21. UN ARDID PARA EL FRACASO
No soy un narrador que vaya a entreteneros con caprichosos cuentos.
De Juramentada, prólogo
Un ruidoso e insistente golpeteo despertó a Lexa. Seguía sin tener cama, por lo que dormía sobre un montón de cabello rojo y mantas revueltas. Se echó una de ellas sobre la cabeza, pero el golpeteo persistió, seguido por la molesta y encantadora voz de Clarke.
—¿Lexa? Escucha, esta vez esperaré a que estés segura del todo antes de entrar.
Echó un vistazo a la luz del sol que entraba por la ventana que daba a la terraza como pintura derramada. ¿Era por la mañana? El sol no estaba donde debía.
«Un momento…» ¡Padre Tormenta! Había pasado la noche fuera como Velo y luego dormido hasta la tarde. Gimió, apartó de un manotazo las mantas sudadas y se quedó allí tendida en camisón, con la cabeza palpitando. Había una jarra vacía de blanco comecuernos en el rincón.
—Lexa —dijo Clarke—, ¿estás decente?
—Depende del contexto —graznó ella—. Estaría más decente durmiendo.
Se tapó los ojos con las manos, la segura todavía envuelta en un improvisado vendaje. ¿En qué estaba pensando? ¿Ir por ahí haciendo el símbolo de los Sangre Espectral? ¿Emborracharse como una loca? ¿Apuñalar a un hombre delante de una banda de matones armados?
Sus actos le parecían salidos de un sueño.
—Lexa —dijo Clarke con voz preocupada—, voy a mirar dentro. Palona dice que llevas aquí todo el día.
Lexa dio un gritito, se incorporó y agarró las mantas. Cuando Clarke asomó la cabeza, la encontró allí envuelta, con solo la cabeza de pelo encrespado asomando de las mantas que tenía sujetas contra la barbilla. Clarke tenía un aspecto perfecto, por supuesto. Clarke podía estar perfecta después de una tormenta, seis horas combatiendo y un baño en aguacrem. Qué irritante era. ¿Cómo lograba tener un pelo tan adorable, revuelto en su medida justa?
—Palona dice que no te encuentras bien —dijo Clarke, apartando la tela de la puerta y apoyándose en el hueco.
—Blerg.
—¿Son… esto… cosas de chicas?
—Cosas de chicas —repitió ella sin entonación.
—Ya sabes, cuando… esto…
—Soy consciente de cómo funciona la biología, Clarke, muchas gracias. ¿Por qué siempre que una mujer se siente un poco rara, lo primero que se os ocurre a los demás es atribuirlo a su ciclo? Como si de pronto fuera incapaz de controlarse porque tiene unos dolores. Nadie piensa lo mismo de los hombres. «Ah, y no te acerques a Venar hoy, que ayer entrenó demasiado, tiene agujetas y a lo mejor te arranca la cabeza.»
—O sea que es culpa de los demás.
—Sí, como todo lo demás. Guerra. Hambrunas. Pelo rebelde.
—Un momento, ¿pelo rebelde?
Lexa sopló para apartarse un mechón de los ojos.
—Revuelto. Tozudo. Inmune a nuestros esfuerzos de arreglarlo. El Todopoderoso nos dio el pelo alborotado para que estuviéramos preparadas para vivir con hombres.
Clarke le llevó una cazuelita de agua templada para que se lavara la cara y las manos. Qué maravilla de mujer. Y qué maravillosa era Palona, que seguramente había hecho que se la trajera. Condenación, cómo le dolía la mano. Y la cabeza. Recordaba haber hecho desaparecer el alcohol de vez en cuando la noche anterior, pero en ningún momento había dispuesto de la suficiente luz tormentosa para acabar de curarse la mano. Ni tampoco para ponerse sobria del todo. Clarke dejó el agua en el suelo, alegre como un amanecer, sonriendo.
—Entonces, ¿qué te pasa?
Tiró de la manta por encima de su cabeza y se la apretó, como la capucha de una capa.
—Cosas de chicas —mintió.
