28. OTRA OPCIÓN

Por último, confesaré mi humanidad. Se me ha llamado monstruo, y no niego que lo sea. Soy el monstruo en el que temo que todos podemos convertirnos.

De Juramentada, prólogo

«La decisión está tomada —leyó Teshav—. Sellaremos esta Puerta Jurada hasta que podamos destruirla. Somos conscientes de que no es el camino que deseabas que tomáramos, Bellamy Griffin. El Supremo de Azir te guarda aprecio y desea el mutuo beneficio que nos reportarán los acuerdos comerciales y los nuevos tratados entre nuestras naciones.

»Un portal mágico en el mismo centro de nuestra ciudad, sin embargo, supone un peligro demasiado grave. No daremos consideración a ninguna futura solicitud de abrirlo, y sugerimos que aceptes nuestra voluntad soberana. Que tengas buenos días, Bellamy Griffin. Que Yaezir te bendiga y te guíe.»

Bellamy se dio un puñetazo en la palma abierta, de pie en la pequeña cámara de piedra. Teshav y su pupila ocupaban el estrado de escritura y el asiento de al lado, y Echo había estado paseando enfrente de Bellamy. El rey Gustus estaba sentado en una silla junto a la pared, encorvado y con las manos agarradas, escuchando con semblante preocupado.

Fin de la historia, pues. Azir estaba descartado.

Echo le tocó el brazo.

—Lo siento.

—Aún queda Thaylenah —dijo Bellamy—. Teshav, averigua si la reina Fen querrá hablar conmigo hoy.

—Sí, brillante señor.

Gustus le había proporcionado Jah Keved y Kharbranth, y Nueva Natanan estaba dándole respuestas positivas. Con Thaylenah, Bellamy al menos podría forjar una coalición vorin unificada de todos los estados orientales. Con el tiempo, tal vez ese modelo convenciera a las naciones del oeste de unirse a ellos.

Si es que para entonces quedaba alguien.

Bellamy empezó a caminar de nuevo mientras Teshav establecía contacto con Thaylenah. Prefería las salas pequeñas como aquella: las grandes le recordaban lo enorme que era Urithiru. En una sala pequeña como esa, podía fingir que estaba en un cómodo refugio, en algún otro sitio. Por supuesto, incluso en una cámara pequeña había recordatorios de que Urithiru no era normal. Los estratos de las paredes, como pliegues de abanico. O los agujeros que solía haber en las habitaciones, donde la pared se unía al techo. El de aquella sala no hacía más que recordarle el informe de Lexa. ¿Había algo allí dentro, observándolos? ¿Era posible que un spren de verdad estuviera asesinando a gente en la torre?

Casi era suficiente para decidirlo a retirarse del lugar. Pero entonces, ¿dónde irían? ¿Abandonarían las Puertas Juradas? De momento, había cuadruplicado las patrullas y enviado a las investigadoras de Echo a buscar una posible explicación. Por lo menos, hasta que se le ocurriera alguna forma de solucionarlo.

Mientras Teshav escribía a la reina Fen, Bellamy fue hasta la pared, repentinamente molesto por aquel agujero. Estaba justo al lado del techo, demasiado alto para llegar a él aunque se aupara a una silla. De modo que absorbió luz tormentosa. Los hombres del puente habían hablado de usar piedras para escalar paredes, así que Bellamy cogió una silla de madera y le pintó el respaldo con luz brillante, usando la palma de su mano izquierda. Cuando apretó el respaldo de la silla contra la pared, se quedó adherido. Bellamy gruñó y subió con reparos al asiento de la silla, que había quedado más o menos a la altura de una mesa.

—¿Bellamy? —preguntó Echo.

—Es por aprovechar el tiempo —dijo él, equilibrado con cuidado en la silla. Saltó, se agarró al borde del agujero y se izó para mirar en su interior.

Tenía un metro de ancho y unos treinta centímetros de alto. Parecía no tener fondo, y notó un vientecillo que salía de él.

¿Estaba oyendo… algo que raspaba? Al momento, un visón salió al túnel principal desde una encrucijada sombría, con una rata muerta en las fauces. El animalito alargado meneó el hocico hacia él y luego se marchó con su tesoro.

