Eclipse

La luz del sol adquiría tonalidades rojizas cuando finalmente se encontraron. Diana sintió a su contraparte mucho antes de verla, y estaba segura de que para ella era lo mismo. Sintió deseos de correr hacia ella, así como también sintió deseos de no avanzar un paso más o incluso de huir. Aun así, se obligó a proseguir la marcha exactamente al mismo paso que había mantenido hasta ahora. Quien la mirara y viera su gesto altivo y su imponente presencia no podría darse cuenta de que su corazón era un amasijo informe de miedo y esperanza y que sus tripas eran un nudo. Todo se decidiría cuando finalmente se volvieran a ver. Todo dependía de lo que se dijeran en aquel encuentro, de lo que pensaran, de lo que hubieran reflexionado. De su reunión podría surgir una nueva era de paz en Targón, o una terrible guerra hasta la completa exterminación del perdedor. Todo dependía de ellas. Y ese hecho era tan prometedor como aterrador para la Lunari.

Los minutos que transcurrieron hasta que finalmente pudo verla le parecieron eternos. Se encontraron en un pequeño claro en el medio de la falda de pinos que tapizaba la ladera. Un tono de inquietante carmesí teñía el lugar, como un preludio. Pero Diana olvidó eso pronto cuando vio el rostro de su amiga/enemiga por primera vez en años. Se veía más delgado y más maduro, con la piel morena curtida ya no sólo por el sol sino por el constante viento, el frío… y el acero. Unas ojeras tenues pero visibles adornaban la parte inferior de sus ojos, y la comisura de sus labios ahora se curvaba hacia abajo, no hacia arriba. El tiempo era dolorosamente notorio en ese rostro amado que tanto había cambiado. Y sin embargo… el sentimiento que le produjo verla otra vez no lo había hecho. La calidez en su pecho, la alegría (aunque opacada por el temor), los deseos de abrazarla, de besarla, seguían allí. Ella seguía siendo su Leona, al menos en su corazón. La expresión de la Campeona Solar, en tanto, vaciló cuando finalmente pudo vislumbrar a su contraparte. Desde una cálida sonrisa, a una expresión de dolor que la hizo bajar la vista…hasta la misma máscara pétrea que había usado cuando se enfrentaron en la cima del Monte. Pero la añoranza y la angustia siguieron ardiendo en sus ojos, y la Lunari decidió tomar esto como una buena señal.

- Ha pasado tiempo, Leona – dijo sin poder evitar que una sonrisa sigilosa se colara en sus labios. La expresión dura de la Solari pareció derretirse por un momento, pero inmediatamente volvió a tomar su lugar.

- Sí, ha pasado mucho tiempo, Diana – contestó ella casi con cansancio. El pecho de la peliblanca se apretó, pero intentó no demostrar su creciente angustia. Un incómodo silencio se asentó entre ellas mientras capturaban la mirada de la otra, su corazón uniéndolas pero largos años siendo enemigas separándolas. Entonces la castaña volvió a hablar.

- ¿Sabes lo que has hecho, Diana?

La aludida no pudo evitar tensarse ante esta pregunta.

- ¿Y qué se supone que he hecho? - contestó ácidamente.

La campeona solar la miró con tristeza antes de contestar.

- Masacraste a los ancianos Solari y a los guardias que intentaron detenerte. Trajiste vergüenza y penurias a quienes te acogieron en el seno de la fe. Ningún soldado que hemos enviado en tu búsqueda ha regresado. Y todo…. – aquí la Elegida de la Sol bajó la voz, como si estuviera llena de arrepentimiento – todo por una deidad pagana.

La ira brotó del pecho de la peliblanca como un volcán, y respondió:

- ¿Me recriminas haber defendido mi vida? ¿Debería haberme dejado matar por unos salvajes fanáticos? Y si mi diosa es pagana, también lo es la tuya, pues la Luna está al mismo nivel que la Sol. Eso deberías saberlo mejor que nadie.

Leona, que estaba a punto de decir algo, cerró su boca. Seguramente recordaba claramente el momento de su derrota, cuando por primera vez habían luchado como los Aspectos de la Sol y de la Luna. La Elegida de la Luna aprovechó este momento para respirar, calmar su enfado y ordenar sus ideas. Si seguía con el ir y venir de acusaciones, terminaría luchando con ella, y no quería eso. De modo que decidió intentarlo de nuevo con un acercamiento diferente.

- Leona, tú has… ¿Has visto las visiones? – inquirió tanteando el terreno.

La aludida pareció confundida al principio, pero luego frunció el ceño y asintió con la cabeza. La esperanza pareció explotar en el pecho de la Campeona Lunar, y avanzando hacia su interlocutora le dijo:

- Entonces… entonces debes haber visto el pasado. Un pasado donde Lunari y Solari convivían en paz, donde el culto estaba unificado… ¡Debes saber entonces que todo esto no tiene…!

- No avances un paso más. Si lo haces, lo tomaré como un ataque – la cortó la castaña con voz acerada. Diana se congeló en su lugar. Todo el optimismo que había florecido en ella se marchitó como una flor en el verano. – He visto imágenes que no entiendo sobre seres que no son yo, sobre lugares en los que no he estado y sobre experiencias que no he vivido. No sé qué signifiquen, pero sólo un tonto confiaría a ciegas en algo tan engañoso. Creo en lo que ven mis ojos, lo que escuchan mis oídos y lo que siente mi piel. Y todos ellos me hablan de ovejas descarriadas y de una criminal irredenta que se pasea por Targón esparciendo la oscuridad en los corazones de los incautos. No intentes desviar el tema, Diana. Estoy aquí para que expíes tus pecados.

- ¿Y qué hay de los pecados de los Solari? – inquirió exasperada la Lunari - ¿Acaso esos ojos tuyos son ciegos cuando se trata de ellos, Leona? ¿No has escuchado los lamentos de los inocentes al ser masacrados? ¿No has sentido en la piel el calor de los hogares en llamas?

- Veo difícil aplicar el término "inocente" a herejes violentos – contestó impertérrita la interpelada. La peliblanca debió recurrir a toda su fuerza de voluntad para no arrojarse en ese preciso momento sobre su adversaria. Siempre había sido increíblemente obtusa, pero ¿Cómo era posible que ahora lo fuera incluso más? ¿Cómo se había vuelto tan fanática, tan ciega? O tal vez… tal vez no es que fuera ciega, es que era hipócrita. No, no podía ser. Jamás en su vida lo había sido ni siquiera un poco, siempre enfrentaba las cosas de frente… como cuando le había pedido ayuda por primera vez ¿Era posible que una persona cambiara tanto?

- ¿Me estás… me estás provocando? – preguntó la Elegida de la Luna con voz baja y amenazante – Debes saber que así el único resultado posible es que tú y yo peleemos ¿Eso quieres? ¿Tal vez deseas que yo te ataque primero, para así poder quedar de "buena" y "justa" en tu corazón?

Ante estas palabras la expresión pétrea de la Elegida de la Sol vaciló para finalmente caer y ser desplazada por una cansada y triste.

- Yo no… no deseo pelear contigo, Diana. Sólo me gustaría… que las cosas volvieran a ser como antes. Cuando ambas éramos Solari, éramos compañeras y estábamos juntas. Nada de esto debió haber sucedido jamás.

- Te equivocas, Leona – retrucó la Campeona Lunar de forma triste pero firme – Todo estaba mal en ese entonces. Lo único bueno en mi vida eras tú. Pero todo lo demás…

- ¡Yo podría cambiar eso! ¡Ahora soy la Elegida de la Sol, puedo…!

- ¿Y puedes entonces asegurarme que los Lunari no serán perseguidos? ¿Qué no habrá más secretos, más mentiras? ¿Qué podré alzar la cabeza orgullosamente como la Elegida de la Luna?

La castaña nuevamente guardó silencio, antes de murmurar:

- No puedo dar lugar a herejías.

La furia que se había aquietado volvió a burbujear con fuerza en el corazón de Diana.

- ¡Ahora hasta hablas igual que ellos! ¿Por qué, por qué no pueden meterse en la cabeza que los equivocados aquí son ustedes? ¿No soy yo acaso la prueba viviente de ello?

- La Sol es la única fuente de vida, de luz y de calor en este mundo Diana. Si tu poder no proviene de la madre… entonces tu poder no proviene de la luz, sino de la oscuridad – retrucó la Campeona Solar con presteza… como si estuviera repitiendo un discurso ensayado.

- No repitas lo que te enseñaron como pájaro parlante. Puedes más que eso – contestó a su vez la peliblanca con cansancio – Emplea por una vez tu cerebro y dime si toda esa sarta de sinsentidos es coherente para ti.

- Diana, la legitimidad o no de tu poder lo debe decidir el Consejo. Si me acompañas, me aseguraré de que la sentencia sea justa.

- ¿Justa? ¿Los Solari? ¿Sabes qué pasó cuando intenté convencer al antiguo Consejo, cuando les mostré mi poder? ¡Intentaron matarme! ¡Y por eso la ira de la Luna cayó sobre ellos! ¿Y ahora esperes que me entregue pacíficamente en sus garras para que intenten matarme de nuevo y así borrar la última esperanza de los Lunari? Debes hacerlo mejor que eso. Además ¿Qué importa el Consejo? ¿No eres tú la Elegida de la Sol? ¿Por qué no decides tú, con tu propia mente, con tu propio corazón?

La aludida vaciló, antes de decir dubitativamente:

- Y-yo no… aún no tengo los suficientes conocimientos, ni la sabiduría…

- ¿Y crees que ellos la tienen? ¡Ellos sólo siguen sus propios y egoístas intereses, sólo buscan mantener todo tal como está porque les es más cómodo! ¡Leona, por favor, escúchame! – suplicó la Lunari avanzando inconscientemente un paso hacia ella. La Elegida de la Sol pareció no darse cuenta – Por favor, por una vez, escúchame y escucha a tu corazón, no a las mentiras de bastardos sedientos de poder. Debes tomar una decisión hoy, una decisión que puede cambiarlo todo, pero debes atreverte a quitarte esa venda que llevas puesta. Leona, piensa cuidadosamente ¿Qué crees que es lo correcto?

La Solari abrió y cerró la boca varias veces, su rostro deformado en una mueca de miedo y angustia. En un momento parecía que iba a ceder, al siguiente parecía querer escapar. Pero finalmente sus labios se juntaron en un rictus de decisión, y su expresión nuevamente se endureció en aquella ridícula máscara que tanto le recordaba al general Rahvun.

- Diana – dijo, sus ojos nublados – debes venir conmigo y responder por lo que has hecho. Cualquier otra cosa vendrá después.

La Campeona Lunar sintió como si algo se derrumbara dentro de ella, y bajó la cabeza, llena de dolor. Ya no era su Leona. El tiempo implacable la había cambiado. Ahora era una más de los fanáticos Solari, una más de aquellos que la habían despreciado e intentado asesinar. Una lágrima bajó por sus mejillas pálidas cuando lo comprendió Ahora era, definitivamente, su enemiga.

- Supongo que entonces… no tenemos nada más de que hablar – afirmó con voz temblorosa la Elegida de la Luna mientras desenvainaba su khopesh. Su adversaria se quedó quieta un segundo sin hacer nada, sólo mirándola como si no comprendiera la situación, antes de desenvainar su espada, descolgar su escudo de su espalda y ponerse en guardia. La ira ardía a fuego lento en el corazón de la peliblanca, alimentado por lo que sentía como traición. Por un credo, un credo falso e incompleto, por un puñado de fanáticos con ropas caras, por viejos de caras arrugadas y sonrisas hipócritas, por todo eso ella le había dado la espalda ¿Alguno de ellos alguna vez le había dado lo que ella? ¿Le había hecho sentir como ella? ¿Alguna vez alguno de ellos abrió su mente a posibilidades inexploradas? ¿Alguna vez alguno la había entendido cuando había expresado su sensación de no ser suficiente? ¿Alguna vez alguno la había apoyado como ella en momentos de debilidad? ¿Alguna vez alguno había besado sus labios hasta que su cuerpo entero ardiera como la Sol? Estaba seguro que ninguno. Y aun así, ella abrazaba toda esa mierda y la rechazaba a ella, la única que la podría comprender, la única que la amaría de esa forma. Con un grito que reverberó en las montañas circundantes, Diana dio un salto prodigioso que salvó la distancia que las separaba en un momento, más su espada chocó inofensivamente con el escudo de su enemiga. Rebotando en él, la Lunari se alejó y se preparó para la siguiente embestida. Pero ésta vez fue el turno de la Solari para hacer su movimiento. Corriendo con toda la fuerza de sus pies, el escudo por delante, la castaña salvó la distancia que las separaba en pocos segundos y atrapó a su adversaria en una danza de golpes y esquivos, sin darle lugar a respirar. Las armas provocaban zumbidos al cortar el viento, y cuando chocaban, chispas salían despedidas debido a la fuerza de los golpes. Los ojos de una estaban en todo momento puestos en los ojos de la otra, mensajes sin palabras a través de ellos, mientras que sus brazos se esforzaban como nunca, enarbolando la ira, la decepción, el dolor, en cada golpe, en cada bloqueo. Y, como una montaña, como la misma Montaña, Leona se mantenía firme, conjurando cada amenaza, repeliendo cada golpe. La mejora desde aquella vez era extraordinaria, la experiencia ganada en reales batallas de vida o muerte pesando cada vez que preveía sus fintas y cada vez que cortaba sus avances antes de que pudiera ni siquiera empezar. Y esto sólo la llenaba más de rabia. Pero su táctica tenía una falla que muy pronto se hizo evidente: la Campeona Solar estaba acostumbrada a defender, y ahora estaba atacando, con tanta intensidad que Diana no podía poner distancia para descansar. Y esto, por supuesto, comenzó a hacer mella en ella, más que en la Lunari, de modo que sus ataques pronto perdieron intensidad y en consecuencia su defensa también comenzó a tambalear. La Campeona Lunar no perdió esta oportunidad, y pronto rasguños y magulladuras comenzaron a multiplicarse en la piel de su enemiga. Comprendiendo lo que estaba pasando, la Solari se puso a la defensiva, y su contraparte aumentó la velocidad, acorralándola ahora. Como si flechas plateadas llovieran sobre una Sol moribunda, la Elegida de la Luna cayó una y otra vez sobre ella, de forma implacable, hasta que finalmente se abrió un hueco en la defensa de su enemiga. La Lunari, con lágrimas de ira y tristeza cayendo del borde de sus ojos, dejó caer su arma sobre esta abertura con todo el peso de su cuerpo, pensando que era el fin… Pero Leona levantó la cabeza, sus ojos sin perder un ápice del ardor con el que había atacado, y una barrera de fuego dorado la rodeó, deteniendo el ataque mortal de su rival. Ésta no se alcanzó a recuperar a tiempo, y recibió el impacto del escudo de la Elegida de la Sol en las costillas, resultando en ella saliendo despedida por la fuerza del impacto. Cuando se levantó, La Solari avanzaba hacia ella con calma. Parecía otra. Brillaba tenuemente de dorado, iluminando los alrededores y espantando las sombras a su alrededor, majestuosa como la Astro Reina, su mirada envuelta en fuego, pero más fría que los hielos eternos de la punta de la Montaña. Mientras caminaba, las jóvenes hierbas de primavera siseaban y se consumían a su paso. Era en verdad una diosa descendida del firmamento, una diosa de ira y de castigo. Pero ella no era la única bendecida con poderes celestiales. Silenciosamente, Diana elevó una plegaria antes de encenderse ella misma en fuego blanco, sus ojos llenos de destellos plateados mientras su arma relucía con un filo gélido. Ahora empezaba la batalla de verdad. Llena de una energía que la superaba, Diana aúllo, y su grito resonó en las laderas como el aullido de un lobo, antes de abalanzarse a velocidad sobrehumana sobre su contrincante, que interpuso su escudo ante el golpe. Pero la Lunari simplemente saltó usándolo como apoyo antes de girarse en al aire y descargar oleadas de energía Lunar que eran como olas de plata, filosas navajas que congelaban el aire a su paso e impactaban con la fuerza de una avalancha. Leona se encendió como una llama, y agitó su espada como como repeliendo el ataque. En respuesta, olas de abrasadora energía dorada emergieron de ella y chocaron silenciosamente con el ataque de la Campeona Lunar, estallando en un millar de tonos multicolores. Las volutas de luz aún revoloteaban en al aire cuando las Aspectos antagónicas volvieron a chocar entre ellas, llenando de tonos dorados y plateados el claro. La Campeona Solar puso la voluntad del Sol en su escudo, que estalló en llamas ante la embestida de su enemiga. En respuesta, como el abrazo de una madre, luz lunar repelió las llamas que se dirigían hacia la peliblanca, y pequeñas lunas en miniatura estallaron como frutas maduras, salpicando de hielo a la castaña. Pero el fuego dentro de ella ardía con fuerza, y pronto no hubo sino llamas en su piel. La Elegida de la Luna se separó, preparando una nueva embestida, pero con gesto iracundo su contraparte dio un corte vertical con la espada, como si la tuviera en frente, y su espada se transformó en un rayo de luz que voló vertiginosamente hacia su adversaria. Esta pudo sentir el calor abrasador quemar su hombro izquierdo, y de pronto tenía a la Elegida de la Sol encima, encasquetándole un rodillazo que la hizo perder el sentido por un segundo. Evitó por puro instinto el golpe de escudo que le seguía, pero no pudo evitar que esta vez el quemante ardor que desprendía le achicharrara la piel. Paradójicamente, el dolor la hizo volver a centrarse, y saltó con una agilidad increíble lejos del tajo lateral que la amenazaba. Entonces se transformó en una saeta, en la cazadora nocturna, y sus ataques fueron como pálidos y silenciosos relámpagos que se abatían sin cesar sobre aquel núcleo dorado. La Solari no era lo suficientemente rápida, y sólo podía defenderse a duras penas de cada embate. Estuvieron así unos minutos, sin que Leona pudiera contraatacar o Diana pudiera quebrar su férrea defensa, hasta que esta última se detuvo, intentando replantear su estrategia. Ambas se miraron a través de la distancia. Ambas estaban jadeantes y sudorosas, la peliblanca roja por el esfuerzo, ambas con un millar de cortes y magulladuras tanto en sus armaduras como en su piel. Pero ambas aún relucían con el poder de los celestiales, astros en miniatura plantados en aquel claro arruinado.

- ¿Por… por qué? ¿Qué te lleva tan lejos, Diana? ¿Por qué no puedes aceptar la justicia de los Solari? – preguntó jadeante entonces la castaña, mirándola con desesperación.

- Sabes bien por qué, Leona – contestó la consultada con el mismo tono entrecortado – Su justicia no es justicia. Sus verdades no son sino falsedades. No me someteré a un juicio tan arbitrario. Lo que me pregunto es qué te lleva a seguirlos tan ciegamente ¿Qué cosa vale tanto como sacrificar tu integridad, Elegida de la Sol?

La aludida cerró la boca durante un momento, antes de responder:

- Los Solari me alimentaron. Los Solari me vistieron. Me entrenaron. Me enseñaron las maravillas de la Sol. Los Solari me acogieron; ellos son mi familia. Les debo todo, y pretendo pagárselos.

- Te mereces una mejor familia que esa, Leona, y lo sabes – afirmó la Lunari intentando evitar que el resentimiento se notara en su voz – Por favor, como amiga te lo pido. Detén este sinsentido y ven conmigo. No pretendo entregarte a la justicia de los Lunari por los crímenes que ha cometido tu gente, sino mostrarte la verdad que encontré en el olvidado templo de la Sol y de la Luna. Luego podrás tú decidir qué hacer.

La Campeona Solar vaciló. Y entonces preguntó:

- Si… si yo me voy contigo ¿Quién protegerá al culto?

La ira de Diana estalló nuevamente.

- ¡Han construido durante años ese aterrador poder militar, pueden perfectamente protegerse solos! ¡Leona! ¿En verdad valoras más a ese puñado de hipócritas que a la verdad?

- Tengo un deber con ellos, Diana – contestó la imprecada con la voz de una anciana mientras bajaba la vista – Un deber que fue confiado a mí por la Madre Sol. No pudo defraudarlos. No puedo defraudarla – Entonces volvió a mirar a su contrincante, sentimientos contradictorios batallando dentro de esos ojos cálidos – Diana, por favor, te lo ruego, ven conmigo. Haré todo lo posible para mantenerte con vida. Me aseguraré de ello, con todo el poder que me fue confiado. Así que, por favor, detengamos esto. Es doloroso…

- Si voy contigo ¿Quién protegerá a los Lunari? – la cortó lúgubremente la Elegida de la Luna – A diferencia de los Solari, sin mí los Lunari están poco más que indefensos. Y de cualquier manera, si me condenan a muerte ¿Quién dice que te rebelarás contra tus adorados ancianos? ¿Por qué habría de creer tu afirmación, cuando te muestras tan sumisa a ellos?

Leona se quedó en silencio, como si hubiera sido de pronto impactada por una piedra. Entonces preguntó con voz vacilante:

- ¿No…no confías en mí, Diana?

- No puedo confiar en alguien tan dispuesta a negar la verdad evidente sólo por un sentimentalismo rancio – respondió la aludida, las palabras que pronunciaba sabiéndole amargas en la boca.

La castaña se quedó en su lugar, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua. Su contraparte suspiró, sintiendo el corazón pesado. Su amiga amaba demasiado esa mentira que llevaba repitiéndose toda su vida, y ella amaba demasiado la verdad. Desde el principio no había forma, nunca hubo posibilidad de una solución pacífica. Comprendiendo esto, llena de amargura, la peliblanca volvió a levantar su espada, dejando que la furia de su diosa llenara hasta el último poro de su ser.

- Es… ¿Es esto lo que quieres, Diana? – preguntó la Elegida de la Sol, la aflicción que sentía manchando su voz.

- No. Pero no tengo otra alternativa ¿No es así? – contestó la Campeona Lunar con una sonrisa triste.

Su adversaria se quedó congelada un momento y cerró los ojos, pero cuando los abrió, ellos y ella misma ardían con fuego dorado una vez más.

- Sí, supongo que sí. Supongo que en verdad esto estaba escrito en las estrellas – afirmó mientras lágrimas recorrían sus mejillas tostadas – Si es la Luna quien te empodera, que la Luna esté contigo, Diana – terminó alzando la guardia.

Ésta se vio sorprendida por esto último, y un dolor agudo traspasó su pecho, pero se puso en guardia ella también y contestó:

- Que la Sol guíe tus pasos, Leona.

Durante un momento aún se midieron, vacilantes, conflictuadas, sus sentimientos personales chocando con su deber en sus corazones. Y luego, al mismo tiempo, con un llamado de guerra que resonó en las montañas, se arrojaron la una contra la otra, 2 astros chocando con ira celestial.

Diana era un fantasma plateado, sus tajos pálidos halcones que se abatían sobre su presa implacablemente, amenazando sus puntos vitales. Leona era una torre dorada, su escudo un baluarte impenetrable contra el que chocaban los ataques como olas sobre un farellón milenario. Cada golpe reverberaba en las montañas como un derrumbe, amaneceres de oro y anocheceres de plata iluminando sucesivamente los valles circundantes. La Lunari luchaba llena de ira y de luto, resentimiento y enfado mezclados con una tristeza como un océano. Se sentía engañada por las estrellas, traicionada por su amante… y tonta por haber creído que algo distinto podría pasar ¿No era evidente desde el principio, desde que Leona, en vez de apoyarla, en vez de acompañarla, le había pedido que no hiciera nada, que traicionara su propia consciencia para quedarse con ella? ¿No era evidente desde que ella se había transformado en la verdugo de los Solari, dejando de lado cualquier pensamiento humanitario hacia los que jamás debieron ser sus enemigos? Solo ahora lo había llegado a comprender, solo ahora se había dado cuenta. Y eso le dolía más que cualquier otra cosa, puesto que siempre se había preciado de ser lógica e intuitiva, de tener la capacidad de leer entre líneas la realidad. Pero sus sentimientos la habían nublado y traicionado, y ahora estaba atrapada en una lucha a muerte donde ella había esperado un entendimiento revolucionario. Que tonta había sido. Que tonta. Y esa furia contra sí misma se complementaba con la furia contra aquella que le había robado el corazón sólo para abandonarlo y entregarle el propio a gente que jamás la había visto sino como una pieza de ajedrez en su tablero. El aire a su alrededor se enfrió mientras su energía lunar se expandía como agua derramada, como sangre argéntea, y de pronto eclipsó el calor dorado que emanaba su enemiga. Su cólera le dio alas, y el viento aulló en sus costados, adolorido, mientras la Campeona Lunar se transformaba ya no en saetas, sino en rayos puros de luz, relámpagos níveos que se abatieron sobre su adversaria como un castigo de su diosa. En respuesta, la Elegida de la Sol pareció volverse incandescente, rechazando con golpes de escudo que bien pudieron haber sido dados por la Montaña que Camina los terribles embates de su contraparte. Las hierbas en el claro, completamente rostizadas, arrancadas de raíz de sus sitiales, se congelaban y derretían según primaba la luz blanca o la dorada. Las piedrecillas se habían vuelto arena, las rocas se habían partido, y la tierra misma ostentaba terribles cicatrices, testigos mudos de un encuentro que hacía temblar los cielos. Y ninguna cedía. A ratos se imponía una, a ratos la otra hacía valer su fuerza, pero ninguna podía quebrar el precario equilibrio de fuerzas. Y el cansancio, la fatiga muscular y mental, se acumulaba en las dos Aspectos. Usar los poderes celestiales no era cosa inocua: sus cuerpos, aunque ya no eran humanos, no eran los cuerpos de los dioses, y tarde o temprano blandir un poder que las superaba pasaría la cuenta. Eso, sumado a las múltiples lesiones, si bien menores, que habían recibido, las hacía estar en todo momento al borde del colapso. La batalla debía terminar pronto, ambas sabían eso. Pero sobre todo Diana. Ella dependía de su velocidad, y una vez que sus músculos no pudieran soportar el esfuerzo, todo habría terminado para ella. Con eso en mente, se preparó para su movimiento final. Con un grito que expresaba todo su sufrimiento mental, físico y emocional, la Elegida de la Luna cargó hacia adelante con una agilidad que superaba incluso todos sus esfuerzos anteriores, y un estruendo resonó a su paso. La Campeona Solar extendió su espada hacia ella, la hoja vuelta un rayo de luz incandescente, pero la peliblanca giró en el aire, aún yendo a toda velocidad, y evitó el ataque. Sin embargo, debido a este esfuerzo, no pudo concretar adecuadamente la arremetida y debió reposicionarse, dándole tiempo a la Solari de emplear su carta del triunfo. Ésta vez alzando la espada, como si estuviera arengando a un ejército, Leona invocó una cascada de fuego solar que se abatió como un millar de meteoritos sobre la sorprendida Campeona Lunar, que sólo atinó a recubrirse de luz lunar para soportar el ataque. Se sintió aplastada por una mano enorme y sintió su piel sisear ante el calor infernal que la rodeaba. Entonces la vio. Su rival corría hacia ella con los ojos en llamas, el escudo por delante. Esquivó a ciegas el golpe de la adarga, pero quedó completamente desequilibrada y a merced de su rival. Supo entonces que había perdido. Miró a los ojos a su antigua amiga mientras esta daba un tajo terrible en dirección a su cuello. Sintió la hoja partiendo el viento, y el calor que ésta desprendía, mientras aún buscaba en los luceros de la castaña arrepentimiento, luto, amor. Y todas ellas encontró mientras el acero caliente rozaba su oreja y chamuscaba su pelo, pero pasaba de largo sin herirla fatalmente. Era ahora o nunca. Reuniendo toda la fuerza que le quedaba, Diana saltó, y desde las alturas, oró fervientemente a su diosa. Y ella le respondió con una tormenta de fuego lunar que cayó junto a ella generando un enorme cráter con las Aspectos en el centro. Leona bloqueó el golpe que venía desde arriba, pero la energía argéntea la mordió como el hielo, quemándola con frío. Un grito angustioso se elevó desde su garganta, y soltó sus armas, para finalmente caer derrotada con el khopesh de la peliblanca incrustado profundamente en su hombro. La batalla había terminado.

