Reflexiones

—Saori.

La voz firme del hombre se sobrepuso al ruido que hacían un grupo de colegiales en la entrada al que su profesora que, con auxilio de una guía del museo, trataba de ordenar para empezar su recorrido.

Atendiendo al llamado, Saori se giró hacia donde estaba un hombre mayor, vestido de la forma tradicional japonesa; hakama y haori incluido, con el semblante duro acentuado por las pobladas cejas grises.

—¡Tío Gaku! —exclamó, corriendo a su encuentro. Sin dudarlo, le echó los brazos al cuello, debiendo ponerse en puntas de pie para poder besarle la mejilla. Por respuesta, el hombre solo pasó una de sus manos por su espalda.

—Por un momento pensé que ibas a saltar —le dijo ablandando ligeramente el semblante de su rostro —. Si lo hubieras hecho, los dos nos hubiéramos ido abajo. ¡Has crecido tanto!

Saori rio.

—¡Quiero que conozcas a alguien! Ellos son Camus, Shaka y Milo, son mis leales protectores. Él es Gaku Takeda, el mejor amigo de mi abuelo.

Los tres caballeros inclinaron levemente la cabeza, gesto correspondido por el hombre que ofreció su brazo a Saori para ir dentro, lejos del barullo que armaban los niños.

—Vamos, tenemos que hablar, pequeña.

Ella asintió y fue con él sin hacer preguntas. Ya sabía qué tendría también algo que decirle ya que estaba en Japón por algo más formal que un fin de semana tranquilo. Con todo lo que estaba sucediendo, sin duda le insistiría en tomar responsabilidad sobre su herencia.

La primera sala era difícil de ignorar, no solo por su impresionante altura e inquietante estructura de acero, sino porque entre los muchos artefactos, los visitantes hacían expresiones de asombro ante el resultado de accionar tal o cual palanca o botón, con el eco de estas dispersándose.

Saori recordaba haber estado ahí en la inauguración del planetario, el más grande de Japón, una réplica del que fue construido por su abuelo en la mansión y que se destruyó durante la batalla por la armadura de Sagitario. Ella le había pedido a Gaku Takeda que lo volviera a hacer, pero que fuera en el museo para poder compartir con otros la belleza de las estrellas.

Habían tenido que sacrificar una plaza que exhibía un memorial a las víctimas de la Segunda Guerra Mundial bajo la forma de un tanque ligero usado por el ejército japonés. La figura en sí resultaba demasiado incómoda, y a juzgar por los comentarios de los visitantes, quitarlo había sido lo mejor. El planetario gozaba de bastante popularidad y con frecuencia atendía solicitudes de préstamo a científicos y grupos de estudio, incluso se había hecho espacio para una oficina de la sociedad de Astronomía de Tokio.

Las oficinas estaban en la parte más alta, en una de las curvas de la extraña forma del edificio, que, hasta el momento, Milo solo podía definir como dos elipses que convergían en uno de sus vértices mayores, y para complacencia suya no había ascensores, solo una serie de rampas desde las que podía verse todo. El caballero se inclinó levemente y codeó a Camus para que mirara un grupo de niños que empezaban a chillar apenas tocaban unas esferas de cristal para luego reír a carcajadas.

—¿Es plasma? —preguntó.

Saori se detuvo, mirándolos de soslayo.

—Baja a ver —dijo —. Si los necesito, los llamaré.

Milo no pudo evitar el sonrojarse, avergonzado por haberse distraído, pero ella insistió.

—Este museo es hermoso en muchas maneras, y estoy segura de que encontrarán varias cosas interesantes. Estaré bien, Tatsumi está conmigo.

Milo sintió el impulso de seguir caminando, pero Athena ya le había pedido dos veces que se quedara, miró a Camus notando que él también estaba dudando. Tras un momento, ambos concluyeron que no podían montar una escena por algo así.

No estaban lejos del grupo de escolares que se resguardaba en un apartado oscurecido a falta de otro tipo de iluminación distinto al de las esferas rosa y azul, así que mientras Athena, Tatsumi y Gaku Takeda continuaban el camino, Milo se recargó en la baranda para escuchar la explicación que daba la mujer de uniforme sobre la forma en la que un sujeto llamado Nikola Tesla había desarrollado las bases del artefacto ese.

—Es impresionante ¿no?

