Virtudes
—Este es el edificio corporativo de Kido Inc. —dijo Saori deteniéndose frente a un enorme edificio similar a una V en la que el vértice estaba al fondo, fungiendo como entrada. Sin embargo, pese al diseño contemporáneo de acero y cristal, la fuente que se había colocado como rotonda en la entrada, era una representación de una victoria alada, Niké.
—Antes de mi nacimiento —continuó, pues esa era una explicación profundamente necesaria dada la sensibilidad de los caballeros dorados con respecto a los símbolos sagrados del Santuario—, mi abuelo usaba el emblema familiar de los Kido, que el padre de su padre colocó en el antiguo complejo, en sus barcos, en sus oficinas en otras ciudades. Hace dieciséis años, mi abuelo decidió colocar a Niké como la cabeza de todos los esfuerzos de la Fundación Graad para recuperar el Santuario.
Los tres caballeros levantaron la mirada, además de la fuente, en el edificio mismo, sobre la gran puerta de acceso se encontraba el mismo emblema que portaba Athena de la diosa bajo la forma de báculo.
—Fue su manera de entregar todo lo que poseía —secundó Tatsumi —, cada parte de su trabajo y el trabajo de su familia.
—Con mayor razón —susurró Camus—, no puede permitir que se lo arrebaten.
Saori no fue totalmente capaz de comprender la forma en la que lo había dicho. Estaba segura de que a ninguno le hacía ilusión o tenía interés real en las posesiones que como Saori Kido tenía. De hecho, desde que le solicitó a Shion que hablara con ellos respecto a su partida del Santuario, esperaba que al menos uno sugiriera simplemente cortar los lazos mediante la venta y obtener de ahí el ingreso para reconstruir el Santuario.
Quizás lo pensaron. No había necesidad real de pasar por todo eso, pero ninguno lo dijo.
Apretó las manos en puño y se adelantó.
No le sorprendió en absoluto ver a Osamu Watanabe esperándola.
—Señorita Saori —saludó seriamente —. Ya están todos reunidos.
—Lamento llegar tarde.
—No lo hizo. La mayoría están aquí desde la mañana.
Camus frunció el ceño.
—¿Se adelantaron para armar una estrategia?
—Quizás. Lo que está por suceder puede que no sea amable. Mi recomendación es que hable con la verdad, y defienda su postura. Usted es la legítima heredera de Mitsumasa Kido.
Saori asintió y caminó con él hasta la sala de reuniones.
Había pasado la noche tratando de ordenar respuestas adecuadas para las preguntas inevitables que le harían.
La puerta se abrió, y todos los presentes se pusieron de pie para recibir a los recién llegados. Saori intentó seguir al director Watanabe para sentarse a su lado, pero este hizo un movimiento tomándola del brazo con cierta firmeza, conduciéndola a uno de los extremos de la mesa ovalada, recorriendo la silla para hacerla sentarse ahí. Sus maneras, pese a ser rudas, pasaron desapercibidas para el resto, que solo había notado un gesto educado para ayudarla a tomar sitio.
—Este es su lugar —le susurró —, a la cabeza de la mesa, jamás lo olvide.
Saori asintió, notando que Gaku Takeda estaba a la derecha junto con María Kafalidou, y Hideo Fujita a la izquierda, y al lado de este, Eisuke Amamoto.
"Ya entiendo", pesó Saori, "los accionistas estamos en esta zona".
Recorrió la mesa, reconociendo a los más ancianos, que eran las personas que trabajaban para la compañía desde tiempos de su abuelo, también estaban los directores que acababan de conocer, y algunas personas que no conocía, pero por descarte respecto a lo que recordaba de los documentos, tenían que ser los directores de los programas secundarios de la fundación Graad que se cambiaban por elección interna, cada 5 años.
—Buenas tardes. Si no les importa, daremos comienzo —anunció Osamu Watanabe, con lo que todos tomaron asiento —. Convoqué a esta reunión aprovechando la visita casual de la señorita Saori para aclarar los malentendidos que han surgido respecto a sus finanzas personales —continuó, enfatizando la palabra "personales".
—Visita casual —farfulló Hideo Fujita tratando de encender el cigarro que tenía entre los gruesos labios —. Déjate de estupideces, que la niña esté aquí no es ninguna casualidad. Si vamos a arreglar malentendidos y aclarar situaciones, podrías dejar de fingir que no la llamaste tú.
