ZETTIE
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( X )
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Zettie nunca se había considerado el centro del mundo, nunca, era algo egoísta en ocasiones orgullosa, se sabía apreciada por sus súbditos, querida por sus hermanas, amada por Zeldris, eran importantes para ella y les amaba de vuelta.
Pero nunca le intereso lo que pensara Meliodas de ella, siempre le había sido suficiente que la notara, una pequeña mirada por el rabillo del ojo de vez en cuando, solo quería que la viera como una guerrera de su raza que valia la pena.
Solo quería que supiera de su existencia.
Nada más.
Hasta que llego Elizabeth.
Entonces todo cambió.
Por más de tres décadas, había luchado y protegido al pueblo demoniaco junto a sus hermanas, hermanos y aliados, buscando completar el éxodo para un futuro mejor.
Nada le había importado más en el mundo que ver a su pueblo prosperar de nuevo. Pero fue entonces cuando la guerra se hizo aun mas dura y cruel, cuando las diosas empezaron a desplegar más fuerzas y a tomar más territorio.
La llegada de los cuatro Arcángeles fue como una bomba que hizo temblar a sus ejércitos. La llegada de Eli-sangrienta un general mas de las diosas y sus fuerzas fue la gota que derramó el vaso.
Hasta entonces se había mantenido inactiva, siendo solo un símbolo para estimular el espíritu de sus soldados, pero en cuanto se le ordenó ir al campo de batalla, la balanza comezón a menearse de un lado a otro como un sube y baja sin control alguno.
Sobre todo porque Meliodas no parecía tener intenciones de hacerle daño después de su primera pelea.
Decían los rumores que por primera vez Meliodas había recibido una paliza, tanto asi que regreso a su base bañado en sangre y con una extraña expresión en su rostro.
No tenía la misma cara seria, apática e inmaculada de siempre, ni llego con la cara llena de furia o de dolor por su batalla empatada (perdida).
Más bien llegó con una cara de eufória y éxtasis, se veía tan condenada mente feliz que casi hizo cagarse encima a todos los Diez Mandamientos que lo esperaban en la base. Realmente los había asustado.
Y a pesar de que se moria de la curiosidad, Zeldris no se atrevió a abrir la boca para cuestionar a su hermano.
Ojalá lo hubiera hecho, tal vez así el futuro pudo ser diferente.
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(XI)
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Zettie quería contarle a su padre lo que había visto ese día nevado, quería discutirlo con Zeldris, reclamarle a Chandler o simplemente hablarlo con Meliodas sin matarse mutuamente.
Pero no, simplemente no sucedió con este último.
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Ese dia había estado buscando a su hermano por horas en cada campo de batalla, últimamente Meliodas se alejaba demasiado de sus responsabilidades y de los Diez mandamientos, sin dar explicaciones, algunos decían que vagaba por la tierra observando al enemigo sin atacar, otros decían que lo habían visto surcar el cielo en busca de diosas a las cuales aniquilar.
Ninguno de estos rumores le era creíble del todo a la princesa, que realmente empezaba a angustiarse ante la idea de que su hermano, al igual que Estarossa hubiera caído ante los hechizos y manipulación de esa Diosa.
La sola idea de imaginarlo en sus brazos como vió a Estarossa aquella vez la enfermaba.
Agitó la cabeza sacando esa imagen de su mente y continuo sobrevolando a toda velocidad campos de batalla, zonas áridas y mares inmensos, pero en ninguna parte del continente logró encontrar a su lider. Como si la tierra se lo hubiera tragado, pero eso también era imposible, no había llegado reporte alguno de que Meliodas hubiera atravesado el portal que lo regresaría al reino de su padre, asi que si se descartaba tierra e inframundo, solo quedaba un solo lugar en el cual buscar.
Alzó la mirada, consiente de que si se adentraba al territorio natural de las Diosas ella sola, sus posibilidades de salir viva serían las mismas que de encontrar a su hermano.
Sabía que era estúpido, era un riesgo muy grande que correría para encontrar al hermano que seguramente no estaría contento de verla.