—El aire circula por esos agujeros —dijo Echo mientras Bellamy bajaba de un salto—. El método nos tiene desconcertados. Quizá sea algún fabrial que todavía no hemos descubierto.

Bellamy miró de nuevo hacia el agujero. Había kilómetros y kilómetros de túneles incluso más pequeños enhebrados entre las paredes y los techos de un sistema que, de por sí, ya era abrumador. Y escondida en algún lugar de ellos estaba la cosa que había dibujado Lexa…

—¡Ha respondido, brillante señor! —lo llamó Teshav.

—Excelente —dijo Bellamy—. Majestad, se nos termina el tiempo. Querría…

—Aún escribe —lo interrumpió Teshav—. Perdón, brillante señor. Dice… hum…

—Léemelo, Teshav —dijo Bellamy—. A estas alturas, ya estoy acostumbrado a Fen.

—«Condenación, hombre. ¿Es que no piensas dejarme nunca en paz? Llevo semanas sin dormir una noche del tirón. La tormenta eterna ha caído ya dos veces sobre nosotros, y a duras penas estamos evitando que esta ciudad quede hecha trizas.»

—Lo comprendo, majestad —dijo Bellamy—. Y ardo en deseos de enviarte la ayuda que prometí. Por favor, lleguemos a un pacto. Has evitado mis peticiones bastante tiempo.

Cerca de él, la silla por fin se separó de la pared y cayó al suelo con estrépito. Bellamy se preparó para otro asalto de combate verbal, de medias promesas y sentidos ocultos. Fen se estaba poniendo cada vez más formal en sus conversaciones. La vinculacaña escribió, pero se detuvo casi de inmediato. Teshav miró a Bellamy con el rostro ceniciento.

—«No» —leyó.

—Majestad —insistió Bellamy—, ¡no es momento de actuar solos! Por favor, te lo ruego. ¡Escúchame!

—«Deberías saber ya —llegó la respuesta— que esa coalición tuya nunca va a existir. Griffin… me dejas perpleja, de verdad. Tu lengua iluminada en granate y tus palabras agradables dan la impresión de que das por hecho que esto puede funcionar.

»Es imposible que no lo entiendas. Una reina tendría que ser muy tonta o estar muy desesperada para permitir que un ejército alezi se plantara en el mismo centro de su ciudad. He sido lo primero algunas veces, y tal vez esté acercándome a lo segundo, pero… tormentas, Griffin. Que no. No seré yo quien permita que Thaylenah por fin caiga ante los tuyos. Y en el improbable caso de que estés siendo sincero, lo siento.»

El mensaje tenía un aire conclusivo. Bellamy se acercó a Teshav y miró los inescrutables garabatos en el papel que, de algún modo, componían la escritura femenina.

—¿Se te ocurre algo? —preguntó a Echo, que suspiró y se dejó en una silla al lado de Teshav.

—No. Fen es tozuda, Bellamy.

Bellamy miró a Gustus. Incluso él había dado por sentado que el propósito de Bellamy era la conquista. ¿Y quién no lo haría, teniendo en cuenta su pasado?

«A lo mejor la cosa cambiaría si pudiera hablar con ellos en persona», pensó. Pero sin las Puertas Juradas, hacerlo era prácticamente imposible.

—Agradécele su tiempo —dijo Bellamy—, y dile que mi oferta sigue sobre la mesa.

Teshav empezó a escribir y Echo miró a Bellamy, habiendo reparado, al contrario que la escriba, en la tensión de su voz.

—Estoy bien —mintió él—. Solo necesito tiempo para pensar.

Se marchó de la sala antes de que ella pudiera objetar, y los guardias que esperaban fuera se pusieron a su paso tras él. Quería un poco de aire fresco; un cielo abierto siempre le resultaba tentador. Pero sus pies no lo llevaron en esa dirección. En vez de eso, se descubrió vagando por los pasillos. Y ahora, ¿qué?

