Exposición
—Listo.
Milo resopló. Le costaba trabajo entender la lógica detrás de las rutinas que el equipo había planeado para él, sin embargo, se había propuesto seguir el régimen estrictamente, por más extraño que pareciera. Aunque eso no significaba que no le fastidiara que le interrumpiera en una serie, asegurando que así estaba bien.
Miró al joven médico a cargo con una ceja arqueada, preguntándose cuánto tiempo le tomaría darse cuenta de que él no estaba sobre la media de lo que fuera que había estado entrenando hasta entonces.
Dos asistentes se posicionaron a los costados e hicieron ajustes en la máquina. Cuando le dieron la indicación, volvió a acomodarse en el asiento, sujetando las barras como antes, pero encontrando más resistencia que en las veces anteriores. Respiró hondo, no había podido moverlas a la primera, pero a la segunda, consiente de los cambios, lo consiguió.
—Continúe, por favor.
Milo asintió.
Le sorprendió la resistencia que había adquirido el ejercicio, pero se sintió más cómodo con el trabajo extra.
En Grecia ya se había enfrentado a la dificultad de encontrar un sistema adecuado. Por milenios, los aprendices y caballeros, habían realizado sus entrenamientos conforme lo que pudieran disponer de su entorno, con las subsecuentes limitaciones y la probabilidad de causar bastante daño.
Las montañas que daban forma al perfil de los pueblos y ciudades se habían definido por los puños de cientos de aprendices y caballeros, aunque encontrar un sitio que no comprometiera la seguridad de algún impertinente despistado, se volvía cada vez más difícil en algunos puntos.
Cerró los ojos. De verdad había aumentado la resistencia. Era una máquina interesante, tan solo restaba esperar por los resultados, y si eran favorables, seguramente pasarían a ser parte del entrenamiento elemental de los nuevos aprendices.
—Bien. Terminamos.
—¿Terminamos?
—Sí.
—Pero aún no estoy cerca de mi límite.
—Imagino que no. Sabía que la Fundación Graad tenía peleadores de alto perfil, pero no me esperaba nada de esto —dijo mientras reía, quitándose las gafas para limpiarlas con el borde de la bata —. Pero, de hecho, sí está en su límite.
Milo enarcó una ceja.
—En la última serie, bajó su nivel de oxigenación.
—Pero puedo...
—No lo dudo. Si su vida dependiera de ello, seguramente rompería las marcas de hoy con creces. Pero su vida no está en juego, es un entrenamiento, y no hay razón para atrofiar su cuerpo en estas sesiones.
El doctor sonrió cuando volvió a ponerse las gafas.
—La señorita Kido me dijo que usted no había sido entrenado con el método Graad. Estos estudios son demasiado nuevos, la fundación Graad fue pionera en el campo. No sé por qué dejaron de lado esa área de investigación. Aunque, por una parte, gracias a eso, estoy aquí. Si ya tuvieran una plantilla completa, no podría acabar mis investigaciones.
Milo se incorporó, estirando los brazos hacia arriba tanto como pudo.
—Entiendo que esto sea difícil, sobre todo si está tan acostumbrado a rutinas largas, pero un entrenamiento sin control médico adecuado, puede provocar daño en la médula ósea, riñones y corazón. Entonces, a la larga, causa más daño que bien.
—Sí, entiendo. Iré a la ducha entonces.
El amplio salón que eran las duchas del gimnasio había sido remodelado según las indicaciones de lo que se había denominado "equipo de mejora de rendimiento" a cargo del doctor Hatori Takashima, un joven apenas mayor que él, pero la obstinación que solo había visto en los ancianos de Milos.
Resignadamente miró la extraña bañera cuadrada y sin sacarse la ropa, subió los tres escalones para enseguida sumergirse en el agua completamente helada. Su cuerpo aún estaba caliente por el ejercicio, y el choque de temperatura había resultado tan abrumador como esperaba.
