Impresiones
—¿Puedo ir a otro sitio antes? —preguntó Milo antes de subir a la limusina.
—No es necesario que me pidas permiso —dijo Saori quedamente—. Justo ahora no queda más que hacer, estaré en la casa.
—¿Algún asunto en particular? —preguntó Camus.
—Sí —respondió Milo, pero no pronunció otra palabra, dejando en claro que no iba a ahondar en detalles—. No tardo —agregó, así que una vez que los demás estuvieron dentro del auto y este se puso en marcha, fue andando sobre la calle con las manos en los bolsillos del pantalón. Al menos hasta que estuvo seguro que nadie le miraba, entonces empezó a correr directo al museo de Historia y Arte Occidental.
Había puesto atención al camino, así que estaba seguro de poder llegar sin problemas pese a la complicada distribución urbana de Tokio.
Sonrió de medio lado en cuanto vio la torre de Astronomía. Estaba iluminada por una serie de reflectores estratégicamente colocados. Supuso que era una medida para evitar las incursiones de otro grupo de ladrones, pero a él solo le daba la ventaja de ubicar mejor la zona.
Saltó el muro y se escondió en una de las columnas del jardín.
Fue directo a donde las luces interiores estaban encendidas, apostándose junto a la puerta, concentrándose para escuchar el interior. Dos mujeres estaban charlando.
—Debiste tomarle la palabra e irte a casa, María no suele ser generosa.
—¿Y dejarte todo el trabajo a un par de días del Hanami?
—¡Lianne, eres la única con la que se puede contar aquí! Pero ya es tarde, hay que irnos.
Milo se sintió aliviado de no tener que obligar a alguien a darle la información que necesitaba y encontrarse con la mujer directamente. Esperó a que ambas salieran de la oficina, luego fueron juntas hasta una puerta en la parte posterior, despidiéndose de un hombre que debía ser el guardia nocturno. Volvió a salir saltando el muro, para su buena suerte, las dos chicas tomaron caminos separados por lo que no perdió oportunidad, se lanzó sobre Lianne, tomándola con una mano por la cintura y con la otra tapándole la boca, luego volvió a saltar llevándola a lo alto de la torre de Astronomía, sobre la linterna que coronaba la cúpula, en la que apenas alcanzaban los dos.
—Voy a descubrirte la boca, y si gritas, te dejo caer.
Lianne asintió sujetándose con fuerza del brazo que la tenía por la cintura; tan solo de mirar abajo, una pavorosa sensación de vértigo se apoderó de ella.
—Vas a llevarme al sitio en el que puedo encontrar a la persona que hizo los dibujos de Athena.
—¿Qué vas a hacer con ellos? —preguntó con un hilo de voz.
—Ya veremos. ¿A dónde hay que ir?
Como no respondió ni daba indicios de querer hacerlo, él extendió el brazo dejándola en voladas al lado de la torre, con al menos cincuenta metros separándola del suelo. Ella se encogió sujetándose con todas sus fuerzas.
—Puedo dejar el brazo así toda la noche, pero ¿cuánto tiempo puedes sostenerte tú?
—¡Hacia el norte! ¡Hacia el norte! —empezó a gritar —¡En Kasukabe!
La volvió a acercar, pero no le dio la oportunidad de tocar de nuevo la linterna, se la echó al hombro y aunque al principio dudó un poco, logró orientarse sobre dónde estaba el norte.
Lianne no pudo evitar gritar mientras el otro tomaba impulso para saltar a un edificio contiguo, pero su grito pronto se vio ahogado al sentir que le faltaba el aire. Un silbido cruzó sus oídos, supo que la presión estaba aumentando así que reunió fuerzas para golpear la espalda del caballero. Este pareció reaccionar deteniéndose enseguida, bajándola. Debió sostenerla porque no pudo mantenerse de pie, estaba demasiado mareada y acabó por sentarla en el suelo.
La escuchó llamarle "bruto" en francés.
—Shaka dijo que recibiste entrenamiento.
—¡Eso fue hace años! ¿Y hasta dónde pensabas correr? ¿Sabes en dónde queda Kasukabe?
Por respuesta, resopló, la escuchó quejarse de nuevo en francés de lo torpe e impulsivo que era, y luego de que no podía creer que de verdad le estuviera pasando eso.
