Sacrilegio
—Yousuke, por favor, de verdad no quiero almorzar con los Fujita—dijo Saori con tono suplicante al viejo mayordomo sentado a su lado, este asintió palmeando suavemente la mano de la joven recargada en su brazo.
—No tiene que hacerlo, señorita. Tenemos tiempo. El señor Amamoto fue lo suficientemente descortés como para resolver todo en una hora. Me anticipé, hice una reservación en La grue d'or, ¿está bien para usted?
Saori sonrió, aunque sintió que iba a llorar. La grue d'or era un restaurante francés al que su abuelo la llevaba con cierta frecuencia cuando era más pequeña, ahí le había enseñado la función de la cubertería occidental; para carne, pescado, ensaladas y postre. Mitsumasa Kido tenía su propia cubertería en la mansión, con el monograma de sus iniciales romanizadas, pero a él le gustaba salir, aunque desde que la tuvo a ella, prefirió no abandonar Japón y se conformaba con restaurantes de corte extranjero, museos y cualquier otro atractivo cercano. Con el tiempo, Saori comprendió que se debía a que no deseaba exponerla a que alguien del Santuario la encontrara, por eso era importante siempre volver a esa gran casa escondida en el bosque.
Le gustaría regresar con él, enseñarle que había aprendido bien, y que había cambiado. Ya no era la niña a la que le parecía divertido avergonzar a algún camarero japonés que no acaba de acostumbrarse al acomodo.
"Los cuchillos se colocan al lado derecho del comensal, y el plato de pan a la izquierda", les decía.
"Discúlpeme por favor, señorita".
—Está bien, muchas gracias.
Desde que su abuelo enfermara, no había regresado a ese lugar. Casi lo había olvidado, pero cuando el edificio apareció, como un palacio fuera de lugar en la calle con anuncios en japonés, la sensación de que se había vuelto pequeña se intensificó.
—Bienvenida, señorita Kido— dijo la hostess de la entrada —, es un honor recibirla.
La joven, de elegante vestido negro, largo a la rodilla, era indudablemente japonesa, pero incluso su forma de hablar daba la impresión de no serlo. A medida que avanzaban y daba las sugerencias del menú en una correcta pronunciación francesa, Saori se dio cuenta de que ella era lo único nuevo en el lugar: la decoración entre oro y azul con espejos en los muros y candelabros de araña eléctricos resplandeciendo, eran exactamente como los recordaba.
La anfitriona presentó la carta de vinos, pero el mayordomo se apresuró a rechazarla e hizo un pedido en voz baja.
—Perdónenme—dijo girándose hacia los tres caballeros con una ligera inclinación—, pero aún tenemos todo un día de trabajo y no puedo permitirlo. Además, la señorita no tiene edad para eso.
—Está bien—respondió Camus.
Saori suspiró con una ligera sonrisa. Nunca le diría que las cenas en el Santuario se servían con vino y que hacía poco más de dos años que Shion le había ofrecido la primera copa.
"Es parte de las ofrendas a la Diosa, a usted" le explicó cuando preguntó con qué vino llenaba la jarra de cristal. Un sirviente llevó la botella y al ver la etiqueta, notó que incluso tenía código de barras y sello para importación, lo que estaba completamente fuera de lugar en un sitio que parecía atrapado en la época de Fidias*.
El viñedo, como explicación añadida, no estaba muy lejos de Rodorio, era tan antiguo como la ciudad de Atenas, con idas y venidas por las guerras y situaciones económicas, pero sus dueños habían mostrado siempre devoción. En los últimos años, además del vino, tanto de sus cosechas como ocasionales botellas de otras casas que eran consideradas como excepcionales, hacían "ofrendas" que básicamente constituían todo lo que se servía cada día en la mesa, tanto la suya como la de los santos dorados que estuvieran en sus templos y, de vez en cuando, como recompensa a los de plata que destacaban en algunas tareas.
Leyó la carta, no estaba segura de que en todo ese tiempo no hubiesen cambiado el menú. No obstante, tampoco tenía mucho tiempo para perder, no podía quedarse todo el día decidiendo qué almorzar, así que como no encontró el platillo que pedía normalmente, optó por la segunda mejor opción.
Shaka se giró hacia Camus apenas abrió el menú, este al principio no entendió el motivo por el que lo había hecho, pero cayendo en cuenta de que solo estaba escrito en francés con un subtítulo en japonés, se apresuró a susurrarle un resumen. Milo no tuvo problema, él podía entender bien el francés, aunque lo que hizo fue elegir por las fotos.
