25. LA NIÑA QUE MIRÓ ARRIBA
Confesaré ante vosotros mis asesinatos. El más doloroso es que maté a alguien que me amaba con toda su alma.
De Juramentada, prólogo
La torre de Urithiru era un esqueleto, y los estratos de debajo de los dedos de Lexa eran las venas que envolvían los huesos, bifurcándose y extendiéndose por todo el cuerpo. Pero ¿qué transportaban aquellas venas? No era sangre.
Recorría los pasillos del tercer nivel, en sus entrañas, lejos de la civilización, pasando por marcos sin puerta y salas sin ocupantes. Los hombres se habían encerrado allí con su luz, diciéndose que habían conquistado aquel monstruo de la antigüedad. Pero lo único que tenían eran puestos de avanzada en la oscuridad. En la oscuridad eterna y paciente. Esos pasillos jamás habían visto el sol. Las tormentas que arrasaban Roshar nunca los habían tocado. Aquel era un lugar de quietud eterna, y la humanidad no podía hacer más por conquistarlo que los cremlinos afirmar que poseían el peñasco bajo el que se ocultaban. Estaba desafiando la orden de Bellamy de que los desplazamientos tenían que hacerse en parejas, pero no estaba preocupada. Llevaba el morral y su bolsa segura repletos de esferas nuevas, recargadas en la alta tormenta. Se sentía codiciosa por llevar tantas, por respirar la luz siempre que lo deseaba. Estaba tan a salvo como podía estarse, mientras tuviera aquella luz. Llevaba puesta la ropa de Velo, pero todavía no su rostro. No había salido a explorar, aunque estaba haciéndose un plano mental. Solo quería estar en aquel lugar, notando sus sensaciones. Quizá no pudiera comprenderse, pero quizá pudiera sentirse. Anya había pasado años buscando aquella ciudad mítica y la información que suponía que contendría. Echo hablaba de la antigua tecnología que estaba segura de que debía existir en la torre. Hasta el momento, se había llevado un chasco. Se había quedado hipnotizada por las Puertas Juradas e impresionada por el sistema de ascensores, pero nada más. No había majestuosos fabriales del pasado, ni diagramas que explicaran ninguna tecnología antigua. Ningún libro, ningún escrito. Solo polvo.
«Y oscuridad», pensó Lexa, deteniéndose en una cámara circular con pasillos que salían en siete direcciones distintas. Había sentido lo que decía Dante, que algo andaba mal allí. Lo había sentido en el mismo instante en que intentó dibujar el lugar. Urithiru era como las geometrías imposibles de la forma de Patrón. Invisible pero estruendoso como una nota discordante.
Eligió una dirección al azar y siguió adelante por un pasillo lo bastante angosto para poder rozar ambas paredes con los dedos. Los estratos de la zona tenían un tono esmeralda, un color que no correspondía a la piedra. Cien tonalidades de incorrección. Cruzó varias salas antes de entrar en una cámara mucho más grande. Llegó a ella sosteniendo en alto un broam de diamante para iluminarse, y cayó en la cuenta de que estaba en una porción elevada al frente de una gran sala de paredes curvas e hileras de… ¿bancos de piedra?
«Es un teatro —pensó—, y acabo de salir al escenario.» Sí, por arriba alcanzaba a distinguir un palco. Las estancias como aquella la sorprendían por su humanidad. Todo lo demás en aquel lugar resultaba vacío y árido. Inacabables habitaciones, pasillos y cavernas. Suelos salpicados solo por los ocasionales desperdicios de la civilización, como bisagras oxidadas o viejas hebillas de bota.
Deteriospren apiñados como percebes sobre puertas antiguas. El teatro era mucho más real. Más vivo, pese al transcurrir de las eras. Fue al centro del escenario y rodó sobre sí misma, dejando que el abrigo de Velo ondeara a su alrededor.
—Siempre había imaginado subirme a uno de estos. De niña, hacerme actriz parecía el mejor trabajo del mundo. Irme de casa, viajar a sitios nuevos.
«No tener que ser yo misma por lo menos un ratito cada día.»
Patrón zumbó y salió de su abrigo para flotar sobre el escenario en tres dimensiones.
—¿Qué es?
—Es un escenario para conciertos y obras.
—¿Obras?
