26. ESPINA NEGRA DESATADO

VEINTINUEVE AÑOS ANTES

Ardía incienso en un brasero grande como un peñasco. Bellamy se sorbió la nariz mientras Evi arrojaba un puñado de papelitos, doblados e inscritos cada uno con un glifo minúsculo, al brasero. Un humo fragante lo envolvió antes de salir despedido en dirección contraria cuando una ventolera recorrió el campamento de guerra, cabalgada por vientospren que eran como líneas de luz. Evi inclinó la cabeza ante el brasero. La prometida de Bellamy tenía unas creencias extrañas. Entre su pueblo, las simples glifoguardas no eran suficientes para orar; tenían que quemar algo que oliera más fuerte. Aunque Evi hablaba de Titus y Becca, pronunciaba raro sus nombres: Yaysi y Kellai. Y no mencionaba nunca al Todopoderoso, sino a alguien llamado el Único, una tradición hereje que los fervorosos le habían dicho que procedía de Iri. Bellamy agachó la cabeza para rezar. «Hazme más fuerte que los que quieren matarme.» Una plegaria sencilla y directa, como supuso que las preferiría el Todopoderoso. No le apetecía que Evi se la escribiera.

—Que el Único te proteja, casi-marido —murmuró Evi—. Y suavice tu temperamento. —Su acento, al que Bellamy ya se había acostumbrado, era más fuerte que el de su hermano.

—¿Suavizarlo? Evi, eso no tiene sentido en batalla.

—No tienes por qué matar con ira, Bellamy. Si debes combatir, hazlo sabiendo que cada muerte hiere al Único, pues todos somos personas a ojos de Yaysi.

—Ya, como quieras —dijo Bellamy.

A los fervorosos no parecía importarles que fuera a casarse con una mujer medio pagana. «Lo sabio es atraerla a la verdad vorin —había dicho Jevena, la fervorosa jefa de Gavilar. Se parecía a lo que había dicho de sus conquistas—: Tu espada traerá fuerza y gloria para el Todopoderoso.»

Absorto, se preguntó qué haría falta para disgustar de verdad a los fervorosos.

—Sé un hombre y no un animal, Bellamy —dijo Evi, y se acercó a él y le puso la cabeza en el hombro, animándolo a envolverla con los brazos.

Bellamy lo hizo sin mucho brío. Tormentas, oía las risitas de los soldados al pasar. ¿El Espina Negra, recibiendo consuelo antes de la batalla? ¿Abrazando en público y poniéndose todo cariñoso?

Evi volvió la cabeza hacia él pidiéndole un beso, y Bellamy le dio uno bien casto, apenas rozándole los labios. Ella lo aceptó, sonriendo. Y la verdad era que tenía una sonrisa preciosa. La vida sería mucho más fácil para él si Evi estuviera dispuesta a dar pasos claros hacia el matrimonio. Pero las tradiciones de su pueblo requerían un compromiso largo, y su hermano seguía intentando añadir cláusulas nuevas al contrato.

Bellamy salió dando zancadas. En el bolsillo llevaba otra glifoguarda, la que le había dado Echo, sin duda preocupada por la fiabilidad de la escritura extranjera de Evi. Bellamy tocó el suave papel y no quemó la oración. La piedra bajo sus pies estaba picada de agujeritos, los diminutos refugios de la hierba escondida. Al dejar atrás las tiendas del campamento pudo verla en todo su esplendor, meciéndose al viento, alta, casi hasta su cintura. Nunca había visto hierba tan alta en las tierras de los Griffin. En el extremo opuesto de la llanura se amasaba una fuerza impresionante, el ejército más numeroso al que se hubieran enfrentado jamás. Su corazón se llenó de ilusión. Tras dos años de maniobras políticas, allí estaban. Una batalla real contra un ejército real. Ganaran o perdieran, tenían delante el combate definitivo por el reino. El sol estaba saliendo y los ejércitos se habían desplegado al norte y al sur, para que no deslumbrara a ninguno de ellos. Bellamy se apresuró a entrar en la tienda de sus auxiliares y salió al poco tiempo con su armadura esquirlada puesta. Un mozo de cuadra le trajo su caballo y Bellamy montó con cuidado. El enorme animal negro no era rápido, pero al menos podía cargar con un hombre en armadura esquirlada. Bellamy guio a su montura ante las filas de soldados: lanceros, arqueros, infantería pesada ojos claros e incluso una unidad de cincuenta efectivos de caballería a las órdenes de Ilamar, con garfios y cuerdas para atacar a portadores de esquirlada. Entre todos ellos, los expectaspren ondeaban como gallardetes. Bellamy seguía oliendo el incienso cuando encontró a su hermano, equipado y a caballo, inspeccionando el frente. Bellamy trotó para situarse junto a Gavilar.

