Presagio

El último en bajar para desayunar fue Jabu, y por algún motivo eso llamó la atención de todos, provocando un silencio casi sepulcral al verlo aparecer con un pantalón de color ambiguo entre el marrón claro y el amarillo mostaza, camisa blanca y un chaleco beige, además de que no llevaba los mitones negros de siempre, se había puesto unos blancos a juego y precisamente los ajustaba ante la atenta mirada de todos.

—¿Vas a salir? —preguntó Seiya con el bocado aún en la boca.

Jabu lo miró con la ceja arqueada.

—No puedo creer que estaba a punto de invitarte —murmuró, mirando las migas alrededor de su boca y en la camiseta desgastada que había visto mejores días, cuando aún era roja.

—¿A salir contigo? —preguntó de nuevo Seiya con un gesto inquisitivo más inclinado hacia el rechazo ante tal idea.

—Es el cumpleaños de Jun, y vamos a ir a Kioto. Nada en concreto, pasear por ahí, comer por ahí y volver a la noche. Si alguien quiere venir, es bienvenido.

—¿De verdad? —preguntó tímidamente Shun.

Jabu asintió.

—Yo no, gracias —repuso Seiya, mientras una de las doncellas cambiaba su plato.

Uno a uno los chicos declinaron la oferta, pero el silencio de Shun hizo que Jabu volviera a extenderle la invitación, si bien los tres caballeros dorados no se dieron por aludidos y apenas le dirigieron una mirada desinteresada, al menos Camus y Milo, mientras que Shaka ni siquiera eso.

—Dame unos minutos —respondió el caballero de Andrómeda, limpiándose la boca con la servilleta de tela y dejando el comedor.

—¿Quién es Jun? —preguntó Shiryū en voz baja.

—Su novia —respondió Nachi.

—¿No se llamaba Tsubaki?

—Es otra. Rompió con Tsubaki hace como un año.

—Y entre ellas hubo otras dos —susurró Ichi.

—¿Quieren dejar de hablar como si no los estuviera escuchando? —se quejó Jabu una vez que se hubo sentado —. Y solo para aclarar, Reiko no fue mi novia, solo salimos un par de veces.

—Es un dato importante, Jabu —insistió Nachi hablando con normalidad—. Shiryū pudo haber metido a conversación a Tsubaki, llamándola tu novia en tiempo presente frente a Jun, y eso sería un problema.

—Yo preferiría no conocerlas, lo siento —respondió Shiryū, aunque nadie pareció hacerle caso.

—¿Entonces ya no sales con Yoko? ¿Por qué rompiste con ella? Es increíblemente linda, dudo que encuentres a alguien así de nuevo —comentó distraídamente Ichi.

—Yo no rompí con ella —respondió Jabu —, ella rompió conmigo. Planeó un almuerzo para que conociera a sus padres y bueno… el Patriarca nos llamó. No se lo tomó a bien, y no le podía explicar en dónde estuve cuatro días de mi vida.

—Atender el llamado del Santuario, debe ser una prioridad para cualquier caballero —se animó a decir Milo.

—Lo es —respondió Jabu con cierto reproche que al caballero le pareció insolente, aunque no lo suficiente como para montar una escena.

—¿Con permiso de quién vas a salir? —se escuchó a Tatsumi chillar en cuanto vio a Shun bajar las escaleras.

—Con el tuyo.

La súbita intervención de Saori, que había anunciado que no bajaría a desayunar, llamó la atención de todos, que se asomaron desde el comedor.

—Tú les dijiste que, si se matriculaban conmigo en la escuela, quedaban exentos de cumplir cualquier otra obligación —explicó desde la baranda.

—¡Pero señorita!

—Tatsumi, déjalo así —repuso con un tono más inflexible —. Por favor Shun, vayan con cuidado, y diviértanse mucho.

Saori sonrió por un momento, y Shun lo hizo de vuelta al darse cuenta de lo auténtico del gesto.

