Solo un hombre
"¿Qué se siente volar como un cometa?" le había preguntado Taric con su característico tono entre alegre y burlón una vez. Y él había respondido: "Como ser roca fundida arrojada de un volcán. Es decir, una mierda". En ese entonces aquel tipo desagradable había reído, como si escuchara un chiste. Pero Pantheon no estaba haciendo una broma. Mientras viajaba a una velocidad que ningún pájaro podría imitar, el rakkorano sentía como si él fuera una brasa, una brasa imperecedera. Era cierto, no se consumía nunca, pero no por eso ardía menos. No podía ver, escuchar, sentir u oler nada, sólo el azufre y el humo, sólo él mismo siendo su propio combustible. En realidad, no era como volar, sino más bien como "ser arrojado". Después de todo, él solo elegía un destino y se arrojaría a sí mismo al aire, como un salto titánico. Volar era diferente. De lo contrario las aves no lucirían tan contentas mientras lo hacían. El aterrizaje también era muy distinto. No era ese posarse suavemente, sino más bien caer pesadamente e intentar quedar de pie y no dejarte llevar por tu propia inercia. Seguramente el dueño de aquel poder, si siguiera vivo, lo maldeciría por usarlo tan mal. No había nada que hacer: aquel había sido un Dios y él… él solo era un hombre. Cada aterrizaje era un nuevo desafío, incluso si ya había vivido cien antes. Pero la mejora entre el primero y el último era notoria. No era mucho, pero iba mejorando.
En esta ocasión esa mejoría no se mostró, pero eso fue porque, casi justo antes de caer, el guerrero había sentido una energía nauseabunda, como sangre podrida que se resistiera a coagularse. Conocía muy bien al dueño de aquel miasma que poblaba todo el valle. Mierda. Siempre puede llover sobre mojado, decía su padre, y no podía tener más razón. Luego de recomponerse de su desastrosa caída, el rakkorano se concentró, intentando determinar dónde estaba aquel monstruo. El corazón le latía con fuerza en el pecho, y sus tripas habían encontrado la forma de anudarse unas con otras. Ya se había enfrentado 2 veces a este enemigo antes. Bueno, en realidad, sólo una, en la otra no había podido hacer nada. De hecho, aquella única vez había ganado, pero debido a la arrogancia de su enemigo, no a otra cosa. No podía contar con la misma suerte otra vez. Y no podía hacer nada sino ir a enfrentarlo. Una vez determinó aproximadamente su localización, inmediatamente comenzó a correr con toda la fuerza de sus piernas. Era rápido, muy rápido, más rápido que cualquier humano, más rápido que la mayoría de los animales… y sin embargo, para él, era demasiado lento, y las distancias se alargaban infinitamente. Mientras más demorara, más gente podría estar muriendo, y por ende, más poderoso sería el enemigo. Debía darse prisa. No tardó mucho (y sin embargo fue aún demasiado tardíamente para su gusto) en sentir el hedor a sangre intensificándose. La criatura estaba cerca.
Lo encontró a la orilla de un riachuelo, entre los restos de una construcción de madera destruida. Sus víctimas yacían esparcidas en pedazos por los alrededores, pero ahora su carne y su sangre fluía como un repugnante río de lodo hacia el Darkin. Pantheon no se lo pensó dos veces. Sin una señal de advertencia, se arrojó hacia la aberración con la lanza por delante. Este, aunque tuvo algo así como un segundo para reaccionar, lo apartó con su espada en un movimiento casi elegante. Los cadáveres, o lo que quedaba de ellos, quedaron ahí, medio consumidos, como si los más repugnantes insectos hubieran licuado sus carnes y sus huesos. Aquella visión de los cuerpos desfigurados horriblemente, despojados incluso de su forma humana, latía detrás de los ojos del rakkorano. Cazadores de la montaña, intentando vivir sus vidas a pesar de las inclemencias, viendo su vida, sus sueños, sus existencias robadas por una criatura que no entendían y de la que no podían ni siquiera defenderse. Atrapados en una guerra ajena. Aniquilados como hormigas sin que nadie escuchara sus últimos lamentos. Atreus apretó la lanza con fuerza, sus dientes rechinando en su boca, la hiel invadiendo su lengua.
