17. ATRAPADOS EN SOMBRAS

No se trata de una lección que afirme ser capaz de enseñar. La experiencia en sí es la gran maestra, y a ella debéis recurrir sin intermediarios.

De Juramentada, prólogo

—Sigo opinando que deberíamos matarlo —dijo a los demás Khen, la parshmenia que había estado jugando a las cartas.

Raven estaba sentada, atada a un árbol. Había pasado así la noche. Al llegar el día, habían dejado que se levantara varias veces para usar la letrina, pero el resto del tiempo la tenían atada. Los nudos eran buenos y, además, habían apostado guardias, todo a pesar de que Raven se había entregado desde el principio. Tenía los músculos agarrotados y estaba en una postura incómoda, pero había soportado cosas peores en sus tiempos de esclava. Era casi ya media tarde y seguían discutiendo sobre ella. No había vuelto a ver a aquel spren amarillo claro, el que era como una cinta de luz. Casi llegó a pensar que habían sido imaginaciones suyas. Al menos, por fin había dejado de llover. Con un poco de suerte, significaría que las tormentas altas —y la luz tormentosa— regresarían pronto.

—¿Matarla? —dijo otro parshmenio—. ¿Por qué? ¿Qué peligro representa?

—Dirá a otros dónde estamos.

—Nos ha encontrado ella solita sin sudar. Dudo que otros vayan a tener muchos problemas, Khen.

Los parshmenios no parecían tener un líder concreto. Raven los oía hablar desde donde estaba, apiñados bajo una lona. El aire olía a húmedo, y la arboleda tiritó al atravesarla una ráfaga de viento. Llovieron gotas de agua sobre Raven, de algún modo más frías que el propio Llanto. Pronto llegaría el esperado momento de que todo se secara y ver por fin de nuevo el sol.

—Entonces, ¿qué? ¿Lo soltamos? —preguntó Khen. Tenía la voz áspera, enfadada.

—No lo sé. ¿Serías capaz de hacerlo, Khen? ¿Partirle la cabeza tú misma?

Bajo el toldo se hizo el silencio.

—¿Si sirve para que no puedan volver a atraparnos? —dijo ella—. Sí, la mataría. No pienso volver, Ton.

Tenían nombres sencillos de ojos oscuros alezi, a juego con el acento incómodamente familiar. Raven no temía por su propia seguridad: aunque le habían quitado el cuchillo, la vinculacaña y las esferas, podía invocar a Syl cuando quisiera. La spren revoloteaba cerca con las ráfagas de aire, pasando entre las ramas de los árboles. Los parshmenios levantaron la reunión al poco tiempo y Raven dormitó. Más tarde la despertó el ruido de sus captores recogiendo sus escasas posesiones: un par de hachas, cantimploras y los sacos de grano casi echado a perder. Al ponerse el sol, se extendieron largas sombras sobre Raven que volvieron a sumir el campamento en la tiniebla. Parecía que el grupo se desplazaba de noche. El varón alto que había estado jugando a cartas la noche antes se acercó a Raven, identificable por el patrón de su piel. Desató las cuerdas que sujetaban a Raven al árbol y las que le ceñían los tobillos, pero le dejó atadas las manos.

—Sí que podías capturar esa carta —le dijo Raven.

El parshmenio se tensó.

—En la partida de anoche —prosiguió Raven—. El escudero puede capturar si lo apoya otra carta aliada, así que estabas en lo cierto.

El parshmenio gruñó y tiró de la cuerda para poner en pie a Raven, que se estiró para aliviar los músculos agarrotados y los dolorosos calambres. Mientras tanto, los demás parshmenios desmontaron la última de sus tiendas improvisadas de lona, la que había estado cerrada del todo. Sin embargo, por la mañana Raven había podido ver bien lo que había dentro.

Niños.

