23. RARO DE TORMENTAS

No soy un poeta que vaya a deleitaros con hábiles alusiones.

De Juramentada, prólogo

—No tengo carne para vender —dijo el anciano ojos claros mientras hacía pasar a Raven al refugio para tormentas—, pero tu brillante señor y sus hombres pueden resguardarse aquí a muy buen precio.

Señaló con su bastón el edificio grande y hueco. A Raven le recordó los cuarteles de las Llanuras Quebradas, largos y estrechos, con un extremo puntiagudo orientado hacia el este.

—Lo necesitaremos para nosotros solos —dijo Raven—. Mi brillante señor aprecia su intimidad.

El anciano miró a Raven, reparando en su uniforme azul. Tenía mejor aspecto ahora que el Llanto había pasado. No se lo pondría para pasar revista ante una oficial, pero había dedicado tiempo a limpiar las manchas y sacar brillo a los botones. Un uniforme Griffin en territorio de Sinclair. Podía implicar muchísimas cosas. Con un poco de suerte, entre ellas no se contaría: «Esta soldado Griffin se ha unido a un puñado de parshmenios fugados.»

—Puedo dejaros el refugio entero —aceptó el mercader—. Iba a alquilárselo a unas caravanas procedentes de Revolar, pero no se han presentado.

—¿Por qué?

—Vete a saber —respondió el hombre—. Pero a mí me parece raro de tormentas. Tres caravanas, con dueños y mercancías distintas, todas desaparecidas. Ni un solo mensajero para avisarme. Me alegro de haberles cobrado una señal del diez por ciento.

Revolar. Era la capital de Sinclair, la ciudad más importante entre allí y Kholinar.

—Nos quedamos con el refugio —dijo Raven, y entregó al hombre unas esferas opacas—, y con la comida que puedas ofrecernos.

—Que no será mucha, para un ejército. Puede que un saco o dos de largorraíz y un poco de lavis. Esperaba que una de esas caravanas me trajera suministros. —Meneó la cabeza, con expresión distante—. Son tiempos extraños, cabo. Esa tormenta que va al revés… ¿Crees que seguirá volviendo?

Raven asintió. La tormenta eterna había vuelto a caer sobre ellos el día antes, en su segunda aparición sin contar con la inicial que solo había llegado a los territorios orientales más lejanos. Raven y los parshmenios se habían refugiado de aquella última, avisados por la spren que ella no veía, en una mina abandonada.

—Tiempos extraños —repitió el anciano—. Bueno, si necesitáis carne, hay una piara de jabalíes hozando en el barranco que hay al sur de aquí. Pero son las tierras del alto señor Calidar, así que… bueno, ya me entiendes.

Si el «brillante señor» ficticio de Raven viajaba obedeciendo órdenes del rey, podía cazar en el terreno. Si no, matar los cerdos de otro alto señor se consideraba caza furtiva. El anciano hablaba como un granjero de pueblo, a pesar de sus ojos amarillos claros, pero era evidente que había medrado sacando provecho a su refugio. Sería una vida solitaria, pero dinero no debía de faltarle.

—A ver qué tenemos por aquí —dijo el mercader—. Acompáñame. Pero ¿estás segura del todo de que se avecina tormenta?

—Tengo tablas que lo indican.

—Bueno, benditos sean el Todopoderoso y los Heraldos, supongo. Habrá a quien pille desprevenido, pero tengo ganas de poder usar otra vez mi vinculacaña.

Raven siguió al hombre a un cobertizo de piedra que había a sotavento de su casa y lo vio rebuscar un momento hasta sacar tres sacos de verduras.

—Ah, otra cosa —añadió Raven—. No puedes estar mirando cuando llegue el ejército.

—¿Cómo? Cabo, es mi deber acomodaros y…

—Mi brillante señor es una persona muy discreta. Es importante que nadie sepa de nuestro paso. Pero que muy importante. —Apoyó la mano en el cuchillo que llevaba al cinto.

El ojos claros se limitó a rebufar.

—Sé tener la boca cerrada, soldado. Y a mí no me amenaces, que soy del sexto dahn. —Alzó el mentón, pero cuando volvió renqueando a su casa, cerró bien la puerta y los postigos para tormentas.

Raven llevó los tres sacos al refugio y salió hacia donde había dejado a los parshmenios. No dejó de buscar a Syl a su alrededor, pero por supuesto no vio nada. El vacíospren estaría siguiéndola, oculto, para asegurarse de que Raven no hiciera nada turbio. Volvieron justo antes de que cayera la tormenta. Khen, Sah y los demás habían querido esperar hasta el anochecer, desconfiando de que el anciano ojos claros no fuera a espiarlos. Pero se había alzado el viento y por fin creyeron en las advertencias de Raven de que llegaba una tormenta. Raven estaba de pie junto a la entrada del refugio, esperando impaciente a que entraran todos los parshmenios. Habían recogido otros grupos en los días anteriores, dirigidos por invisibles vacíospren que, al parecer, se marchaban a toda prisa después de entregar a quienes tenían a su cargo. Su grupo rayaba ya el centenar de miembros, incluidos los niños y los ancianos. Nadie quería decir a Raven cuál era su objetivo, solo que el spren tenía un destino en mente. Khen fue la última en entrar. La enorme y musculosa parshmenia se hizo de rogar, como si quisiera ver la tormenta, pero al final cogió sus esferas —la mayoría, robadas a Raven— y dejó el saquito encerrado dentro de la lámpara de hierro que había en la pared exterior. Hizo pasar a Raven por la puerta, lo siguió y la atrancó.

