Herencia

Cuando faltaban diez minutos para las diez de la mañana, Saori empezó a mostrarse inquieta, mirando alternadamente las ventanas hasta que finalmente se animó a llamar por el intercomunicador instalado en un tipo de guantera en la puerta.

—Bel —llamó.

—Dígame, señorita.

—Estoy un poco preocupada, son casi las diez y aún no estamos en camino a Kido Chemical.

El chofer bajó la ventanilla que separaba la cabina del conductor de los asientos de pasajeros.

—Los edificios de cristal que están allá enfrente— dijo —, son las oficinas de Kido Chemical. Hace un par de años hubo un eclipse anómalo ¿lo recuerda?

Milo curvó los labios, en un intento de fútil sonrisa.

—Sí— respondió Saori.

—Hubo varios incidentes, casi se convierten en desgracia, pero se pudo controlar a tiempo, claro que no tenían relación con el eclipse. En todo caso, decidieron separar las oficinas de las naves industriales.

Saori se agachó para poder mirar por el parabrisas.

—El señor Hanamori está esperando, señorita— dijo al aparcar.

Pronto, el anciano mayordomo se acercó para abrir la puerta.

El protocolo improvisado que habían establecido se repitió. Milo bajó primero, revisaba la zona, ayudaba a Athena a salir, después bajaban Shaka y Camus para, finalmente, quedar detrás mientras ella era anunciada y recibida por la autoridad pertinente.

—Señorita Kido—susurró el mayordomo inclinándose ligeramente hacia ella—, el señor Tatsumi y yo, coincidimos en la suposición de que el objetivo principal de Eisuke Amamoto, es separar Kido Chemical de la compañía. Usted era muy joven cuando su abuelo compró una fábrica de fertilizantes que estuvo activa desde 1920, había sorteado bien las dificultades de la guerra y las crisis económicas, pero el padre del señor Amamoto no era bueno para los negocios, ni tampoco sabía demasiado de química, sus productos se volvieron obsoletos. El señor Mitsumasa tenía talento para distinguir oportunidades, y ya que la fábrica tenía el espacio y una infraestructura funcional, la compró y empezó una reingeniería que la convirtió en lo que es hoy. Sin embargo, Eisuke Amamoto, en su cabeza, tiene la idea de ser el legítimo heredero, pese a que existe un documento que la nombra a usted.

—Entonces, definitivamente no me quiere aquí— dijo Saori, solo para confirmar y deteniéndose para que no le escuchara la comitiva que estaba en la puerta a solo unos metros.

—Que no le sorprenda su comportamiento, usted es lo único que se interpone entre él y lo que considera su herencia.

Saori asintió.

De entre todos los sirvientes, Yousuke Hanamori siempre le había causado una inquietud que solo podía equiparar al miedo, aun considerando que no era brusco o despectivo como Tatsumi. No obstante, le aliviaba que hubiese decidido acompañarla y anticiparle de lo que podía esperar. Después de todo, era el mejor informado, pues estando Tatsumi en Grecia con ella, él se encargaba de los asuntos de la compañía.

—No creí que viniera—dijo el hombre que fue anunciado como Eisuke Amamoto—, pero ya que está aquí, le doy la bienvenida a Kido Chemical Corporation.

Se inclinó levemente, a lo que Saori correspondió según la etiqueta japonesa.

—Si tuviera la amabilidad de acompañarme a la oficina, responderé a las preguntas que tenga y, si lo desea, le mostraré las áreas más importantes de la administración.

Eisuke Amamoto era un hombre mayor. No tanto como para considerarse anciano, aunque sí mucho más de lo que ella estaba acostumbrada teniendo en consideración el margen de edad de sus caballeros. Quizás tendría cuarenta: delgado, facciones angulosas y una mirada verdaderamente fría, como si estuviese aguardando el momento más idóneo para dar el golpe mortal. Al mirar sobre su hombro y notar la tensión de Milo y Camus, supo que no era solo sugestión suya por la advertencia del mayordomo, que de verdad inspiraba una cruel insensibilidad.

