Memoria

El museo de Historia y Arte Occidental era tan grande que ocupaba una manzana completa. Sus muros resplandecían con el sol de medio día y aunque por fuera no tenía una apariencia similar a los edificios de Grecia, sino a los diseñados posteriormente bajo los mismos principios, poseía el mismo aire solemne.

—Señorita Saori —saludó una mujer en la entrada del lugar —, me alegra mucho verla de nuevo.

—A mí también, doctora Kefalidou.

Saori extendió las manos para estrechar las de la mujer. Era un saludo firme, propio de la doctora. La recordaba bien como la mujer más fuerte que había conocido en su vida; bajita, delgada, de facciones pequeñas y frente amplia, ponía hombreras a sus sacos para aparentar ser más ancha, pero cualquier detalle de su aspecto físico, pasaba desapercibido cuando hablaba: su voz, el uso correcto del idioma del que no era nativa, la elegancia de sus ademanes, la firmeza de sus opiniones.

Se giró hacia los caballeros.

—Ella es la doctora María Kefalidou, ha sido la directora de este museo desde su fundación —luego giró la cabeza hacia ella—. Ellos son, Milo, Camus y Shaka.

La directora se mantuvo serena, apenas reaccionando a la presentación con una inclinación muy leve, completamente diferente a como había recibido a Saori.

—Adelante, por favor.

El vestíbulo, blanco inmaculado y frío, únicamente tenía un retrato de Mitsumasa Kido bajo el cual había una placa en la que ponía su fecha de nacimiento y defunción, y eso era todo lo que Milo pudo descifrar, pues, aunque entendía bien el japonés, leerlo era algo que aún no estaba siquiera cerca de lo básico.

La mujer se dio cuenta de lo que miraba y se detuvo. No les había prestado mayor atención a los hombres, pero ya que los tenía en la mira, se percató de que apenas eran mayores que la propia Saori.

—Cada pieza de este museo fue recuperada por el señor Mitsumasa Kido en excavaciones que financió, compradas a coleccionistas que por algún motivo prefieren tenerlas en bóvedas oscuras donde nadie jamás puede verlas, y contrabandistas ignorantes. Él también era un saqueador, pero tenía la consideración de compartir con otros.

El muchacho sonrió de medio lado para luego reunirse con los demás.

María supo que eran su escolta, pero no creía que tuvieran la experiencia necesaria: Milo parecía de una banda de motoristas, y al menos podía estar segura de que sabría usar los puños. Camus, que tenía la expresión más seria, daba más la impresión de ser profesor adjunto pese a la larga cabellera, y Shaka, definitivamente había salido de un colegio privado con tendencia al new age. Ninguno de ellos le agradaba para ser su novio por muy lindos que fueran. Saori era joven, pero esperaba que tuviera el criterio para elegir a uno que no fuera algo como un bolso.

—¡Estoy tan feliz de que haya aceptado venir para el Hanami! —dijo cambiando de nuevo su semblante a uno más alegre.

Saori esbozó una ligera sonrisa.

—La torre de Astronomía está lista, aún falta por resolver algunos detalles para el pabellón de la música, pero todo quedará listo para la celebración. ¡Por todos los cielos! ¡Creí que no iban a terminar los trabajos! ¡Pero esos malditos ladrones ahora mismo están en donde merecen! ¡Los que no he podido hacer que paguen son esos cabrones del consejo! ¿Puede creer, señorita Saori, que sugirieron una subasta para pagar los daños que hicieron cuando intentaron entrar al salón del oro? ¡Una subasta!

María había explotado súbitamente, poniéndose colorada por la rabia y apretando fuertemente los puños.

—Pero ahora que está aquí, debe de ponerlos en su lugar —agregó señalándola con el dedo.

Saori, se quedó en blanco.

—¿Ladrones? —preguntó en voz muy baja, casi como un susurro. Tenía miedo de preguntar, pero más de no poder fingir que sabía de qué le hablaba.