Si no fuera porque Camus le había recomendado hacía tiempo que hiciera eso para relajar los músculos, se habría horrorizado al verlo en el plan de entrenamiento.
Los pequeños cubos de hielo chocaban contra su cuerpo, casi los podía oír tintineando como en un vaso de whisky. Y aunque ya había hecho eso antes con una bañera más bien casera. Parecía que esa en particular, diseñada para tal propósito podía, además, mantener estable la temperatura.
Emergió del agua, pasándose las manos por la cara para quitarse el cabello y lo primero que vio fue a Camus. Él iba saliendo de la ducha, había estado entrenando por su cuenta tal como lo habían acordado.
—Quién diría que estabas en lo cierto —le dijo, sonriendo con sorna —. El agua helada es buena para esto.
Camus sonrió de medio lado.
—Y pensar que la primera vez te metí a la fuerza. ¿Solo diez grados?
—El doctor dijo que así estaba bien.
Milo suspiró, acomodándose en el banquillo interno de la bañera. Luego simplemente suspiró.
—¿Cómo te fue? ¿Es muy diferente a lo que normalmente haces?
—Resulta, que la única cosa a la que me he dedicado toda mi vida, al parecer, la hago mal.
—¿Meterte en problemas?
—Entrenar —respondió, ignorando la broma.
—Aun no sabes eso. El plan inicial del doctor es de un mes, ¿no?
—Sí.
—En un mes entonces, me harás frente.
Milo frunció el ceño.
—¿Lo dices en serio?
Camus se encogió de hombros, y enseguida lo miró como solo él podía hacerlo, con el tipo de expresión que ofendía a las personas con mucha facilidad y, de hecho, le había conseguido bastante antipatía entre algunos miembros de la orden.
Algún día iba a averiguar en qué momento se acostumbró a eso.
—Está bien. Hagámoslo.
—Vamos a almorzar, y luego me dedicaré a hacer mis reportes pendientes del programa de Kido Systems.
—¿Y lo del idioma? No escribes nada en japonés.
—Pero puedo entenderlo. Tomé las notas en ruso y se las dictaré a mi asistente para entregar en japonés.
—¿Tienes un asistente? —preguntó con escepticismo.
—Justo la vere hoy. Le había pedido al señor Yousuke que me consiguiera alguien y sospecho que Hyōga tuvo algo que ver, o mucho que ver, realmente.
—¿Por?
—Es su amiga, la rubia del orfanato.
—Oh, su amiga, que tierno que te lo creas.
Camus le miró con dureza.
—He tenido conversaciones muy puntuales al respecto con él.
—Como cuando te hizo caso de no ir al Santuario, o de no seguir avanzando por las doce casas...
Milo volvió a hundirse en el agua, aún le quedaban unos minutos en el baño frio, mientras, Camus se replantearía la idea de haber aceptado tener en la casa y, por ende, cerca de Hyōga, a la jovencita.
.
Shaka se puso de pie al momento en que la mujer entró en el salón de té. La reconoció enseguida, aunque no llevaba el maquillaje, quizás porque, aun así, era la única mujer que llevaba un vestido tradicional y llamaba la atención incluso entre sus compatriotas.
—Buenos días —saludó con toda formalidad —. Me disculpo por la tardanza.
—No es tarde en realidad, llegué un poco antes.
La mujer lo miró un instante, aunque se animó a hablar dado que no parecía estar familiarizado con el protocolo.
—¿Me puedo sentar?
—Sí, claro. Nadeshiko, ¿cierto?
—Así es. Señor Bridges, el señor Hanamori me explicó que desea mejorar su nivel de lectura y escritura del japonés.
—¿Mejorar? —preguntó Shaka —. No tengo la menor idea de cómo reconocer los caracteres elementales.
Nadeshiko no pudo evitar el reírse por la forma en la que lo había dicho.