—Tu joven amigo no se ha presentado a la batalla —comentó Gavilar.

—¿Sebarial? —dijo Bellamy—. No es amigo mío.

—Hay un hueco en las filas enemigas. Lo siguen esperando —dijo Gavilar—. Según los informes, ha tenido un problema con su línea de suministros.

—Mentiras. Es un cobarde. Si hubiera aparecido, tendría que haber elegido bando sin ambages.

Pasaron cabalgando junto a Tearim, el capitán de la guardia de Gavilar, que llevaba la otra armadura esquirlada de Bellamy para la batalla. Oficialmente, la armadura aún era propiedad de Evi. No de Toh, sino de la propia Evi, lo cual era raro. ¿Qué iba a hacer una mujer con una armadura esquirlada?

Entregársela a su marido, al parecer. Tearim saludó. Sabía desenvolverse con las esquirlas porque había entrenado, igual que muchos otros aspirantes ojos claros, con equipo prestado.

—Has hecho bien, Bellamy —dijo Gavilar mientras lo dejaban atrás—. Esa armadura nos prestará un buen servicio hoy.

Bellamy no respondió. Aunque Evi y su hermano se habían demorado una eternidad en aceptar siquiera el compromiso, Bellamy había cumplido con su deber. Pero le habría gustado sentir algo más por la mujer. Una cierta pasión, alguna emoción verdadera. No podía reírse sin que ella pareciera confundida por la conversación. No podía alardear sin que ella se decepcionara por su ansia de sangre. Quería que Bellamy la abrazara continuamente, como si quedarse sola un tormentoso minuto fuese a hacer que se marchitara y se la llevara el viento. Y además…

—¡Eh! —llamó una exploradora desde una torreta móvil de madera. Señaló y gritó con voz lejana—: ¡Mirad ahí!

Bellamy se volvió, esperando una avanzada del enemigo. Pero no, el ejército de Kalanor todavía estaba formando. No eran hombres lo que había llamado la atención de la exploradora, sino caballos. Eran una recua pequeña, de once o doce animales, galopando a través del campo de batalla. Orgullosos, majestuosos.

—Ryshadios —susurró Gavilar—. Se los ve muy poco tan al este.

Bellamy se contuvo para no dar la orden de apresarlos. ¿Eran ryshadios? Sí, alcanzaba a ver los spren que revoloteaban en su estela. Musispren, por algún motivo. Tormentas, no tenía sentido. Pero de todos modos, no tenía sentido capturar a los animales. No podían retenerse a menos que escogieran a un jinete.

—Hoy quiero que hagas una cosa por mí, hermano —dijo Gavilar—. El alto príncipe Kalanor tiene que caer. Mientras siga con vida, habrá resistencia. Si muere, su linaje muere con él. Su primo, Loradar Sinclair, ascenderá al poder.

—¿Y Loradar te jurará lealtad?

—Estoy convencido de ello —afirmó Gavilar.

—Pues encontraré a Kalanor —dijo Bellamy—, y acabaré con esto.

—No se incorporará a la batalla sin motivo, conociéndolo. Pero es portador de esquirlada, así que…

—Así que tendremos que obligarlo a luchar.

Gavilar sonrió.

—¿Qué? —preguntó Bellamy.

—Es solo que me alegra oírte hablar de táctica.

—No soy imbécil —gruñó Bellamy. Siempre prestaba atención a la táctica en batalla; sencillamente, no lo complacían las reuniones interminables y la palabrería.

Y sin embargo… hasta eso se le estaba haciendo más tolerable.

Quizá fuera la costumbre. O quizá las palabras de Gavilar sobre fundar una dinastía. Era la verdad, cada vez más evidente, de que aquella campaña que ya duraba muchos años no era una incursión rápida de saqueo.

—Tráeme a Kalanor, hermano —dijo Gavilar—. Hoy necesitamos al Espina Negra.

—Lo único que tienes que hacer es desatarlo.

—¡Ja! Como si existiera alguien capaz de mantenerlo atado.