—Verás, no creo que los hombres echrn tanto la culpa a nuestro ciclo si todas nosotras no hicieramos lo mismo. He cortejado a unas cuantas mujeres, y una vez decidí llevar la cuenta. Una vez Deeli estuvo enferma por motivos femeninos cuatro veces el mismo mes.
—Somos unas criaturas muy misteriosas.
—Ya lo creo. —Levantó la jarra y la olisqueó—. ¿Esto es blanco comecuernos? —La miró, con expresión sorprendida… pero quizá también un poco impresionada.
—Me dejé llevar un poco —refunfuñó Lexa— mientras investigaba para encontrar a tu asesino.
—¿En un sitio donde sirven licor comecuernos casero?
—En un callejón del Apartado. Menudo antro. Pero buena bebida, eso sí.
—¡Lexa! —exclamó ella—. ¿Fuiste tú sola? No es seguro.
—Clarke, querida —dijo ella, bajando por fin la manta hasta la altura de los hombros—. Podría sobrevivir a que me atravesaran el pecho con una espada. No creo que me pase nada por unos pocos rufianes del mercado.
—Oh. Es verdad. Se hace fácil olvidarlo. —Frunció el ceño—. Entonces… espera, podrías sobrevivir a todo tipo de intentos de asesinato brutales y aun así…
—¿Me dan dolores menstruales? —terminó Lexa por ella—. Sí. La madre Cultivación puede ser odiosa. Soy una pseudoinmortal todopoderosa y portadora de esquirlada, pero la naturaleza me sigue enviando de vez en cuando sus recordatorios amistosos de que debería ir poniéndome a tener niños.
—Nada de aparearse —zumbó Patrón con suavidad desde la pared.
—Pero lo de ayer no fue culpa de eso —añadió Lexa—. Aún me faltan unas semanas. Ayer estuvo más relacionado con la psicología que con la biología.
Clarke dejó la jarra.
—Ya, bueno, quizá te convenga andarte con ojo con los vinos de comecuernos.
—No fue tan malo —dijo Lexa con un suspiro—. Puedo hacer desaparecer la intoxicación con un poco de luz tormentosa. Por cierto, no llevarás esferas encima, ¿verdad? Resulta que… hum… me he comido todas las mías.
Clarke soltó una risita.
—Tengo una. Una sola esfera. Me la prestó mi padre para que dejara de ir a todas partes con lámpara por estos pasillos.
Lexa intentó hacerle una caída de ojos. No estaba muy segura de cómo se hacía ni de por qué, pero pareció funcionar. O como mínimo, Clarke puso los ojos en blanco y le ofreció un marco de rubí. Lexa absorbió la luz con ansia. Contuvo el aliento para que no saliera al respirar y… la suprimió. Había descubierto que podía hacerlo, podía evitar ponerse a brillar y la atención que conllevaba.
De niña lo había hecho, ¿verdad?
La herida de su mano se cerró poco a poco y Lexa suspiró aliviada cuando el dolor de cabeza se evaporó también. Clarke se quedó con una esfera opaca.
—¿Sabes? Cuando mi padre me explicó que las buenas relaciones requieren invertir en ellas, no creo que se refiriera a esto.
—Mmm —dijo Lexa, cerrando los ojos y sonriendo.
—Además —añadió Clarke—, tenemos las conversaciones más raras del mundo.
—Pero encuentro natural tenerlas contigo.
—Creo que eso es lo más raro de todo. Bueno, a lo mejor deberías llevar más cuidado con tu luz tormentosa. Mi padre mencionó que estaba intentando conseguiros más esferas infusas para que practiquéis, pero sencillamente no las hay.
—¿Y qué hay de la gente de Wick? —preguntó ella—. Dejaron muchas esferas fuera en la última alta tormenta. Eso había sido hacía solo…
Echó cuentas y se quedó aturdida. Habían pasado semanas desde la inesperada alta tormenta durante la que había activado por primera vez la Puerta Jurada. Miró la esfera que tenía Clarke en la mano.
