27. EL JUEGO DE FINGIR
Confesaré mi herejía. No me retracto de las cosas que he dicho, por mucho que me lo exijan los fervorosos.
De Juramentada, prólogo
Los sonidos de políticos discutiendo llegaron a los oídos de Lexa mientras bosquejaba. Estaba sentada en un asiento de piedra al fondo de la enorme sala de reuniones, en lo alto de la torre. Había llevado un cojín para sentarse, y Patrón zumbaba feliz en su pequeño pedestal. Tenía las piernas levantadas y el cuaderno de dibujo apoyado en los muslos, con los dedos de los pies (cubiertos por medias) apoyados en el borde del banco que tenía delante. No era precisamente una postura digna; Radiante se avergonzaría de ella. Al frente del auditorio, Bellamy estaba de pie delante del mapa brillante que Lexa y él, combinando de algún modo sus poderes, eran capaces de crear. Bellamy había invitado a Gustus, a los altos príncipes o sus viudas y a sus principales asistentes. Finn había llegado con Kalami, que en los últimos tiempos estaba haciéndole de escriba. Aden estaba al lado de su padre con su uniforme del Puente Cuatro y expresión de incomodidad, es decir, más o menos como siempre. Clarke pasaba el rato cerca, cruzada de brazos y susurrando alguna broma que otra a un hombre del Puente Cuatro. Radiante debería estar allí abajo, involucrada en aquella importante conversación sobre el porvenir del mundo. Pero en vez de ello, Lexa dibujaba. Allí arriba había una luz estupenda, gracias a aquellas amplias ventanas de cristal. Estaba harta de sentirse atrapada en los oscuros pasillos de los niveles inferiores, siempre con la impresión de que algo la vigilaba. Terminó su boceto y lo inclinó hacia Patrón, sosteniendo el cuaderno con la mano segura enmangada. Patrón ascendió titilando desde su pedestal para inspeccionar el dibujo, que era de la rendija obstruida por una forma aplastada con ojos desorbitados, inhumanos.
—Mmm —dijo Patrón—. Sí, es correcto.
—Tiene que ser algún tipo de spren, ¿verdad?
—Tengo la sensación de que debería saberlo —dijo Patrón—. Esto… esto es algo de hace mucho tiempo. Mucho, mucho tiempo…
Lexa se estremeció.
—¿Por qué está aquí?
—No sabría decirte —respondió Patrón—. No es de los nuestros. Es de él.
—Un antiguo spren de Odium. Maravilloso.
Lexa pasó la página de su cuaderno y empezó una nueva ilustración. Los demás seguían hablando de su coalición, nombrando en varias ocasiones a Thaylenah y Azir como los países a los que era más importante convencer, dado que Iri había dejado claro del todo que se unía al enemigo.
—Brillante Kalami —estaba diciendo Bellamy—. El último informe mencionaba una gran concentración del enemigo en Marat, ¿verdad?
—Sí, brillante señor —dijo la escriba desde su puesto en el escritorio—. En el sur de Marat. Tu hipótesis era que la escasa población de la zona es lo que ha llevado a los Portadores del Vacío a congregarse allí.
—Los iriali han aprovechado la oportunidad para atacar hacia el este, como siempre quisieron hacer —dijo Bellamy—. Tomarán Rira y Babazarnam. Mientras tanto, regiones como Triax, en la parte sur del centro de Roshar, siguen sin dar señales de vida.
La brillante Kalami asintió con la cabeza, y Lexa se dio golpecitos en los labios con el lápiz. Aquella afirmación tenía sus implicaciones. ¿Cómo podía dejar de dar señales de vida una ciudad? Las ciudades importantes, sobre todo las portuarias, debían de tener centenares de vinculacañas en funcionamiento. Todo ojos claros o mercader que quisiera estar al tanto de los precios o mantenerse en contacto con territorios lejanos tendría una.
