Bajo las Estrellas (I)

A medida que ascendía por los escarpados caminos de la Montaña, el viento tibio era reemplazado por brisas frías que se sentían como cuchillas en su piel maltratada. Pero a Diana no le podía importar menos. Había abandonado a un compañero Aspecto a su probable muerte, y aun así corría sin detenerse ni mirar atrás. Sus pensamientos rápidamente habían abandonado a su salvador para concentrarse en la preciosa carga que sostenía en sus brazos. En ellos, el cuerpo de Leona se sacudía, flácido, la propia Solari pálida como un cadáver. Estaba viva, sin embargo, la peliblanca lo podía sentir, pero su luz, aquella luz radiante hasta el punto de ser cegadora, vacilaba como la llama de una vela a punto de extinguirse. Por eso, porque estaba contra el tiempo, a la Lunari no le importaba sacudirla un poco si eso significaba ir más rápido. La castaña era fuerte, podía soportar un viaje movido. Sí, podía, podía soportar su hombro destrozado, podía incluso sobrevivir aquel horrible boquete abierto en su estómago. Podía, claro que podía. La Elegida de la Luna no podía permitirse pensar de otra forma. La alternativa…era sencillamente demasiado aterradora.

Diana había recorrido miles de veces los senderos de la Montaña, pero cada vez era como si fuera la primera. Cambiantes, engañosos, caprichosos, las sendas nunca estaban donde antes habían estado, ni siquiera cuando parecían estarlo. A pesar de ello, ella corría a través de ellos sin cuidado, confiando en que la Luna, su señora, guiaría sus pasos. Y su confianza se demostró justificada. Pronto los caminos pedregosos pero continuos comenzaron a interrumpirse, atravesados por rocas enormes, temibles acantilados y otras cosas tan o más terribles. No había tiempo para enfrentarse a nada, por lo que la Lunari simplemente confió en su velocidad, fuerza y agilidad para sortear estos obstáculos. Con lo que no contó fue en que el cuerpo de la Solari la desestabilizara constantemente con cada movimiento brusco, o que sus músculos, horriblemente desgastados tras las 2 batallas a muerte que había peleado, comenzaran a sentirse cada vez más rígidos y le respondieran cada vez menos. El sudor que la cubría de pies a cabeza hacía que su agarre al cuerpo de la castaña fuera resbaloso e inseguro, e incluso le faltaba el aire, que intentaba respirar con jadeos cada vez más acuciantes. Aún así, ella siguió adelante. No había otra opción. Dejar morir a la que alguna vez fuera su amiga estaba fuera de discusión. No importaba si ella, incluso después de todo aquello, se negara nuevamente a escucharla. Incluso si, cuando se recuperara, volviera a apuntar su espada contra ella. Después de todo, acababan de luchar contra una criatura tan poderosa que incluso juntas no podrían estar seguras de vencer. Se necesitaban. Incluso la cabeza dura de Leona podría comprender eso ¿No? Y no sabían que otras cosas terribles habían allá afuera que necesitaran de su colaboración. Pero no era por eso que la Elegida de la Luna se estaba esforzando hasta el límite. No se podía mentir a sí misma. En aquel preciso momento no le importaba salvar el Monte Targon, o incluso a sus correligionarios. No le importaba realmente que Runaterra entera se ahogase en sangre y fuego. En aquel momento, solo quería que ella se salvara, que su sonrisa no desapareciera para el mundo… no, que no desapareciera para ella. Quería volver a ver sus ojos cálidos y las pequeñas arrugas que se formaban en sus bordes, quería volver a ver sus dientes blancos y el hoyuelo que se formaba en su mejilla derecha. Ella… sencillamente no quería que su amada muriera. Haría lo mismo incluso si Leona no fuera ningún Aspecto, si solo fuera una campesina del Monte y el mundo entero no dependiera de ella. Quería, al menos, agradecerle. Quería, al menos, hacerle saber que no la había olvidado, nunca, que siempre había conservado aquellos momentos cálidos con ella en su corazón. Que aún la amaba. No podía permitir que muriera hasta que se lo hubiera dicho. En ese sentido, aquel terrible monstruo tenía razón: era patética. Estaba dejando que sus sentimientos personales la nublaran y opacaran su deber. Pero no podía sencillamente descartarlos. Porque hacerlo sería perder lo que la hacía ella, y eso no era aceptable. No había permitido que los Solaris se lo quitaran, y no dejaría que nadie lo hiciera, ni siquiera los altos celestiales.