—Ah, te encantarían —dijo Lexa—. Todos los miembros de un grupo fingen ser personas distintas y cuentan historias juntos. —Bajó la escalera que había a un lado y pasó entre los bancos—. El público se sienta aquí fuera y mira.
Patrón flotó en el centro del escenario, como un solista.
—Ah… —dijo—. ¿Una mentira en grupo?
—Una mentira maravillosa, maravillosa de verdad. —Lexa se sentó en un banco y dejó el morral de Velo a su lado—. Un tiempo en el que toda la gente imagina junta.
—Ojalá pudiera ver una —dijo Patrón—. Podría comprender a la gente… mmm… mediante las mentiras que quieren que les cuenten.
Lexa cerró los ojos, sonriendo y recordando la última obra que había visto en casa de su padre. Solía ir una compañía infantil itinerante a entretenerla. Había tomado Memorias para su colección, pero por supuesto habían acabado en el fondo del océano.
—La niña que miró arriba —susurró.
—¿Qué? —preguntó Patrón.
Lexa abrió los ojos y sopló luz tormentosa. No había bosquejado aquella escena en particular, así que usó lo que tenía a mano, el dibujo de una niña pequeña en el mercado. Animada y contenta, lo bastante pequeña para no tener que cubrirse la mano segura. La niña cobró forma a partir de la luz tormentosa y subió los escalones al trote para hacer una reverencia a Patrón.
—Había una niña —dijo Lexa—. Esto fue antes de las tormentas, antes de los recuerdos y antes de las leyendas, pero seguía habiendo una niña. Llevaba una larga bufanda que agitaba el viento.
Apareció una bufanda de color rojo intenso en torno al cuello de la niña, con dos colas que se extendían hacia atrás y aleteaban en un viento fantasmal. La compañía de teatro hacía que la bufanda flotara tras la niña colgada de cordeles desde arriba. Qué real le había parecido.
—La niña de la bufanda jugaba y bailaba, igual que hacen las niñas de hoy en día —dijo Lexa, haciendo que la niña trotara alrededor de Patrón—. De hecho, casi todo era bastante parecido a como es hoy en día. Salvo por una gran diferencia: el muro.
Lexa drenó una cantidad prohibitiva de esferas de su morral y llenó el suelo del escenario con hierba y enredaderas como las de su tierra natal. Al fondo del escenario creció un muro como el que Lexa había imaginado, un muro alto y terrible que se extendía hacia las lunas. Tapando el cielo, sumiendo en las sombras todo lo que rodeaba a la niña. La chica fue hacia el muro y miró arriba, estirando el cuello para intentar ver la cima.
—Verás, en aquellos tiempos había un muro que contenía las tormentas —dijo Lexa—. Llevaba tanto tiempo allí que nadie sabía cómo lo habían construido. Pero les daba igual. ¿Para qué preguntarse cuándo se hicieron las montañas o por qué el cielo estaba tan alto? El muro era como esas dos cosas.
La chica bailó a la sombra del muro y empezó a surgir más gente de la luz de Lexa. Eran todos personas de algún boceto suyo. Vathah, Monty, Palona, Sebarial. Trabajaban de granjeros o lavanderas, con las cabezas gachas. Solo la chica alzaba la mirada al muro, con las colas gemelas de su bufanda flotando tras ella. La niña se acercó a una mujer que llevaba una carretilla con fruta y el rostro de Raven Bendita por la Tormenta.
—¿Por qué hay un muro? —preguntó a la vendedora de fruta, hablando con su propia voz.
—Para que las cosas malas se queden fuera —respondió ella.
—¿Qué cosas malas?
—Cosas muy malas. Hay un muro. No pases al otro lado o morirás.
La vendedora levantó su carretilla y se marchó. Y aun así, la niña siguió mirando arriba, al muro. Patrón fue flotando a su lado y zumbó alegre para sí mismo.
—¿Por qué hay un muro? —preguntó a una mujer que amamantaba a su hijo. Tenía la cara de Palona.
—Para protegernos —dijo la mujer.
—¿Protegernos de qué?
—De cosas muy malas. Hay un muro. No pases al otro lado o morirás.
La mujer se marchó con su hijo.
La chica subió a un árbol y miró desde la copa, con la bufanda ondeando a su espalda.
