Asesino de Dioses

Pronto la Lunari escuchó lo que no había sentido mientras estaba con su atención en otra cosa: los árboles crujiendo, como si algo enorme se abriera paso entre ellos. Un aura negra y retorcida emanaba de lo que sea que estuviera llegando, corrupta y agobiante, como un coro discordante de alaridos. Era tan abrumadora que Diana se preguntó cómo ninguna de las dos se percató antes. No tuvo que esperar mucho para saber quién era su dueño: recortada suavemente por el brillo de la Luna salió de entre los árboles una cosa negra y enorme, que a pesar de ser humanoide claramente no se trataba de ningún humano. Su cabeza tenía una forma extraña, como una suerte de toro-jabalí, pero tenía un rostro de hombre deformado en una mueca de ira y desprecio. Unos ojos rojos ardían en esa cara, enviando un desagradable escalofrío por el espinazo de la Elegida de la Luna. Unas alas membranosas, como de murciélago, le colgaban de la enorme espalda, y sus músculos, aún bajo la iluminación tenue, era extraños, como si fuera arcilla hecha carne. Un hedor lo rodeaba, un hedor a sangre, a hierro y a muerte. Y era titánico. Leona, una mujer que bajo cualquier estándar sería alta o muy alta, erguida sólo le llegaba a la boca del estómago. La peliblanca supo de inmediato que este monstruo era la cosa más peligrosa a la que jamás se había enfrentado.

- ¡¿Quién eres?! ¡Identifícate! – le gritó apuntándolo con su arma.

La criatura la miró girando muy lentamente la cabeza. Este simple gesto estuvo de alguna manera tan cargado de hostilidad que sintió la necesidad urgente de atacar. Su cuerpo temblaba mientras no despegaba un ojo de él ni se perdía ninguno de sus movimientos. Su cuerpo se lo gritaba: esa cosa no era ninguna broma.

- Me preguntas quién soy. El Aspecto me pregunta quién soy ¿Acaso ha pasado tanto tiempo que ustedes se han olvidado de MÍ? Como si esta prisión no fuera suficiente ¿Intentan, también, condenarme al olvido? No. No, no, no, no, no. Soy YO quien traigo el olvido – contestó la bestia con una voz cascada y rota, y aún así majestuosa y terrible.

- Diana, debes huir – dijo una voz temblorosa y jadeante a su lado. La Campeona Lunar miró en su dirección y vio con sorpresa a Leona intentando incorporarse. Estaba apoyada en su espada para mantenerse erguida y su escudo colgaba inerte del brazo herido – Lo retendré tanto como pueda. Tú debes sobrevivir y recuperarte para luchar en plenitud de fuerzas – La Lunari la miró con dolor y sorpresa ¿Ella, que había intentado matarla hasta hace solo unos minutos atrás, ahora hablaba de sacrificarse a sí misma por su bien? Sus pensamientos fueron interrumpidos por la desagradable voz del recién llegado.

- Han montado un espectáculo curioso, ustedes 2, y lo que es peor, no me han esperado. Mal, mal, mal, muy mal. Ahora me tendré que conformar con las sobras. Que bienvenida más miserable. Espero que ese bastardo tenga preparado algo mejor para mí. Mientras tanto, haré que sus cuerpos recuerden con dolor quién soy. Haré que aquellos que están por sobre ustedes se arrepientan en agonía de no haberles contado sobre mí – dijo entonces el demonio levantando una espada como ninguna que la Elegida de la Luna hubiera visto antes. Dos filos opacos y negros, como los extraños cuernos de la cabeza del ente, convergían alrededor de una hoja carmesí, como hecha de carne, y sus puntas no se tocaban, dando la sensación de colmillos. En su centro una especie de corazón pulsaba malignamente, y sólo con verlo se sintió enferma.

- Pues – declaró el ente en voz altisonante – sepan que soy Aatrox, el Destructor de Mundos, el Asesino de Dioses, y mueran en desesperación, sabiendo que detrás de ustedes todos los que viven aquí serán aniquilados, sean hombres, bestias… u Aspectos – acto seguido, balanceó su arma hacia ella a una velocidad tal que Diana no tuvo tiempo de reaccionar, pues ni siquiera pudo ver el movimiento. Pero antes de que sintiera el dolor de su carne desgarrarse y sus huesos ser aplastados, algo la empujó con fuerza fuera del camino. No necesito verla para saber quién había sido. Un impacto que bien podría haber sido una explosión y un gemido ahogado confirmaron sus sospechas: Leona había recibido el corte por ella. Más impactos resonaron detrás de ella, junto al estruendo de los árboles cayendo fulminados. La peliblanca tragó saliva. Aquella cosa era monstruosamente fuerte. De no haber sido por su vieja amiga, ella habría muerto sin poder hacer nada. Rápidamente se incorporó y se alejó de su atacante hasta llegar a la Solari. Estaba al menos 10 metros dentro del bosque, recostada sobre el árbol que había detenido su vuelo, ahora caído tras ella. Sangraba profusamente por la boca, y su brazo izquierdo estaba doblado en un ángulo extraño, el escudo que había soportado todos los golpes de su contraparte sin un rasguño resquebrajado. Con su única e inesperada aliada evidentemente fuera de combate (casi completamente por culpa de Diana) esta supo que estaba sola, sola contra aquel ser que había podido hacer eso a la que consideraba una fortaleza imbatible con un solo golpe. Y además casi completamente exhausta. Las cosas no pintaban bien. Pero ella nunca había sido de las que se amilanaban ante tareas imposibles. De modo que encaró a su enemigo, que se acercaba con parsimonia, y se encendió con fuego lunar. Todo su cuerpo protestó de dolor, pero eso no le importó.

