Al amanecer

La ceremonia se llevaba a cabo al amanecer, por supuesto. Pocas cosas serían tan apropiadas como preparar a su máxima guerrera, su campeona, la encarnación de la Sol en aquellas tierras, mientras la propia Sol nuevamente mostraba su gloria al mundo, triunfante sobre la terrible oscuridad. El mensaje era inequívoco: así como la Sol triunfaba sobre la noche, ella también debía triunfar sobre los herejes que amenazaban la paz de los Solari. Bueno, Diana siempre tuvo razón cuando decía que los mandamases Solari carecían de creatividad. Y eso, tristemente, no había cambiado a pesar de los años. Mientras avanzaba por la capilla hacia el altar, los altos dignatarios Solari inclinaban la cabeza, como si ella fuera una soberana, a pesar de que en la realidad no era más que una guardiana. Al principio ella se había sentido tan halagada por el gesto… hasta que se dio cuenta de que era solo eso, un gesto, pues en sus reuniones seguían tratándola con condescendencia, como si fuera una niña. Tan hipócritas. La venerada Sol sólo tenía una cara, entonces ¿Por qué ellos se atrevían a esgrimir varias? Sin embargo, ella no mostró dar importancia a todas esas falsedades y siguió avanzando. En ese momento, los dorados rayos de la Sol bañaron el templo, y todo pareció cobrar nueva vida bajo su luz. El calor familiar calmó la mente de la campeona solar, aquietando su mente y su corazón. No debía dejar que seres pequeños la distrajeran de su misión sagrada. Más allá de su palabrería, más allá de las mentiras y las sonrisas falsas, yacía una verdad: el culto estaba siendo amenazado, y debía ser protegido. Todo lo demás era superfluo. Incluso sus sentimientos al respecto.

Junto al altar, esperándola, se encontraban el General Rahvun y la Suma Sacerdotisa Aela. Ellos eran los únicos que no inclinaban la cabeza en su presencia, ni en privado ni en público. Al menos ellos no fingían respetarla. Era lo único que le agradaba de ellos, a los que alguna vez había idolatrado. Ahora, sus ojos se fijaban en ella con la misma insolente expectativa que parecía colmar a todos los asistentes, excepto a la propia Elegida de la Sol. Estaban casi…alegres ¿Qué clase de maníaco estaba alegre antes de la batalla? Parecían ansiosos de que una hija de la Sol, a la que ellos en parte habían criado, dejara de ser capaz de sentir las bendiciones de la diosa. Toda la calma que los rayos de la Sol le habían aportado se esfumó. Recordaba la reunión de unos días atrás, donde ellos la habían informado de soldados Ra'Horak desapareciendo en la montaña, y de un sobreviviente que había asegurado ser víctima de un ataque Lunari. Por supuesto, como siempre, ella había sido la última en enterarse. Y qué estaban haciendo esos soldados o dónde era algo que ella nunca sabría. Al parecer, era inútil abrumar con esos detalles a la Campeona Solar, que, por cierto, fue la mejor graduada de su generación en todas las asignaturas. Aunque no habría sido así si ella no se hubiera ido… Pero el punto era que su capacidad estaba probada y ratificada por ellos mismos, y a pesar de ello la seguían considerando incapaz. Tan incapaz que al parecer era necesario ilustrarle la amenaza que representaban los Lunari para la verdadera fe con los más horribles colores, como si se le contara un cuento a un niño. Y al parecer, la Elegida de la Sol tampoco era capaz de llegar a conclusiones por sí misma, por lo que había que recordarle su deber como máxima representante de la fe Solari. Leona había necesitado de toda su fuerza de voluntad para que su cara no se moviera ni un ápice de su ensayada expresión de preocupación ¿De verdad creían que ella no sabía lo que significaba lo que le contaban? ¿Acaso no era ella la vanguardia contra cualquier enemigo que arribara en el horizonte? ¿Acaso no había combatido por todo el Monte contra los enemigos de la fe? ¡Qué lejos habían quedado aquellos días donde soñaba con ser parte de los Ra'Horak, cuando su mayor fantasía era ser una defensora de la fe adorada y respetada por su pueblo! Era cierto que sus hermanos Solari, en su mayoría, la amaban y respetaban como si de la propia Sol se tratase, y que era eso lo que la mantenía en pie… pero era humillante que aquellos que más deberían valorar sus esfuerzos la menospreciaran de esa forma. Ellos, que deberían saber mejor que la mayoría el peso que ella cargaba, la trataban como al más ignorante de sus soldados. Al final, sólo demostraban que no tenían ni idea lo que significaba ser el Aspecto de la Sol, de la terrible carga que soportaba, más pesada que la de cualquiera. Excepto una persona. La única que podría tal vez entenderla. A la que ahora debía llevar la justicia… y probablemente despedirse de ella para siempre.