—¿Por qué hay un muro? —preguntó a un niño que dormía perezoso en el recoveco de una rama.
—¿Qué muro? —dijo el chico.
La niña señaló el muro con el dedo.
—Eso no es muro —dijo el niño, somnoliento. Lexa le había puesto la cara de un hombre del puente, un herdaziano—. Es la forma que tiene el cielo por ese lado.
—Es un muro —insistió la chica—. Un muro gigantesco.
—Debe de estar para algo —dijo el chico—. Sí, es un muro. No pases al otro lado o supongo que morirás.
—Pero claro —prosiguió Lexa, hablando desde los asientos del público—, esas respuestas no satisfacían a la niña que miró arriba. Se dijo que, si el muro contenía fuera las cosas malas, entonces el espacio a este lado debía de ser seguro.
»Así que una noche, mientras el pueblo dormía, se escapó de casa con un hatillo. Llegó al muro y, en efecto, el terreno era seguro. Pero también oscuro, siempre a la sombra de aquel muro. La luz del sol nunca llegaba directa a la gente.
Lexa hizo desplazarse la ilusión, como el escenario pintado en un rollo que había usado la compañía, pero mucho mucho más realista. Había pintado el techo de luz y, si se miraba arriba, parecía contemplarse un cielo infinito… dominado por aquel muro.
«Esto es… es mucho más extenso que nada que haya hecho antes», pensó sorprendida. Habían empezado a aparecer creacionspren a su alrededor en los bancos, con la forma de viejos pestillos y pomos de puerta que se movían rodando o giraban sobre sí mismos.
Bueno, Bellamy le había dicho que practicara…
—La niña viajó muy lejos —dijo Lexa, mirando de nuevo hacia el escenario—. No hubo depredadores que la persiguieran ni tormentas que la asaltaran. El único viento era la agradable brisilla que jugaba con su bufanda, y los únicos animales que vio fueron unos cremlinos que la saludaron chasqueando sus pinzas.
»Por fin, la chica de la bufanda llegó al muro. Era inmenso de verdad, extendiéndose hasta donde le alcanzaba la vista en las dos direcciones. ¡Y era altísimo! ¡Llegaba casi a los Salones Tranquilos!
Lexa se levantó y subió al escenario, trasladándose a una tierra distinta, a una imagen de fertilidad, enredaderas, árboles y hierba dominada por el terrible muro. Le salieron pinchos en matojos erizados.
«Yo no he dibujado esta escena. O al menos… no hace poco.» La había dibujado de pequeña, muy detallada, al plasmar en el papel sus fantasías imaginarias.
—¿Y qué pasó? —preguntó Patrón—. ¿Lexa? Debo saber lo que pasó. ¿Dio media vuelta?
—Pues claro que no dio media vuelta —dijo Lexa—. Se puso a trepar. El muro tenía salientes, cosas como esos pinchos o estatuas feas y encorvadas. Llevaba toda la vida trepando a los árboles más altos de todos. Podría con aquello.
La chica empezó a escalar. ¿Su pelo había sido blanco al principio? Lexa frunció el ceño.
Hizo que la base del muro se hundiera en el escenario, de forma que aunque la niña fuera ascendiendo, permaneciera a la altura del pecho de Lexa.
—Le costó días trepar hasta arriba —dijo Lexa llevándose una mano a la cabeza—. Por la noche, la niña que miró arriba se hacía una hamaca con la bufanda y dormía en ella. Alcanzó a ver su pueblo y se fijó en lo pequeñito que parecía desde tan alto.
»A medida que se acercaba a la cima, por fin empezó a temer lo que podría encontrar al otro lado. Pero por desgracia, el miedo no la detuvo. Era joven, y las preguntas la molestaban más que el miedo. De modo que terminó llegando con esfuerzo a la misma cima y se puso de pie en ella para ver el otro lado, el lado oculto…
La voz de Lexa se estranguló. Recordó estar sentada al borde de su asiento, escuchando aquella historia. De niña, cuando los momentos como mirar a los actores habían sido lo único que iluminaba su vida. Demasiados recuerdos de su padre, y de su madre, a quienes les encantaba contarle cuentos. Intentó expulsar esos recuerdos, pero se negaron a desaparecer. Lexa se volvió. Su luz tormentosa… había usado casi toda la que había absorbido del morral. En los asientos había una multitud de siluetas oscuras. Sin ojos, solo sombras, personas de sus recuerdos. La figuras de su padre, de su madre, de sus hermanos y una docena más. No podía crearlos porque no los tenía bien dibujados. No desde que había perdido su colección…
Junto a Lexa, la niña se alzó triunfante sobre la cima del muro, los extremos de la bufanda y su cabello blanco echados hacia atrás por una ráfaga de viento. Patrón zumbó al lado de Lexa.
