Bienvenida

La llegada al aeropuerto no fue tan caótica como habían previsto. Tatsumi abrió la puerta del avión y se aseguró de que las escaleras estuvieran bien colocadas.

—Señorita Saori —dijo—, el señor Watanabe está aquí.

Ella se puso de pie rápidamente, pero antes de que pudiera salir, Milo se adelantó quedando primero frente a la puerta.

—Lo siento —se disculpó —¿podemos dejar este orden en lo sucesivo?

Por respuesta, solo asintió quedamente dejándolo bajar.

—¡Señorita Saori! —exclamó un hombre adelantándose para recibirla. Tanto la expresión de su rostro como sus modales, se mantuvieron educados pero distantes, pese a que su voz tenía una nota emotiva acorde con lo que decía —¡No tiene idea de lo agradecido que estoy de que haya decidido venir!

—Señor Watanabe, no sabía que me estaba esperando.

El hombre, sin embargo, frunció el ceño y le puso las manos en los hombros, haciendo un ligero movimiento de sacudida que sorprendió a la joven.

—Esto es muy serio —le dijo con voz grave—, en el mejor de los casos solo van a obligarla a vender su paquete de acciones.

Saori abrió mucho los ojos.

—¿Y en el peor?

—Se lo van a quitar sin darle nada a cambio.

—¿Pueden hacer eso?

El hombre asintió, y como si recién se diera cuenta de que la había asustado, sacudió la cabeza soltándola enseguida, dejando las manos a la espalda.

—Perdone mi rudeza, pero de verdad quería ser el primero en verla. Convocaré a una reunión para el jueves, por ahora nadie sabe que está aquí, pero le sugiero que, por favor, hoy mismo les haga una visita, tómelos por sorpresa.

El señor Watanabe levantó el dedo índice de la mano derecha poniéndolo frente a ella.

—Señorita Saori, ellos ya no serán condescendientes porque sea usted una niña, ya que no lo es. La tratarán como la accionista mayoritaria de una compañía de la que se quieren apoderar.

Saori no pudo evitar el suspirar.

—No puedo acompañarla, soy el presidente, no se supone que tome partido por ninguno de los accionistas, solo debo velar por el bien de la compañía en su totalidad, así que tampoco se supone que esté aquí ni que le haya enviado las últimas cartas.

—Lo entiendo. De cualquier forma, se lo agradezco mucho.

Luego de inclinarse respetuosamente, el hombre subió a su auto seguido de sus escoltas y dejó la pista privada en donde había aterrizado el avión.

—Debemos irnos —llamó Tatsumi—, parece que tendrá un día largo.

El mayordomo los condujo hasta otra limusina que estaba aparcada no muy lejos de ahí. Al lado, de pie, se encontraba un hombre mayor con elegante traje negro.

—Bienvenida, señorita Saori —dijo inclinándose.

—Gracias, Yousuke.

Al volver a levantar la mirada, sus ojos oscuros se posaron en los tres jóvenes que estaban detrás. Su presencia lo dejó consternado, pues ellos nunca la habían acompañado antes.

Saori se percató enseguida de su recelo.

—Son santos dorados de la orden, Shaka de Virgo, Milo de Escorpio y Camus de Acuario —presentó, luego se giró hacia ellos—. Él es Yousuke Hanamori, es el mayordomo responsable de la casa en ausencia de Tatsumi.

—Y quien arreglará su salida, debido a la ausencia de documentos de identidad —dijo Tatsumi. Milo frunció el ceño, aquello le había sonado a reproche—. Yo me quedaré —agregó sin prestarle atención al gesto del muchacho —. Tengo que hacer las declaraciones del cargamento, incluidas las cajas de Pandora.

Tatsumi ya se había hecho a la idea de que iba a ser complicado, tanto como lo fue en su momento sacar de Grecia la de Sagitario, aunque no tanto como un bebé sin documentos. Ya había superado a la quisquillosa aduana griega, cansada del contrabando de antigüedades, pero aún restaba hacer los arreglos en Japón. Realmente admiraba a ese anciano frente a él, su predecesor, que incluso se dio a la tarea de reunir a los cien niños que emprenderían la colosal tarea de obtener una armadura.

—Probablemente termine por la tarde, más les vale no acobardarse si se necesita de ustedes, solo porque no tienen su armadura cerca.

Milo respingó, pero la mano de Camus en su hombro lo detuvo.

El santo de Acuario miró al hombre con tranquilidad, en conocimiento de lo limitado que era su entendimiento sobre lo que significaba su entrenamiento. No obstante, lejos de sentirse insultado, aquella amenaza prepotente era la confirmación de la auténtica devoción que sentía, sino por Athena, por la figura de Saori Kido, y para las tareas mundanas que realizaba para ella, eso bastaba.