Las vinculacañas de Kholinar habían empezado a funcionar de nuevo con el regreso de las altas tormentas, pero luego habían quedado en silencio una por una. Sus últimos informes afirmaban que estaban amasándose ejércitos cerca de la ciudad. Y después, nada. El enemigo parecía ser capaz de localizar las vinculacañas de alguna manera. Al menos, por fin habían sabido de Raven. Un solo glifo que significaba «tiempo», sugiriendo que tuvieran paciencia. No había podido llegar a un pueblo y encontrar una mujer que le tomara dictado, pero quería que supieran que estaba a salvo. Eso suponiendo que no le hubiera robado la vinculacaña otra persona y quisiera despistarlos.
—El objetivo del enemigo son las Puertas Juradas —decidió Bellamy—. Todos sus movimientos salvo la concentración en Marat apuntan a ello. El instinto me dice que ese ejército planea volver y atacar Azir, o incluso cruzar e intentar asaltar Jah Keved.
—Confío en el juicio de Bellamy —dijo el alto príncipe Roan—. Si cree que ese desarrollo es probable, deberíamos escucharlo.
—Bah —espetó el alto príncipe Miles. El hombre grasiento estaba apoyado en la pared enfrente de los demás, apenas prestando atención—. ¿Qué más da lo que tú opines, Roan? Es increíble que puedas ver siquiera, teniendo en cuenta dónde estás metiendo la cabeza últimamente.
Roan se volvió y echó la mano a un lado, en pose de invocación. Bellamy lo detuvo, como Miles debía de saber que haría. Lexa negó con la cabeza y se permitió absorberse más en su boceto. Encima de su cuaderno de dibujo aparecieron unos creacionspren, uno con forma de diminuto zapato y otro de lápiz como el que estaba usando. Estaba bosquejando al alto príncipe Sadeas, dibujando sin una Memoria concreta de la que partir. Nunca había querido añadirlo a su colección. Terminó el rápido boceto y pasó páginas hasta llegar a una ilustración del brillante señor Perel, el otro hombre al que habían hallado muerto en los pasillos de Urithiru. Lexa había intentado recrear su cara sin las heridas. Pasó adelante y atrás entre uno y otro. «Sí que se parecen —concluyó—. Los mismos rasgos bulbosos, constitución parecida.»
Sus siguientes dos páginas fueron dibujos de los dos comecuernos, que también tenían cierta semejanza. ¿Y las dos mujeres asesinadas? ¿Por qué iba un asesino a confesar la muerte de su esposa y luego jurar que no había matado a la otra mujer? Con una ya bastaba para que lo ejecutaran.
«Ese spren está imitando la violencia —pensó—. Mata o hiere de la misma forma que los ataques producidos en días anteriores. Es una especie de… ¿suplantación?»
Patrón zumbó con suavidad para llamar su atención. Lexa alzó la mirada y vio que alguien se acercaba con paso tranquilo en su dirección, una mujer de mediana edad con el pelo negro rapado casi al cero. Llevaba una falda larga, camisa abotonada y chaleco. Ropa de comerciante thayleña.
—¿Qué es lo que dibujas, brillante? —preguntó la mujer en veden.
Oír de repente su propio idioma sorprendió a Lexa, y su mente necesitó un momento para asimilar las palabras.
—Personas —dijo Lexa, cerrando el cuaderno—. Me gusta dibujar figuras. Tú eres la que llegó con Gustus. Su potenciadora.
—Malata —se presentó ella—. Aunque no le pertenezco. Vine con él por conveniencia, ya que Chispa sugirió que echáramos un vistazo a Urithiru, ya que la habían descubierto de nuevo. —Contempló el inmenso auditorio. Lexa no vio ni rastro de su spren—. ¿Crees que en otros tiempos de verdad llenábamos esta cámara?
—Diez órdenes —dijo Lexa—, con centenares de miembros en la mayoría. Sí, supongo que pudimos llenarla. De hecho, dudo que todos los miembros de las órdenes cupieran aquí.
—Y ahora somos cuatro —comentó ella, desviando la mirada hacia Aden, que estaba envarado junto a su padre, sudando bajo el escrutinio cuando la gente lo miraba de vez en cuando.