El monstruo llamado Aatrox sonreía mientras caminaba hacia ella, una pizca de alegría en aquellos ojos tormentosos.

- Eso es, Aspecto de la Luna, levántate, pelea. No avergüences al cielo que te concedió tu poder. Sólo así aplastarte será satisfactorio.

Con un rugido, la Lunari cargó sobre su enemigo veloz como una flecha, pero fue repelida con facilidad por un bloqueo feroz. Sin perder el ímpetu, más rápida que el viento, volvió a atacar, sólo para ser evitada con un elegante desplazamiento hacia un lado. Su propia agilidad la salvó, cuando sintió el aire chillar donde ella estaba hace un segundo, producto de un tajo horizontal. Aquel demonio había contraatacado en el mismo movimiento con el que la había evitado. No sólo tenía una fuerza ridícula, sino que su habilidad no se quedaba a la zaga. Apretando los dientes, la Elegida de la Luna se reposicionó y volvió a atacar. Una. Y otra. Y otra vez. Y en ningún momento logró siquiera desestabilizar a su adversario. La desesperación comenzó a dominarla, a medida que se daba cuenta de su destreza en el combate no sólo era superior a la de ella misma, sino que era como comparar aquel valle con la cima de la Montaña. Aquella terrible criatura era más hábil que cualquier guerrero que hubiera conocido, y probablemente sólo los héroes de las leyendas podrían comparársele. Era como si tuviera milenios de experiencia, como si hubiera peleado en mil lides, como si cientos de miles de vidas hubieran terminado bajo sus manos. Era tanta la angustiosa diferencia, que Diana sentía que incluso a plena forma no habría chance para ella. Sentía que, incluso si tuviera a Leona su lado, la victoria aún sería incierta. Mierda. Mierda. Mierda. Intentó controlar su respiración para mantener a raya al miedo que amenazaba con apoderarse de ella. Pensó en correr, alejarse lo más rápido que pudiera de aquel lugar y ver si podía superar en velocidad a aquella criatura. Era la única chance de sobrevivencia que veía. Pero eso significaba condenar definitivamente a Leona a muerte ¿Y eso que importaba? ¿No estuvo ella misma a punto de matarla hace muy poco? Y sin embargo, no podía obligar a sus piernas a moverse. Aquella no era una alternativa aceptable. Hizo crujir sus dientes, llena de frustración. Si tan solo no hubieran estado tan concentradas intentando matar la una a la otra, si tan solo hubieran detectado esta amenaza antes, tal vez todo sería distinto. Maldita sea. Maldita Leona ciega y fanática. Malditos cielos que la embaucaron hasta este destino fatídico. Y maldita ella misma, por haber caído en su juego, por no pensar fuera de la caja. Maldito fuera todo.

Como si pudiera leer sus pensamientos, la bestia que la amenazaba soltó una risa burlona.

- ¿Es esto todo lo que tienes, Aspecto de la Luna? ¿Tan poco tiene que ofrecer la campeona elegida por la Hermana Argéntea? Patético, realmente patético. Eres, probablemente, el ejemplar más lastimero de Aspecto que me he encontrado. Oh, me olvidaba de tu amiga allá atrás. Si te sirve de algo, ella es aún peor que tú.

Las palabras de su enemigo llenaron a la Elegida de la Luna de ira, a tal punto que el miedo pareció desvanecerse, y aferrando con fuerza su espada, gritó:

- ¡Cierra la maldita boca, monstruo! – antes de arrojarse con ímpetu renovado sobre él. Pero esta vez su adversario no la esperó. Deslizándose hacia adelante con un movimiento increíblemente suave para alguien de su tamaño, la interceptó en medio del ataque con un prodigioso tajo horizontal. La peliblanca sólo pudo cubrirse con su propia espada y con energía lunar, resultando en ella volando varios metros hacia atrás y cayendo no muy lejos de donde estaba la Solari. El impacto la dejó sin aire, a pesar de estar protegida. Sus brazos dolían por la fuerza del golpe que tuvieron que soportar, y apenas pudo levantarse. Nuevamente, el demonio se acercaba a ella sin prisa, casi teatralmente. El maldito estaba evidentemente jugando con ella, y lo peor es que ella no podía hacer nada para evitarlo.

- Reconoceré tu tenacidad, guerrera, pero sólo con ella no podrás hacer nada. No te contengas en lo más mínimo. Ahora es el momento de ocupar hasta lo último que tienes, o será tu fin. Y si no tienes nada más, sólo quédate ahí y muere. Tu resistencia no es sino molesta.

