Tradiciones
—Lo siento mucho, señorita —se disculpó una de las doncellas que estaba peinándola cuando le dio un tirón ligeramente fuerte—, pero tiene las puntas… un poco abiertas… y se enreda…
La otra joven, que trataba de tensar uno de los larguísimos mechones de pelo, la miró con media sonrisa. "Un poco", no era algo precisamente acertado. De lejos, la larga melena de Saori Kido impresionaba, pero bastaba estar a un par de pasos para darse cuenta de que hacía bastante que no tenía los debidos cuidados, lo que las había llevado a pensar que, en todo ese tiempo, se había estado arreglando sola, o en el peor de los casos, Tatsumi la ayudaba.
Saori notó en el espejo el intercambio de gestos y miradas.
—Lo mismo me dijo Keiko —dijo con un suspiro—. Supongo que tendré que aceptar su invitación al salón.
—Señorita —repuso la misma muchacha que le había dado el tirón. Una vez que consiguió, con su compañera, completar el moño que recogía todo el cabello en un tradicional peinado melocotón—. Si le es tan difícil conseguir personal adecuado y de confianza para sus estancias en Grecia, tengo la mayor disponibilidad para viajar.
—¡Sasami! —exclamó la señora Emma Hart entrando a la habitación con un estuche negro en brazos—. No seas imprudente.
—Lo siento, señora Hart —se disculpó la muchacha—. Pero es claro que estas tareas, tan importantes para una señorita, sobrepasan las habilidades del señor Tokumaru.
La anciana ama de llaves hizo un ademán y las dos jóvenes se apartaron. Abrió el estuche y sacó una peineta de motivos florales que iba a juego con el kimono rosado que le habían puesto.
—Si la señorita necesitara de su ayuda, se los haría saber.
Saori inclinó levemente la cabeza. No tenían ni idea de lo mucho que le gustaría que al menos una de ellas fuera al Santuario, pero sería egoísta e irresponsable, las pondría innecesariamente en peligro, por no hablar de que Shion jamás lo permitiría.
Naturalmente que el arreglo y los cuidados personales, eran algo que la inmensa mayoría de las chicas podían perfectamente hacer por su cuenta, no obstante, dadas las observaciones que le habían hecho en los últimos días, claramente no estaba siendo exitosa en eso. Levantó la vista, mirándose en el espejo.
Si se dejaba el pelo suelto, era porque resultaba incapaz de hacer algo con él. No se lo cortaba porque Shion le había suplicado que no lo hiciera, y si una persona dispuesta a morir por ella, le pedía algo tan simple, lo menos que podía hacer, era darle gusto.
—Permítame —dijo Sasami inclinándose al frente con un brillo labial en mano.
—Hay que ponerle rubor, está muy pálida —susurró la otra acercándose al tocador para buscar en la modesta caja de maquillaje lo que necesitaba.
Saori solo se quedó quieta, mirando a Sasami Aihara a solo unos centímetros de distancia, con el gesto de su rostro concentrado en delinear perfectamente la forma de su boca.
Ella había sido contratada por medio de una agencia hacía no mucho tiempo. No había conocido a su abuelo, y tampoco a ella, al menos no hasta hacía menos de un año, cuando estuvo en Japón para atender un compromiso que requería inevitablemente de su presencia, una visita de apenas un fin de semana.
Aun así, era difícil no darse cuenta de que siempre estaba de buen humor, llena de energía, corriendo detrás de los muchachos para que le dieran la ropa para la lavandería, eso decía Seiya, que prefería hacerlo él mismo y se quejaba con quien pudiera de que Sasami le "robaba la ropa", pero en una pelea contra las doncellas, ellas siempre ganaban y acababan lavando, planchando y zurciendo lo que no estaba más allá de toda ayuda que pudiera proporcionar una aguja con hilo.
Apenas terminó con el labial, la mano de Annie Hart le hizo girar el rostro, recibiendo en las mejillas el rose de una brocha con algo de rubor.
La hija del ama de llaves, rubia, alta y de expresión fría siempre había estado en la casa, y desde que recordaba, se había dedicado a las tareas que la señora Hart consideraba inapropiado que realizara Tatsumi, pero que a ella por su edad se le complicaban, como ayudarla a bañarse y vestirse, pues cuando ella apenas era una niña, Annie ya era una jovencita que empezaba a tomar algunas responsabilidades en la casa. Además, era sumamente discreta y no hacía alborotos.