El accidentado camino seguía, elevándose cada vez a mayor altura. Los picos circundantes pronto estuvieron por debajo de la Lunari, cubiertos por sombreros de nubes, y las estrellas adquirieron un resplandor a la vez más etéreo y más vívido, como si se hubiera levantado el velo que las separaba del mundo de abajo. No podía quedar mucho, se decía la peliblanca angustiada. La respiración de la Solari era más tenue por momentos, y sentía como si algo asqueroso se estuviera aferrando a su herida bajo las improvisadas vendas y desgarrándola. El tiempo se acababa. TENÍA que estar cerca, no podía ser de otra forma. Las estrellas no podían abandonarla de esta forma tan cruel. Entonces, detrás de un velo de niebla, el sendero se vio interrumpido por un enorme acantilado de piedra de decenas de metros de altura. Su diosa no podía haberla guiado mal, de modo que seguramente el camino seguía tras este obstáculo. Solo tenía que salvarlo. Presurosa, buscó algo con que sujetar a la Elegida de la Sol, y una gruesa vid salvaje sirvió bien para este propósito. Con la castaña firmemente amarrada a su espalda, Diana comenzó el ascenso con una desesperada determinación en su corazón. Primero la mano, luego el pie, luego la otra mano, luego el otro pie. Su avance se le hacía desesperadamente lento, puesto que tenía que moverse con cuidado, asegurándose de que los salientes eran firmes, y para que la herida no se cayera. Poco a poco pero inexorablemente, el cansancio tanto mental como físico comenzó a lastrar sus movimientos. Solo podía escuchar su corazón batiendo desesperado en su pecho, y sus jadeos irregulares. Ansiosa, dirigió la mirada hacia la cima, solo para encontrarse con que aún faltaba mucho. Cuando hizo el ejercicio inverso, se encontró con que la misteriosa niebla le impedía ver cuánto había avanzado, o siquiera el camino por el que había llegado. Apretando los dientes con una mueca de ira y miedo, la peliblanca se obligó a continuar. Se sentía como un insecto, minúscula e inerme mientras se aferraba a aquella ladera, olvidada de los dioses y de los hombres. Sus jadeos eran ahora roncos estertores, el aire que respiraba ya no era suficiente, y aun así debía seguir avanzando, ahogada, adolorida y rígida. Sus músculos empezaron a trabarse, y cuando los forzaba sentía que se rompían. Su cuerpo mortal, su maldito cuerpo mortal, le fallaba en el peor momento. Entonces el sudor de sus manos provocó que se resbalara y quedara colgando peligrosamente, sujeta solo con una mano y un pie. Intentó retomar su agarre, pero sus fuerzas estaban demasiado ocupadas impidiendo que se cayera, y no tenía más. Lágrimas de ira y de frustración corrieron por sus pálidas mejillas mientras intentaba forzarse más allá de sus propios límites, sin resultado ¿En serio… en serio aquel era el final del camino? ¿Después de sobrevivir a tantas cosas, moriría así, de forma tan miserable? ¿En serio provocaría la muerte de Leona, la Elegida de la Sol, la única a la que alguna vez había amado, debido a su estúpida debilidad? Sollozos amargos la sacudieron, y se odió por llorar en vez de hacer algo. Al final, la Solari había ido más allá de su propia debilidad para cumplir con su deber, pero ella no había podido hacer lo mismo. Al final, la indigna era ella. Y esa indignidad las había condenado a ambas.

Entonces sintió algo extraño, como una extraña calidez que la envolvía. Una voz suave y tranquilizadora pareció susurrarle al oído palabras que no entendía, y en respuesta su cuerpo se llenó de fuerzas renovadas, como una flor marchita que hubiera recibido lluvia después de largo tiempo. Incrédula, Diana alzó la vista, y creyó ver unos ojos dorados en medio del cielo estrellado, llenos de compasión, que la impulsaban. Sus jadeos volvieron a ser solo respiraciones trabajosas, y sus músculos, aunque no frescos, ya no dolían ni se sentían como hinchados trozos de carne. En su espalda, el aliento de Leona se normalizó un poco, y pudo sentir como su luz luchaba contra la oscuridad que amenazaba con engullirla. Alguien le había dado una nueva oportunidad. No había palabras ni actos que pudieran expresar su agradecimiento, pero sí había algo que podía hacer: retribuir a esa bondad con acción. De modo que, con nuevos fuegos en su corazón, la Lunari continuó el ascenso sin pensar en nada más que en llegar a destino. Y de pronto, como si hubiera sido víctima de una broma, aquel acantilado interminable terminó, dando lugar a un bosquecillo de pinos que se extendía por las faldas de la montaña hasta una pequeña meseta. Sin saber cómo, la peliblanca supo que aquel era el lugar que había estado buscando. No quedaba nada. "Solo un poco más, Leona" susurró, sabiendo que ella no escuchaba. Tomó un profundo respiro y se lanzó hacia adelante como una saeta. A su alrededor se alzó un coro de aullidos, pero ella no se detuvo ni vaciló. No perdería más el tiempo, no ahora que la meta estaba a la vista. Un estruendo de patas acolchadas y gruñidos la rodearon, pero ella sencillamente frunció el ceño y rebuscó en su interior. En respuesta, llamas plateadas la rodearon, rugientes, iluminando los troncos de los árboles con luz argéntea. Sin ninguna piedad, la Lunari atravesó las filas de cánidos que le cerraban el paso como un río desbordando una presa. Aullidos y el hedor de pelo quemado quedaron tras ella, mientras el estruendo de patas se dispersaba desordenadamente a su espalda. No prestó atención a nada de esto, mientras se precipitaba hacia adelante a cada vez mayor velocidad, la sensación de urgencia invadiendo cada rincón de sí misma.