Como de costumbre, la gente no le hacía caso a menos que empuñara una espada. Tormentas, casi parecía que quisieran verlo llegar repartiendo estocadas. Deambuló por los pasillos más de una hora, sin llegar a ninguna parte. Al final, Lyn la mensajera lo encontró. Llegó jadeando y le dijo que el Puente Cuatro lo necesitaba, pero no le habían explicado por qué. Bellamy la siguió, sin dejar de dar vueltas al boceto de Lexa.

¿Habrían encontrado alguna otra víctima de asesinato? Lyn estaba llevándolo a la zona donde habían matado a Sadeas.

El presentimiento ganó fuerza. Lyn lo guio hasta una terraza donde los esperaban los hombres del puente Jackson y Jasper.

—¿Quién ha sido esta vez? —preguntó al llegar.

—¿Quién…? —Jackson frunció el ceño—. ¡Ah! No, no es eso, señor. Es otra cosa. Por aquí.

Jackson abrió el paso por unos peldaños hasta el amplio campo que había fuera del primer nivel de la torre, donde otros tres hombres del puente los esperaban cerca de unas hileras de macetas de piedra, quizá pensadas para cultivar tubérculos.

—La hemos encontrado por casualidad —dijo Jackson mientras caminaban entre las macetas. El robusto hombre del puente tenía un temperamento jovial y hablaba con Bellamy, un alto príncipe, con el mismo desparpajo que si fuese un amigo en una taberna—. Estábamos patrullando como ordenaste, buscando cualquier cosa rara. Y… bueno, Jasper ha visto una cosa rara. —Señaló hacia la pared—. ¿Ves esa línea?

Bellamy entornó los ojos y distinguió un surco tallado en la pared de piedra. ¿Qué podría rajar la piedra de ese modo? Casi parecía…

Bajó la mirada a las macetas que tenía más cerca. Y allí, oculta entre dos de ellas, sobresalía una empuñadura del suelo de piedra.

Una hoja esquirlada.

Era difícil verla, ya que la hoja se había hundido del todo en la roca. Bellamy se arrodilló a su lado, sacó un pañuelo del bolsillo y lo usó para asir el puño. Aunque no estaba tocando la hoja con su piel, oyó un lamento muy lejano, como un chillido al fondo de la garganta de alguien. Hizo acopio de valor, arrancó la hoja y la dejó cruzada sobre la maceta vacía. La hoja plateada se curvaba en la punta, casi como un anzuelo. El arma era incluso más ancha que la mayoría de las hojas esquirladas, y en el tercio de fuerza tenía unas ondas serradas. Conocía aquella espada, la conocía muy bien. La había blandido durante décadas, desde que la ganara en la Grieta hacía tantísimos años.

Juramentada.

Volvió a mirar arriba.

—El asesino debió de tirarla por esa ventana. Marcó la piedra al caer y se clavó aquí.

—Eso habíamos pensado, brillante señor —dijo Jasper.

Bellamy miró de nuevo la espada. Su espada.

«No. No es mía en absoluto.»

Asió el arma, preparándose para los chillidos, los gritos de un spren muerto. Pero no llegaron los estridentes aullidos de dolor que había oído al tocar otras hojas esquirladas, sino más bien un gemido. El sonido de un hombre arrinconado, apaleado y afrontando algo terrible, pero demasiado exhausto para seguir chillando. Bellamy se armó de valor y se echó el familiar peso de la hoja al hombro. Anduvo hacia una entrada distinta de la ciudad-torre, seguido de sus guardias, la exploradora y los cinco hombres del puente.

Prometiste no llevar ninguna hoja muerta, atronó el Padre Tormenta en su cabeza.

—No te preocupes —susurró Bellamy—. No voy a vincularla.

El Padre Tormenta rugió, grave y peligroso.

—Esta no chilla tanto como las otras. ¿Por qué?

Recuerda tu juramento, respondió el Padre Tormenta. Recuerda el día en que la ganaste, y recuerda mejor el día en que renunciaste a ella. Te odia, pero menos de lo que odia a otros.

Bellamy pasó al lado de un grupo de granjeros de Wick que habían intentado, sin éxito, plantar unos pólipos de lavis. Atrajo no pocas miradas: incluso en una torre poblada por soldados, altos príncipes y Radiantes, no era normal que pasara alguien llevando una hoja esquirlada a la vista.