«¿No es lo que estás intentando hacer? —pensó Bellamy al instante—. ¿Insistiendo en casarme, hablando de que ahora tenemos que ser "civilizados"? ¿Poniendo todo lo que hago mal como ejemplo de las cosas que debemos eliminar?»

Se mordió la lengua y terminaron de inspeccionar juntos las tropas. Se separaron saludándose con la cabeza y Bellamy cabalgó para unirse a su elite.

—¿Órdenes, señor? —preguntó Rien.

—No me molestéis —dijo Bellamy, bajándose la celada.

El yelmo de su armadura esquirlada quedó sellado y un silencio cayó sobre la elite. Bellamy invocó a Juramentada, la espada de un rey caído, y esperó. El enemigo había acudido para detener el saqueo continuado de Gavilar en la campiña. Tendrían que dar ellos el primer paso. Los últimos meses dedicados a atacar pueblos aislados y desprotegidos habían estado llenos de batallas muy poco satisfactorias, pero también habían puesto a Kalanor en una posición indeseable. Si permanecía sentado en sus fuertes, estaba permitiendo que destruyeran a más vasallos suyos, que ya empezaban a preguntarse para qué pagaban tributo a Kalanor. Unos pocos ya se habían curado en salud enviando mensajeros a Gavilar para decirle que no le plantarían cara. La región estaba a punto de cambiar de bando hacia los Griffin. En consecuencia, el alto príncipe Kalanor se había visto obligado a abandonar sus plazas fuertes y combatir allí. Bellamy cambió de postura en la silla de montar, esperando, planificando. No tardó en llegar su momento. Las fuerzas de Kalanor empezaron a cruzar el llano en una oleada cauta, con los escudos alzados al cielo. Los arqueros de Gavilar dispararon andanadas de flechas. Los hombres de Kalanor estaban bien entrenados y mantuvieron la formación bajo la mortífera lluvia. No tardaron en encontrarse con la infantería pesada Griffin, un bloque de hombres tan acorazados que podrían haber sido de piedra sólida. Al mismo tiempo, las ágiles unidades de arqueros se desplegaron a los lados. Llevaban protección ligera y eran rápidos, muy rápidos. Si los Griffin ganaban la batalla, y Bellamy confiaba en la victoria, sería por las nuevas tácticas bélicas que habían estado explorando. El enemigo se vio flanqueado, con flechas aguijoneando los costados de sus bloques de asalto. Extendieron el frente para que su infantería intentara alcanzar a los arqueros, pero al hacerlo debilitaron el núcleo central, que sufrió el acoso de la infantería pesada. Las compañías de lanceros al uso atacaron las tropas enemigas tanto para resituarlas como para dañarlas. Todo aquello sucedía fuera, en el campo de batalla. Bellamy tuvo que desmontar y hacer llamar a un mozo de cuadra para que paseara al animal mientras esperaba. En su interior, Bellamy reprimió la Emoción, que lo urgía a galopar de inmediato a la refriega. Al cabo de un tiempo, eligió un sector de tropas Griffin que estaban pasando apuros frente al enemigo. Tendría que bastar. Montó de nuevo y puso su caballo al galope. Era el momento adecuado, podía sentirlo. Tenía que atacar ya, mientras la batalla pivotaba entre la victoria y la derrota, para hacer salir a su adversario. La hierba se retorció y se retrajo en una oleada ante él, como súbditos inclinándose. Tal vez aquello fuese el final, la batalla definitiva por la conquista de Alezkar. ¿Qué pasaría con él después? ¿Inacabables banquetes en compañía de políticos? ¿Un hermano que se negaba a guerrear en ningún otro lugar?

Bellamy se abrió a la Emoción y apartó de su mente esas preocupaciones. Cayó sobre el frente enemigo como una alta tormenta sobre una pila de papeles. Los soldados se dispersaron a su llegada, gritando. Bellamy descargó su hoja esquirlada y mató a decenas por un lado y luego por el otro. Ardieron los ojos, cayeron flácidos los brazos. Bellamy inspiró el gozo de la conquista, la narcótica belleza de la destrucción. No había quien pudiera resistirse a él: todos eran yesca y él la llama. La unidad de infantería enemiga debería haber podido concentrarse y atacarlo, pero le tenían demasiado miedo.