Milo apretó los puños.
¿La niña? ¿Quién se creía ese sujeto?
—He intercambiado correspondencia con la señorita, es verdad —respondió tranquilamente el hombre—, pero eso no tiene absolutamente nada que ver con las dudas que ustedes poseen respecto a la forma en la que ha decidido gastar su dinero.
—Señorita Saori —dijo un anciano tratando de calmar los ánimos, poniéndose de pie con los brazos a los costados—, recordará que soy el director de contabilidad, Nagai Kiyoshi, a su servicio. Supongo que todo este problema se debe principalmente a mí. Le ofrezco mis disculpas por la forma en la que no pude exponer la situación ante el consejo y el comité.
El anciano se inclinó y Saori asintió, aunque no estaba segura de que fuera su culpa que todos resultaran ser unos avaros.
—Honestamente —dijo Saori poniéndose de pie—, insisto en que no tengo ninguna responsabilidad para exponer ante ustedes lo que llaman "mis gastos en Europa". Sin embargo, en atención a todos los problemas que esto ha generado, les presento los documentos.
Hizo un ademán a Tatsumi y este procedió a entregar carpetas a los presentes.
—Mi abuelo construyó una villa en Grecia. No es necesario explicar que esa ha sido mi residencia en los últimos años, debido a eso, estoy en cierta forma involucrada con el entorno. Hace unos meses, un terremoto devastó un pueblo llamado Rodorio. La zona de daño, se extendió a varias granjas y por supuesto, la villa en la que resido. El dinero lo he gastado en la reconstrucción de esos lugares.
—Un gesto generoso —dijo rápidamente Tsubame Shishio.
—E innecesario —se quejó Eisuke Amamoto —, Grecia es una zona naturalmente sísmica de considerable actividad. Las personas de ahí deberían tomar sus propias medidas de seguridad para proteger su patrimonio, contratar seguros o mudarse.
—Yo decido si es necesario o no —repuso Saori entrecerrando los ojos, luchando por mantener el control sobre lo que había preparado.
—Esto debería bastar para que dejen de correr como gallinas sin cabeza, no se ha vuelto loca, solo ha heredado el espíritu filantrópico de su abuelo —dijo María Kefalidou, tratando de no reírse y palmeando la carpeta que le habían entregado y que no estaba especialmente interesada en abrir.
—También quisiera —continuó diciendo Saori luego de agradecer con un gesto el apoyo poco ortodoxo de la doctora —, pedir su asesoramiento para poder continuar los trabajos de reconstrucción sin causar problemas a la compañía.
Se inclinó levemente con las manos al frente, con toda la educación y de acuerdo al protocolo japonés.
—Tengo la intención de reconstruir la villa de mi abuelo, pero no a costa del duro trabajo de ustedes.
Gaku Takeda hizo un movimiento con sus hombros, más parecido a la forma en la que un pavo hinchaba sus plumas.
—Zanjemos el asunto —exclamó —¿O alguien tiene alguna duda?
La mesa tenía 18 lugares, además de un pequeño escritorio junto al director en el que estaba la secretaria, una de las tres únicas mujeres presentes, junto con Saori y María Kefalidou. El resto eran hombres, y con la excepción de Kaito Takaki y Tsubame Shishio, innegablemente ancianos.
Saori levantó la mirada un instante, notando que los ojos de todos estaban sobre de ella, algunos quizás sospechando que esa no era toda la verdad.
—Vamos, señores —insistió María —, el Hanami es en dos días, y tengo encima los trabajos de reconstrucción y la organización del evento, ¿en serio van a comportarse como agentes del fisco?
—¡La intervención de un agente del fisco es lo que tratamos de evitar!
—¡Basta con eso! —gritó Osamu Watanabe retomando la atención de todos —. Señor Nagai, señor Tanaka, señor Kamekura, ustedes solo tienen un compromiso con la compañía, pero quiero pedirles que se hagan cargo de revisar estos documentos y hacer los trámites correspondientes para demostrar la claridad en los movimientos de la señorita.
Los tres ancianos asintieron respetuosamente.
—Como accionista mayoritaria de la compañía, también tenemos responsabilidad con ella —dijo uno de los tres —. Así lo haremos, aunque tendremos que buscar un contacto en Grecia, para analizar la legislación vigente.
