Reuniones
—Por favor, extienda los brazos.
Milo obedeció, levantando la cara con resignación, concentrándose en el techo, tratando de decidir si era de un color amarillo muy pálido, o un blanco envejecido, como el que predominaba en su templo hasta que descubrió que no había una contraindicación o ley que le impidiera pintarlo, al menos la habitación que ocupaba como estancia privada.
Nunca tuvo el valor para tocar el resto de la casa de Escorpio por mucho que sintiese la necesidad de regresarle la gloria que debió tener un día. Los muros que cubrían la cella tenían rastros de las batallas que ahí se habían librado, y varias columnas incluso recordaban la forma en la que alguien se había impactado contra ellas haciendo grietas hasta el techo. Lo más curioso, eran los doscientos noventa y ocho perfectos círculos que llegaban a atravesar la piedra. Doscientas noventa y ocho perforaciones sin grietas a su alrededor y que luego de hacer una prueba, descubrió que se trataba de la marca que dejaba la aguja escarlata.
Se preguntaba cuántos santos de Escorpio habrían defendido el templo, cuántos habrían muerto en las guerras santas, cuántos habían vivido lo suficiente para investir a su sucesor.
Él no había conocido a su predecesor, pero su maestro sí. Había sido discípulo suyo, aunque nunca consiguió volverse lo suficientemente fuerte como para considerarse digno de estar entre las doce casas doradas. A veces le hablaba de él, de su carácter taciturno que no causaba tensiones, de la forma en la que dedicaba tiempo a ordenar su biblioteca luego de un día largo, pues mientras no estaba en su templo, el caballero de Escorpio era maestro en Milos; enseñaba a los niños aritmética, álgebra y la importancia de la fortaleza de carácter, hablaba del amor de Athena y se le recordaba por haber sido él quien llevó a Aioros al Santuario para que empezara su entrenamiento, motivo por el que los trece años transcurridos entre la muerte del santo de Sagitario y el regreso de la Diosa, su nombre fue bastante maldecido.
—Listo señor, es todo —dijo el sastre, un hombre maduro de expresión serena y un cojín con alfileres en la muñeca.
Milo se bajó del taburete para cambiarse mientras Shaka ocupaba el lugar en el que había estado ese rato.
—Voy a mover su cabello, señor.
Milo miró por encima del biombo la forma delicada en la que el hombre tomaba la larga cabellera rubia de Shaka para dejarla sobre su hombro. Sonrió de medio lado, a él solo le habían tenido que hacer unos mínimos ajustes, al igual que Camus, pero a Shaka todo le había quedado demasiado grande, desde la camisa hasta los pantalones, parecía un niño con ropa de adulto. Claramente, Tatsumi había sido engañado por las hombreras de la armadura de Virgo que hacían ver a Shaka más grande de lo que realmente era. Y aunque el caballero mantenía la expresión de su rostro tan neutral como siempre, se podía ver claramente en sus ojos azules que no quería estar ahí y que no quería ponerse esa ropa.
Obtuvo lo que había querido la mañana anterior y estaba disfrutando bastante no ser el más incómodo con la situación que se presentaba.
Llamaron a la puerta y el anciano mayordomo Yousuke entró inclinándose levemente.
—El desayuno estará listo en media hora, una vez terminado, la señorita Kido tiene cuatro reuniones: el hospital, el orfanato, el Museo de Historia y Arte Occidental, y el Museo de Ciencias Kido.
—¿Y alguna de ellas requiere…?
Milo levantó el saco por encima del biombo. El anciano negó con la cabeza para alivio del caballero.
—¿Sabe si la visita al orfanato está relacionada con el asunto de los aprendices? —preguntó Camus.
—Es probable, el señor Tatsumi insistió en que conocieran a los niños, dice que el señor Shion le encomendó que agotara todas las opciones.
Milo intercambió mirada con Camus.
—Gracias, bajaremos en cuanto terminen con Shaka.
El mayordomo se retiró.
—¿Deberíamos apegarnos al deseo de Athena? —preguntó Milo en griego, esperando que ni el sastre ni sus asistentes lo entendieran.