¿Y por qué no deberían tenérselo? Se contaban historias de hombres comunes haciendo caer a un portador de esquirlada, pero tenían que ser invenciones, rumores extendidos con la intención de que los hombres lucharan, para evitar a los portadores de esquirlada el trabajo de tener que darles caza.

Sonrió mientras su caballo trastabillaba por los cadáveres que se amontonaban a su alrededor. Bellamy espoleó al animal, que saltó, pero al caer cedió algo. La criatura relinchó y se derrumbó, descabalgándolo. Bellamy suspiró, apartó al caballo de un manotazo y se puso en pie. Le había partido el espinazo. Esos animales no estaban hechos para la armadura esquirlada. Un grupo de soldados intentó un contraataque. Valientes, pero estúpidos. Bellamy los derribó con amplios arcos de su hoja esquirlada. A continuación, un oficial ojos claros organizó a sus hombres para presionar a Bellamy e intentar atraparlo, si no con su destreza, al menos con el peso de los cuerpos. Bellamy rodó entre ellos, la armadura confiriéndole energía, la hoja otorgándole precisión, y la Emoción… la Emoción dándole un propósito. En momentos como ese, comprendía para qué había sido creado. Se desperdiciaban sus talentos obligándolo a escuchar cómo parloteaban otros hombres. Se desperdiciaban sus talentos con cualquier cosa que no fuera aquella, convertirse en el examen definitivo de la capacidad de los hombres, probarlos, exigirles sus vidas con el filo de una espada. Los envió a los Salones Tranquilos en la plenitud de sus vidas, listos para combatir.

Bellamy no era un hombre. Era una sentencia.

Cautivado, mató a un adversario tras otro, sintiendo un extraño ritmo en la pelea, como si los tajos de su espada tuvieran que caer siguiendo los dictados de un compás inaudible. Los bordes de su visión empezaron a teñirse de un rojo que, al poco, cubrió el terreno como un velo. Parecía serpentear y enroscarse como una anguila, temblando al ritmo de sus mandobles. Se enfureció al oír una voz que lo llamaba y lo distraía de la pelea.

—¡Bellamy!

No le hizo caso.

—¡Brillante señor Bellamy! ¡Espina Negra!

Aquella voz era como el chillido de un cremlino, cantando aguda dentro de su yelmo. Derribó a dos espadachines. Habían sido ojos claros, pero sus cuencas habían ardido y ya no se les notaba.

—¡Espina Negra!

«¡Bah!» Bellamy se volvió hacia el sonido.

Cerca había un hombre uniformado de azul Griffin. Bellamy alzó su hoja esquirlada. El hombre retrocedió, alzando sus manos desarmadas sin dejar de vociferar el nombre de Bellamy.

«Lo conozco. ¿Es… Kadash?» Uno de los capitanes de su elite.

Bellamy bajó la espada y sacudió la cabeza, intentando quitarse el zumbido de las orejas. Solo entonces vio, de verdad vio, lo que lo rodeaba.

Los muertos. Centenares y centenares de caídos, con apagadas brasas en vez de ojos, sus armas y armaduras partidas pero sus cuerpos siniestramente intactos. Por el Todopoderoso, ¿a cuántos había matado? Se llevó la mano al yelmo, volviéndose para mirar a su alrededor. Unas tímidas briznas de hierba asomaban entre los cuerpos, empujando entre brazos y dedos, junto a cabezas. Había cubierto la llanura con tal densidad de cadáveres que la hierba no encontraba espacio para alzarse.

Bellamy sonrió, satisfecho, y entonces se quedó petrificado. Algunos de los cuerpos con ojos quemados, por lo menos tres hombres en su campo de visión, vestían de azul. Eran sus propios hombres, con el brazalete de su elite.

—Brillante señor —dijo Kadash—. ¡Espina Negra, tu tarea está cumplida!

Señaló hacia un grupo de jinetes que cargaban a través del llano. Portaban el estandarte en plata sobre rojo con el glifopar de dos montañas. Desprovisto de alternativas, el alto príncipe Kalanor se había sumado a la batalla. Bellamy había destruido varias compañías en solitario, y solo otro portador de esquirlada podría detenerlo.

—Excelente —dijo.

Se quitó el yelmo y aceptó un paño de Kadash para secarse la cara, seguido de un odre de agua. Bellamy se lo bebió entero y lo arrojó a un lado vacío, con el corazón acelerado, con la Emoción palpitando en su interior.

