Rumores

Lianne sentía que su propia voz se perdía, con todo y que en realidad sospechaba que estaba hablando más alto de lo normal. A Shaka, sin embargo, parecía no molestarle. Aunque no la estaba mirando realmente, sino que hojeaba el libro que había llevado.

La expresión de su rostro no era clara, estaba tranquilo, eso era bastante propio de él, solo que no parecía especialmente interesado y en algún momento temió que cambiara de opinión y buscara una profesora más competente.

Guardó silencio por un momento, esperando algún tipo de reacción, pero cuando él se giró para verla, lo que dijo no fue lo que esperaba.

—¿Milo?

El santo de Escorpio se abría paso entre el primer grupo de visitantes, entrando con el aire amenazante de quien busca a alguien con quien tiene asuntos pendientes.

Lianne se giró en el preciso instante en que los vio, y temiendo que fuera a por ella, solo pudo poner un libro frente a ella como defensa.

Milo enarcó una ceja, deteniéndose justo antes de tocar el libro.

—¿En dónde están esos tres raros? —preguntó con brusquedad.

—¿Quiénes?

La chica respingó al sentir su mirada y de inmediato supo a quienes se refería.

—Abajo.

Milo pasó a su lado, con la misma actitud intimidante de la última vez. Horrorizada por la idea de que hubieran reincidido, miró a Shaka en busca de respuestas, pero él parecía menos informado todavía.

—¡Por favor! ¡No los mates! —exclamó, saltando de su sitio y corriendo detrás de él, y detrás de ella, Shaka.

—¿Y las escaleras?

—No puedes bajar así como así —dijo Lianne, revelando el acceso al ponerse directamente enfrente, en un intento de obstruirlo, aunque al igual que la última vez, no sirvió de nada, la apartó sin dificultad.

La chica valoró rápidamente qué sería más desastroso, si romper el reglamento y dejarlo pasar, o que arrancara la puerta, y a juzgar por lo decidido que estaba, hizo lo primero.

Milo bajó los escalones de dos en dos, y el ruido llamó la atención de dos de los muchachos, que tal como el día anterior que se apareció en su casa, vieron su vida pasar ante sus ojos.

—¡Teníamos un acuerdo! —les dijo, sin acercarse, pero señalándolos con el dedo.

No les lanzó la aguja escarlata, pero el efecto había sido igual de intimidante.

—E-es que no-no tenemos auto —se excusó Shiozawa —. Takahashi fue por una camioneta con un tío, y...

—¡¿Y por qué no se reportan?!

Los muchachos asintieron, pasmados, tanto que ni siquiera el teléfono sonando los hizo moverse.

Lianne, que no entendía lo que sucedía, tomó la llamada. Era Takahashi.

—Chicos —susurró —. Dice que llega en quince minutos.

La noticia pareció devolverles la vida, aunque eso llevó a Lianne a hacerse otras preguntas.

—¡¿Van a salir temprano?! —les recriminó, ofendida.

—Le pedimos permiso a la Dra. Kefalidou —dijo Matsuo empezando a recoger papeles del escritorio.

—¿Y por qué a mí no? ¡Están a mi cargo!

—Bueno, tú nos ibas a decir que no, y la doctora Kefalidou es también tu jefa, no puedes contradecirla.

Lianne sintió que quería gritar, pero solo apretó los labios, mirándolos pasar como ratones asustados detrás de ella, completamente dispuestos a usarla como escudo si Milo intentaba atacarlos, a propósito de lo cual, no pudo evitar mirarlo a él.

—¿Qué clase de acuerdo? ¿De qué hablan? ¿Para qué los necesitas? —preguntó.

Milo, sin embargo, dejó de lado el aura amenazante, aunque eso implicó una expresión más altiva.

—Presentarán un proyecto —fue todo lo que dijo antes de subir detrás de ellos.

Shaka enarcó una ceja.

—¿Alguno de ellos es arquitecto? —preguntó.

Lianne sintió que se ponía roja de la vergüenza por lo que había pasado. No precisamente la interrupción de Milo, sino la forma en la que sus subordinados se la habían saltado por completo.

—Tsubasa Takahashi —dijo en voz baja —, aunque en realidad él trabaja con Izumi en el montaje de las exposiciones. No entiendo, ¿qué tiene que ver?

