Bajo las Estrellas (II)

Cuando Diana traspasó el umbral de la pequeña edificación, lo primero que la sorprendió fue la sencillez del lugar. A la izquierda de la puerta había un camastro rústico, notoriamente hecho por un aficionado. Justo frente a ella, una mesa y unas sillas que un carpintero jamás habría aprobado. Detrás de esos muebles un fuego crepitaba alegremente en una gran chimenea, y una tetera de cobre expulsaba tenues volutas de vapor. A la derecha, apoyada precariamente sobre la pared, había una estantería donde reposaban en exhibición extraños trofeos de todas las formas y colores. El piso y las paredes eran de piedra, el techo de paja reposaba sobre unas vigas de madera, sin cielo. Cualquier pastor de Targón vivía más lujosamente que su salvadora.

- Puedes dejarla allí – dijo la curandera señalando su cama – Sus heridas ya están curadas, pero le vendría bien reponer un poco de energía. Las batallas que acaban de pelear... no son cosa que ningún mortal podría soportar.

La Elegida de la Luna obedeció, depositando con cuidado el cuerpo de su amiga sobre el colchón de lana. Se demoró un momento, dudosa, pues le parecía que no podría descansar cómodamente con su armadura puesta, pero un curioso pudor la disuadía de quitársela ella misma. Finalmente se conformó con quitarle la diadema, acomodar su pelo y dejarla reposar así, antes de acompañar a su anfitriona en la mesa. Las sillas, a pesar de cómo se veían, eran sorprendentemente estables. La de piel violeta estaba sirviendo té en unas tazas que bien podrían haber sido desenterradas de unas ruinas antiquísimas.

- Esto es Lu Cha jonio modificado. Logré hacer que unas matas crecieran aquí, y el aire de la Montaña les ha otorgado propiedades curiosas. Pruébalo – la invitó con una sonrisa de entusiasmo. La Lunari se acercó la taza a los labios, y el suave y aromático vapor la incitó a beber con ansia. El líquido caliente le quemó la lengua y la garganta, pero de inmediato sintió una inyección de energía que la revitalizaba desde la coronilla hasta los dedos de los pies. La de ojos pálidos apuró la tasa ávidamente, como si fuera lo primero que tomaba en días. Su anfitriona soltó una pequeña risa ante esto.

- ¿Cuál es tu nombre, Elegida de la Luna? – preguntó entonces con los ojos brillantes.

- Yo soy Diana – contestó la consultada – La Elegida de la Sol, a quién usted salvó, se llama Leona ¿Puedo...puedo saber su nombre?

- Por supuesto – dijo la de ojos dorados – Yo soy Soraka. Mmmm, asi que Diana y Leona – murmuró para sí misma. La Lunari quería preguntar por qué sus nombres eran motivo de reflexión tan profunda, pero había algo mucho más importante justo ahora.

- Esto... ¿Soraka? – comenzó dubitativa.

- ¿Sí? - Contestó esta a su vez mirando a su interlocutora como si fuera lo más interesante del mundo.

- Gracias – dijo la Elegida de la Luna con sentimiento, improvisando una reverencia – por salvarnos a ambas, pero sobre todo a Leona. Ella... ella es...una persona muy valiosa para mí. He contraído una deuda que jamás podré pagar, pero aun así, si necesita algo, siempre seré materia dispuesta.

La curadora soltó una risa diáfana como campanas al viento y puso sus manos sobre las de Diana, que de pronto se sentía sumamente avergonzada.

- No necesitas agradecerme, Diana, aunque te agradezco que lo hagas – le dijo afectuosamente traspasándola con sus profundos ojos dorados – No puedo dejar a la Aspecto de la Sol morir, sobre todo cuando el camino por delante se ve tan escabroso. Este mundo las necesita, a ambas. De modo que, si realmente quieres retribuirme, prométeme que no volverás a enzarzarte en una batalla semejante con ella.

La Lunari abrió mucho los ojos, sorprendida. Ya había deslizado que sabía lo que había pasado, pero la seguridad con la que hablaba insinuaba que estaba al tanto incluso de los detalles ¿Era alguna clase de vidente, además de curandera? Moría de ganas de preguntar, pero podía hacerlo después. Por ahora, simplemente cerró los ojos y esbozó una sonrisa, para luego llevarse una mano al corazón.

