Promesas
—Los chicos están informados de la visita, señorita —dijo Tatsumi—. Mi hermano les ha comentado que se encuentra interesada en evaluar su desempeño deportivo.
Saori asintió. Había pasado los últimos quince minutos tratando de controlar sus emociones, de aparentar estar tranquila, pero desde que Gaku Takeda le informara que había hecho los arreglos testamentarios para nombrarla a ella su heredera, no había podido evitar sentir un ligero hueco en el estómago que se intensificó desde que se volviera inevitable la visita al orfanato.
Tatsumi era inflexible en ese aspecto, y aunque no se trataba de una imposición, había hecho un cerco en torno al tema afirmando que, de todos modos, Shion estaba haciendo su propio programa de reclutamiento del que solo tenía la certeza, implicaba voluntariado entre los chicos de los pueblos leales al Santuario en toda Europa y algunas zonas adicionales.
No se había querido inmiscuir mucho en ese aspecto, al menos estaba convencida de que, en esos casos, los niños sabían perfectamente a qué podían aspirar, pero eso no aminoraba el sentimiento amargo de saber que lo más que pudo arreglar fue que Shion prometiera que, si sus vidas estaban en peligro de muerte tan solo por el entrenamiento, los apartaría, pero eso no implicaba de ninguna manera que la exigencia sería menor, o que intervendría en el momento de la prueba final que muchas veces implicaba un expreso momento de crisis, como el sacrificio de Andrómeda.
Milo lo había dicho, el entrenamiento duro era necesario si querían llegar a ser dignos de alguna armadura. Aunque desde un punto de vista práctico, no se trataba de dignidad, sino de utilidad. Para pelear en una guerra santa y ganar, más aún, sobrevivir, debían de ser tan fuertes como fuese posible.
Finalmente llegaron al orfanato.
Antes de bajar, respiró profundamente.
Shūzō Tokumaru estaba esperándoles en la entrada.
—Ha habido algunos cambios sustanciales en el programa escolar —explicó mientras los conducía al interior—. Hace unos dos años, Tatsumi me recomendó cambiar la clase de deportes para que los chicos aprendieran alguna técnica de lucha, de modo que, si eran enviados a entrenar, no empezaran a partir de nada. Ajustándome a los dictámenes oficiales, en caso de alguna inspección gubernamental, debido a su edad, se les podía enseñar judo o karate. Elegimos karate, y tenemos a uno de los mejores instructores de Japón.
Desde el patio interior se podía escuchar el grito uniforme de los niños en práctica. Una vez ahí, el maestro indicó que interrumpieran la serie y saludaran, cosa que los niños hicieron a coro inclinándose más o menos a la misma altura. Saori respondió de igual manera, sintiéndose cohibida al verlos a todos uniformados. Entonces, desvió la mirada notando que, al otro lado del patio, estaban Seika, Miho y Erii.
Nunca estuvo segura de qué tanto recordaba Erii sobre ella y los caballeros. La chica aseguraba que todo era una niebla confusa hasta el momento en que Hyōga la sacó del templo en ruinas, pero tampoco había insistido en explicaciones, ni siquiera porque se trataba de días completos de su vida que no recordaba, y parecía que le venía mejor simplemente ignorar el tema.
Seika tenía el semblante relajado que la caracterizaba siempre, pero había algo en esa aparente calma que parecía fingido. Aunque lo que le hizo volver su atención al grupo de niños, fue la expresión acusadora de Miho.
—Le pedí que también entrenara a las niñas —dijo Tatsumi en griego, atendiendo el acuerdo al que habían llegado para tratar los temas del Santuario—, hace diez años no sabía que las mujeres también eran candidatas, por eso no las enviamos.
—¿Qué pasa con ese chico? —preguntó Camus en japonés al notar a un niño sentado junto a las chicas mayores que estaban de pie al otro lado del patio, que era donde momentos antes, Athena había puesto atención.
—Tiene una deficiencia cardiaca, el médico le prohibió algo más que el ejercicio regular, no más de 30 minutos al día —explicó el director del orfanato.
—¿Cuánto tiempo llevan entrenando? —preguntó después el caballero, pasando de nuevo su atención al grupo.