—Retira la elite. No ataquéis a menos que yo caiga.

Bellamy volvió a ponerse el yelmo y sintió su cómoda estrechez cuando los pasadores se lo ciñeron a la cabeza.

—Sí, brillante señor.

—Recoge a los nuestros que… han caído —añadió Bellamy, abarcando con un gesto los muertos Griffin—. Asegúrate de que se cuida de ellos y de los suyos.

—Por supuesto, señor.

Bellamy echó a correr para interceptar la fuerza que se aproximaba, haciendo crujir la piedra con su armadura. Lo entristecía tener que enfrentarse a un portador de esquirlada en vez de seguir combatiendo a hombres normales. Pero la devastación había terminado y tenía un hombre al que matar. Tuvo el recuerdo difuminado de un tiempo en el que enfrentarse a desafíos menores no lo había saciado tanto como un buen combate contra un adversario capaz. ¿Qué era lo que había cambiado?

Su carrera lo llevó hacia una de las formaciones rocosas que había en el extremo oriental del campo de batalla, un grupo de enormes agujas, erosionadas y serradas, como una hilera de serpientes de piedra. Al entrar en su sombra, oyó sonidos de pelea al otro lado. Parte de ambos ejércitos se había separado de su cuerpo principal e intentaban flanquearse unos a otros rodeando las formaciones. En su misma base, la guardia de honor de Kalanor se separó y reveló al alto príncipe en persona, montado a caballo. Tenía la armadura esquirlada recubierta de algo plateado, quizá acero o láminas de plata. Bellamy había ordenado que pulieran su armadura esquirlada hasta devolverla a su gris pizarra original. No entendía qué motivo podría tener alguien para querer mejorar la majestuosidad natural de la armadura esquirlada. El caballo de Kalanor era un animal alto y regio, de pelo blanco brillante y con una larga crin. Cargaba con el portador de esquirlada sin esfuerzo aparente. Un ryshadio. Sin embargo, Kalanor desmontó. Dio una cariñosa palmada al animal en el cuello y avanzó para enfrentarse a Bellamy mientras aparecía en su mano una hoja esquirlada.

—Espina Negra —dijo—, he oído que estabas arrasando mi ejército tú solo.

—Ahora combaten bajo el estandarte de los Salones Tranquilos.

—Ojalá te hubieras unido a ellos para liderarlos.

—Algún día —repuso Bellamy—. Cuando esté demasiado mayor y débil para luchar aquí, agradeceré que se me envíe.

—Es curioso lo poco que tardan los tiranos en volverse religiosos. Debe de ser conveniente decirte a ti mismo que tus asesinatos son obra del Todopoderoso.

—¡Más vale que no se tomen por obra suya! —exclamó Bellamy—. Me he esforzado mucho en esas muertes, Kalanor. El Todopoderoso no puede atribuírselas. ¡Solo puede asignármelas a mí cuando sopese mi alma!

—Pues que tiren de ti hacia la misma Condenación.

Kalanor apartó con un gesto a su guardia de honor, cuyos miembros parecían ansiosos por abalanzarse sobre Bellamy. Por desgracia, el alto príncipe estaba decidido a luchar en combate singular. Dio un tajo al aire con su espada, una hoja esquirlada larga y fina con una enorme guarnición y glifos por toda la teja.

—Si te mato, Espina Negra, ¿qué pasará?

—Que Sadeas podrá intentar derrotarte.

—En este campo de batalla no existe el honor, por lo que veo.

—Venga, va, no finjas que tú eres mejor —replicó Bellamy—. Sé lo que hiciste para alzarte con tu trono. Ahora no te las des de hombre de paz.

—Teniendo en cuenta lo que hicisteis a los hombres de paz —dijo Kalanor—, me considero afortunado de no serlo.

Bellamy saltó adelante y adoptó la posición de la sangre, adecuada para alguien a quien no le importaba recibir golpes. Era más joven y más ágil que su adversario. Contaba con ser capaz de atacar más rápido y con más potencia. Kalanor lo sorprendió adoptando también la posición de la sangre. Entablaron combate, cruzando las espadas una y otra vez en una sucesión que los hizo rodar en un veloz juego de piernas, ambos intentando alcanzar una y otra vez la misma parte de la armadura para abrir un hueco hasta la carne. Bellamy gruñó y apartó la hoja esquirlada de su rival con un golpe de la suya. Kalanor era viejo, pero diestro. Tenía una increíble capacidad para apartarse de los ataques de Bellamy, restando algo de fuerza al impacto e impidiendo que el metal se partiera. Tras intercambiar furiosos golpes durante varios minutos, los dos hombres se apartaron, con sendas redes de grietas en los costados izquierdos de sus armaduras dejando escapar luz tormentosa al aire.