—Déjame ver en dónde estamos —dijo luego en japonés mirando todo a su alrededor.
Empezó a caminar tratando de orientarse con el otro detrás, empezando a sentirse molesto por el tiempo que estaban perdiendo. Había asegurado que no tardaría, pero en vista de las circunstancias, le tomaría más de lo que tenía previsto.
—Solo he ido una vez, y tomamos el tren, hay una estación cerca, podríamos tomarlo.
—Necesito llegar ahora. No hay tiempo para ningún tren.
—¿Por qué es tan urgente? —preguntó molesta.
Hubo un gruñido y un silencio de varios segundos, pero acabó por meter la mano en la bolsa de su chaqueta y le enseñó el dibujo que había sustraído. Lianne lo recibió debiendo extenderlo por lo arrugado que estaba, volviendo a hacerlo una bola casi enseguida.
—No tenía idea de que hicieran esto —repuso rápidamente—. Cielo santo, ella tiene como quince años.
—Dieciséis, y aunque ya es una mujer, ella no debe ser vista jamás de esa manera.
Lianne levantó una ceja.
—A lo mucho clasifica como adolescente —replicó—, en todo caso, pudiste esperar a mañana, tienen que llegar a trabajar.
—De donde sea que salió esto —insistió recuperando el papel y agitándolo un poco—, es seguro que hay más.
Ante esa razón, la chica no pudo objetar, aunque al mismo tiempo un pensamiento acudió a ella haciéndola estremecer, y era que esa única vez que fue al departamento que compartían los tres, vio todo lo que podía ofender la sensibilidad de un caballero, o de cualquier persona decente. Matsuo, Shiozawa y Takahashi no eran del tipo de adulto joven promedio, y aunque su trabajo resultaba bastante admirable, sus fijaciones personales dejaban mucho que desear.
No era secreta su fascinación con Saori Kido, y no dejaba de ser perturbador que surgió a raíz de su aparición pública en el Torneo Galáctico, para el que recién tenía trece años mientras que ellos ya habían sido admitidos en la universidad. Miró de soslayo al hombre a su lado, no estaba segura de su rango, pero, aunque se tratara de un caballero de bronce, era un hecho que estaba dispuesto a todo con tal de limpiar la honra de Athena.
Suspiró derrotada, en verdad no se le había ocurrido que hiciesen ese tipo de cosas, aunque bien resultaba ser la consecuencia más lógica y con un escalofrío, concibió la idea de que no solo había más material, sino que podía ser peor.
Además de Saori Kido, había una serie de gustos afines que los tres compartían y tenía que ver desde elfas hasta princesas interestelares, todas en poca ropa y la mayoría tenía historias con un considerable número de escenas de sexo explícito en formas inimaginables.
Se sintió enrojecer. Eso era algo que no quería ver.
La única vez que había estado ahí, no se movió del diminuto recibidor, pero desde ahí pudo ver la cantidad de posters sugerentes que recubrían los muros y bastaban para darse cuenta de que había algo muy mal en la cabeza del trío.
—Y si… si hubiera más de esos dibujos —dijo con voz muy baja—, pero…peores…
Ni siquiera la dejó terminar, no porque la hubiera interrumpido, bastaba la expresión de su rostro que no concebía algo peor y acentuaba la necesidad de llegar lo antes posible.
Lianne siguió caminando, necesitaba encontrar un negocio en el que le pudieran decir en dónde estaba, porque no había sido capaz de orientarse en el tramo en el que la llevó cargando. El caballero ya estaba molesto, y prefería que se desquitara con el trío de raros en lugar de ella.
Encontró una farmacia, entró rápidamente y explicó su problema a la joven dependienta, quien tranquilamente le dio las indicaciones que necesitaba. Pálida por la impresión de saber que en un instante habían hecho una tercera parte del recorrido e increíblemente estaba viva, salió para repetir lo que le habían dicho, no obstante, antes de poder sugerir de nuevo usar el tren como la muchacha había dicho también, la volvió a echar sobre su hombro sin ningún tipo de delicadeza y reemprendió la marcha dejando como único rastro de su presencia, un chillido ahogado de la desventurada mujer.