—Está bien. De hecho, me sorprende bastante su excelente uso de la forma oral. ¿Cuál es su lengua materna?
Shaka lo dudó un instante, pensó en el griego, pero eso lo había aprendido tardíamente, junto con el hindi por la necesidad de comunicarse con los demás aprendices.
—Inglés... supongo.
—¡Excelente! Si hay alguna palabra o expresión que no sea clara en japonés, puede preguntar de esta manera—respondió con bastante fluidez precisamente en inglés
—¿Además del inglés, hay otro idioma que hables?
—No, lo siento. Solo lo aprendí porque normalmente me encargo de clientes extranjeros, y la mayoría, independientemente de dónde sean, suelen hablar inglés mucho mejor que japonés.
—Considerando la larga historia de colonización inglesa, no es de sorprender.
—Quizás, aunque hoy día se debería más a la influencia mediática de Estados Unidos... pero, no hablemos de eso. Traje unas cosas que me gustaría mostrarle para poder fijar un punto de partida.
El caballero de Virgo no pudo sino reconocer que no sería tan sencillo apenas le empezó a explicar la diferencia entre "hiragana", "katakana" y "kanji".
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—Cambia esa expresión, la pobre va a creer que quieres matarla.
El anciano mayordomo, luego de anunciarse, había hecho pasar a una jovencita.
Rubia, de diecisiete años, se presentó educadamente como Erii Aizawa. Algo que ellos ya sabían, pero por ser la primera vez que se presentaban formalmente, pareció necesario.
—Le he explicado las tareas que se requieren de ella —dijo el hombre, inclinándose levemente —. Les dejo.
Erii lo miró una última vez antes de dirigirse a Camus.
—Me explicó que necesita una asistente de redacción y lectura.
Camus asintió.
—Entiendo que por el horario de tu escuela tienes disponibilidad solo por las tardes.
—Sí, señor. Y los fines de semana, por supuesto.
—Fijemos el pago de tus servicios entonces.
—El señor Hanamori dijo que se haría cargo.
—¿Puedes empezar ahora?
La jovencita solo asintió una vez, acercándose hasta el escritorio.
A diferencia de Shaka, Camus si había accedido a tener un despacho aparte de su habitación, principalmente por lo poco decoroso que sería hacer que una desconocida trabajara en un área tan privada. Y en el transcurso de la semana, había quedado completamente acondicionado para lo que necesitaba, incluyendo una computadora personal.
El aparato permanecía sobre el escritorio, donde el caballero aun la miraba con recelo. Era cuestión de tiempo antes de tener que empezar a entender cómo operarla, ya que tenía entendido que uno de los apartados del programa de Kido Systems, incluía precisamente esa materia.
Por indicaciones de Camus, Erii se sentó en la silla principal, inmensa a comparación de ella, y encendió el equipo con naturalidad.
Camus no perdió de vista cada acción de la chica, aunque debió poner atención a sus notas cuando ella lo miró, expectante de que empezara.
—¿Te vas a quedar? —preguntó Camus a Milo en griego.
—Solo lo suficiente como para asegurarme de que no la hagas llorar.
Camus frunció el ceño y decidió ignorarlo. Sin embargo, la precaución del santo de Escorpio no fue necesaria; pese a que su amigo no estaba teniendo pausas en consideración al hecho de ser un dictado, la joven apenas reparaba en él, sus ojos estaban atentos a la pantalla, y sus dedos se movían ágilmente en el teclado.
Aburrido, decidió que la chica estaría bien, y él podría entretenerse en algo más, así que los dejó a solas.
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La puerta del salón de recepciones estaba abierta.
De acuerdo con Tatsumi, ahí se había montado la exposición de maquetas de proyectos para la remodelación del Santuario.
Milo lo pensó detenidamente. No se trataba de ningún secreto, entre los miembros de la orden, pero no podía evitar que no sabía nada al respecto, y sinceramente, sentía demasiada curiosidad como para resistirse a entrar.
