Soldados

Saori pudo despedir a Yukie a penas a tiempo para la reunión que había programado con Tsubame Shishio, aunque para eso debió prometerle que almorzarían juntas el sábado.

—¿Ya está listo el paquete para Shion? —preguntó mientras caminaba hacia la puerta.

—Sí, señorita —respondió Tatsumi mostrándole un portafolio negro con broches dorados entre los que se distinguía un mecanismo de seguridad por números.

—¿Y quién de los chicos va a ir?

—¡Iré yo! —exclamó Ban bajando las escaleras mientras cerraba la cremallera de una campera amarilla.

—Bien —repuso Saori indicándole a Tatsumi que le entregara el portafolio.

—La contraseña es 4334 —dijo el mayordomo al muchacho que asintió por respuesta —. Solo saca el pasaporte si es verdaderamente necesario. El avión te dejará en Bulgaria, no podemos permitir que se siga relacionando el nombre de la señorita Saori con un lugar tan concreto como Rodorio, así que de ahí tendrás que moverte por tu cuenta.

Ban asintió.

—El dinero está en dólares americanos —dijo Saori—. Por favor, ayuda a Shion en lo que te pida.

El caballero de León menor movió la cabeza levemente a modo de asentimiento.

—Solo déjame ir por otra bolsa, que no me hace gracia andar cruzando fronteras con una maleta de mayordomo calvo.

Tatsumi se llevó una mano a la cabeza, masajeando su sien izquierda.

—¿Cómo es que son tan irreverentes? —murmuró.

Ban volvió casi enseguida, alcanzándola fuera de la casa, pues la comitiva había seguido su camino hacia el auto y tomó el portafolios metiéndolo en una bolsa cruzada tipo mensajero.

—Estaré de vuelta en unas semanas.

—Lleva tu armadura contigo, no espero que suceda nada, pero no está de más.

El caballero gimoteó mientras atrapaba la caja antes de que le golpeara la cabeza, luego de que Seiya la arrojara desde una ventana dos pisos más arriba.

—¡Seiya! —gritó con espanto. La caja había caído peligrosamente cerca de Saori.

—¡Te dije que te la llevaras! —respondió Seiya, recargado en la baranda.

Ban torció la boca ajustando las correas en sus hombros.

—Ve con cuidado —dijo Saori, sin inmutarse por lo que acababa de suceder.

Él levantó una mano, tocando suavemente el hombro de Saori a modo de despedida, ella solo sonrió levemente, algo que llamó la atención de los otros.

—¿No necesitará ayuda para sacar la caja de Pandora de Japón? —preguntó Milo, viéndolo después subir al helicóptero que aguardaba en el jardín, aparentemente sin más compañía que el piloto.

—Las diez armaduras de bronce están registradas desde hace tiempo como propiedad de la colección privada de la fundación Graad. Tienen sus certificados en orden —explicó Tatsumi—. Debemos irnos, tenemos una reunión.

—Estuve leyendo los documentos de la compañía —dijo Saori una vez que todos estuvieron en su sitio—. Tatsumi, según entiendo, el principal ingreso de Kido Systems no está relacionado directamente con las armas en sí, como pensé al principio, sino con la prestación de servicios de guardias de seguridad, ¿no es así?

El mayordomo carraspeó.

—El centro de investigaciones Graad concentró sus recursos en el desarrollo de las armaduras de acero y algunos sistemas de apoyo —explicó—, pero luego de la batalla de las 12 casas, y su reclamo del Santuario, el doctor Asamori dio por concluida su investigación y cerró oficialmente su división. En realidad, fue eso lo que obligó la reestructuración del centro, no lo que le dijo el señor Fujita sobre el crecimiento, que es la versión oficial que dimos para evitar preguntas incómodas. Afortunadamente tenemos derecho legal sobre las patentes de aleaciones de metales, blindaje y energía en los que trabajó, eso permitió desarrollar otros productos, y el señor Shishio le dio un impulso adicional con los guardias de seguridad.

—¿Quién tiene la propiedad de las armaduras de acero? —preguntó Saori.