Le acompañaban dos hombres, uno igualmente delgado, con los ojos pequeños y los incisivos bastante pronunciados que le daban una apariencia de ratón, y otro más robusto con el ceño fruncido que no le quitaba la vista de encima.

Se sintió incómoda desde el primer momento y ni siquiera tenía que usar su sensible poder de empatía para darse cuenta de que no era bienvenida.

—Por favor— indicó el director de la compañía al llegar a una sala de juntas.

Saori entró primero, quedándose paralizada al no saber qué lugar debía ocupar, hasta que la idea de sentarse a la cabeza pasó por su mente al recordar que su propósito ahí era recordarle que ellos trabajaban para ella y no al revés, así que decidió que era lo mejor.

El mayordomo adivinó sus pensamientos y se apresuró para abrirle la silla.

Eisuke Amamoto la miró detenidamente solo unos segundos. Saori supo enseguida que su decisión fue tomada como insolencia, pero no le importó. Tenía que atender el consejo de Camus si quería salvar la fundación Graad.

El anciano mayordomo indicó con un movimiento de cabeza los lugares que los tres escoltas debían de ocupar y estos obedecieron.

El director de la compañía química y sus hombres se quedaron al otro lado de la mesa, molestos por el rumbo que habían tomado las cosas. Esperaban dejarla en el lugar de invitados y limitarse a una presentación básica que normalmente usaban para las reuniones corporativas de rutina.

La mesa tenía doce plazas, aunque las amplias sillas de cuero negro, bien separadas entre sí, le hacían parecer más grande que un comedor regular. En el lugar de Saori había una carpeta negra que supo enseguida, debía de ser el reporte que pensaban darle.

Se preguntó qué tan confiable era. Qué era lo que habían omitido y qué habían exagerado.

—Es para usted— dijo Eisuke Amamoto al darse cuenta de en qué estaba poniendo atención.

Entonces la abrió, una primera página de texto a simple vista era nada más un resumen de la historia de la empresa con el origen como una fábrica de fertilizantes.

Era algo que seguramente él no iba a permitir que se olvidara.

—Exactamente, ¿cómo le han afectado mis gastos en Europa? —preguntó, recordando la expresión que había usado el doctor Takiguchi esa misma mañana—. Porque, si los he afectado de manera grave, quisiera saber cómo subsanarlo.

Los tres hombres carraspearon, aún más incómodos por la forma en la que había hecho la pregunta.

—Me temo que ha habido un malentendido —dijo Eisuke Amamoto recuperándose enseguida—. Usted tiene derecho a disponer, como mejor le parezca, de ese dinero que le pertenece. Es solo que nos preocupó la forma en la que se dieron las cosas.

Saori levantó la vista. Había ganado mucha confianza una vez que los papeles dieron la vuelta y ellos eran quienes estaban incómodos.

—¿Cómo es que se dieron las cosas, de acuerdo con ustedes?

—Desde que el señor Kido cayó enfermo, algo cambió en su comportamiento, señorita. Se volvió socialmente retraída y en cuestión de números, invisible. Conforme los deseos del señor Mitsumasa, se terminó el proyecto del Coliseo y el dinero para el Torneo Galáctico era algo que ya estaba destinado para tal propósito, usted no tocó nada. Después de eso, los números no indicaban que estuviera interesada en nada particular, algunos viajes, gastos menores. Los últimos cuatro años que ha estado en Grecia incluso creímos que debíamos notificar a la policía ante la falta de noticias, y de pronto, retira 10 millones de su cuenta. Entienda, por favor, lo confuso que fue eso.

Saori desvió la mirada hacia la ventana.

Cuatro años.

Hacía cuatro años había empezado ese viaje entre guerras y muerte que parecía tan distante en esa oficina, como si fuese solo un sueño extraño, como los que tenía cuando era niña.

—De modo que—dijo para no causar un silencio incómodo—, ahora que notan que estoy viva, puedo seguir gastando el dinero como mejor me convenga.

—Lo normal sería hacer una reunión con todos para valorar el proyecto en el que está invirtiendo, la taza de recuperación y, por supuesto, los rendimientos. A menos que lo que pretenda sea agotar los activos y llevarnos a la quiebra.

En la última frase la amabilidad se le había ido de la voz. Él se dio cuenta enseguida y se llevó la mano a la boca para fingir un carraspeo.

—A lo que me refiero, es que tiene edad para tomar responsabilidad por la herencia de su abuelo, pero esa responsabilidad es eso, no solo beneficios.

—Lo entiendo— respondió —, pero no voy a dar explicaciones sobre mis gastos.

—Tarde o temprano, los bancos o el fisco sí las pedirán.

Una punzada de horror atravesó el corazón de Saori. Podía justificar los gastos en Rodorio porque sí tenía una constitución legal ante el Estado de Grecia, y nada impedía que un millonario hiciera donaciones privadas para la reconstrucción de un lugar afectado por "misteriosos terremotos y derrumbes", pero sería absurdo creer que se podría justificar todo el trabajo en el Santuario con un solo pueblo.

Tenía que consultar con Tatsumi cuál era la mejor opción, aunque hacer retiros menores y mandar el dinero en efectivo empezaba a ser la mejor idea, pues, aunque se viera una salida de dinero, no sabrían cuál fue su destino final. El hombre estaba en lo cierto, no habría discreción alguna en una investigación y aunque tenía la certeza de que ningún satélite podía encontrar el Santuario y ningún inspector llegaría a pie, sí podría escuchar uno o dos rumores, por lo que también tendría que hablar con Shion respecto a las posibles complicaciones que surgieran. El Santuario se había retirado de la existencia pública hacía más de 2500 años y seguramente querría que siguiera así.

—Tengo tiempo para un recorrido— dijo al darse cuenta de que lo que no quería que pasara, había sucedido, se habían quedado callados—. Tomaré mis responsabilidades, como dice, y las acepto en todas sus dimensiones.

Eisuke Amamoto asintió sin pronunciar palabra, pero no se veía satisfecho por la respuesta.

—Empecemos entonces— dijo poniéndose de pie. Sus acompañantes hicieron lo mismo—. Le mostraré el lugar y los proyectos más importantes.

Saori se adelantó para ir a su lado, no deseaba quedarse detrás, viendo su espalda.

Camus le pidió a Shaka que fuera al frente, con los dos hombres que acompañaban al director e iban inmediatamente detrás de su jefe, de ese modo estaría cerca. No era como si alguno de esos sujetos pudiese hacer algo sin que se diesen cuenta. Incluso si estuvieran al final del pasillo, llegarían a su lado antes de que siquiera pudieran tocarla, pero para ese momento había concluido que Athena necesitaba no sentirse sola, y bastaba la mera presencia de alguien para que recobrara la confianza en sí misma.

Shaka era el más adecuado, no solo por la tranquilidad que emanaba, sino que, luego de acompañarla al inframundo, tenía más características a favor para cumplir con ese papel de apoyo, o al menos sospechaba que por eso el Patriarca lo había elegido cuando de todos, era el que menos relación había tenido con el mundo exterior al Santuario. Ni siquiera bajaba a Rodorio como algunos de los otros cuando buscaban pasar el rato, y si no estaba en el templo de Virgo, regresaba a Bihar con sus discípulos.

Miró de soslayo a Milo, se le notaba más tranquilo que antes, la breve discusión que empezó tras el expreso deseo de Athena por no reclutar a la fuerza a los niños del orfanato lo había tenido malhumorado un rato.

Él solía ser impetuoso, pero siempre conseguía serenarse lo suficiente como para demostrar que era digno de su armadura y verlo sosegadamente a su lado, escuchando el palabrerío del director, era prueba de ello.

Cuando el Patriarca los escogió para esa tarea, al menos él, no tenía una idea clara de qué debía esperar sobre el entorno de "Saori Kido".

Cualquiera podría pensar que, después del tiempo que habían pasado en el Santuario o las guerras, ya tendría claras las cosas, sin embargo, hasta ese momento, una parte de él se había negado en rotundo a aceptar a la Diosa en Saori, la misma mujer que habían decidido asesinar cuando solo tenía trece años.