Aatrox, en tanto, lo miraba también, sus ojos llenos de un odio ancestral, la ira rezumando de su cuerpo y haciendo que el aire a su alrededor pareciera un charco de sangre pulsante.
- Trucos y más trucos ¿Acaso intentan compensar su vergonzosa debilidad con una guerra de desgaste? – inquirió el Darkin en voz baja pero que resonaba en la cuenca como si rugiera – Tal parece que tanto ustedes como sus marionetistas han perdido incluso la apariencia de dignidad ¿No les da vergüenza exhibir de ese modo su desesperación? Bien. Bien. Vengan, entonces: uno a uno o todos juntos, no importa. Los despedazaré a todos y borraré todo rastro de sus patéticas, inmundas, miserables existencias.
El aire de intimidación alrededor de la criatura se hizo más denso, su sed de sangre espesando la atmósfera, y el rakkorano sintió un escalofrío recorrer su piel. Entonces, una vez más, dirigió su mirada hacia esos desdichados a los que los cielos olvidaron, encendiendo su corazón de ira.
- Nada sé de los Aspectos, y tú y los tuyos no me interesan en lo más mínimo – contestó Pantheon con voz acerada – pero aquí se termina tu masacre, monstruo.
Una risa desagradable salió de los "labios" de su enemigo.
- Ven y detenme, entonces, oh Ascua de la Guerra – se burló levantando su espada. Por toda respuesta, el guerrero hizo lo mismo con su lanza y escudo. Ambos se midieron durante un segundo eterno, antes de cargar contra el otro como 2 cometas chocando. Espada y escudo colisionaron con un ruido ensordecedor, obligando a ambos contendientes a retroceder. El brazo entero del rakkorano se sentía entumecido, y su escudo aún vibraba con la fuerza del golpe. Esta era la fuerza del llamado "Destructor de Mundos". Sin embargo, Pantheon no se amilanó, y cargó nuevamente contra su contrincante. Esta vez no encajó de lleno el golpe de la espada, sino que colocó su escudo de tal manera que el filo se deslizara por su superficie, e intentó aprovechar la apertura para asestar un lanzazo con tal fuerza que resonó como un estallido. Pero el Darkin se contorsionó y logró evitar el ataque, aprovechando el breve desposicionamiento de su oponente para asestarle una patada que lo hizo retroceder varios metros. Sin darle tiempo a respirar, se arrojó nuevamente sobre él, y el rakkorano debió esquivar muy exigido. Sintió las ondas del golpe como aire caliente barriendo su piel, quemándolo, y un leve quejido escapó entre sus labios. Furioso consigo mismo por ese momento de debilidad, el guerrero encaró al adversario que nuevamente se abalanzaba sobre él y con un grito de desafío, alzó su lanza en el preciso momento en que el filo de la espada Darkin caía sobre él, mientras se cubría como podía con el escudo de esta embestida. Nuevamente el impacto sobre su protección resonó como una enorme campana por el valle, y la fuerza fue tal que pudo escuchar sus huesos trizarse y sus rodillas se doblaron, pero aguantó. A cambio, pudo sentir como el filo de su arma ofendía la carne de su enemigo, que retrocedió de un salto. En su monstruoso rostro había un profundo tajo transversal, justo debajo de su ojo derecho.
