29. NO HAY VUELTA ATRÁS

De modo que sentaos. Leed, o escuchad, a alguien que ha cruzado entre reinos.

De Juramentada, prólogo

Velo merodeaba por el mercado del Apartado, con el sombrero calado y las manos en los bolsillos. Nadie más parecía capaz de oír a la bestia que ella oía. Los envíos periódicos de material a través de Jah Keved, por medio del rey Gustus, habían revitalizado el mercado. Por suerte, con una tercera Radiante capaz de operar la Puerta Jurada, se requería menos del tiempo de Lexa. Las esferas que brillaban de nuevo, y las varias altas tormentas que sugerían que no volvería a escasear la luz tormentosa, habían animado a todo el mundo. Había emoción en el ambiente y los negocios florecían. La bebida fluía generosa de toneles engalanados con el sello real de Jah Keved. Y sin embargo, acechando entre todo ello, había un depredador al que solo Velo podía oír. Escuchaba a aquella cosa en el silencio entre las risas. Era el sonido de un túnel que se extendía hacia la oscuridad. La sensación en la nuca de un aliento en una habitación oscura.

¿Cómo podían reír mientras ese vacío los vigilaba?

Habían sido cuatro días frustrantes. Bellamy había incrementado las patrullas hasta niveles casi ridículos, pero sus soldados no buscaban como debían. Eran demasiado visibles, demasiado entrometidos. Velo había encargado una vigilancia más centrada en el mercado. De momento, no habían hallado nada. Su equipo estaba cansado, como también lo estaba Lexa, que se resentía de las largas noches siendo Velo. Por suerte, tampoco era que Lexa estuviera haciendo nada demasiado valioso en los últimos tiempos. Practicaba la esgrima con Clarke todos los días, aunque jugueteaban y flirteaban más que entrenaban, y de vez en cuando acudía a una reunión con Bellamy en la que no aportaba nada más que un mapa bonito. En cambio, Velo… Velo cazaba al cazador. Bellamy se comportaba como un soldado: aumento de patrullas, normas estrictas. Había pedido a sus escribas que buscaran pruebas de spren atacando a gente en los registros históricos.

Necesitaba algo más que explicaciones vagas e ideas abstractas… pero en ellas estaba la misma esencia del arte. Si algo podía explicarse a la perfección, ¿qué necesidad había entonces del arte? Era la diferencia entre una mesa y una hermosa talla de madera. La mesa podía explicarse: su propósito, su forma, su naturaleza. La talla había que experimentarla, sin más. Se agachó para entrar en la tienda de una taberna. ¿Parecía más ajetreada que en noches anteriores? Sí. Las patrullas de Bellamy ponían nerviosa a la gente. Todo el mundo estaba evitando las tabernas más oscuras y siniestras a cambio de las que tenían buena clientela y luces brillantes.

Monty y Rojo estaban junto a una pila de cajas, bebiendo vestidos con sencillos pantalones y camisas, no de uniforme. Esperó que aún no estuvieran demasiado intoxicados. Velo se aproximó a ellos y cruzó los brazos sobre las cajas.

—Nada todavía —masculló Monty—. Igual que las otras noches.

—No es que nos quejemos —añadió Rojo, que sonrió de oreja a oreja y dio un buen trago a su bebida—. Esta sí que es una vida de soldado que puede gustarme de verdad.

—Sucederá esta noche —dijo Velo—. Lo huelo en el aire.

—Eso mismo dijiste anoche, Velo —replicó Monty.

Tres noches antes, una amistosa partida de cartas se había vuelto violenta y un jugador había dado un botellazo a otro en la cabeza. La inmensa mayoría de las veces, no era un golpe mortal, pero la botella había dado en la diana y matado al pobre hombre. Al responsable, un soldado de Miles, lo habían ahorcado al día siguiente en la plaza central del mercado. Por desgraciado que hubiera sido el incidente, era justo lo que había estado esperando. Una semilla. Un acto de violencia, una persona atacando a otra. Había movilizado a sus hombres y los había desplegado en las tabernas próximas al lugar de la pelea. «Vigilad —les había dicho—. Alguien va a recibir un botellazo, igual que el anterior. Buscad a alguien que se parezca al hombre que murió y no lo perdáis de vista.»

Lexa había hecho bocetos del hombre asesinado, un tipo bajito con largos bigotes caídos. Velo había distribuido las ilustraciones; los hombres la tomaban por otra empleada.

Y luego… esperaron.

—El ataque llegará —dijo Velo—. ¿Qué blancos tenéis?

Rojo señaló a dos hombres de la tienda que llevaban bigote y tenían una altura parecida a la del muerto. Velo asintió y dejó unas esferas poco valiosas en la mesa.

—Meteos algo sólido en el cuerpo.

—Claro, claro —dijo Rojo mientras Monty se guardaba las esferas—. Pero dime, monada, ¿no te apetece quedarte un ratito más con nosotros?