—Cinco —corrigió Lexa—. En algún sitio hay una mujer del puente voladora. Y esos somos solo los que nos hemos reunido aquí. Tiene que haber más como tú, que siguen intentando llegar a nosotros.
—Si es que quieren —dijo Malata—. Las cosas no tienen por qué ser como antes. ¿Por qué iban a serlo? La última vez a los Radiantes no les fue tan bien, ¿verdad?
—Quizá —respondió Lexa—. Pero tal vez este tampoco sea momento de experimentar. La Desolación ha empezado de nuevo. Confiar en el pasado para sobrevivir a ella podría no ser nuestra peor opción.
—Qué curioso —dijo la mujer— que solo tengamos la palabra de unos pocos alezi estirados sobre todo este asunto de la Desolación, ¿eh, hermana?
Lexa parpadeó ante el tono casual de sus palabras, rematado con un guiño. Malata sonrió y volvió paseando hacia el fondo de la estancia.
—Vaya —dijo Lexa—, sí que es antipática.
—Mmm… —dijo Patrón—. Será peor cuando empiece a destruir cosas.
—¿Destruir?
—Portadora del Polvo —dijo Patrón—. Su spren… Mmm… A los de su tipo les gusta romper lo que tienen alrededor. Quieren saber qué hay dentro.
—Estupendo —dijo Lexa, pasando páginas hacia atrás en su cuaderno. La cosa de la rendija. Los hombres muertos. Debería haber suficiente para presentárselo a Bellamy y Clarke, como pretendía hacer ese mismo día, ya con los bocetos terminados.
¿Y después de eso?
«Tengo que atraparlo —pensó—. Vigilaré el mercado. En algún momento, alguien saldrá herido. Y unos días después, esa cosa intentará copiar el ataque.»
Quizá podría registrar las partes inexploradas de la torre, ¿no?
¿Buscarlo, en vez de esperar a que atacara?
Los pasillos oscuros. Cada túnel, una línea imposible en un dibujo…
La sala había quedado en silencio. Lexa salió de su ensimismamiento y miró para ver qué pasaba. Ialai Sadeas había llegado a la reunión, transportada en palanquín. Iba acompañada de alguien conocido. Meridas Amaram era un hombre alto, de ojos broncíneos, con el rostro cuadrado y una figura sólida. También era un asesino, un ladrón y un traidor. Lo habían sorprendido intentando robar una hoja esquirlada, cosa que demostraba que lo que decía la capitana Raven sobre él era cierto. Lexa apretó los dientes, pero descubrió que su ira… no bullía. Tampoco había desaparecido. No, no iba a perdonar a ese hombre la muerte de Helaran. Pero la incómoda verdad era que no sabía por qué, ni cómo, su hermano había caído a manos de Amaram. Casi podía oír a Anya susurrándole: «No juzgues sin conocer más detalles.»
Por debajo, Clarke se había levantado y avanzaba hacia Amaram, cruzando el mapa ilusorio por el centro, partiendo su superficie y haciendo titilar por todo él ondas de brillante luz tormentosa. Fulminó con la mirada a Amaram, pero Bellamy apoyó la mano en el hombro de su hija para contenerla.
—Brillante Sadeas —dijo Bellamy—. Me alegro de que hayas decidido unirte a la reunión. Tu sabiduría beneficiará nuestros planes.
—No he venido por tus planes, Bellamy —replicó Ialai—. He venido porque era un buen sitio donde encontraros a todos juntos. He conferenciado con mis asesores, allá en nuestras tierras, y el consenso es que el heredero, mi sobrino, es demasiado joven. No es un momento nada conveniente para que la casa Sadeas esté sin liderazgo, así que he tomado una decisión.
—Ialai —dijo Bellamy, entrando en la ilusión y poniéndose al lado de su hija—. Hablemos de esto, por favor. He tenido una idea que, aunque poco tradicional, podría…
—La tradición es nuestra aliada, Bellamy —lo interrumpió Ialai—. No creo que jamás hayas comprendido ese hecho como deberías. El alto mariscal Amaram es el general más condecorado y bien considerado de nuestra casa. Cuenta con el aprecio de nuestros soldados y es conocido a lo largo y ancho del mundo. Lo nombro regente y heredero del título de la casa. Ahora es, a todos los efectos, el alto príncipe Sadeas. Querría que el rey lo ratificara.