Reuniendo toda la energía que le quedaba, la Campeona Lunar se incorporó. Sus manos temblaban mientras sostenían su espada frente a ella, aquella delgada hoja curva toda la línea que la separaba de la muerte. Nunca antes en su vida, ni siquiera durante la escalada por el Monte Targón o las aventuras que había pasado desde entonces, había sentido la muerte tan cerca, respirándole en la nuca, quitándole fuerzas como si se alimentara de ella. Desde que había sido elegida Aspecto de la Luna jamás se había enfrentado a nadie tan superior a ella, y de pronto he aquí un monstruo que era una amenaza mayor que cualquier criatura que conociera (excepto, tal vez, la Montaña que Camina), mayor que Leona y el Ejército Solari. Era un ser capaz de amenazar a todo Targón de muerte… sin que ella hubiera encontrado la situación ridícula, sino aterradora. Podría ser, incluso, una amenaza para toda Runaterra. Ante semejante demonio, las disputas entre Lunaris y Solaris sólo eran estupideces, juegos de niños necios. Y tanto ella misma como Leona habían estado jugando ese jueguito ridículo mientras una tormenta peor que cualquier pesadilla se asomaba al horizonte. Entonces, detener al tal Aatrox era responsabilidad de ambas. Entonces, no podía permitirse caer allí. Debía, al menos, dañarlo. Y si no podía, comprar la mayor cantidad de tiempo posible. Sus correligionarios le habían hablado sobre el Aspecto de la Guerra que caminaba nuevamente entre los mortales, y seguramente el choque en curso lo atraería, si la pelea previa no lo había hecho ya. Si podía, debía ganar tiempo hasta su llegada. No podía aceptar otro resultado. Porque su madre la miraba desde el cielo, su ojo pálido fijo sobre ella, dándole fuerzas, animándola. No podía defraudarla. Y además, con algo de suerte… podría salvar a Leona.

El oscuro ser de pronto saltó, su cuerpo haciendo una elegante curva en el aire mientras la distancia que los separaba se volvía nada. Diana se imbuyó con energía lunar, y desperdició un segundo intentando recomponerse sobre el intenso dolor que sentía desgarrándola. Por eso, aunque su esquivo logró salvarla de la espada de su enemigo, no lo hizo así de la explosión de energía roja, como sangre explotando de la misma roca, que generó el impacto fallido. Aquella energía maldita quemaba, y la Lunari debió retroceder. El monstruo se recuperó rápidamente y nuevamente salvó las distancias con otro salto con pirueta tan ágil como el de un mono. Esta vez ella pudo esquivarlo completamente, pero el siguiente ataque se encadenó inmediatamente, y el siguiente, y el siguiente. No había ningún espacio para siquiera pensar en el contraataque, pues en su estado si recibía un solo golpe moriría. Y sin embargo… eso estaba bien. Podía jugar su juego. Podía ganar tiempo. Podía. Eso quería creer. Con los brazos cada vez más pesados, con las piernas cada vez más rígidas, siguió jugando aquel juego mortal de esquivar, esquivar, esquivar, esquivar.

- ¿Eso es todo lo que harás? – gritaba el monstruo entre golpe y golpe, evidentemente enojado - ¿Te levantaste con esa cara tan seria y solo… rodarás en el suelo como un gusano? ¿No tienes vergüenza? ¿No tienes dignidad? Olvida lo que dije sobre tu amiga. Eres, definitivamente, más patética – y terminando esta oración, se deslizó por el aire como si él mismo lo fuera, y estaba en frente de la peliblanca antes siquiera de que parpadeara. Y aún así, atinó a retroceder lo suficiente como para que su bloqueo lograra efectivamente desviar el arma que se abatía sobre ella. Pero repentinamente la bestia ya no estaba frente suyo. Subiendo la mirada, pudo verlo sobre ella, con la cara deformada de ira y la espada levantada. No había forma de que pudiera re-equilibrarse a tiempo para esquivar eso. Y de pronto un rayo de sol interrumpió la escena, y un meteorito dorado le siguió. El ataque fue tan inesperado que el mismo Aatrox retrocedió, acusando recibo del golpe. Nuevamente la había salvado. 2 veces en ¿10 minutos? ¿30? Aunque por todo lo que sabía, también podía haber estado peleando horas. Rápidamente se recuperó de la conmoción y se precipitó hacia la cosa negra y enorme que se debatía furiosamente. Con Leona encima, haciéndole una llave al brazo de la espada del monstruo ocupando incluso su brazo roto.

- ¡Diana, ahora! – gritó con evidente angustia en una voz rota.