Paso sus delicados dedos sobre su pequeña muñeca derecha, justo sobre la marca que Meliodas había dejado cuando la detuvo de intervenir cuando trato de separar al inútil Estarossa de Elizabeth, Meliodas le había roto la muñeca mientras aparentaba tranquilidad al saludar de lejos a la Diosa, haciendo que Estarossa se separara de ella como si le quemará, aterrado al verse descubierto por los dos prodigios de su clan.
Zettie había estado a punto de gritar por una respuesta cuando Meliodas acerco su boca al oído de la niña para amenazarla.
-Manten tu boca cerrada o colgaré tu cabeza junto al resto de esas tontas hermanas tuyas de lo más alto del palacio, estoy seguro que Zeldris disfrutará del espectáculo antes de que cuelgue su cabeza también.
La princesa se había petrificado en su lugar, imaginando a su adorado hermano siendo asesinado por su culpa, en ese momento sintió terror verdadero, aceptaría gustosa la muerte si Meliodas solo la amenazara a ella, pero era completamente débil si la vida de Zeldris era puesta en riesgo por el Demonio más fuerte de todos.
Tragándose su orgullo abrió las alas y emprendió la huída en cuanto Meliodas se lo ordeno, no miro atrás a pesar de la ira que la consumía.
Cuando llegó al campamento no hablo con nadie y trato de actuar tan normal como le era posible, aún así todos en el campamento se dieron cuenta del incremento de su poder mágico.
Ya habían sido dos meses de eso, ella y Meliodas no se habían vuelto a cruzar ni una vez.
Y el silencio ya no podía ahogar las dudas que llenaban su cabeza, quería gritar! Estaba confundida, frustrada y realmente no entendió nada, NADA! Que rayos pasaba con su hermano!?
Donde estaba ese hermoso hermano suyo que vivía por el bien del reino demoníaco!? El que la entrenaba en silencio, con disciplina y pasión desenfrenada, viéndola mejorar cada día que pasaba bajo su tutela. El que la felicitaba en una mirada sería pero tranquila.
Ese era su hermano, ese era el Meliodas que conocía.
Apretó su muñeca aún herida y se armó de valor. Sin duda tanto los regaños como los castigos que le caerían encima serían legendarios, pero simplemente no podía soportar más. Quería verlo, necesitaba verlo.
A toda velocidad subió más allá de las nubes, volando hacia el territorio de las Diosas cuando el sol comenzó a ocultarse entre las montañas.
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(XII)
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Habrían de pasar siente días exactos para que Zettie lograra encontrar a Meliodas. Su cuerpo estaba en su límite y su poder mágico estaba casi drenado en su totalidad, por siete días fue perseguida, emboscada, atacada y herida.
Sin saber cómo, las Diosas la habían detectado, pero por suerte, había procurado mantener su poder mágico al mínimo y le evitó la molestia de tener que lidiar con los Arcángeles.
Y aún así los ataques le llovían como granizos, eventualmente las Diosas se dieron cuenta que no era un Demonio cualquier que adentraba a su territorio por nada, mandaron generales, batallones, y apóstoles para interceptarla y asesinarla, sin más éxitos que heridas en su pequeño cuerpo después de horas y horas de batallas intensas. Se había lamentado ir a esa misión auto impuesta sin su escolta o algún soldado razo que la apoyará, de hecho si lo había pensado pero por alguna razón no lo pidió en su momento.
En la mañana del día siete se dejó caer sobre una estructura flotante en medio de la nada, sintiéndose segura de qué en ese lugar que estaba casi en ruinas no habría nadie que la molestará. Sus heridas ya no sangraban y sus pulmones hacían que sus corazones latieran a toda potencia. Pero se equivocaba.
No paso ni un minuto en ese lugar para que una ligera brisa le llevará el aroma de su hermano, su cuerpo recuperó fuerzas ante la sorpresa y se levantó con prisa.
El viento le permitía oler el rastro de su hermano, mientras que este no lograría olerla a ella.
Su cuerpo tembló ante el alivio de encontrarlo a salvo, a diferencia de ella no olía a sangre o cansancio y con paso firme siguió el aroma de su hermano.
Luego olió a alguien más.
