20. CUERDAS PARA ATAR

Sin embargo, cuando una especia es peligrosa, se puede advertir de ello para degustarla con mesura. Desearía que la lección que aprendáis no sea tan dolorosa como la mía.

De Juramentada, prólogo

—En realidad, la herida no es tan grave —dijo Raven—. Sé que parece profunda, pero suele ser mejor que te corte hondo un cuchillo afilado que una herida irregular hecha con algo más romo. —Hizo presión para unir la piel del brazo de Khen y le vendó el corte—. Usad siempre vendas limpias que hayáis hervido, porque a los putrispren les encanta la tela sucia. El verdadero peligro es la infección, que se distingue porque los bordes de la herida se ponen rojos, se hinchan y se estrían. También habrá pus. Limpiad siempre los cortes antes de vendarlos.

Dio una palmadita en el brazo de Khen y recuperó su cuchillo, que había sido el responsable de la laceración mientras Khen lo usaba para cortar ramas de un árbol caído como leña. A su alrededor, los demás parshmenios recogían las tortas que habían dejado secando al sol. Disponían de una cantidad sorprendente de recursos, teniéndolo todo en cuenta. A algunos parshmenios se les había ocurrido llevarse unos cubos metálicos en su incursión, que habían servido de cacerolas para hervir, y los odres iban a ser cruciales. Encontró a Sah, el parshmenio que al principio había sido su captor, entre los árboles de su improvisado campamento. El parshmenio estaba atando una piedra tallada como cabeza de hacha a una rama. Raven se la cogió de las manos y la probó contra un tronco, para ver qué tal cortaba la madera.

—Tienes que fijarla más fuerte —dijo—. Moja las tiras de cuero y tira con fuerza mientras envuelves. Si no vas con cuidado, se te soltará a medio golpe.

Sah recuperó el hacha y masculló para sus adentros mientras soltaba las tiras. Miró a Raven.

—Puedes irte a supervisar a otro, humana.

—Deberíamos marchar esta noche —dijo Raven—. Llevamos demasiado tiempo en el mismo sitio. Y dividirnos en grupos pequeños, como os dije.

—Ya veremos.

—Escucha, si os estoy aconsejando mal en algo…

—En nada.

—Pero…

Sah suspiró y alzó la mirada hacia los ojos de Raven.

—¿Dónde aprendió una esclava a dar órdenes y pavonearse por ahí como un ojos claros?

—No he sido esclava toda la vida.

—Odio sentirme como un niño —dijo Sah. Empezó a atar de nuevo la cabeza de hacha, con más fuerza que antes—. Odio que me enseñen cosas que ya debería saber. Y, sobre todo, odio necesitar tu ayuda. Hemos corrido. Hemos escapado. Y ahora, ¿qué? ¿Llegas tú y te pones a decirnos lo que tenemos que hacer? Ya estamos otra vez obedeciendo órdenes de los alezi.

Raven se quedó callada.

—Y esa spren amarilla es igual de mala —murmuró Sah—. Que si daos prisa, que si no paréis. Nos dice que somos libres y luego, justo después, nos regaña por no obedecer sus órdenes lo bastante rápido.

Los había sorprendido que Raven no pudiera ver a la spren. También le habían mencionado los sonidos que oían, unos ritmos lejanos, casi música.

—«Libertad» es una palabra extraña, Sah —dijo Raven con suavidad, sentándose—. Estos últimos meses creo que he tenido más «libertad» que nunca desde mi infancia. ¿Y quieres saber lo que he hecho con ella? Quedarme en el mismo sitio, sirviendo a otro alto señor. Me pregunto si quienes usan cuerdas para atar serán unos necios, porque en cualquier caso la tradición, la sociedad y la inercia van a terminar atándonos a todos.

—Yo no tengo tradiciones —dijo Sah—. Ni sociedad. Pero aun así, mi «libertad» es la misma de una hoja. Separado del árbol, solo me dejo llevar por el viento y finjo que estoy al mando de mi destino.

—Eso ha sido casi poesía, Sah.

—No sé de qué me estás hablando.

Ciñó la última tira de cuero y sostuvo en alto la nueva hacha. Raven la cogió y la hundió en el tronco que tenía al lado.

—Mejor.

—¿No te preocupa, humana? Enseñarnos a hacer tortas es una cosa, armarnos es otra muy distinta.

