Propuestas
El suspiro de Saori se escuchó con toda claridad debido al silencio.
—Lamento el comportamiento del señor Jirō Fujita —dijo la secretaria con un ligero rubor en el rostro—, su padre lo había enviado a Okinawa para revisar una de las refinerías, pero apenas se enteró que usted vendría, se negó a ir.
—Debo reconocer que tenía la esperanza de que la edad lo hubiese cambiado, aunque sea un poco —respondió Saori, tan abochornada como la joven.
—Lo hizo, señorita —respondió—. Pero lo hizo a peor.
Las dos suspiraron de nuevo al tiempo en que el timbre del ascensor les indicaba que habían llegado a su destino.
—Por aquí, por favor.
Mientras que el resto avanzaba por el enorme vestíbulo, Camus se detuvo un instante, concentró su cosmos en un punto concreto llamando la atención de Athena y sus compañeros, pero apenas comprendieron lo que hacía, siguieron su camino.
La maquinaria quedó completamente congelada y una alarma empezó a sonar.
Camus alcanzó a los otros. Dudaba bastante que ese muchacho tuviese la voluntad de subir por las escaleras y mientras él no quitara el hielo, ninguno de los cuatro ascensores se movería de donde estaban, sin importar lo que hicieran.
Llegaron hasta una gran puerta que la secretaria pudo abrir sin mucho esfuerzo.
—Señor Fujita, la señorita Kido —anunció apartándose para permitirle el paso.
Apenas todos estuvieron dentro, ella cerró por fuera.
—Por todos los cielos, Saori ¡cuánto has crecido! —dijo el hombre sentado en el escritorio —¿Hace cuánto que no te veo? Desde la inauguración del Torneo Galáctico, me parece.
—Así es—respondió.
Ella apenas lo recordaba en la cena de gala con los demás miembros de la compañía, para después jamás volver a aparecer, solo llamadas ocasionales, como con el secuestro del petrolero, y eso porque habían demandado específicamente hablar con ella, pero nada más.
—Disculpa que no me ponga de pie, querida, mis piernas ya no son lo de antes.
—No importa.
—Ven, siéntate. Hay que hablar.
Saori obedeció, ocupando la silla frente a él.
La oficina era amplia, pero se encontraba casi vacía. Salvo por el escritorio de madera y algunas mesas contra los muros, el espacio estaba completamente libre, bien iluminado debido a las ventanas, pero el efecto era menos deslumbrante que en el otro edificio gracias a las persianas
No obstante, al caballero de Acuario le dio la sensación de que la oscuridad se cernía sobre ellos.
Al frente había dos hombres, el que estaba sentado y debía ser Hideo Fujita era obeso, calvo, su cabeza tenía una forma extraña llena de pliegues, los ojos pequeños ensombrecidos por una inteligencia cruel, y enmarcados con unas cejas que, pese a ser finas, acentuaban su gesto severo. Sus labios abultados sostenían un cigarro mientras que sus manos de dedos cortos y gruesos, con dos enormes anillos de oro, uno en cada anular, estaban recargadas en el escritorio.
A su lado estaba de pie otro sujeto, considerablemente más alto, incluso que ellos. A simple vista tenía un buen tono muscular, con un rostro de rasgos cuadrados, frente amplia y las líneas marcadas. Usaba gafas de pasta, pero no aminoraban la impresión agresiva de sus ojos.
—Saori, no estás en problemas, lo sabes ¿no?
—Es difícil de creer por la forma en la que he sido recibida.
—¿Amamoto? —preguntó, aunque no esperaba respuesta —. Lo que quiere es recuperar la fábrica que su padre vendió.
Saori asintió.
—Es una estupidez que crea que vamos a permitir tal cosa. Kido Chemical cotiza en la primera sección de la bolsa de valores de Tokio, no vamos a perderla solo por un capricho. Además, es fuerte por su relación con la Tokyo Oil, si se separa, no podrá mantenerla en donde está. Todos estamos en el mismo barco, Saori, la insurrección de uno nos pone en peligro a todos.