—¿Podría rescatarse? —susurró Bellamy mientras entraban en la torre y subían una escalera—. ¿Podríamos salvar al spren que hizo esta hoja?

No conozco ninguna forma, dijo el Padre Tormenta. Está muerto, igual que el hombre que rompió su juramento para matarla.

Volvían a los Radiantes Perdidos y la Traición, el fatídico día en que los caballeros habían roto sus juramentos, habían abandonado sus esquirlas y se habían marchado. Bellamy la había presenciado en una visión, aunque seguía sin tener ni idea de qué la había provocado.

¿Por qué? ¿Qué los llevó a un acto tan drástico?

Acabó llegando al sector de Sadeas en la torre, y aunque el acceso estaba controlado por guardias uniformados en verde bosque y blanco, no podían negar el paso a un alto príncipe… y mucho menos a Bellamy. Enviaron corredores por delante para avisar. Bellamy vio hacia dónde corrían para comprobar que iba en la dirección correcta. Y en efecto, parecía que Ialai estaba en sus aposentos. Se detuvo ante la lujosa puerta de madera e hizo a Ialai la cortesía de llamar antes de entrar. Uno de los corredores que lo habían guiado hasta allí abrió la puerta, todavía resollando. La brillante Sadeas estaba sentada en un trono montado en el centro de la sala. Amaram estaba de pie a su lado.

—Bellamy —dijo Ialai, haciéndole con la cabeza el gesto de una reina a un súbdito.

Bellamy se levantó la hoja esquirlada del hombro y la dejó con cuidado en el suelo. No quedó tan teatral como apuñalar la piedra pero, desde que oía los chillidos del arma, le parecía adecuado tratarla con reverencia.

Se volvió para marcharse.

—¿Brillante señor? —dijo Ialai, levantándose—. ¿A cambio de qué es esto?

—A cambio de nada —dijo Bellamy, volviéndose de nuevo hacia ella—. Esto te pertenece por derecho. La han encontrado hoy mis guardias. El asesino la arrojó por una ventana.

Ialai lo miró entornando los ojos.

—No lo maté yo, Ialai —dijo Bellamy en tono cansado.

—Ya me doy cuenta. No te quedan redaños para hacer algo así.

Bellamy ignoró la pulla y miró a Amaram. El hombre alto y distinguido le sostuvo la mirada.

—Algún día te veré juzgado, Amaram —dijo—. Cuando esto termine.

—Como dije que podrías hacer.

—Ojalá pudiera confiar en tu palabra.

—Me reafirmo en lo que me vi obligado a hacer, brillante señor —dijo Amaram, acercándose—. La llegada de los Portadores del Vacío solo prueba que estaba en lo cierto. Necesitamos portadores de esquirlada entrenados. Las historias de ojos oscuros ganando hojas son encantadoras, pero ¿de verdad crees que nos queda tiempo que perder en cuentos para críos y no en la realidad práctica?

—Asesinaste a hombres indefensos —dijo Bellamy entre dientes—. A hombres que te habían salvado la vida.

Amaram se acuclilló y alzó a Juramentada.

—¿Y qué hay de los cientos, incluso miles, que mataron tus guerras?

Trabaron las miradas.

—Te tengo un gran respeto, brillante señor —continuó Amaram—. Has tenido una vida de grandes logros, y la has dedicado al bien de Alezkar. Sin embargo, y tómate esto con el mismo respeto con que lo digo, eres un hipócrita.

»Estás donde estás gracias a una brutal determinación por hacer lo que debía hacerse. Es solo por esa ristra de cadáveres que puedes permitirte el lujo de comportarte según un código altivo y nebuloso. En fin, quizá te haga aceptar mejor tu pasado, pero la moralidad no es algo que puedas quitarte para ponerte en su lugar el yelmo de la batalla, y luego vestirla de nuevo cuando la matanza ha concluido.

Hizo una inclinación respetuosa, como si no acabara de clavar una espada en las entrañas de Bellamy. Bellamy dio media vuelta y dejó a Amaram sosteniendo a Juramentada. Sus pisadas en los pasillos fueron tan veloces que su séquito tuvo que correr para no perderlo. Por fin llegó a sus habitaciones.