Si Shion la conociera, seguramente la dejaría quedarse.
Sacudió levemente el rostro, entrecerrando los ojos, algo que la doncella entendió como que no deseaba que recargara el rubor, así que la dejó como estaba.
Llamaron a la puerta y el ama de llaves se acercó, entreabriendo un minúsculo espacio.
—El señor Takeda ha llegado —anunció Tatsumi desde el pasillo.
Saori se puso de pie rápidamente, tratando de mantener la postura adecuada con la altura de las sandalias y el peso del peinado.
Sasami le dio un minúsculo bolso de seda a juego con el kimono, y un abanico.
—Sospecho que lo va a necesitar —le dijo.
No obstante, ni bien habían llegado a las escaleras, Saori se detuvo, cerrando los ojos con cierta molestia. Había tratado de hacer movimientos muy sutiles, pasos cortos, como le había enseñado su maestra de protocolo hacía mucho tiempo, y los brazos muy quietos, pero, aun así, se le había desacomodado el cruce sobre el pecho, y el amplio cinturón de seda, no hacía más que empujar sus senos hacia arriba, porque era imposible acomodarlos de otra forma.
—Debimos usar las vendas.
Annie se encogió, levemente sonrojada.
—Estas prendas están diseñadas para otro tipo de complexión. Su tío no calculó bien la medida cuando lo encargó, supongo. Tendríamos que quitar todo y volverla a vestir, nos tomaría al menos otra hora.
—¡Tendremos que improvisar! —exclamó Sasami metiendo las manos en su delantal y sacando un pequeño costurero, de los que no tenían nada más que lo indispensable para una emergencia de dobladillo o botón. Con gran habilidad ensartó el hilo en la aguja y se acercó juntando los bordes del kimono interior para coserlos. No obstante, no se cerraba especialmente bien, se fruncía.
"Pero al menos no se verá nada", pensó Saori con resignación.
—Listo, señorita.
Bajaron las escaleras tan rápido como el ceñido atuendo lo permitía, encontrándose en el vestíbulo de la casa, frente al retrato de Mitsumasa Kido, con el director del Museo de Ciencias, Gaku Takeda.
El anciano sonrió al verla aparecer.
—Te ves preciosa —le dijo—. No te había visto usar un kimono desde que eras una niña.
Saori se acercó con un rubor natural sobreponiéndose al sutil polvo que le habían puesto y dejó que el hombre la besara en la frente.
—¿Sabías que tu abuelo se hacía un retrato cada año, en su cumpleaños, y esa fotografía se duplicaba para actualizar la de todos los museos y oficinas que tuvieran una imagen suya?
La joven arqueó una ceja.
—Por eso no hay muchos retratos de él de joven, simplemente nos deshacíamos de los pasados, hasta que veinte años después nos dimos cuenta de que solo quedaba archivo fotográfico de un hombre mayor, con algunas excepciones.
—Ahora que lo pienso, creo que nunca he visto una fotografía de él, de joven.
—Tengo un álbum, de cuándo éramos muchachos —dijo antes de proferir una carcajada—. Aunque no lo creas, ya se habían inventado las cámaras. Te lo prestaré después.
—Lo agradecería mucho —respondió Saori enganchándose de su brazo—. Por ahora hay que irnos, ya me he demorado bastante.
—Está bien querida, lo raro sería que no lo hicieras. Andando muchachos —agregó haciéndole un ademán a los tres caballeros que estaban ahí.
Saori se inclinó levemente, aún ruborizada, aunque por un motivo diferente: había olvidado por completo que irían también.
Ellos no apartaron la mirada, incapaces de ignorar el vestido que llevaba puesto, capa sobre capa, entre blanco y rosa, con bordados de nubes, flores y mariposas, amplias mangas y un ancho cinturón color marfil que hacía un moño a la espalda.
Estaban acostumbrados a verla con el vestido blanco únicamente.
Consiguió hacer contacto visual con Camus, que hasta el momento había fungido, sino como líder, el de mayor iniciativa del trío.