—Así lo haremos —respondió.

La imponente mansión Kido apareció pronto en el horizonte, lejos de la ciudad, del bullicio y la gente, lo que de alguna manera permitió que Camus se sintiera tranquilo, había menos distractores para mantener vigilada toda la zona, y menos posibilidades de un daño colateral en caso de un enfrentamiento.

Miró a Shaka, sentado a la derecha de Athena, con la mirada atenta a la ventanilla.

Él no necesitaba sus ojos para percibir el mundo. De entre todos los santos, él poseía el sentido más fino de percepción. Podía distinguir incluso un árbol de otro tan solo con su cosmos, aunque había pasado tanto tiempo con los ojos cerrados, que parecía que detrás de su expresión imperturbable y serena, lo desbordaba la curiosidad inherente por descubrir la vida.

Recordaba así a Afrodita, entregado a la contemplación, que constituía su versión de la meditación. La apreciación de lo que él entendía por belleza llenaba su espíritu y, de alguna manera, estaba sucediendo lo mismo con el santo de Virgo.

Aparcaron en la rotonda al final del camino, casi enseguida la puerta abrió por fuera.

—Bienvenida a casa, señorita Kido —dijeron a coro dos filas de sirvientes uniformados, mujeres del lado izquierdo y varones del derecho, apenas bajó del auto.

—¿Están listas las habitaciones? —preguntó Saori al mayordomo una vez que estuvieron dentro de la casa, subiendo las escaleras.

—Sí, señorita —respondió.

—Por favor, Yousuke, ¿podrías acompañarlos? Necesito cambiarme.

Ella continuó su camino en compañía de dos de las sirvientas mientras que los demás se quedaron detrás. El mayordomo se giró hacia los invitados.

—Señores—dijo inclinándose levemente—, me pongo a sus órdenes en representación del señor Tokumaru.

Tanteó su bolso, las tres llaves estaban ahí y sacó la primera, que era la que estaba a la derecha de la gran puerta por la que Saori había entrado.

Camus se adelantó. En general no le tomaba importancia al orden, pero ante la renuencia de los otros dos a tomar la iniciativa, había optado por quedarse ahí.

El hombre le entregó la llave.

La siguiente puerta, dispuesta a la izquierda de la habitación principal, la tomó Shaka, y la contigua a esa, fue para Milo.

—La señorita Kido tomará el desayuno en el comedor principal, espera que la acompañen. Según lo previsto, sería en una hora.

Camus asintió y le dejó partir, lo que le dio oportunidad de darle una mirada al sitio en el que permanecería por tiempo indefinido.

Un enorme ventanal iluminaba el espacio con la luz del amanecer. No se atrevía a decir que era más grande que sus aposentos en el templo de Acuario, pero definitivamente tenía un aspecto que le daba mayor amplitud. La doble altura, la falta de columnas más allá de las decorativas adosadas a los muros, el blanco impoluto de los acabados y el aire fresco de primavera encontraban un equilibrio natural.

Cerca de la puerta, había una consola sobre la que descansaba una pieza de cristal con frutas. Tomó un melocotón mientras se acercaba al ventanal, abriéndolo y recibiendo el olor de los diferentes árboles que encerraban la propiedad en lo que podría llamarse un bosque.

"Esta es la casa en la que creció Athena", pensó.

Antes de darse cuenta, había suspirado. De pronto, llamaron a su puerta, era Milo, así que lo dejó entrar.

—Abre el armario —le dijo con cierto aire ofendido, a lo que Camus obedeció.

El armario era una pieza de madera a juego con el resto de los muebles, tanto en color y diseño como en dimensiones, pero, aunque ya no esperaba encontrarlo vacío, tampoco esperaba ver ropa en él.

—El sirviente dice que el sastre subirá después del desayuno.

Camus miró con perplejidad el conjunto de trajes colgados en perchas, después, de soslayo, a su compañero: vaqueros, chaqueta de cuero y camiseta holgada.

—Cálmate— le dijo —, era de esperarse que Tatsumi previera algo así, existe un protocolo para los asuntos que ella va a tratar, y nos apegaremos a él para no llamar la atención.

Milo torció la boca.

—Por lo único que va a valer la pena— replicó señalando con sorna el armario —, es ver a Shaka con uno de estos.

Camus no pudo evitar el sonreír. Milo era una de las pocas personas que lograban eso.

—No le digas lo del sastre—dijo Milo saliendo de la habitación—. Es seguro que ni siquiera ha abierto el armario.

Viéndose solo de nuevo, Camus se dirigió a una puerta que ya intuía que se trataba de un cuarto de baño.