—Lo has hecho bien, humana —dijo a Raven—. Hablaré en tu favor cuando lleguemos al encuentro.

—Gracias —dijo Raven. Fuera, la muralla de tormenta golpeó el refugio, sacudiendo las piedras y haciendo temblar el suelo.

Los parshmenios se acomodaron para esperar. Hesh abrió los sacos e inspeccionó las verduras con ojo crítico. La mujer había trabajado en la cocina de una mansión. Raven se sentó con la espalda apoyada en la pared, sintiendo la furia de la tormenta que atronaba fuera. Era raro lo mucho que podía aborrecer el suave llanto y emocionarse al oír el trueno fuera de aquellas piedras. La tormenta había hecho todo lo posible por matarlo en varias ocasiones. Sentía una afinidad con ella, pero también un recelo. Era como un sargento que entrenaba a sus reclutas con demasiada brutalidad. La tormenta renovaría las gemas dejadas fuera, entre las que no solo había esferas, sino también las piedras más grandes que había traído Raven. Cuando estuvieran infusas, tendría —bueno, los parshmenios tendrían— luz tormentosa de sobra. Tenía que tomar una decisión. ¿Cuánto tiempo podía posponer el vuelo de vuelta a las Llanuras Quebradas? Aunque tuviera que parar en una ciudad de las grandes para intercambiar sus esferas opacas por otras infusas, debería costarle menos de un día.

No podía entretenerse mucho más. ¿Qué estarían haciendo en Urithiru? ¿Qué se sabía del resto del mundo? Las dudas lo acosaban. Hubo un tiempo en que le había bastado con preocuparse solo de su propia cuadrilla. Después, había estado dispuesto a encargarse de un batallón. ¿Desde cuándo había

pasado a ser asunto suyo el estado del mundo entero?

«Como mínimo, tengo que recuperar mi vinculacaña y enviar un mensaje a la brillante Echo.»

Algo titiló en el límite de su visión. ¿Habría vuelto Syl? Miró hacia ella con una pregunta en los labios, y a duras penas logró morderse la lengua al comprender su error.

La spren que había a su lado tenía un brillo amarillo, no azul claro. Era una mujer minúscula que estaba de pie sobre una columna traslúcida de piedra dorada, que se había alzado del suelo para situarla al nivel de los ojos de Raven. La columna, como la propia spren, tenía el color amarillo casi blanco del centro de una llama. Llevaba un vestido ondeante que le cubría del todo las piernas. Con las manos a la espalda, observaba a Raven. Tenía la cara extraña, estrecha pero con unos ojos grandes e infantiles, como alguien de Shinovar. Raven se sobresaltó, lo que hizo sonreír a la pequeña spren.

«Finge que no sabes nada de los spren como ella», pensó.

—Hum. Esto… puedo verte.

—Porque quiero que me veas —dijo ella—. Eres un ser extraño.

—¿Por qué…? ¿Por qué quieres que te vea?

—Para que podamos hablar. —La spren empezó a caminar a su alrededor y, con cada paso, una nueva aguja de piedra emergía rauda del suelo para apoyar sus pies descalzos—. ¿Por qué sigues aquí, humana?

—Tus parshmenios me hicieron prisionera.

—¿Tu madre te enseñó a mentir así? —preguntó ella, en tono divertido—. Tienen menos de un mes de edad. Enhorabuena por engañarlos. —Se detuvo y le sonrió—. Yo tengo un pelín más de un mes.

—El mundo está cambiando —dijo Raven—. El país está revuelto. Supongo que quiero ver en qué termina todo esto.

La spren la estudió. Por suerte, Raven tenía buena excusa para la gota de sudor que le caía por la mejilla. Enfrentarse a una spren amarilla brillante de sorprendente inteligencia pondría nerviosa a cualquiera, no solo a una mujer con demasiado que ocultar.

—¿Combatirías por nosotros, desertora? —preguntó ella.

—¿Se me permitiría?

—Los míos no están ni por asomo tan predispuestos a la discriminación como los tuyos. Si puedes empuñar una lanza y obedecer órdenes, yo desde luego no te rechazaría. —Se cruzó de brazos, con una extraña y astuta sonrisa—. Pero la decisión final no será mía. No soy más que una mensajera.

—¿Dónde podré saberlo seguro?

—En nuestro destino.

—¿Que está…?

—Bastante cerca ya —dijo la spren—. ¿Por qué? ¿Tienes algo urgente que hacer en algún sitio? ¿Quedar para comer con tu abuelita? Dime —continuó la spren—, ¿cómo sabías que esta noche habría alta tormenta?

—La he sentido —dijo Raven—, en los huesos.

—Los humanos no podéis sentir las tormentas en ninguna parte del cuerpo.

Raven alzó los hombros.

—Parecía el momento de que la hubiera, con eso de que se ha acabado el Llanto y tal.

La spren no asintió ni dio señales que revelaran lo que opinaba de ese comentario. Tan solo mantuvo su sonrisa astuta y se difuminó hasta dejar de verse.