Sin perder un instante, Diana se llenó de energía lunar y, aunque sentía que su cuerpo se deshacía mientras lo hacía, saltó hacia el monstruo, un relámpago níveo iluminando la noche, y soltó un tajo que fue una golondrina de luz. Todo sucedió en menos de un segundo. Y ese segundo fue suficiente para que aquel demonio interpusiera su grueso brazo izquierdo entre su cuello y al ataque, con el hueso deteniendo la hoja, y lograra llevarse solo una herida profunda que ni siquiera era incapacitante en vez de una cabeza cortada. La Elegida de la Luna no lo podía creer ¿Cómo…cómo…cómo había reaccionado tan rápido? ¿Con qué clase de criatura se estaba enfrentando? ¿Por qué no había oído de esto antes? ¿A qué clase… a qué clase de destino le habían guiado las estrellas aciagas? Un rugido furioso de su terrible enemigo la sacó de estos pensamientos. Aún luchaba con la Solari aferrada a su brazo derecho como si de eso dependiera su salvación. Entonces, hizo algo que nadie podría haber esperado. Mordió a su atacante, enterrando profundamente sus colmillos en ella, atravesando armadura y piel indistintamente y aplastando sus huesos entre sus mandíbulas. Leona no pudo evitar rugir de dolor, e inmediatamente soltó la presa, provocando que este a su vez la soltara a ella. Cayó al piso como un saco de patatas, y a pesar de sus intentos, era evidente que no podía levantar sus miembros, demasiado cansada y demasiado rota.

- ¡No eres más que una cucaracha molesta! - Le gritó furioso el monstruo mientras alzaba su espada. Leona lo miró, su cara deformada por el dolor pero su voluntad de pelear intacta - ¡Conoce tu lugar! – acto seguido, la bajó con fuerza, atravesando el estómago de la Elegida del Sol.

Diana sintió como si el mundo se rompiera. Podía ver todo a fragmentos, como un mural despedazado. Los ojos de Leona abriéndose en agonía mientras vomitaba sangre. La forma en que su cuerpo se había curvado mientras la espada destruía su carne y la molía por dentro. La forma en que se retorcía, espasmódicamente, evidenciando que ya no era dueña de su cuerpo. La sangre, brillando a la luz de la Luna, formando un horroroso charco bajo ella cada vez más grande. Cuando, finalmente, había dejado de moverse. Y la visión de esa arma abominable, ese corazón latiendo de forma desagradable, como si sintiera un maligno regocijo. Lo pudo ver claramente. La espada estaba bebiendo la sangre de su amiga caída. La que a pesar de todo, la había salvado 2 veces. 3, si contaba la vez anterior que le perdonó la vida. La que la había amado hasta el final, demostrándolo cuando más importaba. Esa sangre estaba profanando de esa manera. La ira le dio las fuerzas para levantarse. No le quedaba casi nada. Sabía que ni siquiera podía vengar adecuadamente a Leona y matarlo. No tenía forma de superar el ataque que había hecho anteriormente. Pero aún así… quería, al menos dejarle una cicatriz. Quería que, al menos, esa criatura detestable no pudiera olvidar jamás su espada ofensora.

El mentado monstruo en tanto, luego de examinar el cadáver de su enemiga, como si no hubiera tenido suficiente, levantó nuevamente su espada, pero debió usar ese impulso para bloquear el ataque entrante.

- Ya basta, esto no es heroico, es patético – gruñó irritado - Malgastan mi tiempo, sólo mueran rápido – a continuación, rechazó a la Campeona lunar, pero esta dio una pirueta hacia atrás y luego cargó inmediatamente…. directo hacia el ataque de su adversario. Giró su cuerpo en el aire y como una bailarina logró pasar a través del tajo diagonal, evitándolo y poniéndose a la espalda del monstruo. Y desde allí, juntó cada miligramo de fuerza que le quedaba y blandió su hoja en un corte que era como un espejo de Luna llena. E incluso a pesar ejecutar un movimiento tan impecable, a pesar de lograr pasar sobre su guardia, a pesar de hacer todo bien… aquel ser llamado Aatrox se las arregló para bloquear con su antebrazo izquierdo de la misma manera en la que lo había hecho antes, sólo que esta vez a su espalda. Y Diana pudo notar que… la herida que le había hecho anteriormente ya no estaba. Su brazo izquierdo, que había logrado penetrar profundamente gracias a la ayuda de Leona… ahora otra vez la bloqueaba, otra vez intacto. La Lunari se quedó en blanco, y aunque aterrizó por puro instinto, no se movió de ahí. Todos, todos sus esfuerzos… no habían servido de nada. Solo… ¿Qué era ese ser? ¿Qué clase de terrible maldición había invocado esta calamidad sobre ellas? ¿Cómo era posible que algo así existiera sobre la faz de Runaterra y nadie hablara de ello? Si tan solo lo hubiera sabido, si tan solo hubiera tenido noticia de ello, al menos un rumor… No habría fallado a todos de esa forma. No le habría fallado a los Lunari. A la Madre Luna. A Leona…

Unos pasos detrás de ella resonaron en el mortal silencio del claro. El monstruo ni siquiera le concedería una muerte rápida, al parecer.

- ¿Comprendes ahora lo inútil de tus esfuerzos? Tú jamás podrías derrotarme. Si esto es lo que un Aspecto puede ofrecer, sus constelaciones deben ser ahora verdaderamente lamentables – el monstruo calló un momento. Diana se negó a mirar hacia atrás. Ya no tenía sentido. Luego, su enemigo suspiró, y dijo – Date la vuelta. Al menos dame la satisfacción de ver tu cara de desesperación mientras te mato.

Diana no se movió. No podía hacer nada más, pero eso no se lo concedería.