Eran una docena, vestidos con blusones, desde bebés a preadolescentes. Las hembras llevaban el pelo suelto, los machos recogido o trenzado. Apenas se les había permitido salir de la tienda, y siempre bajo fuerte supervisión, pero Raven los había oído reír. Al principio temió que fuesen niños humanos que hubieran hecho prisioneros. Cuando se levantó el campamento, los niños se dispersaron, emocionados de poder salir por fin. Una niña pequeña correteó por la piedra mojada y cogió la mano vacía del hombre que llevaba a Raven. Todos los infantes tenían el mismo y reconocible aspecto que los mayores, aquella apariencia no del todo parshendi con partes acorazadas a los lados de la cabeza y los antebrazos. En el caso de los niños, el caparazón era de un color rosa anaranjado claro. Raven no habría podido explicar por qué la visión le resultó tan extraña. Los parshmenios se reproducían, aunque la gente solía hablar de cruzarlos, como a animales. Y al fin y al cabo, ¿tanto distaba de la realidad llamarlo así? Lo sabía todo el mundo.

¿Qué pensaría Shen… Rlain, si Raven hubiera dicho en voz alta esas palabras?

Salieron en procesión de entre los árboles, Raven llevada por su cuerda, hablando lo mínimo. Cuando cruzaron un campo en la oscuridad, Raven tuvo una clara sensación de familiaridad. ¿Había estado allí antes, había hecho aquello antes?

—¿Y qué pasa con el rey? —dijo su captor, en voz baja pero volviendo la cabeza para dirigir la pregunta a Raven.

¿Finn? ¿Qué tenía que…? «Ah, claro. Las cartas.»

—El rey es de las cartas más poderosas que se pueden jugar —dijo Raven, hurgando en la memoria para recordar todas las normas—. Puede capturar cualquier carta excepto otro rey, y a él no se lo puede capturar a no ser que lo toquen tres cartas enemigas de caballero o superiores. Eh… y es inmune al moldeador de almas.

—«Me parece.»

—Cuando veía jugar a los hombres, casi nunca sacaban esa carta. Si es tan poderosa, ¿por qué no hacerlo?

—Si capturan a tu rey, pierdes —explicó Raven—. Así que solo se juega si estás desesperado o seguro de poder defenderlo. La mitad de las veces que he jugado yo, no ha salido del cuartel.

El parshmenio gruñó de nuevo y miró a la niña que tenía al lado, que le tiraba del brazo y señalaba. El hombre le respondió con un bisbiseo y la niña corrió de puntillas hacia un grupo de rocabrotes en flor, visible a la luz de la primera luna. Las enredaderas se retiraron y las flores se cerraron. Pero la niña sabía que tenía que agacharse a un lado y esperar con las manos preparadas a que las flores volvieran a abrirse. Arrancó una con cada mano y su risa resonó por la llanura. Volvió seguida por alegrespren con forma de hojas azules, sin acercarse a Raven. Khen, que caminaba con un garrote en las manos, hizo seguir avanzando al captor de Raven. Vigilaba el terreno con el nerviosismo de una exploradora en una misión peligrosa.

«¡Eso era! —pensó Raven, recordando por qué le sonaba aquello—. Cuando me escabullí de Tasinar».

Había sido después de que lo condenara Amaram, pero antes de que lo enviaran a las Llanuras Quebradas. Raven evitaba pensar en aquellos meses. Sus repetidos fracasos, la masacre sistemática de sus últimos rastros de idealismo… bueno, había aprendido que obsesionarse con esas cosas lo llevaba a lugares oscuros. Había fallado a mucha gente durante esos meses. Nalma entre ellos. Aún recordaba el tacto de su mano, una mano áspera y encallecida. Ese había sido su intento de fuga con más éxito. Duró cinco días.

—No sois monstruos —susurró Raven—. No sois soldados. Ni siquiera sois las semillas del vacío. Sois solo… esclavos fugados.

El parshmenio se volvió, tiró de la cuerda de Raven y la agarró por el pecho del uniforme. Su hija se escondió detrás de su pierna, se le escurrió una flor de entre las manos y gimoteó.

—¿Es que quieres que te mate? —preguntó el parshmenio, tirando de Raven hasta quedar cara contra cara—. ¿Por qué insistes en recordarme cómo nos veis?

Raven gruñó.

—Mírame la frente, parshmenio.

—¿Y?

—Marcas de esclava.

—¿Qué?

Tormentas. A los parshmenios no los marcaban, ni los mezclaban con los demás esclavos: eran demasiado valiosos.

—Cuando hacen esclava a una humana, la marcan —dijo Raven—. He estado aquí, justo donde estás tú.