Y de pronto los árboles dieron paso a una suave planicie desde la que se dominaba el valle a sus pies. En ella, como si fuera un extraño hongo crecido repentinamente, se alzaba una pequeña yurta de piedra con las ventanas iluminadas por un resplandor cálido, la puerta abierta dejando escapar la luz hacia afuera. Desde la edificación se acercaba apresuradamente una mujer, o al menos una criatura humanoide que lucía como una. Podría pasar perfectamente como humana, si no fuera por el extraño tono violáceo de su piel que se notaba aún a la claridad tenue de la luna, sus orejas largas y puntiagudas como las de un animal, el cuerno recurvado que surgía de su frente y sus piernas terminadas en pezuñas. Pero todo esto pasó a segundo plano cuando Diana se encontró con sus ojos: unos profundos orbes dorados llenos de sabiduría y compasión. Jamás en su vida, ni aunque lo intentara, los olvidaría.

- Yo…usted… mi amiga… - balbuceó la Lunari cansada pero también extrañamente cohibida, solo para ser interrumpida por la desconocida.

- No hay tiempo para esto, Elegida de la Luna – dijo ella con una voz cálida y acogedora como la de una madre, pero también acuciante y severa – Ponla en el suelo. Me temo que su tratamiento no puede esperar ni siquiera que la llevemos a mi casa.

Impelida por la orden de su salvadora, la peliblanca se agachó y depositó rápida pero cuidadosamente a la castaña en el duro suelo de roca. Inmediatamente la mujer de piel violácea puso sus manos sobre ella y una alegre luz verde iluminó sus palmas, para extenderse gentilmente sobre el cuerpo de la herida como un manto. De inmediato la expresión torturada de la Solari se suavizó, el dolor evidentemente remitiendo. Los múltiples cortes y magulladuras que adornaban su piel se desvanecieron, e incluso su hombro fragmentado volvió a su lugar, la carne cerrándose sobre sí misma y la piel recubriendo la carne. Pero la herida más grave no siguió este proceso. De aquel horrible boquete surgió, como si de pus se tratara, aquella nauseabunda energía carmesí, impidiendo el avance del resplandor esmeralda. La curadora frunció su hermoso ceño, y la luz que emitía se intensificó, más esto no fue suficiente para exorcizar aquella terrible maldición que se aferraba a la lesión. Entonces la de ojos dorados los cerró, y elevó su voz al cielo en un canto que estremeció cada célula del cuerpo de la Elegida de la Luna. El aire mismo pareció temblar y retorcerse, y entonces Diana presenció un espectáculo que jamás podría haber imaginado. Las estrellas se volvieron trémulas joyas en el firmamento, y como si se tratara de lágrimas, su luz fluyó en suaves ríos hasta la sanadora, que de pronto pareció una diosa descendida a la tierra, una visión febril y onírica de un mundo solo posible en la ficción. La luz adquirió tonos que no tenían nombre en ningún idioma humano y aquel miasma rojo se retorció furiosamente, para finalmente ser barrido sin dejar rastro. Entonces, como si un artesano moldeara arcilla, las carnes flageladas volvieron a su lugar y se recompusieron por sí mismas, capa sobre capa, hasta que el único testimonio de aquella terrible lesión fue el agujero en la armadura y en las prendas debajo de ella. Impresionada, la peliblanca se inclinó sobre el rostro de su amiga, encontrándose con que la palidez cadavérica de su semblante ya no estaba, reemplazada por el lozano tono dorado de siempre. Su pecho subía y bajaba a un ritmo regular, y la expresión de la Elegida de la Sol era tan pacífica como si estuviera teniendo un sueño agradable. Lágrimas plateadas fluyeron por las mejillas de la Lunari, una sonrisa tierna en sus labios. Sin poder contenerse, acunó aquellas mejillas tostadas entre sus palmas níveas, sintiendo nuevamente el reconfortante calor de su piel curtida por el viento y la Sol. Un sollozo brotó del pecho de Diana, pero estaba lleno de gozo. La alegría de que ella se hubiera salvado, la alegría de tener otra oportunidad, se desbordaba en gotas argénteas y en suspiros. Aquel miedo paralizante que la tenía atrapada entre sus garras se había disuelto como las tinieblas ante la luz. La luz resplandeciente que Leona guardaba en su pecho. Llena de gratitud, la Elegida de la Luna se volvió hacia su salvadora, solo para encontrarla hincada sobre sus rodillas, sujetándose de ellas con los brazos, respirando pesadamente.

