Rescate

—No entiendo el propósito de esto —se quejó Milo.

—Athena solo desea mantener los vínculos que formó en su infancia —respondió Camus.

—¿Pero con qué propósito? —insistió el caballero, aunque bajó el tono de su voz, si bien iban lo suficientemente detrás como para que no los escuchara el grupo de chicas—. No es como si se fuera a quedar lo suficiente como para que valga la pena.

Camus giró el rostro mirando a Milo, este solamente contrajo las cejas sin comprender de qué iba esa expresión que le había dedicado, como si le estuviera reclamando algo, solo que no se le ocurría qué.

—Ninguno de nosotros se quedará —le dijo con cierta severidad.

—Eso lo sé.

Shaka se adelantó. En el edificio al que habían llegado, la cantidad de personas se había multiplicado, y aunque podrían encontrar a Athena sin problemas, tan solo guiándose por su cosmos, prefería mantenerla a una distancia segura.

La primera tienda en la que entraron, no hizo más que acentuar la incomodidad del caballero de Escorpio, y la música de ambientación incrementaba la sensación de que no deberían estar ahí, al menos él.

No le gustaban demasiado los centros comerciales. Su ropa la conseguía con una costurera de Milos, en mayor parte porque su cuerpo no se ajustaba bien a las tallas estandarizadas de las tiendas departamentales, y esa mujer ya era capaz de pasarle las prendas sin tener que medírselas, y en general tampoco lo atosigaba con cosas fútiles como el color o estampado.

Respingó un poco al notar que Athena le miraba. Incapaz de comprender lo que quería decirle, estaba por usar su cosmos cuando una de las muchachas la tomó por el hombro para acercarla a una de las vitrinas, señalándole algo.

Arqueó una ceja, la tienda no se parecía demasiado a otras que había visto. Era más parecida a un museo, con piezas únicas en exhibición, cuidadosamente dispuestas, en lugar de islas organizadas por colores y tallas. Además, había poca gente, y fue el grupo que acompañaban, quienes rompieron el aparente silencio solemne.

Los tres se quedaron a un costado, cerca de la puerta, notando a dos hombres de traje oscuro y porte regio que inclinaron levemente la cabeza a modo de saludo, los caballeros correspondieron quedamente, para luego verlos retirarse detrás de una mujer de mediana edad, elegantemente vestida.

Pasaron los más lentos minutos que ninguno de los tres había sentido en toda su vida antes de que las chicas decidieran salir… Y hacer exactamente lo mismo en otras tiendas, de las que salían con una o dos bolsas.

Athena los miraba cada tanto, pero no les decía nada.

—Toma, puedes llevarte esto —dijo la rubia que lideraba aquella expedición mientras le ponía las asas de una bolsa en las manos a Camus.

—¡Espera! —exclamó Saori con espanto —¡Ellos no hacen ese tipo de tareas!

Megumi Dai se sacudió el pelo haciendo un mohín.

—¿Entonces para qué vinieron? —preguntó.

—Ya te lo dije, son mi escolta.

—Está bien —interrumpió Camus—. No hay problema, puedo hacerlo.

Saori se puso roja, su compañera le restó importancia al asunto y tomándola por el brazo, la incitó a caminar.

—Quiero una chaqueta que vi la otra vez en una tienda de arriba —le dijo.

En ese preciso instante, Miko Hayase se detuvo abruptamente.

—Dejé mi bolso en la tienda —dijo girándose hacia Milo —¿Me acompañas?

Milo miró a Camus y este levantó los hombros levemente, lo que el otro interpretó como que no importaba, por lo que fue junto con ella de vuelta a la tienda que habían dejado casi al principio del pasillo, antes de que decidieran ir al último nivel.

Las demás no la esperaron, continuaron su camino, Megumi y Saori a la cabeza, con la rubia charlando sobre colecciones y tendencias.

Estaban por llegar al ascensor cuando Yukie Amamoto se adelantó dando saltos, haciendo que su vestido se contoneara con cierta gracia, poniéndose frente al panel de control y presionando el botón para hacerlo bajar.

A diferencia de los otros ascensores en los que habían estado los caballeros, este era totalmente de cristal, así que notaron que solo estaba dos niveles arriba y bajó enseguida. Las puertas se abrieron, pero la chica no entró, se giró hacia las otras con una sonrisa en el rostro.

Shaka se adelantó dos pasos rápidamente cuando Naoko Shimada chilló cayendo de frente, sosteniéndola a tiempo.

—¡Eres una tonta Keiko! —se quejó dándole un empujón tan fuerte a la chica que Camus tuvo que detenerla para que no chocara contra uno de los aparadores de cristal.

—¡Pero yo que hice!

—¡Me hiciste tropezar!

Por un momento los caballeros temieron que se lanzarían una contra la otra, pero hubo algo que hizo a Camus sentirse alerta, la pelirroja desvió la mirada, solo por un segundo, hacia el ascensor. Inmediatamente se giró hacia Athena, pero no la vio, las puertas se estaban cerrando y a través del espacio restante, lo único que pudo ver, fue uno de los ojos verdes de Megumi Dai y la comisura de sus labios curvándose en una sonrisa de superioridad.