Lexa se quedó sin aliento. El rey Finn alzó la mirada desde su asiento, donde al parecer había estado sumido en sus pensamientos.
—¿Eso es legal?
—Sí —respondió Echo, cruzada de brazos.
—Bellamy —dijo Amaram, bajando varios peldaños hacia los demás en el fondo del auditorio. Su voz dio escalofríos a Lexa.
Aquella dicción refinada, aquellos rasgos perfectos, aquel uniforme impecable… Ese hombre era lo que todo soldado aspiraba a ser.
«No soy la única que domina el juego de fingir», pensó.
—Confío —prosiguió Amaram— en que nuestras recientes… fricciones no nos impidan trabajar juntos en pro de las necesidades de Alezkar. He hablado con la brillante Ialai y creo haberla persuadido de que nuestras diferencias deberían quedar en un segundo plano ante el bien mayor de Roshar.
—El bien mayor —repitió Bellamy—. ¿Te crees con derecho a hablar de lo que es el bien?
—Todo lo que he hecho es por un bien mayor, Bellamy —dijo Amaram con la voz acongojada—. Absolutamente todo. Por favor. Sé que pretendes emprender acciones legales contra mí. Me someteré al juicio, pero demorémoslo hasta haber salvado Roshar.
Bellamy observó a Amaram durante un tenso y prolongado momento. Luego, por fin miró a su sobrino y asintió con un gesto brusco de la cabeza.
—El trono reconoce tu edicto de regencia, brillante —dijo Finn a Ialai—. Mi madre preparará un escrito formal, sellado y con testigos.
—Ya está hecho —dijo Ialai.
Bellamy cruzó la mirada con Amaram por encima del mapa flotante.
—Alto príncipe —dijo Bellamy por fin.
—Hijo de puta —dijo Clarke.
Bellamy hizo una mueca visible y señaló hacia la salida.
—Hija, tal vez deberías retirarte un momento.
—Sí. Cómo no.
Clarke se zafó de la mano de su padre y se dirigió a la salida. Lexa se lo pensó solo un momento antes de coger sus zapatos y su cuaderno de dibujo y apresurarse a seguirla. Alcanzó a Clarke en el pasillo de fuera, cerca de donde esperaban los palanquines de las mujeres, y la cogió del brazo.
—Hola —dijo con voz suave.
Clarke la miró y su semblante se relajó un poco.
—¿Quieres hablar? —preguntó Lexa—. Pareces más enfadada por su presencia que antes.
—No —musitó Clarke—, solo es que estoy molesta. ¿Por fin nos libramos de Sadeas y resulta que lo reemplaza eso de ahí? —Negó con la cabeza—. De joven, lo admiraba. Empecé a sospechar a medida que me hacía mayor, pero supongo que una parte de mí seguía queriendo que Amaram fuese tal y como lo describían todos. Un hombre que estaba por encima de la mezquindad y la política. Un auténtico soldado.
Lexa no estaba segura de lo que opinaba sobre la idea de que un «auténtico soldado» fuera alguien a quien no le importaba la política. ¿El motivo de lo que hacía un hombre no debería ser importante para él?
Los soldados no hablaban así. Había algún ideal que ella no acababa de comprender del todo, una especie de culto a la obediencia, de preocuparse solo por el campo de batalla y los desafíos que presentaba. Llegaron al ascensor y Clarke sacó una gema libre, un pequeño diamante que no estaba rodeado por una esfera, para colocarlo en una ranura que había junto a la barandilla. La luz tormentosa empezó a manar de la gema y la terraza se sacudió e inició poco a poco el descenso. Retirar la gema indicaba al ascensor que se detuviera en la siguiente planta. Una sencilla palanca que podía moverse a un lado o al otro determinaba si el fabrial debía ascender o descender. Dejaron arriba el anillo superior y Clarke se situó junto a la barandilla, mirando hacia el hueco central con la ventana que ocupaba todo un lado. Empezaban a llamarlo el atrio, aunque era un atrio que abarcaba decenas y decenas de pisos.
—A Raven no va a hacerle ninguna gracia —dijo Clarke—. ¿Amaram, un alto príncipe? Las dos estuvimos semanas enteras encerrados por lo que hizo ese hombre.
—Creo que Amaram mató a mi hermano.
Clarke se volvió de sopetón para mirarla.
—¿Cómo dices?
—Amaram tiene una hoja esquirlada —explicó Lexa—. Antes la había visto en manos de mi hermano, Helaran. Era mayor que yo, y se marchó de Jah Keved hace años. Por lo que he podido deducir, él y Amaram lucharon en algún momento, y Amaram lo mató y se quedó la hoja.
—Lexa, esa hoja… Sabes de dónde la sacó Amaram, ¿verdad?
—¿Del campo de batalla?
—De Raven. —Clarke se llevó una mano a la cabeza—. La muchacha del puente decía que había salvado la vida de Amaram matando a un portador de esquirlada. Luego Amaram mató a la escuadra de Raven y se quedó las esquirlas para él. Viene a ser el motivo de que esos dos se odien.
A Lexa se le hizo un nudo en la garganta.
—Ah.
«Apártalo. No pienses en ello.»
—Lexa —dijo Clarke, dando un paso hacia ella—. ¿Por qué intentaría tu hermano matar a Amaram? ¿Quizá sabía que el alto señor era un corrupto? ¡Tormentas! Raven no sabía nada de eso. Pobre muchacha del puente. Estaríamos todos mejor si hubiera dejado morir a Amaram y punto.
«No lo afrontes. No pienses en ello.»
—Sí —dijo Lexa—. Caramba.
—Pero ¿cómo lo sabía tu hermano? —preguntó Clarke, caminando por la terraza—. ¿Te dijo alguna cosa?
—No hablábamos mucho —dijo Lexa, entumecida—. Se marchó cuando yo era pequeña. No lo conocía muy bien.
Habría dicho cualquier cosa con tal de dejar el tema, ya que todavía era algo que podía apartar al fondo de su cerebro. No quería pensar en Raven y Helaran…
Fue un descenso largo y silencioso hasta los niveles inferiores de la torre. Clarke quería visitar de nuevo al caballo de su padre, pero a Lexa no le apetecía quedarse quieta oliendo mierda de caballo. Bajó en el segundo nivel para dirigirse a sus aposentos. Secretos. «Hay cosas más importantes en este mundo —había dicho Helaran a su padre—. Más importantes incluso que tú y tus crímenes.»
Dante sabía algo sobre aquello. Estaba reservándose los secretos sin revelárselos como si fueran caramelos destinados a provocar la obediencia en un niño. Pero lo único que ella quería era investigar las rarezas de Urithiru. Eso era bueno, ¿verdad? Lo habría hecho de todos modos.
Lexa vagó por los pasillos, siguiendo un camino en el que los trabajadores de Sebarial habían colocado lámparas de esferas en unos ganchos de las paredes. Estaban cerradas y contenían solo las esferas de diamante más baratas, por lo que no deberían merecer el esfuerzo de forzarlas, pero la luz que daban también era más bien tenue. Debería haberse quedado arriba: su ausencia habría destruido la ilusión del mapa. Se sintió mal por ello. ¿Existiría alguna forma de poder dejar atrás sus ilusiones? Necesitaban luz tormentosa para mantenerse.
De todos modos, Lexa había necesitado marcharse de la reunión. Los secretos que ocultaba aquella ciudad eran demasiado cautivadores para pasarlos por alto. Se detuvo en el pasillo y sacó su cuaderno de bocetos, pasó las páginas y miró los rostros de los muertos. Al pasar distraída una página, llegó a un boceto que no recordaba haber hecho. Era una serie de líneas retorcidas, enloquecedoras, garabateadas sin conexión entre ellas.
Tuvo un escalofrío.
—¿Cuándo he dibujado esto?
Patrón ascendió por el vestido y se quedó bajo su cuello. Empezó a canturrear con un sonido desagradable.