«Estarán ya todas opacas —pensó—, incluso las últimas en renovarse.» ¿Cómo era posible que tuvieran aunque fuese una pizca de luz tormentosa?
De pronto, sus actos de la noche anterior se le antojaron incluso más irresponsables. Cuando Bellamy le había ordenado practicar con sus poderes, lo más posible era que no se refiriera a practicar la forma de no emborracharse demasiado. Suspiró y, sin quitarse la manta, cogió la cazuelita de agua para lavarse. Tenía una doncella llamada Marri, pero siempre estaba echándola de su habitación. No quería que la mujer descubriese que se dedicaba a salir de noche o a cambiar de cara. Si seguía así, confiaba en que Palona terminara asignando otra tarea a la mujer. El agua no parecía tener aromas ni jabones, por lo que Lexa levantó la cazuelita y dio un largo y sonoro sorbo.
—Me he lavado los pies ahí —comentó Clarke.
—No es verdad. —Lexa hizo chasquear los labios—. Ah, y gracias por sacarme de la cama.
—Bueno —dijo ella—, la verdad es que tengo motivos egoístas. Esperaba que pudieras darme un poco de apoyo moral.
—No es que la gente no te escuche, es que eres demasiado directa. Si quieres que alguien crea lo que le dices, tienes que llegar a ello poco a poco, para que no te pierda por el camino.
Clarke ladeó la cabeza.
—Ah, no era esa clase de apoyo —dijo ella.
—Hablar contigo puede ser muy raro a veces.
—Perdona, perdona. Seré buena. —Se quedó sentada con la expresión más inocente y atenta que pudo componer, envuelta en una manta de la que salía su pelo como un matojo de espinos.
Clarke respiró hondo.
—Mi padre por fin ha convencido a Ialai Sadeas de que hable conmigo. Espera que pueda tener alguna pista sobre la muerte de su marido.
—Tú no pareces tan optimista.
—No me cae bien, Lexa. Es extraña.
Lexa abrió la boca para responder, pero ella la interrumpió.
—No extraña como tú —dijo—. Extraña… extraña mala. Siempre sopesa todo y a todos los que se encuentra. Nunca me ha tratado como nada más que una niña. ¿Querrás acompañarme?
—Claro. ¿Cuánto tiempo tengo?
—¿Cuánto necesitas?
Lexa bajó la mirada hacia sí misma, envuelta en sus mantas, con el pelo revuelto haciéndole cosquillas en la barbilla.
—Un montón.
—Pues llegaremos tarde —dijo Clarke, levantándose—. Tampoco es que pueda empeorar la opinión que tiene de mí. Quedemos en la sala de estar de Sebarial. Mi padre quiere que reciba unos informes suyos sobre comercio.
—Dile que la bebida del mercado es buena.
—Claro.
Clarke volvió a mirar la jarra vacía de blanco comecuernos, negó con la cabeza y se marchó.
Una hora después, Lexa se presentó, bañada, maquillada y con el pelo bajo cierto control, en la sala de estar de Sebarial. La cámara era más grande que su habitación, pero lo más destacable era que la puerta hacia la terraza era inmensa: ocupaba media pared. Habían salido todos fuera, a la amplia terraza con vistas al campo de abajo. Clarke estaba junto a la barandilla, ensimismada en algún pensamiento. Detrás de ella, Sebarial y Palona estaban tumbados en catres, con las espaldas al sol, recibiendo nada menos que masajes. Toda una escuadrilla de sirvientes comecuernos estaba dándoles los masajes, atendiendo a los braseros o plantados sosteniendo vino tibio y otras comodidades. El aire, sobre todo al sol, no era tan gélido como la mayor parte de los días. Era casi agradable. Lexa se descubrió atrapada entre la vergüenza —aquel hombre rollizo y barbudo que llevaba solo una toalla era el alto príncipe— y la indignación. Ella acababa de darse un baño frío, echándose agua a cucharones en la cabeza mientras tiritaba. Y lo había considerado todo un lujo, ya que no había tenido que ir ella a recoger el agua.