Luego volvió la atención a las dos muchachas.

Fuera de un mohín completamente infantil, cortaron la discusión, se acomodaron la ropa y el pelo como si de verdad hubiesen peleado y siguieron caminando.

Había sido una trampa.

Dentro del ascensor, Saori saltó cuando Megumi puso súbitamente una mano sobre su hombro y con la otra, sacó de un bolso oculto de su vestido, un aparato negro que no reconoció.

—No tenemos mucho tiempo —le dijo —. Yukie está en el otro ascensor con esos tipos, y solo basta una alerta para que pulse el botón de emergencia y se queden ahí un rato. ¿Qué está pasando? ¿Quiénes son esos tres sujetos realmente? ¿Por qué parece que les tienes que pedir permiso para hacer algo? Naoko cree que exagero, pero no es normal que desaparezcas por años y cuando vuelves, eres completamente diferente y vas con tres tipos que no te dejan sola ni un instante, ¿acaso estás siendo rehén de alguien?

Saori no cabía en sí de la impresión. No tenía idea de que era así como se interpretaba su relación con los santos dorados. No sabía qué responder, porque, en efecto, le preocupaba mucho lo que ellos pensaran sobre ese encuentro innecesario, que les ofendiera el que se dedicara a salir de compras cuando bien podría apresurarse a atender los asuntos de la compañía para regresar al Santuario lo antes posible.

Shaka había bajado con ella al inframundo y ahora lo arrastraba a un centro comercial.

Por primera vez en toda su vida, se sintió verdaderamente avergonzada por una salida de compras.

—Lo siento —dijo —, pero es que estoy en Japón para resolver algunos asuntos de la compañía. Ha habido problemas, y ellos…

—¡Lo sabía! —exclamó Megumi —¡Te quieren obligar a que vendas tu parte!

Saori se sintió más contrariada aún, y levemente espantada cuando Megumi insistió en empujarla con el dedo hasta que su espalda tocó el cristal.

—¡Mi padre dijo que eso te podría pasar!

—¿Tu padre?

Megumi retrocedió cruzándose de brazos, desviando la mirada hacia el panel de control, de modo que, en cuanto las puertas empezaron a abrirse, presionó el botón para cerrarlas, junto con el de la planta baja. En un momento, ambos ascensores quedaron frente a frente y mantuvo la vista fija en Camus.

—Es bastante impertinente —dijo la muchacha, que no se había sentido en lo absoluto intimidada por la gélida mirada del hombre. Luego se giró de nuevo hacia Saori, aún acorralada, pese al espacio que le había dado.

—La primera vez que me rechazaste una invitación para una fiesta —agregó menos exaltada—, creo que me excedí un poco e hice una rabieta. Mas tarde, mi padre fue a mi habitación, y me dijo que tu vida había cambiado por completo desde la muerte de tu abuelo, y que fueras tan joven, y una chica, no te haría las cosas más fáciles. Que tendrías que pelear por cada centavo, por cada propiedad y objeto que tu abuelo te dejó, porque muy seguramente te lo querrían quitar todo. Y que yo era afortunada, porque, aunque faltara él, estaría mi hermano para cuidar de mí, pero que a ti te habían dejado sola. Por eso, debía de ser paciente contigo.

—Megumi…

La rubia volvió a exaltarse, tomando de las manos a Saori, enlazando los dedos.

—¡No puedes dejar que pasen sobre de ti! —exclamó.

—Gracias —respondió, quedándose ambas en silencio cuando una pareja entró.

—Ellos no trabajan para la compañía —dijo Saori, cuando la misma pareja las dejó solas un piso más arriba—. Fueron asignados por mi asesor, para cuidar de mi mientras esté en Japón. Por algún motivo han concluido que algunos miembros de la compañía podrían considerar medidas extremas para garantizar que dejaré de causarles problemas.

Megumi no parecía del todo convencida. Un ligero movimiento en sus cejas era más inquisidor que cualquier otro ademán o palabra desde que eran niñas.

—Es verdad —insistió Saori —. Le confío mi vida a cualquiera de ellos, es solo que no están acostumbrados a… esto.

Con las manos en la cintura, la rubia se inclinó hacia el frente, haciendo que, de nuevo, Saori se echara para atrás, evitando que sus frentes chocaran.

—¿Los centros comerciales? ¿Chicas hermosas?

Saori no pudo evitar el reírse al tiempo en que las puertas se abrían, mirando al grupo del que se habían separado. Megumi recuperó el porte altivo, se dio media vuelta y salió, por lo que no le quedó más remedio que ir detrás, ya esperando que alguno de los tres la interceptara para asegurarse de que todo estaba en orden.

Fue Milo el primero, colocándose a su lado mientras las chicas se arremolinaban frente a un aparador.

—No pasa nada —le dijo en griego, extendiendo la mano para tocar su antebrazo —. Estaba preocupada por algo, pero todo está arreglado.