—¿Eso también lo está diciendo por mí?
—¿Eres una insurrecta? —preguntó, apagando el cigarro en el cenicero de granito a su derecha.
—No lo sé. Me hacen sentir que sí.
—No nos habríamos dado cuenta del dinero que gastaste si no hubiese coincidido con el cierre del año fiscal, si lo hubieses hecho después, habrían pasado varios meses antes de percatarnos, después de todo, en realidad es tu dinero, no vigilamos tus cuentas. Fue solo un comentario del director de Contabilidad, dijo que por fin habías aparecido en sus números.
—¿Qué es lo que se espera de mí? En realidad, yo no tengo una función concreta en esta compañía, y prueba de ello es que han podido continuar sus operaciones perfectamente sin mí.
—Eso debes agradecérselo a Mitsumasa, se tomó todas esas molestias para asegurar tu futuro sin que tuvieses que hacer demasiado. Los viejos siempre tuvimos claro que ese era nuestro papel, pero los jóvenes tienen otras ideas, no comprenden. Ya los conocerás, son tus siguientes citas ¿no es así?
—Kaito Takaki y Tsubame Shishio. ¿Hay algo que pueda decirme sobre ellos?
El hombre abrió la caja de madera que estaba cerca del cenicero, pasó los dedos por los cigarros, como si estuviese eligiendo la más madura de las frutas. Tomó uno, cortó la punta y lo encendió.
—Hace un año, poco más, el centro de investigación Graad atravesó un conflicto en su denominación legal debido a su crecimiento y diversificación de áreas, para resolverlo, se convocó a una junta y la conclusión fue que era lo mejor separar el centro en dos compañías, Kido Networks y Kido Systems. Nombramos a Kaito Takaki director de la primera debido a que ya trabajaba en el centro de investigación, es un excelente ingeniero con la particularidad de poseer, además, una visión empresarial con la que pudo lograr, tan solo en este año, equiparar el valor de la compañía con el de las otras que tenemos más tiempo en el mercado. Tsubame Shishio fue elegido para dirigir Kido Systems, su crecimiento como empresa ha sido muy lento, no puede competir con las industrias norteamericanas o rusas, pero funciona bien, y no representa pérdidas, pero lo cierto es que, si en dos años no cambia la situación, es muy probable que la liquidemos, quizás eso es lo que le tiene tan tenso.
—Ya veo…
—Aunque si te refieres a sus personalidades, no sabría qué decirte, son jóvenes, entusiastas, y Shishio estudió en el extranjero, así que tiene ideas un tanto peculiares, habló de una auditoría externa ¿puedes creerlo?
—¿Para vigilar los procesos de la compañía? —preguntó — ¿Hay algo que no esté en orden?
El hombre soltó el humo del cigarro.
—No sé qué te dijeron como para que hayas tomado la decisión de venir, pero no deberías preocuparte. Ve, preséntate con ellos y luego regresa a Europa. Eres joven, bonita y rica, no necesitas meterte en problemas, además, te queda dinero suficiente para que sigas gastando, y tus acciones te proveerán de más.
Saori lo miró con un gesto interrogante. Nunca le había dado la impresión de que se tratara de un hombre preocupado por su bien o de respetar la memoria de su abuelo, sin embargo, estaba dándole ánimos de una forma extraña, optimista y casi absurda.
Hideo Fujita le sostuvo la mirada con tal intensidad que Camus dudó sobre obedecer la petición de dejarlos. De verdad había algo muy mal con esas personas, aunque su cosmos no se extendiera como el de los enemigos que estaba acostumbrado a enfrentar.
—Regresa a Europa, Saori. Deja todo en nuestras manos, como planeó tu abuelo.
Llamaron a la puerta, lo que pareció incomodar al señor Fujita haciendo una señal al hombre a su lado para que fuese. Este así lo hizo, pero no abrió la puerta por completo, solo una pequeña apertura por la que asomó la cabeza.