Debieron detenerse varias veces más, sobre todo cuando el caballero perdía los puntos de referencia y claramente ella no estaba segura del todo de la dirección porque no estaban siguiendo el camino convencional a través de calles y contando manzanas, además de que tenía la visión limitada al ir prácticamente como un saco de patatas sobre su hombro.
—¡Basta! ¡Ya estamos cerca! ¡Tenemos que ir caminando para que pueda ubicarme bien! —se quejó tras alejarse de la afable señora que volvía a su casa con sus bolsas de compras.
Respiró profundamente en cuanto llegaron al puente que dividía el barrio, no solo geográficamente, sino simbólicamente. Del otro lado, el valor inmobiliario se depreciaba lo suficiente como para que cualquier persona con sentido común pudiese dudar sobre lo que le aguardaba con una renta tan baja.
Sabiendo que solo faltaban un par de manzanas, apresuró el paso, mientras más pronto acabara, más pronto estaría de vuelta en la seguridad de su propia casa.
Se adentró en las estrechas calles, cada vez menos beneficiadas del alumbrado público. Giró en una esquina y suspiró con alivio al ver finalmente la calle que sí recordaba, aunque no con mucho entusiasmo, así que se decidió a pasar tan rápido como pudiera sin parecer sospechosa, pero ni bien terminaba el bloque se dio cuenta de que ya no sentía la presencia opresora de su acompañante, y girando sobre sus talones se dio vuelta a tiempo para ver a las dos chicas en uniforme escolar que lo habían interceptado, colgándose cada una de un brazo.
Pensó en lo prudente que debía ser intervenir, no dudaba que se las pudiera quitar de encima, el problema era cómo lo haría y por el ceño fruncido que tenía, no estaba muy dispuesto a ser amable. Sin pensárselo dos veces corrió hacia donde estaba y empujando a las dos, lo dejó libre.
—Creí que tenías una misión muy importante —le dijo a modo de reprimenda por dejarse atrapar en primer lugar.
—¿Quién necesita un hotel por menos de dos horas?
—Es una broma ¿no?
Lianne se dio cuenta de lo honesta que era la pregunta, así que no dijo más, aunque le quedaba la duda sobre si tenía idea de lo que le ofrecían las dos chicas.
Exhaló para calmarse. No iba a profundizar en eso. Había información que no necesitaba.
—Estamos cerca, solo una cuadra más.
—¡Regresa cuando quieras! —gritó una de las muchachas —¡Pero sin tu novia!
—¡No es mi novio! —chilló Lianne, pero igualmente lo tomó del brazo, dando la vuelta en la esquina al reconocer la licorería, el edificio estaba justo al final de la calle.
—¡Allá arriba! El último departamento, del lado derecho.
Se preparó para salir volando, pero al notar que seguía en su sitio, sintió un poco de terror por lo que pudiera suceder, así que corrió por las escaleras tan rápido como le daban las piernas.
Estaba totalmente segura de que no tardó ni dos minutos en subir los seis pisos y llegar al final del pasillo. Jamás había corrido tanto en su vida, y aunado el esfuerzo de sus pulmones por la velocidad a la que la había obligado a ir el caballero, sentía que respirar le quemaba.
La puerta estaba abierta, tal como sospechó, él había entrado intempestivamente llevándose la moldura por delante. Las luces estaban encendidas, y el departamento era peor a como lo recordaba, porque habían logrado lo imposible: colocar más posters que los que ya tenían, salvo en uno de los muros que había sido acondicionado con repisas sobre las que se encontraba una vasta colección de figuras.
Había una caja de pizza en la minúscula mesa del comedor, dos latas de soda se habían derramado sobre ella y una tercera aún rodaba en el piso dejando un charco naranja y pegajoso.
En ningún momento le pasó por la cabeza quitarse los zapatos, de hecho, entró en puntas de pie, dando pasos largos para tener el mínimo contacto con ese lugar. Y guiándose por los chillidos, fue a una de las habitaciones del fondo.
—¡Lianne! —exclamó Matsuo al verla aparecer.
Lianne suspiró, los tres estaban vivos.
Matsuo era bajito, rollizo al punto en que su cuello se distinguía solo porque ahí acababa la camiseta estampada con el logo de algún juego o anime del que jamás había escuchado. Sus ojos pequeños y oscuros estaban fijos en ella, suplicándole ayuda.
Pero, ¿qué podía hacer por ellos?