—No es que dependa completamente de nosotros— respondió Camus también en la lengua común del Santuario —, puede que ninguno de esos niños tenga la predisposición necesaria para convertirse en caballero, y por mucho que se esfuercen, quizás no sean más que soldados o sirvientes.
—Pero, en el entendido de que uno de ellos tenga talento…
—Si lo tiene —interrumpió Shaka —, tendrá el privilegio de ver a Athena, y difícilmente se resistirá a su influencia divina.
Los otros dos asintieron. Conocer a Athena era algo que no sucedía para todos. Muchos caballeros podían pasar la vida entera sin jamás siquiera verla a la distancia, especialmente los que quedaban entre cada una de las reencarnaciones de la Diosa, debían conformarse con las historias que se contaban de ella, manteniendo fe en la incertidumbre y la esperanza de coincidir en otra vida.
Ellos la recordaban cuanto era un bebé, la noche en que el Patriarca había anunciado que nombraría a un sucesor para servir de líder en la Guerra Santa. Los tres eran muy jóvenes, y recién habían obtenido su armadura, pero definitivamente recordaban el calor titilante de su cosmos. Tan solo con mirarla, algo había pasado, como si su espíritu se inflamara.
"¡Yo seré el caballero más leal!"
Shura fue el único que expresó con palabras lo que todos sintieron, el motivo por el que habían dejado el Santuario para volverse más fuertes, ganar experiencia… y no darse cuenta de que el Patriarca había sido reemplazado.
—Sí —dijo Camus saliendo de sus pensamientos —, si uno de ellos está destinado a convertirse en un santo de Athena, él mismo se entregará. Tal como ella desea.
Permanecieron en silencio hasta que el sastre le dio permiso a Shaka para cambiarse. Una vez listo, los tres fueron al comedor. Ya estaban en las escaleras cuando escucharon una pequeña discusión.
—Insisto en que es una pérdida de tiempo —decía Tatsumi —, solo hay que enviar a todos los chicos que tengan la edad.
—No es algo que te corresponda decidir —respondió el viejo mayordomo —, algo que tienes que recordar, es que la señorita Saori no tiene el pragmatismo del señor Mitsumasa.
—Con todo lo que ha tenido que padecer, tendría que haberlo aprendido, después de todo, el Patriarca Shion ha dicho que se necesitan más aprendices, y si se requiere que hagamos de nuevo…
—Cállate.
Había sido el viejo mayordomo quien se había dado cuenta de la presencia de los tres caballeros y en una sola palabra, con la que había hecho callar a Tatsumi, quien normalmente no mostraba demasiada reverencia por nadie salvo Athena, se dieron cuenta de que ese anciano tenía un carácter fuerte y no se trataba de un simple sirviente, ni de una persona ordinaria.
Yousuke se inclinó para saludar de nuevo indicándoles que les esperaban y que el comedor estaba ya ocupado por los demás, algo que al principio no comprendieron.
Antes de llegar, una carcajada rompió la quietud de la casa. Los tres entraron con la sorpresa de encontrarse a nueve caballeros de bronce.
—¿Hyōga? —preguntó Camus.
—¡Maestro!
El rubio se puso de pie al igual que los otros, solo que su actitud junto con la de Seiya, Shun y Shiryū era más informal que la del resto, que habían reaccionado como se podría esperar de un caballero de bajo rango ante alguno de los santos dorados.
Notaron enseguida que los chicos no habían dejado sus sitios en la mesa, así que les quedaba la opción de moverlos u ocupar el otro lado. No hubo necesidad de hacer consenso entre ellos, no estaban en el Santuario y no iban a montar una escena, así que se quedaron en la cabecera opuesta.
—¿Qué están haciendo aquí? —preguntó Milo.
Seiya tragó el bocado que tenía en la boca y se apresuró a responder.
—Shion está llamando a todos de vuelta al Santuario.
"Patriarca", corrigió mentalmente el santo dorado.
—Vuelvo a preguntar ¿qué hacen aquí?
—Saori nos dio dos opciones, o volvíamos al Santuario o nos quedábamos aquí.
—No tengo intenciones de que alguien haga indagaciones sobre en qué gasto el dinero —agregó Saori al darse cuenta de que la explicación de Seiya no era clara—, obtendré el efectivo aquí y lo mandaré al Santuario con alguno de los chicos, de esa manera no podrían rastrearlo. No puedo hacer nada respecto a lo que se invirtió en Rodorio, pero lo puedo dejar como un gasto aislado.