- Prometo por la Luna que no volveré a cruzar aceros con mi mejor amiga. Si volvemos a tener desavenencias, forzaré mis razones en esa dura cabeza suya hasta convencerla – declaró con convicción.

La del cuerno en la frente nuevamente soltó una risa como una fuente de agua clara.

- Me agrada tu sinceridad, Diana – afirmó aún risueña – pero también debes dar espacio a que la Elegida de la Sol te de sus razones. Algo me dice que ambas son unas cabezas duras.

Esta vez fue la de ojos blancos la que rio, asintiendo con la cabeza. Sentía el corazón ligero, la pesadilla de su batalla con Leona y el infierno de su combate con el Darkin recuerdos ya lejanos y carentes de sentido, incluso si solo habían pasado unas cuantas horas desde entonces. Aquel humilde refugio se sentía de algún modo más acogedor que su cuarto en el templo de la Luna, y por supuesto más hogareño que cualquier hospedaje que recibiera alguna vez de los Solari. Se sentía, de alguna forma, como la casa de un familiar muy querido, en la que podía estar cómoda y dejar sus miedos e inseguridades fuera de la puerta. Por supuesto, ese sentimiento se debía enteramente a su anfitriona, estaba segura de ello ¿Quién diablos era ella? ¿De dónde venía, y por qué estaba allí? ¿Cuál era su relación con el que aquel monstruo había llamado "Aspecto del Protector"? ¿Cómo sabía de sus vicisitudes? Esas, junto a muchas otras preguntas, rondaban sin cesar por la mente de la Lunari, y debieron notársele en la cara, porque Soraka le dijo sonriendo:

- Nada de lo que digas me molestará, Diana, así que no te contengas, escupe.

La aludida se la quedó mirando un momento, midiéndola, antes de comenzar, titubeante:

- Soraka, usted...esto... ¿Quién es? ¿De dónde viene?

- Mmm, buenas preguntas – aseveró la consultada llevando su mirada hacia el techo de la casucha. Luego, la bajó y volvió a centrarse en su interlocutora – Partiré respondiendo la más fácil: yo provengo de las estrellas – afirmó señalando con el dedo hacia arriba, una media sonrisa llena de misterio grabada en sus labios. La Elegida de la Luna no reaccionó, la confusión que sentía escrita en toda su cara. La sonrisa de la curandera se acentuó, y procedió a explicarse mejor.

- Yo provengo del mismo lugar que quien te bendijo con sus poderes, Diana – dijo señalándola – aunque me temo que nunca conocí a la Hermana Argéntea personalmente...

Durante unos segundos la guerrera lunar no pudo procesar lo que estaba escuchando, pero cuando lo hizo prácticamente saltó de su silla, abalanzándose sobre su anfitriona sin ninguna delicadeza.

- ¡¿Eres un Aspecto?! ¿Aspecto de qué constelación? ¿Por qué ninguna leyenda te menciona? ¿O tal vez tus leyendas fueron borradas por los Solari, como hicieron con aquellas sobre la Luna? ¿Hermana Argéntea? ¿Ese es el nombre celestial de la Luna? – escupió rápidamente, sin darse tiempo siquiera a respirar - ¿Conoces a otros Aspectos? ¿A cuáles? ¿Por qué nunca te contactaste conmigo? ¿Has visto las visiones? ¿Por qué un Celestial eligió a una no humana? ¿Tal vez así es tu Celestial? ¿Cuánto...?

- Elegida de la Luna, esas son muchas preguntas en muy poco tiempo – la cortó riendo Soraka – Y es mucho entusiasmo también. Dame tiempo a explicar.

Ante esta respuesta la Lunari recobró la cordura y volvió a su sitial, avergonzada.