—Un hacha es una herramienta, no un arma.

—Quizá —dijo Sah—. Pero con el mismo método de lasca y afilado que enseñas, terminaré haciendo una lanza.

—Lo dices como si la lucha fuese inevitable.

Sah se echó a reír.

—¿Y no crees que lo sea?

—Tenéis elección.

—Lo dice la mujer con la marca en la frente. Si están dispuestos a hacerles eso a los suyos, ¿qué brutalidades nos esperan a un puñado de ladrones parshmenios?

—Sah, no tiene por qué terminar en guerra. No hace falta que combatáis a los humanos.

—Quizá. Pero déjame preguntarte una cosa. —Dejó el hacha en su regazo—. Teniendo en cuenta lo que me hicieron, ¿por qué no iba a querer?

Raven no pudo obligarse a objetar. Recordó su propia época de esclava, la frustración, la indefensión, la rabia. La habían marcado con el shash porque era peligroso. Porque se había resistido.

¿Se atrevería a exigir a ese hombre que hiciera otra cosa?

—Querrán esclavizarnos otra vez —siguió diciendo Sah. Recogió el hacha, la descargó contra el tronco que tenía al lado y empezó a pelar la áspera corteza según las instrucciones de Raven, para tener yesca—. Somos dinero perdido, y un precedente peligroso. Los tuyos se gastarán una fortuna en descubrir lo que nos devolvió nuestras mentes y encontrarán la forma de invertir el proceso. Me despojarán de mi cordura y me pondrán a cargar agua otra vez.

—A lo mejor… a lo mejor, podemos disuadirlos. Conozco a hombres buenos entre los ojos claros alezi, Sah. Si hablamos con ellos, si les enseñamos que podéis hablar y pensar, que sois como la gente normal, nos escucharán. Aceptarán concederos la libertad. Así es como trataron a vuestros primos de las Llanuras Quebradas cuando se encontraron por primera vez.

Sah descargó un hachazo en la madera que envió una esquirla volando por los aires.

—¿Y por eso deberíamos ser libres ahora, porque nos comportamos como vosotros? ¿Y antes merecíamos la esclavitud, cuando éramos distintos? ¿No pasa nada por dominarnos cuando no plantamos cara, pero ahora ya sí, porque podemos hablar?

—Bueno, me refería a…

—¡Por eso estoy furioso! Te agradezco lo que nos estás enseñando, pero no esperes verme contento por necesitarte para ello. Esto solo hace que reforzar tu creencia, quizá incluso también la mía, de que tu gente debería ser quien decidiera sobre nuestra libertad desde un principio.

Sah se marchó molesto y, cuando se hubo alejado, Syl apareció de entre los matorrales y se sentó en el hombro de Raven, atenta por si veía al vacíospren, pero no en alerta inmediata.

—Creo que siento llegar una alta tormenta —susurró.

—¿Cómo? ¿En serio?

Syl asintió.

—Aún está lejos, a unos días de aquí. —Ladeó la cabeza—. Supongo que esto podría haberlo hecho antes, pero no tenía por qué. Ni sabía que quería hacerlo. Siempre teníais las listas.

Raven respiró hondo. ¿Cómo protegería a aquella gente de la tormenta? Tenían que buscar refugio. Tenían que…

«Ya estoy haciéndolo otra vez.»

—No puedo, Syl —susurró Raven—. No puedo pasar tiempo con estos parshmenios y ver las cosas a su manera.

—¿Por qué no?

—Porque Sah tiene razón. Esto acabará en guerra. Los vacíospren convertirán a los parshmenios en un ejército, y con razón, después de lo que se les hizo. Los nuestros tendrán que contraatacar o ser destruidos.

—Pues busca un punto intermedio.

—En la guerra, el punto intermedio llega solo después de que haya muerto mucha gente, y solo cuando las personas importantes empiezan a preocuparse de que quizá pierdan. Tormentas, yo no debería estar aquí. ¡Empiezo a querer defender a esta gente! Enseñarlos a luchar. Y no me atrevo, porque la única forma en que puedo combatir a los Portadores del Vacío es fingir que existe una diferencia entre aquellos a los que quiero proteger y aquellos a los que debo matar.

Cruzó con dificultad los matorrales y ayudó a desmontar una de las bastas tiendas de lona para la marcha de esa noche.