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—¡Seiya!

El grito de Athena obligó a Camus a saltar en su sitio dejando de lado el libro que había estado leyendo para pasar el rato. Salió de la habitación y la vio corriendo hacia la otra ala de la casa, en donde se encontraban las habitaciones de los caballeros de bronce.

Sin pensárselo dos veces, fue detrás.

—¡Voy a entrar! —anunció ella abriendo la puerta de doble hoja.

Pronto llegaron Milo y Shaka también, aunque no supo decirles a qué se debía el revuelo.

Lo que había del otro lado de esa puerta era una estancia amplia, iluminada por altos ventanales que iban del piso al techo en doble altura, amueblada con sillones, mesas esquineras y un enorme librero cuyo centro lo ocupaba un televisor de gran tamaño.

Milo se sintió ofendido al ver el desorden del lugar. Había basura, cojines en el suelo y platos dispersos en todos lados.

—¡Chicos! —volvió a gritar Athena, que parecía no notar lo mismo.

Las habitaciones se distribuían en dos niveles a los costados de ese espacio común. En la parte de arriba, la penúltima puerta a la izquierda se abrió y Shun de Andrómeda salió.

—¿Qué pasa? —preguntó, dejando claro que estaba medio dormido.

—¡Megumi va a venir a almorzar!

Casi enseguida el resto de las puertas se abrieron precipitadamente, excepto por la contigua a la de Shun, la última.

—Creí que solo vendría Yukie —dijo Hyōga, pero en lugar de responder, Saori profirió un grito ahogado, girándose para no ver al caballero que no llevaba más prenda que unos pantaloncillos cortos.

—¡Hyōga! —exclamó Milo ya que Camus no decía nada —¡No puedes recibir a Athena así! ¡Y tú tampoco, Seiya!

El caballero de Pegaso rio, él llevaba un pantalón más largo, pero el torso descubierto.

—Yukie me llamó por la mañana —les dijo, aún ruborizada y mirando a Shaka que estaba en el vano de la puerta—. Dijo que no pudo evitar el decírselos en el colegio y que las chicas creyeron que sería divertido vernos de nuevo.

—¡¿Entonces no solo es la bruja mayor?! —exclamó Ichi.

Saori se animó a mirar de soslayo porque sabía que Ichi usaba pijamas completos de dos piezas.

—También vienen Miko y Keiko, además, Yukie mencionó que querían presentarme a una amiga.

—¿Tu reemplazo? —preguntó Seiya, que ya había vuelto a su habitación para ponerse una camiseta, aunque aún descalzo, y fue a su lado.

Ella hizo un mohín.

—Supongo que sí —respondió—. Después de todo, sería lo normal.

Seiya se estiró haciendo sonar su espalda.

—Iremos a la ciudad, bueno, al menos yo haré eso.

—Voy contigo —segundó Hyōga.

Los ocho se apuntaron a lo mismo, por lo que Saori salió de la habitación para dejarlos cambiarse, aún bastante abochornada. Sin embargo, al ver a los tres caballeros dorados, un pensamiento inevitable le cruzó por la mente.

—Cuando era pequeña —les dijo—, tenía un grupo de amigas y…

No sabía cómo plantearlo, era una situación difícil por donde quisiera verlo, y aunque una parte de ella le decía que lo mejor era cancelar la cita y dejar que esos lazos se perdieran en el tiempo, había otra que le pedía una oportunidad.

—Quizás ustedes prefieran salir también…

Milo suspiró dejando pasar el mal rato que le había causado la vista desordenada de la pieza de los caballeros de bronce y su falta de decoro para recibir a Athena.

—Si nuestra presencia resulta inconveniente, no estaremos presentes —le dijo, pero, aunque buscaba sonar comprensivo, el efecto fue contario en ella, que solo se puso más roja y alterada.

—¡No se trata de eso! —respondió apresuradamente, luego respiró profundamente—. Ellas llegarán en un rato más… debo preparar algunas cosas, así que… Si quieren quedarse, son más que bienvenidos, y si prefieren no estar, no se los voy a reprochar.

Los tres se quedaron en el pasillo por unos momentos luego de que ella se fue.

—¿Les pareció que preferiría que estuviéramos en su reunión o que nos marcháramos a otro sitio? —preguntó Milo.

Ninguno de sus compañeros fue capaz de responder, todo lo que acababa de suceder era confuso y extraño en partes iguales. Camus solo caminó en la misma dirección en que había ido Athena, lo que incentivó a los otros a hacer lo mismo.

La vieron en el jardín, junto con las seis doncellas que estaban reacomodando la mesa para recibir a más invitados de los que originalmente tenían considerados.

