Legado

—Creo que alguna vez escuché algo sobre los caballeros de acero —comentó Milo, luego de un rato en que el silencio había predominado mientras esperaban en el pabellón del jardín que sospechó, Athena prefería al comedor.

—No participaron en muchas batallas —dijo ella—. Pese a su excelente entrenamiento, sus armaduras no pueden compararse, además de que tampoco recibieron instrucción adecuada en el manejo del cosmos.

Giraron la vista al notar que un grupo de personas se acercaba, dos muchachos y una mujer entrada en años, conducidos por Tatsumi.

—Buenos días, señorita Kido —saludó el mayor de los jóvenes, adelantándose para hacer una reverencia.

—Buenos días, Shō —respondió Saori.

—Lo siento —se disculpó él—, pero Tatsumi no fue muy claro sobre el motivo por el que deseaba vernos.

Saori se giró hacia los santos dorados, que se habían puesto de pie al igual que ella.

—Los he invitado porque quiero presentarles a Shaka de Virgo, Milo de Escorpio y Camus de Acuario, santos dorados de la orden.

Los recién llegados se inclinaron conforme la etiqueta japonesa, sin embargo, la mujer levantó la mirada, y aunque sus ojos bordeados de líneas de expresión acentuadas, daban la impresión de tratarse de una persona apacible y amable, la intensidad del gesto no pasó desapercibida para ninguno de los tres caballeros.

—Ellos son Shō de la armadura celeste y Daichi de la armadura terrestre —continuó Saori—. También les presento a la señora Asamori Nanao, esposa del difunto doctor Asamori, creador de las armaduras de acero, y leal aliado de las causas justas.

Hubo un momento de silencio antes de que los invitados tomaran lugar, esperando lo mejor pese a la tensión que se había generado. Saori estaba segura de que la señora Asamori temía los motivos por los que les había hecho llamar, y ese sentimiento le provocó cierta compasión.

Desde que los caballeros de acero libraron su última batalla, habiéndose recuperado el Santuario, ella se había empeñado en que le permitieran tener su custodia, que al igual que la de los caballeros de bronce, estaba en poder de Tatsumi.

Sabía que el matrimonio Asamori nunca tuvo hijos, y que los muchachos habían tomado ese lugar de cierta manera, por eso luchaba constantemente contra el mayordomo, con respecto a sus "obligaciones" como caballeros, pese a que Saori le había ordenado concederle lo que pedía, firmando las actas de adopción.

Alguna vez, incluso trató de devolver las armaduras, entendiendo que eso era lo que aún vinculaba a los chicos con la fundación Graad, sin embargo, ellos se habían empeñado, por su cuenta, en conservarlas, aceptando las responsabilidades que conllevaban, según Tatsumi, limitadas a tareas de apoyo debido a la diferencia de poder que los separaba del rango de bronce.

Saori no dudaba que aun reconociendo y aceptando esa diferencia, tenían un orgullo difícil de doblegar y que, llegado el momento, si se daba la necesidad, en vista de las precarias circunstancias por las que pasaba el Santuario, no dudarían en atender el llamado y entrar en batalla.

Ese era el temor constante de la señora Asamori, podía sentirlo con toda claridad.

—Solo es una presentación social —dijo, para tratar de calmarla —, Shaka, Milo y Camus han escuchado de sus batallas, y deseaban conocerlos.

Shō miró hacia los tres caballeros, con cierta expresión de asombro, pese a que el pelo le cubría uno de los ojos. Por su parte, Daichi solo sonrió.

—¿Y qué tan decepcionados están? —preguntó, denotando su nerviosismo.

—En absoluto —respondió Shaka con tranquilidad —. Son todo lo deseable en un caballero.

—Gracias —respondió el mayor, ya que su compañero no supo qué decir y solo seguía sonriendo.

La mujer apretó los labios por un momento, como dándose valor, hasta que finalmente consiguió hablar.

—Shō-kun desea seguir los pasos de mi difunto esposo, y prepara su examen de admisión para la escuela de ingeniería en la Universidad de Tokio.

El muchacho bajó la mirada.