—¿Y crees que por eso lo entiendes?

—Pues claro. Soy una…

—¡Yo he pasado la vida entera con una bruma en la mente! —le gritó el parshmenio—. ¡Sabiendo cada día que debería decir algo, hacer algo para que acabara! Todas las noches abrazaba a mi hija, preguntándome por qué el mundo parecía moverse a nuestro alrededor en la luz… mientras nosotros seguíamos atrapados en sombras. Vendieron a su madre. La vendieron. Porque como había dado a luz a un bebé sano, era un buen ejemplar de cría.

»¿Eso lo entiendes, humana? ¿Entiendes lo que es ver cómo parten tu familia y saber que deberías oponerte, saber en el fondo de tu alma que algo está fatal? ¿Puedes llegar a conocer la sensación de ser incapaz de decir ni una sola tormentosa palabra para impedirlo? —El parshmenio tiró incluso más de Raven.

»Puede que a ti te quitaran la libertad, pero a nosotros nos arrebataron nuestras mentes.

Soltó a Raven y dio media vuelta, levantó a su hija del suelo y la sostuvo contra él mientras se ponía al trote para alcanzar a los demás, que habían girado la cabeza al oír el exabrupto. Raven lo siguió entre tirones de su cuerda y pisó la flor de la niña en su apresuramiento forzado. Syl pasó volando pero, cuando Raven intentó llamar su atención, la vio reír y ganar altura con una racha de viento. Su captor recibió varias reprimendas susurradas cuando se reunieron con el grupo. La columna no podía permitirse tanto ruido. Raven caminó junto a ellos y recordó. Sí que los entendía un poco. Mientras huías, nunca eras libre. El cielo abierto y los campos inacabables te atormentaban. Sentías que te estaban persiguiendo, y cada mañana despertabas esperando encontrarte rodeado.

Hasta que un día, estabas en lo cierto.

Pero ¿y los parshmenios? Raven había aceptado a Shen en el Puente Cuatro, sí. Pero reconocer que un parshmenio individual podía ser un hombre del puente era muy distinto a aceptarlos a todos como… bueno, como humanos.

Cuando el grupo se detuvo a repartir cantimploras a los niños, Raven se tocó la frente y recorrió con las yemas la forma cicatrizada de los glifos.

«Nos arrebataron nuestras mentes.»

A ella también habían intentado arrebatarle la mente. La habían molido a palos, le habían robado todo lo que amaba y habían asesinado a su hermano. La habían dejado incapaz de pensar bien. La vida se había vuelto borrosa, hasta que un día se descubrió de pie en un saliente rocoso, viendo morir las gotas de lluvia y esforzándose por encontrar motivos para acabar con su propia vida.

Syl pasó ascendiendo en forma de cinta titilante.

—Syl —siseó Raven—, tengo que hablar contigo. No es buen momento para…

—Chist —dijo ella. Soltó una risita y la rodeó antes de salir disparada y hacer lo mismo con su captor.

Raven frunció el ceño. Syl estaba muy despreocupada.

¿Demasiado despreocupada? ¿Igual que antes de que forjaran su vínculo?

No, no podía ser.

—¿Syl? —volvió a llamarla cuando regresó—. ¿Hay algún problema con el vínculo? Por favor, no pretendía…

—No es eso —respondió ella con un intenso susurro—. Creo que los parshmenios podrían ser capaces de verme. Algunos, por lo menos. Y ese otro spren sigue por aquí. Es un spren superior, como yo.

—¿Dónde? —preguntó Raven, estirando el cuello para mirar en todas las direcciones.

—Para ti es invisible —dijo Syl, convirtiéndose en un grupo de hojas que la rodearon como llevadas por el viento—. Creo que lo tengo engañado y cree que soy solo una vientospren.

Se alejó, dejando una docena de preguntas sin respuesta en los labios de Raven. «Tormentas, ¿ese spren es quien les dice hacia dónde van?»

La columna reemprendió la marcha y Raven anduvo una hora larga en silencio antes de que Syl decidiera regresar con ella. Se le posó en el hombro, con la forma de una joven en su extravagante falda.

—Se ha adelantado un poco —dijo—, y los parshmenios no están mirando.

