Secuela
Saori bajó la mirada, completamente incapaz de mantener el contacto visual con Megumi.
Decir que estaba molesta era poco. Sus finas cejas estaban fruncidas, dándole un aspecto más adulto y afilado, incluso notó la tensión en los dedos que sostenían la taza de té.
De alguna manera esperaba eso, por lo que había pospuesto el anuncio. Ellas simplemente habían asumido que seguiría con la educación en casa, así que no habían hablado del tema, pero con su inicio de clases tan próximo y ellas haciendo planes que la incluían, se volvió necesario.
Con excepción de Meiko, que ya estaba en la universidad, todas estudiaban en el Gakushūin Girls' High School, precisamente la primera opción que tenía Gaku Takeda cuando hablaron de la escolarización.
El resto de las chicas también habían sentido el cambio de humor, y al instante se sumieron en un silencio que se había prolongado por varios minutos.
—Lo único que importa —dijo Megumi, dejando su taza sobre el platillo, y consiguiendo que las chicas sintieran un escalofrío por la frialdad de su voz —, es tu seguridad. Si realmente es necesario que tus guardaespaldas te acompañen, entonces que así sea.
Miko Hayase dejó salir el aire que había contenido a la espera de lo peor. Megumi sonrió, notablemente calmada y el clima ameno de su almuerzo volvió a ser el de siempre.
—Es sábado, probablemente el último que tendrás libre en un buen rato, así que sugiero que aprovechemos para terminar con nuestro proyecto —continuó.
—¿Proyecto? —preguntó Saori.
—Tu cambio de imagen, por supuesto.
—Pero si ya compramos ropa suficiente...
Todas las chicas la miraron con reprobación, y Saori no pudo evitar el sentirse cohibida, de nuevo.
¿Qué tan distante se encontraba de la niña que fue? La que ellas recordaban.
Pero más importante aún, ¿se quedarían cuando descubrieran que era una persona completamente diferente?
Tal vez, al final sucedería que se quedaría sola, como debía ser, y podría pensar solo en sus deberes con el Santuario.
—Haré que preparen el auto —dijo.
—Que vaya tu escolta en un auto de escolta, que para eso son, y nosotras vamos en el de Keiko, como cualquier chica.
Aunque eso era debatible, ya que cualquier chica tomaría el tren o autobús, Saori asintió.
"Solo un poco más", se dijo, consiente que había hecho y roto esa promesa antes.
.
—¿Qué tiene de interesante este lugar? —preguntó Milo mirando el inmenso centro comercial.
Camus se encogió de hombros, aunque lo cierto era que tenía una considerable cantidad de cosas tan solo para curiosear. Sin embargo, ni bien recorrían el primer pasillo, cuando Megumi les cerró el paso, con las manos en la cadera y esa expresión suya que la hacía parecer tan impertinente.
—No pueden acompañarnos —dijo tajantemente.
Camus enarcó una ceja, mirándola fijamente a los ojos, aunque como ya esperaba, ella no se mostró ni un poco amedrentada. Todo lo contrario, parecía que era ella la que lo encontraba impertinente a él. Sabiéndose retada, la chica levantó el rostro levemente, para compensar la diferencia de alturas.
El santo de Acuario no podía dejar de pensar en lo aterradora que sería como oponente si tuviera el debido entrenamiento.
—A menos, claro, que sea de su particular interés mirar la ropa interior de Saori.
Los tres quedaron perplejos, considerablemente avergonzados al percatarse de que habían quedado frente al escaparate de una tienda precisamente de lencería.
No esperó que le respondieran, Megumi se dio la vuelta, sacudiendo su pelo exageradamente y entró al lugar, donde ya estaban las demás chicas.
Humillados de una forma en la que no creían que fuera posible, siguieron su camino.
Camus hizo un movimiento con la cabeza, señalando al otro lado, donde se notaba un tipo de pabellón que claramente era de descanso, y un montón de hombres con expresión agobiada se reunían alrededor de distintos televisores montados en las columnas.
Encontraron sitio en un gabinete de sillones acolchados, justamente debajo de un ventilador.
—¿Cómo de diferente será cuando esté en la escuela? —preguntó Milo.
—Personalmente —dijo Camus —. Creo que esa es su preocupación particular, por eso nos ha ordenado las actividades adicionales.
Milo se sobresaltó al escuchar la voz gritona de Heather llamándolo por su nombre.
Su primer impulso fue el de alejarse de ahí, sin embargo, y en vista de que los otros no hacían nada, no le quedó más remedio que aceptar su destino dignamente.
La muchacha estaba completamente colorada. Las otras dos que iban con ella, tanto o más que ella. Lianne, de hecho, se había cubierto el rostro con las manos, aunque podían ver sus orejas rojas.
¿Se acordaría que le vomitó encima a Camus?
Lo dudaba.
—¡Estamos tan avergonzadas! —exclamó Heather inclinándose a modo japonés, aunque con cierta exageración.