De pronto, un pitido se escuchó, provenía desde el frente de la casa y Saori giró el rostro.

—Llegaron antes —dijo encaminándose a la entrada, dejando que las sirvientas acabaran la tarea.

Dando vuelta en la rotonda frente a la entrada principal, un auto descapotable rojo quedó aparcado.

Saori contuvo el aliento.

Lo que había sucedido en realidad, era que cuatro chicas de su edad habían bajado del auto, acomodándose el pelo debido al viaje sin capote y ordenándose la ropa, pero a ella le había parecido que se trataba de una limusina negra a la que el chofer abría la puerta para que un grupo de niñas saltaran y corrieran a la casa.

No pudo recordar cuándo fue la última vez que estuvieron todas juntas, o qué fue lo que les dijo cuando empezó a rechazar las invitaciones para reunirse, no estaba segura de cómo fue que simplemente se abocó a la organización del Torneo Galáctico, alejándose de ellas, y de toda la vida que tenía antes, obsesionándose con la tarea que le había encomendado su abuelo antes de morir, aunque sin comprender del todo la magnitud de lo que se avecinaba.

—Si quieres nos vamos —dijo la rubia que venía de copiloto con una mano en la cintura, arqueando una ceja.

Saori reaccionó, sobresaltándose y caminando hacia ellas.

—Lo siento, es solo que estaba pensando que…

—¿Que la última vez que nos vimos yo me peinaba con coletas? —preguntó la otra riéndose.

Saori se ruborizó.

—¡Oh, vamos! —exclamó —¿Es tan malo que nos hayamos invitado a tu almuerzo con Yukie?

—¡No! ¡En absoluto! Yo realmente… realmente… me alegro de verlas.

Las demás chicas empezaron a reírse.

—¡Deberías ver tu cara de ratón asustado! —exclamó la más alta de todas.

Camus, de pie en la entrada de la casa, frunció el ceño por el comentario, pero no hizo nada en cuanto las chicas la rodearon para abrazarla y hablar sobre el tiempo sin verse y lo mucho que habían cambiado.

El grupo visitante, conformado en total por cinco, contando a Yukie que era la única a la que conocían con anterioridad, se adentró en la casa armando tal escándalo, que la solemnidad con la que la mañana había transcurrido, se vio quebrantada.

—Vaya —dijo en voz baja la rubia, que se había enganchado al brazo de Saori mientras caminaban—, tienes chicos nuevos.

Saori se sonrojó, había olvidado por completo que Milo y los otros estaban ahí. Por un momento, creyó que habían decidido marcharse, pero estaban en el vestíbulo, mirando.

—No lo digas de esa manera —respondió, avergonzada—, ellos son… mi escolta principal.

La chica la soltó, caminando hacia ellos.

—Mi nombre es Dai Megumi —les dijo —, Dai, como el afamado arquitecto Dai Tadao, él es mi padre. Ella es Hayase Miko —continuó extendiendo la mano para que la chica más alta se acercara, aunque esta se limitó a inclinarse levemente—, Sakamura Keiko —que era una pelirroja, excesivamente delgada y de semblante serio, —¡Oh, Saori! A ella tampoco tú la conoces, ella es Shimada Naoko.

Saori ya había notado a la chica, de hecho, se había dado cuenta de que era ella quien conducía el auto. Era bajita, poco menos que ella, que en sí era la más pequeña del grupo. Tenía el pelo largo y muy obscuro, igual que sus ojos almendrados. Advirtió enseguida que tenía más acentuada la sangre japonesa, a diferencia de Megumi, de cuya madre francesa había heredado no solo el color del pelo, sino unos enormes ojos verdes bordeados de largas pestañas.

Recordó porqué las había conocido.

En su primer día de clases en la escuela básica, había llegado con toda la confianza y dignidad que la caracterizaba. Ni siquiera le preocupaba no conseguir alguien con quien almorzar, porque estaba Yukie, a quien conocía desde antes del jardín de niños debido a que su padre consideraba apropiada su amistad, más que nada, por la relación que tenía él con su abuelo. Entonces, mientras se presentaba ante la clase, alguien señaló algo que nunca le había parecido un problema: el color de su pelo.

Alguien más la llamó konketsuji*.

Todos sabían que su abuela era griega, su abuelo era muy famoso y su matrimonio dio bastante de qué hablar en Japón, e intentaron hacerla sentir mal por eso, por ser una mitad. Entonces fue cuando las otras konketsuji le tendieron la mano, Megumi, que su madre era francesa, Miko tenía una abuela inglesa, y la mitad de la familia de Keiko vivía en Estados Unidos, de donde era su madre.