—Solo es una idea —respondió —. Es más probable que tome la certificación en seguridad de Kido Systems. Realmente me gustaría llegar a dirigir un equipo especializado. Los proyectos de crecimiento del señor Shishio tienen una gran área de oportunidad.

La señora Asamori respiró profundamente.

—Señorita Kido —llamó con cierta resignación —, siempre he sido de la idea de que hay dos tipos de luchadores, los que libran las batallas cuando son inminentes, y los que se ocupan de evitar llegar a ellas. Mi esposo realmente se preocupaba por eso último. Luego de su fallecimiento, tengo entendido que nadie tomó su lugar en lo que refiere a… el Santuario.

Saori sonrió tímidamente al comprender por dónde iba la mujer. Estaba apelando a ella para convencer a los muchachos de que se retiraran de cualquier posible línea de combate.

—Disculpe —interrumpió Camus —, ¿cuál era la función que desempeñaba él?

Ella lo miró.

—Él, junto con el señor Yousuke Hanamori, lideraron la unidad Taizen, encargada de la investigación referente a la orden de Athena. Él se avocó al estudio de la armadura de Sagitario, y a partir de ella desarrolló los tres modelos de armaduras de acero. Como parte complementaria del programa, también diseñó el sistema satelital y coordinó el sistema de enlace de información global.

—¿Información global?

—Así localizaron todos los sitios de entrenamiento —explicó Saori —. Formuló un algoritmo que ubicó los puntos más probables, luego se envió un equipo a establecer contacto con los locales para lograr la aceptación del candidato. Usamos ese sistema también para monitorear la actividad de Saga, aunque luego del incendio durante la batalla por el casco de la armadura de Sagitario, la verdad es que ya no trabajamos demasiado en su recuperación… pasaron muchas cosas y con el tiempo, solo usamos la red tradicional del Santuario.

—Ya veo. Bastante eficiente, considerando el éxito obtenido en tan poco tiempo —dijo Camus.

—¿Podemos ver las armaduras? —preguntó Milo.

Por respuesta, los dos chicos, sin haberse puesto de acuerdo, levantaron las mangas derechas de sus respectivos sacos, presionando dos botones de un extraño reloj de pulsera.

Saori les dirigió una mirada.

—El doctor Asamori continuó trabajando en modificaciones, ¿verdad? —preguntó.

Shō la miró con media sonrisa.

—Así es, señorita. Hasta su último día, se dedicó a mejorarlas tanto como era posible. Desafortunadamente, su investigación se perdió en el accidente. Pese a ser un genio respecto a computadores e informática, no hizo respaldos de ningún tipo, todo lo trabajaba en cuadernos de notas y planos hechos a mano.

—Ya veo.

Milo movió la cabeza levemente al escuchar un sonido similar al que hacía el avión y solo pudo entreabrir los labios cuando distinguió algo acercándose desde el cielo, quedando sobre el césped. Hubo un ruido como chasquido metálico que se escuchó claramente, aun a la distancia en que se encontraban, y aquello se dividió en dos piezas.

Los dos jóvenes se pusieron de pie. Shō se quitó el saco, dejándolo en el respaldo de su silla y se desabotonó los puños de la camisa mientras caminaba hacia su armadura, similar a un minúsculo avión, mientras que la otra, la que se había desprendido de ella, parecía un igualmente pequeño auto.

Innegablemente intrigados, los caballeros dorados le siguieron, rodeando ambas armaduras.

—El doctor Asamori —empezó a explicar Shō —, realmente desconocía el trasfondo de las armaduras del Santuario, y como tenía de único objeto de estudio la de Sagitario, es evidente que el diseño no se corresponde con nada a lo que podría esperarse.

—Aunque las hubiera tenido todas —repuso Camus —. Cada armadura tiene un diseño y comportamiento diferente.

—Es interesante su forma objeto —dijo Milo agachándose para mirarla mejor —¿Es funcional en este modo?

—Sí. De hecho, puede llevar hasta dos personas a la vez, aunque hay que tener agilidad para mantener la estabilidad.