María contuvo su arrebato de furia mirando con perplejidad a la muchacha frente a ella. Tan solo le tomó un instante comprender qué era lo que había sucedido, y se sintió humillada, totalmente furiosa de nuevo.

—¡Tatsumi Tokumaru! —vociferó.

El mayordomo se encogió levemente.

—Se-señorita Saori —tartamudeo —, hace unas semanas un grupo fuertemente armado…

María no le permitió continuar.

—¡¿Cómo se supone que se involucre en los asuntos de la fundación si no sabe cuáles son los asuntos de la fundación?!

El grito hizo estremecer al hombre que solo puso las manos al frente para evitar que se lanzara sobre él, aunque la mujer se limitó a tener los puños apretados levantados a la altura de su propia cabeza.

—¡Se lo dije tantas veces a Mitsumasa cuando Yousuke se retiró! ¡Le dije que no estabas a la altura del trabajo!

—¡La señorita Saori tenía asuntos más importantes que atender! —se defendió el hombre.

—¿Más importantes?

Tatsumi pensó que le iba a golpear con el puño y se puso tenso para recibirlo, pero ella se limitó a señalarlo acusadoramente.

—¡Mitsumasa le heredó una importante tarea! ¡Proteger parte del legado de la humanidad de las pirañas coleccionistas, y de los imbéciles de Fujita y Amamoto!

Saori suspiró.

—Está bien, no es culpa de Tatsumi —dijo —¿Podemos ver las remodelaciones de la torre de Astronomía?

La mujer respiró profundamente, lo que ayudó a aminorar el color rojo que había adquirido su rostro. Se acomodó la ropa y el pelo, que tenía en un corte asimétrico, más largo el lado derecho que el izquierdo. Luego se dirigió hacia la primera sala del museo.

—¿Cómo va su griego, señorita? La última vez que nos vimos ya era capaz de sostener una conversación educada.

Saori volvió a suspirar.

—He practicado bastante —respondió, precisamente en griego—, he estado en Grecia todo este tiempo, así que todos me hablaban en griego. Al principio era difícil, pero me acostumbré.

—No tiene que mentir conmigo, señorita Saori —respondió con una leve sonrisa

—¿Mentir?

—Usted no está hablando griego demótico, está hablando griego clásico, y eso no es algo que se escuche en las villas de descanso para extranjeros. Pero no importa en dónde ha estado o qué ha hecho, lo verdaderamente importante es que ponga en orden la fundación y la compañía.

—Esas son mis intenciones.

El silencio y las dimensiones de la primera habitación en la que entraron hicieron un eco extraño no carente de la solemnidad que caracterizaba a los lugares sagrados.

—Esta es la sala de exposiciones temporales, tenemos un montaje de arte barroco con unas piezas de Rembrandt como protagonistas, también tenemos algo de Gerrit Dou y Pieter de Hooch. Mitsumasa no solo amaba a los griegos, también a los holandeses. La idea es montar aquí la inauguración de la exposición…

Se detuvo un momento con las manos en la cintura, y todos se dieron cuenta de que la inhalación profunda era para no gritar otra vez. Luego se giró hacia el grupo y empezó por explicar su objetivo de preparar una exposición itinerante del periodo helenístico, que era amplio, pero bastante reconocido en la mente del público no especializado, en honor a la inclusión de la isla de Delos en la lista de patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Tenía la esperanza de poder incluir otras piezas menos conocidas de otros periodos, solo que algunas de las que formaban la colección Kido estaban en préstamo a otros museos, además de que tenía una lista de coleccionistas privados a los que deseaba contactar para que prestaran sus piezas.

Saori asintió, tampoco estaba enterada de esa exposición, aunque según María la carta solo tenía un par de semanas. Ninguna de las peticiones que estaba haciendo para la exposición era poco razonable, y lo único que ella tenía que hacer era firmar las cartas y autorizaciones.