—Se los agradezco mucho —dijo Saori volviendo a sentarse.
—Bueno, supongo que nos podemos ir.
—Siéntate, María —dijo Osamu Watanabe con cierto tono que recordaba más a un padre condescendiente —, esta es una sesión extraordinaria, pero con temario de ordinaria. Aprovechemos que estamos todos para fijar los presupuestos que se van a asignar a las instituciones y programas de la fundación.
María hizo un mohín dejando caer levemente los hombros.
—No me siento preparada para escuchar que me van a volver a recortar el presupuesto —se quejó en voz baja.
.
Milo respiró profundamente, resistiéndose a tirar del corbatín enlazado a su cuello. Camus no se estaba quejando, y Shaka tampoco, incluso se había puesto un tipo de chal color marfil con un ribete rojo y oro, ligeramente caído, dejando el pliegue hueco al frente, y sueltos los extremos.
Jamás habría sospechado que Shaka tenía más ropa que la túnica que llevaba en sus entrenamientos o bajo la armadura. Y no estaba seguro de qué le irritaba más, si el hecho de que fuese tan cooperativo aceptando el código de etiqueta e incluso lo hubiese personalizado, o que estaba fresco pese a esa cosa que llevaba encima y estaba seguro que se trataba de algún tipo de lana, con todo el calor que dejaba sentir la primavera japonesa.
Además, tampoco estaba de humor para ver de nuevo a los sujetos de la junta. Estaba seguro de que, si alguno volvía a hacer un comentario despectivo, quizás no podría contenerse del todo.
Athena se había vengado, reajustando los presupuestos que tenían originalmente pensados para las instituciones de la fundación que no eran precisamente grandes negocios. Muchos se opusieron, pero con el apoyo de Gaku Takeda y María Kefaliou, poco pudieron hacer.
No estaba seguro de cómo funcionaba la compañía. Estaba convencido de que bastaba con que Athena les dijera qué hacer y qué no, pero aparentemente no se trataba de algo tan sencillo o tajante, y ahí residía el problema que debía resolver.
Sacudió la cabeza.
El sol de la tarde entraba por las ventanas del auto prolongando la agonía, causándole cierto sopor que, estando en Grecia y sin nada que hacer, normalmente era para tomarse una siesta.
Miró de soslayo a Camus. Tenía los ojos cerrados y el semblante relajado, se sintió más irritado aun cuando se dio cuenta de que estaba usando su cosmos para mantener baja la temperatura de su cuerpo. Si se recargaba en él, seguramente estaría frío, pero hacerlo sería extraño, por decir lo menos, sin tener en consideración que, en lo público, Camus era tremendamente distante, incluso con él y Hyōga, que podrían considerarse los más allegados. Si intentaba cuando menos acercarse, se movería o le codearía para mandarlo a tomar distancia. Ni siquiera hablar de que lo dejara abrazarse a él.
Recargó el codo en la ventanilla, y la cabeza en la mano. Pero el rato de sosiego duró poco, antes de darse cuenta, ya podía ver el museo de Historia y Arte occidental.
Había una fila de autos ralentizando el acceso, y para cuando fue su turno, se dio cuenta del motivo.
Como se había hecho una costumbre, fue el primero en salir, y el destello de un flash lo recibió, poniéndolo en alerta, sobre todo, al reconocer a la persona detrás de aquella luz.
La cara delgada y alargada de uno de los tres hombres cuyo departamento había visitado, se escondió enseguida detrás de una cámara. Lo miró solo un instante, antes de extender la mano para ayudar a Athena a salir, conduciéndola al interior.
El museo lucía diferente a como lo recordaba en su visita anterior. Habían colocado mesas y sillas en los extremos, dejando en el centro exclusivamente los árboles rosados que daban nombre al evento que estaban atendiendo.
De acuerdo con Tatsumi, el Hanami en el museo de Historia y Arte occidental, era el evento social más importante de la compañía desde la inauguración del museo, pues en palabras de Mitsumasa Kido, se trataba de un fortalecimiento del sentido de comunidad internacional.