Elizabeth
Detuvo sus pasos cuando solo necesito un par más para quedar expuesta ante ellos.
Se pegó a la pared que bordeaba aquellas ruinas de lo que alguna vez fue una arena de combate y se asomó con sumo cuidado.
Entonces su corazón dio un vuelco, se le retorcieron las entrañas y la sangre se le bajó a los pies.
En medio de la desgastada arena de combate, Elizabeth abrazaba a su hermano, acariciando su cabello mientras acercaba su rostro al de el.
Meliodas la sujetabá de la cintura con un toque delicado, como si sostuviera una delicada flor en primavera y con los ojos tan verdes como un prado de verano acepto el tierno beso que la diosa le regaló en su labio inferior.
Eran la imagen perfecta de dos amantes besándose.
Zettie se dejó caer de rodillas y su mente quedó en blanco cuando un silbido le atravesó los oídos, haciendo que el mundo entero desapareciera a su alrededor.
Zettie nunca se había considerado el centro del mundo, nunca, era algo egoísta, en ocasiones orgullosa, se sabía apreciada por sus súbditos, querida por sus hermanas, amada por Zeldris, ellos eran importantes para ella y les amaba de vuelta.
Pero nunca le intereso lo que pensara Meliodas de ella, siempre le había sido suficiente que la notara, una pequeña mirada por el rabillo del ojo de vez en cuando, que no se negara a entrenar con ella, poder acercarse y saludarle cordialmente cuando se cruzaban en los campamentos. Solo quería que la viera como una guerrera de su raza que valia la pena.
Solo quería que la recordara.
Quizá alguna vez hablarle como una verdadera hermana que quiere el consejo de su hermano mayor, no como la guerrera a sus órdenes.
Llevarse tan bien como se llevaba con Zeldris? Sin duda.
O quizá quería que el sintiera algo más por ella?
Qué sintiera lo mismo que ella empezó a sentir el día en que se elevaron juntos en el firmamento para conectar sus almas en una pelea?
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El joven corazón de la morena se rompió ese día, por culpa de un sentimiento que no sabía que tenía dentro de sí, uno que se había estado gestando en silencio desde hacía años y que nunca entendió.
Uno que tal vez se esperaría que sintiera por su otro hermano llegado el momento, cuando su cuerpo floreciera y los años la hubieran forjado como acero de batalla.
Una única lágrima cristalina resbaló de su mejilla mientras los observaba en silencio sin enterder el vacío que sentía o el nudo que le ahogaba un sollozo.
Algo en su cabeza le gritaba que se fuera.
Otra quería matarlos a ambos ahí mismo, en ese instante depasarecerlos sin dejar rastro.
Y una más solo quería seguir viendo el mayor acto de traición de toda la guerra.
Era eso lo que sentía?
Se sentía traicionada por Meliodas?
Su hermano le estaba dando la espalda a su raza por una Diosa o solo era una treta para tomar como prisionera a la hija de la Deidad Suprema?
Limpio su mejilla cuando la razón regreso a su cabeza, aún era pronto para sacar conclusiones. Se quedó en silencio absorta en sus pensamientos que apenas y noto como la mujer alada se marchaba del lugar, dejándola solo con Meliodas en esas ruinas.
El desconcierto desapareció y una extraña irá comenzó a invadirla, calentando su sangre y nublado su siempre claro juicio. Se levantó y caminó decidía a recibir respuesta de la boca de su hermano, así se le fuese la vida en ese acto de osadía.
Sabía que no tenía ningún derecho sobre su hermano, el era libre de enredarse con quién le viniera en gana, eran cercanos, pero no eran amigos. Aún así no podía permitir que siguiera con una Diosa entre sus brazos. Le sacaría la verdad no solo como su familia, si no como un miembro más de su Clan que ponían su fe en él.
En unos pocos pasos estuvo frente a frente, mirándolo con absoluta determinación, reflejando en los ojos fríos y ahora negros de su hermano su fez infantil. Elevó lo poco de poder mágico que le había quedado y se postró firmé en el piso.
Meliodas solo la observó estático, era completamente diferente a lo que había visto hasta hace unos minutos, con apatía menciono su nombre, algo que la hubiera hecho emocionarse si las circunstancias fueran otras.