Habiendo quedado claro eso, se preparaban a dejar el salón cuando Milo volvió a distraerse.

—¿Qué es eso? —preguntó señalando una vidriera que se distinguía desde un vano.

—La nueva puerta de la torre de Astronomía —respondió la directora—. Vamos para allá, aunque debemos pasar primero por el salón del oro.

—¿El salón del oro?

No respondió, se limitó a caminar al frente, contoneándose ligeramente.

El salón del oro tenía menor altura, más largo que ancho y con vitrinas de cristal en los muros, en donde se encontraban expuestas varias piezas: collares, tiaras, cinturones, algunos medallones y cuencos de varios tamaños.

Todo de oro.

Las vitrinas tenían la altura necesaria para que incluso los niños de escuela básica, en puntas de pie, pudiesen verlas, lo que dejaba bastante espacio en los muros, por lo que se había optado por colocar ahí una serie de fotografías en blanco y negro que mostraban un trabajo de excavación.

Saori se detuvo frente a una de esas imágenes, la que estaba al centro de la habitación y tenía la altura de un hombre adulto, a diferencia de las otras que apenas alcanzaban el formato de una hoja de papel para carta. Se trataba del retrato de una mujer que llevaba el tocado y collares que se exponían al frente en un exhibidor que emulaba una cabeza humana en sus formas más elementales, protegida por su vitrina que permitía rodear la pieza.

—Ella es Helena —dijo—, la esposa de mi abuelo.

—¿Era griega? — preguntó Camus.

—Sí. La conoció en su primer viaje a Grecia. Hacía una pasantía en una excavación. Ahí encontraron la mayor parte de estas piezas, de acuerdo con el reporte oficial, lo que encontraron era un salón del tesoro. La fotografía la tomaron exactamente el mismo día, estaban convencidos de que habían encontrado los restos de la ciudad de Troya y como se llamaba Helena, les pareció una buena idea ponérselas.

—¿Fue ella quien cuidó de usted?

Saori negó con la cabeza.

—Murió mucho antes de que yo naciera. Pero sé que ella eligió mi nombre. Bueno, era un nombre que siempre le gustó, por eso mi abuelo me lo dio.

—Saori —susurró Milo.

Ella no pudo evitar mirarlo, jamás los había escuchado pronunciar ese nombre, ellos solo se referían a ella como Athena y parecían algo molestos cuando Seiya y los chicos la llamaban así, como si quisieran negar que antes de la diosa, había sido una chica ordinaria.

Cuando le fue mostrada la biblioteca en el Santuario, se había dado a la tarea de aprender lo que se suponía debía saber a su edad, ahí descubrió que todas las reencarnaciones de Athena habían tenido un nombre de pila, el que les daba quien fuera que las recibía en su nacimiento y que conservaban hasta que eran llevadas al Santuario. Algunas llegaban como niñas pequeñas, de la edad de los aprendices de caballero, otras eran encontradas con mayor facilidad y siendo bebés eran puestas en la torre, con una nodriza que solo estaba con ellas los primeros años para después marcharse sin mirar atrás.

Lo cierto era, que ninguna volvía a ser llamada por su nombre, el único registro de la existencia de su nacimiento humano, era el que hacía el patriarca para establecer las circunstancias exactas de su localización y, después, solo Athena.

—Vamos —dijo, alcanzando a María, que esperaba silenciosamente a la salida del salón.

—Esta es la nueva torre de Astronomía —anunció la directora.

Unas enormes puertas de madera con molduras doradas eran la entrada, y sobre ella, la vidriera que había visto Milo.

—¿Es Sagitario? —preguntó Shaka, aunque no dijo en voz alta que era el Sagitario de la caja de Pandora de la armadura del caballero y no el que se usaba comúnmente en las representaciones artísticas de la constelación. Estaba seguro de eso porque nunca le ponían alas, y Sagitario sí las tenía.