—No lo recuerdo.
Lexa pasó a la siguiente página. Allí había dibujado una multitud de líneas apresuradas que emanaban de un punto central, confusas y caóticas, que acababan transformándose en cabezas de caballos con la carne arrancada, los ojos desorbitados y las bocas equinas chillando. Era grotesco, nauseabundo.
«Oh, Padre Tormenta.»
Le temblaron los dedos mientras pasaba la página. La había manchado toda de negro, con movimientos circulares que caían en espiral hacia el centro. Un vacío profundo, un pasillo infinito con algo terrible e incognoscible al final.
Cerró el cuaderno de golpe.
—¿Qué me está pasando?
Patrón zumbó, confundido.
—¿Quieres que… huyamos?
—¿Dónde?
—Lejos. Fuera de este sitio. Mmmm.
—No.
Tiritó, aterrorizada en parte, pero no podía abandonar aquellos secretos. Debía tenerlos, asirlos, hacerlos suyos. Se volvió de golpe en el pasillo y se alejó de su habitación. Al cabo de poco tiempo, entró con paso firme en el cuartel donde Sebarial alojaba a sus soldados. Había muchos espacios como ese en la torre, inmensas redes de habitaciones con literas talladas en las paredes. No cabía duda de que Urithiru había sido una base militar, como evidenciaba su capacidad de albergar con eficiencia a decenas de miles de soldados, y eso solo en los niveles inferiores. En la sala común del cuartel, los hombres pasaban el rato con las casacas desabrochadas, jugando a cartas o a cuchillos. El paso de Lexa provocó un revuelo de hombres que se quedaban boquiabiertos, se levantaban de un salto y dudaban entre abotonarse las casacas o hacer el saludo militar. Los «Radiante» susurrados la persiguieron mientras salía a un pasillo con muchas habitaciones, donde se alojaban los pelotones individuales. Contó los huecos de puertas marcados con arcaicos números alezi grabados en la piedra hasta llegar a uno concreto, por el que entró. Irrumpió en el dormitorio de Vathah y su equipo, que estaban sentados jugando a cartas, iluminados por unas pocas esferas. El pobre Monty, sentado sobre el orinal en el retrete del rincón, dio un gañido y cerró la tela que lo separaba de la habitación. «Supongo que tendría que haberme esperado algo así», pensó Lexa, que disimuló su sonrojo absorbiendo una bocanada de luz tormentosa.
Se cruzó de brazos y contempló a los demás mientras estos, perezosamente, se levantaban y saludaban. Quedaban solo doce hombres. Algunos habían encontrado otros trabajos. Otros pocos habían muerto en la batalla de Narak. De algún modo, había esperado que terminaran marchándose todos, aunque fuese solo para no tener que plantearse qué hacer con ellos. Pero había comprendido que Clarke tenía razón, que esa era una actitud espantosa. Aquellos hombres eran un recurso y, teniéndolo todo en cuenta, habían demostrado una notable lealtad.
—He sido una patrona horrible —les dijo Lexa.
—Yo no diría tanto, brillante —dijo Rojo. Lexa aún no sabía de dónde había salido el mote del hombre alto y barbudo—. La paga llega a tiempo y no has hecho que maten a demasiados de nosotros.
—A mí me mataron —dijo Shob desde su catre, y saludó sin levantarse.
—Cierra la boca, Shob —le espetó Vathah—. No estás muerto.
—Esta vez sí me muero, sargento. Estoy seguro.
—A ver si así al menos te callas —dijo Vathah—. Brillante, estoy de acuerdo con Rojo. Te has portado bien con nosotros.
—Bueno, pues se acabó el recreo —dijo Lexa—. Tengo trabajo para vosotros.
Vathah se encogió de hombros, pero algunos de los demás pusieron cara de decepción. Quizá Clarke tuviera razón, quizá en el fondo los hombres como ellos necesitaran algo que hacer. Pero jamás lo reconocerían.
—Me temo que puede ser peligroso —dijo Lexa. Sonrió—. Y estoy casi segura de que tendréis que emborracharos un poco.