Por lo poco que les había podido explicar, el mismo Mitsumasa era en sí mismo, la disolución de esas diferencias entre oriente y occidente, presentándose en reuniones ejecutivas con hakama y haori, con la misma naturalidad con la que había ordenado la construcción de su mansión de estilo neoclásico. Siguiendo la misma pauta, convirtió la antigua tradición japonesa de observar el florecimiento de los cerezos, en un evento de culturas hermanadas, con columnas corintias en el fondo, un catering que recorría una amplia gama de sabores, que iban desde la pasta de ciruelas encurtidas, a los escargots a la Borgoña.
—¡Saori!
La voz aflautada de Yukie Amamoto se sobrepuso al murmullo de las conversaciones. Abriéndose paso mediante disculpas, la joven llegó hasta Saori rodeándola con los brazos.
—Creí que no vendrías —dijo—. No lo has hecho en los últimos años.
—Lo sé, es solo que... estaba atendiendo otros asuntos.
—Ya que estás aquí, ¿me acompañarías? —repuso Yukie tomándola de las manos e incitándola a caminar, aunque más parecía que la llevaría arrastrando de ser necesario.
Saori giró el rostro apenas sintió que Milo iba a moverse, haciéndole entender que todo estaba bien, pese al tirón que le había dado y la forma poco cuidadosa en que se movían por entre los hombres de traje que apenas se percataban de quién se trataba, le dirigían un saludo.
Camus se separó de sus compañeros, indicándoles que lo mejor era que permanecieran en distintos puntos. Los otros asintieron y cada cual tomó una dirección sin perder de vista a Athena, que estaba siendo llevada ante la directora del museo, María Kefalidou, al pie de una pequeña escalinata que conducía a una estructura similar a una concha abierta, de un blanco níveo que contrastaba con el ambiente rosa pálido de los pétalos de las flores.
Milo no recordaba haber visto algo así antes. Las flores que adornaban las fachadas de las más pintorescas calles en Grecia, tenían un color más intenso, un magenta que hacía juego con el blanco de los muros que reflejaban el sol de la costa y el azul de los acabados de la marquetería y el mar. Y en la isla de Milos, donde se resguardaba la armadura de Escorpio, era aún más modesta la presencia de las flores, dejando recaer la belleza en la espectacularidad de sus playas y aguas turquesas.
Declinó el ofrecimiento de un joven que llevaba una bandeja con copas de cristal. Realmente le hubiera gustado bebérsela, después de todo, se necesitaba mucho más que eso para poder embotar sus sentidos, pero atendiendo un comentario previo del anciano mayordomo Yousuke Hanamori, decidió abstenerse.
Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para pensar si se deslizaría a la mesa de aperitivos o no, rápidamente identificó a los 3 sujetos que le preocupaban. Repasó mentalmente, Matsuo era el chico rollizo, estaba abriéndose paso hasta donde estaba Athena. Shiozawa era el muchacho delgado de gafas enormes, se había escondido entre las columnas de la réplica del Partenón, y Takahashi era el que ilusamente había tratado de golpearlo la noche en que se conocieron, lanzando un uppercut* mal hecho, intentando alcanzarle la mandíbula sin llegar a tocarlo, estaba también acercándose a Athena, solo que por el lado contrario.
—No en mi guardia —murmuró caminando también.
Camus arqueó una ceja al ver a Milo moverse hacia Athena, tratando de mantener la distancia prudencial, algo que habían acordado para no irrumpir en su espacio personal y la forma en la que interactuaría con sus invitados.
Personalmente, esperaba que huyera a la mesa de aperitivos y se quedara ahí, algo que solía hacer cuando lo invitaban a alguna celebración en Milos. Lo había acompañado en tres ocasiones, dos bodas y un bautizo católico en otra. Milo era bastante popular en la isla, aunque pocos conocían su condición de santo de Athena, todos le tenían cierto respeto y se le consideraba una suerte de protector al que más de uno acudía en busca de ayuda cuando se metían en problemas con grupos de traficantes, que tristemente habían aumentado su número en Grecia, y no solo de antigüedades, también tabaco y otras sustancias.
Volvió la vista a Athena, Yukie Amamoto la había sujetado por las manos y haciéndole subir hacia la concha, seguidas de la directora del museo y el hombre que los había recibido en el aeropuerto.
Usando un micrófono, María Kefalidou llamó la atención de todos para enseguida cederle la palabra al director general, Osamu Watanabe.
