Proyectos

—¿Shaka? —preguntó Milo saliendo de su habitación, mirando con una ceja arqueada el traje informal que llevaba, mientras que él se había puesto la corbata a recomendación del mayordomo, que más había parecido un hecho ineludible.

—Hay… invitados, por lo de los planos del Santuario —dijo, sin ser capaz de explicar del todo lo inapropiado que creía que era su atuendo. Sin embargo, el santo de Virgo no pareció comprender la intención de sus palabras, y simplemente siguió su camino por el pasillo.

—No estaré en la recepción —explicó —, Athena lo sabe. Debo atender un asunto.

Milo no insistió, pero tampoco pudo evitar el preguntarse qué clase de asunto podría tener él en Japón.

Shaka bajó apresuradamente, prefería no tener que encontrarse con nadie más porque no se creía capaz de dar más explicaciones que las que le había expuesto a Milo, después de todo, su asignación requería de una particular discreción, según deseos de Athena.

La noche anterior habían atendido la reunión con el doctor Akitoki Takiguchi, que se había prolongado más de lo esperado ya que el hombre no había perdido la oportunidad de extenderse en los temas que le importaban, para lo que había redactado una lista que no dudó en sacar.

Esa era la forma en la que Athena había resuelto solucionar los reclamos de Tatsumi sobre atender la cita con Tsubame Shishio, simplemente tendría una reunión privada con cada uno de los directores. Bastante simple, aunque restaba ver la eficiencia de ello.

Se estaba quitando la camisa cuando llamaron a la puerta.

—¿Shaka?

Se trataba de Athena.

—¿Puedo pasar?

Abrió la puerta en cuanto pudo volver a abotonarse debidamente.

—Perdona por molestarte tan tarde —le dijo con cierto modo apenado, acentuado por sus manos juntas al frente, que se aferraban a unos papeles.

—No es ninguna molestia. ¿Qué es lo que puedo hacer por usted?

Con el rostro ligeramente inclinado, ella pareció dudar, pero consiguió seguir hablando.

—Necesito… ¿puedes hacerme un favor?

—No es necesario que pregunte, cualquier cosa que necesite, solo debe pedirlo.

Ella respiró profundamente, extendiendo hacia él los papeles que llevaba consigo, así que los tomó, notando que se trataba de sobres de correspondencia.

—En el museo de Historia, la doctora Kefalidou resguarda la réplica de la armadura de Sagitario que mi abuelo compró al artesano de Grecia. ¿Podrías guardar estas cartas ahí?

Shaka se limitó a asentir.

—Yo… realmente preferiría que nadie supiera sobre esto… no creo que la doctora te pregunte para qué la quieres, la llamaré por la mañana para avisarle que irás.

—Está bien, puede confiar en que se hará según sus deseos.

—Gracias.

Aquello último lo había dicho con suma tranquilidad, realmente aliviada, seguramente de que él mismo no intentara indagar sobre el asunto, aunque no había propósito para tal cosa. Athena tendría sus motivos, y cualesquiera que fueran, no eran de su incumbencia.

Ella salió por su cuenta deseándole una buena noche, con paso apresurado, de vuelta a su habitación, y él simplemente la miró hasta que la puerta se cerró, luego prestó atención a los cuatro sobres color perla, marcados en el reverso con tinta negra y caligrafía cursiva, con una fecha.

17 de agosto de 1989

5 de diciembre de 1989

6 de febrero de 1990

15 de abril de 1990

Bel, el chofer, ya estaba al pie de las escaleras del pórtico, a un costado de un coche más compacto que el alargado que habían estado usando, y aunque tuvo una ligera duda al respecto de que ese hombre fuera partícipe de su encomienda, en cuanto le abrió la puerta, le quedó claro que sería de esa manera. Por lo mismo, no creyó necesario indicarle la dirección, simplemente ocupó el lugar que le correspondía y dejó que hiciera lo suyo.

Justamente alcanzaban la reja principal, cuando el primero de los autos de los invitados llegó.