—Nos vemos por la noche —le dijo, mientras Jabu dejaba el comedor, dirigiéndole una mirada y una despedida con la mano a Saori, que solo inclinó la cabeza antes de volver su atención al grupo que se había formado al pie de la escalera.

—No tengo planeada ninguna reunión para hoy, estaré en el estudio poniéndome al corriente con los temas de las clases de ayer y adelantando algunas cosas para una reunión del lunes. También tengo una conferencia con Shion respecto a los proyectos que nos presentaron el miércoles, así que no dejaré la casa.

Hizo una pausa, nadie se atrevía a hacer un solo ruido, tan solo la miraban a la espera de que indicara qué correspondía hacer a cada uno, o el motivo de sus explicaciones. Saori lo valoró un momento, y tras recorrer con la vista a todos, cerró los ojos un momento para ordenar adecuadamente lo que quería decir.

—Quiero que todos salgan a la ciudad —dijo finalmente, comprendiendo que, debido a la presencia de Milo, Camus y Shaka, no se podía permitir algo ambiguo como una sugerencia, por lo que también enfatizó que la indicación los incluía a ellos.

—Athena —se apresuró a decir Milo —. Por favor, comprenda que eso no es posible.

Saori no fue capaz de mirarlo a los ojos, ya que estaba segura de que la misma imagen de la reina rubia del pop tocándose la entrepierna rodeada de bailarines semi desnudos, no era algo que pudiera fingirse que no pasó.

Nachi, que también tenía eso fresco en la memoria, miró de soslayo a los caballeros dorados, comprendiendo enseguida las intenciones de Saori: pese a que los había incluido a todos, deseaba que específicamente ellos salieran y notaran por sus medios, que el problema no era Madonna, sino los límites del Santuario y sitios relacionados, que estaban atrapados en el siglo V, solo que no sabía cómo plantear la idea de lo normal que resultaba, al margen de los gustos personales.

Codeó a Shiryū para que prestara atención y adelantándose a todos, miró a los santos de más alto rango presentes.

—Si esos son los deseos de Athena —dijo con suma formalidad, apelando a su sentido del deber —, entonces así se hará, pero para no faltar a nuestro deber, me ofrezco voluntario para ser el custodio.

—Yo me quedaré con él —agregó Shiryū —. Hyōga me encomendó el entrenamiento de Ryuto. Solo iré a recogerlo al orfanato.

—Gracias —se apresuró Saori, evitando con una sonrisa cualquier réplica—. Entonces así se hará.

—¡Qué bien! —exclamó Seiya —. Tienen el día libre, hay muchas cosas que hacer en Tokio.

Shiryū enarco una ceja. No estaba verdaderamente seguro de que Seiya hubiese entendido la idea de Saori y la complicidad de Nachi, pero su sugerencia era tan natural que luego de la confirmación de ella, poco o nada pudieron hacer.

—Bel estará a su disposición, en cuanto regrese de llevar a Shun y Jabu.

Luego de eso, Saori simplemente hizo un ademán, inclinándose levemente, y se apartó de la baranda, camino al estudio.

Seiya palmeó con fuerza la espalda de Milo, algo que pareció incomodarlo, aunque no dijo nada al respecto.

—¡Ustedes pueden entrar a un montón de lugares! Deberían tomarse la noche también, vamos a estar todos para esa hora, Jabu y Shun estarán de vuelta también.

—Además, Saori ya lo decidió, no tiene sentido que le lleven la contraria —agregó Shiryū.

.

Milo salió de su habitación, cuidando de que nadie mirara. De cualquier forma, la casa estaba vacía: Nachi de Lobo y Seiya de Pegaso, atendiendo a su palabra, estaban en el estudio con Athena. Shiryū de Dragón aún no volvía del orfanato con el nuevo aprendiz, y aparentemente al menos la mitad de la servidumbre también tenía el día libre.

Llamó a la puerta de Shaka, y se deslizó dentro apenas le permitió el paso.

—Justamente venía a evitar esto —murmuró, aunque el otro le escuchó, por lo que frunció levemente el ceño.

—¿El qué? —preguntó.

Milo se acercó a él y le tendió una muda de ropa. Shaka miró las prendas sin externar nada en concreto, aunque se miró a sí mismo: el pantalón blanco con una kurta color bronce que tenía motivos de elefantes.

—¿Te parece inapropiado?

—Bueno, pensé que podríamos pasar un poco más… desapercibidos.

Shaka se quedó callado, pero pareció aceptar eso, y tomó la ropa que le ofrecía Milo, que volvió por donde había llegado. Ya estaba en el pasillo cuando uno de los jóvenes mozos, Hiroki, el que Hyōga había identificado como medio hermano suyo, le detuvo.

—Señor —le llamó, inclinando levemente la cabeza —. Bel ha regresado.

—Está bien. Que espere afuera.

El muchacho volvió a inclinar la cabeza, pero no se movió de donde estaba. Milo arqueó una ceja. Había algo en ese chico que le provocaba una inquietud difícil de explicar, tal vez era la expresión casi muerta de sus ojos.

Milo entró de nuevo a su habitación para tomar su chaqueta y la cartera.

Athena definitivamente había planeado eso desde hacía días, de ahí que les diera un pago anticipado. Se preguntó cuánto sería prudente llevar. Pensó que la gente normal no se gastaba toda la paga en una sola noche, pero desconocía del todo los parámetros de precios en Japón, y que sus denominaciones en billetes tuvieran una ridícula cantidad de ceros, realmente no ayudaba mucho.

Tras deliberar un momento, decidió llevárselo todo. No podría vivir con la humillación de no poder pagar la cuenta completa en algún lugar.

Y, en primer lugar, ¿a dónde iban a ir?

Podrían confiar en alguna sugerencia del chofer.

También era la primera vez que salía con Shaka, y quizás era la primera vez de Shaka en sí mismo.

A Camus no solía gustarle la gente en general, pero había conseguido arrastrarlo algunas veces a Atenas o a Santorini, de donde lo había sacado muy ebrio, una sola vez casi lo convenció de ir a Mykonos a un festival, pero lo dejó plantado el mismo día, solo para ir a encerrarse a su casa de Siberia.

Sonrió con malicia. Ni Camus ni Shaka iban a salir indemnes, pues con el permiso de Athena, podían disponer incluso de la noche y tenía una gran curiosidad por ver cuál era el límite de Shaka.

¿Qué podría salir mal?

Camus salió enseguida a él; frío, altivo e imperturbable, pese a los vaqueros negros y la camiseta celeste, daba la impresión de llevar su armadura, y su porte solemne convencería a cualquiera de que estaba en camino a cumplir una misión en nombre de Athena, lo que tendría cierta lógica considerando las circunstancias por las que estaban haciendo eso.

—¿Shaka? —llamó Milo dando un par de suaves golpes en la puerta del caballero.

—Un momento.

Shaka finalmente salió, pero tiraba de la camisa con cierta inconformidad, o quizás delatando el hecho de que no estaba seguro sobre si iba dentro o fuera del pantalón, y tampoco parecía convencerlo la chaqueta que se ceñía a la cintura y cuyas mangas no cubrían por completo los antebrazos, aun considerando que, por ser de Milo, le venía grande ya que él no era tan amplio de espalda.

Con una mezcla de resignación e incertidumbre los tres se dirigieron hacia la entrada de la casa.

Milo miró por sobre su hombro. Athena estaba en la ventana de su despacho, mirándolos. Al darse cuenta de que la habían descubierto, solo sonrió y movió la mano a modo de despedida.

Devolvió el gesto con cierta timidez. Ella les había encomendado la tarea de tener una salida social, y mirando alternadamente a sus compañeros, comprendió que sería el único responsable de que se llevara a cabo de manera exitosa.