- Lo entendiste mal, Diana. Cuando dije que vengo de las estrellas no quise decir que fuera portadora de ningún Aspecto. No lo soy – Ante la mirada de desconcierto de su invitada, la de piel violeta se calló un momento, intentando formular lo que quería decir de modo que ella lo entendiera – Mmmm... la Hermana Argéntea, el ser que te da poder, es lo que ustedes llaman un "Aspecto". Es un poderoso ser celestial que te presta parte de sus poderes y memorias. A pesar de ello, ella no ha encarnado en ti, sigue existiendo entre las estrellas y simplemente actúa a través de ti. Ambas siguen conservando sus propias existencias individuales. De hecho, hay Aspectos que eligen varios portadores en varios mundos distintos, aunque no sé si la Hermana Argéntea sea de esos...Bueno, para no desviarme, eso es un Aspecto. Yo...Yo soy, originalmente, un ser muy similar a ella, pero yo decidí descender sobre este mundo, realmente encarnarme aquí. Para hacerlo, me creé un cuerpo de carne y hueso y lo habité. En ese momento, yo dejé de existir en el firmamento, y comencé a existir acá en Runaterra. No canalicé mi poder a través de nadie ni hice tratos con ningún mortal. La que ves aquí es efectiva y completamente yo, aunque limitada por este cuerpo de carne. Por eso, muchos me han llamado la Hija de las estrellas.

Si antes estaba confundida, ahora Diana estaba completamente aturdida. Aquella mujer afirmaba ser un Celestial hecho carne, descendida directamente de los cielos infinitos. Aquella aseveración resultaría difícil de creer para cualquiera, más aún viéndola sentada en aquella mesa de apariencia destartalada, en una casa que no podía estar más lejana de la dignidad que le correspondería a un Celestial. Pero en aquellos ojos de miel moraban una sabiduría y una majestad de otro mundo. Además, la Elegida de la Luna había sido testigo de su transfiguración en el momento de sanar a Leona ¿Sería aquella visión, tal vez, un reflejo de cómo se vería su verdadero ser? De pronto la de ojos de nieve sintió la urgente compulsión de arrodillarse. No había otra actitud posible frente a semejante ser.

- No te sientas intimidada, Elegida de la Luna, ni cambies tu modo de dirigirte a mí – le dijo la Hija de las Estrellas con suavidad – Después de todo, en este momento no puedo considerarme una Celestial. Podría decirse que soy algo así como una Vastaya especial. De hecho, justo ahora tanto tú como Leona me superan en poder por no poco. De modo que no temas.

- Es difícil no hacerlo cuando estoy hablando con un ser más antiguo que el propio mundo – murmuró finalmente la Lunari tras un largo silencio – Diosa, ahora ya no sé cómo debería dirigirme a usted ¿Qué etiqueta podría honrarla adecuadamente...?

- No hay necesidad de etiquetas o formalidades – dijo Soraka levantando las manos con una sonrisa nerviosa – Solo sigue hablando conmigo como lo habías estado haciendo hasta ahora. Por favor.

Otro incómodo silencio se estableció entre ambas, mientras la Elegida de la Luna intentaba decidir qué hacer. Frente a este mutismo, la de piel violeta decidió retomar la conversación.

- En cuanto a tus otras preguntas...Si no has escuchado de mí no es nada sorprendente. Durante milenios he estado vagando de un lado a otro, nunca quedándome en un mismo lugar durante mucho tiempo. Y desde que decidí instalarme en Targón sólo me he mostrado a un puñado de seres conscientes, ninguno de los cuales tendrían motivo para hablar de mí a las tribus humanas de la Montaña. Es mejor así. No me gusta intervenir en los destinos de los mortales, y estoy segura de que, si mi existencia fuera más conocida, no podría vivir tan tranquila como lo he estado haciendo hasta ahora.

- ¡Pero...! ¡Pero estoy segura de que usted podría guiarnos mucho mejor que cualquier imbécil obtuso y sediento de poder! – saltó Diana exaltada.

- Acerca de eso... me preguntó si es verdad – reflexionó la sanadora celestial con una pequeña sonrisa entre amarga y divertida – Los mortales en general, pero especialmente los humanos, tienen esa mala costumbre de someterse ciegamente a los dictados de aquellos que consideran superiores, o de rebelarse incondicionalmente a ellos. He conocido a muy pocos que pueden encontrar un punto medio entre ambas actitudes. No, me temo que si me entronizara entre cualquier tribu mortal traería más problemas que soluciones, por muchos motivos. Además, no quiero guiar sus destinos. Verás, ustedes mismos no se dan cuenta de ello, pero he descubierto que los mortales tienen la maravillosa capacidad de moldear sus propios destinos, más allá de los dictados Celestiales. Y los destinos que pueden llegar a alcanzar potencialmente pueden superar en grandeza y en belleza a cualquier designio que podríamos haber construido para ustedes. Sin embargo, incluso si puedo vislumbrar esas rutas, los únicos que pueden realmente encontrarlas son ustedes. Con mis conocimientos puedo orientarlos, pero no guiarlos. Por eso prefiero intervenir lo menos posible y solo si veo que puedo ser de utilidad.