—Entiendo, se evitan los trámites bancarios.
Saori asintió. Aún quedaba pendiente el hecho de que el fisco no iba a hacerse de la vista gorda a medida que el dinero fuera saliendo del banco y solo se esfumara, pero al menos no los llevaría directo a Grecia.
Debido a la cantidad de personas presentes, el servicio de la mesa era más abundante, entre la bollería y cuencos con fruta, algunas enteras y otras en cubos, apenas quedaba espacio para las fuentes de queso y embutidos. Milo miró de soslayo a Camus, súbitamente se había sentido más incómodo que con el sastre ajustándole la ropa, los caballeros de bronce hacían mucho ruido, tenían conversaciones en grupos de dos o tres y se desenvolvían con una naturalidad que resultaba grosera considerando que era Athena quien presidía la mesa.
Había también más sirvientes, prácticamente estaban todas las doncellas que los habían recibido y se movían cambiando platos y sirviendo las bebidas.
—¿Desea café o té, señor? —preguntó una de ellas inclinándose a su lado. Su voz era muy baja, tanto que solo la había podido escuchar porque tenía un buen oído.
—Café, gracias.
La joven se giró, tomó la jarra del café y volvió a dirigirse a él.
—¿Solo está bien?
Asintió sin estar seguro sobre a lo que se refería.
El café caliente bajó de la jarra a su taza como una cascada oscura y aromática sin derramar nada fuera. Casi enseguida, se dio cuenta de que, pese a todo, la chica lo estaba mirando. Era bastante alta, sin duda podría mirarlo a los ojos si estuvieran de pie, el pelo rubio claro y los ojos azules le confirmaron que definitivamente no era japonesa como las otras, salvo otra rubia más bajita y de semblante frío.
—¿De dónde eres? —preguntó. Esperaba que no fuera griega porque entonces podría entender las conversaciones que sostenía con sus compañeros, lo que comprometía el deseo de Athena para evitar dar explicaciones innecesarias.
Aparentemente, además de Tatsumi, solo el viejo mayordomo tenía una idea bien clara de quiénes eran ellos y qué hacían ahí, pero no estaba de más asegurarse. La doncella le sonrió.
—De Lyon, señor, en Francia.
Milo sonrió de vuelta, no era un gesto precisamente amable, pero ya que él había iniciado la conversación, le parecía lo más adecuado. Luego tocó el hombro de Camus para llamar su atención.
—Tienes una compatriota— dijo tranquilamente, nada más para advertirle que el francés había dejado de ser una opción para conversaciones discretas.
—¿De verdad? Yo nací en Lyon, aunque pasé mucho tiempo en París— dijo la mujer en francés, como para comprobar que no mentía.
—Yo soy de Maulévrier, pero he pasado la mayor parte de mi vida en Siberia— respondió Camus.
—El señor Bel es de ahí. ¡Que pequeño es el mundo!
—Sí que lo es —respondió Camus dándole un sorbo a su taza.
Enseguida la doncella continuó con lo suyo dejándolos con la misma sensación sobre las coincidencias.
—Va a ser un problema —dijo Milo en griego.
—Hay que averiguar de dónde son cada uno y qué tanto saben al respecto del Santuario —agregó Shaka, comprendiendo el motivo por el que se había montado esa escena—. No creo que sean totalmente ignorantes, se nota que los caballeros de bronce pasan mucho tiempo aquí y dudo que tengan la discreción necesaria como para no llamar la atención.
—Hablaré más tarde con Hyōga —dijo Camus. Si alguien podía saberlo con total seguridad, sin duda era él.
La conversación pronto se vio interrumpida porque Seiya y Jabu habían empezado una discusión en la que el caballero de Pegaso tenía sujeto a su compañero con una llave al cuello.
El hecho de que nadie hiciera nada para separarlos, y que parecían incitarlos a seguir los preocupó un instante, luego comprendieron que estaban jugando, si bien esa respuesta no era más tranquilizante.
—Parecen cachorros —se quejó Milo recordando a un criador de perros en la isla de Milos con quien tenía buena relación.