—La mayoría de los hombres que intentan camelarme terminan con un dedo o dos de menos, Rojo.

—Seguirían quedándome muchos para satisfacerte, te lo prometo.

Velo volvió a mirarlo y soltó una risita.

—Una réplica bastante decente, mira.

—¡Gracias! —Rojo alzó su jarra—. Entonces…

—Lo siento, no estoy interesada.

El hombre suspiró, pero alzó más su jarra antes de beber.

—¿De dónde sales tú, por cierto? —preguntó Monty, inspeccionándola con su único ojo.

—Lexa me arrastró con ella hace un tiempo, como un barco que tira de desechos en su estela.

—Sí que lo hace, sí —dijo Rojo—. Crees que estás acabado. Que estás apurando la última luz de tu esfera, ¿sabes? Y entonces, de pronto, eres guardia de honor de una tormentosa Caballera Radiante y todos te miran con respeto.

Monty gruñó.

—Ya te digo. Ya te digo…

—Seguid vigilando —dijo Velo—. Ya sabéis qué hacer si pasa algo.

Los dos asintieron. Uno de ellos acudiría al punto de reunión y el otro intentaría seguir al atacante. Sabían que tenía que haber algo raro en el hombre al que perseguían, pero Lexa tampoco se lo había contado todo. Velo regresó al punto de reunión, cerca de una plataforma que había en el centro del mercado, cerca del pozo. La plataforma parecía haber sostenido algún tipo de edificio oficial, pero lo único que quedaba era la base de dos metros de altura, con escaleras para subir a ella en sus cuatro caras. Los oficiales de Roan habían establecido allí su cuartel de operaciones de vigilancia y sus instalaciones disciplinarias. Observó las multitudes mientras daba vueltas distraídas a su cuchillo entre los dedos. A Velo le gustaba mirar a la gente. Eso lo tenía en común con Lexa. Era bueno saber en qué se diferenciaban las dos, pero también saber qué compartían. Velo no era una auténtica solitaria. Necesitaba a la gente. Sí, la estafaba de vez en cuando, pero no era una ladrona. Era una amante de las experiencias. Funcionaba mejor que nunca en un mercado abarrotado, mirando, pensando, disfrutando. En cambio, Radiante… Radiante podía aceptar a la gente o no. Eran herramientas, pero también molestias. ¿Cómo podían actuar tan a menudo en contra de sus propios intereses? El mundo sería un lugar mucho mejor si se limitaran a hacer lo que decía Radiante.

Si no era posible, por lo menos sí que podrían dejarla en paz. Velo lanzó al aire su cuchillo y lo atrapó. Velo y Radiante tenían en común la eficacia. A las dos les gustaba que las cosas se hicieran bien, como se debía. No soportaban a los tontos, aunque quizá Velo se riera de ellos mientras Radiante se limitaba a no hacerles caso.

Sonaron chillidos en el mercado.

«¡Por fin!», pensó Velo. Atrapó el cuchillo y giró. Se puso en alerta, ansiosa, absorbiendo luz tormentosa. ¿Dónde?

Vathah llegó a toda prisa entre el gentío, apartando a un viandante. Velo corrió hacia él.

—¡Detalles! —le soltó sin preámbulos.

—No ha sido como decías —respondió él—. Sígueme.

Los dos se marcharon por donde había llegado el hombre.

—No ha sido un botellazo en la cabeza —dijo Vathah—. Mi tienda está cerca de un edificio. De esos de piedra que ya estaban en el mercado, ¿sabes?

—¿Y? —preguntó ella con impaciencia.

Vathah señaló mientras se aproximaban. Era imposible no reparar en la alta estructura que había al lado de la tienda que Glurv y él habían estado vigilando. En su extremo superior, de un saliente pendía un cadáver ahorcado.

Ahorcado. «¡Tormentas! Esa cosa no ha imitado el ataque de la botella… ¡sino la ejecución posterior!»

Vathah señaló.

—El asesino ha dejado caer a la persona desde el techo y, mientras se retorcía, ha saltado al suelo. Toda esa distancia, Velo. ¿Cómo…?

—¿Dónde? —preguntó ella, apremiante.

—Glurv va tras su pista —dijo Vathah, indicándole la dirección.

Los dos salieron corriendo hacia allí, apartando el gentío a empujones. Al poco tiempo vislumbraron a Glurv por delante, de pie al borde del pozo, haciéndoles gestos. Era un hombre bajito con una cara que siempre parecía hinchada, como si intentara hacerle estallar la piel.

—Es un hombre vestido todo de negro —les dijo—. ¡Ha salido corriendo hacia los túneles del este! —Señaló a unos viandantes que miraban por un túnel, como si alguien hubiera pasado corriendo por allí.