—Vístela —dijo Camus, con el modo y tono que dejaban en claro que se trataba de una orden. Quizás, bajo otras circunstancias, incluso pudo entenderse como grosero, pero Shō estaba más ocupado en dar una primera buena impresión que atender su propia sensibilidad, así que volvió a presionar otros botones del reloj y el pequeño avión se estremeció, deslizándose hacia él mientras perdía su forma, convirtiéndose en una serie de placas que recubrían el cuerpo en su totalidad.

—Tiene un mayor rango de cobertura que el estándar de las armaduras de bronce —observó Milo, mirando el peto completo que incluía una gorguera a la que se ajustaba el casco con visor y las perneras altas que llegaban a ensamblarse a la pieza que cubría las caderas.

De pronto, Camus empezó a hacer una serie de preguntas sobre la presión que resistía, el punto de congelación y de fusión, entre otras, que el muchacho respondía sin mayor problema.

—¡Chicos!

Shō y Daichi giraron la vista enseguida.

—¡Seiya!

Los caballeros de acero se giraron hacia él, chocando las manos en un tipo de saludo informal. Casi enseguida el resto de los de bronce llegaron, intercambiando el mismo saludo. Entonces, Pegaso extendió los brazos, pasándolos por sobre los hombros de ambos, aunque debido a que Shō era un poco más alto, acabó por obligarlo a inclinarse levemente.

—Si no fuera por estos chicos —dijo a Camus, Milo y Shaka —, los caballeros de plata nos habrían hecho polvo.

Aun con el visor de los cascos y el cabello sobre su rostro, el sonrojo de los muchachos fue perfectamente visible para todos.

—Nos estás dando demasiado crédito —susurró Shō, casi tartamudeando, mientras que Daichi insistía en solo reír nerviosamente —. En honor a la verdad, resultamos un agregado innecesario. Luego de la batalla por la armadura de Sagitario —se detuvo un momento, mirando de soslayo a las doncellas que se acercaban con los carros de servicio para el desayuno, y continuó con lo que decía, pero en griego —. Desde esa batalla, no hemos entrado en combate. Supongo que eso, y el hecho de que no tuvimos un entrenamiento adecuado, hace que sea correcto no considerarnos caballeros.

—Las batallas no hacen a un caballero en la orden de Athena —repuso Camus—, sino su voluntad para luchar por la justicia. Sin eso, no importa a cuantos oponentes derrote alguien, jamás podría tener tal título.

—Y hay muchas maneras de defender las causas justas —dijo apresuradamente la señora Asamori, también en griego, lo que llamó la atención de los caballeros dorados.

Camus la miró por un instante, preguntándose qué tanto sabía al respecto. Aunque si su esposo había sido un partícipe activo en el plan de Athena, no dudaba que estuviera tan bien informada como lo podría estar cualquier aliado del Santuario que no pertenecía propiamente a la orden, a la vez que no parecía ser del todo consiente sobre quién era realmente Saori Kido.

Intentó, solo por un momento, imaginar qué haría alguna de las señoras mayores de Rodorio si recibiera una invitación a desayunar con Athena.

Seguro moriría de la impresión.

Incluso, después de tantos años, a muchas de las personas del pueblo se les dificultaba asimilar la idea de que Athena realmente tuviese un cuerpo humano, y que era precisamente la mujer que a veces pasaba por ahí en la limusina negra. Normalmente nadie ahondaba en explicaciones con ellos, y pese a la existencia de esculturas y pinturas de conceptualizaciones de diferentes artistas, estaba seguro de que nadie podía concebir en realidad, cómo era que la diosa se veía.

—¡Vamos a desayunar! —se quejó Geki —. Mi avión sale en unas dos horas, y tengo que estar en el aeropuerto antes.

—Lo siento, Geki, Camus estaba haciéndole unas preguntas a Shō.

—Está bien. No tengo nada más que agregar —dijo Camus girándose hacia sus compañeros, que asintieron tras intercambiar miradas, ya que se encontraban igualmente satisfechos.

El espacio disponible en el pabellón era más reducido que el comedor, aunque debido a que solo estarían para el desayuno los invitados, y cinco caballeros de bronce, no había problema alguno.

Poco a poco, la timidez que había envuelto a los caballeros de acero, se esfumó, uniéndose al barullo que armaban los otros jóvenes.