Shūzō Tokumaru se giró hasta el maestro que encabezaba la práctica, repitiéndole la pregunta. El hombre explicó que todos tenían tiempo dispares que iban entre los dos años y los seis meses porque los niños se integraban en diferentes momentos, no era una promoción homogénea.
—Pero ellos tres son los estudiantes más aventajados, pensaba llevarlos la siguiente semana a la escuela que tengo en Taitō para que presenten su examen de promoción —dijo llamando a dos niños y una niña para que se pusieran al frente.
—¿Qué edad tienes? —preguntó Camus al más alto.
—Diez, señor.
Repitió la pregunta al otro.
—Ocho, señor.
Y finalmente a la niña.
—Nueve, señor.
El santo de Acuario suspiró y les hizo una seña con la cabeza para que fueran a una jardinera al lado del patio. La hierba estaba bien recortada y solo se limitaba el espacio por una hilera de arbustos podados en bloques regulares. Los otros niños no se movieron de sus lugares, pero los siguieron con la mirada.
—Camus —llamó quedamente Milo preocupado por lo que pensaba hacer, pero por respuesta, el otro apenas le miró por encima del hombro.
—¿Quién primero? —preguntó Camus dirigiéndose a los tres.
Los niños intercambiaron miradas, entonces el más joven se adelantó y tras una breve reverencia como protocolo, saltó con todas sus fuerzas para darle una patada a la cara que el caballero detuvo con facilidad levantando la mano, usando solo los dedos índice y medio. Era más fácil evadirlo, pero eso lo agotaría más rápido y no era esa la idea.
Antes de caer, el chico aprovechó el punto de contacto para tomar impulso, girarse y tratar con otra patada que no tuvo más suerte que la primera.
Le sorprendió que insistiera en alcanzar la parte alta de su cuerpo. Recordaba que la primera vez, Hyōga se había empeñado en derribarle atacando las piernas, que era lo que alcanzaba dado su tamaño y podía moverse con mayor estabilidad. Pero este niño no solo era capaz de encontrar puntos de apoyo usándolo a él, sino que estaba más determinado a darle al menos un golpe que el ahora caballero de Cisne en su momento.
Ese recuerdo, de Hyōga temblando, no de frío, sino de lo aterrado que estaba, le hizo sonreír.
Levantó el brazo derecho derribando al chico en el aire y con el izquierdo le dio un empujón suave que, sin embargo, le arrojó aparatosamente hacia los arbustos.
Casi enseguida la niña se lanzó conta él. Ella sí se mantuvo en tierra, alternando golpes de puño y alguna patada a un ritmo aceptable. Tenía una buena coordinación, sobre todo, era cuidadosa para mantenerse firme sin comprometer la fluidez de sus movimientos, lo que le daba una potencia adicional.
Él usaba solo la punta de los dedos para detener sus golpes, si usara la palma completa podría lastimarla, sería como hacerla chocar contra un muro de acero, aunque no se tensara tal como haría deteniendo a algún caballero.
La niña duró un poco más, pero en cuanto notó que finalmente bajaba el ritmo porque se había cansado, decidió derribarla, mandándola también a los arbustos.
Finalmente, el mayor de los varones se acercó, hubo un momento que llamó la atención del caballero poderosamente, un instante entre que el chico se acercó a él y tomó postura de ataque, que sintió algo que esperaba, no ocurriera, porque no estaba seguro de qué hacer respecto a los sentimientos de Athena, que claramente prefería no tocar a esos niños.
Hubo una chispa, solo un pequeño destello que pudo haber pasado desapercibido si no fuera porque tanto Milo y Shaka, como Athena misma, lo sintieron también y al girar para verlos lo supo enseguida.
—Ven con todo lo que tengas —le dijo.
Y el chico obedeció.
Era más potente que sus compañeros y más veloz también, pero a escasos segundos de haber iniciado, entendió de qué iba el intercambio de miradas que habían hecho al principio. Los dos primeros no iban necesariamente por él, sino a descubrir el ritmo y modo más adecuado para compensar sus desventajas de altura, fuerza y velocidad. No habían sido tres combates, sino uno mismo en tres asaltos. El niño estaba retomando los ataques más eficientes de sus compañeros alternando arriba y abajo.