—Y en ese lado del muro —susurró Lexa—, la niña vio peldaños. La parte trasera del muro estaba cruzada por enormes tramos de escalones que bajaban al lejano suelo.
—¿Qué… qué significa? —preguntó Patrón.
—La niña miró esos escalones —susurró Lexa, recordando— y de pronto vio el sentido a las espantosas estatuas que había en su lado del muro. A los pinchos. A la forma en que lo ensombrecían todo. Era cierto que el muro ocultaba algo malvado, algo pavoroso. Era la gente, como la niña y su pueblo.
La ilusión empezó a deshacerse en torno a Lexa. Aquello era demasiado ambicioso para mantenerlo, y la dejó fatigada, exhausta, con la cabeza empezando a palpitar. Dejó que se difuminara el muro y reclamó su luz tormentosa. El paisaje desapareció, y por último la propia chica. Por detrás, las sombrías siluetas de los asientos empezaron a evaporarse. La luz tormentosa regresó fluyendo a Lexa, avivando su tormenta interior.
—¿Y así terminaba? —preguntó Patrón.
—No —respondió Lexa, dejando escapar luz tormentosa entre los labios—. La niña baja y encuentra una sociedad perfecta iluminada por luz tormentosa. Roba un poco y regresa. Las tormentas llegan como castigo y derriban el muro.
—Ah… —dijo Patrón, flotando junto a ella en el escenario oscuro de nuevo—. Entonces, ¿así es como empezaron las tormentas?
—Claro que no —repuso Lexa, notándose cansada—. Es mentira, Patrón. Un cuento. No significa nada.
—Entonces, ¿por qué lloras?
Lexa se secó los ojos y se volvió hacia el público sobre escenario vacío. Tenía que volver a los mercados. En las hileras de asientos, los últimos miembros del público sombrío desaparecieron convertidos en volutas de humo. Todos menos uno, que se levantó y salió por las puertas traseras del teatro. Sorprendida, Lexa notó que la recorría un repentino escalofrío.
Aquella silueta no había sido una ilusión suya.
Bajó del escenario dando un salto, cayó con fuerza y, con el abrigo de Velo agitándose tras ella, corrió tras la figura. Contuvo el resto de su luz tormentosa, una palpitante y violenta tempestad. Frenó resbalando al llegar al pasillo de fuera, agradeciendo las botas robustas y los sencillos pantalones que llevaba. Algo sombrío se movía pasillo abajo. Lexa salió en su persecución, con los labios torcidos en una mueca, dejando que la luz tormentosa se alzara de su piel e iluminara su entorno. Mientras corría, sacó un cordel del bolsillo, se recogió el pelo y se convirtió en Radiante. Radiante sabría qué hacer si atrapaba a esa persona.
«¿Una persona puede parecerse tanto a una sombra?»
—¡Patrón! —gritó, extendiendo la mano derecha hacia delante.
Se formó una bruma luminiscente que se transformó en su hoja esquirlada. La luz escapó de sus labios, transformándola más y más en Radiante. Iba dejando atrás unas volutas luminiscentes, y tuvo la sensación de que la estaban persiguiendo. Irrumpió en una cámara pequeña y redonda y resbaló hasta detenerse. Una docena de versiones de sí misma, compuestas a partir de bocetos recientes, se separaron de ella y corrieron por la sala. Lexa en su vestido, Velo en su abrigo. Lexa de niña, Lexa de joven. Lexa de soldado, de esposa feliz, de madre. Más delgada aquí, más rellena allá. Con cicatrices. Brillante y emocionada. Ensangrentada y dolorida. Desaparecieron después de pasar junto a ella, desmoronándose una tras otra en luz tormentosa que se retorció y se arremolinó sobre sí misma hasta esfumarse. Radiante alzó su hoja esquirlada en la postura que le había enseñado Clarke, con sudor cayéndole por las mejillas. La sala habría estado a oscuras de no ser por la luz que emergía de su piel y le atravesaba la ropa para alzarse en torno a ella.