"Mañana a primera hora volveré al trabajo".
Camus solo inclinó levemente la cabeza.
Para cuando estuvieron en el auto de Gaku Takeda, Saori se dio cuenta de que, si bien los tres caballeros no tenían puesto algo medianamente tradicional al estilo japonés, tampoco usaban su ropa habitual. Llevaban trajes de dos piezas; Camus azul marino, Milo gris obscuro, y Shaka algo que alguna vez había escuchado a Tatsumi llamar champagne.
Se preguntó cómo habían concluido ese código de vestimenta, cómo lo habían acordado o si todo se resumía a una organización de Tatsumi. Las probabilidades se inclinaban hacia lo último, su mayordomo había hecho los arreglos para lo que consideraba un guardarropa adecuado, que no reflejara las costumbres del Santuario, sin embargo, parecía obstinado en asignar una paleta específica de colores para cada uno, dejándole al santo de Acuario el azul, a Escorpio una escala de gris a negro, y a Virgo la reminiscencia dorada, con matices claros, salvo el esmoquin, negro para los tres, y un frac que, esperaba, nunca tuvieran que usar.
—Les queda bastante bien —comentó, sonriendo al darse cuenta de que Milo giraba distraídamente las mancuernillas que dejaban entrever la laca roja que daba el único toque de color al conjunto.
Por algún motivo, estaba absolutamente segura de que lo que Tatsumi tenía en la cabeza cuando las compró, era la aguja escarlata, tanto como el hielo para el azul pálido de las de Camus, mientras que las de Shaka eran completamente doradas.
Se preguntó entonces, porqué solo asociaba el dorado con Shaka siendo que los tres poseían el mismo rango.
Volvió a sonreír al recordar la expresión divertida de Jabu cuando recibió las suyas, en su cumpleaños número quince, Tatsumi le había dado unos unicornios rampantes de plata, en medio de las quejas de los demás.
"Es el único que las usaría", se defendió el mayordomo, "no voy a desperdiciar algo así en alguien que, si no las deja olvidados en un cajón, las va a perder".
De cualquier forma, tampoco era como si a los otros realmente les importara que Tatsumi siquiera recordara sus cumpleaños, era más para fastidiar a Jabu.
Se sorprendió bastante de que no les hubiera dado un escorpión, una doncella orando y un cántaro. Luego debió cerrar los ojos y extendió el abanico a la altura de su boca, intentando controlar la oleada de pensamientos que la sobrecogió, sobre Milo usando una enorme hebilla dorada con forma de escorpión en el cinturón.
—Quien solo se ríe, de sus pecados se acuerda —dijo Gaku Taketa palmeado suavemente su rodilla.
—Lo siento —se disculpó, aún con el abanico cubriendo parte de su rostro.
—Descuida. Es increíble lo que los amigos pueden hacer con el humor de uno, ¿no lo crees?
—¿Los amigos? —preguntó Saori.
—Un pajarito me contó que te volviste a ver con las niñas con las que jugabas de niña.
—Ah, sí. Es increíble cómo pasa el tiempo…
—Es bueno para tu alma, mi niña. Que su alegría de muchachitas, aligere la carga que te deja tratar con tanto viejo testarudo.
Saori desvió la mirada hacia la ventana.
"Pero no va a durar para siempre", pensó.
Para cuando llegaron a su destino, el ruido de la ciudad los sobrecogió. La tranquilidad con la que transcurrían los días en la casa Kido eran parecidos a los de Santuario, con la excepción que hacían los caballeros de bronce.
El teatro era todo lo que podía esperarse de una solemne edificación japonesa, salvo quizás por la ausencia de un enorme jardín, porque la entrada principal estaba a un par de pasos de la avenida principal. Fueron recibidos por una joven que lucía un arreglo similar al de Saori, solo que su rostro se encontraba completamente maquillado de un blanco perfecto, acentuando ciertos rasgos con tonos rosas.
—¡Nada como una bien ejecutada ceremonia del té! —exclamó Gaku Takeda siguiendo a la joven que los condujo a una estancia privada —. Es una pena, querida, que Mitsumasa no te haya instruido en estas artes, ayudan a ordenar la casa interna.