—A ti también te pasará, Espina Negra —masculló Kalanor—. Aunque ahora me mates, alguien se alzará y te arrebatará tu reino. Es imposible que perdure.

Bellamy acometió para asestar un potente mandoble. Un paso adelante y luego un giro en redondo. Kalanor lo alcanzó en el costado derecho. Fue un golpe poderoso pero insignificante, ya que era en el lado equivocado. Bellamy, en cambio, trazó un amplio arco que zumbó en el aire. Kalanor intentó acompañar el golpe, pero llevaba demasiado impulso. La hoja esquirlada impactó, destruyendo parte de la armadura con una explosión de chispas fundidas. Kalanor gruñó y trastabilló de lado, y estuvo a punto de caer. Bajó la mano para cubrir el hueco en su armadura, que seguía perdiendo luz tormentosa por los bordes. La mitad del peto estaba destruida.

—Peleas igual que lideras, Griffin —gruñó—. Con temeridad.

Bellamy hizo caso omiso de la burla y embistió.

Kalanor salió corriendo, abriéndose paso entre su guardia de honor, apartando a algunos a los lados con las prisas y enviándolos al suelo con huesos rotos. Bellamy estuvo a punto de alcanzarlo, pero Kalanor llegó a la base de la enorme formación rocosa. Soltó su hoja, que se deshizo en bruma, saltó y se agarró a un saliente. Empezó a trepar. Bellamy llegó a la base de la torre natural un momento más tarde. El suelo de alrededor estaba sembrado de peñascos. Al misterioso estilo de las tormentas, aquello seguramente había sido la falda de una colina hasta hacía poco. La alta tormenta había arrancado la mayor parte, dejando aquella formación improbable que se clavaba en el aire. Supuso que no tardaría mucho en caer también. Bellamy soltó su hoja, saltó también y asió un saliente, raspando los dedos contra la piedra. Se balanceó antes de poder hacer pie y empezó a escalar la escarpada pared en pos de Kalanor. El otro portador de esquirlada soltó piedras a patadas contra él, pero rebotaron inofensivas en Bellamy. Cuando Bellamy lo alcanzó, habían trepado unos quince metros. Por debajo, los soldados se congregaban para mirar, señalando. Bellamy intentó coger la pierna de su adversario, pero Kalanor la apartó y luego, agarrado aún a las piedras, invocó su hoja esquirlada y atacó con ella hacia abajo. Después de recibir unos golpes en el yelmo, Bellamy gruñó y se dejó resbalar hacia abajo para apartarse. Kalanor partió unos trozos de pared para enviarlos traqueteando hacia Bellamy, descartó su hoja y siguió trepando. Bellamy lo siguió con más cautela, escalando por una ruta paralela a un lado. Terminó llegando a la cima y asomó la cabeza por el borde. La cumbre de la formación rocosa estaba compuesta de picos partidos y llanos que no parecían muy resistentes. Kalanor estaba sentado en uno de ellos, con la hoja cruzada sobre una pierna y balanceando el otro pie. Bellamy ascendió a una distancia segura de su enemigo e invocó a Juramentada. Tormentas. Apenas había espacio para quedarse de pie allí arriba. El viento lo azotaba y vio un vientospren rodeándolo por un lado.

—Hay buena vista —comentó Kalanor. Aunque las fuerzas en contienda habían empezado igualadas, por debajo de ellos se veían sobre la hierba muchos más hombres caídos de plata y rojo que de azul—. Me pregunto cuántos reyes disfrutan de unos asientos tan maravillosos para contemplar su propia caída.

—Tú nunca fuiste rey —dijo Bellamy.

Kalanor se levantó y alzó su hoja con una mano extendida hacia el pecho de Bellamy.

—Eso, Griffin, es cuestión de puntos de vista y suposiciones. ¿Procedemos?

«Ha sido listo trayéndome aquí», pensó Bellamy. En duelo justo, a todas luces contaba él con la ventaja, de modo que Kalanor había introducido el factor azar en la lucha. El viento, el terreno inestable, una caída capaz de matar incluso a un portador de esquirlada.