—¿El caballero de fénix regresó al Santuario? —preguntó Shaka en voz alta al darse cuenta de que no estaba ahí, pero le resultaba difícil imaginarlo atendiendo dócilmente el llamado del Patriarca.
—Está afuera— le respondió Ban de León menor, quien era el más cercano—, ese cabrón nos rehúye como a la peste. ¡Hey, Nachi! ¿Qué fue lo que dijo?
—¿Quién?
—¡Ikki! Antes de irse.
—¡Ah! —exclamó, luego se aclaró la garganta —¡No se confundan, idiotas! —dijo imitando al caballero de fénix con una extraña similitud, no solo en la voz, sino cambiando la expresión de su rostro, con el ceño fruncido y el aire presuntuoso—. No estoy aquí por gusto, solo no me apetece que el Patriarca mande a alguno de sus perros a molestarme ¡Y si ustedes saben lo que les conviene, no se meterán en mis asuntos!
El resto rio a carcajadas por tan precisa imitación, excepto por Saori, quien solo movió la cabeza de un lado a otro y Shun, que se había ruborizado.
—Mi hermano sabe cuáles son sus responsabilidades —dijo tímidamente, intentando que los santos dorados no se ofendieran, porque normalmente, "los perros" que iban a buscar caballeros rebeldes, eran ellos.
El barullo no cesó, al menos no hasta que una mujer gruesa de talle azotó una cuchara de madera en la cabeza de Jabu y Seiya, un golpe para cada quien.
Los tres caballeros mayores se quedaron quietos, como no creyendo posible que todo eso estuviera sucediendo.
¿Quién y porqué tenía el atrevimiento de golpear a un caballero de Athena?
—¡¿Por qué fue eso?! —chilló Seiya con las manos en la cabeza.
—¡Ustedes no cambian! ¡¿Cuántas veces tengo que venir a poner orden en este comedor porque no son capaces de comportarse adecuadamente frente a la señorita Saori!
De forma inmediata, todos los chicos guardaron silencio, con las manos en el regazo y las bocas cerradas. Aquella cuchara de madera se agitaba a cada palabra de la mujer, señalándolos como la siguiente víctima si hacían un solo ruido.
—No hay necesidad de ser tan ruda, señora Tsukada —dijo suavemente Saori.
—¡Señorita! —exclamó con cierto aire ofendido —¡Se comportan de esta manera porque es muy permisiva con ellos!
—¡Es lo mismo que digo yo! —repuso Tatsumi, que se había quedado callado por orden de Saori, pero la presencia de la mujer lo había envalentonado.
Saori sonrió mirándolo.
—¿Qué más puedo hacer?
Ninguno le pudo responder. Entonces, el viejo mayordomo Yousuke palmeó las manos, como un único aplauso que se escuchó en el silencio que se había formado tras el regaño.
—¿Tengo que recordarles que hay invitados? — preguntó.
La cocinera regresó por donde había venido y el desayuno continuó en relativa tranquilidad.
—Sus pasaportes—exigió Tatsumi una vez que el servicio fue retirado.
Milo vio a todos removerse en su lugar, sacando una cartilla que colocaron sobre la mesa y que el mayordomo inspeccionaba pasando a sus sitios, dando su aprobación silenciosa hasta que llegó a Seiya.
—¡¿Pero qué demonios significa esto?! —chilló tomando el pasaporte y revisándolo frenéticamente —¡¿Es sangre?!
—Sí, me temo que sí, pero es mía —respondió el chico.
—¡¿Por qué es mejor que sea tuya?! ¡¿Acaso te lo llevaste a la última batalla?!
Seiya cruzó los brazos por detrás de su cabeza.
—Se quedó en la bolsa de mi pantalón —explicó con simpleza.
—¡¿Y no te dijeron nada en la aduana? ¡Esto es para llamar a la policía!
—Ah… es que no entré por ahí, me bajé del barco antes de llegar al puerto. Es bastante tedioso hacer fila.
Tatsumi estrujó el pasaporte, poniéndose colorado.
—¡Hice los arreglos de sus papeles para que no se muevan como inmigrantes ilegales y tú…!
—Tatsumi, déjalo —dijo Saori tranquilamente —, solo haz los arreglos para cambiarlo.
