22. LA OSCURIDAD EN EL INTERIOR

No soy un filósofo que vaya a intrigaros con certeras preguntas.

De Juramentada, prólogo

Dante. Tenía la cara surcada de cicatrices, una de las cuales le deformaba el labio superior. En vez de su habitual vestimenta a la moda, ese día llevaba un uniforme del ejército de Sadeas, con peto de coraza y un sencillo casco. Tenía el mismo aspecto que los demás soldados con los que se habían cruzado, excepto por aquella cara.

Y por el pollo que llevaba al hombro.

Un pollo. Era de las variedades más raras, de color verde puro y liso, con el pico curvado. Tenía mucho más aspecto de depredador que los torpes animales que Lexa había visto vender en jaulas en los mercados. Pero en serio, ¿quién se paseaba por ahí con un pollo por mascota? Eran para comer, ¿no?

Clarke reparó en el pollo y alzó una ceja, pero Dante no dio la menor señal de conocer a Lexa. Iba encorvado como todos los demás militares, sostenía una alabarda y miraba con odio a Clarke. Ialai no había hecho llevar sillas para ellos. Estaba sentada con las manos en el regazo, con la mano segura enmangada bajo la mano libre, iluminada por lámparas en pedestales desde los dos extremos de la sala. La luz temblorosa le daba un aspecto particularmente vengativo.

—¿Sabías que cuando los espinablancas matan a su presa, comen y luego se esconden cerca de los restos? —preguntó Ialai.

—Es uno de los peligros que tiene cazarlos, brillante —dijo Clarke—. Supones que vas tras la pista del animal, pero podría estar acechando muy cerca.

—Me sorprendía ese comportamiento hasta que comprendí que el cadáver atrae a los carroñeros, y el espinablanca no es nada quisquilloso. Los que acuden a devorar los restos que deja se convierten en su siguiente comida.

Lexa vio claras las implicaciones de aquella conversación.

«¿Por qué vuelves al lugar de la matanza, Griffin?»

—Queremos que sepas, brillante —dijo Clarke—, que nos tomamos muy en serio el asesinato de un alto príncipe. Estamos haciendo todo lo posible para evitar que vuelva a ocurrir.

«Ay, Clarke…»

—Por supuesto que lo hacéis —repuso Ialai—. Ahora a los demás altos príncipes les da miedo oponerse a vosotros.

Sí, en esa trampa se había metido de cabeza. Pero Lexa no tomó la iniciativa. Aquella tarea correspondía a Clarke, que la había invitado para darle apoyo, no para hablar en su nombre. Y la verdad era que ella no estaría haciéndolo mucho mejor. Cometería otros errores distintos.

—¿Se te ocurre alguien que pudiera tener la oportunidad y el motivo para matar a tu marido? —preguntó Clarke—. Aparte de mi padre, brillante.

—Así que incluso tú reconoces que…

—Es raro —restalló Clarke—. Mi madre siempre decía que te consideraba una persona lista. Te admiraba, y deseaba tener tu ingenio. Y, sin embargo, aquí no veo ninguna prueba de él. ¿De verdad crees que mi padre se pasaría años soportando los insultos de Sadeas, dejaría pasar su traición en las llanuras y aguantaría aquel desastre del duelo, solo para asesinarlo ahora? ¿Cuando estaba demostrado que Sadeas se equivocaba sobre los Portadores del Vacío y la posición de mi padre estaba asegurada? Las dos sabemos que mi padre no estuvo detrás de la muerte de tu marido. Afirmar lo contrario es de ser idiota.

Lexa se sobresaltó. No había esperado oír aquello de labios de Clarke. Lo más sorprendente fue que le pareció la forma perfecta de reaccionar a aquella situación. Dejar a un lado el lenguaje cortés. Expresar la verdad, directa y sincera.

Ialai se inclinó hacia delante, estudiando a Clarke y cavilando sobre sus palabras. Si había algo que Clarke sabía transmitir, era la autenticidad.

—Tráele una silla —dijo Ialai a Dante.

—Sí, brillante —repuso él, con un acento rural que bordeaba el herdaziano.

Entonces Ialai miró a Lexa.

—Y tú, haz algo útil. Hay infusiones calentándose en la sala auxiliar.

Lexa dio un bufido por el tratamiento. Ya no era una protegida intrascendente a la que poder mangonear. Pero como Dante había salido en la misma dirección a la que le habían ordenado ir, Lexa se tragó la humillación y fue tras él. La sala contigua era mucho más pequeña, cortada en la misma piedra que las otras pero con los estratos más atenuados. Eran de unos tonos anaranjados y rojizos que se fundían entre ellos tan suavemente que casi podía creerse que la pared era toda de un color. La gente de Ialai la usaba de trastero, como revelaban las sillas que había en un rincón. Lexa hizo caso omiso a las jarras de infusiones templadas que se calentaban en los fabriales de la encimera y se acercó a Dante.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le susurró.

Su pollo cloqueó sin estridencias, como inquieto.