Como mínimo, supondría un desafío novedoso. Bellamy avanzó cauteloso. Kalanor cambió a la posición del viento, un estilo de combate con más fluidez y alcance. Bellamy escogió la posición de la piedra por su apoyo firme y su poder directo. Intercambiaron golpes, avanzando y retrocediendo por la hilera de pequeños picos. Con cada paso hacían saltar lascas de las piedras, que caían hacia el campo. Estaba claro que Kalanor pretendía prolongar el lance, para maximizar el tiempo en el que Bellamy pudiera resbalar. Bellamy amagó a derecha e izquierda, provocando que Kalanor se acostumbrara a un ritmo, y entonces lo rompió para atacar con todas sus fuerzas, aporreándolo con estocadas desde encima del hombro. Cada golpe aventó algo en el interior de Bellamy, un ansia que su anterior masacre no había saciado. La Emoción quería más. Bellamy alcanzó varias veces el yelmo de Kalanor y lo hizo retroceder hasta el borde, a un solo paso de caer. Su última acometida destruyó el yelmo por completo, revelando un rostro envejecido, afeitado, casi calvo. Kalanor rugió con los dientes apretados y contraatacó con una inesperada ferocidad. Bellamy resistió espada contra espada y dio un paso adelante para convertir el envite en un duelo de empujones, sus armas trabadas, ambos sin espacio para maniobrar. Bellamy miró a los ojos a su enemigo. Y en aquellos ojos de color gris claro vio algo. Emoción, energía. Un ansia de sangre que le era conocida.

Kalanor también sentía la Emoción.

Bellamy había oído a otros hablar de ella, de aquella euforia de la competición. La ventaja secreta de los alezi. Pero verla allí mismo, en los ojos de un hombre que intentaba matarlo, enfureció a Bellamy. No debería estar compartiendo una sensación tan íntima con ese hombre. Gruñó y, en un arrebato de fuerza, empujó a Kalanor hacia atrás. El hombre tropezó y resbaló. Soltó al instante su hoja esquirlada y, en un gesto frenético, se las ingenió para agarrarse al borde de la roca mientras caía. Kalanor se balanceó, sin yelmo. La Emoción de sus ojos se apagó, convertida en pánico.

—Piedad —susurró.

—Esto es piedad —dijo Bellamy, y le atravesó la cara con su hoja esquirlada.

Los ojos de Kalanor ardieron del gris al negro mientras caía de la aguja, dejando atrás estelas de humo negro. Su cadáver raspó la roca antes de caer muy abajo, al otro lado de la formación rocosa, apartado del grueso de los ejércitos. Bellamy dejó escapar el aire y se hundió, exhausto. Las sombras se extendieron alargadas sobre el terreno mientras el sol tocaba el horizonte. Había sido una buena lucha. Él había logrado lo que pretendía. Había derrotado a todos los que se alzaban frente a él. Y aun así, se notó vacío. Una voz interior no dejaba de repetirle:

«¿Y eso es todo? ¿No se nos había prometido más?»

Por debajo, un grupo ataviado con los colores de Kalanor avanzó hacia el cadáver. ¿La guardia de honor podía haber visto dónde había caído su brillante señor? Bellamy sintió una punzada de indignación. Aquella muerte era suya, aquella victoria le pertenecía.

¡Esas esquirlas las había ganado él!

Descendió medio sujetándose, medio resbalando con imprudencia. El descenso se le hizo borroso y ya estaba viendo en rojo cuando llegó al suelo. Un soldado tenía la hoja y los demás estaban discutiendo por la armadura, que estaba rota y deformada. Bellamy atacó y mató a seis de ellos en breves instantes, incluyendo al que se había hecho con la hoja. Otros dos habían salido corriendo, pero eran más lentos que él. Bellamy atrapó a uno por el hombro, lo hizo rodar y lo estampó contra la piedra del suelo. Al último lo mató con un tajo de Juramentada. Más. ¿Dónde había más? Bellamy no veía a hombres de rojo.

Solo había unos pocos de azul, un atribulado grupo de soldados sin estandarte. En su centro, sin embargo, caminaba un hombre en armadura esquirlada. Gavilar estaba descansando allí de la batalla, tras las líneas, evaluando la situación. El hambre creció en Bellamy. La Emoción lo embargó en una oleada abrumadora. ¿Acaso no debería gobernar el más fuerte? ¿Por qué debía quedarse atrás tan a menudo, escuchando a hombres charlando en vez de batallar?

