El tiempo de los cambios y la permanencia
—¿Pero yo por qué querría salir con tu novio? —preguntó Michiru, aún en la cama.
—No vas a salir con mi novio —repuso Nazuna, con las manos en la cintura, levemente inclinada al frente y el gesto severo —. Vas a salir conmigo que voy a ver a mi novio.
Michiru chasqueó la lengua, dándose la vuelta y cubriéndose con la cola, formando una bola más o menos compacta. Nazuna la miró contrariada, era como si Michiru siempre hubiera sido un beastman, como si ya no recordara lo que era antes de todo eso. Casi no usaba su forma humana, aunque Shirō le había explicado lo provocador que era, y empezaba a sospechar que se debía a alguna complicación en su habilidad de transformación.
Resopló yendo al guardarropa para buscarle algo que estuviera dispuesta a usar, aun pensando en la necedad de su amiga para no dormir como humana y no llenar las sábanas de pelo.
¿No podía sostenerla sin atención activa? ¿Su propio cuerpo ya no recordaba cuál era su verdadera forma?
Como todo en sus circunstancias particulares, era difícil de explicar o entender, y por alguna razón, mientras que ella solo podía adoptar las formas completas de un zorro rosado, una loba blanca y el Ginrō plateado, Michiru era completamente incapaz de una transformación completa más allá de la de tanuki, a la vez que podía cambiar cualquiera de sus extremidades según lo requiriera la situación, sin alterar nada más.
Nazuna había intentado transformar sus brazos o piernas de manera aislada, pero una vez que empezaba el cambio no podía detenerlo, o era todo, o era nada, y tampoco podía elegir más formas que las que ya tenía. Sin contar, por supuesto, que sus alas eran otra particularidad que se escapaba del entendimiento médico, pues no eran sus brazos los que cambiaban como en los beastman aves, sino que emergían como extremidades adicionales, convirtiéndola en la única mamífera de seis extremidades.
Encontró unos jeans lo suficientemente holgados para que Michiru no se quejara de la "innecesaria sexualización de su cuerpo" y una blusa roja que bien podría simular su vieja sudadera, para que pudiera sobrellevar la aprehensión que sentía por su ropa, que aún no estaba satisfactoriamente lavada.
Volvió al costado de la cama, decidida a sacarla, aunque no quisiera. No iba a permitirle hacer un nido de cobijas donde lamentarse hasta que el viejo amargado de Shirō la necesitara de nuevo para llevarla consigo a una misión potencialmente peligrosa no solo para su vida, sino para su tranquilidad mental.
Tomó aire, e importándole poco la convivencia vecinal, gritó con todas sus fuerzas en el tono más agudo que le fue posible alcanzar.
—¡Michiru!
Los sensibles oídos de la chica tanuki vibraron en respuesta provocándole un zumbido que despejó su mente de todo tedio matutino, incluso sintió un escalofrío recorrerle, erizándole violentamente cada pelo de la cola.
—¡¿Qué?! —chilló, sujetando con fuerza la sábana.
Nazuna sonrió con falsa dulzura.
—A Olivier le disgusta bastante la impuntualidad.
Le arrojo la ropa, y amenazó con desnudarla a la fuerza si no se vestía por su cuenta.
De mala gana, y sabiendo que Nazuna cumplía sus amenazas, se puso el conjunto que le había elegido, agradeciendo que al menos los zapatos sí eran suyos.
Se pasó un peine por el cabello revuelto e incluso alisó el pelaje de la cara, aunque era lo suficientemente corto como para no necesitar peinarlo, le gustaba asegurarse que no le quedaba alguna marca de saliva o algo parecido. También se lavó los dientes, y cepilló la cola.
Justo a tiempo, el intercomunicador sonó, haciéndoles saber que ya las esperaban abajo.
—No es una cita —dijo Nazuna al escuchar a Michiru farfullar —. Solemos desayunar juntos, antes de que cada quien siga con su día. A veces ya no nos vemos sino hasta la noche, y eso si el horario de uno u otro lo permite.
Michiru enarcó una ceja.
—¿Por qué no viven juntos? —preguntó —. Ya llevan saliendo como dos años.
—No seas tonta. Mi papá se muere.
—¿Quiere una boda por todo lo alto?
—Pues sí. Y no la podría hacer sino hasta que él se jubile.
—¿Y en serio te casarías con él?
Nazuna se encogió de hombros.
—Nunca hemos hablado de eso.