El mayordomo respiró profundamente.
—Como ordene —respondió, acabando de revisar los que le faltaban para luego salir de la estancia.
—¿Por qué llevabas el pasaporte? —preguntó Hyōga entre risas.
—No tengo idea, me di cuenta cuando me quité la ropa para lavarme las heridas. Por eso mismo no pasé a la aduana, iban a armar un escándalo como el de Tatsumi.
A todos les pareció divertido el comentario.
—¿Puedo ver? —preguntó Camus a Hyōga, este le dio su pasaporte —¿Danilov? —preguntó.
—Tatsumi dice que era el apellido de mi madre.
—¿No lo recuerdas?
—No llamaba a mi madre por su apellido —respondió con media sonrisa. Camus le devolvió la cartilla y Hyōga la guardó en la bolsa interna de la chaqueta que llevaba.
Una anciana, con el uniforme de las doncellas, entro al comedor.
—Ya están listas todas las habitaciones—dijo quedamente.
—No debió molestarse, estaba por subir a hacerlo—respondió Shun. La anciana solo levantó la mirada, con una sonrisa en su rostro arrugado.
—¡Qué cosas dices, querido! —exclamó —. Estamos aquí para servirles —agregó para luego marcharse.
—Tienen el día libre, deberían descansar —dijo Saori poniéndose de pie, rompiendo la sensación incómoda que las palabras de la mujer habían causado en los chicos. Pese al tiempo que habían vivido en la casa, no se acostumbraban a las atenciones de los sirvientes, especialmente de esa anciana—, mañana saldrá el primer mensajero a Grecia.
—¿Vas a estar todo el día fuera? —preguntó Seiya. Saori solo asintió.
—Ya es hora de irnos—agregó dirigiéndose hacia los caballeros dorados, quienes ya estaban de pie también, esperándola para salir.
Comentarios y aclaraciones:
¿Esperaban a la tropa completa de bronce?
Me habían comentado sobre un Dramatis Personae sobre los OCs que he estado introduciendo.
Lo elemental que deben recordar es:
Yousuke Amamoto-un viejo mayordomo, que no es difícil deducir que sirvió a Mitsumasa Kido antes de Tatsumi, que es demasiado joven como para haber tenido el puesto desde siempre. En ausencia de Saori y Tatsumi, es el encargado de la casa.
Osamu Watanabe- actual director general de la compañía, nombrado por Mitsumasa para dirigir y tomar decisiones ejecutivas. Él es quien escribe a Saori para advertirle que algo extraño sucede y está en riesgo de perder todo.
Shūzō Tokumaru-actual director del orfanato "Niños de las estrellas".
Hermano menor de Tatsumi, se autoimpuso la misión de preparar a los niños a su cuidado para que empiecen su entrenamiento como caballeros, aunque eso no le hace gracia a Saori.
Dr. Akitoki Takiguchi-director del Centro médico internacional de Tokio, antes hospital de la fundación Graad.
De convicciones firmes y una imponente presencia, no conoce a Saori personalmente, por lo que sus impresiones de ella se basan en comentarios de otros.
Eisuke Amamoto- director de la empresa de productos químicos, Kido Chemical Co.
Antipático y frío, solo le interesa recuperar la compañía que su padre vendió a Mitsumasa Kido.
Hideo Fujita- director de la compañía petrolera, Tokyo Oil Co.
Cruel y ambicioso, ha trabajado toda su vida para los Kido y, de hecho, posee parte de las acciones de la compañía.
Jirō Fujita-hijo de Hideo, pervertido y patán en toda la extensión de la palabra, tiene cierta obsesión con Saori, o concretamente sus senos.
Kaito Takaki- director de la compañía de telecomunicaciones, Kido Networks.
También llamado "el hermano perdido de Afrodita" por los caballeros dorados, es joven y entusiasta, hábil en los negocios y ama la tecnología, que tiene un "boom" importante para la época.
Tsubame Shishio-director de la compañía de sistemas de transporte blindado, seguridad y armamento ligero, Kido Systems Co.
Un sujeto de bajo perfil, que mantiene como puede la compañía que le fue asignada, y no está dispuesto a permitir que la disuelvan.
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No me queda nada más que decir, salvo
¡Gracias por leer!