Se llamaban a sí mismas hāfu, por la palabra en inglés "half", y con el paso del tiempo, dejaron de ser el grupo konketsuji rezagado, para tomar el control del colegio.

Nadie hacía una fiesta sin invitarlas. Aunque no fueran, simplemente les llegaban las invitaciones, porque su presencia se había convertido en un símbolo de alto estatus.

El día de San Valentín todas recibían flores, sin excepción.

Y cuando señalaban a alguien como marginado, se volvía invisible para el mundo.

Shimada Naoko había tomado su lugar en el grupo, y no estaba segura de cómo sentirse al respecto.

Saliendo de sus pensamientos, Saori, hizo brevemente las presentaciones de sus caballeros.

Megumi, sin dejar de mirar a Camus, sonrió y extendió su mano hasta tocar su pecho.

—Gracias por cuidar de nuestra amiga. Espero que pueda seguir contando con ustedes.

—Hasta mi último aliento —respondió él. Algo que, sin que fuese su intención, causó una expresión conmovida en las muchachas, porque les había parecido sumamente adorable.

—Qué envidia, Saori —dijo Keiko—. Tú siempre sabes de dónde sacar a los mejores hombres.

Aún más avergonzada que antes, Saori trató de poner algo de sensatez, invitándolas al pabellón que había preparado. Y entre risas, el grupo siguió su camino.

—No tienes idea de hace cuánto tiempo no me comía uno de estos —dijo Yukie alcanzando de una fuente un panecillo redondo en el que se alcanzaban a distinguir algunos arándanos—. Nadie los prepara mejor que tu ama de llaves.

—Ni siquiera los preparan en Japón —secundó Miko también tomando uno.

Saori hizo un ademán a una de las doncellas que aguardaban, para empezar el servicio.

—Annie, ¿puedes preguntar si ya está lista la clotted cream?

—¿Tienen idea de la cantidad de calorías que esto tiene? —se quejó Naoko, mirando la mesa de lado a lado, sin embargo, bastó una mirada severa por parte de Megumi para que no volviese a decir nada.

La joven doncella asintió y se dirigió a la casa, aunque en su camino se encontró con los tres caballeros, mirando el jardín.

—¿Sucede algo? —preguntó.

—No —se apresuró a responder Camus.

—Maestro —dijo Hyōga alcanzándolos—, créeme, será mejor que mantengas cierta distancia. Estoy seguro de que Megumi te puso los ojos encima.

Camus arqueó una ceja.

—Es solo una niña —respondió.

—Yo no creo que ella se vea así —insistió el chico asomándose por la ventana.

La doncella, que normalmente tenía una expresión altiva, empezó a reírse.

—Estoy segura de que igual le seguirás gustando, Hyōga.

El caballero de cisne chasqueó la lengua.

—¿Van a tomar el desayuno? —preguntó después la joven.

—No gracias, Annie. Nos vamos, volveremos a la tarde.

Entonces ella siguió su camino a la cocina.

—¿Crees que sigan igual de locas? —preguntó Geki, acercándose.

—Igual podríamos ir a saludar—dijo Ichi, lo que provocó que los otros le miraran como si acabara de sugerir que todos se cortaran el pelo como él.

No obstante, ni bien Seiya terminaba de decir que eso no iba a pasar, cuando la puerta se abrió nuevamente.

—¡No! ¡No! ¡No! ¡Y no!

La voz de Megumi se había sobrepuesto a la pequeña charla, y reaccionando como si estuviesen en la mira de un enemigo, los caballeros de bronce saltaron por el ventanal abierto, Milo, al ver que Hyōga tomaba por la camisa a Camus para llevárselo consigo, opto por salir por su propio pie, sin embargo, Shaka se quedó, dirigiéndoles una mirada recriminatoria por lo que le pareció un acto absolutamente innecesario.

—Yukie —continuó Megumi, casi gritando, agitando las manos hacia arriba con ademanes exagerados—, no dijiste que fuese tan grave, así que dime, ¿qué llevaba puesto ayer?

—¿Ayer? —la muchacha enlazó las manos recargando los índices en sus labios—. Pues un vestido largo, corte princesa, con mangas cortas abombadas.

—¿Blanco con rosa y lazos en la falda? —preguntó Megumi.

Yukie asintió.

—¡No! ¡No! ¡No! ¡Y no! —repitió la rubia golpeteando con el dedo índice el pecho de Saori, que no era capaz de controlar del todo la expresión de espanto que la empezaba a dominar.