Velo se lanzó en esa dirección. Vathah le mantuvo el ritmo más tiempo que Glurv, pero gracias a la luz tormentosa mantenía una velocidad imposible de igualar para cualquier persona ordinaria. Irrumpió en el pasillo y exigió saber si alguien había visto pasar a un hombre hacia allí. Dos mujeres señalaron. Velo siguió adelante, con el corazón aporreándole el pecho y la luz tormentosa bullendo en su interior. Si la cacería fracasaba, tendría que esperar a que agredieran a otras dos personas, si es que llegaba a ocurrir de nuevo. La criatura podría esconderse, ya consciente de que ella vigilaba. Apretó el paso por el pasillo, dejando atrás los sectores más poblados de la torre. Unas últimas personas le indicaron un túnel en respuesta a su pregunta formulada a viva voz. Empezaba a perder la esperanza cuando llegó a una intersección al final del pasillo y miró hacia un lado y luego hacia el otro. Refulgió para iluminar más distancia a lo largo de los túneles, pero no vio nada en ninguno de ellos.

Suspiró y apoyó la espalda en la pared.

—Mmm… —dijo Patrón desde su abrigo—. Está ahí.

—¿Dónde? —preguntó Lexa.

—A la derecha. Las sombras están mal. Forman un patrón erróneo.

Echó a andar y algo se separó de las sombras, una silueta de puro negro, aunque reflejaba su luz igual que un líquido o una piedra pulida. Salió espantada y Lexa vio que su forma estaba mal. No era humana del todo. Velo corrió, sin preocuparse del peligro. Aquella cosa quizá pudiera hacerle daño, pero el misterio era la mayor amenaza.

Necesitaba descubrir esos secretos.

Lexa resbaló para doblar un recodo y corrió por el siguiente túnel. Logró seguir al fragmento roto de sombra, pero no alcanzó a atraparlo. La persecución la internó más en los confines del nivel más bajo de la torre, hacia zonas apenas exploradas, donde los túneles se volvían cada vez más confusos. El aire olía a viejo, a polvo y a piedra que llevaba siglos sin perturbarse. Los estratos danzaban en las paredes, y la velocidad de su carrera hacía que parecieran girar en torno a ella como hilos en un telar. La cosa se puso a cuatro patas, reflejando la luz del brillo de Lexa en su piel de carbón. Corrió, frenética, hasta que llegó a una curva en el túnel y se estrujó en un agujero de la pared, de algo más de medio metro de anchura, cerca del suelo. Radiante se arrodilló y alcanzó a ver a la criatura mientras se escurría por el otro lado del agujero. «La pared tampoco es tan gruesa», pensó, levantándose.

—¡Patrón! —llamó, lanzando la mano a un lado.

Atacó la pared con su hoja esquirlada, cortando trozos que caían al suelo con estrépito. Los estratos seguían a lo largo de toda la piedra, y los fragmentos que separaba tenían una belleza rota y desolada. Saturada de luz, empujó contra la pared partida y por fin logró entrar en la pequeña cámara que había al otro lado. Buena parte de su suelo la ocupaba la boca de un hoyo. Con escalones de piedra sin barandilla en el borde, el agujero atravesaba la roca y se perdía en la oscuridad. Radiante bajó su hoja esquirlada, dejando que cortara la roca que había a sus pies. Un agujero. Era como su dibujo de la negrura en espiral, un pozo que parecía descender al mismísimo vacío.

Descartó su hoja y se arrodilló.

—¿Lexa? —dijo Patrón, alzándose del suelo cerca del lugar donde había desaparecido la hoja.

—Tendremos que descender.

—¿Ahora?

Ella asintió.

—Pero antes… antes, ve a buscar a Clarke. Dile que traiga soldados.

Patrón canturreó.

—No bajarás tú sola, ¿verdad?

—No. Te lo prometo. ¿Sabrás volver?

Patrón dio un zumbido afirmativo y se alejó veloz por el suelo, creando un relieve en el suelo de piedra. Lexa se fijó sorprendida en que cerca de donde había partido la pared había marcas de óxido y los restos de antiguos goznes. Por tanto, existía una puerta secreta que llevaba a aquel lugar. Lexa cumplió su palabra. Se sentía atraída por aquella oscuridad, pero no era tonta. Bueno, al menos no solía ser tonta. Esperó, embelesada por el pozo, hasta que oyó voces que llegaban por el pasillo a su espalda. «¡No puede verme vestida de Velo!», pensó, y empezó a espabilar. ¿Cuánto tiempo llevaba allí arrodillada?

Se quitó el sombrero y el largo abrigo blanco de Velo y los escondió detrás de los escombros. La luz tormentosa la envolvió, pintando la imagen de una havah por encima de sus pantalones, su mano enguantada y su ceñida camisa de botones. Lexa. Era Lexa de nuevo, la inocente y vivaz Lexa. Siempre con una ocurrencia en la punta de la lengua, hasta cuando nadie quería oírla. Entregada, pero a veces demasiado entusiasta. Podía ser esa persona.

«¡Eres tú! —gritó una parte de ella mientras adoptaba la personalidad—. