Consecuencias
La respiración de Camus era pesada.
En silencio, muy levemente embotado, intentó comprender cómo era que había llegado a esa situación; sentado en el largo banquillo del vagón del tren, con Izumi aferrada a su brazo derecho, y Heather recargada en su pecho del lado izquierdo.
La chica norteamericana estaba salivando, podía sentir la humedad en su ropa, y el olor a alcohol le cosquilleaba en la nariz, pero no se atrevía a culparla solo a ella, todos estaban en las mismas condiciones.
Miró de soslayo a Milo que estaba al lado de Izumi, deteniendo en su hombro a Shaka que, a su vez, sostenía a Lianne, reclinados como fichas de dominó.
—¿Qué salió mal? —se atrevió a preguntar en voz alta.
Milo le devolvió la mirada con el mismo sopor que lo envolvía a él, pero no le respondió, en parte porque no tenía ni idea de qué decirle.
Creía que una parte se debía a la pelea que Camus había empezado, porque los echaron del lugar, pero no podía culparlo también de haber decidido ir de sitio en sitio. Eso lo había sugerido Izumi ya que, de acuerdo con ella, el tren ya no pasaría sino hasta la madrugada, y pagar un taxi era excesivo.
Shaka recordó que el chofer les había dado un número para que les pudiera recoger, pero cuando quiso buscarlo, se dio cuenta de que no llevaba su cartera consigo.
Por lo demás, cuando entraron en el vagón, todos lo hicieron por su pie. Solo empezaron a caer hasta que el movimiento levemente bamboleante, hizo un efecto soporífico.
—No las podemos llevar a la casa —repuso Camus con severidad.
—Las llevaremos a la suya, supongo.
La mirada gélida de su compañero fue toda su respuesta.
—Bajamos aquí —dijo de pronto, pasando un brazo de Shaka por sobre su hombro para poder levantarlo y sosteniendo a Lianne que reaccionó lo suficiente como para mirarlo, con los ojos entrecerrados, la cara completamente roja, sin voluntad para oponerse.
—No quiero ser un saco de patatas otra vez —le dijo, al darse cuenta de que la estaba acomodando para echársela al hombro.
—¿Otra vez? —preguntó Camus llevando a las dos chicas que iban con él, con el mayor cuidado que podía dado lo poco que cooperaban.
Milo no le respondió, solo apresuró el paso para evitar las miradas incómodas de los pocos transeúntes que estaban en la estación.
Lianne se quejó más que un poco, aunque no estaba lúcida del todo y Camus le advirtió que la cambiara de posición o iba a vomitar por estarle presionando el estómago, sensible, además, por todo lo que habían bebido y comido.
—Ya casi llegamos —respondió sin prestarle atención.
—¿A dónde?
Finalmente, Milo dio con el edificio donde sabía que Lianne vivía, y consiguió ubicar la ventana porque era la única con cortinas en lugar de persianas.
Tras valorarlo un momento, y dado que no tenían llave, convinieron que solo podían entrar por la ventana, algo que hicieron rápidamente para evitar que alguien se diera cuenta.
El sitio era realmente pequeño, menos de la mitad de la habitación que tenían asignada en la casa de Athena, e incluía una pequeñísima estancia que fusionaba la sala de estar con el comedor, una cocineta y la recámara.
—No caben ahí —dijo Camus viendo la cama.
—Son pequeñas —repuso Milo —. ¿O a quién quieres dejar en el piso?
Resoplando, Camus bajó a las chicas y las acomodó para hacer espacio suficiente para Lianne, que apenas sintió que la movían, gimió un poco, sujetándose de Camus, pero antes de que este pudiese siquiera preguntar, la chica se vio superada por el viaje en el hombro de Milo y el ajetreo de entrar por la ventana.
Liberado el malestar de su estómago, gimió, se dejó caer en el hueco de la cama que le correspondía y se abrazó de Heather.
Camus giró la vista a Milo mientras se quitaba la camiseta, diciéndole, tan solo con la mirada, "te lo dije".