Mucha información importante había sido vertida en esa corta exposición, pero había algo que perturbaba a la Lunari más que cualquier otra cosa.

- Entonces...señorita...señorita Soraka ¿Usted está diciendo que el destino grabado en las estrellas no nos domina, que no es absoluto? ¿Usted está diciendo...que los mortales somos libres de los designios grabados en el firmamento? – preguntó con la voz apagada por la conmoción.

- Mmmm...Depende de lo que entiendas por libre...Es decir, no es que puedan escapar completamente del destino. Hay eventos grabados entre las estrellas que sucederán y afectarán sus devenires...pero sus acciones frente a dichos eventos no tienen por qué seguir los caminos escritos en el cielo. Si lo hacen, encontrarán el lugar que los Celestiales preparamos para ustedes. Pero si no lo hacen...pueden llegar a alturas que nosotros jamás previmos, y que podrían ser incluso más grandiosas que cualquier cosa que hayamos imaginado. Eso es lo que quiero presenciar.

Una emoción indefinible bullía en el pecho de la Elegida de la Luna ¿Una suerte de primitivo terror? ¿Una esperanza inestable? ¿Nada de eso, o ambas a la vez? Si lo que decía aquella mujer, aquella Celestial, era cierto... Aquella llamada que había sentido desde muy pequeña ¿Era el destino llamándola, como siempre había pensado, o tal vez sencillamente el producto de su propio carácter? ¿Había sido su hado el que la había guiado hasta la cima del Monte...o había sido ella misma la que había recorrido por su cuenta el camino hasta allí? ¿Había sido un sino cruel el que la había puesto en contra de su amada...o tal vez elecciones desafortunadas de parte de ambas? Aquel era el meollo del asunto ¿Qué la separaba realmente de Leona? ¿Eran efectivamente rivales destinadas? ¿O la muralla aparentemente impenetrable que las dividía era producto sencillamente de gente intolerante y estúpida, de prejuicios fabricados con mala intención... de la terquedad de ambas? Y si realmente estaba separada de quien más quería por cosas tan insignificantes... ¿Había realmente algo que le impidiera derribar todos esos obstáculos imaginarios? ¿Quién en aquel mundo podría detenerla? Solo Leona. Y sabía que la Solari, incluso si no se lo quería reconocer a sí misma, todavía la amaba ¿No se había detenido a último momento de matarla, prefiriendo en vez de eso su propia muerte? ¿No había sacrificado todo porque ella saliera con vida de su encuentro con el supuesto Darkin? La emoción dentro de ella se definió definitivamente como una terrible esperanza. Estaba ansiosa porque la Elegida de la Sol despertara y escuchara estas palabras de la boca de la propia Soraka. Incluso ella debería replantearse algunas cosas después de revelaciones semejantes. Su mirada se enfocó sin quererlo en su interlocutora para encontrarla observándola con una sonrisa cálida y paciente. Nuevamente, se sintió como una niña pillada en falta por una madre comprensiva.

- Tu reacción es completamente natural, Elegida de la Luna. Todos los mortales a los que les he revelado esto han estado profundamente perturbados. Después de todo, muchos encuentran consuelo en la creencia de que sus actos siguen pautas prefijadas por seres mucho más poderosos y sabios que ellos. Aunque me parece que en tu caso el alivio viene de saber que no hay ningún tirano controlando tu vida... y apartándote inevitablemente de aquello que amas.

La mirada de la curadora celestial se dirigió entonces a la mujer de cabellos castaños que reposaba tranquilamente en su camastro, y Diana se sintió enrojecer hasta la raíz de sus cabellos. Su salvadora era realmente peligrosa. Nunca antes se había sentido tan expuesta y al mismo tiempo tan cómoda con nadie antes, ni siquiera con Leona.

- ¿Todos...todos los Celestiales son así, como usted? – preguntó la Lunari a su anfitriona sin atreverse a mirarla.

- ¿Así, como yo? ¿En qué sentido? – preguntó a su vez la consultada.