—Mitsumasa estaba ligeramente obsesionado con la idea de ponerle alas, aunque le expliqué que lo estaba confundiendo con Pegaso —respondió la mujer con un suspiro —. Insistía en que su nieta estaba bajo la protección de Sagitario. Señorita, ¿alguna vez le conté cómo conocí a Mitsumasa?

Saori negó con la cabeza.

—Fue en un evento de la Sociedad de Anticuarios de Londres. Me abordó con preguntas sobre el mítico Santuario de Athena.

María se inclinó para empujar las puertas, Milo se adelantó para ayudarla, pero Tatsumi lo detuvo tomándolo por el brazo.

—Atrévete a hacer eso —le dijo en voz muy baja —, y con suerte, solo recibirás una retahíla sobre que las mujeres son perfectamente capaces de hacer cualquier cosa, si te empecinas, querrá sacarte los ojos con las uñas.

Pese al colosal tamaño que aparentaba la puerta, María la pudo abrir con facilidad.

—Le expliqué, como hago con cualquier turista, que lo más parecido a un santuario de Athena que existe, son las ruinas de la Acrópolis de Atenas y quizás algún templo separado que sobrevivió a los turcos, y que ningún académico que se precie, considera como válida la simple idea de que pueda existir una segunda Acrópolis en la que se entrenan muchachos para convertirse en guerreros.

Saori sonrió sin decir nada.

—Luego me dijo que, en su último viaje a Atenas, había conocido a uno de esos guerreros. Un muchacho que le contó sobre la diosa y su importancia para proteger a la humanidad, y que él había sido elegido para cumplir una tarea en favor de Athena. Yo le repliqué que eso era imposible, aún en el supuesto de que existiera, ¿quién elegiría a un viejo de casi setenta años para emprender una misión? Los griegos valoraban la juventud y la lozanía, Mitsumasa sería el último candidato considerable para una epopeya. Aun así, se aferró a la idea de saber todo al respecto, así que lo envié con un colega de la universidad, especialista en mitología. No sé con qué ideas le revolvió la cabeza, unas semanas después se apareció en mi oficina y me pidió que me hiciera cargo de este museo y me obligó a aceptar el centauro con alas.

Ingresaron a la torre, entre dorada y blanca, con cristales reflejando la luz que entraba desde la linterna que coronaba la cúpula. Los ojos de Saori recorrieron el lugar, tratando de reconocerlo pese al tiempo que había pasado desde la última vez que estuvo ahí, que le parecía como una vida entera.

El recorrido iba en una rampa curva que empezaba con una vitrina en la que exponía un primitivo telescopio que se anunciaba como una réplica realizada a partir del diseño de Galileo. Así, mientras ascendían, se iban exhibiendo instrumentos de observación y medición, algunos que cayeron en desuso, otros que se fueron perfeccionando. Había viejas cartas astronómicas enmarcadas y retratos de destacados astrónomos, modelos de planetarios y esferas celestes destinadas a representar las teorías geocéntricas y heliocéntricas del sistema solar.

—Tratamos de no cambiar demasiado la estructura original, pero esta torre fue casi demolida durante la incursión de un grupo de ladrones que pretendían llegar al salón del oro, aunque no llegaron ahí porque es una cámara acorazada —explicó, ya consciente de que Saori no se había enterado de eso —. El fresco de la cúpula fue pérdida total, los bocetos se perdieron en el incendio de la mansión hace varios años y, de todos modos, el artista ya había muerto, así que hicimos uno nuevo, aunque dejé el mismo tema que Mitsumasa insistía en llamar "el escape de Sagitario".

Saori levantó la mirada e inevitablemente los tres caballeros también, era tan extraño escuchar esa historia en voz de alguien que no pertenecía al Santuario, y esa torre les causaba una sensación opresora difícil de ignorar. Quizás por la altura, por la luz que resplandecía y se reflejaba en cada pequeño detalle, o la pintura de aquella cúpula muy por encima de sus cabezas.