Cuando les tomaron la orden, Shaka detuvo al camarero antes de que se marchara, pidiéndole que no pusieran el queso de cabra a la ensalada de espinacas.
—Dijiste que era innecesario el vegetarianismo para respetar la disciplina— dijo Milo aceptando la bebida que le ofrecían en reemplazo del vino.
—No me gusta el queso de cabra— respondió tranquilamente —. En general no me gusta el queso.
Milo hizo un gesto que parecía decir "de lo que uno se entera" y luego se giró hacia Saori, a la cabeza de la pequeña mesa que continuaba mirando el lugar, como si estuviese buscando algo.
—¿Sucede algo, Athena? — preguntó.
Ella reaccionó como saliendo de una ensoñación, luego bajó la mirada.
—Mi abuelo me traía aquí cuando era pequeña. Solo lo estaba recordando.
Quedaron en silencio, pero lejos de ser incómodo, hubo un sentimiento cálido en el ambiente que pudieron apreciar bien.
—Cuando el nombre de Mitsumasa Kido se pronunció en el Santuario debido al torneo Galáctico— dijo Milo—, algunos ya habíamos oído de él. Un enérgico arqueólogo que luchaba contra el contrabando de antigüedades y estaba especialmente interesado en la leyenda del Santuario.
—¿Él estuvo haciendo preguntas sobre eso en Grecia?
—Fue —se detuvo un momento mirando a Camus, como si temiese haber traído un tema del que no debiese hablar, pero el santo de Acuario asintió—. Fue cuando Saga tomó el control del Santuario, se nos ordenó buscar la armadura de Sagitario porque Shura no se la había quitado a Aioros. Así que por nueve días recorrimos toda la península, las islas, algunos llegaron a Albania, incluso Italia, pero nadie recordaba haber visto la caja de Pandora de Sagitario, aunque sí recordaban a un turista japonés haciendo preguntas sobre el Santuario. Fue mi maestro quien encontró a un artesano que aseguraba haberse hecho una fortuna estafando a un rico oriental que estaba en uno de esos tours programados, por las islas Cícladas. Según lo que explicó, quería ver una armadura y, de ser posible, comprarla. La mayoría se rio de él, ya fuera porque consideraban el Santuario una leyenda o porque comprendían la imposibilidad de su petición. No obstante, el rumor corrió con rapidez, así que este artesano le dijo que podría conseguirle la de Escorpio, imagino que porque la había visto muchas veces ya que siempre ha estado en Milos y podía hacer una réplica, pero el hombre insistió en que preferiría la de Sagitario, y que le pagaría más si conseguía esa, así que siguiendo las mismas pautas que la de Escorpio, hizo una de Sagitario con bronce y latón, usó todos sus ahorros para comprar unas onzas de oro y lo aleó con plata y cobre para igualar el color tanto como pudo. Dijo que consiguió montarla en ocho días, pero solo resolvió la forma del centauro con el arco, que no fue capaz de ensamblar todas las piezas para que fuera funcional. De cualquier forma, no creía que el turista japonés se la fuese a poner, creía que solo la quería para decorar su sala de estar. Recibió cerca de 2 millones de dracmas, lo encontramos por suerte, porque tenía boletos para él y su esposa con destino a Francia al día siguiente. Y eso fue todo lo que descubrimos.
—Por eso, cuando la anuncié como el premio del Torneo Galáctico, creían que era falsa— dijo Saori. Aquella parte de la historia no la conocía, pero tenía bastante sentido.
—Creímos que era la que el artesano de Milos había hecho.
El anciano Yousuke no pudo evitar sonreír, aunque no había hecho ruido, el gesto no pasó desapercibido para Camus.
—Es que ese era el plan —dijo al saberse descubierto e incitado a hablar por la severa mirada que le dirigió el caballero—. El señor Mitsumasa temía que alguien lo viese con la caja de Pandora e informara al Santuario, así que planeó la compra de una armadura que fuese evidentemente falsa para que no le prestaran atención. Solo una extravagancia de un turista adinerado fácilmente estafado.
—Saga tardó trece años en darse cuenta de eso —dijo Camus—. Supongo que descubrió la identidad de Athena por contexto.
Pronto el camarero apareció con las entradas y guardaron silencio mientras les eran presentados los platos.
Fue un almuerzo ligero, más ameno que el desayuno y, sobre todo, había ayudado a apartar el velo de solemnidad que los dividía. Eso, para Saori, había significado la mayor victoria del día, aunque era un hecho que jamás la llamarían de otra forma más que "Athena" y siempre existiría la reverencia a su persona, acababa de tener la conversación casual más larga que jamás había tenido con ningún caballero que no fuera de los enviados por la fundación Graad.
—Ya es tiempo, señorita— indicó el mayordomo un rato después de que terminaron el sorbete de mandarina.
—Las personas con las que nos vamos a encontrar —les dijo una vez que estuvieron de vuelta en el auto —, son… el señor Hideo Fujita es uno de los miembros más antiguos de la compañía, y siempre fue leal a mi abuelo debido a que crecieron juntos, aunque es un hombre cruel al que no le importan las vidas humanas si estas se interponen en las ganancias. Cuando aún estábamos en conflicto por el casco de Sagitario secuestraron uno de los barcos petroleros, su solución era enviar un equipo táctico para eliminar todo, tripulación y secuestradores, cuando le prohibí hacer tal cosa, fue cuando me dejó a cargo de la negociación.
Suspiró con desanimo.
—Su hijo sigue sus pasos, pero él en especial es… no conoce el significado de la palabra respeto, y eso lo vuelve problemático. Por favor, solo déjenlo pasar. Yousuke y yo nos haremos cargo.
—¿Por qué no se deshace de ellos? —preguntó Camus.
—No puedo. Antes de morir, mi abuelo dividió la Fundación en acciones, dejó de ser un único dueño.
—El señor Mitsumasa —agregó el mayordomo —esperaba aligerar su carga como heredera, confiaba en que los hombres que eligió se dedicaran a los negocios para mantener y acrecentar la fortuna, y la proporción en la que hizo la división, la mantendría protegida en caso de que uno de ellos ambicionara más poder.
—Pero —interrumpió Camus—, si esa protección que impuso no les permite tocarla ¿por qué es que ahora debe responder ante ellos?
—Por las reformas legislativas —explicó el mayordomo —. Hay nuevas leyes que protegen a los accionistas menores de una empresa si hay evidencia de que el accionista mayor está actuando en contra de los intereses colectivos. Actuar ahora es la mejor decisión que pudo tomar la señorita Saori.
—Antes de la insurrección total.
Yousuke asintió.
—No se habían tomado muchas molestias con la señorita porque, como lo explicó el señor Eisuke Amamoto, no había hecho nada al dinero, pero ahora que ha dado indicios de que lo va a ocupar, y en gran medida, se han asustado. Son hombres codiciosos, sufrirán por cada centavo y quieren detenerla antes de que gaste más.
—¿Qué es lo peor que podría pasar? —preguntó Shaka.
El anciano dudó.
—¿Cree que su codicia les haría considerar matarla? —insistió el santo de Virgo haciendo que sus compañeros lo miraran casi con espanto al sugerir tal cosa.
—Pues… sería una medida muy desesperada e inconveniente. La muerte de la señorita Saori no implicaría una inmediata repartición de sus acciones entre los demás, implicaría un muy largo proceso legal que excluya en su totalidad la existencia de posibles herederos y varias reuniones para la decisión final sobre el paquete accionario. No obtendrían absolutamente nada sino hasta dentro de muchos años, y nada les garantiza que sean beneficiados porque debido a la edad de la señorita, el albacea del señor Mitsumasa, es el señor Tokumaru. Si la señorita Saori llegase a faltar, él tendría la oportunidad de recurrir a otras opciones porque en su testamento, dejó indicaciones para hacer donaciones a museos y diferentes instituciones si por algún motivo, la herencia no podía entregarse a su nieta.
—Pero al menos impediría que siguiese gastando dinero ¿no? Es decir, seguirían en las mismas circunstancias que los últimos años cuando no había tenido interacción con la empresa.
El mayordomo volvió a quedarse callado, meditando las palabras del joven rubio.
—Sí —respondió finalmente —. No ganarían nada, pero dejarían de perder.
—No podemos apartar esa posibilidad entonces —dijo Camus —. La hostilidad ha sido evidente desde el principio.
Apenas aparcaron, Saori saltó en su sitio al escuchar un golpe en el auto. Los caballeros también reaccionaron en cuanto la puerta se abrió apareciendo un muchacho más o menos de su edad con traje occidental, corbata roja y semblante arrogante, pero antes de que pudieran hacer nada con el intruso, Saori les dijo que se trataba de Jirō Fujita, el hijo de uno de los hombres a los que iban a ver.
—¡Pero qué buena te has puesto, Saori! ¿Qué tanto te crecieron las tetas? ¿Eh?