Realmente la recordaba.
-Qué haces aquí hermano? Porqué no regresas al cuartel?, todos esperan por ti. Chandler y Zeldris están preparando los ejércitos, solo faltan tus órdenes.
Los mandamientos terminaron sus misiones y quieren darte sus informes. Vuelve conmigo y pon en march..-
El rubio solo camino pasándola de largo, ignorando cada palabra. Sin dedicarle una mirada o un choque de hombros.
Zettie se desesperó, en su cabeza el zumbido se hizo más fuerte y perdió la calma comenzó a gritar.
- PORQUE VINISTE AQUI !? Porque estas en el territorio de las Diosas como si nada!? Responde por favor Hermano Meliodas, respóndeme! Tienes ejércitos que dirigir! Todos están esperando por ti!
-...
Nada, solo silencio, ni una respuesta o una mirada, tan siquiera una sonrisa burlona. La había ignorado antes, pero nunca así, nunca antes había estado tan absorto en sus pensamientos, mirando con ilusión la dirección por la cual se fue su acompañante anterior, como si deseara seguirla.
Zettie apretó los dientes ante la impotencia, la irá parecía hacer que su poder mágico creciera rápidamente como agua hirviendo en sus venas.
-Si tú no me respondes, entonces tendré que ir a preguntarle a esa mujer? Estoy segura que mis hermanas y el escuadrón a mi cargo estarán más que dispuestos en ir por la cabeza de La sangrienta Elizabeth.- Quizo morderse la legua en cuanto termino esa frase, lo había dicho sin pensar, solo se le salió la primera tontería que se le vino a la mente (Era obvio que aún si lo intentaban, era probable que no consiguieran matar a la Diosa, después de todo los arcángeles siempre estaban al pendiente de la hija de su Reina.)
Solo tuvo que ver cómo Melioda detenía sus pasos para saber que estaba más que muerta.
En un momento ya tenia a Meliodas encima suyo, con los ojos amenazantes de demonio clavados en los suyos al igual que una mano atravesando le el pecho, con uno de sus corazones siendo estrujado por un puño furioso al igual que su cuello, cortándole el aire, capaz de romperle en un instante, y en su muñeca, la marca que había dejado anteriormente comenzaba sangrar.
Decir que era miedo absoluto sería muy poco para describir lo que la joven demonio sintió en ese momento, pero no sé arrepentía de actuar como una estúpida y provocarlo. Si la mataba ahí mismo estaría bien, pero al menos debía irse al otro mundo con una maldita respuesta!
-Qué fue...lo qué...te hizo...esa..mujer?- fueron las pocas palabras que salieron en un hilo de voz a través de la garganta estrangulada de la princesa, sus ojos rojos reflejaban los negros de su hermano y viceversa.
El silencio sepulcral fue su única respuesta, se veían mutuamente, el sin dejar de apretar el agarre y ella tratando de no desvanecerse, solo se miraron como tantas veces en el pasado a la hora de entrenar, pero por primera vez Zettie sintió que miraba a un extraño y no a su comandante, a su sangre.
Tristeza comenzó a brotar de sus ojos en forma de lágrimas, por primera vez en su vida estaba experimentando la absoluta confusión, ninguna de sus dudas era aclarada y eso era doloroso, frustrante, quería escuchar la voz de su hermano, verlo como siempre era.
Tan frío pero amable, pocas veces lo había visto así, pero sabía que era auténtico. El hombre frente a ella no podía ser Meliodas, no. Era imposible.
Y así su mente quedó en blanco antes de perder por completo la conciencia, apenas se percató de que había levantado su mano para tocar con delicadeza la fría mejilla de Meliodas.
Cerró sus ojo sin poder ver cómo los de su hermano temblaban o como su boca trataba de decirle algo antes de perder el control.
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En medio del cielo Meliodas gritaba sujetándose la cabeza que era atravesada por punzadas púrpuras y negras que lo mantenían en las fronteras de los sueños con la realidad. Materia oscura lo deseaba por completo, envolviéndo toda la plataforma flotante en una nube oscura que olía a desesperación.
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Continuará