—Por favor, no piensen que es la forma en la que solemos pasar nuestro tiempo libre —secundó Izumi, también inclinándose, pero con moderación respetuosa.
Lianne, por su parte, solo asintió, era como si quisiera decir algo también, pero no encontrara las palabras o como mínimo el valor para mirarlos.
—Está bien —dijo Shaka —. Nosotros tampoco tuvimos el comportamiento más adecuado. Camus no es ese tipo de persona.
Milo esbozó una sonrisa, mientras que Camus no podía reaccionar de ninguna manera porque delataría que lo había entendido y se suponía que no hablaba japonés, pero ganas no le faltaban de recordarle a Shaka que por su culpa los descubrieron cuando llegaron a la casa.
Las chicas decidieron sentarse, obligando a Milo a recorrerse para que Heather e Izumi se acomodaran de su lado.
Lianne titubeó, el sitio que quedaba era junto a Shaka, pero como no quería quedarse parada haciendo el ridículo, se sentó ahí.
—¿Y qué hacen por aquí? —preguntó Heather.
—La señorita está haciendo unas compras por allá —respondió Milo sin darle mayor importancia.
—¿Y por qué sus asesores también vienen?
Los tres comprendieron que en realidad tenía razón.
—Bueno, son mis amigos y aun nos quedan unos días libres antes de volver a la rutina —respondió rápidamente Milo.
—Ya veo. ¿Podemos salir de nuevo? Realmente queremos compensar el desastre de la otra noche. No... no me siento cómoda sabiendo que la última impresión que tienen de mí, es completamente ebria.
Milo suspiró. No estaba realmente seguro de qué iba a responder porque se le olvidó apenas vio al chico que se acercaba.
Él no había tenido mucho trato con los caballeros de bronce.
La impresión inicial que tuvo de ellos, como grupo, fue de niños testarudos, con tan poco criterio y conocimiento del Santuario y su deber de caballeros, que estaban causando un alboroto por una chica a la que querían, y que esta los usaba con sus propios fines.
Pasados los primeros combates, el sentimiento de ofensa se convirtió en una verdadera rabia que se desplomó en una vergüenza absoluta al darse cuenta de que el de poco criterio era él.
A partir de ese momento, con el transcurso de las batallas, su rango dejó de ser importante, inspiraban confianza, y la certeza absoluta de que sin importar nada, iban a proteger a Athena hasta las últimas consecuencias. Aun así, de entre todos ellos, el que le causaba una sensación de que, si pudiera, se sentaría con los enemigos del Santuario a charlar en lugar de pelear, era Shun de Andrómeda.
Cuando hacía arder su cosmos, impresionaba, y mucho, pero jamás se había sentido ni medianamente intimidado por él. No obstante, estando el chico de pie frente a él, con las manos en la bolsa frontal de la sudadera roja en cuyo pecho se encontraba la caricatura de un gato, la expresión serena, y sus enormes ojos brillantes fijos en él, se sintió verdaderamente cohibido.
—Hola —dijo Shun, esbozando una sonrisa que hizo que las amigas de Lianne se rieran como tontas.
—¿Qué haces aquí? ¿No iban a quedarse en la casa? —se animó a preguntar Milo, tratando de sonar lo más casual posible.
—No. No teníamos nada que hacer, y venimos por un slush.
Milo supo que tragó saliva. Había al menos ocho caballeros de bronce en el lugar, y lo único que esperaba, era que no preguntara por qué no estaban donde deberían estar.
—¡Milo! —gritó Izumi—¿Cómo se llama tu hermanito?
—¿Estás loca, mujer? No es mi hermano ¡No nos parecemos de nada!
Shun volvió a reírse, no era como si Ikki se pareciera más a él, y Milo temió que Heather se le echara encima para abrazarlo como cuando veía un perro que le llamaba la atención, a juzgar por el ruido que hizo, algo como un chillido de emoción.
—Mi nombre es Shun, pero no quería molestar, es solo que me pareció raro que los tres estuvieran aquí.
—¿Lo dices por ellos? —pregunto Izumi señalando con la cabeza a Shaka y Camus.
—Por los tres —insistió Shun.
Heather e Izumi se pusieron de pie, y se engancharon una en cada brazo del chico.
—Milo no es tan serio como puede parecer —dijo Heather.
El santo dorado se sintió palidecer, no las podía patear a ellas y por algún motivo que no comprendía en ese momento, tampoco a Andrómeda, por mucho que una parte de él quisiera hacerlo, su cuerpo se rehusaba a moverse, dejándole quieto y ansioso, como preso a la espera de la condena.
"Que no le cuenten la pelea del bar", pensó.
No soportaría la mirada acusadora de los caballeros de bronce que abiertamente se pronunciaron en contra de beber algo más fuerte que el vino de la cena y eso, en la moderada cantidad de una o dos copas.
—¡Shun!
La voz de Hyōga le obligó a suspirar. Incluso reconoció a los demás sin necesidad de siquiera voltear. Ahí, detrás de él, a solo unos metros estaban otros cinco.