—Dejadme —dijo a los guardias y los hombres del puente.

Estos vacilaron, los muy tormentosos. Bellamy se volvió dispuesto a levantar la voz, pero se tranquilizó.

—No voy a perderme solo por la torre. Obedeceré mis propias leyes. Marchaos.

Se retiraron a regañadientes, dejando desprotegida su puerta. Bellamy entró a la sala común exterior, donde había ordenado que llevaran la mayoría de los muebles. El fabrial calefactor de Echo brillaba en una esquina, cerca de una pequeña alfombra y un par de butacas. Por fin tenían la suficiente luz tormentosa para alimentarlo. Atraído por la calidez, Bellamy fue hacia el fabrial. Se sorprendió al encontrar a Gustus sentado en una butaca, contemplando las profundidades del refulgente rubí que irradiaba calor a la estancia. Bueno, era cierto que Bellamy había invitado al rey a usar su sala común siempre que quisiera. Bellamy solo quería estar a solas, y hasta se planteó marcharse. No estaba seguro de que Gustus hubiera reparado en su presencia. Pero el calor era tan agradable… Había pocos fuegos en la torre, e incluso con las paredes bloqueando el viento, siempre estaba helada. Se sentó en la otra butaca y dejó salir un largo suspiro. Gustus no le dirigió la palabra, cosa que Bellamy agradeció. Se quedaron sentados juntos frente a aquel no-fuego, mirando en lo más profundo de la gema.

«Tormentas, menudo fracaso el de hoy.» No habría coalición. Ni siquiera podía mantener unidos a los altos príncipes alezi.

—No es del todo como sentarse ante un hogar, ¿verdad que no? —dijo por fin Gustus, con voz suave.

—No —convino Bellamy—. Echo de menos los chasquidos de los troncos y el baile de los llamaspren.

—Pero tiene su propio encanto. Sutil. Puede verse la luz tormentosa moviéndose dentro.

—Nuestra propia tormentita —dijo Bellamy—. Capturada, contenida y canalizada.

Gustus sonrió y la luz tormentosa del rubí le iluminó la mirada.

—Bellamy Griffin, ¿te molesta que te pregunte una cosa? ¿Cómo sabes lo que es correcto?

—Una pregunta de altos vuelos, majestad.

—Por favor, basta con Gustus.

Bellamy asintió.

—Has renegado del Todopoderoso —dijo Gustus.

—No es…

—No, no. No estoy acusándote de herejía. Me trae sin cuidado, Bellamy. Yo mismo he cuestionado la existencia de una deidad.

—Creo que debe de haber un dios —afirmó Bellamy en voz baja—. Mi mente y mi alma se rebelan contra la alternativa.

—Como reyes, ¿no es nuestro deber hacernos preguntas que avergonzarían las mentes y las almas de otros?

—Quizá —dijo Bellamy. Observó a Gustus. El rey parecía muy pensativo.

«Sí, aún queda algo del viejo Gustus en él —pensó—. Nos hemos precipitado al juzgarlo. Tal vez sea lento, pero eso no significa que no piense.»

—He sentido el calor que llegaba de un lugar más allá —dijo Bellamy—. Una luz que casi puedo ver. Si existe un Dios, no era el Todopoderoso, aquel que se hacía llamar Honor. Él era una criatura. Poderoso, pero aun así no más que una criatura.

—Entonces, ¿cómo sabes lo que es correcto? ¿Qué es lo que te guía?

Bellamy se inclinó hacia delante. Le pareció vislumbrar algo mayor dentro de la luz del rubí. Algo que se movía como un pez en un cuenco.

El calor siguió bañándolo. La luz.

—«En mi sexagésimo día —susurró Bellamy—, pasé por un pueblo cuyo nombre no mencionaré. A pesar de que seguía en las tierras que me habían coronado rey, estaba lo bastante lejos de mi hogar para pasar desapercibido. Ni siquiera los hombres que me veían el rostro a diario, en la forma de mi sello grabado en sus cartas de autoridad, habrían reconocido a aquel humilde viajero como su rey.»