—Yo…—Saori no encontraba manera de defenderse de la serie de acusaciones que le habían hecho desde que Keiko apuntara que era muy evidente que no se había hecho un corte en el pelo desde hacía bastante tiempo, y de pronto, ya estaban hablando de su vestido y la ropa que usaba en eventos públicos, de los que ellas sabían por las fotografías oficiales, exaltándose al punto en que habían decidido ir a su habitación, concretamente a su armario.

Shaka se quedó perplejo, completamente incapaz de decidir si debía hacer algo o no, ante lo que estaba presenciando, y para cuando la chica tomó de la muñeca de Athena dándole un tirón para ir arriba, seguida por el resto, sintió el impulso de ir detrás.

La naturalidad con la que todas se movían por la casa hacía evidente que se encontraban familiarizadas, y al encontrarse con una doncella, Megumi la increpó con reclamos sobre que necesitaba el vestido que Saori llevaba puesto durante la fiesta de la noche anterior, exigiéndole que lo sacara mojado de la lavandería de ser necesario y se lo llevara inmediatamente.

El caballero de Virgo no se animó a entrar en la habitación privada de Athena, jamás le habría pasado por la cabeza algo así. Ese sitio, aunque no estuviesen en el Santuario, era el lugar más prohibido para cualquier caballero, o cualquier hombre en general. Sabía que ni siquiera Tatsumi tenía permitido entrar, por lo que cualquier asunto que requiriera tratar con ella, lo hacía antes de que se retirara a esa estancia, o desde el otro lado de la puerta. Así que se quedó de pie, a unos pasos de distancia, aunque aun así pudo ver a la muchacha rubia abriendo las puertas de una habitación en el interior y enseguida empezar a sacar ropa.

—¡Por todos los cielos! —exclamó arrojando sobre la cama una prenda color burdeos —¡¿Esto es de tu abuela?!

La sirvienta pasó a su lado con el vestido que le habían pedido, aún estaba seco pues no habían empezado a lavar. Saori lo tomó, pero Keiko se lo arrebató para llevárselo a Megumi.

—¡Ahí está! ¡¿Cómo es que sigues usando esto?! Estaba bien cuando teníamos diez, pero por todos los cielos, tienes dieciséis ¡Y el corte princesa está pasado de moda!

—A menos que te vayas a casar —interrumpió Keiko, sentada en la cama y sacando de su bolso una cajetilla de cigarrillos y un encendedor dorado.

No tuvo tiempo de encender el cigarrillo, Megumi le quitó el mechero de las manos, yendo hacia el balcón, frente a todas, simplemente le prendió fuego.

La fina capa de organza avivó con facilidad la pequeña llama, y mientras el vestido ardía, lo dejó caer antes de que le quemara los dedos.

—¡¿Qué está haciendo?! —exclamó Milo desde abajo, aún con los otros caballeros. Seiya lo detuvo tomándolo por el hombro.

—La única cosa buena que ha hecho por la humanidad esa chica. Ese vestido es francamente espantoso.

—E incómodo —secundó Shun—, sobre todo cuando hay que cargarla, esa campana de crinolina es lo peor.

Milo los volteó a ver intentando comprender que no se trataba de una broma.

—Yo les dije que estaban locas —dijo Hyōga—, hay que irnos, esto se está saliendo de control.

Sin más, los caballeros de bronce se marcharon dejando a Milo y Camus en el jardín, de pie bajo el balcón de Athena. Entonces, pasó a su lado el chofer, Bel. No llevaba puesto su traje normal, sino unos pantalones de faena sucios con botas a la rodilla y la camisa remangada.

—Buenos días —saludó al pasar a su lado—, estaré listo en un momento.

—¿Perdón? —preguntó Milo.

—Yumi me ha dicho que las señoritas desean ir a la ciudad, me imagino que también las van a acompañar.

—Sí, por supuesto —respondió el caballero—, solo… esperaremos en la entrada.

El chofer asintió y continuó su camino, a paso apresurado.


Comentarios y aclaraciones:

*Konketsuji, es una palabra que significa algo como sangre mixta o mestizo, que junto con "ainoko", son palabras tabúes, por su uso despectivo para señalar a los japoneses que tienen ascendencia de otra nacionalidad.

Actualmente se les denomina hāfu, y aunque algunas personas gozan de cierta popularidad, la discriminación "racial" sigue siendo un mal silencioso en Japón.

La verdad es que me proyecté con Megumi quemando ese vestido (sé que saben cuál es), porque lo odio con todas mis fuerzas.

¡Gracias por leer!