—Tenerle un ojo echado a esa —respondió él, con un gesto de la cabeza hacia la sala principal. Su voz sonó refinada, sin el acento rural—. Estamos interesados en ella.

—Entonces, ¿no es de los vuestros? —preguntó Lexa—. ¿No es una… Sangre Espectral?

—No —dijo él entornando los ojos—. Ella y su marido eran variables demasiado imprevisibles para que los invitáramos. Tienen motivos propios, que no creo que se alineen con los de nadie más, humano u oyente.

—El hecho de que sean crem no tuvo nada que ver, supongo.

—La moralidad es un eje que no nos interesa —repuso Dante con calma—. Solo son relevantes la lealtad y el poder, pues la moralidad es tan efímera como el clima cambiante. Depende del ángulo desde el que se mire. A medida que trabajes con nosotros, descubrirás que tengo razón.

—Yo no soy de los vuestros —siseó Lexa.

—Para insistir tanto en ello —dijo Dante, cogiendo una silla—, anoche no te lo pensaste antes de usar nuestro símbolo.

Lexa se quedó muy quieta y entonces se sonrojó. Vaya, ¿entonces lo sabía?

—Eh…

—Tu investigación merece la pena —dijo Dante—. Y se te permite apoyarte en nuestra autoridad para lograr tus objetivos. Es uno de los beneficios de tu afiliación, siempre que no abuses de él.

—¿Y mis hermanos? ¿Dónde están? Prometiste entregármelos.

—Paciencia, pequeña daga. Hace solo unas semanas que los rescatamos. Cumpliré mi palabra a ese respecto. De todos modos, tengo una tarea para ti.

—¿Una tarea? —repitió Lexa con voz brusca, haciendo que el pollo cloqueara de nuevo—. Dante, no voy a cumplir ninguna tarea para vosotros. Matasteis a Anya.

—Una combatiente enemiga —dijo Dante—. Venga, no me mires así. Sabes muy bien de lo que era capaz esa mujer, y en qué se metió al atacarnos. ¿Reprochas a tu maravilloso y ético Espina Negra todo lo que hizo en la guerra? ¿La innumerable cantidad de personas que masacró?

—No intentes evitar tus maldades señalando los defectos de los demás —dijo Lexa—. No pienso beneficiar vuestra causa. Me da igual cuánto exijas que haga para vosotros mediante el moldeado de almas. No pienso hacerlo.

—Te apresuras a negarte, pero reconoces tu deuda. Un moldeador de almas perdido, destruido. Pero esas cosas las perdonamos a cambio de misiones cumplidas. Y antes de que te niegues de nuevo, debes saber que la tarea que requerimos de ti es una que ya has emprendido. Sin duda, habrás sentido la oscuridad de este lugar. Sabrás que algo anda muy… mal aquí.

Lexa paseó la mirada por la pequeña sala, por las sombras cambiantes que proyectaban unas velas desde la encimera.

—Tu tarea —prosiguió Dante— consiste en asegurar el lugar. Urithiru debe mantenerse fuerte si queremos aprovechar como se debe el advenimiento de los Portadores del Vacío.

—¿Aprovechar?

—Sí —dijo Dante—. Se trata de un poder que controlaremos, pero todavía no debemos permitir que ningún bando predomine. Asegura Urithiru. Busca la fuente de esa oscuridad que sientes y púrgala. Esa es tu tarea. Y, a cambio de ella, recibirás tu pago en información. —Se acercó más a ella y pronunció una sola palabra—: Helaran.

Levantó la silla y salió a la sala principal, adoptando un paso más bamboleante, tropezando y casi dejando caer la silla. Lexa se quedó dentro, patidifusa. Helaran. Su hermano mayor había muerto en Alezkar, donde había ido por motivos misteriosos. Tormentas, ¿qué podía saber Dante? Miró furibunda hacia la puerta por la que había salido. ¿Cómo se atrevía a tentarla con ese nombre?

«No te distraigas con Helaran ahora mismo.» Eran pensamientos peligrosos, y en ese momento no podía transformarse en Velo.

Lexa sirvió tazas de infusión para ella y para Clarke, cogió una silla bajo el brazo y regresó cargada y con paso torpe a la sala grande. Se sentó al lado de Clarke y le ofreció una taza. Dio un sorbito de la suya y sonrió a Ialai, que la fulminó con la mirada y ordenó a Dante que le trajera una taza a ella.

—Creo que, si de verdad deseas resolver este crimen —dijo Ialai a Clarke—, no deberías investigar a los antiguos enemigos de mi marido. Nadie tuvo tanta oportunidad ni tanto motivo como los que podrás hallar en tu propio campamento de guerra.

Clarke suspiró.

—Estábamos de acuerdo en que…

—No digo que lo hiciera Bellamy —lo interrumpió Ialai. Parecía tranquila, pero asía los brazos de su trono con fuerza, tanta que tenía blancos los nudillos. Y sus ojos… El maquillaje no lograba ocultar el enrojecimiento. Había llorado. Estaba afectada de verdad.