Conforme las indicaciones del hombre mayor, todos ocuparon sus respectivos lugares, según lo requerido en la etiqueta de la ocasión, que se limitaba a un espacio en el entarimado. Apenas acababan de tomar su sitio cuando la puerta se volvió a deslizar, entrando una mujer que inmediatamente se arrodilló, colocando las manos al frente e inclinándose considerablemente.
—Buenos días —dijo —. Disculpen la intromisión.
—Saori, muchachos —dijo Gaku Takeda inclinándose levemente hacia la mujer a modo de corresponder su saludo —, les presento a la señorita Nadeshiko.
La mujer se inclinó nuevamente para responder a la presentación, luego se levantó con cierta lentitud hasta que hizo contacto visual, primeramente, con el hombre mayor, luego con los demás presentes.
—Siempre es agradable verle, Takeda-sama.
Saori miró de soslayo, los tres caballeros parecían ciertamente intrigados por lo que estaba ocurriendo, pues creía haber solo mencionado vagamente que sería una presentación de música y danza tradicional.
—Es una ceremonia del té —les dijo en griego, haciéndoles una indicación para que se acercaran, pues su tío los había dejado a cierta distancia.
Milo fue el primero en ir, quedando a su lado y directamente frente a la mujer, de la que ya había perdido la cuenta de las veces que se había inclinado y en esos momentos se dedicaba a disponer una serie de utensilios en diferentes lugares con respecto a cómo estaban originalmente.
—Es en realidad, una pequeña iniciación —continuó explicando en voz tan baja, que era más un murmullo—, normalmente una ceremonia es bastante larga, esta apenas será de una hora. En todo caso, los conceptos básicos son la armonía, el respeto, la pureza y la tranquilidad.
—¿Es como una meditación? —preguntó Shaka.
—Sí… en cierta manera.
Saori desvió la vista hacia el hombre que los había invitado. Tenía la mirada atenta una caligrafía dispuesta en uno de los muros, así que volvió a girarse levemente hacia los caballeros haciéndoles con el rostro una leve indicación para que miraran también.
Ya tenía en conocimiento que ninguno de los tres sabía leer japonés en ninguna de sus formas.
—Es un haiku —dijo, y se los leyó.
¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga? *
Shaka inclinó el rostro, como si aquella pregunta se la hubieran hecho a él. Camus hizo un leve movimiento, como un asentimiento, mientras que Milo no fue capaz de retener su atención ahí, sino en los movimientos de la mujer que, pese a que no era posible que fueran naturales, la fluidez era innegable.
Se quedaron en silencio hasta que Nadeshiko, se giró, sin cambiar su postura arrodillada, ofreciendo, con otra reverencia, un bowl de una preparación espesa, color verde intenso, a Gaku Takeda que se inclinó para recibirla. Hizo algunos ademanes, como si inspeccionara el cuenco girándolo en la palma de su mano, para luego beberlo.
—Qué exquisitez —dijo, devolviéndole la pieza con el mismo ritual.
La joven muchacha que los había llevado hasta ahí, volvió a entrar en la habitación, apenas anunciándose y dejando a su disposición unos pastelillos rosados y otros verdes, volviendo a sumirse en silencio por lo que pareció otro largo rato. Al menos hasta que, mediante la joven como ayudante, todos tuvieron en sus manos una taza servida, pero esta no era del mismo verde intenso que le habían servido al principio al hombre mayor.
—¿No te lo vas a tomar? —preguntó Camus a Milo, que había dado apenas un minúsculo sorbo —¿No te gustó?
—No es eso —respondió el santo de Escorpio —. Tardó casi una hora en prepararlo, no me lo voy a tomar de un trago.
Camus miró su taza vacía. Así como lo planteaba, tenía bastante sentido.
—Tampoco vas a hacerlo rendir otra hora —repuso Shaka que también ya se lo había bebido.
Milo hizo un mohín cuando la mujer anunció que la presentación de danza estaba por comenzar, por lo que debían concluir ese encuentro. Una vez más los reverenció, agradeciendo que le permitieran ser su anfitriona.
En su camino hacia la platea, en donde tenían reservados sus asientos, Milo se inclinó levemente hacia Camus, hablándole en francés.
—¿Sería posible hacer más ceremoniosa una presentación de baile que la preparación de una taza de té?