—Jamás hablaremos de esto —le ordenó, haciendo de la prenda un paquete compactado que anudó con la chaqueta.
Milo asintió y se acomodó a Shaka en la espalda para poder salir a toda prisa; el sol tomaba más claridad, pero tenían la esperanza de llegar antes del desayuno para poder bañarse y ponerse presentables.
La quietud de la casa los alivió un poco. Era domingo, así que toda actividad empezaba más tarde.
Entrar por el frente, reducía la posibilidad de encontrarse con el servicio que debía de estar organizándose en la parte posterior, así que, abriendo la inmensa puerta de madera, se introdujeron silenciosamente.
Justamente pasaban la mitad de las escaleras cuando Shaka reaccionó.
Lo hizo exageradamente, como si saliera a la superficie tras una larga inmersión en el agua, lo que, a su vez, provocó que Milo perdiera el equilibrio, yéndose de espaldas.
Camus, que iba por delante, rápidamente saltó hacia atrás para atrapar a Shaka, recibiendo el impacto contra un inmenso jarrón que decoraba el descanso que dividía en dos la escalera.
—¡Eso pudo romperle el cuello!
—¡No lo hice a propósito!
Camus sin camisa, de espaldas contra la pieza destrozada, Shaka sobre él, dormido de nuevo, y Milo sentado al pie del tramo del que se había caído, se quedaron paralizados: no por la mirada de Shiryū de Dragón y Ban de León menor en lo alto, o Nachi de Lobo e Ichi de Hydra abajo, no por las preocupadas doncellas que habían corrido a su lado preguntándoles si se habían hecho daño, apartando con cuidado los trozos de porcelana, ni siquiera los chillidos estridentes de Tatsumi lamentándose del jarrón.
Era Athena, y un hombre de elegante traje gris pálido.
Había salido de su despacho al escuchar el ruido y se acercaba con notoria preocupación, sin embargo, un hombre la detuvo, tomándola por el hombro.
—Es tan lamentable que a esto hayan llegado los jóvenes santos dorados.
Milo contuvo el aliento mientras que Camus solo frunció el ceño.
—¿Quién eres? —preguntó Camus, desconfiando de la información que tenía en su conocimiento.
El hombre le miró con cierta altivez; su tez pálida acentuaba el color oscuro de sus ojos y el de su pelo; largo y liso, cayendo pulcramente peinado, pero suelto, a su espalda. Sin embargo, su semblante cambió en un instante, y se inclinó levemente, con la mano derecha sobre su corazón, tal como hacían los sirvientes del Santuario.
—Mi nombre es Alexandros Dimitrakos —dijo —. Solía portar la armadura de la Copa.
—Pero tú —dijo Milo, incorporándose —… tú estabas muerto.
Aquella declaración llamó la atención de todos, pero el hombre, solo profirió una risa discreta.
—Casi fue así —respondió —. Solo recibí heridas que me apartaron de la orden, entonces el Patriarca me asignó otra tarea.
—¿Otra tarea?
—¿Nos acompañan a desayunar? —preguntó Athena, evadiendo la respuesta.
Camus dejó a Shaka en su cama, Athena le había dicho que no era necesario despertarle, en el entendido que eso fuera posible dadas las circunstancias, únicamente corroborando que estaba respirando, dejándolo de lado por si acaso se sentía mal, y se fue a su habitación para darse una ducha rápida y cambiarse de ropa.
La camiseta y chaqueta sucia la dejó en la bañera, ya se haría cargo después.
Se ordenó el cabello, la ropa, bajó a toda prisa, ya que era el último, y claramente le habían estado esperando.
—Esto le caerá bien —susurró la doncella francesa, deslizándole por el costado, una taza de café sumamente oscuro, casi espeso.
—Gracias.
—Alexandros fue retirado de la orden hace dieciséis años —dijo Athena en griego, llamando la atención de todos, aunque nadie estaba particularmente haciendo escándalo, los jóvenes caballeros de bronce intercambiaban miradas sin decir nada, lo que acentuaba en Milo el sentimiento de ser acusado. Mientras que Camus no podía apartar de su mente una única idea: ¿Ikki de Fénix les había contado lo que vio en el bar?
—Desde entonces ha ocupado una posición crucial en la administración de recursos del Santuario. Su trabajo ha ayudado considerablemente a mantener no solo en el Santuario mismo, sino las comunidades que nos han brindado su apoyo. Lo he hablado con Shion, y convenimos que es la persona más adecuada para convencer a mis auditores de la compañía, que todo está en orden.
Camus asintió. Después de todo, los asuntos de Athena, eran los asuntos de Saori Kido.
—Mañana acudiremos al edificio corporativo, y mantengo cierto optimismo en que todo saldrá bien.
—Y saldrá bien —reafirmó el hombre sentado a su derecha.
Sin embargo, a medida que el almuerzo avanzaba, Camus empezaba a percibir un zumbido escalando desde la nuca hasta el entrecejo, así que miró a Milo, que permanecía tenso, parpadeando más de lo normal.
Le pidió a la camarera francesa otro café. La resaca estaba llegando y no quería excusarse para que le dejaran ir a dormir.
Pronto, los caballeros de bronce se retiraron, pero eso no fue una oportunidad para marcharse también. Como si previera sus intenciones, Alexandros se adelantó a pedirles un momento.
—Hay algo que discutí con el Patriarca antes de venir —dijo una vez que les retiraron el servicio y se quedaron a solas —. Le expresé la posibilidad de usar un representante que tome mi nombre, de ese modo, puedo quedarme en el Santuario, especialmente ahora que atravesamos el proceso más complejo desde su construcción, y esa persona se mantendrá aquí en Japón, resolviendo todos los asuntos pendientes de Athena que, estoy convencido, no se resolverán en una sesión. Por lo que me ha contado, el asunto es más serio de lo que parece.
—Pero la persona que tome esa posición, tiene que ser de total confianza —repuso Camus —, porque tendrá en conocimiento la dualidad de Saori Kido.
Alexandros asintió.
—Hay una persona capaz de lidiar con estas personas, por su carácter, y por su habilidad. No habría problema con que se presentara como él mismo, si no fuera porque valoran mucho las credenciales y certificaciones, no lo tomarán en serio si no las tiene. Tenía quince años cuando me retiraron del servicio, así que mi predecesor me sugirió matricularme en la escuela y eso hice, todos mis documentos están en orden, es solo cuestión de ajustar unos detalles, y dado que tenemos la misma edad, no creo que sea mayor problema.
Camus aguzó la mirada, sobreponiéndose a la creciente jaqueca.
—¿La misma edad?
No se le ocurrían demasiadas personas que estuvieran en sus treinta, que era lo que el hombre aparentaba.
—Quiero recomendar que Saga haga esta tarea.
—¿Saga? —preguntó con escepticismo.
Milo lo miró consternado, pero cuando Alexandros asintió, se acentuó la sensación y buscó alguna respuesta en Athena, aunque ella no parecía estar demasiado al corriente de esa sugerencia, pues esperaba que continuara explicando.
—Saga, como Patriarca, realizó la administración del Santuario por sí mismo —continuó el hombre al sentir las miradas de todos sobre él —. Definitivamente puede lidiar con estas personas. Además, debido a su condición…
Se detuvo en esa parte mirando a Athena, esperando no haber cometido una indiscreción. Ella solo cerró los ojos.
—Creo que ya sabían que Saga no ha estado en el Santuario por motivos de salud —dijo.
—Algo escuché —repuso Camus —. Pero no creí que fuese tan grave.
—No lo es… no en el sentido convencional, pero, por el momento, no será posible que pueda usar su armadura. Kanon es el santo de Géminis.
Alexandros se aclaró la garganta.
—Debido a ese inconveniente, con la bendición del Patriarca, y por supuesto, si Athena lo aprueba, Saga sería el responsable de atender los asuntos administrativos y económicos en Japón. Solo me quedaría para hacer una revisión real de la situación y volveré a Grecia.
Milo se llevó una mano a las sienes, estaba demasiado aturdido.
—¿Realmente es tan malo? —preguntó.
De alguna ingenua manera, esperaba que todo se resolviera en un par de semanas.
—Sobre lo que ellos quieren saber, tengo todo resuelto. Desde que se me informó de ese problema he trabajado y preparado un informe detallado; la comisión formada para investigar la situación fiscal de Athena en Grecia lo encontrará todo en regla. Lo que me preocupa, es que tan solo con los documentos que se me han permitido, estoy convencido de que ni siquiera le han entregado el porcentaje real de las utilidades. Quiero invertir su propia acción de intimidación, quiero auditarlos a ellos.
—Ahora que lo mencionas —dijo Athena mirando a Alexandros —. El director de Kido Systems ya había propuesto una auditoría externa, la rechazaron, por supuesto.
—¿Es una de las personas de confianza del señor Kido?
—No realmente. El director Takeda y el director Fujita le adjudican sus métodos a que sus estudios los hizo en el extranjero. Y cuando hablé con el señor Shishio, me comentó que sus intenciones se debían a que encontraba algunos procesos obsoletos.
Alexandros se llevó una mano al mentón, en gesto pensativo.
—Quizás solo sea eso, aunque también es posible que note algunas anomalías.
—¿Qué es lo que habría que solicitar?
—Mañana, únicamente se atenderán los cuestionamientos que tienen ellos con respecto a usted. Entonces devolveremos el golpe. Debido a su posición en la empresa, no se trata de pedirle permiso a alguien en realidad, sino de organizar las solicitudes. Tengo que documentarme un poco respecto a la legislación japonesa, pero no creo que sea mayor problema.
—Sobre Saga —repuso Saori —. Se hará como dices, el Santuario es muy importante y no podemos retrasar los trabajos.
Se quedaron en silencio un momento, entonces, Saori se giró hacia Milo y Camus con una sonrisa.
—Perdón por hacerlos quedarse. Por favor, vayan a descansar.
Milo sintió que se había puesto completamente rojo.
—No… no es necesario.
Ella se rio.
—Está bien, de verdad. Alexandros solo se dedicará a explicarme lo de mañana.
El caballero de Escorpio asintió quedamente, y se puso de pie cuando ella lo hizo para despedirla, quedándose a solas con Camus, quien, al verse finalmente solos, cedió al cansancio, dejando caer los hombros y llevándose las manos a la cabeza, el dolor se estaba volviendo realmente molesto.
—¿Tú lo conocías? —preguntó, luchando por recobrar la compostura.
—Como santo de Copa —respondió Milo dejando escapar un suspiro —. Era amigo de mi maestro, pero…
—¿Pero?
Milo sacudió la cabeza.
—Nada, es solo que, yo le creía muerto porque ese mismo día mi maestro también fue asesinado.
Fue turno de Camus para suspirar.
—Lo siento.
Milo se llevó una mano al rostro, pero su gesto no iba relacionado a la resaca, sino a un recuerdo celosamente guardado, y su compañero se percató de ello. Decidió no presionarlo. Confiaba plenamente en que antepondría el bienestar de Athena a cualquiera de sus sentimientos, y si realmente desconfiara de esa persona, se habría negado en absoluto a dejarles a solas, vapuleándolo con la aguja escarlata como había hecho con Kanon.
Sin embargo, él mismo no podía quitarse la sensación extraña que provocaba su mirada; sus ojos oscuros, su expresión serena y la presencia que emanaba: para haberse retirado, conservaba aún cierto aire que le volvía inconfundible como caballero.
Insistió en frotarse las sienes, realmente necesitaba dormir un poco.
Comentarios y aclaraciones:
Bueno, no perdieron a Shaka como en The Hangover, pero no significa que no haya consecuencias al respecto.
El drama con la conspiración contra Saori sigue y por fin alguien del Santuario se puede alinear en su bando ¿será suficiente?... ¿o confiable?
¡Gracias por leer!