Ambos contendientes se detuvieron un momento para recuperar el aliento. Pantheon podía verlo claramente: su enemigo estaba siendo imprudente, dejándose llevar por la rabia y cargando sin cuidado. Si era inteligente, podía explotar esta debilidad. Pero él mismo también estaba furioso, él mismo también estaba siendo imprudente. El dolor de su brazo pulsaba cada vez más agudo, señal del grave daño recibido por bloquear de lleno golpes que podían partir rocas como si fuesen mantequilla. Por otro lado, eso era esperable. Estaba peleando contra uno de los más poderosos Darkin cuyo nombre manchaba la historia. Debía esperar muchas más heridas, porque la única forma de tener alguna esperanza era poner su vida en la línea. El rakkorano inspiró y exhalo, sus ojos fijos en Aatrox, que rechinaba sus dientes ruidosamente. "Veamos que pesa más, tu divinidad o mi humanidad" pensó el guerrero poniéndose nuevamente en posición de combate. Cualquier persona con sentido común afirmaría que la divinidad siempre se impondría, pero él ya había demostrado la falsedad de este pensamiento, y pensaba hacerlo de nuevo. "Aunque me cueste la vida" pensó con una sombría determinación en su corazón, su pensamiento lleno de las imágenes de todos aquellos que habían sido aplastados injustamente, de sus últimos lamentos agonizantes, del hedor a humanidad destrozada. El penacho de su casco se encendió con una flama blanca, y su lanza comenzó a brillar con luz estelar.
- ¡Oh! ¡He aquí que las estrellas bendicen tus armas, impostor! – rio el Darkin sin alegría – Sean las estrellas testigos de tu caída. La luz que proteges, la extinguiré y reiré sobre tu memoria – escupió el monstruo lleno de cólera. Su contrincante no contestó, solo lo esperó con el escudo en alto. Una mueca de fastidio se formó en aquella cara lívida, que pronto se deformó en un grito de ira, anunciando el fin de aquel pequeño receso.
Desplegando sus alas membranosas, el dios caído se elevó en el aire, y por un momento Pantheon temió que estuviera huyendo de él. Pero pronto el monstruo se detuvo, un punto en el firmamento incluso para los ojos de la Lanza Inquebrantable, antes de caer hacia él como una estrella fugaz. Los ojos del rakkorano se abrieron de sorpresa y miedo viendo caer a su enemigo a una velocidad vertiginosa sobre él. Sin tiempo a pensar en nada, el guerrero se arrojó con todas sus fuerzas hacia un costado, de forma nada elegante, en un esfuerzo desesperado por no quedar atrapado en el ataque. Cuando la espada tocó el suelo todo a su alrededor estalló en un remolino de tierra, rocas y aquella repugnante energía carmesí, con un estruendo que sonó como si la propia montaña se derrumbara. La onda expansiva barrió con Pantheon, quemando su piel y arrojándolo varios metros hacia atrás. Tosiendo en medio del polvo que nublaba su visión, el rakkorano se levantó y llamó a su lanza y escudo de vuelta, mientras intentaba desesperadamente localizar por medio de su oído la posición de su contrincante. Pudo escuchar el aullido del aire siendo cortado en el preciso momento en el que sus armas retornaban a él, y sin pensar, esquivó hacia el costado. El filo de la espada atravesó el lugar en el que había estado medio segundo atrás. Casi como un reflejo, su lanza buscó la mano que sujetaba la espada, pero aquel brazo se movió hacia la lanza, rechazándola… aunque llevándose un buen corte de propina. Aatrox dejó escapar un sonoro bufido de frustración, y el guerrero no perdió su oportunidad. A una velocidad sobrehumana, su lanza dio una decena de estocadas en segundos, obligando al Darkin a ponerse a la defensiva. A continuación, Pantheon cargó sobre él con el escudo por delante, intentando asestarle un golpe con él. Pero no en vano su contrincante era un dios guerrero, veterano de mil batallas. Sin necesidad siquiera de variar su postura, el monstruo asestó un puñetazo al escudo del rakkorano mientras este estaba en el aire, rechazando sin miramientos su intentona. Este debió luchar para conservar el equilibrio en el terreno ahora destrozado e irregular, mientras la fuerza del golpe lo arrastraba hacia atrás. El polvo aún no se asentaba, por lo que solo pudo ver la ominosa sombra del dios caído mientras este se abalanzaba nuevamente sobre él. Nuevamente quiso esquivar hacia un costado, pero se encontró con que un tajo horizontal estaba preparándose para recibirlo. El guerrero apretó sus mandíbulas y tomó una decisión. Mientras se cubría con el escudo del golpe entrante, elevó su lanza con toda la fuerza de la que era capaz. Como si el tiempo se hubiera ralentizado, pudo ver con detalle como la horrible figura de su enemigo emergía de la nube de polvo…dirigiéndose directamente a la punta de lanza. Pudo ver la conmoción en aquella faz detestable, y alcanzó a sonreír antes de que la espada del Darkin chocara contra su escudo.