—¿Cómo es que yo sigo durmiendo en el suelo y vosotros tenéis catres aquí? —preguntó Lexa.
—¿Eres un alto príncipe? —musitó Sebarial, sin abrir los ojos siquiera.
—No, soy una Caballera Radiante, que diría que es un título más elevado.
—Entiendo —dijo él, y gimió de placer por las manos de la masajista—. Entonces, ¿puedes pagar para que te traigan un catre de los campamentos de guerra? ¿O sigues pasando con el salario que te pago yo? Salario, por cierto, que en teoría es a cambio de tu trabajo como escriba en mis libros de cuentas, trabajo que llevo semanas sin ver.
—La chica salvó el mundo, Turi —comentó Palona desde el otro lado de Lexa. La herdaziana de mediana edad tampoco había abierto los ojos y, aunque estaba tumbada bocabajo, su mano segura solo estaba semioculta bajo una toalla.
—Más que salvarlo, a mí me parece que retrasó su destrucción. Ahí fuera está todo hecho un desastre, querida.
Cerca de ellos, la masajista jefe, una comecuernos grandota con brillante cabello rojizo y la piel blanquecina, ordenó una ronda de piedras calentadas para Sebarial. Seguramente la mayoría de los sirvientes serían de su familia. A los comecuernos les gustaba trabajar juntos.
—Debo recalcar —dijo Sebarial— que esta Desolación tuya va a socavar años y años de mi planificación empresarial.
—No estarás culpándome a mí de eso —replicó Lexa, cruzándose de brazos.
—Me hiciste abandonar los campamentos de guerra —dijo Sebarial—, aunque resistieron bastante bien. Los restos de esas cúpulas los escudaron por el oeste. El problema principal fueron los parshmenios, pero ahora se han ido todos, marchando hacia Alezkar. Así que pretendo volver y reclamar mi tierra antes de que me la arrebaten. —Abrió los ojos y lanzó una mirada a Lexa—. Tu joven princesa no quiere ni oírlo, porque piensa que dividiré demasiado nuestras fuerzas, pero esos campamentos de guerra van a ser vitales para el negocio y no podemos dejárselos del todo a Thanadal y Sinclair.
Estupendo, otro problema en el que pensar. No era raro que Clarke pareciera tan distraída. Había comentado que llegarían tarde a su cita con Ialai, pero tampoco se la veía con demasiada prisa por ir yendo.
—Anda, sé buena Radiante —le dijo Sebarial— y pon en marcha esas otras Puertas Juradas. He preparado toda una estrategia para gravar el paso por ellas.
—Insensible.
—Necesario. La única forma de sobrevivir en estas montañas será cobrar impuestos por las Puertas Juradas, y Bellamy lo sabe. Me puso al mando del comercio. La vida no se detiene por una guerra, niña. La gente seguirá necesitando zapatos, cestas, ropa, vino.
—Y nosotros seguiremos necesitando masajes —añadió Palona—. Y muchos, si nos toca vivir en este erial congelado.
—No tenéis remedio ninguno de los dos —les espetó Lexa, y cruzó la soleada terraza hasta donde estaba Clarke—. Hola. ¿Preparada?
—Claro.
Clarke y ella emprendieron la marcha por los pasillos. A cada uno de los ejércitos de los ocho altos principados que residían en la torre se le había concedido la cuarta parte del segundo o el tercer nivel. En el primero había algunos cuarteles, pero sobre todo estaba dedicado a mercados y almacenes. Por supuesto, ni siquiera el primer nivel estaba explorado del todo aún. Había muchísimos pasillos, desvíos extravagantes y grupos de habitaciones ocultas detrás de todo lo demás. Tal vez en algún momento cada alto príncipe dominaría su porción asignada del todo. De momento, ocupaban pequeños reductos de civilización dentro de la oscura frontera que era Urithiru.