No pudo evitar el sentirse aliviado de tener una excusa más que perfecta para escabullirse de ese compromiso.

El museo ya estaba abierto, y aunque no había una cantidad considerable de personas como en el museo de ciencias, definitivamente se notaba algo de movimiento.

Inseguro sobre hacia dónde dirigirse, optó por acercarse a lo que parecía ser un mostrador del lado izquierdo, en donde había una joven que fue a su encuentro casi enseguida, preguntándole en un correcto inglés si podía ayudarle en algo.

—Estoy buscando a la doctora María Kefalidou, vengo en nombre de la señorita Saori Kido.

La muchacha, con cierto aire impresionado, asintió quedamente regresando a su sitio para tomar un teléfono. Hizo una breve llamada antes de volver con él, pidiéndole que le acompañara, conduciéndole en la dirección de la enfermería, pero deteniéndose una puerta antes.

—Adelante, por favor. La doctora lo recibirá en un momento.

Shaka asintió mientras la muchacha se retiraba, cerrando la puerta por fuera. Decidió no sentarse, aunque de todos modos tampoco tuvo que esperar demasiado, al cabo de unos minutos la mujer apareció dedicándole una mirada quisquillosa.

—Señor Brydges —dijo con media sonrisa.

Shaka asintió levemente. No se le había ocurrido preguntar cómo era que habían agendado la cita.

—Honestamente, creí que eran su escolta —dijo haciéndole un gesto para que la siguiera —. Aunque no me sorprende del todo, alguien con tantas piezas de colección distintas, necesita de toda la ayuda posible para organizarlas.

Caminaron hasta quedar ante dos puertas de metal, con un tipo de reja corrediza por encima que requirió de una llave y un código en un tablero a la derecha, para poder abrir la más pequeña, aunque lo que estaba detrás, era una escalera estrecha.

—Lianne Deschamps, la coordinadora de colecciones está abajo. Ella le dará todo lo que necesita. Le abrirá en cuanto termine.

Fue todo, una vez dentro, María Kefalidou cerró la puerta dejándolo solo en la fría escalera de metal.

.

Lianne miró la desordenada oficina que compartía con Matsuo y Shiozawa, y soltó un suspiro. Trataba que el espacio se mantuviera ordenado, pero era una batalla cuesta arriba con ese par. Podía esperar a que regresaran de sus encomiendas fuera del museo y obligarles a acomodar el caos que generaron, pero sabía que si María aparecía, no iba a haber excusa que valiera; el espacio era de los tres y ella estaba a cargo, si algo se dañaba o algún documento se traspapelaba, la del problema sería ella.

Sintió un escalofrío al recordar la última vez en que, por culpa de su desorden, acabó en su departamento, esperando que el santo de Escorpio no los asesinara.

Iba a ser una tarea tediosa, pero al ser inevitable, lo mejor que podía hacer era comenzar.

Sacó del cajón de su escritorio un walkman colocándose los audífonos para luego acomodarse el aparato en el bolsillo de su pantalón. Al compás del último álbum de Madonna, Like a Prayer, decidió comenzar por lo más importante: regresar los documentos de las piezas del museo a los archivadores y estantes correctos.

El volumen de la música era alto y la seguridad de que estaba sola la hizo relajarse lo suficiente como para dejar que su cuerpo se contagiara del ritmo e incluso se pusiera a cantar como lo hacía en la soledad de su departamento cuando cocinaba o limpiaba.

"When you call my name it's like a little prayer

I'm down on my knees, I wanna take you there

In the midnight hour I can feel your…"

Las palabras que seguían se quedaron congeladas en su boca al momento en que dio un animado giro y se percató que no estaba sola, Shaka de Virgo se encontraba mirándola con cierta curiosidad. Sintió el calor invadir su rostro y cómo sus mejillas se tornaron rojas con la vergüenza, había estado bailando y cantando a todo pulmón frente a un caballero dorado.