Subieron al auto, y sin dar oportunidad a que alguien tomara la palabra, le pidió al chofer que los llevara al centro de Tokio, a algún lugar casual para poder almorzar, dada la hora que era, y enfatizó lo de casual para no acabar en un sitio como el restaurante francés.

Bel asintió y se puso en marcha.

—¿Hay algún plan? —preguntó Shaka.

—Tengo uno —respondió Milo, recibiendo una mirada ceñuda por parte de Camus.

—Te escuchamos —dijo el santo de Acuario.

—Vamos a pasear por la ciudad.

—Entiendo —repuso Shaka, esperando que continuara, pero como no dijo nada más, ambos acabaron por mirarlo con escepticismo.

—Nada en concreto, pasear por ahí, comer por ahí…

El hecho de que repitiera las palabras de Jabu de Unicornio no los tranquilizó en absoluto, por el contrario, la incertidumbre que inicialmente sentían, se volvió un abismo enorme que no estaban seguros de cómo sortear.

—¿En cuánto tiempo debería volver? El estacionamiento está a un par de bloques —dijo Bel.

Milo lo pensó un momento.

—Podría solo dejarnos aquí. Podemos volver solos.

—Bueno, supongo que es lo más adecuado para que conozcan la ciudad. ¡Oh! Por cierto, La señora Hart hizo esto para ustedes.

Enseguida, les entregó una tarjeta blanca escrita a mano en el que venía anotado con perfecta caligrafía, el número de teléfono de la casa, el de la limusina, y uno que decía ser línea directa con Tatsumi.

—El de la limusina lo atiendo yo, en cuanto quieran que les recoja, solo deben llamar.

Los tres asintieron, Shaka la guardó, y solo hasta que dejaron de ver el auto, fue que se animaron a mirar el sitio al que los había llevado, aunque no era uno en particular, sino la entrada a una estrecha calle que anunciaba diferentes sitios.

—Pues… ya estamos aquí —dijo Milo, aventurándose a ir primero.

Apenas se adentraron en la calle, el olor de diferentes cosas los golpeó con fuerza, y aunque podían reconocer el grupo general al que pertenecían, si eran sopas o brochetas, realmente no estaban seguros de las especificaciones de ingredientes.

Tenderos jóvenes, ancianos, hombres rudos que más parecían querer golpearlos con sus abanicos y cartas que venderles algo.

Una muchacha, ataviada con un sencillo vestido blanco y un pañuelo del mismo color sosteniendo su cabello castaño, los interceptó ofreciéndoles un tradicional almuerzo de ramen.

Milo se dejó conducir al interior por ella, y Shaka miró a Camus preguntándose cuándo habían decidido almorzar ahí, pero este solo entrecerró los ojos, suspirando con resignación.

—Difícilmente, Milo se resiste con las chicas.

Contrariado, Shaka solo caminó detrás de él. No podía concebir a Milo como ese tipo de hombre. Lo miró con curiosidad, tampoco mostraba un comportamiento que indicara intenciones explícitas de querer entablar algún tipo de relación, simplemente estaba haciendo lo que ella quería. Se había sentado donde le dijo, había tomado la carta que le dio y prácticamente pidió lo que ella sugirió.

Camus y él se mostraron un poco más indecisos, ya que no sabían leer, aceptaron el resumen verbal que ella con mucho gusto les dio.

Sentados frente a la barra, por un momento quedaron a solas, y la mirada gélida de Camus provocó que Milo reaccionara.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada —respondió con sarcasmo.

—Pensé apropiado probar algo tradicional, ¿no era la idea?

—Toda la calle tiene comida tradicional —susurró Shaka, provocando que el otro hiciera un mohín.

Pronto salió un hombre mayor por detrás de una cortina, claramente el padre de la muchacha, y con la misma efusividad les dio la bienvenida, prometiéndoles el mejor almuerzo de su vida.