Decidió tomar una ducha rápida, el viaje había sido sumamente tranquilo, sobre todo en comparación con otros traslados que había hecho, solo que había algo que lo tenía incómodo, y normalmente se despejaba de esas sensaciones meditándolo en agua.

Cumplido el tiempo estipulado, Camus se aventuró a salir de la habitación. Se había cambiado de ropa, aunque sin atreverse a usar lo que estaba en el armario.

La puerta de Shaka se abrió. También se había cambiado, y Camus no pudo sino quedarse sorprendido de que había tenido el sentido común suficiente como para llevar ropa más formal que lo que usaba para entrenar. Esperaba verlo con la túnica blanca de siempre, cuando no llevaba puesta la armadura, en cambio, tenía puesta una kurta dorada que llegaba a las rodillas, lo suficientemente oscura como para diferenciarla de su pelo, y pantalones blancos. Milo también había salido, él estaba tal como había llegado y al ver a sus compañeros parecía arrepentido de su decisión, pero ya era tarde para hacer nada.

No tuvieron que esperar demasiado, pronto las doncellas abrieron las puertas y Saori salió.

Instintivamente, inclinaron la cabeza. Ella les había pedido que no se pusieran de rodillas porque en general no quería explicarle a todo el mundo lo de Athena y el Santuario.

—¿Todo está bien en sus habitaciones? —preguntó mientras se ajustaba unos guantes de encaje blanco que combinaban con su vestido rosa de mangas tipo mariposa.

—Sí… señorita —respondió Camus acercándose a ella a medida que avanzaban por el pasillo. Saori, sin embargo, se giró hacia Shaka preguntándole lo mismo, dejando en claro que no iba a permitir que uno respondiera en nombre de todos.

—Todo está bien. Gracias —respondió el santo de Virgo, seguido de Milo que sí tenía un par de quejas, pero no las externó y se limitó a decir lo mismo que sus compañeros.

El comedor estaba dispuesto prolijamente, y el olor de las flores frescas le daba un toque menos tenso a lo que estaba por ocurrir.

Saori tomó su lugar en la cabeza de la mesa con naturalidad mientras que las dos doncellas que la habían ayudado a cambiarse, hacían las labores de acercarle la silla, acomodar su servilleta y otros detalles a los que ella no tomaba mayor importancia.

Sin embargo, hubo un momento de indecisión entre los tres caballeros. Un instante que se les antojó eterno, aunque nadie parecía haberse percatado de que estaban estáticos, a unos pasos de distancia, confundidos y perplejos.

Nunca habían escuchado de alguien que hiciese una tarea tan terrenal, como desayunar, en presencia de Athena, así que no había ningún protocolo a como sucedía, por ejemplo, cuando eran llamados a la sala de audiencias. Si fuese una reunión, sabían que tenían que colocarse en el orden de sus casas, permanecer de rodillas hasta que se les indicara lo contrario y mantener la boca cerrada hasta que se les pidiera su expresa opinión, si es que se necesitaba.

Shaka se adelantó para tomar el sitio a la izquierda, a lo que Camus reaccionó para ponerse a la derecha, mientras que Milo fue con Camus.

El caballero de Escorpio rechazó tan suavemente como pudo la ayuda del mozo, poniéndose él mismo la servilleta de tela en el regazo, tal como había visto que hicieron con sus compañeros.

—Señorita —llamó Yousuke Hanamori, el mayordomo anciano que los había recibido —. He hecho un programa para el día de hoy, quisiera confirmarlo.

Saori asintió mientras otra persona le servía una taza de té.

—A las diez de la mañana se le espera en la oficina de Kido Chemical, a la una en la central de Tokyo Oil y a las dos de la tarde en Kido Networks. El director de Kido Systems insistió en que le acompañara para la cena, hizo una reservación en Aragawa a las siete de la noche.

—¿No incluyó visitas a las instalaciones de la Fundación Graad?

—Es irrelevante, es la única división que no ha causado problemas.

Saori miró su reloj de pulsera, eran cerca de las ocho de la mañana.

—Prepara el auto, iré ahora mismo al orfanato y al hospital, que están cerca. Confirma lo demás.

El hombre hizo una reverencia y se marchó.

—Solo me tomará un momento ¿está bien? —preguntó poco después de dar un sorbo a su taza de té.

—No tiene que excusarse con nosotros —respondió Camus —. Si es lo que quiere hacer, entonces se hará.

Solo tuvieron quince minutos antes de que el hombre regresara anunciando que el auto estaba listo. Saori dejó la servilleta sobre la mesa, y de forma inmediata los otros tres hicieron lo mismo.


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