Camus se encogió de hombros, no podía imaginar que algo así fuera posible. Aunque lo cierto fue, que sí se podía.
El baile japonés no se parecía en nada a algo que los caballeros hubieran visto antes. Tenía en efecto, cierto aire casi místico con sus movimientos meticulosamente medidos, combinando también las largas mangas de sus atuendos, los abanicos y alguna de las bailarinas llevaba una sombrilla plana.
Si bien la letra de las canciones se les escapaba en partes, no pudieron quedar indiferentes ante el espectáculo.
—Es interesante lo que logra una bailarina profesional —dijo Shaka a Athena, pasando de Milo y Camus que se habían enfrascado en una conversación en francés, de la que no entendía nada.
—Sí — respondió ella —, aunque no son bailarinas, son más que eso.
Shaka levantó levemente una ceja, a lo que ella se llevó un dedo a los labios.
—La palabra para nombrarlas es geisha —le explicó —, su trabajo es un poco más complejo, ellas son… como la voz de siglos de historia, aprenden tradiciones, sobre todo las artísticas, y las mantienen vivas. Lo particular, a diferencia de muchos artistas, es que ellas son contratadas de forma privada y casual para atender banquetes o eventos sociales.
—¿Banquetes? —preguntó él, mirando a la pareja de mujeres anunciadas como el último número.
—Sí. Es más informal que una presentación, pero permite entrar en contacto con un aspecto cultural de Japón.
—Eso suena interesante.
Shaka volvió su atención al escenario mientras que Saori lo miraba.
Parecía extraño que, después de tanto tiempo juntos, jamás lo había notado especialmente interesado en algo fuera del margen de las actividades del Santuario, e incluso en eso, tampoco era activo como otros.
Al otro lado, Milo y Camus cortaron su charla para prestar atención al acto. Habían estado charlando en voz baja, y se animó a creer firmemente que estaban pasando bien el rato, al menos por lo que pudo escuchar del santo de Escorpio, que había empezado a hablar en francés porque creía, de alguna manera, que serían irrespetuosos algunos de sus comentarios que en realidad solo eran hilarantes.
Quizás debería decirle que ella entendía bien el francés, mantener eso en secreto no sería muy educado.
Decidió entonces que, dado que estaba totalmente segura de que jamás expresarían un deseo, tendría que estar muy atenta a lo que pudiera interesarles y dárselos, que conocieran el mundo que existía más allá de las ruinas de Atenas, el mundo por el que entraban en batalla, y un banquete de geishas estaba en la lista de experiencias.
Ella, personalmente, nunca había contratado a una geisha, pero sabía que su abuelo y su tío Gaku solían cenar, con bastante frecuencia, acompañados de algunas.
Milo se dio cuenta de que Athena los estaba mirando y se sintió extraño cuando le dedicó una sonrisa un tanto aniñada, que, sin darse cuenta, había imitado para enseguida sentirse avergonzado por lo que volvió a mirar al frente.
Recordó las palabras del hombre que los acompañaba.
Era bueno para el alma el espíritu de la alegría, y el humor de los hombres con los que Athena debía lidiar era el menor de los problemas. Después del dolor que provocaban las guerras, verla sonriendo era algo que valía la pena.
Hablaría con Shaka y Camus para que limitaran cualquier posible presión que la enfrascara solo al trabajo, darle la libertad para salir con sus amigas sin que se avergonzara de ello.
Comentarios y aclaraciones:
*El haiku se escribe en tres versos sin rima, la gracia está en las sílabas, son 5, 7 y 5 respectivamente.
El ejemplo que usé es de Jorge Luis Borges. Pese a que dudo mucho que en Japón alguien use un haiku argentino… esto es fanfiction (y traducidos, pierden su estructura, por eso mejor uno en español)
Por cierto, no les había comentado, pero estoy escribiendo un mini fic de Saint Seiya haciendo crossover con Hello! Sandybell.
¿Por qué hago este comercial?
Porque esa mini historia es el preludio a un evento que ocurrirá en este fic.
Si les interesa, se llama "Vanity Fair", con Kitty Shiller en portada.
¡Gracias por leer!
(Un gusto tenerte de vuelta Diana A)