Shaka no le respondió, solo subió las escaleras, a lo que Lianne no tuvo más remedio que subir con él.

—Ayer Milo dijo que había una nueva propuesta...

Shaka se detuvo un momento, como si valorara la opción de decirle, la miró de soslayo, ella parecía esperar eso, y considerando que existía la posibilidad de que sus compañeros obtuvieran cierta información, consideró que podría ser incluso provechoso, de modo que evitara que incurrieran en indiscreciones.

—Athena planea reconstruir el Santuario —dijo finalmente —. Las tareas empezaron hace meses, pero solo hasta ahora los arquitectos que eligió han presentado sus propuestas. Parece que no está demasiado interesada en ninguno, y por algún motivo que desconozco, Milo sugirió un diseño que estos chicos tienen.

Lianne contuvo el aliento, recordando enseguida la maqueta que tenían en una habitación de su departamento.

Ahora estaba más segura que antes de que Milo no había compartido su visita a la casa de sus pasantes con nadie, ni siquiera con los otros santos, así que ella no iba a llevarle la contraria, no quería ni imaginar lo que podría pasar.

—Ya veo... pero, ¿reconstruir todo el Santuario?

—La última guerra santa provocó demasiados daños. Ya no es viable para seguir formando futuras generaciones —le respondió.

Lianne arrugó la nariz. Sus memorias sobre el Santuario, no eran precisamente de un sitio demasiado prolijo. La mayoría de lo que fuera que eran antes las estructuras cerca de la casa de su tía, estaban prácticamente destruidas, por lo que no dimensionaba lo que significaba una pérdida total. No obstante, otra duda la asaltó.

—¿Es que acaso piensan romper el secretismo del Santuario para permitir la entrada de la constructora?

No hubo respuesta. Ella asumió que no sería de esa manera, pero tampoco le iba a compartir detalles del plan que tenían.

—Perdona, debo irme —dijo Shaka, de pronto —. ¿Puedo llevarme el libro?

Lianne miró el reloj en la pared. Aun le quedaba una media hora del tiempo pactado, así que asumió que quería alcanzar a Milo y los otros.

—Sí, no hay problema.

—¿Cuándo puedo verte de nuevo?

Lo pensó un poco. Ella le podría dedicar todos sus descansos sin ningún problema, incluso el tiempo fuera del museo, pero no quería verse obsesiva.

—¿El miércoles está bien?

Él asintió, tomó el libro y el cuaderno que había llevado, sin embargo, antes de marcharse, se giró para verla.

—¿Y ya me dirás cuáles son tus honorarios?

Lianne sacudió la cabeza enérgicamente.

—¡No es necesario! —exclamó —¡Lo hago porque quiero!

Contuvo el aliento nada más verlo curvar los labios, un gesto que podría ser absolutamente cualquier cosa, pero ella grabó en su mente como una sonrisa.

—Te veo el miércoles, entonces.

—Sí-sí.

El santo de virgo se alejó, inevitablemente captando la atención de todos a su paso.

—Sí que sabe llamar la atención

Lianne se giró para mirar a Izumi, que regresaba del almuerzo. Normalmente iban juntas, pero por las clases de francés se había quedado en la minúscula cafetería del museo junto con Shaka.

—Aunque es un museo occidental, un occidental en vivo siempre llama la atención —repuso Lianne, intentando controlar el sonrojo de su cara.

—Claro, que sea un galán de uno ochenta con una cabellera de hilos de oro y ojos color cielo, no tiene nada que ver. Estoy segura que incluso en Europa llamaría la atención.

Lianne pensó más bien en otros santos. Recordaba a algunos, muy vagamente, y tenía muy presentes a una buena cantidad de aprendices y soldados medio deformes por golpes mal sanados.

—Tú también llamas la atención, aunque no lo quieras reconocer, y Heather, por supuesto —agregó Izumi —. Son como unicornios.

—¿Unicornios? —preguntó Lianne—¿Y eso a ti que te haría?

Izumi se llevó el dedo índice a los labios,

—Pues, una pastora de unicornios —resolvió como si fuera muy obvio.

Las dos chicas se rieron.

—¿Sabes? — preguntó Izumi —. Tengo unos días pensando que Shaka es ese chico del que alguna vez nos hablaste.