- ¡Eres una mocosa irritante hasta el final! – grito iracunda la bestia, y el aire chilló mientras su espada monstruosa cortaba el aire en dirección a ella.

Pero el golpe fue bloqueado por una especie de cristal que no era sino energía, y una voz desconocida resonó por el campo de batalla.

- No parece digno de ti entregarse de esa forma, Elegida de la Luna. Tu belleza aún no debe morir para el mundo – dijo la voz con un tono profundo y aterciopelado, que transformaba cada palabra en una suave caricia.

La Campeona Lunar ahora sí se dio la vuelta, y se encontró completamente sorprendida. Quien venía allí no era el guerrero de lanza de estrella fugaz, escudo astado y capa de estrellas del que le habían hablado. Era un hombre alto, fornido, de facciones a la vez duras y suaves, que empuñaba una curiosa maza que era bella, como una pieza de artesanía en vez de un arma, y vestía una túnica a la manera targoniana… excepto por su pecho expuesto, mostrando sus pectorales tallados. De alguna manera, emitía un aura tranquilizadora, como una calma mañana de invierno, y Diana sintió que la desesperación y el miedo retrocedían en su pecho.

- Vaya, otro Aspecto se suma a la fiesta – dijo Aatrox con una voz en la que se mezclaban a partes iguales el fastidio, el desagrado y un horrible regocijo – Gracias por ahorrarme el trabajo de buscarlos. No sabes cuánto he esperado para volver a uno como tú, Aspecto del Protector. Debes estar muy ansioso por ser destrozado.

Como si aquel monstruo no fuera una amenaza en lo absoluto, el hombre solo sonrió y respondió:

- No juzgues a todos a partir de ti mismo, Darkin. Algunos aún tenemos cosas que proteger.

Los pasos del recién llegado lo habían llevado frente a la terrible criatura, justo ante el cadáver de la Elegida de la Sol. Primero una luz como un cristal aguamarina, luego una energía como esmeraldas fundidas la rodearon. Antes de que la Lunari tuviera la oportunidad de preguntar qué estaba haciendo, el que había sido llamado Darkin espetó irritado:

- Es inútil que intentes prolongar su vida, Aspecto del Protector. No habrá salvación para ninguno de ustedes.

- ¿No estás contando tus perdices antes de cazarlas? Aún debes terminar con nosotros – contestó el hombre sin perder la sonrisa tranquila.

El corazón y la mente de la peliblanca estaban en caos ¿"Prolongar su vida"? ¿Eso significaba que Leona aún no había muerto? ¿Aún después de ser atravesada por esa terrible espada, aún después de perder toda esa sangre? Con gran esfuerzo, intentó sentir su energía, y aunque al principio no pudo detectar nada, esforzándose, podía vislumbrar una pequeña y moribunda luz que aún ardía en su ser. Ella realmente estaba viva. Lágrimas de gratitud rodaron por sus mejillas. Por supuesto. Ella no moriría tan fácilmente. Sin embargo, este alivio no duró mucho. Era evidente que, si bien no estaba muerta aún, la palabra clave era "aún". Estaba gravemente herida y su vida pendía de un hilo. Si no recibía ayuda pronto, realmente perecería. Y había un terrible obstáculo interponiéndose en ese objetivo.

- ¿Tienes confianza, no? Bien. Me agrada. Ven, Aspecto del Protector. Luchemos. Déjame probar si tus habilidades son reales – dijo el demonio levantando la espada. Parecía haberse olvidado completamente de la Elegida de la Luna. Con una sonrisa desafiante, el desconocido Aspecto cargó con la maza preparada. A pesar de que su acercamiento sería rápido y sorpresivo para cualquier humano normal, para ella era lento, muy lento. Si sus veloces ataques como rayos habían sido detenidos ¿Cómo lograría nada esta embestida de caracol? El monstruo pareció pensar lo mismo, porque de espaldas a ella oyó su bufido de burla antes de precipitarse impaciente a interceptar el golpe. Como una tormenta, cayó sobre el hombre y descargó una estocada frontal que podría fácilmente partir rocas… sólo para ser detenido nuevamente por esa barrera como gemas de luz. Evidentemente aquella bestia no había esperado éste giro de los acontecimientos, pues recibió el mazazo entrante sin poder bloquearlo o esquivarlo del todo, debiendo retroceder, y logró esquivar el siguiente golpe con una pirueta hacia un costado. Su rostro era una máscara de ira. Mientras tanto, sin dejar de encararlo, el recién llegado retrocedió hasta quedar justo al lado de la Campeona Lunar. Inmediatamente después, esta se vio rodeada por aquella barrera de luz, y a continuación sintió como sus fuerzas regresaban a ella y el dolor de sus músculos se hacía soportable mientras la luz esmeralda la rodeaba. Con precaución, probó la fuerza de sus miembros y, cuando hubo comprobado esto, recogió su khopesh, que había soltado. No estaba exactamente en forma, pero ahora era más que capaz de luchar una vez más. Sin embargo, aquel hombre la tomó del hombro y negó con la cabeza.