—Y me imagino que tampoco le has dicho a tu papá que sales con un señor…
—¡Michiru!
—¡Tiene casi cuarenta! ¡Es un señor!
—¡Michiru! Yo tengo veinticinco, no soy una niña.
—Eso no lo hace a él menos señor.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Nazuna se adelantó cortándole el paso.
—Ni se te ocurra decirle eso —dijo, apretando los dientes —. Olivier es un hombre maravilloso, mejor que muchos idiotas que andan sueltos por ahí.
—Oye, no soy tan tonta, no iba a hacer tal cosa.
—No con la boca —repuso Nazuna —, sino eso que haces con la nariz.
Michiru se tocó instintivamente la nariz.
—¿Qué hago con la nariz?
Nazuna no le respondió, solo le dirigió una mirada acusadora.
Fuera del edificio estaba aparcado un auto gris descapotable. Recargado en el cofre, mirando distraídamente su teléfono.
Como muchos ciudadanos de Animacity, estaba en su forma humana. No aparentaba los cuarenta que tenía, pero su perfil delataba la madurez de alguien que hacía tiempo había dejado la adolescencia.
Tenía el pelo castaño, los ojos verdes y era tan alto como Shirō, quizás un poco más. Sin embargo, lo que más destacaba para Michiru desde la primera vez que lo vio, era el impacto de maderas aromáticas que despedía su colonia.
El hombre ya se había acostumbrado a la apariencia de Michiru, y levantó la mano para saludarla con bastante informalidad luego de besar a Nazuna.
Abrió la puerta del auto para su novia, y ya ni siquiera lo intentaba con la otra chica, que simplemente saltaba en la parte de atrás, para vergüenza de su amiga, que solo se cubría la cara, esperando que no estuviese cerca ningún beastman perro.
Para cuando Olivier estuvo al volante, Michiru se asomó entre ambos.
—¿A dónde vamos?
—¿A dónde quieres ir? —preguntó Nazuna.
—¿En dónde normalmente desayunan?
Olivier se rio un poco.
—¿No le has hablado de nuestro sofisticado sistema?
Nazuna también se rio mostrándole su teléfono a Michiru.
—Es una app bien simple, normalmente se usa para sorteos —le explicó —. Metes las opciones que quieras, y la haces girar. Ocho segundos y listo, ya sabemos a dónde ir. Salió el Kento-umai, cielo.
—Para allá vamos, entonces.
Michiru aguzó la mirada. Esa ruleta digital tenía tantas opciones que no alcanzaba a leer ni una sola.
—¿Tienes todos los restaurantes de Animacity? No hay tantos.
—No, no hay tantos, pero metimos también franquicias, a veces nos toca comer en Dogway —Nazuna sonrió con malicia —. Y él lo odia.
—¿Por qué no lo sacan de la lista?
Olivier la miró de soslayo para no distraerse del camino.
—¿No es eso lo mejor de la vida? —preguntó —¿No saber si lo que toca es bueno o malo?
—Pues sí, a veces nos toca una u otra, pero si se puede escoger, no veo porque torturarse con algo que no te gusta…
Nazuna se giró hacia ella con una ceja enarcada.
—¿En serio crees eso?
—Pues sí, es de sentido común.
—¡Ah! Mira que sentido común tan selectivo.
Nazuna supo al instante que Michiru entendía perfectamente a lo que se refería, por lo que no le sorprendió nada que cambiara de tema.
—Olivier, ni siquiera te imagino comiendo un sándwich. ¿Usas cubiertos?
—¡Por favor, Michiru! —exclamó entre risas —. Soy un hombre de lo más normal…
—Que es uno de los cinco empresarios más ricos de Animacity.
—Detalles.
El restaurante se encontraba en lo alto de una de las muchas elevaciones que dominaban el paisaje de la ciudad. Tenía un diseño bastante tradicional a la estampa japonesa, lo que incluía una larguísima escalera. Sin embargo, pudieron llegar en auto sin ningún problema.
—Bienvenidos —dijo el muchacho de la recepción —¿Tienen reservación?
—Algo así —respondió Olivier.
—Bueno, señor, me temo que si no tiene reservación…
—¡Monsieur d'Astre!
El chico de la recepción saltó en su sitio al escuchar el grito del gerente a su espalda.
—Tenga la amabilidad de pasar, señorita Hiwatashi, señorita…
—Kagemori —dijo Nazuna rápidamente, tomándola por el brazo antes de que se escabullera.