Escucharon la voz de la secretaria, pero por el volumen tan bajo no se le entendió del todo, y enseguida el hombre fue hacia el escritorio, repitiendo el mensaje en un murmullo.
Hideo Fujita golpeó la mesa con furia.
—¡Tiene que ser una broma! —exclamó —¡Dile a Shishio que envíe un equipo!
—¿Qué sucede? —preguntó Saori.
—¡Esos malditos piratas! ¡Nos convertimos en su blanco favorito desde hace un tiempo!
—¿Va a hundir el barco? —preguntó Saori.
El hombre rio, pero no había felicidad o una nota amistosa, solo algo como un eco escalofriante.
—Eso no es viable, si lo hiciera, perdería un barco al mes. Shishio tiene un buen equipo que se hace cargo sin mayores percances, pero no por eso deja de ser molesto, perdemos mercancía, equipo y tiempo precioso.
Se puso de pie con sumo esfuerzo, al hacerlo fue evidente que era sumamente pequeño, y su andar torpe demostró que, en efecto, sus piernas le fallaban.
—Debo irme —dijo antes de abrir la puerta —. Cuando te cases, avísame.
Los dos hombres se marcharon sin más despedida.
Saori se puso de pie y pidió a Camus que desbloqueara el ascensor antes de que hicieran un escándalo. El caballero lo hizo enseguida, no necesitaba acercarse para eso.
La joven, por su parte, se quedó en silencio, de pie frente al escritorio.
—Shaka, ¿también lo sentiste? —preguntó Camus. El santo de Virgo lo miró y asintió.
—Esos hombres son asesinos, su corazón está lleno de maldad— dijo.
—Es difícil aceptar que hay verdad en sus palabras de aliento cuando su alma está tan corrompida— agregó Milo.
—Yousuke —llamó Saori, aún con los ojos cerrados y gesto pensativo, a lo mayordomo se inclinó levemente hacia ella —. Por la forma en la que me han recibido, tanto el señor Amamoto como el señor Fujita, me han dejado en claro que mi presencia es sumamente inconveniente, de hecho, tengo la absoluta certeza de que preferirían que me fuera lo antes posible, ¿qué es lo que estoy interrumpiendo?
—No sé qué responder con exactitud, señorita. Mi deber se limita a vigilar que las utilidades que le corresponden se respeten, no tengo autoridad para participar en las juntas ni emitir voto para la toma de decisiones, aunque una copia de la minuta es enviada a usted, ahí solo están los acuerdos formales, no lo que discuten extra oficialmente.
—¿Tenemos una copia del acta constitutiva del corporativo?
—Sí, está en la caja fuerte del banco. Puse los documentos importantes ahí desde el incendio de la mansión. También tenemos copias de las actas de cada una de las compañías.
Saori miró su reloj de pulsera.
—Tenemos tiempo, vamos por ellas.
—¿Desea también las minutas? Esas están en la mansión.
—Sí, aunque en realidad todo irá para allá, al despacho.
El mayordomo se inclinó y enseguida encabezó la marcha. Él también quería irse de ahí lo antes posible.
De regreso en el ascensor, permanecieron en silencio, aún con el ambiente tenso que producía la presencia de los hombres.
Milo miraba los números iluminándose en azul dentro de sus botones plateados a medida que bajaban, frunciendo más el ceño mientras se acercaban a la recepción.
—Athena —dijo cuando finalmente llegaron—, lo siento.
Y pasó el brazo derecho por su cintura y el izquierdo por sus rodillas para levantarla.
Apenas la puerta se abrió en la planta baja, salió a toda prisa, aprovechando que la puerta estaba abierta, y sin que nadie se diera cuenta, dejó el edificio.
Casi enseguida, Jirō Fujita se lanzó sobre ellos.
—¡Saori!
Al no verla, pareció extrañado.