A menos que fingiera. «Yo podría llorar de mentira —pensó Lexa—, si supiera que viene alguien a verme y que fingir reforzaría mi posición.»

—Entonces, ¿a qué te refieres?

—La historia está repleta de ejemplos de soldados que dan por sentadas unas órdenes que no existen —explicó Ialai—. Coincido en que Bellamy jamás apuñalaría a un viejo amigo en un rincón oscuro, pero quizá sus soldados no tengan sus mismas reservas. ¿Quieres saber quién fue el responsable, Clarke Griffin? Pues investiga tus propias filas. Apostaría el principado a que, en algún lugar del ejército Griffin, hay un hombre que creyó estar prestando un servicio a su alto príncipe.

—¿Y los otros asesinatos? —preguntó Lexa.

—No sé cómo piensa esa persona —dijo Ialai—. A lo mejor, le ha cogido el gusto. En todo caso, creo que estaremos de acuerdo en que esta reunión ya ha cumplido su propósito. —Se levantó—. Que tengas buenos días, Clarke Griffin. Confío en que compartirás conmigo lo que descubras, para que mi propio investigador esté mejor informado.

—Supongo que lo haré —dijo Clarke, levantándose también—. ¿Quién dirige tu investigación? Le enviaré informes.

—Se llama Meridas Amaram. Creo que os conocéis.

Lexa dio un respingo.

—¿Amaram? ¿El alto mariscal Amaram?

—Por supuesto —dijo Ialai—. Se cuenta entre los generales más aclamados de mi marido.

Amaram. El asesino del hermano de Lexa. Amagó una mirada a Dante, que mantuvo neutra la expresión. Tormentas, ¿qué era lo que sabía? Seguía sin comprender cómo había conseguido su hermano una hoja esquirlada. ¿Qué lo había impulsado a enfrentarse a Amaram, desde un principio?

—¿Amaram está aquí? —preguntó Clarke—. ¿Cuándo ha llegado?

—Con la última caravana y la última cuadrilla de forraje que trajisteis por la Puerta Jurada. No informó de su presencia a la torre en general, sino solo a mí. Hemos atendido sus necesidades, ya que quedó atrapado en una tormenta con sus asistentes. Me asegura que volverá pronto al trabajo, y que su prioridad será encontrar al asesino de mi marido.

—Ya veo —dijo Clarke.

Miró a Lexa, que asintió, todavía anonadada. Se reunieron con sus soldados en la entrada y salieron al pasillo.

—Amaram —susurró Clarke—. A la muchacha del puente no va a hacerle ninguna gracia. Esos dos tienen asuntos pendientes.

«No es solo Raven.»

—Al principio, mi padre encargó a Amaram que fundara de nuevo los Caballeros Radiantes —siguió diciendo Clarke—. Si Ialai lo ha acogido después de quedar tan profundamente desacreditado… con ese mero acto, está llamando mentiroso a mi padre, ¿verdad? ¿Lexa?

Lexa recobró la compostura y respiró hondo. Helaran llevaba mucho tiempo muerto. Ya tendría tiempo de preocuparse de obtener respuestas de Dante.

—Depende de cómo lo presente —respondió en voz baja, caminando al lado de Clarke—. Pero sí, da a entender que Bellamy fue como mínimo demasiado duro con Amaram. Está reforzando su bando como alternativa al gobierno de tu padre.

Clarke suspiró.

—Esperaba que, sin Sadeas, a lo mejor esto se volvería más fácil.

—Estamos hablando de política, Clarke, así que por definición, no puede ser fácil. —Le cogió el brazo y lo envolvió con el suyo mientras se cruzaban con otro grupo de soldados hostiles.

—Se me da fatal todo esto —dijo Clarke con suavidad—. Me he enfadado tanto ahí dentro que casi le suelto un puñetazo. Ya verás, Lexa, voy a fastidiarla.

—¿Ah, sí? Porque creo que tenías razón en lo de que hay varios asesinos.

—¿Qué? ¿De verdad?

Lexa asintió con la cabeza.

—Me enteré de un par de cosas cuando salí anoche.

—Cuando no estabas dando tumbos por ahí borracha, supongo.

—Debes saber que soy una borracha muy elegante, Clarke Griffin. Venga, vamos a…

Dejó la frase en el aire al ver a dos escribas que corrían por el pasillo en dirección opuesta, hacia los aposentos de Ialai, a una velocidad sorprendente. Iban seguidas de un grupo de guardias. Clarke atrapó a uno por el brazo y estuvo a punto de provocar un encontronazo cuando el hombre maldijo su uniforme azul. Por suerte, el hombre reconoció la cara de Clarke, se contuvo y apartó la mano del hacha que llevaba al cinto.

—Brillante señora —dijo el hombre a regañadientes.

—¿Qué ocurre? —preguntó Clarke. Señaló pasillo abajo con la cabeza—. ¿Qué hace todo el mundo hablando de repente en ese puesto de guardia de ahí?

—Noticias de la costa —respondió el hombre al cabo de un momento—. Han avistado una muralla de tormenta en Nueva Natanan. Las altas tormentas han regresado.