"¡Este chico piensa como un guerrero!", se dijo, y para honrarlo decidió dejar el modo defensivo.
Dos golpes, suaves como la apertura de las alas del cisne antes de batirlas para volar, y su joven oponente quedó de espaldas en el suelo, jadeando.
—¡Basta! —gritó Miho en cuanto el chico se puso de pie, completamente dispuesto a seguir y a Camus más dispuesto aun a darle gusto —¡Es solo un niño!
Tatsumi se giró hacia ella con el ceño fruncido, iba a decir algo, pero Saori lo detuvo.
—Déjala —le ordenó.
—¡Vamos chicos! —exclamó el director ante el silencio sepulcral que se había formado luego de eso. Incluso los niños habían quedado absortos en aquél desigual combate, aunque no fueron capaces de comprender la verdadera dimensión de lo que acababa de ocurrir —¡Agradezcan a su maestro y váyanse a preparar para la cena!
Tardaron en reaccionar, pero finalmente reverenciaron a su maestro y rompieron la formación, separándose niños de niñas, incluso los tres combatientes que recibieron ayuda de sus compañeros para levantarse y bastantes palabras de ánimo y admiración.
Erii fue detrás con las niñas, aunque Seika debió convencer a Miho de acompañarlas porque parecía aferrada a su sitio, mirando a Camus con verdadero espanto.
—Ryuto tiene una técnica mezclada —dijo el maestro pasándose una mano por el pelo sin darse por enterado de lo que acababa de suceder—, lo he estado entrenando en karate estilo shotokan, pero a él su padre lo crio con kenpō. Hay cosas que nunca va a cambiar.
—Actualmente es difícil asegurar que haya un estilo "puro" en cualquiera de las artes conocidas —le dijo Camus—. Lo importante es que sabe usar la cabeza y no solo los puños.
—¿Lo están considerado para la beca de jóvenes dotados? —preguntó el maestro con una sonrisa. El hombre estaba verdaderamente orgulloso del resultado del encuentro, y no menos sorprendido por la forma suave pero contundente en la que Camus había llevado a cabo sus movimientos.
—Sí. Es lo que le comentaba, maestro —se apresuró a responder el director—, si Ryuto es elegido sería transferido a un colegio en Europa.
—Sería excelente —dijo el hombre mirando a Saori —. Debería considerarlo, señorita. Estaría lejos de aquí y eso es bueno, ¿sabe? Sus padres fueron asesinados por la Yakuza, hemos trabajado con sus sentimientos al respecto, él está bien dentro de lo que cabe, pero no quisiera que esos matones lo buscaran después y le fastidiaran la vida otra vez.
Saori le sostuvo la mirada. No podía ignorar su sonrisa, la forma positiva en la que hablaba, el compromiso que había adquirido con los niños y su auténtica preocupación por lo que sucediera después con ellos. Se preguntó qué diría al respecto si supiera cuál era el propósito real, con los riesgos subsecuentes.
—¿Nos daría un momento, maestro? —preguntó el director.
—Sí, claro.
—Por supuesto, sabe que es un honor que nos acompañe para la cena.
—Me iré a cambiar yo también, mientras tanto. Pero por favor, considere al chico.
El hombre se inclinó ante Saori y sus acompañantes, luego se marchó por el mismo camino que habían seguido los niños.
—Vaya, me siento celoso, maestro.
Los tres caballeros levantaron la vista para ver a Hyōga y Shiryū sentados en la cornisa del edificio lateral.
—¿Celoso? —preguntó Camus.
—Los has tratado con más amabilidad de lo que me trataste a mi la primera vez que nos vimos. Recuerdo que me golpeaste hasta que me desmayé.
—No creas que aguantaste tanto —respondió Camus sonriendo de medio lado.
Los dos muchachos bajaron de un salto.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Tatsumi con tono arisco.
—Al orfanato podemos venir cuando queramos —respondió Hyōga de mala gana—, ¿verdad, señor director?
Este asintió.
—Hermano —dijo Shūzō a Tatsumi, tratando de sonar conciliador—, sus visitas alegran mucho a los niños.
—Es difícil creer que alguien tan antipático como Tatsumi tenga un hermano tan decente como Shūzō.