Miró a su alrededor sintiéndose más horrorizada pues, aunque la sala y cocina tenían una mezcolanza de chicas de animación y algunas cantantes de moda, destacándose un póster tamaño natural de la princesa Leia con el incómodo bikini del retorno del Jedi, en esa habitación predominaba un solo tema: Saori Kido.
Respiró profundamente por milésima vez en la última media hora y miró al caballero, que estaba de espaldas frente ella, completamente quieto. Se adelantó un poco para ver a qué de todo estaba poniendo atención.
Pensó que se iba a desmayar.
Sobre la mesa de dibujo, a escaso medio metro, había una secuencia de ilustraciones a medio colorear de Saori Kido usando una camisola excesivamente corta con nada debajo, de modo que con las transparencias se marcaban desde los pezones hasta el pubis, y las posturas que tomaba no hacían nada más que enfatizarlas.
No estaba segura de qué era lo peor, si eso por sí mismo o la secuencia que iba tomando en el acomodo de las hojas.
—Hay, por Dios —dijo —¿Ese es Shun de Andrómeda?
Lianne no quería decirlo en voz alta, pero su cerebro había dejado de coordinar adecuadamente. Aunque eso sirvió para que el caballero con el que iba reaccionara, lo escuchó jadear y le vio levantar la mano derecha haciendo un ademán que no pudo identificar. A medida que una oleada de energía caliente chocó contra su piel haciéndole recordar algo que creía completamente olvidado, tuvo un destello instantáneo de reconocimiento, algo que ni ella misma podía explicar porque no tenía sentido ya que jamás lo había visto antes: vio la constelación formarse, al escorpión destellar y la uña del dedo índice crecer, tornándose de un rojo tan intenso que, sin más, comprendió que era el aguijón.
Su tía le había dicho algo al respecto, alguna vez en que se quejó de que le había hecho daño en el entrenamiento.
"¿Te duele? ¡Que el estúpido escorpión te lance una de sus infernales agujas escarlata! ¡Eso sí es dolor! ¡Ese maldito bicho la usa para torturar antes de matar al infeliz que lo haga enojar! ¡Y para eso no hay que esforzarse!"
—Milo de Escorpio…
El nombre salió de entre sus labios, incapaz de creer que acababa de llevar a un caballero dorado al centro de perversión de Athena.
Sin pensarlo más, saltó sobre él, prendándose de su brazo con más fuerza que cuando amenazó con dejarla caer de la torre de Astronomía, aun así, no pudo moverlo ni un milímetro.
—¡Estoy como 90% segura de que hay una ley del Santuario que prohíbe que hagas eso con un humano civil desarmado e indefenso! —chilló en griego para que los tres pasantes no le entendieran.
Quizás podían leerlo, pero estaba muy segura de que no lo entendían porque se quejaban de eso cada que María les hablaba en lo que, en su exigente opinión, era idioma obligado en el museo.
—Suéltame —ordenó el caballero, Lianne no desistió, no podía permitir que los matara, por mucho asco que ella también sintiera, no estaba dispuesta a ser partícipe de un triple asesinato.
Se sintió desesperada, no iba a poder detenerlo realmente, iba a lanzar su técnica con ella encima. Giró el rostro para ver a Shiozawa, que era más enjuto que sus compañeros, lo que destacaba tremendamente las enormes gafas redondas y sus dientes de ratón, escondido detrás de Takahashi, el que no cuadraba en el grupo por ser deportista y considerablemente mejor parecido que los otros.
—No dejan que nadie entre aquí, ¿verdad? —preguntó.
Shiozawa movió la cabeza de un lado a otro, mudo por el pánico.
—¡Júralo! —chilló.
—¡Nadie más ha entrado aquí! ¡Lo juro!
Como ya se le había hecho costumbre, Lianne empezó a murmurar en francés, la mayor parte eran quejas sobre las posibilidades de que le hubiese tocado acabar en medio de un caballero demente y los tres raros.
—¡Para ya con esto! —agregó en voz alta y de nuevo en griego, girándose hacia Milo —¡¿Cómo le vas a explicar a Athena porqué mataste a estos tres?! ¡¿Le vas a enseñar los dibujos?!