Leona respiró hondo para despejar su mente de resentimientos y amarguras. Aparentemente impertérrita, gloriosa como la misma Sol, con su armadura dorada brillando bajo la cálida luz del amanecer, la campeona Solari se adelantó hasta quedar frente al altar, donde se arrodilló, intentando elevar su alma hasta el firmamento, intentando que su mente se alineara con su diosa. Aela se puso a su lado con gesto orgulloso, elevando su voz prístina que pronto fue secundada por las de todos los presentes, incluida la castaña. Pedían por la energía de la Sol para fortalecer los miembros de su campeona, por su iluminación para que le mostrara el camino a la victoria, por su furia para que no hubiera piedad con sus enemigos. No había rezos para que aquellas ovejas perdidas en una luz falsa pudieran ver la luminosidad verdadera, ni siquiera oraciones para que sus almas pudieran encontrar descanso tras la muerte. Como un fantasma agitándose dentro de su mente, memorias que no le pertenecían la invadieron, como ocurría de vez en cuando. Confusas imágenes que mostraban alternativamente batallas entre Lunaris y Solaris, así como un templo donde el oro y la plata se fundían en una armonía que parecía imposible. Y visiones aún más confusas, como si pertenecieran a un ser totalmente distinto de los humanos, sobre una guerra que sacudió los cielos y separó a 2 hermanas cuyo amor jamás fue igualado. No las entendió la primera vez que las tuvo, y no había avanzado mucho en ese aspecto. Aquellas revelaciones ¿Eran una muestra de un pasado remoto? ¿Pruebas a su fe? ¿O tal vez otra cosa? Por ahora, Leona intentó simplemente apartarlas de su mente. Ella tenía un deber que cumplir y lo cumpliría, no había lugar para dudas. Esa era toda la verdad que necesitaba saber.

Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos, los insidiosos sentimientos que la perturbaban se mantuvieron con ella una vez terminada la ceremonia, mientras los soldados le hacían la despedida ritual y mientras avanzaba por las laderas de la montaña hacia donde sabía encontraría a Diana. Diana. Solo pensar en ella arrojaba su corazón al caos. Diáfana era su memoria sobre aquella muchacha inquebrantable, que no fue doblegada por el desprecio de sus compañeros, de sus maestros, de los que deberían haber sido sus guías. Sin ninguna duda, la más aguda e inteligente de su generación, tal vez de varias generaciones. Probablemente también la más hermosa. Y una guerrera sin paralelo. Aún ahora, Leona no estaba segura de poder ganarle. Sola en la inmensidad de la montaña, la Solari maldijo para sí misma. No debería haber sido así. Diana debería estar a su lado, no en su contra ¿Habría sido distinto si los profesores hubieran contestado apropiadamente a sus preguntas en vez de condenarla por hacerlas? ¿Y si ella hubiera sido más inteligente, hubiera podido convencerla de la verdad en el credo Solari? Tal vez, si la hubiera amado más, podría haber evitado que se convirtiera en una criminal. Tal vez, si la hubiera convencido de mostrar más sus dones en la academia, el resto podría haber visto la grandeza en ella, y el odio no la hubiera terminado de arrojar a la oscuridad. Leona sabía que todos esos pensamientos eran inútiles, que no existía poder en este mundo capaz de deshacer el pasado, pero a pesar de ello, seguía torturándose con estas preguntas. Porque, tantos años después, aún sentía esa calidez comparable a la de la Sol en el pecho cuando pensaba en ella. Sabía que tenía que luchar con ella y capturarla y llevarla ante la justicia Solari… o matarla. Y no podía concebir un mundo donde ella no respirara bajo el mismo firmamento que su antigua amiga y amante. En las noches oscuras, mirando hacia el cielo tapizado de estrellas, la recordaba. En el patio de entrenamiento a veces la veía, su cara enrojecida por el esfuerzo, aún cuando no estaba allí. Y la pensaba noche sí, noche también, antes de conciliar el sueño ¿Cuán cruel era que su reencuentro tuviera que ser así, como 2 enemigas? Siempre había pensado que la madre Sol le había hecho conocer a Diana por algo, pero ¿Podría ser que fuera una prueba a su fe? Tal vez todo aquello estaba escrito en las estrellas. Que la conociera, que se hiciera su amiga, que se enamorara de ella… y luego que ambas fueran elegidas para ser Aspectos antagónicos y que lucharan hasta la muerte. Tal vez esto era la voluntad de la diosa. Tal vez, hubiera hecho lo que hubiera hecho, hubiera terminado igual. Tal vez el destino de Diana era conocer la verdadera luz y justicia mediante su espada. Si era así, por más cruel que le pareciera, por más que su corazón se partiera en pedazos, estaba obligada a recubrir su corazón de hierro frío y tomar hasta el fondo de la amarga copa del deber. Tal vez los cielos le estaban diciendo que enterrara sus preciados recuerdos con ella, su mejor amiga, su adorada amante, la única que alguna vez había teñido de colores desconocidos y maravillosos su mundo. Tal vez, debía dejar en un pasado ya perdido los mejores momentos de su vida… y enfrentar de forma inmisericorde un futuro sangriento.