Quietos, en silencio, pero genuinamente interesados, toda su atención estaba en la forma en la que el hombre amasaba lo que serían los fideos. Era la primera vez que veían una preparación así, Milo a lo sumo había visto a su anciana casera preparar la pasta con una máquina, si es que no la compraba hecha y deshidratada.

El hombre la lanzaba, torcía, giraba y a cada movimiento, una hebra más aparecía. Entretanto, la muchacha cortaba vegetales, que cuando les fueron servidos, se dieron cuenta de que les había dado formas de flores.

—¿Desean un tenedor con cucharilla? —les preguntó al servirles.

—No, gracias. Estaremos bien —respondió Milo, tomando uno de los palillos del dispensador.

—Yo si lo acepto, por favor —repuso Camus, secundado por Shaka.

El almuerzo que habían tomado con Gaku Takeda no había incluido líquidos, así que no habían recibido la debida instrucción.

Milo se llevó el primer bocado a la boca, aunque pronto se vio en dificultades. A lo que había visto, no se trataba de un puñado de fideos, sino uno solo demasiado largo, y ya no podía tener más pasta en la boca, por lo que tendría que cortarla. El problema fue que, cuando lo hizo, lo que había levantado cayó de vuelta al caldo causando un salpicadero que tomó desprevenidos a sus compañeros, uno a cada lado suyo.

—Lo siento —murmuró.

Para cuando terminaron, ligeramente manchados, Shaka sofocado porque subestimó el condimento picante, e impregnados con un fuerte olor a caldo de cerdo, se dieron cuenta de que habían pasado buena parte del día en el restaurante, si bien, también se percataron de que el espectáculo de la preparación de la pasta había sido solo para ellos. Aunque la muchacha había hecho flores con los vegetales para todos los demás clientes.

—Hay que buscar un sitio para comprar agua de colonia o algo —se quejó Milo —. Huelo a sopa.

—Olemos a sopa porque alguien es demasiado obstinado como para aceptar que no sabe comer sopa con palillos —se quejó Camus, sacudiendo su saco.

Moviéndose por entre la gente que de pronto había abarrotado la estrecha calle, consiguieron salir a una avenida más amplia que, a su vez, los condujo a un inmenso cruce.

—¡Por fin! —exclamó Milo —¡Una tienda departamental!

Una hora con cuarenta minutos después, finalmente llegó su turno en la caja.

—Ocho pisos —susurró Shaka —. ¿Realmente alguien necesita ocho pisos de cosas?

Habiendo usado los servicios para lavar lo mejor posible las manchas de la ropa y con el agua de colonia anulando el efecto del ajo y demás condimentos, pronto se vieron en la calle.

—De nuevo aquí —dijo Milo, percatándose de que realmente eran un fracaso como turistas.

La comida y el posterior aseo les había dado un propósito con el cual recorrer las calles, pero habiendo satisfecho esas necesidades, parecían simplemente no encajar en esa ciudad.

Empezaba a creer firmemente que tendrían que anotarse a algún recorrido turístico para no quedarse ahí parados, solo dejando pasar el tiempo.

—Como sea — se quejó tomando con una mano a Camus y con la otra a Shaka para que no se resistieran —. Necesitan un trago.

—¿De qué? —preguntó Shaka.


Comentarios y aclaraciones:

Estoy tan nerviosa porque viene una de las escenas que, sin exagerarles, está en mi cabeza y en borradores desde el principio mismo del fic. Sé qué saben qué es lo que viene, es inevitable.

Aquí no se los había deseado, y aún estamos en el primer bimestre, así que, ¡Feliz año nuevo!

Ok. Algo fuera de contexto.

En otros avisos parroquiales, el spinoff de Milo (Vanity Fair) terminó, y La llamada de Cthulhu está llegando a su punto crítico.

Ahora sí, ¡gracias por leer!