—Maestro —llamó Hyōga mostrándole una hoja de papel —. Tatsumi me dio este mapa de Maulévrier, y no encuentro las referencias que me dices.

Camus tomó la hoja, cambiándola de orientación dos veces antes de comprender cómo ubicarse.

—Bueno, han pasado años desde la última vez que estuve ahí. Es normal que cambie, pero… esto era el monasterio —dijo, señalando lo que ahí se indicaba como un museo de arte —. Si vas desde Paris, tendrías que estar entrando por acá —continuó explicando, a lo que Hyōga solamente asentía.

—¿Puede repetirme cómo se pronuncia el nombre de la persona a la que tengo que buscar? —preguntó Geki a Shaka, recordando que tenía esa duda.

—Bikramjit Singh Ningthoujam.

El caballero de Osa mayor no parpadeó para no perder detalle en el movimiento de sus labios, pero todo eso era como un trabalenguas que torpemente trató de pronunciar. Shaka lo volvió a repetir, un poco más lento, sin mejor resultado.

—Dame la carta.

Geki sacó el sobre de la bolsa interna de su chaqueta, entregándosela, aunque el caballero debió girarse preguntando si alguien llevaba un bolígrafo.

Dachi, que estaba en el sitio al frente de él, se apresuró a tenderle uno con exagerada reverencia.

Shaka escribió entonces algo en el sobre, hasta entonces en blanco, de modo que Geki pudiera leerlo.

—Él habla inglés —le dijo —, así que podrá entenderte sin problema, pero si debes preguntarle a alguien, solo debes leer esto, es más o menos como se pronuncia, estarías preguntando la localización de la tienda de Bikramjit. Voy a escribir la dirección en hindi, pero no tiene caso que se las muestres, la mayoría no sabe leer.

—Entiendo. Entonces, esta persona ¿me dará los documentos?

—No, él te guiará al templo, y ahí alguno de los monjes te los va a dar, a quien te reciba es a quien tienes que darle la carta. En el templo no hay demasiado problema, muchos hablan griego.

—Excelente.

Geki dejó escapar un suspiro cuando Tatsumi se hizo presente para anunciarles que el helicóptero esperaba por los que saldrían de viaje.

—Insisto en que deberían usar el avión —dijo Saori.

—Tranquila, puede que lo ocupes, y un vuelo comercial no nos va a matar —respondió Hyōga, aunque súbitamente se puso rojo, mirando con una inusual sumisión a la señora Asamori —. Lo siento, yo… solo fue…

—Descuida, hijo. Lo entiendo. Solo fue una expresión.

El caballero de Cisne se puso de pie, despidiéndose cortésmente, al igual que Geki.

Seiya dio un salto, anotándose para ir también.

—¿Y tú a dónde vas? —preguntó Tatsumi con molestia.

—Pues, los voy a acompañar.

El mayordomo entornó los ojos, señalándolo con el dedo.

—¡Solo al aeropuerto! ¡Mañana empiezan tus clases para el examen de regularización!

Seiya hizo un mohín.

—¿Yo por qué? Con Jabu basta, hasta Shun sobra.

—Seiya, no vamos a volver a discutirlo frente a los invitados.

Seiya giró la vista, mirando a Shō y Daichi con una sonrisa.

—Ellos también están en la escuela, ¿no?

—¿La escuela? —preguntó Shō sin comprender del todo.

—Cierto — dijo Tatsumi —. Estás en tu último año ¿no? Antes de la universidad.

—Si. Y, Daichi está en primer grado ¿por qué?

—¿En qué escuela están?

—Tokyo Junior and Senior High School

—¡Perfecto!

—¿Perfecto para qué? —preguntó la señora Asamori.

—Para cuidar de la señorita Saori, naturalmente.


Comentarios y aclaraciones:

Y Seiya se resiste a ir a la escuela ¿alguien puede culparlo? Ni siquiera le preguntaron.

Por cierto, finalmente Milo hace su aparición estelar en Vanity Fair, y creo que no les había comentado sobre mi versión de la guerra santa contra Cthulhu, pero ya tengo en línea la primera batalla.

En fin, terminados los anuncios parroquiales, solo me resta decir

¡Gracias por leer!