—Usted, por supuesto.

—¿Armaduras de acero? —preguntó Camus finalmente, luego de escuchar varias veces ese nombre.

—Mi abuelo pasó los últimos años de su vida haciendo los preparativos para que pudiera recuperar el Santuario. No sabía con exactitud cuántos de los chicos iban a conseguir una armadura, así que pensó en un plan de respaldo, para lo que financió la creación de unas armaduras a partir del diseño de la de Sagitario. Por supuesto, el resultado final fue diferente, pero como apoyo funcionaron bastante bien.

Los tres caballeros la miraron expectantes. Saori sintió que no estaban cómodos con la idea. Para ellos, las armaduras eran algo más cercano a lo sagrado, así que, la animadversión a la simple idea de que salieran de una fábrica, era comprensible y natural.

—Tengo la sospecha de que son ellos el grupo especial al que se refería el señor Fujita —, dijo ella tratando de apaciguar ese sentimiento que flotaba en el ambiente. Tendría que presentarlos para evitar que albergaran algún tipo de dudas sobre su rectitud o lealtad.

—¿Los que recuperan los petroleros tomados por piratas? —preguntó Tatsumi.

Ella asintió.

—No señorita, la esposa del difunto doctor Asamori insiste en que vayan al colegio.

—Ya veo.

—Aunque es algo a lo que me opongo completamente, se invirtió mucho dinero en su entrenamiento, lo menos que se espera de ellos es que reditúen el gasto...

—Tatsumi —interrumpió Saori mirándolo de soslayo—, no digas tonterías.

La expresión de su rostro, normalmente sereno, se tornó un tanto fría, y su voz tenía un tono inflexible que dejaba claro que no iba a repetirlo, algo que el mayordomo comprendió enseguida, disculpándose mustiamente.

Camus se mantuvo atento. No recordaba haberla visto reaccionar de esa manera antes, ni siquiera ante la insolencia de los hombres que manejaban sus negocios. Si se mantuviera así, sin duda, no tendría problemas para recuperar el control de su empresa. Casi enseguida, ella desvió el rostro, mirando hacia la ventana, en dirección a dónde el helicóptero se perdía en el horizonte, y se preguntó, ¿en qué estaría pensando?

Realmente no consideraba el juicio de Tatsumi Tokumaru lo suficientemente prudente como para que fuera una voz de razón al aconsejar a Athena, pero si esos muchachos aspiraban a ser llamados caballeros, una vida de servicio era, en efecto, lo menos que podría esperarse de ellos.

Sin embargo, había que considerar la forma condescendiente en la que Athena trataba a Seiya y los otros, quienes normalmente deberían permanecer en los sitios de entrenamiento, resguardándolos, empezando a tomar aprendices, o en su defecto, cumpliendo misiones.

Pero, en lugar de eso, iban y venían como mejor les parecía, así que no sería de extrañar que aquellos caballeros de acero tuvieran el mismo trato.

—Llama a la señora Asamori —dijo ella a Tatsumi una vez que el chofer anunció que estaban por llegar—. Organiza una reunión.

—Como ordene.

El portón frente a ellos se abrió, y al pasar con el auto, pudieron ver a un hombre uniformado haciendo un saludo formal. No obstante, desde ese acceso hasta el edificio tuvieron que avanzar cerca de cuatrocientos metros.

Al salir, pudieron escuchar en las cercanías un estribillo y ni bien Tsubame Shishio bajaba los escalones del pórtico, un grupo de al menos cincuenta hombres pasaron por un costado en un trote perfectamente sincronizado.

—Bienvenida, señorita Kido —dijo el director inclinándose para saludarle—. Permítame presentarle a mi asistente, la señorita Inokuma Karen.

Saori se adelantó a su comitiva para ir a su lado y recibir el saludo de la asistente.

Se trataba de una mujer joven, seguramente de la edad de los caballeros dorados, bastante alta para la media japonesa, con el pelo rubio y los ojos azules.