Para cuando Shaka y Camus también se acercaron, Saori juntó sus manos a la altura de sus labios.

—Realmente lamento esto —les dijo a los tres—, no sé en qué estaba pensando, yo…

—No hay motivo para disculparse —interrumpió Camus.

Milo frunció el ceño, por solo un instante, le pareció que el santo de Acuario había relajado el semblante de su rostro, haciéndole parecer menos severo.

—Solo continúe con su día, por favor, Athena. No se preocupe por nosotros.

Al mismo tiempo, Yukie se volvió hacia donde estaban, y tomándola de la mano, la metió en la tienda.

Camus detuvo a sus compañeros cuando estos intentaron seguirlas.

—Ya sé cuál es el problema —les dijo en griego. Ambos le miraron sin comprender—. La señorita Dai parece tener la idea de que Athena actúa bajo presión nuestra.

—¿Cómo podríamos hacer tal cosa? Es ridículo —respondió Milo.

—Es claro que las amigas de Athena no viajan con una escolta, ni siquiera con un chofer, por lo que es natural que les resulte incomprensible nuestra proximidad.

—¿Estás seguro que se trata de eso? —pregunto Shaka, Camus asintió.

—Pude leer sus labios.

Milo profirió un suspiro recargándose en la baranda de aluminio y cristal, mirando hacia el alto techo del edificio.

De pronto, un grito se sobrepuso a los sonidos a los que estaban acostumbrándose, entre la música ambiental y las conversaciones en murmullos, que por su cantidad se volvían lo suficientemente intensas como para considerarse ruido.

Milo respingó, se inclinó hacia atrás y extendió el brazo tanto como pudo.

Tan solo con la punta de los dedos atrapó algo. Se incorporó de nuevo mirando con extrañeza su mano. Había algo peludo, pequeño, sumamente suave y apenas tan pesado como un tarro de cerveza.

Aquello ladró. O al menos hizo algo muy parecido a eso.

—¿Un perro? —preguntó Camus.

—Debió caerse por una de esas aberturas —dijo Shaka señalando el espacio que había entre los paneles de cristal que formaban la baranda.

Milo volvió a echarse para atrás y pudo ver dos niveles más arriba, a una chica inclinándose peligrosamente mientras gritaba y lloraba.

—No hagas eso —le dijo —. Aquí lo tengo —y le enseñó al animal.

Sin decir nada, la muchacha corrió mientras el caballero se volvía hacia sus compañeros.

—Es muy pequeño para ser un perro.

El animal temblaba y de alguna forma había conseguido enganchar sus pequeñas patas en la mano de Milo, sujetándose con toda la firmeza que le permitía su cuerpo.

—Debe ser un cachorro —repuso Shaka, no sin algo de duda, porque ni siquiera estaba seguro de que fuera un perro de verdad.

—A mi me parece que es un zorro —dijo Camus.

Milo se acercó el animal a la cara, mirándolo cuidadosamente. Su pelaje blanco era largo y abundante en el cuerpo, mientras que en las patas y la cara resultaba más bien corto. No obstante, lo que verdaderamente llamó la atención del caballero, eran sus ojos: pequeños, almendrados, muy obscuros y brillantes, y sobre de ellos, dos marcas ovaladas de pelaje obscuro.

"Un perro muviano", pensó. Enseguida sacudió la cabeza para alejar ese pensamiento irrespetuoso.

El animal se estiró el pequeño espacio que quedaba dándole un lametón en la punta de la nariz y dejó de temblar.

—¡Pocket!

Milo había estirado el brazo con la mano extendida para que la chica tomara al animal sin tocarlo, pero resultó en vano, ella no solo levantó a su perro, sino que se le echó encima, debiendo saltar para alcanzarlo y darle un beso escandaloso en cada mejilla sin dejar de llorar, agradecer y volver a llorar.

—¡Salvaste su vida! —le dijo luego de tomar una mínima distancia, estrechando contra su pecho lo que, a juicio del caballero, era un desventurado animal. Sin embargo, el perro solo se dejaba hacer, de hecho, parecía bastante complacido con el exceso de mimos que en solo unos instantes le había proporcionado su dueña.

—¡¿Cómo podría pagártelo?! No puedo ofrecer mucho, pero...

Milo puso la punta de sus dedos en su boca haciéndola callar. Resultaba verdaderamente increíble la potencia de su voz. Un tono estridente y agudo capaz de tensar los nervios de cualquiera.

—No te preocupes por eso, en serio. Solo cuídalo más —dijo calmadamente.

Había cierta intensidad en la mirada de aquella muchacha que inquietó al caballero de Escorpio. Colorada, con los ojos azules aún llorosos, se pasó la mano por la cara, usando la manga de su blusa para limpiarse. Luego se acomodó el pelo corto detrás de la oreja.

—De verdad, gracias.

Milo levantó la mano a modo de despedida mientras Athena y sus acompañantes salían de la tienda con más bolsas que le entregaron a Shaka.


Comentarios y aclaraciones:

Pocket es un pomerano, por si tenían la duda.

¡Gracias por leer!