- Tan... tan perceptiva y amable. Tan acogedora. Tan... - la de ojos pálidos no se atrevió a seguir. Por algún motivo la avergonzaba tildarla de "Maternal".

- Habrá algunos que se parezcan más, otros menos – aseveró la de piel violeta con gran donaire – Pero los Celestiales, como todas las criaturas, son únicos. No hay uno igual a otro.

- Pero ¿Todos los Celestiales pueden leer tan fácilmente a las personas?

- No lo creo – aseguró la de ojos dorados con una risita – Esta... "perceptividad" es producto de eones viviendo entre ustedes. He visto tantas veces las mismas expresiones que casi siempre puedo saber qué emociones se esconden bajo ellas. En ese sentido, soy un caso muy aislado.

Otro silencio se instaló entre ambas durante un momento. La de ojos níveos dudaba si exteriorizar su siguiente duda, más el gesto gentil de su interlocutora despejó sus titubeos.

- Ummm, señorita Soraka, me preguntaba... ¿Por... por qué decidió hacer eso, encarnarse y descender a este mundo, quiero decir? ¿Por qué no hacer lo que hacen los Aspectos?

La aludida compuso una sonrisa melancólica.

- Yo...quería ayudar. Desde arriba...parecía que los mortales de este mundo estaban irremediablemente perdidos, sumergidos en un sufrimiento inenarrable producto de su propia ceguera. La única forma que se me ocurrió en aquel momento para enmendar todo eso fue bajar directamente hasta acá. Fue un poco una decisión precipitada, si he de ser sincera. Pero gracias a hacer eso descubrí el verdadero potencial de los mortales, de modo que no salió para nada mal. Es algo que haría de nuevo.

Nuevamente la Elegida de la Luna se quedó sin palabras. Aquella mujer...aquella Celestial...estaba segura de que no había otra como ella en toda la inmensa vastedad del Universo ¿Quién entre aquellos altos y poderosos seres estaría dispuesto a rebajarse a la sucia carne para ayudar a seres tan pequeños, inferiores y efímeros? Ni siquiera los Aspectos, si lo que la curandera celestial decía era verdad, se inmolaban de manera tan radical. Nuevamente sintió la irresistible tentación de arrodillarse frente a ella en señal de respeto. Bendito fuera el camino que la condujo a encontrarse con tan maravilloso ser.

Cuando levantó la vista, los ojos de la curadora celestial la atraparon en una mirada llena de dulzura, como si le agradeciera sus sentimientos, y la Lunari sintió un inexplicable nudo formarse en su garganta.

- Diana, Bendita de la Hermana Argéntea, tu corazón lleno de empatía será una guía muy útil para tu pueblo en el futuro cercano – declaró, su voz imponente como el trueno en la montaña y arrulladora como el viento tibio de primavera – Solo debes moderar la ira y el resentimiento que te nublan a ratos.

La aludida bajó la cabeza, como si dichas palabras fueran pronunciadas por la mismísima Luna. Sentía ahora una poderosa sensación de regocijo, aquel corto discurso una bendición que encendía su alma de renovados ímpetus. Entonces detrás de ella, en el camastro, Leona soltó un quejido tenue, se removió un poco y de pronto se incorporó bruscamente con una exhalación.


Resumen semestral de la vida y la vagancia de este escritor amateur:

- Mi escribir esto hace meses, publicarlo ahora porque... porque mí poder.

- Mi enredarse en partes siguientes, y tomar mucho tiempo y muchas páginas que jamás ver luz de día para darles forma. Siguiente parte ser larga, así que mí dividirla en 2 publicaciones (Interludios parte III y IV). Así ser. Yo profitar, y yo ganar tiempo.

- Siguientes partes ser desde mujer alta y dorada. Yo querer hacer parte desde lancero triste y enojado, pero visto lo visto, mi dar una pereza gigante. Mi pensarlo (muy probablemente no pasar).

- Siguiente publicación venir antes de 2 semanas... o antes de 2 meses, mí suponer que definitivamente antes de 2 años. Mí ser escritor de Schrödinger, mí poder publicar o no publicar al mismo tiempo.

- Mí amar profundamente a diosa morada de las bananas, ser fácil de escribir. Y ser completamente adorable

Reporte anual terminado. Nos leemos cuando nos leamos. Cuidensela