—Tengo que irme —se excusó Shun, aunque fue incapaz de soltarse del abrazo de las chicas.
—Tengo la impresión de que te conozco de algún lado —dijo Izumi acercándose tanto que Shun no pudo evitar echarse para atrás con cierto rubor en el rostro.
—Seguramente con Saori, estoy casi todo el tiempo con ella —respondió apresuradamente, pero la expresión de Izumi se tornó más inquisitiva, de pronto, los ojos le brillaron de sobremanera.
—¡Andrómeda! —exclamó haciendo que Milo jadeara —¡Eres Shun de Andrómeda!
Shun también se quedó sin palabras, mirando sobre el hombro de la muchacha, hacia los santos dorados en busca de ayuda, pero los tres permanecieron en silencio y serenos, lo que le llevó a concluir que no pensaban sobreactuar una escena.
—Sí, supongo… eso fue hace tiempo.
—¡Nos quedamos con tantas ganas de ver el siguiente combate! ¡Es una pena que cancelaran el torneo!
—¿Combate? —preguntó Heather.
—¡El torneo galáctico! —exclamó Izumi, mucho más intensa.
Milo recordó vagamente la forma en la que había animado la pelea de Camus, y la imagen de la chica menudita que hablaba bajito se contraponía a la de una fan de las peleas.
Shun giró hacia la derecha, mirando con horror que los chicos se habían esfumado.
—Se fueron —dijo en voz queda. Seguramente escucharon la conversación y al igual que los otros, lo habían dejado a su suerte.
—¡Soy tu fan! ¡Lo juro!
—Ah... gracias.
—¡Ah! ¡Ya sé! —exclamó Heather —. Es el chico del póster.
Shun se escandalizó al momento. Pensaba que todo eso estaba en la basura conforme las condiciones de promoción y publicidad que había puesto Saori.
—Yo no vi el torneo en vivo, pero Izumi los grabó. ¡Has crecido! ¿Cuántos tienes ya? Yo no me creía la edad que dijeron que tenías.
Shun se encogió, tratando de liberar sus brazos.
—Ya déjenlo ir —se quejó Lianne, tratando de que su voz no temblara demasiado por el pánico que le daba el rumbo que estaba tomando la conversación, pero como no le hacían caso, tomó una medida desesperada: se puso de pie y literalmente les arrebató al muchacho para después empujarlo.
Shun no esperó más indicaciones, se despidió fugazmente y salió corriendo.
Los chicos no estaban lejos de ahí, solo que se habían puesto detrás de una jardinera con árboles de ornato lo suficientemente altos como para ocultarlos.
Geki pasó su brazo por los hombros de Shun, rodeándole el cuello y haciendo que se pusiera en puntas de pie, luego le revolvió el cabello con brusquedad.
—Eso te ganas por meterte donde no te llaman.
—¿Conocen gente de Japón? —preguntó Ichi, husmeando por encima de los árboles.
—¿Por qué te sorprende? Tienen vida fuera del Santuario —dijo Hyōga con naturalidad, pero los otros no estaban tan convencidos.
Sin embargo, las pruebas estaban ahí frente a ellos.
—Como sea —dijo Seiya —¡Te reto!
Hyōga chasqueó la lengua.
—Eres más tonto de lo pareces si crees que puedes ganarme.
—He estado entrenando.
—Yo también —repuso Ichi, perdiendo el interés en los santos dorados —. Desde esa vez que me humillaste me he vuelto más resistente.
—Son unos tarados —se quejó Jabu.
—Déjalos —intervino Shiryū —. Nunca van a ganarle a Hyōga, pero si insisten en comprobarlo, no se puede hacer nada.
Los tres chicos se pusieron de frente, cada uno con un vaso de color intenso y antinatural que por capacidad sería quizás de un litro.
—Uno —contó el caballero del Dragón, poniendo su mano al centro, donde casi convergían los tres vasos, deteniéndolos para que ninguno se adelantara —. Dos... tres.
Rápidamente, usando las pajitas, los tres sorbieron a la vez.
Fue cosa de un par de segundos. Geki atrapó a Ichi que se quejaba con las manos en la cabeza mientras que Seiya era asistido por Shun que empezaba a sacar por la nariz el líquido pigmentado que había cambiado su camino cuando se atragantó.
Hyōga, por su parte, los miró con suficiencia, dibujando una sonrisa maliciosa mientras mostraba su vaso vacío, misma que se le borró apenas vio la ceja enarcada de su maestro.
—¿Qué hacen? —preguntó, mirando a los dos jóvenes abatidos.
Seiya se giró para que no lo viera moqueando.
—Comprobando si Seiya tiene cerebro —respondió Jabu —. Concluimos que no, pero ahora tiene la cabeza rellena de slush de lima.
Camus negó en silencio, y siguió su camino a los servicios del pabellón.
Qué peculiar utilidad le había encontrado al control de temperatura corporal.
Comentarios y aclaraciones:
Ya extrañaba a la tropa de bronce.
¡Gracias por leer!