Milo y Camus miraron a Shaka. De los tres, tenían la idea de que era el último que diría algo casual al respecto. Normalmente, el santo de Virgo se mantenía apartado del resto, hablaba solo lo necesario, siempre tan cordial como podía esperarse de una persona educada, no se enfrascaba en discusiones de ningún tipo y si el tema dejaba de interesarle, simplemente se marchaba a meditar.

—Es una corriente muy débil, no harías nada con ella — repuso Milo. Pero Shaka negó con la cabeza.

—No me refiero a eso —respondió, extendiendo la palma de su mano y reuniendo su cosmos que resplandeció con una intensidad dorada propia de un caballero de su rango, tan pequeña que apenas tenía el tamaño de una uña—. Este cosmos es similar al que produce esa esfera, pero además de nosotros, nadie lo ve ni percibe, solo son conscientes de la corriente generada por el artefacto porque pueden verla.

Milo miró a su alrededor, lo que decía era verdad, pese a que estaba en la punta de sus dedos, absolutamente nadie parecía notarla, con todo y que sí había un grupo de chicas que estaban mirando en su dirección.

—Lo que quiero decir, es que es impresionante la forma en la que han hecho visible lo invisible. Cómo lo han comprendido.

El primer grupo de niños ya se había marchado para ir a la siguiente sección, pero otros habían tomado su lugar, pegando los dedos al cristal para que "los rayos" siguieran su recorrido.

—¿Comprendido? —preguntó Camus con cierto escepticismo mientras uno de los niños intentaba lamer el cristal, aunque su maestra lo detuvo.

—¿Crees que llegará el momento en que la humanidad descifre el cosmos? —preguntó Milo a Shaka.

—Incluso para nosotros, aún hay bastantes misterios —respondió—, pero, ¿quién sabe? Tan solo en el último siglo se han dado pasos más largos que en los milenios transcurridos desde el dominio del fuego, la más elemental de las energías.

Milo empezó a caminar, mirando desde el barandal las diferentes exposiciones y a los visitantes interactuando con ellas, pero la atención de los tres se detuvo en una sala claramente dividida del resto.

El título principal estaba en japonés, pero debajo había una leyenda en inglés que Shaka leyó en voz alta. Ya se había dado cuenta de que el japonés en su forma escrita no se le facilitaba a ninguno de los tres, también sabía que era el único al que el inglés le era más claro.

—La grandeza del universo, reflexiones del cosmos y sus interrogantes.

Sin proponérselo, habían intercambiado miradas, decidiendo entrar.

La sala se conformaba de una sucesión de módulos frente a los que se sentaban personas en grupos de hasta cuatro. Milo echó un vistazo por sobre las cabezas de unos niños. Uno de ellos tenía algo como una manija en las manos y la movía de un lado a otro. Creyó comprender la relación entre ese movimiento y lo que sucedía en la pantalla. Torció la boca, absolutamente todos ahí tenían una idea clara de cómo operar la maquinaria. La presencia de adultos no lo desalentó, por el contrario, acentuó la determinación por saber qué era eso y qué podía ofrecer.

Encontraron un módulo desocupado. Milo y Shaka se pusieron en los dos sitios al frente y Camus quedó detrás. Milo les pasó los audífonos de diadema, ellos le miraron con la expresión neutra en el rostro, el caballero de Escorpio se puso la suya encogiéndose de hombros, los otros dudaron un instante, pero enseguida le imitaron ya que todo mundo estaba haciendo eso.

"El Cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez." *

La voz que llegó a través de las diademas con toda claridad, hablaba japonés. Shaka contuvo un jadeo, se sintió un poco incómodo. No era la primera vez que escuchaba una voz sin ver a su interlocutor, pero esta era la primera en la que no tenía ni idea de quién era o dónde estaba. Igualmente se inclinó al frente para ver a Milo mover una palanca. Se apresuró a señalar un recuadro en la pantalla que decía "La muerte de una estrella" apenas comprendió que el movimiento que su compañero hacía, movía un recuadro rojo alrededor de la lista de temas.

Milo consiguió llegar hasta donde se lo habían pedido y luego de mirar de soslayo al grupo de al lado, presionó un botón verde y redondo.