—La señorita bajó primero, con el señor Milo —dijo el mayordomo pasando a su lado.
—¿Y a dónde fue?
—Tiene una reunión con el señor Kaito Takaki, como recordará que le dijo.
El chico maldijo y dio una patada en la pared para después marcharse sin decir nada más.
—Este sujeto va a ser una verdadera molestia —dijo Camus.
—No lo creo, la antipatía que le generan los chicos es mayor a su necesidad de hostigar a la señorita —aclaró el mayordomo.
El auto estaba afuera y el mayordomo abrió la puerta con tranquilidad.
—Shaka —llamó Saori una vez que estuvieron dentro y camino al banco —¿Cómo sabes cuando alguien es un asesino? Puedo sentir la maldad en los corazones de las personas, pero no sé exactamente qué es lo que provoca esa maldad, o cómo se manifiesta. Hay maldad que se satisface con la humillación, y otra con el dolor y la muerte. ¿Cómo sabes cuando alguien es, específicamente, un asesino?
—Primero que nada, Athena —empezó a decir Shaka —, hay una diferencia sustancial entre causarle la muerte a alguien por ira y causarla por compasión. No le debe de ser desconocido que todos los santos que la servimos, hemos sido responsables de la muerte de alguien, compañero de armas que pierden el camino, o nuestros enemigos en las Guerras Santas, pero, aun así, nuestro cosmos se mantiene intacto, puro.
Hubo un momento de silencio, como si estuviese buscando las palabras más adecuadas.
—El cosmos se influencia enormemente por las emociones, por eso debemos entrenar, meditar, mantenernos en un equilibrio que nos permita mantener el control para poder moldearlo y emplearlo cuando nos sea necesario. Ese hombre no puede manifestar su cosmos como un caballero, pero sí lo posee, como cualquier criatura del universo, y ese cosmos está corrompido de tal manera que quizás —se interrumpió ahí, no le gustaba emitir juicios personales y estaba por decir que no había remedio para él—… A diferencia de la maldad manifestada en arrogancia o crueldad, el asesinato por ira o beneplácito no puede purificarse fácilmente, una vez que se toma una vida, incluso si esa vida es devuelta por gracia de un Dios, para el asesino no hay vuelta atrás.
—Creo que vi eso en su cosmos, esa marca que no se puede remover.
—En realidad debió sentirlo, más que verlo —agregó el caballero—, solo que no sabía cómo interpretarlo, no es común de ver en el Santuario a alguien así.
Había pensado en los gemelos de la tercera casa, el guardián del templo de Cáncer o el de Piscis, pero decidió que era innecesario hacer reproches, sobre todo después de lo mucho que se habían esforzado por volver a ganar la confianza perdida.
Saori bajó la mirada.
Aún antes de que supiera la verdad sobre su identidad como diosa, ese hombre siempre le había causado la misma sensación. Se preguntó si ya desde entonces Athena empezaba a manifestarse, aunque verlo después de tanto tiempo, ya cuando sus sentidos se habían vuelto tan agudos y podía determinar con mayor claridad hacia dónde se inclinaban los corazones de las personas, había resultado ser perturbador.
Sintió tristeza, su abuelo había confiado demasiado en Hideo Fujita. Y también por Jirō, pues, aunque le resultaba molesto, era una pena saber que iba por el mismo camino.
Cerró los ojos. Eisuke Amamoto no tenía esa marca, pero su cosmos era tan pálido que parecía que no poseía nada.
¿Todos los hombres de la compañía serían así?
Quedaban dos por conocer, y esperaba que no le insistieran en lo mismo de regresar a Grecia y dejarlos hacer lo que quisieran. No haría eso, al menos no hasta que se asegurara de que podría reconstruir el Santuario y los pueblos aledaños, aunque después no le quedara nada.
Comentarios y aclaraciones:
Gracias a Normanda Lethar y Kari, que no puedo responder personalmente.
¡Gracias por leer!