—Suelo atender personalmente ciertos asuntos —dijo Shishio—, así que salgo con bastante frecuencia, por lo que, cualquier cosa que necesite y no pueda verla, Karen se hará cargo.

La mujer asintió, reiterando el ofrecimiento y entregándole una tarjeta de presentación que Saori guardó en su cartera de mano.

—¿Sus escoltas? —preguntó la rubia de pronto, mirando detrás de ella a los tres caballeros.

Saori asintió e hizo la presentación correspondiente, a lo que ella simplemente pasó a su lado quedando frente a Milo y extendiéndole otra tarjeta.

—Cualquier cosa que necesiten, con gusto puedo ayudarles. Incluso si no se trata de asuntos oficiales. Es algo complicado habituarse a Tokio siendo extranjero.

El caballero de Escorpio levantó la mano trémulamente, debiendo aclararse la garganta para poder decir algo. Camus frunció el ceño, aunque fue capaz de responder más rápido que su compañero cuando ella le dio la tarjeta, y Shaka solo tomó la suya sin decir nada.

Una vez terminadas las presentaciones, Karen Inokuma regresó al lado de Tsubame Shishio y junto con Saori y Tatsumi, empezaron a subir las escaleras del pórtico mientras el hombre le explicaba que había organizado un cronograma de actividades para mostrarle los procesos más importantes del funcionamiento de la compañía.

No obstante, los caballeros se quedaron quietos un instante.

—¿Eso es una falda? —preguntó Milo quedamente. Su cabeza se había vuelto un torbellino de imágenes, imágenes de cosas que preferiría no recordar jamás en la vida, pero, resurgían vívidamente a la menor provocación.

Se sintió avergonzado, no debería de haberse dado cuenta de algo tan superficial, o al menos no debería haberle dado tanta importancia.

—Es obvio que las mujeres en Japón tengan costumbres diferentes a las chicas de Grecia —dijo Camus, por no hablar de las mujeres de Siberia.

—Entonces... ¿normalmente no es así? —preguntó Shaka.

Los otros dos caballeros giraron para verlo. Su rostro no expresaba nada en particular, además, solo lo había dicho casualmente, así que eso volvía más extraña la pregunta. No les había pasado por la cabeza que Shaka ni siquiera salía del Santuario, no conocía Rodorio cuando menos, y no tenían ni idea de qué tanto conocía de India o de prácticamente cualquier otro lugar.

—Pues —quiso decir Milo sin que se le ocurriera algo en concreto—, supongo que es cuestión de ¿preferencias? Athena no se viste así, y ella ha crecido en Japón.

—Señores —llamó la rubia desde lo alto de las escaleras, dándoles una perspectiva más inquietante de sus largas piernas expuestas por una falda tan corta que el saco que llevaba a juego era, de hecho, más largo —¿No nos acompañarán?

Milo volvió a carraspear adelantándose a sus compañeros.

—Damos mucha importancia al capital humano —decía Shishio cuando lo alcanzaron, adentrándose en una serie de pasillos de un blanco impecable, hasta que llegaron ante una gran puerta que dos hombres de uniforme abrieron a la par—, por eso quisiera que comenzáramos por esa parte, que no es especialmente popular entre los demás miembros de la junta.

Aquel salón tenía unas dimensiones similares a las del gimnasio que estaba a espaldas de la mansión Kido, incluso en altura, con la misma baranda que permitía ver todo desde lo alto. No obstante, abajo no había un gimnasio, sino un bloque de tiendas y viviendas pequeñas.

—Son módulos independientes, puedo moverlos de un lado a otro para recrear diferentes escenarios, es bastante práctico, sigue siendo un ambiente controlado, pero más flexible para simular situaciones reales.

Milo se inclinó al frente. Era como un minúsculo barrio, a escala real. Una licorería en la esquina, con una tienda de revistas al lado, seguida de una tienda de conveniencia, al frente lo que parecía ser un edificio departamental truncado abruptamente cerca del techo. Se complementaba con discos de no estacionar, tomas de agua e incluso contenedores de basura y un par de autos reales estacionados.