Aioria, uno de los pocos que habían vivido después de incursionar en la casa Kido como enemigo, había dicho muy poco de su primera impresión sobre ella. Incluso le había dedicado más líneas a Seiya de Pegaso y la armadura de Sagitario, que a la jovencita que se había interpuesto en su camino con una extraña declaración que sembró la duda en su corazón.

Pero fuera de una muy breve pero determinada opinión sobre su cosmos, nunca le habían podido arrancar una sola palabra más.

No podía culparlo, en general, nadie hablaba de lo que sucedió en torno a las batallas de las 12 casas, y como seguido a eso las guerras no se hicieron esperar, bastaba saber que Athena estaba en el Santuario y Saori había pasado desapercibida la mayor parte del tiempo.

A veces iba a Japón por algunos días, pero esas visitas ocasionales, algunas menos desastrosas que otras, no se comparaban con lo que estaba programado para varios meses, de ahí que el Patriarca decidiese enviar a tres santos dorados en lugar de la comitiva regular de bronce, si bien no dudaba que, para ese momento, Seiya y los otros ya los habían superado, tenían en su contra la inexperiencia y la poca paciencia que demostraban para atender detalles administrativos.

No lo habían soportado en el Santuario, les habían dado algunas tareas de alto rango dentro del plan de reconstrucción para que los demás se habituaran a su presencia y cargo de mando, pero, aunque las habían cumplido tan bien como pudiera esperarse de cualquier santo competente, una vez que terminaron, Seiya se rehusó terminantemente a verificar de nuevo un solo libro contable, inventario o solicitud de material y fue tímidamente apoyado por Hyōga y Shiryū.

Todos tenían espíritus trabajadores y afables, pero había una gran brecha entre mover escombros, trabajar la tierra en las granjas de Rodorio, y sentarse a revisar números. Y eso último había representado un reto insondable para los jóvenes.

De acuerdo a lo que le había dicho Seiya en el orfanato, el Patriarca se había rendido con eso, le había dado permiso para visitar a su hermana unos días y a su regreso, se encargaría del Partenón que, tras una larga deliberación, habían concluido que estaba tan dañado que se vendría abajo en cualquier momento, lo que era peligroso. Seiya debía demolerlo y despejar el terreno, para cuando estuviese listo el plano de reconstrucción, también se haría cargo en mayor parte, aunque contaría con una cuadrilla de soldados como apoyo.

Le dejaban ese honor en vista de que era el templo más importante de la zona pública, en el que Athena, en tiempos antiguos, reunía a todos los santos.

Su maestro le dijo que hubo un tiempo en que ahí se guardaban las cajas de Pandora de los caballeros que residían en el Santuario. Pero en una Guerra Santa, no recordaba con exactitud cuál, la cella del este había sido prácticamente destruida y como nunca se recuperó, el templo completo empezó a caer en el desuso hasta su abandono total mucho antes de que él siquiera empezara su entrenamiento.

No sabía cómo sentirse al respecto de que finalmente decidieran reemplazarlo, así como estaban haciendo con todo lo demás.

"Los edificios no son como los guerreros, no se fortalecen con las batallas, se arruinan", le había dicho el Patriarca a Shura, cuando este comentó que quizás era excesiva la idea de remodelación completa.

Lo cierto era que, todo había empezado a raíz de que Seiya había tenido que llevar en brazos a Athena porque le resultó imposible ir desde su templo, hasta el cementerio para oficiar las ceremonias fúnebres de los caídos en batalla. Las escaleras habían prácticamente desaparecido dejando en su lugar un montón de piedras inestables en las que incluso algunos compañeros estuvieron a punto de dar un mal paso.

Regresó a la realidad del edificio de cristal, con el hombre explicando sobre los nuevos usos de los derivados del petróleo que estaban dando los mejores rendimientos.

"Eso hacemos aquí", pensó.

"Si deseamos que el Santuario continúe siendo adecuado para instruir aprendices, hay que asumir lo que sea necesario", recordó las palabras del Patriarca.

"Eso hace Athena, soportando el desprecio de estos hombres, asumir lo que es necesario".


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