Encuentros
Permanecieron en silencio durante el trayecto desde la casa a los suburbios de la ciudad. Saori había decidido llevarse los diarios que le dejaron junto a la mesa. Había varios, algo que Camus ya había notado que era una costumbre. Cada mañana Tatsumi bajaba al pueblo para recoger los que había conseguido que le llevaran desde Atenas, el único sitio desde donde se podían tener algunas ediciones extranjeras.
Terminó el primero dejándolo al lado, apresurándose a tomar el siguiente.
El caballero no podía apartar la mirada de su gesto endurecido mientras sostenía el papel. Algo la molestaba, y estaba seguro de que no se relacionaba con las noticias, porque el movimiento de sus ojos indicaba que no estaba leyendo.
—Hemos llegado, señorita —anunció el chofer.
—¿Este es el lugar en donde solía vivir Hyōga? —preguntó Camus al mirar el edificio desde la ventana.
—Un tiempo, sí —respondió ella.
El chofer se quitó el cinturón de seguridad y ante sus movimientos Saori se apresuró a llamarlo.
—Bel, danos un momento, por favor. Espera afuera.
Obedientemente, se bajó del auto y cerró la puerta.
—¿Sucede algo, Athena? —preguntó Shaka.
Ella apretó los labios un momento.
—Mi abuelo… él…
Se quedó callada. Había pasado buena parte de la mañana tratando de ordenar sus pensamientos sobre ese detalle en particular porque era algo que Tatsumi le dijo que era importante, sobre todo ante la determinación de Shion para buscar aprendices de caballero, aunque muchos de ellos no serían más que soldados o sirvientes al pasar un tiempo. Le dijo, además, que era una de las mejores opciones y que con ese propósito su abuelo había creado el orfanato.
Saori suspiró.
—El orfanato acoge niños que otras instituciones no pueden colocar en hogares adoptivos—, su voz tembló un instante—. Tatsumi cree que debería enviar algunos para volverse aprendices de caballero.
—No veo cuál es el problema.
—Mi abuelo envió a los chicos en contra de su voluntad —dijo—. Algunos tuvieron suerte, encontraron una familia en su camino para ganar la armadura… pero los otros…
No quería llorar, aunque tampoco pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Había pensado mucho en eso, sobre todo después de las ceremonias fúnebres de la última guerra hacía poco más de un año. Los aprendices de caballero tenían entre cinco y once años, la mayoría habían muerto al colapsarse el edificio en el que se les había ordenado resguardarse. Los que estaban en condiciones, empezaron a remover los escombros recuperando los cadáveres. Entonces, al ver al primero en brazos del caballero que lo sacó, recordó a los noventa chicos que no regresaron de su entrenamiento.
Fue un pensamiento fugaz, algo en lo que no había reparado o se había negado a darle importancia.
Para esa tarde ya los habían limpiado y vestido con una túnica blanca, como si durmieran, junto a los soldados y sirvientes que tampoco habían sobrevivido.
Estaban unos junto a otros, alguien les había puesto un ramillete entre las manos, algo como una hierba, una planta cuya punta terminaba en un racimo de pequeñas flores rosas que ya había visto crecer en la Acrópolis y nadie le sabía decir cómo se llamaba.
"Solo es una planta, Athena. No se ocupe de ella."
Solo una planta, para solo un aprendiz.
—El entrenamiento duro es necesario —dijo Milo, habiendo asumido que era por él que su humor había cambiado, pero ella no lo dejó terminar, sacudió la cabeza, lo que hizo que las lágrimas que se habían juntado en sus ojos bajaran por las mejillas.
—¿Acaso a ti te obligaron?
—No—respondió quedamente.
Desde que recordaba, convertirse en caballero y servir a Athena, era lo único que le daba sentido a su existencia, lo que lo mantenía de pie durante el entrenamiento, lúcido pese al agotamiento, firme ante el dolor.
—No puedo hacerlo— continuó—. Las decisiones de mi abuelo solo trajeron dolor y odio. Sé que no puedo dejar vacantes las armaduras, pero no le puedo ordenar a alguien que pelee y muera por algo en lo que no cree.