Las preguntas hicieron lo que toda la fuerza de su cuerpo no logró. La oleada de calor súbitamente bajó, entonces suspiró con alivio, había acertado en el punto débil.
—¿Qué tal si desaparecemos esto y ya? Solo para asegurar que nadie más lo verá. Seguro que con este susto aprenden la lección.
Milo bajó el brazo, y a ella con él. Luego dirigió una mirada a los tres muchachos. Debían tener su edad, pero encogidos en la esquina de la habitación lucían más pequeños.
Lianne giró la vista buscando algo que pudieran usar. Donde quiera que mirara, solo había fotografías de Saori, la mayoría del torneo galáctico, debidamente vestida, pero había también del tipo de dibujos por el que habían llegado ahí, en tal cantidad y variedad que podría parecer más el sketchboard para un catálogo de lencería.
Finalmente dio con el bote de basura y lo señaló.
—Tienen dos opciones, lo meten todo en ese bote y lo destruyen, o este tipo lo destroza todo aquí, ustedes incluidos.
Los tres saltaron en su sitio, intercambiaron miradas y Matsuo murmuró una frase que por lo absurda que sonaba en referencia al destino y el valor, solo podía ser una cita de alguno de sus programas. Los tres asintieron y con una impresionante agilidad empezaron a tomar las cosas, haciendo lo que se les había dicho.
Shiozawa pasó la punta de los dedos por las hojas de la mesa de dibujo.
—¡No la toques! —exclamó Milo, haciéndolo saltar y arrancar los papeles fijados con cinta.
Naturalmente, el cesto de basura se vio prontamente rebasado, pero Takahashi fue a la cocina de donde regresó con tres bolsas negras.
—Las otras habitaciones —ordenó Milo.
Los cuatro, incluida Lianne, le miraron con extrañeza.
—Ahora.
De un salto, los muchachos salieron abriendo la siguiente puerta con Milo detrás de ellos.
Lianne, que había recuperado su recelo inicial al toparse en el pasillo con el póster de una rubia no identificada que presionaba sus senos sobre el sostén, dándoles la apariencia de mayor volumen, volvió a ejercer fuerza sobre el brazo de Milo, al que no había soltado desde que lo convenciera de no lanzarles lo que su tía insistía en llamar técnica de tortura.
Ella hubiera preferido que les tirara toda la colección, pero era claro que al caballero no le importaban las otras mujeres, mucho menos las animadas. En todo caso, había que reconocer que las otras habían posado por su voluntad para ese tipo de material que ponían abiertamente a la venta con una muy clara idea de su destino final.
Encendieron las luces. En el lugar, los muros estaban recubiertos de piso a techo por muebles tipo armario y en el centro, una mesa sobre la cual una maqueta de una villa estaba en proceso de construcción. El diseño era intrigante, una mezcla de arquitectura clásica con una fuerte influencia fantástica que, por tecnología en sistemas de construcción, los griegos no podrían haber usado.
Milo no le dio importancia, y les ordenó ir a la siguiente.
Lianne tragó saliva. Ese departamento era enorme en relación al suyo, y supuso que cada uno tenía su espacio y por eso la sala/comedor, se había convertido en el punto en común de sus gustos peculiares, pero en vista de las circunstancias, en las que una pieza era el taller de dibujo y el otro el taller de maquetas, solo podía significar que los tres dormían juntos.
Aferrándose con más fuerza, tanto que ya le dolían los brazos, se preparó para lo peor.
Y la realidad no defraudó a su imaginación.
Un espantoso olor le golpeó la nariz con brutalidad. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no por algún sentimiento en concreto, era literalmente el efecto del fétido olor acre de una habitación que posiblemente no había sido limpiada desde que se mudaron.
Trató de detenerlo en vano, Milo acabó por arrastrarla dentro.
Sollozó al imaginarse que tendría que quemar sus zapatos porque no había manera de saber de qué era la mancha que acababa de pisar, pero de verdad gritó para evitar que el caballero hiciera la pregunta que ella misma estuvo por articular: ¿Qué demonios es eso?
Había una litera de dos camas individuales contra el muro de la izquierda, y una de sofá con cama perpendicular a esta, y era ahí donde, entre algo de ropa imposible de determinar si era limpia o sucia, asomaba una figura antropomorfa claramente definida como femenina, caracterizada en sus rasgos generales de plástico con una fina peluca cuyo color era inconfundible pese a la semejanza pasajera con su modelo.