Un altoparlante anunció el inicio de la simulación.

Un primer grupo de hombres y mujeres salieron, colocándose en diferentes puntos del escenario, empezando a conversar a la vez que una serie de ruidos envolvía toda la sala. Se trataba de sonidos de la ciudad, música, tránsito, vendedores anunciando.

Shaka frunció el ceño. Sin proponérselo siquiera, había empezado a tratar de ubicar la procedencia de cada uno de los ruidos, pero entre los elementos visuales y los sonoros, no había una concordancia total, lo que era lógico poniendo en consideración que salían de los altoparlantes. Aun conscientes de que se trataba de una simulación, los tres caballeros reaccionaron, tan solo una leve tensión en los músculos provocada por el control del impulso de levantar la guardia, en cuanto escucharon una explosión.

Saori se inclinó al frente recargando las manos en el pasamanos, súbitamente había empezado una movilización de un grupo uniformado para controlar a otro que claramente había causado la explosión, mientras que el primer grupo que había entrado y pretendían ser ciudadanos a pie, se encargaban de causar más caos al mantenerse gritando, corriendo sin sentido o incluso quedándose parados.

De pronto, empezaron los disparos, Saori volvió el rostro hacia Tsubame Shishio y este sacó de la bolsa de su pantalón una pequeña bola verde brillante, apenas más grande que una moneda y tomándola de la mano se la puso en la palma.

—Es pintura —le dijo—, el equipo de defensa marca en rosa, y el que ataca, verde, así podemos hacer un conteo de cuántos disparos realiza cada parte y en dónde impactaron, también los heridos de cada bando y los civiles que se vieron involucrados.

Saori regresó la vista hacia el escenario, notando que, en efecto, los muros y algunos muebles empezaban a mostrar manchas de colores.

—Estos son equipos básicos de seguridad estándar —explicó el hombre—. Recién han cumplido sus 120 horas de formación teórica, están cubriendo las de simulaciones.

—¿Formación teórica? —preguntó Saori.

Shishio asintió.

—Legislación, para que no incurran en faltas a la ley en cumplimiento de su deber, prevención de riesgos, administración de emergencias, seguridad ciudadana, análisis de riesgos, primeros auxilios entre otras cosas. Nuestra filosofía es evitar el conflicto mediante la prevención.

—Así se evitan las batallas innecesarias.

—Sí. Aunque no por eso evitamos el entrenamiento físico. Comprendiendo que no se puede tener el control absoluto, llegados al punto del enfrentamiento, lo mejor es estar preparados.

Se quedaron en silencio, observando cómo se desarrollaban los acontecimientos abajo. Entonces, una alarma sonó, y por los altoparlantes se anunció que el simulacro había terminado. Un nuevo grupo de personas entró en escena y empezaron a contabilizar el resultado.

—¿Cómo se le ocurrió usar pintura? —preguntó Saori.

—No se me ocurrió a mí, verá, este es un juego bastante popular en Estados Unidos.

—¿Un juego? —preguntó Camus arqueando levemente una ceja.

Survival*—respondió Shishio—. Lo jugaba en la universidad, es relativamente nuevo en su creación. La idea general consiste en capturar la bandera del equipo contrario, evitando ser marcado. Aquí en Japón las armas no son de dominio popular como en Estados Unidos, pero existen, y ningún guardia de seguridad puede arriesgarse a no saber qué hacer si se encuentra en un enfrentamiento armado. Estos marcadores no infringen la ley de control de armas, así que son una buena opción de entrenamiento.

El altoparlante volvió a hacerse escuchar anunciando los resultados: dos bajas en el equipo asaltante y tres heridos, mientras que solo dos heridos en el equipo de defensa, únicamente un civil herido, con daños en infraestructura al 10%.

Tsubame Shishio sonrió de medio lado.

—Aún tienen que cubrir varias horas más. Ningún civil debería salir herido.

—¿Cuántas horas de entrenamiento deben cubrir?