Lianne la miró con espanto.

—El que conociste cuando vivías con tu tía, tu vecino.

—¡No! —exclamó.

—Yo creo que sí. Le voy a decir a Heather.

—¡No por favor! ¡Me va a molestar mucho!

Izumi le sacó la lengua mientras corría al interior de las oficinas.

—¡Es el destino Lianne! ¡El verdadero amor te encuentra estés donde estés!

—¡Ni se te ocurra decir eso en voz alta otra vez! ¡Menos frente a él!

.

Milo, con los brazos cruzados, solo miraba a los tres muchachos montar la maqueta.

Estaban improvisando la mayor parte, tratando de recrear el terreno, con sus colinas y acantilados, la montaña principal sobre la que se encontraban las doce casas y el templo de Athena, pues ellos no habían considerado esa geografía en particular.

Takahashi dirigía los arreglos, concentrado como un médico en cirugía, pedía material a sus asistentes, Shiozawa y Matsuo, que le pasaban el pegamento, navajas o trocitos de papel.

El caballero quería ser imparcial, sin embargo, no podía evitar pensar que, con esos arreglos, la maqueta realmente era mucho más impresionante que cualquiera de las otras, más cercana a cómo pudo verse en sus días de gloria, aun con las notables diferencias.

—La señorita está en camino —dijo Tatsumi, entrando al salón sin anunciarse —¿Está todo listo?

Milo se sorprendió del modo bajo y tranquilo con el que había hablado. Francamente, esperaba que entrara maldiciéndolos por no estar listos, pero era evidente que aún se encontraba amedrentado por su destitución. Sería cuestión de tiempo que lo asimilara y su mal carácter volviera con más furia que antes.

—Solo unos detalles —dijo Takahashi, sin mirarlo —. Matsuo, dame los árboles.

El muchacho abrió una caja de latón y empezó a pasarte unos árboles en miniatura que puso en puntos estratégicos donde el pegamento se veía más desprolijo.

Takahashi miró su trabajo con gesto inquisidor, asintiendo, satisfecho con lo que se pudo hacer en tan poco tiempo. Enseguida, preguntó por el baño, Tatsumi los condujo y para cuando volvieron, Milo casi no los reconoció: se habían cambiado y peinado lo mejor posible, llevando pantalones de vestir, camisa blanca y un chaleco distinto cada uno.

Tal como lo habían anunciado, Saori no tardó en aparecer, la escucharon en el vestíbulo, y los tres temblaron, Matsuo, de hecho, se escondió detrás de sus compañeros. Sin embargo, apenas la vieron, de alguna manera, sus ojos habían brillado exageradamente, y solo el diablo sabía con precisión qué pasó por su cabeza.

Milo no perdió detalle de la reacción de los muchachos, y cerró los puños con fuerza, incapaz de reaccionar, no podía amedrentarlos de ninguna manera frente a Athena, que inocentemente se acercó a ellos portando su uniforme escolar.

—Buenas tardes —saludó, inclinándose levemente —. Disculpen por hacerles venir tan abruptamente.

—¡Buenas tardes! —exclamaron los tres a coro.

—No es ningún problema —se apresuró a decir Takahashi —, aunque la verdad no entiendo por qué querría un proyecto tan amateur, considerando que hay verdaderos profesionales aquí.

No había una respuesta correcta a esa pregunta y Saori lo sabía, sobre todo, considerando que ningún despacho tenía la información real sobre el objetivo de la construcción, y la información tipográfica se había obtenido mediante técnicas de cartografía antiguas que no eran en absoluto algo medianamente parecido a un análisis de suelo, como tuvo a bien señalar uno de los hombres que había presentado su proyecto hacía unas semanas.

Sin embargo, solo les sonrió, desapareciendo cualquier inquietud en los muchachos.

—Solo quiero ver.

Los tres se apartaron, dejándole camino libre.

Saori se llevó las manos al pecho, y no pudo evitar el sonreír al ver el montaje. De alguna manera, era lo que ella había imaginado que podría ser cada que veía las ruinas.

—Es así como lo quiero —dijo.

El anciano mayordomo Yousuke dejó escapar un suspiro de alivio. Estaba seguro que tendría que convocar a otros despachos y organizar la presentación, retrasando todo el trabajo.