La exploración de los niveles superiores se había detenido del todo, ya que no disponían de luz tormentosa que dedicar al funcionamiento de los ascensores. Dejaron los dominios de Sebarial y se cruzaron con soldados en una intersección con flechas pintadas en el suelo que señalaban el camino hacia varios lugares, como por ejemplo el retrete más cercano. El puesto de guardia no parecía una barricada, pero Clarke señaló las cajas de raciones y los sacos de grano colocados de forma específica delante de los soldados. Si alguien llegaba a la carga por ese pasillo desde el mundo exterior, se enredaría con todo aquello y luego tendría que enfrentarse a los piqueros del otro lado. Los soldados hicieron un gesto a Clarke con la cabeza, pero no el saludo militar, aunque uno de ellos ladró una orden a dos hombres que jugaban a las cartas en una sala cercana. Los hombres se levantaron, y Lexa se sorprendió de reconocerlos.
Eran Monty y Vathah.
—He pensado que hoy podíamos llevar a tus guardias —dijo Clarke.
«Mis guardias.» Era verdad. Lexa tenía un grupo de soldados compuesto de desertores y despreciables asesinos. Esa parte no la molestaba, ya que ella también era una despreciable asesina. Pero lo cierto era que no tenía ni la menor idea de qué hacer con ellos.
Le hicieron un saludo perezoso. Vathah era alto y desgarbado. Monty era bajito y tenía un solo ojo castaño y un parche tapando la otra cuenca. Saltaba a la vista que Clarke ya los había informado, y Vathah tomó la delantera con paso tranquilo mientras Monty esperaba a ocupar la retaguardia. Al poco, esperando que estuvieran a distancia suficiente para no oírla, Lexa cogió a Clarke del brazo.
—¿De verdad necesitamos guardias? —susurró.
—Pues claro que sí.
—¿Para qué? Tú eres portadora de esquirlada y yo una Radiante. No creo que vaya a pasarnos nada.
—Lexa, la guardia no se lleva siempre por seguridad. También es por prestigio.
—De eso tengo a montones. Últimamente el prestigio se me sale por la nariz, Clarke.
—No me refería a eso. —Clarke se inclinó hacia ella y susurró—: Lo hacemos por ellos. Es posible que no necesites guardias, pero sí que necesitas una guardia de honor. Hombres a los que honras con ese puesto. Forma parte de las normas que nos guían: tú puedes ser alguien importante y ellos pueden participar.
—No haciendo nada.
—Formando parte de lo que haces tú —dijo Clarke—. Tormentas, se me olvida lo nueva que eres en todo esto. ¿Qué hacías con estos hombres?
—Dejarlos a su aire, sobre todo.
—¿Y cuando los necesites?
—No creo que vaya a necesitarlos.
—Los necesitarás —aseguró Clarke—. Lexa, tú eres su comandante. Puede que no su comandante militar, ya que son una guardia civil, pero viene a ser lo mismo. Si los dejas sin hacer nada, darán por hecho que son intrascendentes y se echarán a perder. Si en vez de eso les das algo que hacer, un trabajo del que sentirse orgullosos, te servirán con honor. A menudo, un soldado fallido es un soldado al que alguien ha fallado.
Lexa sonrió.
—¿Qué pasa?
—Suenas igualita que tu padre —dijo ella.
Clarke calló un momento y apartó la mirada.
—No tiene nada de malo.
—Ni yo he dicho que lo tenga. Me gusta. —Le apretó el brazo—. Buscaré algo para que lo hagan mis guardias, Clarke. Algo útil. Lo prometo.
Monty y Vathah no daban la impresión de pensar que su deber fuese tan tan importante por cómo bostezaban y andaban encorvados, sosteniendo lámparas de aceite y con las lanzas a los hombros. Se cruzaron con un grupo numeroso de mujeres que cargaban agua y luego con unos hombres que llevaban madera para construir un retrete nuevo. La mayoría se apartaban de Vathah; ver a un guardia personal incitaba a ceder el paso. Por supuesto, si Lexa de verdad hubiera querido rezumar importancia, habría ido en palanquín. No era que pusiera ninguna pega a ese medio de transporte, que había usado mucho en Kharbranth. Pero quizá fuese la parte de Velo en su interior la que la hacía resistirse cada vez que Clarke le sugería utilizarlos. Desplazarse con sus propios pies le daba una sensación de independencia. Llegaron a la escalera y, después de subir por ella, Clarke metió la mano en el bolsillo para buscar un plano. Aún no habían acabado de pintar las flechas allí arriba. Lexa le tiró del brazo e indicó el túnel que debían seguir.