Camus respiró profundamente mientras Saori se limpiaba la cara con un pañuelo.
—¿Quiere que le digamos a Tatsumi que no hay candidatos aptos? —preguntó Milo, sin embargo, Shaka lo interrumpió.
—Athena no quiere tomar la vida de alguien en contra de su voluntad, quiere que le sea ofrecida voluntariamente —dijo tranquilamente, luego miró por la ventana el letrero que nombraba el lugar: Niños de las estrellas.
—Quiero que sea una elección por la justicia —corrigió Saori con los ojos cerrados.
—¡Saori!
Ella reaccionó con un ligero sobresalto.
—¿Seiya?
—¿Cuánto tiempo más nos vas a hacer esperar?
Saori saltó sobre Shaka para alcanzar la puerta. El chofer reaccionó poniendo su brazo para que pudiera sostenerse porque su salida no había sido precisamente precavida.
—¡Seiya! ¿Qué haces aquí?
Seiya rio.
—Tatsumi tenía razón—dijo girándose un poco y extendiendo su mano—, no te ocupas de estos asuntos.
Seika estaba detrás y caminó hacia él tomando su mano.
—Buenos días, Athena —saludó la chica con una leve inclinación y la mano en el pecho.
Seika había sido criada en Rodorio una buena parte de su vida, por lo que había adoptado las maneras de los pobladores para referirse a ella y a los caballeros.
—Buenos días, Seika.
—Espero que no sea una impertinencia que Seiya esté aquí.
—¿Por qué lo sería? —preguntó.
—Sé que todos están trabajando arduamente y, sin embargo, él está aquí.
Saori movió la cabeza de un lado a otro.
—Está bien. Seiya estaría traicionando su espíritu si no aprovechara la oportunidad de estar contigo.
No obstante, el primer comentario que el joven caballero había hecho no pasó desapercibido.
—¿A qué te referías con que Tatsumi dijo que no me ocupaba de estos asuntos?
Seiya torció la boca enlazando las manos en su nuca.
—Hace unos días, Tatsumi me regañó porque había demasiado trabajo que hacer y me acusó de hacer el vago porque le dije que el cumpleaños de Seika estaba próximo e iba a venir a visitarla ¡Es un pesado! ¡Entre él y Shion me tuvieron semanas encerrado en los almacenes contando sacos! Le dije que no iba a hablar el asunto con él, que iría contigo, pero me dijo que tú no atendías estos asuntos, y me despachó rápido con el permiso de Shion ¡Pero yo no les iba a pedir permiso, solo les iba a avisar! ¡Y solo fui a verlos porque Marín me obligó!
—Seiya aún tiene problemas para entender cómo funciona una autoridad —dijo Seika, divertida —. Por eso me preocupa que le tomen a mal en el Santuario y se meta en problemas.
—Está bien —repitió Saori, tratando de ocultar la desazón que le causaba que ni siquiera se hubiera enterado de eso. Ya era demasiado malo no saber sobre los asuntos que le concernían a su herencia humana como para tampoco estar al pendiente de sus responsabilidades en el Santuario.
Seiya era demasiado terco como para aceptar una negativa, y estaba segura de que, si fuera necesario, se hubiese abierto paso hasta sus aposentos para exponer su asunto, pero ¿los demás? ¿Cuántos habían sido enviados de vuelta sin poder expresar sus inquietudes?
Sirvientes, soldados, aprendices, caballeros, todos hacían demasiado por ella y no poder devolverles el favor le causaba un sentimiento de ingratitud.
—Señorita Kido, nos honra con su visita.
Un hombre salió del edificio principal y al llamarla la sacó de sus pensamientos. Era más alto que Seiya, delgado y de porte recto, pero, aunque recién llegaba a los treinta años, la expresión angustiada de su rostro lo hacía parecer mayor.
—Gracias por recibirme.
El hombre se inclinó respetuosamente.
—Por favor, dígame en qué puedo servirla.
