacía tanto que no la escuchaba reír!
—¡No te creo! —dijo tapándose la boca con las manos para tratar de mantener el decoro, pero con las mejillas encendidas y los ojos llorosos, resultaba difícil.
—¡Es verdad! —exclamó Soma también riendo—. Y no lo entendí sino hasta que Clayton me explicó ¡fue tan vergonzoso!
Sin embargo, la voz de Agni saludando cordialmente al señor de la casa, interrumpió a ambos, que se giraron para verle.
—¡Ay, Ciel! Soma me estaba contando lo que pasó en la fiesta de lord Redmond.
Ciel asintió.
—Solo quería decirte que tengo que salir, lamentablemente no puedo quedarme a cenar, así que, por favor, hazte cargo de que nuestro invitado reciba la hospitalidad Phantomhive ¿está bien?
—Sí.
El tono en la voz de Elizabeth se apagó súbitamente y se puso de pie para acompañarlo.
—Lo siento —murmuró Ciel, tan quedamente que ella apenas lo escuchó.
Cayendo en cuenta de su actitud, Elizabeth sonrió disculpándose con Soma, tomando del brazo a su esposo para caminar hacia la puerta, de modo que no los pudiera escuchar.
—No te preocupes, me haré cargo de todo aquí. Tú solo debes asegurarte de regresar con bien, y resolver lo que sea que preocupe a Su Majestad.
Se levantó en puntas de pie y besó su mejilla. Ciel se quedó quieto, sin ser capaz de corresponder con nada más que un trémulo abrazo.
—El coche está listo —anunció Sebastian.
—Cuídate, Ciel.
El Conde asintió, y con el último rayo del sol ocultándose en el horizonte, dejó la casa.
Soma no podía escucharlos desde donde estaba, pero fue perfectamente capaz de ver el lánguido abrazo con el que Ciel se despidió, como si solo lo hubiera hecho porque sabía que los miraban.
Para cuando Elizabeth regresó a su lado, su determinación se vio incrementada. Se giró hacia Agni, haciéndole un gesto para que se marchara y por unos minutos, impidiera que Paula se acercara, y así lo hizo.
—Voy a ayudarte —le dijo tras haber tragado saliva.
—¿Ayudarme? —preguntó consternada.
—A seducir a Ciel.
Elizabeth se quedó en su sitio, con la misma expresión incrédula, como si Soma le hubiera hablado en bengalí, del que ella solo entendía cómo dar los buenos días. Él dudó sobre si había usado la palabra adecuada, pero incluso había buscado en diccionarios para asegurarse de no ofenderla, pero lo que era necesario no admitía otra palabra, y no conocía algún eufemismo que fuese lo suficientemente claro.
Volvió a tragar saliva.
—Una mujer puede tener al hombre que quiera —dijo repitiendo las palabras de Georgia —, y convencerlo de que es él quien la ha elegido, hacer que entregue todo su amor.
Ante esta explicación, Elizabeth no pudo evitar el ponerse tan roja que a Soma se le antojó como una rosa del jardín, aunque no fue capaz de notar su propio rubor, solo tenía la sensación de que el corazón se le iba a salir del pecho.
—¿Cómo? —empezó a tartamudear Elizabeth —¿Cómo sería eso posible?
Soma se puso de pie tomándola de las manos.
Por un instante pensó que lo iba a rechazar, pero ya que estaba accediendo, se sintió absurdamente emocionado.
—¡Déjalo por mi cuenta!
Tendría que escribir a Georgia para que le explicara lo primero que debía de hacerse, porque en eso de seducir hombres, él no tenía ninguna experiencia.
Comentarios y aclaraciones:
Quería agregar "tampoco con mujeres", pero dentro de la narración era innecesario.
¡Gracias por leer!