—Quisiera comprar su proyecto —les dijo Saori a los muchachos.

—¿Comprar... el proyecto? —preguntó Takahashi casi tartamudeando.

—Sí, realmente lo quisiera.

—Yo... no entiendo —dijo Shiozawa, a quien cómicamente se le habían deslizado las gafas hasta la punta de la nariz —¿Para qué necesita usted un diorama de juego de rol?

Ella no tenía ni idea de qué era un juego de rol, pero eso no era importante, volvió a mirar los templos dóricos que habían adecuado a lo que deberían ser las doce casas, la plaza principal con un enorme teatro que bien podía fungir de coliseo, torres y distintas palestras dispersas con lo que supuso serían gimnasios.

No solo estaba lo más representativo, que eran los templos, había énfasis en las viviendas y sitios públicos, y según le explicó Takahashi, había decidido poner un hospital "para atender a los guerreros heridos".

Mientras más les detallaban lo que ellos tenían en mente cuando hicieron los diseños, más estaba convencida de que era exactamente lo que quería.

Las necesidades que habían cubierto eran por demás curiosas, incluso se habían tomado la molestia de hacer un tipo de edificio cuyo análogo moderno sería muy parecido a un hostel, que estaba pensado para el grueso de soldados de bajo nivel que en realidad no tenían demasiadas complicaciones respecto al alojamiento.

Tras haber preguntado, recién se decidió a emprender las tareas de reconstrucción, descubrió que los soldados dormían en un anfiteatro debajo del coliseo. Shion se había negado en absoluto a dejarla bajar, confesando lo que ya era evidente a esas alturas: las condiciones eran infrahumanas.

Comprendía la idea detrás del concepto de austeridad, bastantes congregaciones lo practicaban, pero considerando las tareas específicas que se requería del ejército de Athena, muchos hombres acababan muertos por no tener el mínimo para una vida saludable o segura.

No quería cuestionar la gestión devota de Shion, o quizás la pragmática de Saga, pero no estaba tan segura de que las condiciones actuales de las jerarquías bajas del Santuario fueran lo mejor.

Ya la habían convencido de que la logística de mantenimiento de las casas habitacionales era algo bastante complejo a largo plazo, por lo que ese tipo de alojamiento sería más adecuado para los soldados.

—Realmente lo quiere —susurró Takahashi —. Pues nosotros solamente lo hicimos como un pasatiempo, así que, pues no hay problema, puede quedárselo.

—De eso nada —repuso Saori —. Es su trabajo, además, hay algunas cosas que quisiera agregar.

Los chicos volvieron a intercambiar miradas.

—Por supuesto... ¿Qué sería?

Saori se inclinó sobre la maqueta señalando el edificio de los soldados.

—Necesito otros seis, y quisiera que los doce templos tuvieran una adecuación, quizás un frontón que represente, en cada uno, el mito de cada signo zodiaco. La primera casa es Aries, y sube hasta Piscis.

Matsuo, que súbitamente había cobrado un poco de valor y ya no estaba detrás de sus amigos, sacó un cuaderno y empezó a tomar notas.

—También quisiera... veinticuatro templos menores que representen otras constelaciones: águila, ofiuco, Perseo…

Milo dejó de vigilar a los muchachos por un momento, Shaka había entrado en el salón y la nueva maqueta montada había llamado su atención.

—¿Cómo sabías que habían hecho algo así? —le preguntó en voz baja.

Milo se sintió enrojecer.

—Tengo una historia con ellos.

Para su fortuna, Shaka no era especialmente curioso, así que no insistió.

—Athena parece emocionada.

—Lo está, y desea que los santos de plata tengan un templo también.

—¿Para qué?

Milo se encogió de hombros, lo único que importaba, era que finalmente había decidido lo que quería hacer en el Santuario.

Los chicos estaban abrumados, no entendían nada, pero su disposición a hacer lo que quería facilitaría mucho las cosas para evitar dar explicaciones.

—¿Me puedo quedar con eso? —preguntó Saori señalando el montón de dibujos conceptuales de la maqueta.

—Sí-sí ¡Por supuesto! —respondió Matsuo inclinándose exageradamente para entregárselo.