Milo se acercó aun cuando ella trató de frenarlo colgando todo su peso del brazo.
—¡No la toques! —chilló sintiendo más que nunca la necesidad de irse, ya que, por más que buscó, se dio cuenta de que solo había una muñeca en la habitación de tres hombres —¡Por favor! ¡Solo vámonos de aquí!
Y empezó a llorar de verdad.
—A la bolsa —dijo el caballero con la voz ronca por la ira.
Takahashi estuvo a punto de decir algo, pero Lianne, sin soltar en ningún momento el brazo de Milo se impulsó para darle una patada que apenas lo alcanzó en el pecho haciéndolo jadear sin dañarlo realmente.
—¡Maldita sea! ¡Haz lo que dice para que me pueda largar de aquí!
Como si se estuviera despidiendo de la posesión más valiosa, cosa que Lianne no dudaba debido a la ubicación privilegiada dentro del departamento, Takahashi obedeció.
Milo extendió la mano recibiendo los cordeles de las bolsas negras y con Lianne aún prendada del brazo fue hacia la puerta.
Los tres muchachos fueron detrás, Matsuo y Shiozawa escondidos detrás de su compañero, si bien desde que el caballero entró al departamento había demostrado que no había nada que pudieran hacer contra él. Takahashi se le había ido encima y ni siquiera sintió que lo había tocado cuando salió volando al otro lado de la cocina. Subieron las escaleras que conducían hacía la azotea, Milo arrojó las bolsas y concentró su cosmos en la mano izquierda haciendo un movimiento ascendente que hizo que estas salieran despedidas antes de literalmente hacerse pedazos.
La lluvia de minúsculos trozos de papel y plástico parecían una nevada, pero Milo no pensaba quedarse a mirar, tal como estaban haciendo los tres que no cabían en sí de la impresión.
—He terminado, puedes irte a casa —dijo Milo.
—¡¿Irme a casa?! —chilló Lianne completamente colorada por el enojo —¡Yo no me voy sola a ningún lado! ¡Y menos estando aquí! ¡¿Pretendes que un loco me secuestre para torturarme y violarme antes de matarme?! ¡Un tipo le hizo eso a varias niñas pequeñas aquí mismo, en Saitama!
El caballero la miró. Intentaba mantenerse calmado luego de que le señalaran lo evidente respecto a justificar su conducta con Athena, si bien lo que quería era lanzar las quince agujas a cada uno de los tres, con todo y que era seguro que murieran con la primera. Lianne estaba determinada y podía ver claramente las puntas de sus dedos clavadas en él, casi blancas por la presión que estaba ejerciendo.
Desvió la mirada, tenía que aceptar que, además, estaba demasiado lejos como para que se volviera por su cuenta. Suspiró, se la echó al hombro escuchándola gritar como era su costumbre y se fue de ahí.
Lianne consiguió orientarse justo a tiempo para indicarle la desviación que la llevaría a su casa, pidiéndole que parara en un edificio gris apostado junto a un parque.
Milo se detuvo, bajó a Lianne con la misma delicadeza que había tenido con ella durante todo el viaje. Ella trastabilló. El viaje de regreso fue sin escalas y se sentía más mareada, además de que la incómoda posición había presionado demasiado su estómago.
—¿Aquí es? —preguntó él.
Lianne levantó la mirada tardando en reconocer el lugar en que vivía.
—Justo ahí —indicó señalando una ventana en el cuarto piso, más o menos al medio, la única de esa zona que no tenía la luz encendida. Luego se giró hacia él poniéndole una mano en el hombro y la otra en su adolorido abdomen.
—Caballero —dijo en francés con un ligero jadeo por lo verdaderamente agotada que estaba, aun cuando ella no había corrido el camino de regreso—, espero jamás en la vida volver a toparme contigo, alguien tan bruto e impulsivo es un peligro para cualquiera.
Milo se inclinó ligeramente al frente.
—No es como si ardiera en deseos de pasar tiempo con una desertora —respondió igualmente en francés.
Lianne se puso pálida súbitamente.
—¿Hablas francés?
Milo no respondió, necesitaba volver antes de que lo acosaran con preguntas sobre en dónde había estado y porqué había tardado tanto.
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