- No, Elegida de la Luna, no debes entrar en la batalla otra vez. De eso me encargo yo. Tu toma el cuerpo de la Elegida del Sol y huye – luego señaló con el dedo un camino lejano que apenas se veía y que subía hacia el pico de la Montaña – Sigue ese camino, tomando siempre la ruta izquierda, y llegarás a una meseta donde hay una yurta y un pequeño huerto a su lado. Allí vive una amiga que será capaz de salvarla. Date prisa. Logré estabilizarla, pero en realidad no sé cuánto pueda aguantar. Ya es un milagro que se haya mantenido con vida. Cuando cargue, carga conmigo. Lo distraeré para que puedas llevártela sin peligro.

Diana se preguntó si podía confiar en él para detener a aquel ser que él mismo había calificado como un "Darkin", una criatura ancestral que había amenazado al mundo entero en su momento. Pero en realidad, no tenía ninguna otra opción si quería salvar a su amiga, de modo que cuando aquel Aspecto cargó, ella lo hizo con él, fingiendo flanquear a su enemigo. Este intentó ocuparse de ella primero, pero nuevamente la barrera lo detuvo y recibió otro mazazo que lo obligó a retroceder. Aprovechando la apertura, ella corrió hasta alcanzar el cuerpo de la Solari caída. Estaba pálida, su pecho subía y bajaba tan imperceptiblemente que sería difícil apreciar el movimiento y sus heridas, a pesar de que no sangraran, estaban abiertas y pulsaban de forma horrorosa. Intentando no desesperar, la Lunari improvisó vendas con tiras de sus ropas para amarrarle el estómago e impedir que sus tripas se desparramaran. Una vez hecho esto, intentando ignorar el estruendo a su espalda, tomó a Leona con la máxima delicadeza de la que fue capaz y partió corriendo sin mirar atrás.

- ¿De verdad crees que las dejaré escapar? – preguntó sin poder ocultar su fastidio el Darkin a quien bloqueaba su camino hasta sus presas.

- ¿Entonces huirás como un cobarde tras las presas débiles en lugar de presentarme batalla? No sabía que habías caído TAN bajo, Aatrox – contestó el aludido con la misma sonrisa que tanto había exasperado a sus superiores cuando era un soldado demaciano. Y tampoco falló en esta ocasión, pues ante sus palabras las facciones de su enemigo se deformaron de furia, antes de que una risa aterradora y desprovista de alegría brotara de él.

- Tienes una lengua afilada, Aspecto del Protector, pero las lenguas solo ganan batallas fuera de la lid. Y déjame decirte que tus habilidades no son nada especial. Así que ¿Sustentarás tus palabras con acciones equivalentes, o morirás como un vulgar charlatán? Estoy deseando verlo.

Apenas terminó de decir esto, Aatrox saltó en al aire, dispuesto a partir por la mitad a su oponente. Taric lo esperó y bloqueó el filo de la espada con la empuñadura de su maza. Sintió como si lo que estuviera deteniendo fuera un meteorito enfurecido. Sus rodillas se doblaron ligeramente, cediendo ante el peso, antes de que el demaciano repeliera su atacante con un grito de esfuerzo. Sonrió mientras veía a su enemigo cargar nuevamente contra él. Cualquiera que viera su gesto pensaría que estaba lleno de confianza, pero esa sonrisa no era de confianza, sino de burla. Burla hacia sí mismo. Porque había hablado con palabras altisonantes frente a la Elegida de la Luna, y había alardeado frente a su enemigo… todo, sabiendo que sus palabras estaban vacías. Sabía mejor que la mayoría a qué clase de terrible aberración se estaba enfrentando, y sabía también que solo no tenía la menor oportunidad contra él. De hecho, no estaba seguro cuánto tiempo podría soportar esta batalla. Pero también sabía que, si su vida podía comprar las vidas de las Aspectos del Sol y de la Luna, y estas vivían para pelear otro día, entonces su sacrificio no sería en vano. Una de las personas en las que más confiaba en este mundo se lo había dicho, y eso era suficiente para él. Además… incluso si ellas no eran la salvación, si sus bellezas vivían otro día para el mundo, sería suficiente. Era su deber proteger la hermosura de este mundo, y morir haciéndolo era un final con el que podría contentarse. De modo que siguió batallando, muy exigido. Él no tenía la agilidad para esquivar los golpes de su enemigo, de modo que solo podía recibirlos, parándolos como podía con el mango de su maza o con su Bastión de cristal. Y cada impacto era como si decenas de Druvask gigantes lo golpearan, sacudiéndolo entero a pesar de que su cuerpo era una de las cosas más fuertes y resistentes que conocía. Aquel monstruo no le dejaba espacio alguno para el contraataque, abrumándolo, y él sabía que no le estaba planteando en realidad ningún desafío. Pero estaba comprando valioso tiempo. Y, como un pequeño regalo adicional, estaba haciendo enojar cada vez más al Darkin, centrando todo el tiempo su atención sobre él. Tras una serie mortal de ataques que dejaron el claro sembrado de terribles cráteres, la bestia desbocada se detuvo. Sus ojos ardían con una cólera que podría hacer arder la misma Montaña.