Vacía. Había perdido a su presa en los pasillos, o quizá había sido un spren, no una persona en absoluto.
«O puede que directamente no hubiera nada —pensó preocupada una parte de ella—. Tu mente no está siendo muy de fiar.»
—¿Qué era eso? —preguntó Radiante—. ¿Lo has visto?
No, respondió Patrón en su mente. Estaba pensando en la mentira.
Recorrió el borde de la cámara circular. En la pared había una sucesión de rendijas profundas que llegaban desde el suelo hasta el techo. Notó que pasaba aire por ellas. ¿Qué propósito podía tener una sala como aquella? ¿Estaban locos quienes la habían diseñado?
Radiante reparó en que de varias rendijas salía una luz tenue, acompañada de los sonidos de personas charlando en voz baja y resonante. ¿El mercado del Apartado? Sí, caía por esa zona, y aunque Radiante estuviera en el tercer nivel, la caverna del mercado tenía cuatro pisos enteros de altura. Pasó a la siguiente rendija y miró a través de ella, intentando averiguar dónde daba. ¿Aquello era…?
Algo se movió en la rendija.
Había una masa oscura reptando muy en su interior, apretada entre paredes. Era como viscosa, pero con partes que sobresalían. Codos, costillas y dedos que recorrían una pared, todos los nudillos doblándose hacia atrás.
«Un spren —pensó, temblando—. Es algún tipo extraño de spren.»
La cosa se retorció, deformando la cabeza en sus estrechos confines, y miró hacia ella. Vio unos ojos que reflejaban su luz, esferas gemelas engarzadas en una cabeza aplastada, en un semblante humano distorsionado. Radiante se apartó ahogando un grito, invocó de nuevo su hoja esquirlada y la sostuvo en guardia ante sí. Pero ¿qué iba a hacer? ¿Abrirse camino por la piedra a espadazos para llegar a aquella cosa? Tardaría una eternidad.
Es más, ¿quería llegar a aquella cosa?
No. Pero tenía que hacerlo de todos modos.
«El mercado —pensó, descartando su hoja para deshacer camino corriendo—. Va hacia el mercado.»
Impulsada por la luz tormentosa, Radiante cruzó pasillos a la carrera, sin apenas darse cuenta de que exhalaba la suficiente para transformar su rostro en el de Velo. Recorrió una red de pasajes retorcidos. Aquel laberinto, aquellos túneles enigmáticos, no era lo que había esperado del hogar de los Caballeros Radiantes. ¿No debería ser una fortaleza, sencilla pero grandiosa, un faro de luz y fuerza en tiempos oscuros?
En lugar de eso, era un puzle. Velo pasó de los pasillos desiertos a los poblados, dejó atrás un grupo de niños que reían sosteniendo chips para iluminarse y hacer sombras en las paredes. Tras unos pocos recodos más, llegó al paseo elevado que rodeaba el mercado del Apartado, todo luces oscilantes y calles ajetreadas. Velo giró a la izquierda y vio rendijas en la pared.
¿Serían para la ventilación?
La cosa había llegado a través de una de ellas, pero ¿dónde había ido después? Llegó un chillido, agudo y frío, del suelo del mercado. Maldiciendo entre dientes, Velo bajó los peldaños con imprudentes zancadas. Era muy propio de Velo arrojarse de cabeza al peligro.
Contuvo el aliento y la luz tormentosa que la rodeaba se retrajo, haciendo que dejara de brillar. Tras una breve carrera, encontró a gente congregada entre dos hileras de tiendas apretujadas entre sí. En los puestos se vendían mercancías diversas, muchas de las cuales parecían rescatadas de los campamentos de guerra más abandonados. Varios comerciantes emprendedores, con la tácita aprobación de sus altos príncipes, habían enviado expediciones de vuelta para traer todo lo que pudieran. Con la luz tormentosa fluyendo y Aden para ayudar con la Puerta Jurada, por fin se había permitido que llegaran a Urithiru. Los altos príncipes se habían reservado el derecho de elegir entre los restos. Todo lo demás estaba amontonado en las tiendas del mercado, vigilado por guardias con largas cachiporras y corto sentido del humor. Velo se abrió paso a empujones hasta la primera fila del gentío, y allí encontró a un enorme hombre comecuernos renegando a voz en grito y cogiéndose la mano. «Es Roca», pensó, reconociendo al hombre del puente aunque no llevara uniforme. Le sangraba la mano. «Como si se la hubieran apuñalado justo en el centro», pensó Velo.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó en tono imperioso, conteniendo todavía la luz para que no saliera y la delatara.