Era Sagitario, el centauro alado galopando en el cielo. El pecho giraba en una torsión enérgica, con la musculatura bien definida desde el inicio de su cintura humana hasta los brazos que sostenían el arco tenso. Inclusos sus patas equinas, cuyo movimiento era tan natural que parecía que en cualquier momento iba a saltar de su condición bidimensional, era asombrosamente detallado pese a la distancia. En su lomo equino, entre las alas de oro, iba una mujer vestida de blanco, también mirando hacia atrás, hacia un grupo de estrellas que podrían ser una lluvia de meteoros sino fuera por la anormal dirección que llevaban, enlazándose entre ellas, curvando su trayectoria, yendo a la caza de los fugitivos.

No había palabras que pudieran contradecir la acusación que se hacía en esa pintura, Milo agachó la cabeza. Después de tanto tiempo la herida abierta por la batalla de las doce casas seguía haciendo mella, al menos en él. La cantidad de caballeros caídos por culpa de su ceguera, de su necedad para rechazar la verdad, aunque la tuvieran enfrente, sería una vergüenza de la que no se apartaría fácilmente.

—Siempre he creído que no es más que una tragedia de amor —dijo María.

—¿Amor? —preguntó Shaka sin apartar la vista de ese falso cielo estrellado.

—¿Por qué otra cosa alguien retaría al cielo, si no es por amor?

Quedaron en silencio, cada uno en sus pensamientos.

—¡Doctora Kefalidou!

La puerta se abrió súbitamente, la realidad los trajo de vuelta con brusquedad, tanto que incluso Saori jadeo, entre la sorpresa y el haber salido de sus reflexiones. Milo sacudió la cabeza aprovechando lo sucedido, no le gustaba entregarse a esa clase de pensamientos fatalistas, todos habían recibido el perdón de Athena, y el de Aioros también, aunque ninguno de los dos les tenía un resentimiento real en primer lugar.

María gruñó, a ella también le había disgustado la interrupción.

—Lianne —dijo entre dientes —, justo ahora estoy ocupada.

La joven se ruborizó por completo.

—Matsuo dijo que estaría por acá y quería…

El fólder que llevaba en las manos se le resbaló de entre los dedos y cayó al suelo. Del tono rojizo que tenía por el rubor, había pasado enseguida al pálido, lívida, a punto de desmayarse solo dejó escapar un gemido. María la sostuvo por el brazo haciendo gala de esa fuerza anormal que alguien de su tamaño no debería poseer, pudo mantenerla en pie, aunque la joven era más alta y la condujo hacia afuera.

Milo se agachó para recoger una de las hojas que había quedado a sus pies, mirándola, a primera instancia parecía que se trataba de un dibujo de Athena Parthenos, pero él había visto esa estatua tantas veces que enseguida se dio cuenta de que no era así, no estaba la medusa en su pecho y la túnica tenía más vuelos. El resto de los papeles no estaban demasiado lejos, de modo que pudo tomarlos todos, mirando con extrañeza que además de unos escritos en japonés que no entendía y varios diagramas, había otros dibujos a partir de los cuales sacó varias conclusiones.

La primera, era que el artista poseía un talento digno de cualquier elogio, sin las abstracciones mentales que habían caracterizado algunas de las obras de las últimas décadas y que tanto le irritaban porque no era capaz de comprenderlas.

La segunda, la modelo de todos aquellos retratos era Athena. Desde las facciones de su rostro, hasta la forma del cabello. No pudo evitar mirar hacia donde estaba ella sosteniendo una conversación en voz baja con sus compañeros, cotejando inquisitivamente el innegable parecido que guardaba con el dibujo en sus manos. Pero no era eso lo destacable en todo caso, sino que en el significado de los elementos con los que era representada, era Athena, no Saori.