—Solo quería saber en qué estado se encuentra el orfanato, con todo lo que hice en las últimas semanas, temí que la junta les retirara fondos.
El hombre miró detrás un instante, lo que no pasó desapercibido para ella.
—Tatsumi está atendiendo unos asuntos, probablemente regrese hasta la noche.
—Que desconsiderado de su parte dejarla sola.
En ese momento se giró para ver el auto, la puerta estaba abierta con el chofer a un costado, Shaka estaba en una posición entre salir y quedarse, mirando dentro.
—¿Sucede algo? —preguntó.
Shaka se movió rápidamente, apartándose de la puerta, seguido de Camus.
Seiya los saludó agitando la mano, no eran precisamente sus amigos, pero solía ser bastante expresivo. Camus se quedó con él, mientras que el santo de Virgo se adelantó hasta donde estaba ella.
—Nada de importancia, Athena.
—Él es Shaka, caballero dorado de Virgo—dijo para presentarlo—, él es Shūzō Tokumaru, director del orfanato.
—¡Oh, ya veo! —exclamó el director—. También quiere conocer a los chicos.
Saori se puso tensa.
—Yo… solo quiero saber en qué posición se encuentra con todo esto.
Shūzō respiró profundamente.
—Pase por favor.
El edificio estaba relativamente silencioso. Podían escuchar la voz de una mujer explicando el proceso para una operación matemática elemental y un coro de niños repitiendo un estribillo por otro lado, algo como un juego de palabras.
El director les explicó que habían empezado clases hacía unos minutos y saldrían para la práctica de deportes más tarde, en la que tendrían la oportunidad de conocer a los chicos, a menos que ella prefiriera verlos en ese momento. No veía problema en interrumpir a las profesoras.
—No puedo quedarme mucho tiempo, tengo que ver a los demás.
—Entiendo. No se preocupe por nosotros, concéntrese en los pedantes, perdón por la expresión. Fujita, Amamoto, Takaki y Shishio son los conspiradores. Los chicos no se irán pronto de aquí, aún tienen una edad adecuada para empezar su entrenamiento, ya los conocerá cuando disponga de tiempo.
Saori apenas pudo esbozar una media sonrisa.
—Respecto a lo que quiere saber —agregó abriendo la puerta de su oficina e invitándola a pasar. Ella así lo hizo, seguida de Shaka —, sus sospechas no son infundadas.
Tomó una gruesa carpeta de una estantería a espaldas del escritorio y la abrió sobre el mismo.
—Hemos tenido una reducción del 0.5% mensual desde hace casi un año. Al principio no era problemático porque tenía un fondo de ahorro, pero las chicas mayores están en secundaria, Seika en la preparatoria, y como sabrá, debido a su reducido número optamos por enviarlas a un colegio público en lugar de tutelarlas aquí, aun así, está resultando costoso.
—¿Solo chicas? —preguntó Shaka, ligeramente intrigado.
—Los varones fueron enviados como aprendices de caballero—respondió Saori, desviando la mirada —¿Por qué no me informó antes?
Shūzō abrió la boca, pero al final no dijo nada.
"Pensé que lo sabía", fue la frase que quedó suspendida en el ambiente, lo que dejó bastante avergonzada a la joven.
—No sé qué vaya a suceder en los próximos días —dijo—, pero ordenaré a Tatsumi que haga un depósito de efectivo. Será mejor que se haga a su cuenta personal, de esa manera, suceda lo que suceda, ellos no podrán tocar ese dinero y podrá usarlo para mantener el orfanato en caso de emergencia.
—Tiene que mantener la fe, señorita —respondió el director luego de agradecer el voto de confianza —. Posee la inteligencia de su difunto abuelo, sin duda podrá resolverlo.
—Me sobreestima, Shūzō.
—Nada de eso.
El reloj de pared anunció las nueve de la mañana y Saori volvió a sobresaltarse.
—Tengo que ir al hospital, si le están haciendo lo mismo, debo anticiparme.