Los condujeron a una mesa en la planta alta. Michiru, extrañada, notó que no era un sitio ordinario, sino que, en lugar de mesas consecutivas, se trataba de una sucesión de comedores privados.
—Nazuna —susurró, tirando de ella mientras que su anfitrión se adelantaba con Olivier —¿En qué clase de sitio raro estamos?
Nazuna correspondió el tirón.
—No es ningún sitio raro —respondió con voz baja —. Es un restaurante.
—¡De los que te sirven helados con perlas y hojas de oro!
Pese a que había exclamado, seguía manteniendo el tono bajo.
—Claro que no, es un sitio de lo más normal.
—Obviamente no, y tú me trajiste con jeans y camisa.
Nazuna entreabrió la boca con ofensa.
Ni en mil años se habría imaginado que a Michiru le preocupara no verse acorde a la situación, pero, en efecto, incluso llevaba la cola pegada a las piernas, con las manos al frente, jugando con los dedos.
—No seas dramática —insistió, obligándola a alcanzar a los otros —. No puedo creer que sea yo la que diga eso.
La "habitación" que les habían asignado tenía un balcón con una vista impresionante, podía verse la ciudad, pero como una postal. No había nada lo suficientemente cerca como para comprometer la intimidad, pero tampoco podía decirse era un sitio aislado. Animacity era demasiado pequeña, crecía vertiginosamente cada año, así que había ciertos lujos que una construcción no podía permitirse.
El hombre les dejó las cartas y se retiró, con mil disculpas por el recepcionista que era nuevo y no estaba al tanto que siempre había un sitio vacante, como no podría ser de otra manera, para el socio principal del restaurante.
Michiru cerró la carta enseguida.
—Ahórrenme la vergüenza de preguntar qué es cada cosa y pidan ustedes.
—No seas absurda, ni que estuviera en latín.
Michiru se encogió de hombros y se puso a mirar el teléfono, dejando que los otros se entendieran con el mesero.
—Que raro —dijo, insistiendo en actualizar todas las aplicaciones.
—¿Qué?
—Shirō no me ha mandado ni un mensaje.
—Es algo temprano, ¿no? —preguntó Olivier —. Tengo entendido que el horario de la Cooperativa empieza a las diez.
—Bueno, sí, para fines de papeleo, pero Shirō no tiene horario, y como soy su asistente…
—¿Exactamente a qué se dedica? Figura más que como un trabajador social, como un asesor de la alcaldesa, pero, así como hace de negociador en crisis también lo he visto en la aduana.
Michiru suspiró, dejando el teléfono sobre la mesa.
—Pues… no sé exactamente cómo explicarlo, por eso creo que "asesor" no está tan mal, es que la estructura social de Animacity es rara, porque no puede funcionar como el resto del sistema de Japón, porque hay grupos que se rigen aún por sistema de clanes, entonces todo se complica.
Olivier asintió.
—Algún día nos va a aceptar una invitación, ¿no, Nazu-chan?
Nazuna se contoneó en su sitio.
—No sé, Shirō es un viejo amargado.
—¡Pero si es más joven que yo!
Las dos chicas forzaron una sonrisa, totalmente espontánea, pero tan coordinada que resultaba innegablemente cómplice.
—Su interior no —dijo con simpleza Michiru, permitiéndole al paso al camarero que había empezado a servir.
El plato que pusieron frente a ella atrapó su atención por completo. La jalea de frutos rojos bajaba por la torre de panqueques con lentitud, y ni el intricado acomodo de distintas bayas y pequeñas flores, que hacían parecer un arreglo más propio de un vestíbulo que un desayuno.
Rojo.
Tibio.
Espeso.
Nazuna deslizó la mano por debajo de la mesa para alcanzar su rodilla, dándole un apretón.
Michiru volvió a la realidad, pero a su amiga no le importaba de nada que pusiera atención al discurso de Olivier sobre los vestigios de comportamientos sociales primitivos de los beastman. Tan solo con verla a los ojos, que habían cambiado desde que dejaron de ser humanas, encontró en ellos eso que las había mantenido juntas desde hacía tanto tiempo, y por eso mismo no sabía cuánto más podía seguir pretendiendo con ella que todo estaba bien.
Comentarios y aclaraciones:
Creo Que no esperaba que esto llamara la atención, pero realmente agradezco a todos por sus comentarios, sus favoritos y, sobre todo, por la buena fe que le tienen a este proyecto.
¡Gracias por leer!