No era su intención inicial hurgar, pero resultaba difícil asumir que esa similitud era una simple coincidencia, sobre todo cuando Athena les había advertido que deseaba permanecer ante sus conocidos únicamente como la nieta de Mitsumasa Kido. Añadiendo, además, las palabras escépticas de María Kefalidou, que dejaban en claro que ni siquiera ella conocía la verdad, por tanto, no se suponía que pudiera hacerse esa conexión entre dos identidades que no tendrían una relación insinuada de forma natural.

Pasó discretamente los papeles, algunos más como bocetos a lápiz con varios estudios elementales de forma y otros con acabado impecable, guardaban el mismo concepto de Athena en armadura. Era el diseño de esta lo que cambiaba entre una y otra, y le llamó poderosamente la atención una en la que habían hecho un diseño con perneras, parecido al de las compañeras del Santuario que usaban armadura.

¿Acaso pensaban que Athena entraría en combate directamente?

Le intrigaba saber por qué aquella muchacha tenía esos dibujos, entonces relacionó su desfallecimiento con la forma en la que reaccionó al darse cuenta de quién estaba ahí.

¿Quién era ella? ¿Cómo había hecho la relación entre Saori Kido y Athena? ¿Qué significaban esos esquemas de armaduras?

Estaba por guardar todo de nuevo en el fólder cuando sus ojos se fijaron en el último de los papeles, que pudo haber pasado desapercibido si no fuera porque literalmente se quedó entre sus dedos.

Sintió un hueco en el estómago, y no supo si se había ruborizado o, por el contrario, estaba pálido. Sintió los dedos fríos y la sensación de que tenía que hacer algo rápido, cualquier cosa, y lo primero que fue capaz de coordinar adecuadamente, fue meterse el papel a la bolsa de la chaqueta, debía desaparecerlo de la faz de la tierra, pero no frente a Athena, no quería explicarle la humillación a la que había sido sometida.

Se acercó despacio y tocó el hombro de Camus enseñándole los demás dibujos.

—¿Qué significa esto? —preguntó el santo de Acuario revisando los papeles con el gesto severo y pasándoselos a Shaka quien luego de mirarlos, los terminó entregando a Athena.

Saori también estaba desconcertada, y ligeramente ruborizada debido a algunos de los estudios de la figura femenina en distintas posiciones que ella no tomaría jamás.

—No lo sé —respondió, aunque en el fondo de su corazón crecía el temor de que ella fuese a ser usada como imagen de la exposición, pero al notar la actitud afectada de los santos, comprendió que tenían otra clase de dudas, con todo y que su sospecha era la respuesta más razonable, a ellos no se les había ocurrido.

La directora del museo venía de regreso, Saori le extendió las hojas, ella las tomó agradeciendo y disculpándose por lo ocurrido.

—Es la coordinadora de colecciones, Lianne Deschamps, normalmente no es así.

—Está bien — respondió Saori —¿Cómo se encuentra?

—Parece que solo fue un mareo, de todos modos, la llevaré a la enfermería, de verdad no es normal. Por favor disculpe, señorita. No tardaré.

—¡Tengo unas dudas! —exclamó de pronto —. Shaka puede llevarla, ¿está bien para usted?

María lo miró de arriba abajo, evaluando si podía confiársela, y finalmente señaló un edificio que se distinguía desde la puerta, al otro lado del enorme jardín.

Saori se giró hacia Shaka.

—Pregúntale —dijo muy suavemente, esperando que con eso quedaran tranquilos.

Shaka inclinó la cabeza y salió de la torre.


Comentarios y aclaraciones:

¿Alguien me creería que esa parte, de la chica (Lianne) entrando en la habitación y desfalleciendo, es parte del texto no publicado de Ellistriel que desató esta locura de fic?

(Gracias a Normanda Lethar, por seguir acá)

¡Gracias por leer!