El director la acompañó de vuelta al auto. Camus ya estaba solo, de pie, recargado en el muro a un costado de la reja de entrada.
—Seiya dijo que tenía que acompañar a su hermana y a las otras chicas a la escuela.
Saori se giró hacia Shūzō.
—¿Seika trabaja aquí? —preguntó.
—La señorita Seika solicitó apoyo para continuar sus estudios. Es una excelente estudiante, y apunta alto, pero en Grecia era complicado ayudarla. En realidad, nos ha ayudado bastante, ya era mucho trabajo para Miho y Erii.
—Si ellas quieren, pueden seguir estudiando. Me haré cargo.
—Me imaginé que diría algo así —respondió el hombre con una risa que suavizó las facciones de su rostro, dándole un aspecto más jovial.
Fue él quien abrió la puerta del auto. Saori entró luego de despedirse.
Milo se había quedado en su sitio, y por la postura de su cuerpo, brazos y piernas cruzadas, ella incrementó sus sospechas sobre que algo había sucedido entre que se bajó y que Shaka le dio alcance. Quería preguntar si todo estaba bien, pero no lo hizo, no quería presionarlo innecesariamente, además, apenas se conocían y confiaba en que, si era verdaderamente importante, se lo diría. Así que se limitó a esperar a que todos estuvieran dentro para ordenar al chofer que los llevara al hospital.
Mirando su reloj de pulsera cada tanto, apenas llegaron, bajó apresuradamente. En la entrada había un médico de semblante serio, con las manos enlazadas a la espalda.
—Buenos días, señorita Kido —dijo—. Soy el doctor Akitoki Takiguchi, director del hospital. Un placer conocerla.
Saori se sintió cohibida. Había sido todo lo correcto que se esperaba de un hombre adulto y educado, no obstante, la frialdad de su recibimiento era intimidante.
—Buenos días. Lamento llegar de imprevisto, y no poder quedarme mucho tiempo, pero necesitaba verle.
—¿En qué puedo servirla?
—Necesito saber el estado en el que se encuentra el hospital.
—Lo siento, no entiendo del todo ¿exactamente qué desea saber? ¿El estado del edificio?
Saori movió la cabeza.
—Ya debe de saber que me encuentro en una posición complicada con la junta directiva…
—¡Ah, sí! Sus gastos en Europa.
"También redujeron su presupuesto", pensó con vergüenza, cerrando los ojos.
—La señorita desea saber el estado financiero —dijo Camus con la misma frialdad que había usado el doctor hasta ese momento —. Algunas decisiones se tomaron sin su consentimiento, y ya que se reunirá con otros directivos, necesita saber exactamente a qué se va a enfrentar.
El médico frunció levemente el ceño. Para ese momento, tanto él como el santo de Acuario, se sostenían la mirada con firmeza. Bajo otras circunstancias Camus habría hecho explotar su cosmos, pero aquel hombre no era un adversario, no del tipo que ameritara una demostración de fuerza.
"Hubiera sido un gran caballero", pensó.
—Tendrá un reporte detallado, aunque por el momento, le puedo anticipar que cancelaron el programa de intercambio al extranjero.
—Gracias— dijo Saori —. No quiero quitarle más tiempo, debo irme.
El médico se despidió respetuosamente, sin moverse de su sitio, como el celoso guardián de un templo.
De vuelta en el auto, apenas cerraron la puerta, Camus habló.
—Athena— dijo con tranquilidad —. No es mi intención entrometerme en sus asuntos, pero no puede permitir que la hagan sentir culpable por algo que ellos no comprenden. Al igual que en una batalla, si consiguen doblegar su espíritu, entonces habrán ganado. Si mal no recuerdo, el señor Yousuke dijo que estas personas que acabamos de conocer no causan problemas, aun así, el doctor Takiguchi le ha hecho inclinar la cabeza.
Saori se aferró a la cartera de mano con fuerza.
—Entiendo.
Y tenía razón, ¿cómo iba a hacer frente a quienes quería obligarla a renunciar a todo lo que había construido su abuelo, si no podía lidiar con simples reproches?
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