El impacto lo envió despedido decenas de metros más allá, provocando que perdiera totalmente el sentido de la orientación. No había alcanzado a sentir si su lanza lo había herido o no, pero incluso Aatrox no podría haber esquivado eso con tan poco tiempo de reacción ¿No? ¿No? Mientras su cabeza se asentaba y volvía a estar en control de su cuerpo y sus sentidos, el rakkorano intentó incorporarse apoyándose en sus brazos, pero un agudo dolor en su extremidad derecha lo devolvió al piso. Por supuesto. Aquella arriesgada movida se había cobrado su precio, y seguramente ahora el brazo del escudo estaba roto. Apretando la mandíbula el guerrero se incorporó usando un solo brazo, y se miró el miembro afectado. Su brazalete parecía a punto de estallar, por lo que se lo quitó, y vio debajo de él su antebrazo hinchado como un sapo, con un color purpura anormal. Estaba definitivamente roto, probablemente incluso astillado. El hombre maldijo para sí, pero un rugido furioso rápidamente lo devolvió al presente. Su enemigo despotricaba ruidosamente, con el brazo derecho colgando inerte y algo largo y delgado sobresaliendo del hombro correspondiente. Pantheon sonrió. Un brazo por otro no parecía tan mal resultado, teniendo en cuenta a quien se enfrentaba. Por desgracia, la batalla estaba lejos de terminar. Los ojos del Darkin, brillantes como llamas, se centraron en él, y un rugido inhumano salió de su garganta.
- ¡GUSANO INMUNDO! ¡MORTAL DESPRECIABLE! ¡TE MALDIGO A TI Y A TUS ALTOS AMOS! ¡TE ARRANCARÉ LAS EXTREMIDADES! ¡TE DESPELLEJARÉ! ¡TE HARÉ SUPLICAR LA MUERTE!
Con un bramido que hizo temblar todo en kilómetros a la redonda, Aatrox volvió a arrojarse sobre la Lanza Inquebrantable, empuñando la espada con la mano izquierda. Mientras que Pantheon debía luchar contra el dolor y la lividez de su brazo, el monstruo que enfrentaba no parecía lastrado por su herida, moviéndose con la misma fuerza y agilidad con la que lo hacía cuando estaba "entero". De modo que el guerrero solo podía esquivar los terribles ataques de su adversario, sin tiempo siquiera de llamar de vuelta a su lanza, que aún seguía profundamente enterrada en el cuerpo del dios caído. Y los embates se encadenaban unos con otros, en una mortal danza sin fin cuyo único descenlace posible era la muerte del rakkorano. Debía buscar una forma de salir de aquella situación desesperada, una pequeña voz se lo advertía en un rincón de su mente. Pero el resto de su cerebro estaba en blanco, y lo único que se movía era su cuerpo, saltando, retorciéndose, rodando por el piso, lo que fuera con tal de seguir respirando aunque fuera un segundo más. Cada movimiento demandaba más energía que el anterior, cada movimiento era más lento que el que lo precedió. Podía sentir como la arena de su vida llegaba a su fin, un fin horroroso y miserable, habiendo fracasado, habiendo jurado en vano proteger a la humanidad. Aquella humanidad que no le era suficiente para vencer a la divinidad. Aquella humanidad como cadenas de plomo que lo ataban. En el siguiente esquive el guerrero pisó mal, quedando desbalanceado, y su enemigo no perdió la oportunidad. En un movimiento brutal pero muy efectivo, Aatrox le propinó una terrible patada de la que a duras penas logró cubrirse con los brazos. Esto no impidió, por supuesto, que saliera despedido decenas de metros más allá, aterrizando como un saco de harina, inerte, rodando sin elegancia por el terreno devastado. Sus sentidos estaban en total caos, y solo sentía su cuerpo