Se arrancó los audífonos de golpe, soltando a la vez el último grupo de papeles que acababa de ordenar, viendo cómo volvían a dispersarse sin orden alguno.

―Yo… maldición.

No sabía cómo actuar, así que sólo se agachó a tratar de recoger los documentos y quizás gatear hasta debajo de una mesa para esconderse.

―La doctora Kefalidou me dijo dónde encontrarte ―dijo él, provocando que Lianne se quedara a medio camino en el suelo.

―¿Me estabas buscando? ―preguntó extrañada, girando para verlo y de inmediato poniéndose de pie.

―Necesito acceso a la armadura de Sagitario ―respondió desde su posición en el umbral de la entrada al espacioso ambiente que fungía como oficina en ese frío sótano.

―Ah…

Lianne desvió la mirada con nerviosismo, no sabía cómo decirle que un artefacto casi divino había acabado dentro de una caja al fondo del almacén ya que no formaba parte de las exhibiciones, y muy probablemente nunca lo haría.

―Puedo pedir que la traigan mañana a primera hora ―ofreció, incapaz de verlo a los ojos directamente, ya no era sólo su presencia el problema, sino que tomara el lugar de reposo de la armadura como una ofensa.

―Athena me encomendó un pedido ―insistió con tranquilidad.

―Está en el almacén ―tuvo que admitir, presionando sus labios con fuerza―. Tengo una idea de dónde está, pero puede tomar bastante lograr sacarla.

Shaka frunció las cejas, no le estaba negando el acceso, pero esperaba que al mencionar que se trataba de un pedido de la diosa, la reacción fuera de inmediata complacencia. Ella había abandonado el Santuario, pero trabajaba para Saori Kido, estaba convencido que un pedido viniendo de ella debía bastar para conseguir una actitud más positiva.

―Puedes esperar aquí, si gustas, o quizás prefieras regresar luego, o puedo irte a buscar cuando la encuentre si me dices dónde vas a estar ―soltó Lianne de forma un tanto apresurada al ver que el hombre de larga cabellera dorada no respondía.

―¿Dónde está el almacén? ―preguntó, de ser necesario, él mismo la buscaría.

Lianne dudó por unos segundos y bajó la mirada antes de tomar aire.

―Por aquí ―indicó, avanzando hasta quedar frente a una puerta un tanto oculta entre los estantes de la oficina―. Al final del corredor ―explicó señalando un espacio abierto en el fondo―. Como mencioné, tengo una idea de dónde está, pero... ―dejó la frase en el aire mientras avanzaba, con sólo prender las luces del depósito debía quedar claro cuál era el problema.

Shaka observó filas inmensas de amplias estanterías, algunas eran gruesas vitrinas de vidrio que resguardaban artefactos valiosos, pero Lianne dirigió la mirada a una zona donde múltiples cajas de madera descansaban.

―Debe estar al fondo, es una de las pocas cosas que no lleva una ficha que describa con obviedad su contenido, he tratado de esconderla lo mejor posible…

―¿Esconderla? ―preguntó él.

―Pues sí…

Para ese punto, Lianne había conseguido levantar la vista el tiempo suficiente como para hacer contacto con sus ojos azules. No estaba totalmente segura de que las piernas no le temblaban, o que podría resistir más sin desmayarse, sin embargo, algo la hizo saltar: Shaka se acercó a una de las cajas que estaba en su camino más que dispuesto a moverla.

―¡Espera! ―gritó alarmada―. No puedes moverlas ―agregó y sintió ganas de esconderse dentro de alguna de las cajas cuando él le dirigió la mirada casi ofendido―. Son piezas valiosas, podrías dañarlas ―explicó con una mezcla de miedo, vergüenza y una pequeña llama de valor que acababa de encenderse en defensa de las colecciones del museo―. Si esperas un momento puedo traer el montacargas.

Shaka se detuvo y vio cómo la joven salió corriendo en una dirección para regresar minutos después subida en un aparato muy parecido a un automóvil pequeño que servía al parecer para mover las cajas con más cuidado.