—Los está guiando ese spren —dijo Raven entre dientes—. Syl, ese spren tiene que ser…

—De él —susurró ella, abrazándose el torso y volviéndose pequeñita. De verdad se encogió a unas dos terceras partes de su tamaño normal—. Un vacíospren.

—Y hay más —dijo Raven—. Estos parshmenios… ¿por qué saben cómo deben hablar, cómo comportarse? De acuerdo, han vivido siempre en sociedad, pero… ¿cómo pueden ser tan… bueno, tan normales después de tanto tiempo medio dormidos?

—La tormenta eterna —explicó Syl—. El poder ha rellenado los huecos que tenían en las almas, ha tendido puentes. No solo han despertado, Raven. Están sanados, su Conexión refundada, su Identidad restaurada. Aquí pasa algo mucho más importante de lo que creíamos. De alguna manera, al conquistarlos, les robasteis la capacidad de cambiar de forma. Literalmente, les arrancasteis una parte del alma y la dejasteis encerrada. —Se volvió de golpe—. Está regresando. Me quedaré cerca, por si necesitas una hoja esquirlada.

Se marchó, remontando el aire en forma de cinta de luz. Raven siguió caminando tras la columna, rumiando sus palabras un rato, y luego apretó el paso y se puso al lado de su captor.

—Algunas cosas las estáis haciendo con conocimiento —dijo Raven—. Os conviene viajar de noche. Pero estáis siguiendo el cauce de ese río de ahí. Sé que así encontráis más árboles y vuestros campamentos son más seguros, pero es el primer lugar donde os buscaría cualquiera.

Varios otros parshmenios le lanzaron miradas. Su captor no dijo nada.

—El tamaño del grupo también es un problema —continuó Raven—. Tendríais que dividiros en unidades más pequeñas y reuniros por las mañanas, para parecer menos amenazadores si os ven. Podéis explicar que un ojos claros os ha enviado a alguna parte, y a lo mejor os dejan marchar. Pero si alguien os encuentra a los setenta juntos, ya podéis olvidaros. Todo eso suponiendo, claro, que no queráis luchar, y la verdad es que no os interesa. Si peleáis, llamarán a los altos señores para atacaros. De momento, tienen problemas más serios.

Su captor gruñó.

—Puedo ayudaros —dijo Raven—. Tal vez no entienda por lo que habéis pasado, pero sí sé lo que es huir.

—¿Crees que confiaría en ti? —replicó por fin el parshmenio—. Quieres que nos atrapen.

—No estoy nada segura de eso —dijo Raven, sincera.

Su captor no dijo nada más y Raven suspiró, volviendo a su posición atrasada. ¿Por qué aquellos parshmenios no habían obtenido poderes de la tormenta eterna, como los de las Llanuras Quebradas? ¿Qué pasaba con las historias de las escrituras y las leyendas? ¿Con las Desolaciones?

Al cabo de un tiempo hicieron otro descanso, y Raven buscó una roca suave en la que sentarse, acurrucada en la piedra. Su captor ató la cuerda a un árbol cercano y solitario y se marchó a hablar con los demás. Raven se reclinó, sumida en sus pensamientos, hasta que oyó un sonido. Se sorprendió al ver que se acercaba la hija de su captor. Traía un odre con las dos manos y se detuvo al borde de su alcance. No llevaba zapatos y la caminata no había sido amable con sus pies hasta el momento. Los tenía algo encallecidos, pero también marcados de raspones y arañazos. Con timidez, dejó el odre en el suelo y retrocedió. No salió corriendo, como esperaba Raven, cuando ella extendió el brazo hacia el agua.

—Gracias —dijo, y dio un buen sorbo. Era un agua pura y clara; al parecer, los parshmenios sabían cómo recogerla y dejarla reposar. Hizo caso omiso a los rugidos de su estómago.

—¿De verdad nos perseguirán? —preguntó la niña.

A la luz verde clara de Mishim, decidió que aquella chica no era tan tímida como había creído. Estaba nerviosa, pero la miró a los ojos.

—¿Por qué no nos dejan irnos? —preguntó ella—. ¿No podrías volver y decírselo? No buscamos problemas. Solo queremos marcharnos.