por el dolor terrible que lo atormentaba, que parecía provenir de todos sus miembros y de ninguno a la vez. "Levántate, Atreus" se dijo a sí mismo intentando controlar el pandemonio de desorientación y agonía dentro de él "No ha terminado, no puede terminar, no aún. No hasta que el enemigo haya sido derrotado". Solo entonces sus sentidos volvieron a él. Sentía un pitido en los oídos que se iba acallando poco a poco, y su vista estaba borrosa. El hedor a sangre, a tierra y a muerte invadían su nariz, y sentía el sabor ferroso de su propia sangre en la boca. Gemidos quedos llegaron a sus oídos, y tardó en darse cuenta que era él quien los producía. Le dolía todo, sobre todo los brazos, que pulsaban como si un millar de agujas incandescentes lo estuvieron quemando por dentro. Con un débil grito, intentó incorporarse, pero no conseguía reunir sus fuerzas. "Vamos, vamos, VAMOS. PÁRATE, ATREUS" se gritaba a sí mismo con desesperación "¿QUÉ FUE DE TUS PALABRAS GRANDILOCUENTES? ¿QUÉ FUE DE TU 'ESPÍRITU INQUEBRANTABLE´? ¡ARRIBA! ¡TIENES QUE LEVANTARTE, TIENES QUE HACERLO!" Nuevamente intentó levantarse del suelo, pero el dolor lo atravesó como una lanza y disgregó las pocas energías que había conseguido reunir. Entonces, escuchó los pasos, pasos pesados de algo enorme que se acercaba. Una sombra negra y ominosa se interpuso entre él y la luz de la Luna. Tenía que levantarse o era el fin, pero su cuerpo no respondía. Una enorme mano lo aferró del cuello y el torso, levantándolo casi con delicadeza. Podía ver el rostro de su enemigo de forma borrosa, con una mueca de desprecio absoluto grabada en él.
- Este es tu lugar, del que nunca debiste intentar salir, mortal – dijo el Darkin con voz fría – Tu lugar es el polvo, retorciéndote como el gusano infecto que eres.
El rakkorano no podía responderle, en parte porque no tenía fuerzas suficientes, en parte porque el agarre del dios caído era cada vez más apretado, quitándole el aire.
- Vienes a mí, enhiesto y orgulloso, y me desafías con una técnica tan burda, con un cuerpo tan débil. El solo hecho de que te alces contra mí es un insulto, pero yo, yo también… ¡Dejando que una criatura tan miserable me hiriera! ¡En verdad he caído bajo! – Mientras hablaba su agarre se tornaba en una prensa, y el guerrero no pudo evitar gritar de dolor mientras sentía sus huesos crujir – Pff. Patético. Me repugna incluso tocarte – afirmó Aatrox mientras lo dejaba caer como si fuera basura. Apenas sintió el golpe, pese a que la caída fue considerable, puesto que estaba demasiado concentrado absorbiendo tanto aire como pudiera. Sin embargo este alivio no duró mucho: pronto sus costillas estuvieron nuevamente oprimidas, esta vez por el abrumador peso de la bestia que puso su enorme pie sobre él, aplastándolo.
- Prometí que te haría sufrir, pero no parece que puedas aguantar mucho más – continuó el dios caído con tono de fastidio – Muéstrame que estoy equivocado. Vive, vive hasta que mi ira haya sido saciada. Sirve al menos para eso.
Dicho esto, el monstruo alzó su pie y lo dejó caer casi perezosamente sobre Pantheon, pero este aulló y se retorció de dolor mientras sentía sus costillas partirse. Aquel implacable enemigo lo hizo un par de veces más, pero no parecía satisfecho con el resultado. De modo que lo volvió a levantar del suelo y lo arrojó lejos. Como un muñeco de trapo, el guerrero voló impotente y luego de aterrizar rebotó varias veces, hasta que el tronco de un árbol detuvo abruptamente su desplazamiento.