—200, como mínimo, pero en realidad son evaluados individualmente, hay quienes aprenden más lento y se les da un margen adicional, pero si aun así no obtienen resultados satisfactorios, se les deniega la certificación. Creo que eso es lo que le molesta al Consejo de Administración y a los socios, todo el tiempo previo antes de que los reclutas generen ganancias.

Saori no hizo comentarios, pero comprendía que, si de Hideo Fujita dependiera, los contratos no serían mayores a un semestre, de modo que los empleados no pudieran generar antigüedad para su retiro, tampoco generarían una suma considerable en prestaciones y su prima vacacional sería virtualmente inexistente. Por lo mismo, invertir tanto tiempo y recursos en la preparación de un solo guardia de seguridad, era algo inconcebible.

—Acompáñeme —pidió Shishio.

Dejaron el salón sin decir nada más, llegando a otra amplia estancia que era un gimnasio, aunque extraño en su distribución, pues no solo se trataba de los aparatos de ejercitación y los hombres entrenando, sino que también había varios individuos con batas blancas tomando notas.

—Son los reclutas de alto rendimiento —dijo el director una vez que abriera usando una tarjeta que deslizó por una ranura de la puerta—. Son pocos, pero conforman lo que podría llamarse la élite de la compañía, y son los responsables de las operaciones tácticas más delicadas.

Saori se adelantó, y sin esperar a que le presentaran, se colocó al lado de uno de los hombres de bata que se encontraba supervisando a otro que realizaba levantamientos de peso. Quedó frente a él, pero no parecía notarla, se encontraba concentrado en algún punto de su mente quizás, mientras que sus brazos hinchados, con las venas marcadas y la piel perlada de un sudor brillante, se movían levantando unas placas de acero alternadamente.

—Estamos supervisando su fuerza de rendimiento —dijo el hombre de la bata—, simple biomecánica con excelentes resultados.

Ella podía escuchar su respiración, pesada pero bien controlada. Él estaba sentado, aun así, era más grande que ella e imaginó que estando de pie, sería más alto que Aldebarán de Tauro. La idea resultaba espantosa, de solo quererlo podría tomarla con una sola mano y destrozarle los huesos.

Una idea cruzó por su mente, y suavemente deslizó su cosmos. Los caballeros dorados dirigieron su mirada a ella, pero no fueron capaces de decir nada mientras envolvía al hombre, este parpadeó, saliendo de su concentración mientras que la piel se le erizaba visiblemente. Sus ojos se movieron de un lado a otro fijándose entonces, en la joven frente a él.

No pronunció palabra, ni siquiera interrumpió su rutina, pero mantuvo la vista fija, intentando comprender qué estaba mal con ella.

Saori se rindió, volviendo junto a su anfitrión.

—¿Qué pretende? —preguntó Milo en griego, tan bajo como pudo, mientras que Tsubame Shishio retomaba su papel de guía explicándole a su invitada los diferentes tipos de entrenamiento al que eran sometidos esos hombres.

—Encender su cosmos —susurró Camus.

Athena normalmente podía incendiar el cosmos de otros con una sutil influencia, pero había sido totalmente incapaz de lograrlo con él.

—¿Para qué?

—Creo que ha considerado la opción de reclutar adultos para aprendiz de caballero.

—Pero este es demasiado mayor —dijo Shaka—. Todos lo son. Su cosmos se ha consolidado con la madurez de su cuerpo, encenderlo podría hacerles más daño que bien.

Ninguno dijo nada más. Ella mejor que nadie debería saberlo, así que no comprendían el motivo por el que lo había hecho.

El resto del día transcurrió con normalidad, luego de haber mostrado la forma en la que los elementos eran preparados antes de asignarlos a unidades de seguridad, que podrían ir desde perfiles bajos, como les había llamado el propio Tsubame Shishio a los centros comerciales y edificios corporativos, hasta la protección de importantes personalidades de distintos sectores empresariales y políticos, mediante un helicóptero, los llevó al centro de desarrollo de equipo y armamento.

—Kido Systems es enorme, y su funcionamiento me parece correcto e importante —dijo Saori cuando iban de vuelta.