Roca la miró mientras su compañero, un hombre del puente que creía haber visto alguna vez, le vendaba la mano.
—¿Quién eres tú para preguntarlo?
¡Tormentas! Había llegado como Velo, pero no se atrevía a revelar el engaño, y mucho menos con público.
—Soy de la fuerza de vigilancia de Roan —dijo, hurgando en el bolsillo—. Tengo por aquí el papel…
—No hace falta —dijo Roca. Suspiró y su recelo pareció evaporarse—. No he hecho nada. Alguien sacó cuchillo. No lo he visto bien; abrigo largo y sombrero. Una mujer de entre la multitud ha chillado, distrayéndome. Entonces el hombre ha atacado.
—Tormentas. ¿Quién ha muerto?
—¿Muerto? —El comecuernos miró a su compañero—. Nadie ha muerto. El atacante me ha apuñalado en la mano y ha huido.
¿Intento de asesinato, tal vez? ¿Alguien enfadado con el gobierno de la torre que me ha atacado por estar en la guardia Griffin?
Velo se estremeció. «Comecuernos. Alto, fornido.»
La víctima elegida por el atacante se parecía mucho al hombre al que ella había apuñalado la otra noche. De hecho, no estaban lejos del Callejón de Todos. Estaba solo a unas calles de distancia en el mercado. Los dos hombres del puente se volvieron para marcharse, y Velo no se lo impidió. ¿Qué más iba a averiguar? No habían atacado al comecuernos por nada que hubiera hecho, sino por su aspecto. Y el agresor llevaba abrigo y sombrero, como solía llevar Velo…
—Ya pensaba que te encontraría aquí.
Velo se sobresaltó y se volvió de sopetón, bajando la mano al cuchillo de su cinturón. Había hablado una mujer vestida con havah roja. Tenía el cabello liso alezi, ojos castaños oscuros, labios pintados de rojo brillante y unas cejas muy negras, casi a ciencia cierta resaltadas con maquillaje. Velo reconoció a la mujer, que era más bajita de lo que había parecido sentada. Era de la banda de ladrones con la que había hablado Velo en El Callejón de Todos, la mujer cuya mirada se había iluminado al ver que Lexa dibujaba el símbolo de los Sangre Espectral.
—¿Qué te ha hecho este? —preguntó la mujer con un gesto de la cabeza hacia Roca—. ¿O es que te gusta apuñalar a comecuernos y punto?
—Esta vez no he sido yo —dijo Velo.
—Ya, seguro. —La mujer se acercó—. Estaba esperando a que volvieras a aparecer.
—Deberías alejarte, si valoras tu vida. —Velo empezó a marcharse por el mercado.
La mujer correteó tras ella.
—Me llamo Ishnah. Soy una escritora excelente. Puedo tomar dictados. Tengo experiencia moviéndome en el mercado clandestino.
—¿Quieres ser mi protegida?
—¿Protegida? —La joven soltó una carcajada—. ¿Qué somos, ojos claros? Quiero unirme a vosotros.
«A los Sangre Espectral, claro.»
—No estamos reclutando.
—Por favor. —Cogió a Velo del brazo—. Por favor. El mundo está mal. Nada tiene sentido. Pero vosotros… tu grupo… sabéis cosas. No quiero seguir estando ciega.
Lexa vaciló. Podía entender aquel deseo de hacer algo en vez de quedarse quieta sintiendo cómo el mundo temblaba y se sacudía. Pero los Sangre Espectral eran despreciables. La mujer no encontraría lo que anhelaba entre ellos. Y si lo encontraba, entonces no era la clase de persona que Lexa querría añadir al arsenal de Dante.
—No —dijo Lexa—. Sé lista y olvídate de mí y mi organización.
Se zafó de la mano de la mujer y se alejó a toda prisa por el bullicioso mercado.