- ¿Te burlas de mí, Aspecto del Protector? – preguntó con una voz baja pero temblando de furia - ¿Crees que no conozco lo que tu patética mente está maquinando? ¿Crees que te permitiré hacer lo que deseas?

- Bueno – contestó el aludido con una sonrisa, a pesar de que no tenía nada por lo que reírse - ¿No la has estado haciendo hasta ahora?

Con un rugido que sacudió todos los árboles circundantes, Aatrox cargó furioso hacia adelante como un toro desbocado. Sin embargo, la ira lo estaba cegando, y el demaciano logró darse cuenta de ello. Invocando su poder, cuando su oponente estuvo lo suficientemente cerca, Taric congeló el área frente a él con luz estelar, logrando que el monstruo quedara atrapado y cristalizado, como una grotesca estatua de gemas. Sin perder el tiempo, el Aspecto del Protector asestó un golpe, y otro y otro a la efigie, trizándola. Un gruñido bestial surgió de la escultura, y grietas de pulsante energía roja aparecieron en ella, hasta que aquel terrible enemigo se hubo liberado del encantamiento. Sin embargo, el daño que le había ocasionado la maza persistía: icor negro manaba de los lugares donde la carne se había agrietado. Mirando al causante de sus heridas con un odio inenarrable, la horrible criatura extendió sus alas y se elevó al cielo. Pensando que finalmente se había hartado de ese juego y que ahora perseguiría a sus anteriores presas, el demaciano casi maldice en voz alta, pues no tenía forma de detenerlo ni perseguirlo. Sin embargo, sus miedos eran infundados: pronto sintió el rugido del aire y pudo ver a un cometa carmesí cayendo sobre él. Sabiendo que aquel no era un ataque que pudiera esquivar o bloquear por medios convencionales, Taric no dudó un segundo en ocupar su carta del triunfo: elevó su maza al firmamento, con una oración en el corazón. Una estrella descendió parsimoniosamente de él, iluminando los alrededores con su fulgor cósmico, y tocó la frente del Aspecto poco antes de que su enemigo hiciera contacto con él. En ese momento, el hombre comenzó a resplandecer como un lucero, y aquella terrible espada lo atravesó, pero no como se atraviesa la carne, sino como se atraviesa el aire. Los ojos del monstruo se agrandaron inmensamente cuando la fuerza del ataque explotó una gran área alrededor, mandando tierra y roca por todas partes y dejando un inmenso cráter…pero sin tocar a su oponente, como si este no estuviese hecho de materia conocida alguna. Antes de poder sobreponerse al asombro, recibió dos poderosos mazazos en la mandíbula que lo desestabilizaron completamente, aunque no cayó porque su espada estaba profundamente enterrada en el suelo y él no la soltó en ningún momento. Sin embargo, más mazazos siguieron a los primeros, y aquel que se llamaba a sí mismo el Asesino de Dioses de pronto se vio abrumado por los golpes, sin poder ni responder, ni esquivar, ni bloquear adecuadamente. Parecía el final de la pelea. Pero el demaciano sabía que no era así. Mientras durara 'Resplandor Cósmico' podía golpearlo así, sin preocuparse por él mismo, pero aquella era una habilidad demasiado poderosa para que un humano, incluso un Aspecto, pudiera mantenerla por mucho tiempo. Por eso, sentía que sus golpes eran demasiado lentos. Por eso, sentía que eran muy débiles. Por eso, decidió arriesgarse y juntar la energía que estaba guardando para después en un mazazo que impactó en el brazo derecho de su adversario, quebrándolo sonoramente y arrancando de él un rugido que parecía el rugido de la propia Montaña. Y entonces la luz abandonó su cuerpo, y la materia volvió a tomar su lugar. Su enemigo no se perdió de este hecho y, cambiándose de mano la espada en un segundo, en el siguiente lanzó un tajo lateral tan poderoso que, aunque fue bloqueado, hizo retroceder varios metros a Taric. Ambos se tomaron un momento para recuperarse. Aatrox crujía sus dientes sonoramente en una mueca tan furiosa que sería cómica en la cara de cualquier otro. El Aspecto, en tanto, sudaba profusamente y la maza le temblaba en la mano. Al menos, había logrado inutilizar su brazo de la espada. Si bien probablemente una criatura como él sería tan hábil con la izquierda como con la derecha, con algo de suerte, esto afectaría aunque fuera un poco su balance y reduciría la distancia entre ambos. Lo necesitaba desesperadamente, ya que, con la poca energía que le quedaba, no estaba seguro de si podría resistir mucho más. Y el momento pasó cuando el Darkin, con un grito, saltó al aire dispuesto a destazar a su enemigo. Taric lo supo apenas lo vio: sus esperanzas fueron muy ingenuas, pues no parecía afectado en lo más absoluto por la herida en su brazo. Desesperado, se protegió con su escudo de luz estelar y, aunque este no se quebró, se agrietó sonoramente. Una sonrisa sádica apareció en el rostro de su oponente, quien se contorsionó para dejar caer un segundo mandoble que finalmente destrozó la barrera. Muy exigido, el demaciano bloqueó el filo de la espada con el mango de su maza y allí se quedaron un momento forcejeando, hasta que Aatrox dio una patada terrible que envió por los aires a su contrincante. Queriendo finiquitar el asunto, el Ascendido caído saltó tras él con la intención de atravesarlo sin darle tiempo ni siquiera de caer. Pero no se esperó la maza volando directo hacia su cara, parándolo en el aire. El Aspecto aprovechó ese breve respiro para recuperarse. Sentía las entrañas muy maltratadas por el golpe, pero no creía que hubiera daños internos serios. Quería volver a ver a la de ojos dorados para decirle que se retractara de decir que sus abdominales solo servían de adorno. Una sonrisa apareció en su rostro mientras llamaba a su arma de vuelta. Sería bueno si ese bastardo se apresurara. Estaba sintiendo unas terribles e imperiosas ganas de vivir.