—Si revisa los números —dijo Tsubame Shishio, sentado frente a ella —, no tenemos absolutamente ningún problema, más allá de lo que los otros consideran "falta de crecimiento", sobre todo si me comparan con Kaito.

Saori no pudo evitar el percatarse de la forma familiar en la que se había referido al director de Kido Networks. Se le ocurrió que podría deberse a su tiempo en Estados Unidos, donde lo normal era referirse a las personas por su nombre de pila, o bien, tenían una relación más cercana.

—No creo que Kaito Takaki sienta que se trata de una competencia.

—Oh, no, me malinterpreta, señorita Kido. Definitivamente no es una competencia, de hecho, me está ayudando con un pequeño proyecto.

—¿Proyecto?

—Sistemas de seguridad informática. Durante mucho tiempo se ha tenido la creencia de que los computadores son el método más seguro de resguardar información, cuando lo cierto es que son vulnerables a diferentes factores, y un genio de las computadoras podría arruinar el trabajo de toda la vida de una compañía. Aunque pocas empresas han optado por digitalizar sus datos, las que ya lo han hecho, son clientes de gran importancia, y quisiera captarlos antes de que la competencia lo haga.

—¿Aun está en fase de desarrollo?

—Sí, un poco, dependiendo del cierre fiscal del próximo año, si es que no deciden disolvernos antes, dispondremos de un catálogo completo para diferentes tipos de necesidades.

—No lo harán, no la van a disolver —se apresuró a responder Saori—, me aseguraré de eso.

Tsubame Shishio sonrió, llevándose la mano derecha a los labios para acallar una sutil risa de tono grave pero agradable.

—Creo que usted es la primera persona, desde que estoy a cargo de esta compañía, que la considera más importante que solo un grupo para rescatar petroleros.

—Es la verdad —insistió Saori.

—Le agradezco la confianza.

Una vez en tierra, Saori se despidió, reafirmándole que en la junta a la que había convocado Osamu Watanabe al día siguiente, le dejaría claro a los demás que ni siquiera consideraran disolver la empresa como una opción.

—Señorita Kido —la llamó Tsubame Shishio apenas se dio la vuelta —¿Le gusta el teatro?

—Sí —respondió Saori, sospechando de qué iba la pregunta, y pensando si debía aceptar o no.

—¿Y el teatro bunraku*?

—También —respondió luego de dudar un instante.

—Un amigo presenta una obra, El cuento del cortador de bambú*, me parece. No la he visto, no puedo asegurar que sea buena, pero si no es demasiado el atrevimiento...

—¡Por supuesto que lo es! —estalló Tatsumi —. Además, la señorita Kido tiene otro compromiso el domingo.

Saori lo detuvo tomándolo por el brazo.

—Tengo ocupada la mañana, pero si no hay inconveniente con el horario, puede ser después.

—La función es a las 8:00 de la noche.

—Está bien. Lo veré entonces.

—Pero señorita Saori —reclamó Tatsumi cuando estaban de vuelta en el auto—, no puede simplemente acceder a encuentros privados.

—Athena es libre de decidir a quién le concede una audiencia privada —dijo Camus, molesto por el tono de reproche del mayordomo.

—No es tan sencillo —el hombre miró al caballero de Acuario, sabía que lo iba contrariar así que se apresuró—, es un poco como en el Santuario, señorita.

Ante eso Saori se quedó quieta, recordando las palabras de Mū de Aries, con las que le explicara la historia de la fuente de Athena.

—No puede favorecer solo a uno —agregó Tatsumi quedamente.

Ni siquiera Camus tuvo algo más que decir al respecto.


Comentarios y aclaraciones:

*Survival es el primer nombre que la compañía National Survival Game dio al juego que desarrollaron, y que hoy se conoce como gotcha o paintball.

*Bunkaru es el teatro japonés de marionetas.

*El cuento del cortador de bambú, popularizado como El cuento de la princesa Kaguya.

¡Gracias por leer!

(Gracias a Karlicm ¡Bienvenida!)