La pantalla les mostró algo como una sala blanca, más o menos parecido a cómo se veía el auto desde dentro, con el parabrisas limitando el panorama, la voz les anunció que iban a empezar el viaje y Camus, que había permanecido con los brazos cruzados, sintió el impulso de sujetarse de algo porque el asiento se había movido, simulando un levantamiento, como si el módulo fuese a emprender el vuelo a la vez que la pantalla les daba la panorámica de un viaje por el espacio.

Se serenó enseguida mientras la voz explicaba el origen griego del vocablo "cosmos", y su entendimiento como la antítesis del caos. Hubo un ligero temblor, demasiado incómodo para disfrutarlo como el resto de los visitantes, pero su atención se centró al frente, se anunciaba que presenciarían, precisamente, la muerte de una estrella.

Estaban cerca de Andrómeda, por decirlo de alguna manera en la simulación de viaje, en alguna de los cientos de galaxias que la rodeaban, una supernova estaba por destruirse a sí misma. Lo que estaban por ver, continuó diciendo con su voz de orador profesional el guía invisible, eran imágenes captadas por los telescopios más modernos y potentes del mundo. Las imágenes siguientes, de la materia estelar volviendo al espacio, les recordó infinitamente a la explosión de galaxias de Saga.

Incluso esa luz parpadeante perfectamente sincronizada, las ondas de colores, todo en esas fotografías era lo más parecido que habían visto a lo que el santo de Géminis reproducía con su técnica. Al mismo tiempo, comprendieron también, que incluso uno de los más poderosos santos dorados, no era más que una ínfima parte del poder del universo. La explosión de galaxias jamás tendría el mismo efecto devastador de la explosión de una única estrella verdadera.

Si Saga fuera realmente capaz de explotar galaxias, habría destruido el planeta entero desde la primera vez que la ejecutara exitosamente.

—¿De verdad se verá así? —preguntó Camus inclinándose al frente, recargando los brazos en los respaldos de los asientos de sus compañeros. Shaka no había escuchado, pero al sentir su cercanía, miró de soslayo notando el movimiento de sus labios, se quitó la diadema y Camus repitió la pregunta también quitándose la suya.

—Nunca lo había visto —respondió Shaka—, pero lo sentí una vez. No sé como explicarlo, fue durante un periodo de meditación, el más largo que he tenido… fue demasiado intenso.

Había omitido deliberadamente la parte en la que se había desmayado, despertando dos días después con varios monjes preocupados a su alrededor.

—Mū dice que parte del material que ocupa para restaurar las armaduras es polvo de estrellas, ¿crees que sea literal? ¿Qué sea eso lo que ocupa? —insistió Camus —. Es la energía pura de una estrella que vuelve al cosmos.

Milo acabó también por quitarse la diadema al notar que sus compañeros estaban conversando.

—No lo sé —dijo Shaka—. Nunca lo he visto reparar una armadura, él solo se las lleva luego de bañarlas con la sangre y las devuelve listas.

—Yo siempre he creído que es un metal —agregó Milo encogiéndose de hombros —, escuché alguna vez sobre una mina en Jamil, por eso se erigió un templo ahí.

Camus le miró sin decir nada. Sonaba más elevado el concepto de los restos de una estrella que un común metal de la tierra, emparentado con el hierro.

—En realidad —continuó Shaka—, aún si fuera metal, seguiría siendo polvo de estrellas. Nada que ha existido desaparece irremediablemente, cada cosa del universo está hecha del polvo de las estrellas que han muerto antes que nosotros. Incluso esta estrella de las imágenes regresará, su materia estelar encontrará una nueva existencia. No ahora, en millones de años quizás, pero volverá.

—Eh… creo que nos demoramos —dijo Milo señalando con la cabeza un grupo de muchachas detrás de ellos.

Antes de levantarse, Shaka se acomodó el cabello porque al quitarse la diadema se le había revuelto.

En el acto, se escuchó una sucesión de jadeos y chillidos por parte de las chicas que hizo que ellos arquearan una ceja sin comprender el motivo.

Decidieron salir de la sala dando una mirada a las oficinas de arriba, Athena aún no terminaba su reunión.


Comentarios y aclaraciones:

*Carl Sagan, capítulo 1, Cosmos: un viaje personal.

Gracias de nuevo a todos, de verdad me siento muy feliz de ver cómo vamos creciendo.

¡Gracias por leer!