Gustus lo miró, confundido.

—Es una cita de un libro —explicó Bellamy—. Hace mucho tiempo, un rey se marchó de viaje. Su destino era esta misma ciudad, Urithiru.

—Ah —dijo Gustus—. El camino de los reyes, ¿verdad? Adrotagia ha mencionado ese libro.

—Sí —dijo Bellamy—. «En ese pueblo, encontré a hombres atormentados. Había habido un asesinato. Un porquero, cuyo cometido era proteger los animales de su señor, había sido atacado. Solo vivió el tiempo suficiente para susurrar que tres de los otros porqueros se habían juntado para cometer el delito.

»"Llegué mientras se alzaban las dudas y se interrogaba a los hombres. Porque había otros cuatro porqueros empleados por el señor. Tres de ellos habían sido responsables del ataque, y sin duda habrían escapado a las sospechas de haber completado su lúgubre cometido. Los cuatro afirmaron a voz en grito ser el que no había formado parte de la camarilla. Por mucho que se los interrogó, no se

pudo discernir la verdad."

Bellamy se quedó callado.

—¿Y qué pasó? —preguntó Gustus.

—Al principio no lo dice —respondió Bellamy—. Saca el tema varias veces más a lo largo del libro. Tres de esos hombres eran peligrosos y violentos, culpables de asesinato premeditado. Uno era inocente. ¿Qué puede hacerse?

—Ahorcar a los cuatro —susurró Gustus.

Bellamy, sorprendido por la crueldad del otro hombre, se volvió. Pero Gustus tenía un aspecto triste, no cruel.

—El señor debe impedir futuros asesinatos —dijo Gustus—. Dudo mucho que ocurriera de verdad eso que narra el libro. Es una parábola demasiado limpia, demasiado simple. Nuestras vidas son mucho más enrevesadas. Pero suponiendo que la historia ocurriera tal y como se cuenta y que no hubiera forma en absoluto de determinar quién era el culpable… habría que colgar a los cuatro, ¿verdad?

—¿Y qué hay del hombre inocente?

—Un inocente muerto, pero tres asesinos detenidos. ¿Acaso no es el mayor bien que puede hacerse, la mejor forma de proteger a tu pueblo? —Gustus se rascó la frente—. ¡Padre Tormenta! Sueno como un demente, ¿a que sí? Pero ¿acaso no es demencial estar obligado a tomar tales decisiones? Es difícil responder a preguntas como esta sin revelar la propia hipocresía.

«Hipócrita», oyó Bellamy que Amaram lo acusaba en su mente.

Gavilar y él no se habían valido de bonitas excusas cuando fueron a la guerra. Habían hecho lo que hacían los hombres: conquistar. Solo después había empezado Gavilar a buscar justificación a los actos de los dos.

—¿Y por qué no soltarlos a todos? —preguntó Bellamy—. Si no puedes demostrar quién es culpable, si no puedes saberlo seguro, creo que deberías dejarlos marchar.

—Ya veo… Un inocente entre cuatro hombres es demasiado para ti. Eso también tiene sentido.

—No, un inocente siempre es demasiado.

—Eso es lo que dices —repuso Gustus—. Lo dice mucha gente, pero nuestras leyes siguen cobrándose la vida de inocentes, pues los jueces son imperfectos, al igual que nuestro conocimiento. Tarde o temprano, sin remedio, vas a ejecutar a alguien que no lo merezca. Es el peso con que debe cargar la sociedad a cambio del orden.

—Me parece repugnante —dijo Bellamy en voz baja.

—Sí, a mí también. Pero no es cuestión de moral, ¿verdad? Es cuestión de umbrales. ¿A cuántos culpables se puede dar castigo para aceptar una baja inocente? ¿Mil, diez mil, cien mil? Si lo piensas bien, todos los cálculos son fútiles salvo uno: ¿se ha hecho más bien que mal? En caso afirmativo, la ley ha cumplido su función. Y por lo tanto… debería ahorcar a los cuatro hombres. —Calló un momento—. Y luego sollozaría todas las noches por haberlo hecho.