Esperó con paciencia, el proceso era tedioso y realmente estaba convencido de que pudo haberlo hecho en menos tiempo. Sin embargo, finalmente le indicó que ya estaba sacando la adecuada, pero igual tuvo que esperar porque, aunque ya estaba afuera, hacía falta algún tipo de herramienta para abrir las tapas.

―Este embalaje ―dijo Lianne recuperando su tono tímido, casi lloroso, por tener que descubrir una caja de Pandora del más alto rango, envuelta en papel pergamino amarillento con esquineros de gomaespuma ―, es para protegerla… y pensé que siendo tan importante…

No pudo seguir.

Cada cara estaba opaca, casi ennegrecidas, el Sagitario en una de ellas apenas era visible y en otra tenía un profuso golpe que había deformado la imagen.

―Yo… no sabía que tenía que darle mantenimiento de algún tipo ―susurró la joven.

Shaka levantó una ceja, y Lianne creyó que había dejado de respirar.

―Obviamente, no es la real ―respondió él, sin dar más detalles.

Lianne se quedó anonadada.

―María va a matar a alguien si se entera.

La idea debería de haberse quedado en su cabeza, pero hubo un momento, similar a cuando entraba a una habitación y olvidaba al instante para qué había ido, con todo y que la idea era clara tan solo unos segundos antes.

Giró la vista hacia Shaka, pero este ya se había girado. Su pelo dorado se meció suavemente y por un instante le pareció incluso percibir un destello dorado obnubilando sus sentidos.

―Terminé aquí.

―¿Disculpa? ¿Solo querías verla?

Él se giró levemente, apenas mirándola por encima de su hombro. No necesitaba saber que Athena le había pedido guardar algo ahí dentro, así que lo mejor era que no recordara ese momento, para lo que bastaba una sutil influencia de su cosmos.

―Sí ―respondió, estando seguro de que no tenía memoria de la apertura de la caja, revelando el Sagitario ensamblado de una forma bastante bien lograda, aunque no menos manchada, además de que solo era un centauro, sin alas, algo que ya había comprendido que era más común en las representaciones fuera del Santuario.

Lianne, innegablemente confundida, frunció levemente el ceño, mirando aquella caja casi negra que había perdido por completo su valor, incluso artístico.

―¿No es la verdadera? ―preguntó, olvidándose de que tenía que guardar y ordenar todo, dando pasos apresurados detrás de él.

―No.

―¡Pero escuché que hubo batallas por ella!

Shaka se detuvo un momento, sin cambiar su semblante imperturbable.

―Azure de Grulla habla demasiado.

Lianne tuvo un ligero escalofrío. Casi había olvidado la forma en la que se castigaba el romper el secretismo del Santuario.

―Algunas de esas batallas no fueron tan discretas ―repuso, envalentonándose al recordar algunos rumores que corrieron con respecto de unos avistamientos ―. Robaron la armadura en una transmisión satelital que como mínimo vieron en veinte países, luego un montón de personas aseguraban que veían enfrentamientos entre caballeros por recuperar una pieza.

Shaka dejó escapar un muy suave suspiro, apenas audible.

―Solo… bueno, son cosas que pasaron.

―No estoy familiarizado con los eventos de ese conflicto ―dijo tras pensarlo un rato ―. Me encontraba atendiendo otros asuntos. Desconocía incluso la organización de lo que llamaron Torneo Galáctico.

―¿En serio? ―preguntó sin poder contener su asombro por eso, teniendo en cuenta el impresionante trabajo de publicidad que había atraído prensa de prácticamente todo el mundo moderno.

El silencio del santo la inquietó.

―¿Quieres… que te cuente?

―Sería interesante.


Comentarios y aclaraciones:

Este capítulo fue escrito en buena parte por Ellistriel, después de todo, Lianne es su nena.

Ya pueden fangirlear en paz.

¡Gracias por leer!