—Bienvenidos todos al festival Hanami de Kido Incorporation, como es tradición desde hace veinte años, nos reunimos aquí con el propósito de hacer un encuentro cultural y que, como compañía multinacional, seamos conscientes de que no existen diferencias raciales, religiosas o ideológicas, que sean obstáculo que nos impida crecer en espíritu mediante la armonía. Agradezco los esfuerzos de todos por hacer esto posible, especialmente a la doctora Kefalidou, que, como cada año, nos maravilla con este festival, y los invito a experimentar la belleza de la vida, efímera como los cerezos, recordándonos que al final, lo único que trasciende es el legado que dejamos.
Levantó una copa y el resto de los invitados hicieron lo mismo.
—Vita brevis, ars longa, occasio praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile*— dijeron todos los presentes al mismo tiempo para después beber.
Camus no pudo evitar el sentirse extraño al darse cuenta de que, detrás del director general y la directora del museo, Athena y su amiga habían tomado posición y sin otro tipo de presentación, Yukie Amamoto había empezado a tocar el violín, con una generosidad lírica que dejaba por el fondo el acompañamiento del piano.
Él no sabía que Athena sabía tocar el piano, y que poseía el talento de una concertista, aunque tratándose de ella, no era de extrañar.
Los invitados, atentos, quedaron sumidos en un silencio que llegaba a lo casi absoluto, como si hubiesen olvidado por completo lo que estaban haciendo antes del brindis, dejándose envolver por la música que había adquirido un ritmo más alegre, evocando un aire primaveral, era como escuchar el brote de la naturaleza y la claridad de la vida mediante la música.
Shaka levantó el rostro sintiendo una brisa tibia que sacudió las ramas de los árboles, haciendo que las flores cayendo hicieran un sonido parecido a un siseo.
Sintió la necesidad de cerrar los ojos para poder entregarse al efecto que causaba el viento y la música, con los pétalos de las flores sobre él, dejando un delicado aroma, pero se obligó a contemplar la escena.
Desde que era un niño, cuando comprendió que la privación de uno de sus sentidos le confería una extensión al alcance de su cosmos, simplemente cerró los ojos sin importarle demasiado. Al principio lo conseguía por varias horas antes de que algún estímulo exterior lo tomara desprevenido haciéndole mirar sin que se lo propusiera. Con el tiempo, su control para dominar la reacción instintiva de abrirlos, especialmente al despertar, fue perfeccionándose, hasta que consiguió mantenerlos cerrados por años.
Recordó entonces el motivo por el que ya no lo hacía desde su combate con Ikki de Fénix, o al menos no de la manera extrema a la que se había sometido durante su infancia.
Sucedió, de hecho, en los días siguientes al regreso de Athena en el Santuario, estaba sanando sus heridas en el templo de Virgo, cuando un sirviente se anunció para servirle el desayuno. Le dejó pasar como siempre, descubriendo que lo que él imaginaba como un muchacho, en realidad se trataba de un hombre que le doblaba la edad. Su voz baja y aguda, junto con su cosmos enérgico y gentil, le habían dado una impresión equivocada, pero no tanto como lo que llevaba entre las cosas que le servía.
Había algo en una cesta que llamó su atención, entre amarillo y verde, con una forma que no pudo reconocer y cuyo aspecto le daba más similitud con las rocas sin pulir. Mientras el hombre preparaba la mesa, sintió crecer la frustración al ser totalmente incapaz de encontrar una palabra que definiera lo que estaba viendo. Entonces, el sirviente tomó eso que era objeto de su atención, sopesándola, y con un cuchillo, cortándole de tajo por la mitad, revelando un interior amarillo vibrante.
El olor se dispersó sin sutileza, llegando a él como una sensación abrumadora porque finalmente su mente fue capaz de comprender lo que era eso: una piña.
Era lo que le servían por las mañanas cada que se encontraba en el Santuario.
El patriarca se la había dado a probar por primera vez hacía mucho tiempo, pero no estaba seguro si fue Shion o pudo ser Saga, y habiéndose criado sus primeros años en un templo con pocas opciones de comida, el sabor de aquella fruta que oscilaba entre lo dulce y lo ácido, constituyó la primera experiencia que sobrepasó sus sentidos llegando a lo doloroso. Así aprendió también, que no debía comer demasiado.
El recuerdo le causó gracia.
El hombre más cercano a un dios, no había reconocido su fruta favorita.