Ahí estaba. Ese era el hombre que poseía lo que él anhelaba. Un trono… un trono y más. La mujer que Bellamy debería poder reclamar. El amor que se había visto obligado a abandonar, ¿y por qué?

No, su lucha de ese día no había concluido. ¡Eso no era todo!

Avanzó hacia el grupo, con la mente turbia y un profundo dolor en las entrañas. Los pasionspren caían como copos cristalinos a su alrededor.

¿Acaso no debería sentir la pasión? ¿Acaso no debería recibir recompensa por todo lo que había logrado?

Gavilar era débil. Pretendía renunciar al impulso y quedarse satisfecho con lo que Bellamy, Bellamy y nadie más, había obtenido para él. Pues bueno, había una forma de asegurarse de que la guerra continuara. Había una forma de mantener viva la Emoción. Había una forma de que Bellamy obtuviera todo lo que deseaba. Estaba corriendo. Algunos hombres del grupo de Bellamy le dieron la bienvenida levantando los brazos. Debiluchos. ¡No presentaban armas en su contra! Podía masacrarlos a todos antes de que supieran lo que estaba pasando. ¡Se lo merecían! Bellamy merecía…

Gavilar se volvió hacia él, quitándose el yelmo y dedicándole una sonrisa abierta y sincera. Bellamy se detuvo tan de sopetón que estuvo a punto de tropezar. Se quedó mirando a Bellamy, su hermano.

«Oh, Padre Tormenta —pensó—. ¿Qué estoy haciendo?»

Dejó que la hoja resbalara de entre sus dedos y desapareciera. Gavilar fue hacia él a grandes zancadas, incapaz de ver la expresión horrorizada de Bellamy tras su yelmo. Por fortuna, no apareció ningún vergüenzaspren, aunque debería haberse ganado toda una legión en ese mismo instante.

—¡Hermano! —exclamó Gavilar—. ¿Lo has visto? ¡La victoria es nuestra! El alto príncipe Ruthar ha derrotado a Gallam y ha ganado esquirlas para su hijo. Talanor ha obtenido una hoja, y me dicen que por fin has hecho salir a Kalanor. Por favor, dime que no se te ha escapado.

—Está… —Bellamy se lamió los labios y respiró varias veces—. Está muerto.

Señaló hacia el cuerpo caído, visible solo como un montoncito de metal plateado que brillaba entre las sombras de los escombros.

—¡Bellamy, qué maravilloso, qué terrible eres! —Gavilar se volvió hacia sus soldados—. ¡Vitoread al Espina Negra, hombres! ¡Vitoreadlo! —Alrededor de Gavilar surgieron glorispren, orbes dorados que rotaron en torno a su cabeza como una corona.

Bellamy parpadeó entre los vítores y de pronto sintió tal vergüenza que quiso derrumbarse. En esa ocasión, un solo spren, con forma de pétalo cayendo de un capullo, flotó cerca de él. Tenía que hacer algo.

—Hoja y armadura —se apresuró a decir a Gavilar—. He ganado las dos, pero te las cedo a ti. Un regalo. Para tus hijos.

—¡Ja! —exclamó Gavilar—. ¿Anya? ¿Qué iba a hacer ella con unas esquirlas? No, no. Tienes…

—Quédatelas —suplicó Bellamy, agarrando a su hermano del brazo—. Por favor.

—Lo haré, si insistes —dijo Gavilar—. Supongo que tú ya tienes una armadura que dar a tu heredero.

—Si es que llego a tenerlo.

—¡Lo tendrás! —repuso Gavilar, y envió a unos hombres a recoger la hoja y la armadura de Kalanor—. ¡Ja! Toh tendrá que reconocer por fin que somos capaces de proteger su estirpe. ¡Sospecho que la boda tendrá lugar antes de un mes!

Como también tendría lugar, con toda probabilidad, la coronación oficial en la que, por primera vez en siglos, los diez altos príncipes de Alezkar se inclinarían ante un solo rey. Bellamy se sentó en una piedra, se quitó el yelmo de un tirón y aceptó el agua que le ofrecía una joven mensajera. «Nunca más —se juró a sí mismo—. Doy preferencia a Gavilar en todo. Que tenga el trono, que tenga el amor. Yo nunca debo ser rey.»