Condenación. Bellamy tuvo que volver a matizar su opinión de Gustus. El rey no alzaba la voz, pero tampoco era lento. Era un hombre que prefería devanarse los sesos durante mucho tiempo antes de comprometerse.

—Al final, Nohadon escribe que el señor optó por una solución intermedia. Los encarceló a los cuatro. Aunque la pena debería haber sido de muerte, mezcló la culpabilidad y la inocencia y determinó que el promedio de culpa de los cuatro merecía solo la prisión.

—No estaba dispuesto a comprometerse —dijo Gustus—. No buscaba la justicia, sino calmar su propia conciencia.

—Lo que hizo era, de todos modos, otra opción.

—¿Dice tu rey en algún momento lo que habría hecho él? —preguntó Gustus—. El autor del libro, digo.

—Dice que el único camino es dejar que te guíe el Todopoderoso, y que cada caso se juzgue de forma distinta, según sus circunstancias.

—Así que tampoco él estaba dispuesto a comprometerse —dijo Gustus—. Habría esperado más de él.

—El libro era sobre su viaje —repuso Bellamy—, y sobre sus preguntas. Creo que esta es una de las que nunca llegó a responder del todo. Ojalá lo hubiera hecho.

Se quedaron sentados al no-fuego un rato más antes de que Gustus se levantara y apoyara una mano en el hombro de Bellamy.

—Lo comprendo —dijo suavemente, y se marchó.

Era un buen hombre, dijo el Padre Tormenta.

—¿Nohadon? —preguntó Bellamy.

.

Agarrotado, Bellamy se levantó de su asiento y cruzó sus habitaciones. No se detuvo en el dormitorio, aunque empezaba a hacerse tarde, sino que salió a la terraza. Para mirar por encima de las nubes.

Gustus se equivoca, dijo el Padre Tormenta. No eres un hipócrita, Hijo de Honor.

—Sí que lo soy —respondió Bellamy en voz baja—. Pero a veces un hipócrita no es más que una persona en proceso de cambio.

El Padre Tormenta atronó. No le gustaba la idea del cambio.

«¿Guerreo contra los otros reinos y quizá salve el mundo? —se preguntó Bellamy—. ¿O me quedo aquí plantado fingiendo que puedo hacer todo esto yo solo?»

—¿Tienes más visiones de Nohadon? —preguntó Bellamy al Padre Tormenta, esperanzado.

Te he mostrado todo lo que se creó para que lo vieras, dijo el Padre Tormenta. No puedo mostrarte más.

—En ese caso, me gustaría volver a ver la visión en la que conozco a Nohadon —pidió Bellamy—. Pero deja que vaya a buscar a Echo antes de empezar. Quiero que registre lo que digo.

¿Preferirías que le mostrara la visión a ella también?, preguntó el Padre Tormenta.

Bellamy se quedó petrificado.

—¿Puedes mostrar la visión a otros?

Se me concedió esta prerrogativa: escoger a aquellos a quienes mejor sirvieran las visiones. Hizo una pausa y al cabo siguió, casi a regañadientes. Escoger a un Forjador de Vínculos. No, tampoco le gustaba la idea de estar vinculado, pero estaba entre lo que le habían ordenado hacer. Bellamy apenas prestó atención a esa idea. Había otra mucho más acuciante: el Padre Tormenta podía mostrar las visiones a otros.

—¿A cualquiera? —preguntó Bellamy—. ¿Se las puedes enseñar a cualquiera?

Durante una tormenta, puedo dirigirme a todo el que escoja, dijo el Padre Tormenta. Pero no es necesario estar en una tormenta para unirse a una visión en la que he situado a otra persona, aunque se esté lejos.

¡Tormentas! Bellamy soltó una carcajada.

¿Qué he hecho?, preguntó el Padre Tormenta.

—¡Acabas de resolver mi problema!

¿El problema de El camino de los reyes?

—No, el problema más grande. Llevo tiempo deseando que hubiera una forma de reunirme en persona con los demás monarcas. —Bellamy sonrió—. Creo que en la próxima alta tormenta, la reina Fen de Thaylenah va a tener una experiencia difícil de olvidar.