Aceptó pues, su desconocimiento en aspectos tan esenciales, que se sintió avergonzado de jactarse de su entendimiento del mundo. Desde entonces, cerrar los ojos se convirtió solo en una costumbre para meditar y concentrarse, el resto del tiempo permanecía atento, colocando las piezas sueltas de sonidos y aromas familiares para ponerlos en sintonía con lo que sus ojos podían identificar.
Era demasiado pequeño cuando se privó del sentido de la vista, así que tenía un tipo de deficiencia de vocabulario visual en el que solo era capaz de reconocer algo si extendía su cosmos, lo que no funcionaba con todo, por lo que debía de tocarlo. Incluso otras habilidades como la lectura y la escritura, fueron cosas que aprendió tardíamente.
Reconocía palabras en sánscrito e hindi, que le enseñaron los monjes durante su primera infancia, antes de dedicarse a su entrenamiento como caballero, pero, aunque también aprendió a hablar y comprender el griego, incluso el inglés, al privarse de la vista había truncado por completo los otros aspectos fundamentales de una lengua. Fue durante sus largas horas en el templo de Virgo o el templo de Bihar, en los años siguientes, que decidió retomar esos asuntos pendientes, atendiendo también el acuerdo no explícito, pero generalizado, de aprender el japonés, el idioma con el que se había criado Athena, que les hablaba en un trémulo griego, pues, aunque parecía conocerlo bien, era claro que no estaba acostumbrada a usarlo con fluidez.
Las flores seguían cayendo, extendió la palma de su mano derecha recibiendo una.
Conocía el concepto general de aquél evento, lo habían dicho para el brindis, solo se trataba de recordar lo efímero de la vida. Entonces se permitió ser partícipe, deslizando su cosmos para hundirse en una inusitada tranquilidad.
El santo de Virgo escuchó el intercambio de escalas entre el piano y el violín llegando a un clímax que marcó el final de la pieza, bajó la mirada, entre la cortina de ramas rosadas, a pocos pasos de él, se encontraba la aprendiz que había abandonado el Santuario. Llevaba un vestido rosa pálido, como algunas de las flores de cerezo, que hacía contraste con la cinta amplia que envolvía su cintura, roja como los zapatos ligeramente altos.
Ella le estaba mirando, con las mejillas encendidas y una expresión que había aprendido a identificar como la atención absoluta, o al menos así lo interpretaba.
Se preguntó, ¿por qué habría dejado el Santuario?
Las mujeres que, al no conseguir una armadura y no se unían a las doncellas de Athena, o aquellas que sí ganaban una y elegían el retiro al cabo de un tiempo, se marchaban para formar familias. ¿Ella tendría una?
Recodó el temor que había inspirado su llegada y el haberlos reconocido, así que, mientras la multitud finalmente salía del letargo meditativo inducido por la influencia de la música de Athena y las circunstancias que los tenían ahí reunidos, prorrumpiendo en un estruendoso aplauso, fue hacia ella. No obstante, con ese aplauso regresó también el movimiento y algunas personas le cortaron el paso. Para cuando pudo avanzar por entre ellas, la mujer ya no estaba.
Lianne se había escondido cobardemente detrás de una de las muchas columnas que rodeaban el jardín, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.
Cerró los ojos para fijar en su memoria a Shaka de Virgo bajo las flores de cerezo, cayendo sobre su rostro, enredándose en su pelo dorado, todo rodeado de luz.
Once años después, ese hombre tenía el mismo efecto devastador sobre ella, y no sabía si sentirse dichosa de que estuviera ahí, o hacerse a la idea de que quizás le aguardaba el mayor de los tormentos.
Comentarios y aclaraciones:
*Uppercut, es un golpe de boxeo que se lanza desde abajo, directamente a la mandíbula del oponente.
*Frase atribuida a Séneca, filósofo romano, en su obra De brevitate vitae 1, aunque él la rescata del griego original de Hipócrates, se traduce como "La vida es breve, el arte largo, la ocasión fugaz, la experiencia riesgosa, el juicio difícil."
*Saori y Yukie interpretan la sonata No 5 en Fa mayor, opus 24, compuesta por Beethoven, también llamada solamente, Sonata primavera.
¡Gracias por leer!
(y gracias a Diana A, ¡bienvenida a la historia!)