—Bueno —interrumpió Tatsumi —. Si eso es todo, la señorita tiene que atender otros asuntos. El señor Yousuke Hanamori se encargará de sus honorarios.

Milo no lo culpó por interponerse. A medida que se desarrollaba la conversación, habían acordado la distancia.

—Los cambios que quiere, puedo tenerlos para el fin de semana —dijo Takahashi.

—¡Excelente! —luego se giró hacia Yousuke Hanamori —. Por favor, mantenga un canal de comunicación, conforme tengan algo que mostrar, quiero verlo enseguida.

El hombre se inclinó.

—Lo siento mucho, de verdad tengo que dejarlos.

A ellos no pareció importarles, y tan solo la vieron salir acompañada de Tatsumi.

—Señores, si me acompañan, arreglaremos el asunto de sus honorarios —dijo el mayordomo mayor, pero antes de que pudieran salir, Milo los alcanzó, y pasó los brazos por el cuello de los tres, juntándolos con algo de brusquedad, de modo que chocaron sus cabezas entre ellos.

—Si tan solo se les ocurre dedicar un minuto a imaginar cualquier posibilidad que incluya ese uniforme—les dijo en voz muy baja —. Esta vez no haré trizas el papel, sino a ustedes, ¿de acuerdo?

Los tres tragaron saliva.

—Y, por cierto, ella no lo dijo, pero lo mejor será que no anden por ahí hablando de este proyecto.

Los tres asintieron con la cabeza.

Milo los soltó, dándole una palmada a Takahashi.

—Estaremos en contacto.

Casi corriendo, alcanzaron al mayordomo.

.

Saori despidió a las doncellas que le habían ayudado con lo que se había convertido en un ritual para salvar su cabellera, pues, aunque Keiko había abogado por no cortárselo todo, todas estaban de acuerdo que necesitaba un tratamiento intensivo.

Ya era bastante tarde, con el horario de la escuela incluido en la rutina, de pronto se encontraba demasiado ocupada, tanto que había tenido que organizar meticulosamente cada hora del día y apegarse a ese horario para no desatender ningún pendiente.

El primer día de escuela había sido la cosa más extraña que había vivido en los últimos años. Ninguno de sus recuerdos sobre los colegios en los que estuvo de niña se ajustaba a lo que había pasado.

Las clases habían empezado el mes anterior, así que tenían que ponerse al corriente con demasiadas cosas. Shun lo había tomado con buen humor, también Jabu. Seiya parecía no estar demasiado convencido, pero, aunque ella le recordó que no era obligatorio, él simplemente se encogió de hombros y había empezado con sus tareas.

Fue directo a la mesa del tocador, sacando de un cajón bajo llave un cuaderno de pastas duras que le había regalado Yukie unos días antes y tenía por sí mismo un mecanismo de cierre que usaba otra llave pequeñita.

Era un diario, se lo había regalado específicamente para empezar el primer día de clases, y le pareció buena idea atender su consejo.

Parecía tan ridículo que algo tan cotidiano le hubiera resultado novedoso, incluso relajante; solo matemáticas, lengua, geografía… nada de dioses asesinos, ni sangrientos combates.

Entonces tuvo una idea.

Un colegio.

El tema del reclutamiento de niños pequeños era algo sobre lo que Shion no era tan flexible como le gustaría. Si bien estaban reajustando los parámetros de entrenamiento, y había conseguido que aceptara subir la edad para entregar armaduras, aún era un hecho que habría un montón de niños concentrados en el Santuario.

¿Y si todos tenían la oportunidad de estar en un colegio como chicos normales?

Quizás encontrarían una vocación profesional a la que dedicarse, como Alexandros, que al final había acudido a la Universidad cuando ya no pudo portar su armadura.

Tomó una hoja carta del mismo cajón y escribió: Liceo.

Sonrió. Había tantas cosas por hacer.

Apagó la luz, lista para dormir, pero ni bien se metía en la cama, cuando Tatsumi empezó a golpear la puerta con desesperación.

—¡Señorita Saori! ¡Por favor, perdóneme! ¡Esto es muy importante!

Saori abrió la puerta, mirando el rostro desencajado del hombre.

—¡Es el señor Watanabe!

—¿Qué pasa con él?

—¡Se ha quitado la vida!


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