—¡¿Qué dijiste, Seiya?! —exclamó el mayordomo perdiendo la compostura en cuanto el chico se acercó por el pasillo acompañado de Shun y Jabu.
—¿Entonces? —preguntó Hyōga volviéndose hacia Camus —¿Será entrenado?
El santo dorado, a su vez, se giró hacia Saori, que no había pronunciado palabra en todo ese rato.
Se le notaba con cierto aire ausente, pero difícilmente alguno podía relacionar su estado de ánimo a la actitud de Miho y ese último grito. La joven ya se lo había reclamado alguna vez: ¿por qué tenían que pelear? ¿Por qué tenían que poner su vida en peligro cada vez, en lugar de solo vivir?
Seiya iba a verla, calmaba sus miedos y ella aseguraba entender, pero más tardaba en hacer eso que lo que volvía a convertirse en un manojo de nervios apenas perdía de vista al caballero de Pegaso, imaginándolo en una nueva batalla.
—No puedo negar lo que sentimos —respondió finalmente.
—¡Te lo dije, Jabu! —exclamó Seiya codeándolo ya que tenía las manos ocupadas con una caja de cartón —¡Te dije que ese chico tenía potencial para hacer arder su cosmos!
—¡Que jodido! —se quejó Ichi entrando también al patio llevando otra caja.
—¡Cuida cómo hablas en presencia de la señorita Saori! —gritó Tatsumi, aunque todos lo ignoraron.
—Pasaron meses desde que obtuve mi armadura antes de poder siquiera comprender la idea del cosmos —agregó el caballero de Hydra con desánimo.
—Yo también tuve que esforzarme mucho —secundó Geki.
—En realidad, ustedes están en el margen normal de un caballero de bronce, incluso sobre la media —dijo Milo—, los raros son esos cinco —agregó señalando a Seiya.
—Yo no soy raro —se quejó el caballero de Pegaso.
—Llegan a tiempo chicos —interrumpió Shūzō—. ¿Qué tal si llevan eso al comedor, mientras discutimos el asunto con la señorita?
Los de bronce se fueron sin protestar llevándose su caja.
—Es algo mayor de lo normal —dijo Camus—, pero con la debida guía, creo que tiene potencial para alcanzar una armadura de plata en un par de años.
—¿De plata? —objetó Tatsumi escéptico—. Creo que es excesivo.
Camus negó con la cabeza.
—Además, tiene una técnica impecable, ¿no te parece, Milo?
El santo de Escorpio levantó la vista al cielo.
—Sería candidato para una armadura de contacto, quizás Lagarto. No creo que su cuerpo alcance la talla para dominar las técnicas de la Ballena o Heracles.
—Pero esa es solo una opinión —repuso Camus.
Saori suspiró. No esperaba que encontraran un candidato para un rango medio que, además, tuviera entrenamiento previo suficiente como para compensar su edad.
—¿Lo va a considerar? —preguntó Shūzō a Saori de repente, cuando todos se hubieron quedado callados.
—Ningún aprendiz volverá a ir en contra de su voluntad.
El director del orfanato dio un suspiro quedo.
—¿Y si le dijera que él quiere?
—Creí haber dicho que no se les dijera a los niños nada al respecto del Santuario.
—No lo he hecho.
—Entonces, ¿a qué se refiere?
—¿Le gustaría quedarse a cenar, señorita?
—¡Responde a lo que te están preguntando! —exclamó Tatsumi, pero Shūzō sacudió la cabeza.
—Es algo que tiene que ver por usted misma. Y ya que Seiya y los chicos están aquí, creo que es lo más adecuado.
Saori se giró hacia los caballeros dorados, pero antes de que pudiera preguntar si estaba bien, Camus se apresuró a asentir.
—Me gustaría mucho.
Shūzō hizo el ademán para conducirla al comedor.
Lo que sucedió ahí, un rato más tarde, había tomado por sorpresa a Saori, realmente no esperaba que el impacto que Seiya había causado en los niños durante el Torneo Galáctico, se hubiese extendido incluso a los que no lo conocían personalmente. El caballero de Pegaso se había convertido en un tipo de ideal entre los chicos, que se esforzaban arduamente en el entrenamiento de karate con la esperanza de impresionarlo cuando visitara el orfanato.