Su consciencia se desvanecía lentamente entre la tortura de su cuerpo desgarrado y la infinita desesperación. Podía ver al Darkin como una negra y ominosa sombra que se acercaba parsimoniosamente a lo lejos, pero la oscuridad cada vez más parecía desprenderse de esa silueta e invadir completamente su visión. Era una oscuridad cálida, acogedora, que le susurraba con voz tierna para que soltara todo, para que se dejara llevar más allá, a un mundo sin sufrimiento, donde no estaría siempre oprimido, siempre luchando. Y entonces lo vio. Mudo, pálido como la muerte, sus ojos vacíos, Pylas lo miraba. No era solo Pylas. Iula. Asose. Los bárbaros caídos. Los Ra'Horak. Los cazadores. Una infinidad de personas, de humanos, caídos o aún vivos lo miraban con los ojos vacíos, sus rostros níveos y rígidos. No había palabras ni había gestos, pero Atreus podía sentir claramente su reproche. Su súplica. Todos ellos habían mirado a las estrellas, y las estrellas los habían traicionado. Él los había instado a pelear con los ojos en la tierra, a emplear su humanidad como arma. Muchos habían muerto a su lado, confiando en que él haría algo con esas vidas desvanecidas. Él les había asegurado que no permitiría que los inmortales perpetuaran la tragedia. En sus rostros inexpresivos, en sus ojos vacíos, todos le hacían la misma pregunta: ¿Era ese el límite de la humanidad? Al final, después de tanta saliva y tanta sangre ¿Eso era todo? ¿Debía la humanidad rendir la cerviz a los dioses y los demonios, impotente, siempre aplastada, huyendo y escondiéndose como ratas? Atreus no quería sentir esas miradas. Había luchado una, y otra, y otra vez, siempre al límite, siempre sacando fuerzas de donde no las había. Muchos males habían terminado bajo su lanza. Muchos humanos habían sido salvados por sus acciones ¿No merecía un descanso? Suplicante, dirigió esta pregunta hacia aquellas apariciones, pero estas no respondieron de ninguna forma. Su reproche mudo, su súplica sin palabras se mantenía. Él era la Lanza Inquebrantable de la humanidad. No tenía permitido caer. Debía seguir peleando, aun cuando la muerte jalara sus miembros hacia abajo, aun cuando en el futuro no aguardara más que desesperación. Porque eso significaba ser humano. Porque el fin era inevitable, debía luchar con todas sus fuerzas por retrasarlo un poco más.
Las pisadas de Aatrox resonaban cercanas ahora, haciendo temblar ligeramente el suelo. Su cuerpo se sentía como un pedazo de madera desgarrado y quemado por un millar de hachas incandescentes. Su visión era borrosa, como si viera bajo el agua, debido a que lágrimas de dolor recorrían constantemente sus mejillas. Cada respiración era una tortura. Pero él no podía ceder ante todo eso. Apretando sus mandíbulas, se incorporó como pudo, quedando sentado contra el tronco. Solo ese movimiento le exigió toda la fuerza, toda la voluntad de la que era capaz. Mientras tanto, el Darkin llegó frente a él, y una sonrisa sádica asomó en su cara detestable.
- Bien, muy bien. Sigue peleando – dijo con la voz llena de maligno placer – Aférrate a tu miserable existencia con todas tus fuerzas. Una muerte rápida no sería divertida.
Atreus miró aquella expresión de regocijo ante la perspectiva de su tormento. Recordó las que se formaban en los últimos momentos de todos los que habían muerto frente a él. Dolor. Ira. Pánico. Remordimiento. Las expresiones de aquellos cuya vida les fue arrebatada por seres poderosos y completamente faltos de piedad ¿Tendrían esos seres inmortales expresiones similares, llenas de alegría ante el sufrimiento y la muerte de los más débiles?