—¿Cómo puedes saberlo sin consultar? —preguntó Clarke.
—¿No ves lo anchos que son esos estratos? —dijo ella, señalando la pared del pasillo—. Es por aquí.
Clarke guardó su plano e hizo una señal a Vathah para que continuara.
—¿De verdad crees que soy como mi padre? —preguntó Clarke en voz baja mientras andaban. Su voz tenía un matiz de inquietud.
—Lo eres —dijo ella, apretándose contra su brazo—. Eres igualita que él, Clarke. Moral, justa y capaz.
Clarke frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mientes fatal. Te preocupa no poder cumplir sus expectativas, ¿verdad?
—Puede.
—Pues las cumples, Clarke. Las cumples en todos los aspectos. Estoy convencida de que Bellamy Griffin no podría desear una hija mejor y… Tormentas. Esa idea es la que te perturba.
—¿Qué? ¡No!
Lexa dio un golpecito a Clarke en el hombro con su mano libre.
—Hay algo que no me cuentas.
—Puede.
—Bueno, pues gracias al Todopoderoso.
—¿No… no vas a preguntarme qué es?
—Ojos de Ceniza, no. Prefiero descubrirlo yo. Las relaciones tienen que tener un poquito de misterio.
Clarke se quedó callada, lo cual era adecuado porque estaban llegando al sector de Sadeas en Urithiru. Aunque Ialai había amenazado con mudarse de vuelta a los campamentos de guerra, no lo había hecho. Casi con toda seguridad, porque no podía negarse que la ciudad había pasado a ser la sede de la política y el poder alezi. Llegaron al primer puesto de control y los dos guardias de Lexa se replegaron más cerca de Clarke y ella. Cruzaron miradas hostiles con los soldados de uniforme verde bosque y blanco cuando los dejaron pasar. Pensara lo que pensara Ialai Sadeas, estaba claro que sus hombres tenían opiniones formadas. Era raro lo mucho que podía cambiar todo después de dar solo unos pasos. Allí se cruzaron con muchos menos trabajadores y mercaderes, y con muchos más soldados. Hombres de expresiones sombrías, casacas desabrochadas y caras sin afeitar de todas las variedades. Incluso las escribas eran distintas: más maquillaje, pero ropa más descuidada. Era como si hubieran pasado de la ley al desorden. Por los pasillos resonaban voces altas, risas estridentes. Las franjas pintadas como indicaciones estaban en las paredes, no en el suelo, y la pintura había goteado, arruinando los estratos. En algunos lugares había manchurrones provocados por hombres que habían rozado la pintura húmeda con sus casacas. Todos los soldados con los que se cruzaban miraron con desprecio a Clarke.
—Son como miembros de bandas callejeras —dijo Lexa en voz baja, volviendo la mirada hacia un grupo.
—No te equivoques —respondió Clarke—. Marchan al paso, tienen botas recias y sus armas están bien mantenidas. Sadeas entrenaba a buenos soldados. Es solo que, allí donde mi padre se valía de la disciplina, Sadeas prefería la competición. Además, aquí arriba ir demasiado arreglado solo sirve para provocar burlas. No es bueno que te confundan con un Griffin.
Lexa había confiado en que, una vez se supiera la verdad sobre la Desolación, Bellamy lo tendría más fácil para unir a los altos príncipes. Pero estaba claro que eso no sucedería nunca mientras esos hombres culparan a Bellamy de la muerte de Sadeas. Terminaron llegando a los aposentos de la esposa de Sadeas y los hicieron pasar. Ialai era una mujer bajita con los labios gruesos y los ojos verdes. Estaba sentada en un trono en el centro de la estancia. Y a su lado, de pie, estaba Dante, uno de los líderes de los Sangre Espectral.