Y el día finalmente había llegado.
Para cuando los niños volvieron, bañados y cambiados, y vieron a los nueve caballeros de bronce arreglando el comedor, se desató la euforia. Literalmente les saltaron encima, y los presentaron con los niños nuevos con comentarios del estilo; "es él de quien te hablé".
Estuvieron a punto de empezar un torneo, sacando turnos y dándose retos verbales sobre quién era más fuerte, si no fuera porque Miho los puso en orden usando una poderosa voz de mando que ya había perfeccionado con los años, de modo que hasta los caballeros acabaron ordenadamente formados frente a ella.
—Ayúdenme a servir —agregó con un tono más bajo y amable.
Seika, que había llegado última, tuvo un ligero sobresalto al notar que, en la mesa principal, junto al director, estaba Athena, y al lado de ella, los tres santos dorados.
Era lo último que esperaba que sucediera en ese día, que iba mal desde que el director anunció que la señorita Kido deseaba ver una práctica de su entrenamiento de karate porque iba a elegir a algunos para una beca especial en Europa.
Miho había saltado en su sitio diciendo que eso no era posible, que las becas ya estaban ocupadas. Los niños se habían confundido un poco al respecto, y al director no le quedó más remedio que asegurar que, de las 88 disponibles, quedaban vacantes más de la mitad, de lo contrario, la señorita Kido no estaría de visita con esa intención.
Nadie pudo explicar a los niños porqué Miho había salido llorando.
Tuvo un momento de terror cuando la escuchó interrumpir el combate de Ryuto, la forma en la que la miró el santo de Acuario la había congelado, aunque sabía que, bajo ninguna circunstancia, las lastimaría a ellas o a Ryuto, mientras no fuera su aprendiz, pero la idea de que siquiera le devolviera un solo golpe era más de lo que podía soportar Miho.
Aun así, tomó aire y se apresuró para hacerse cargo de esa mesa antes de que el mal humor de la chica fuera demasiado evidente como para causar algún problema.
Había escuchado que el santo de Escorpio era especialmente fácil de provocar.
Afortunadamente, la cena transcurrió con tranquilidad, y luego de una breve sobremesa en la que los ánimos se volvieron a exaltar cuando Seiya les prometió que se quedarían a ver una película con ellos, Saori y los santos dorados anunciaron su retirada.
—Hyōga —llamó Saori, haciendo que se girara hacia ella, con un par de niños pequeños colgados en los brazos como si fueran las barras del pasamanos del patio de juegos—. ¿Podrías hablar con el chico?
—¿Con Ryuto?
Saori asintió.
—¿Va a ser entrenado?
Era la segunda vez que lo preguntaba, pero nadie le respondía, y aunque ya sospechaba que Saori no quería, al final era la mejor opción, ya había demostrado tener talento incluso para hacer arder su cosmos, lo que le evitaría los malos ratos que pasaban los aspirantes que nunca lograban tal cosa.
—Solo si es lo que quiere —respondió Saori en griego para que los niños no la entendieran—, pero tiene que saber cuál es la realidad de lo que le esperaría como aprendiz, que puede incluso morir en el entrenamiento y que, si se convierte en caballero, será para pelear en las guerras. Ya no habrá Torneo Galáctico ni la fama que eso conlleva.
Hyōga asintió.
—Llegaremos más tarde —dijo él volviendo a hablar en japonés—, si es que no convencen a Seiya de quedarse a dormir.
—¿Se quedarían a dormir? —preguntó uno de los niños balanceándose en su brazo—. Podemos dormir todos juntos si bajamos los colchones.
—No lo sé, ni siquiera han elegido la película
—¡Bloodsport!* —exclamó el niño.
—No creo que Miho los deje ver esa —repuso Hyōga levantándolos y yendo hacia donde estaban los demás, solo dirigiendo una última mirada a Saori.
Comentarios y aclaraciones:
*Alias "Contacto sangriento", de mis favoritas por excelencia.
Nunca me cansaré de decirlo ¡Gracias por leer!
Gracias por los favoritos, las alertas, los comentarios ¡por todo!