- Mmmm. Me gusta esa expresión – comentó el dios caído ensanchando su sonrisa – Sí, creo que serás capaz de aguantar bastante más de lo que pensaba. Bien, entonces, vayamos un poco más allá – mientras decía esto, el monstruo se inclinó sobre él y tomó su brazo derecho. Nuevamente el dolor atravesó al rakkorano, completamente insoportable, empujándolo nuevamente a la inconciencia, pero él se resistió. En medio de la agonía, reunió todo, todo lo que tenía dentro y abrió la mano izquierda. La lanza, entonces, como si estuviera esperando aquel momento, se desprendió limpiamente del hombro del Darkin. Este abrió mucho los ojos por la sorpresa. Sin perder un segundo, con un aullido que desgarró su garganta, Atreus puso todo su poder, tanto del celestial muerto que residía en él como las últimas fuerzas que sustentaban su cuerpo, y alzó la lanza hacia el pecho de su enemigo. El filo relucía como una estrella fugaz, y aquel último y desesperado ataque resonó por el valle como una explosión. Una ola de luz blanca recorrió las tierras, levantando polvo y sacudiendo los árboles. Y en el medio de todo aquello, Aatrox, aún inclinado sobre el guerrero rakkorano, con un enorme agujero en el pecho y la lanza asomándose por su espalda.
Rápidamente, el monstruo saltó fuera del alcance de su enemigo, y se miró el pecho horadado. A partir de aquel boquete su carne se desmoronaba lentamente como arena ante las olas. Miró a su oponente, tirado miserablemente en el mismo lugar donde lo había dejado, jadeante como si el aire se le fuera a acabar, la incredulidad superando incluso a la ira y la vergüenza. El Ascendido caído se debatió un segundo entre acabar con la vida de su ofensor y arriesgarse a otra situación inesperada, o huir en busca de presas más asequibles y seguras. Finalmente, el miedo a quedar otra vez encerrado en la espada indefinidamente ganó, y la criatura desplegó sus alas y se alejó volando lo más rápido que podía.
Cuando Pantheon se dio cuenta de lo que pretendía, intentó alzar nuevamente la lanza y arrojársela, pero su brazo cayó a un costado, incapaz de soportar el peso del arma. "Vamos Atreus, solo un poco más" se dijo, incluso la voz de su mente indefinida y borrosa "Asegúralo, y podrás descansar". Pero aquel ataque había sido el último, ya no tenía nada dentro de sí. Mientras su consciencia se apagaba lentamente, el rakkorano maldijo su propia debilidad. Luego, las tinieblas se apoderaron de él.
Primero que nada, lo siento mucho. No sé cuántos de ustedes llegaron hasta acá, pero a los que lo hicieran, lamento haber interrumpido de la forma en que lo hice la publicación (aunque si queda alguno de mis viejos lectores sabrán que algo como esto tampoco es ninguna novedad para mí). Muchas cosas pasaron en estos casi 5 meses. Dejé la Universidad y me puse a trabajar, salió Arcane y solo pude pensar en esa serie durante casi 3 meses completos, y más aún, perdí casi 30000 palabras (algo así como 50 y tantas páginas) de los siguientes capítulos. Este, y por sobre todo el laaargo interludio que lo sigue se perdieron completitos, y tuve que volver a escribirlos. De hecho, el interludio aún no está listo, pero no se preocupen, lo dividiré en partes y estaré publicándolo así semanalmente. Tienen para otras 3 semanas de capítulos, al menos.
De cualquier forma, incluso antes de que se perdiera, pensaba rehacer este capítulo. La batalla era aburrida de leer, demasiado descriptiva y no reflejaba adecuadamente lo que yo quería transmitir. Creo que esta versión lo hace mejor y espero no haberme equivocado haciéndole unrework. Debo reconocer que "The Call" y "En la batalla, quebrado" fueron grandes ayudas e inspiraciones. De hecho, recomiendo encarecidamente esa canción si quieren releer desde que Pantheon entra en ese mundo onírico entre la vida y la muerte.
Más nada. Espero que hayan disfrutado los capítulos pasados y este, y que disfruten los capítulos por venir. Me esforzaré para hacer de este el primer fic que no es un oneshot que termino. Cambio y fuera.