- ¡¿Estás bien?! – preguntó Diana alarmada acercándose a la de piel violeta. Esta levantó un dedo para que esperara, y tras unos segundos, levantó la cabeza, aun respirando con dificultad. Sudor cubría su frente y un extraño oscurecimiento en su dermis delataba un sonrojo, como si recién hubiera terminado una maratón.

- Estoy…bien – dijo jadeante – es solo que... esto…fue más duro… de lo que recordaba.

La Lunari aún se la quedó mirando unos segundos, pero como parecía estarse recuperando, volvió la vista hacia la Elegida de la Sol, que reposaba pacíficamente en su lecho de piedra. Mientras el alivio y el gozo que sentía por su recuperación se diluían gentilmente en su corazón, la tormenta de emociones debajo rugía. Ahora, sabía que ella jamás podría matar a su rival, y que cualquier intento en ese sentido sería en vano. Tenía demasiado vívido el dolor que había sentido solo ante la amenaza de perderla, y estaba muy segura de que no podría soportar el suplicio si esa amenaza se concretara. Pero ¿Qué haría si la Solari se mantenía obcecada en su posición? ¿Qué debía hacer si la Elegida de la Sol volvía a apuntar su espada contra ella? No quería volver a pelear con ella. No quería herirla de ninguna manera. Solo…solo quería que volvieran a estar juntas, como en los viejos tiempos. Quería volver a tener uno de esos apasionantes debates sobre la fe, o estar con ella hombro con hombro enterradas en algún libro. Extrañaba aquellos combates eternos en su lugar secreto, solo ellas dos hablando a través de sus espadas. Y más que nada extrañaba aquellos atardeceres mágicos, la una en brazos de la otra, sin necesidad de palabras, solo sus corazones latiendo al unísono mientras la Sol se hundía en el horizonte dando paso a la Luna. Antes del Ascenso, antes de los Aspectos… antes de que su fe las dividiera definitivamente ¿Definitivamente? No, no aceptaría eso. No importaba qué tuviera que hacer, haría a Leona volver a su lado de una forma u otra…

- ye… Oye… OYE!

Saliendo apresuradamente de su ensimismamiento, Diana se encontró con la misteriosa sanadora, ya repuesta y de pie, que la miraba con una sonrisa gentil pero burlona en su rostro.

- Creo que podrías contemplarla más a gusto adentro ¿No lo crees? – dijo con un tono socarrón – además, el piso está duro y sucio, y aquí arriba el viento no es precisamente cálido. Vamos adentro antes de que pesquen un resfriado.

Obedeciendo a la extraña mujer, la Lunari tomó a su rival y amiga con suma gentileza. Disfrutó por un momento de su calor en sus brazos, y de tenerla nuevamente abrazada, incluso si estaba inconsciente. Luego, siguió a su salvadora de vuelta a la pequeña yurta en medio de la inmensidad.

Bueno, he aquí el capítulo atrasado. Estoy teniendo problemas para escribir la tercera parte de este interludio (Es probable que deba reescribirlo parcialmente) puesto que estoy dudando del enfoque que le había dado al principio, y en ese sentido estoy experimentando con otras fórmulas. Además, a pesar de que había pensado que la tercera parte fuera la última antes de pasar al siguiente capítulo, me estoy planteando escribir una cuarta desde otra perspectiva. Probablemente lo decidiré una vez termine de escribir esta tercera parte.

Gracias a todos los que han llegado hasta aquí, espero que hayan disfrutado de la lectura. Nos leemos en el siguiente capítulo ;)