Las luces estaban encendidas, así que no le fue difícil percatarse de que, incluso en maqueta, se estaba hablando de un proyecto colosal.
Cada montaje, tenía la dimensión de una mesa de comedor. Quizás no como el del salón de al lado, pero una familia de diez estaría perfectamente. Recreaban, a grandes rasgos, el coliseo, las doce casas y en lo alto, la cámara del patriarca con la villa de Athena.
En cada uno de los diseños, variaban los anexos. Algunos habían incluido plazas públicas, algunas casitas pequeñas, otro tenía una inmensa piscina en la ladera de una colina y uno más había hecho algún tipo de escultura abstracta, que solo porque en el libro que estaba cerca y explicaba más detalles del proyecto, supo que era una interpretación de la diosa.
A él solo le parecía un huevo con cresta en un plato inclinado.
Puso especial atención a las piezas que corresponderían con la octava casa. Ninguna era especialmente más interesante que el actual templo, con todo y sus daños. De hecho, en una de las maquetas, las doce casas eran exactamente iguales, salvo por una estructura dorada que formaba el signo en la puerta y, además de la posición, era toda identificación.
Como concepto, no estaría mal, al final, todos los santos tenían la misma importancia, solo que no podía evitar el sentirse decepcionado si quedaba de esa manera.
—Cuando hice las solicitudes a los despachos de arquitectos, realmente externé mi deseo de que mantuvieran cierta... estética clásica.
Milo saltó en su sitio. Athena estaba detrás de él y no la había escuchado acercarse, ni la había sentido.
—Pero el padre de Megumi no es muy afecto a lo clásico —agregó, tomando uno de los doce modelos idénticos —. Es igual de testarudo que su hija.
Milo sonrió para sus adentros solo de recordar a la chica que Camus no había podido doblegar.
—Creo que todos tienen un talento único —dijo. Ya que no estaba seguro de cuál había elegido, no quería entrar en diferencia de opiniones. Sin embargo, ella solo suspiró, devolviendo la pieza a su sitio.
—¿Hay alguno en particular que te agrade?
No quería responder, no quería ser responsable de tomar una decisión de esa magnitud.
Miró de nuevo, recorriendo los diez proyectos de la estancia, pensando cuál podría resultar la mejor opción, algo que los demás no pudieran reprocharle, si es que su opinión podía llegar a influenciar algo.
—Creo que la maqueta de los raros era mejor, pero si hay que elegir...
—¿La maqueta de los raros?
Milo se percató demasiado tarde de lo que había dicho en voz alta, y se llevó la mano al cabello.
—Los chicos del museo tienen, por algún motivo, una maqueta de una villa griega.
—¿Te refieres a Matsuo, Shiozawa y Takahashi? —preguntó, notablemente ruborizada.
—Sí, precisamente ellos...
Milo estaba tanto o más avergonzado. Se suponía que iba a enterrar ese tema para jamás volver a siquiera pensar en eso, sin embargo, su mente lo traicionaba, y por una u otra razón volvía a lo mismo.
—¿Está montada en el museo? Le preguntaré a la doctora Kefalidou si puedo verla...
—¡No! —exclamó, horrorizado. Aunque había depurado todas las imágenes de ella, el sitio seguía siendo indeseable para cualquier mujer —. No está ahí quiero decir... está... bueno... yo... vi algunas fotografías, pero seguro que, si les pregunto, la pueden llevar al museo...
Saori, que no estaba segura del motivo de las reacciones del caballero asintió.
—¿Puedo encargarte eso?
—¡Por supuesto! De hecho, iré ahora...
—¡Puede esperar a mañana! —exclamó, pero fue en vano, Milo había salido corriendo del salón.
Comentarios y aclaraciones:
Quiero creer que sí recuerdan a Erii, antes de Saintia Sho, fue anfitriona de Eris, diosa de la discordia.
¡Gracias por leer!