Ella enrojeció por completo y se hizo para atrás, como si quisiera que el asiento la ocultara, llevándose inconscientemente los brazos a la altura del pecho para que no mirara y dedujera por sí mismo la respuesta.
Camus se apresuró a sostener el brazo de Milo con la fuerza suficiente para mantenerlo sentado, aunque Shaka sintió el impulso de hacer lo mismo porque no creía que el caballero de Escorpio de verdad fuese a quedarse quieto.
Estaban consternados, pero más que nada horrorizados por lo que acababan de escuchar, los santos de oro, que jamás se habían referido a una mujer con tanta irreverencia, ni siquiera cuando se ordenó la muerte de Saori Kido, a quien lo más despectivo que habían dicho fue "impostora" y "mentirosa".
El mayordomo notó enseguida la tensión, y se limitó a empujar suavemente al muchacho.
—Apártese, señor Fujita, su padre espera a la señorita.
El chico se quitó, no sin antes apartar la mano del anciano con brusquedad.
—Y estos, ¿quiénes son? —preguntó refiriéndose a los tres caballeros.
—Son la escolta de la señorita —respondió Yousuke con un tono de voz más severo que el que había estado usando hasta ese momento.
Jirō Fujita los miró con desdén y se giró hacia Saori pasándole un brazo por los hombros, atrayéndola levemente hacia él, ella se resistió, pero cuando puso más fuerza, debió levantar las manos para que su cara no quedara directamente en su pecho.
Milo sintió que le hervía la sangre, un comportamiento así en el Santuario ameritaba un castigo tan duro que, si no moría al caer la tarde, suplicaría por eso antes de pasar otro día por lo mismo. Si Athena no se hubiese anticipado a pedirles que lo dejaran, seguramente tendría al menos la primera aguja sobre él. Miró a sus compañeros, preguntándose cómo podían estar tan tranquilos con lo que acababa de suceder.
—Cuando acabes con el viejo te llevaré a un buen lugar para comer —le dijo acercando su cara tanto que casi la tocaba con la punta de la nariz. Saori usó toda su fuerza para apartarse.
—No, lo siento —respondió —, debo ver a al señor Kaito Takaki.
—¿Ese marica? Entonces será para cenar.
—No gracias. Voy a cenar con el señor Tsubame Shishio.
Se ordenó la ropa una vez que hubo algo de distancia entre ambos, se sentía estrujada e incómoda, como siempre había sido con ese chico tan fastidioso que fue el primero en decir en voz alta que su cuerpo, de doce años por aquél entonces, ya era digno de tocarse en el pecho.
Siempre supo que se había desarrollado más rápido que las chicas de su edad, y con mayor énfasis que la mayoría, pero ese sujeto no perdía oportunidad para señalar lo obvio sin sentido del recato, y sus senos se habían vuelto un tema obsesivo que salía a relucir en las conversaciones con él, sí o sí.
Aún con el rojo encendido en el rostro, Saori caminó deprisa para entrar en el edificio, una gran torre de cristal que no destacaba en nada particular de entre las demás construcciones.
En la recepción solo había una joven uniformada. Una vez que se hubo presentado como la secretaria de Hideo Fujita, la condujo hasta el ascensor para llevarla a la oficina principal.
Jirō apresuró el paso para alcanzarlas, pero Milo hizo un movimiento rápido con la pierna dándole un empujón detrás de las rodillas, no lo derribó, pero sí perdió el equilibrio y debido a la distancia que los separaba, no comprendió exactamente qué había pasado, así que lo primero que se le ocurrió, fue llamar entre insultos a un empleado para que limpiara el piso.
Camus miró a su compañero arqueando una ceja. El santo de Escorpio se encogió de hombros, aprovechando la confusión para entrar en el ascensor. Saori no necesitó que le explicaran nada, ella misma presionó el botón para cerrar las puertas.
Comentarios y aclaraciones:
*Escultor griego especialmente popular, conocido por haber hecho la estatua de Atenea del Partenón (Atenea Partenos) y la estatua de Zeus en Olimpia.
Hay una cantidad tremenda de teorías de porqué cambió el diseño de la armadura de Sagitario (si bien en realidad todo es tan simple como que se le antojó a Kurumada cambiar el diseño porque sí), hay para escoger, yo me quedo con una jugada de Mitsumasa al Santuario.
¡Gracias por leer!
(de verdad, me alegra mucho que les genere expectativa, ahora mi reto es cumplirla)