Su adversario, en tanto, parecía más allá de la ira.

- ¡VOY A APLASTARTE COMO A UN GUSANO! ¡VOY A DESMEMBRARTE PARTE POR PARTE! ¡TE HARÉ SENTIR EL SIGNIFICADO DE '¡AGONÍA', Y ROGARÁS QUE TE MATE! – rugía enloquecido el monstruo. La sonrisa en la cara de Taric se tornó amarga. No dudaba ni por un segundo que esa criatura era perfectamente capaz de cumplir sus amenazas. Y pronto debió enfrentarse a esa realidad. La bestia nuevamente se arrojó a él y, creyendo ver una oportunidad, el Aspecto nuevamente cristalizó el aire frente a él. Sin embargo, su contrincante extendió las alas y se detuvo en medio del aire, justo fuera de su alcance. Fue su turno de agrandar los ojos por la sorpresa, y casi no alcanza a desviar la estocada entrante. Tanto fue así que, incluso desviándola, la fuerza del impacto lo desestabilizó, y quedó a merced de su enemigo. Este levantó furiosamente la espada sobre el demaciano y, con un rugido de ira infernal, dejó caer un corte vertical como para partirlo por la mitad. Taric inmediatamente se protegió con su barrera de luz, más esta se comenzó a resquebrajar y finalmente se quebró. El filo bajó hasta encontrarse con el brazo derecho del Aspecto, quien se había protegido con él como último recurso. El arma penetró la carne y rompió el hueso, pero allí se quedó. Juntando sus últimas fuerzas, el Elegido del Protector arrojó nuevamente su maza, logrando acertar en la mandíbula del Darkin, que se quebró de forma audible. El herido debió retroceder, dándole tiempo al demaciano de recomponerse, o al menos de levantarse del piso. Sentía su brazo derecho arder como una brasa, y evidentemente eso a él sí lo ralentizaría. Y de cualquier manera, no le quedaba energía para nada más que golpear, y sabía que en una pelea de golpes no duraría cinco segundos. Miró con aprehensión el brazo derecho de la criatura, encontrando que, aunque había alcanzado a beber de él y por ende a sanarse, aún estaba roto. Aunque eso no cambiaría nada, algo era algo.

Y entonces lo sintió, ambos lo sintieron, antes de poder verlo. Taric sintió ganas de reír a carcajadas, mientras Aatrox hacía crujir sus dientes mientras observaba el cielo nocturno. En él, un cometa dibujaba un rastro anaranjado en el manto estrellado, acercándose cada vez más. Las dudas eran visibles en aquellos detestables ojos carmesí.

- ¿Qué pasa, oh Asesino de Dioses? ¿No me digas que le temes a un simple hombre? – se burló el Aspecto, con una voz que temblaba por el dolor.

El monstruo lo miró. Por un momento, pareció que lo atacaría sin importarle lo demás, y el Elegido del Protector se maldijo amargamente, pensando que finalmente lo había llevado demasiado lejos. Sin embargo, el Darkin desplegó sus alas y se elevó, perdiéndose rápidamente en la lejanía. El demaciano se sentó con un suspiro de cansancio. No podía creer que había sobrevivido. Una sonrisa se formó en sus labios, pero pronto desapareció cuando pensó en el motivo de que él se pudiera dar el lujo de estar sentado en medio de aquel claro destrozado. Prácticamente lo había tirado al sacrificio, pero en realidad no podía hacer nada más, aparte de morir. Y realmente no quería morir. El dolor de su brazo herido, que comenzó a ser insoportable, aclaró sus pensamientos. Antes incluso de lamentarse, debía subir por el mismo camino que le había señalado a las Elegidas del Sol y de la Luna a ver a su amiga. Y una vez ella lo sanara, volver lo más rápido posible a ayudar a ese hombre. Siendo sincero, esperar que siguiera con vida todo ese tiempo era poco realista, pero él era alguien capaz de lograrlo. Después de todo, su propia existencia debería ser un imposible. Y él se lo había ablandado un poquito. Con algo de suerte nada, ni sus heridas ni las de la peliblanca y la castaña, serían en vano. La verdad, eso era más una plegaria que una afirmación, pero a pesar de todo, Taric sentía que las estrellas velaban por ellos aquel día. "Volveré pronto" pensó mientras se ponía de pie y contemplaba la estela de fuego en el cielo "Hasta entonces, no mueras".