—Vendrán —le aseguró Raven—. Lo siento. La reconstrucción les llevará mucho trabajo, y querrán más personal. Sois un… un recurso al que sencillamente no pueden renunciar.

En los asentamientos humanos que había visitado, nadie sabía que podía esperar una fuerza terrible de Portadores del Vacío. Muchos de ellos creían que sus parshmenios habían aprovechado la confusión para escapar, nada más.

—Pero ¿por qué? —dijo ella, sorbiéndose la nariz—. ¿Qué les hemos hecho nosotros?

—Intentasteis aniquilarlos.

—No. Nosotros somos buenos. Siempre hemos sido buenos. Yo nunca he pegado a nadie, ni cuando me enfadaba.

—No digo vosotros, vosotros —aclaró Raven—. Vuestros antepasados, la gente como vosotros pero de hace mucho tiempo. Hubo una guerra y…

Tormentas, ¿cómo se explicaba la esclavitud a una niña de siete años? Lanzó el odre hacia ella y la chica volvió con su padre, que acababa de reparar en su ausencia. El parshmenio era una silueta destacada contra la noche, que observaba a Raven.

—Hablan de acampar —susurró Syl desde cerca. Se había escondido en una grieta de la roca—. El vacíospren quiere que prosigan la marcha de día, pero no creo que vayan a hacerlo. Les preocupa que se pudra el grano.

—¿Ese spren está mirándome ahora mismo? —preguntó Raven.

—No.

—Pues vamos a cortar esta piedra.

Se volvió para ocultar lo que hacía e invocó deprisa a Syl como cuchillo para liberarse. Hacerlo le cambiaría el color de ojos, pero confiaba en que los parshmenios no se dieran cuenta en la oscuridad.

Syl volvió a dispersarse en spren.

—¿Espada ahora? —preguntó—. Las esferas que te quitaron se han agotado, pero seguro que salen corriendo si ven una hoja esquirlada.

—No.

Raven recogió un pedrusco. Los parshmenios callaron al darse cuenta de que estaba suelta. Raven llevó la roca unos cuantos pasos y la dejó caer sobre un rocabrote, que quedó aplastado. Al momento estaba rodeado de furiosos parshmenios con garrotes. Sin hacerles caso, Raven hurgó en los restos del rocabrote y levantó una parte grande de cascarón.

—El interior de esto seguirá seco —dijo, girándolo para enseñárselo a los parshmenios—, a pesar de la lluvia. El rocabrote necesita una barrera que lo separe del agua de fuera, vete a saber por qué, aunque siempre parecen ansiosos por beber después desde una tormenta. ¿Quién tiene mi cuchillo?

Nadie hizo ademán de devolvérselo.

—Si rascáis esta capa interior —dijo Raven, dando unos golpecitos al cascarón de rocabrote—, se llega a la parte seca. Ahora que ya no llueve, debería poder encender una hoguera, si no habéis perdido mi yesquero. Tendremos que hervir ese grano y secarlo en forma de tortas. No estarán muy buenas, pero durarán. Si no hacéis algo pronto, se os echará a perder la comida. —Se levantó y señaló—. Ya que hemos parado aquí, el río debería estar lo bastante cerca para traer más agua. No seguirá fluyendo mucho tiempo después de que pare de llover. La cáscara de rocabrote no arde demasiado bien, así que tenemos que recoger madera de verdad y secarla al fuego durante el día. Podemos hacer la hoguera pequeña de momento y luego cocinar por la noche. En la oscuridad, es más difícil que el humo revele nuestra posición, y los árboles taparán la luz. Solo falta resolver cómo vamos a cocinar sin cacerolas para hervir el agua.

Los parshmenios se la quedaron mirando. Khen fue la primera en reaccionar: la apartó del rocabrote y le quitó el trozo que tenía en la mano. Raven vislumbró a su captor original cerca de la roca donde había estado sentada. El parshmenio tenía en la mano la cuerda que Raven había cortado y estaba frotando el extremo cercenado entre el pulgar y el índice. Tras una breve conferencia, los parshmenios se la llevaron a los árboles que había señalado, le devolvieron su cuchillo —rodeándola con todos los garrotes que tenían— y le exigieron demostrar que podía encender un fuego con madera húmeda.

Raven hizo justo eso.