Jadeando, la Lunari retiró su arma del cuerpo de su adversaria, arrancándole otro grito apagado. Se quedó allí un momento, observando de pie a su enemiga caída que respiraba dificultosamente ¿Qué había pasado, en aquel último segundo? ¿Por qué una guerrera de su calibre había fallado un golpe tan fácil?

- ¿Por qué no me mataste, Leona? – preguntó sofocada.

Esta no respondió durante un momento, sus ojos ahora apagados mientras traspasaba con su mirada a su antigua amiga.

- No pude – dijo finalmente con voz tenue – fui demasiado débil.

Diana la observó atentamente. Era evidente que no quedaba ya fuerza en su enemiga, de modo que no podía ser una treta para distraerla. Y Leona no sería capaz de hacer algo así. No era su estilo. Una risa jadeante e irregular la sacó de sus pensamientos. Leona se carcajeaba sin energía ni alegría.

- Al final, otra vez fui yo la más débil – afirmó con una sonrisa triste – la Luna eligió una campeona adecuada, y la Sol una campeona indigna. Yo… le fallé. Les fallé a todos. Que la diosa me perdone.

La peliblanca no dijo nada. La espada le pesaba en la mano, y el destino le pesaba en el corazón. Era el instante decisivo, el momento donde podría terminar de una buena vez aquella guerra absurda, pero no quería hacerlo ¿Podría, tal vez, cargarla así como estaba al templo…?

- No, Diana. No dudes. No lo arruines a último momento. Mátame – pidió Leona con silenciosas lágrimas cayendo lentamente de sus ojos – No aumentes mi humillación.

- Imbécil ¡¿A quién le importa tu humillación?! – gritó angustiada la Campeona Lunar mientras lágrimas recorrían sus mejillas también - ¿Dónde quedaron tus palabras grandilocuentes, dónde quedó tu lealtad a los Solari, a la diosa Sol? ¿Te rendirás tan fácil? ¿Los abandonarás de esta forma miserable?

- Si – contestó la aludida sin convicción – Ésta no es sino la última piedra en la lápida de mi indignidad. En todo he fallado. La Sol encontrará una campeona más digna tras mi muerte. Y estoy cansada, Diana. Ya no puedo más con esto. Al final, mis ambiciones eran demasiado grandes para mí, y yo era más pequeña de lo que pensaba. Si aún te queda siquiera un poco de amor por mí, terminarás con esta broma cruel. Libérame, Diana. Es lo último que te pido.

La Elegida de la Luna se quedó quieta, temblando mientras contemplaba la miserable escena. Y luego, lentamente, alzó el filo de su arma.

- Perdóname, Leona – dijo con la voz quebrada mientras ésta cerraba los ojos y sonreía débilmente. Pero la hoja jamás llegó a morder esa carne. El viento se alzó desde el bosque a sus espaldas, y con él un intenso hedor a sangre y a hierro invadió el espacio. Una presencia siniestra se acercaba desde aquella dirección, y Diana pudo sentir que toda la piel se le erizaba mientras un miedo que nunca antes había sentido se apoderaba de ella. De modo que rápidamente se olvidó de su adversaria caída y se dio la vuelta para encarar a la amenaza que se cernía sobre ellas.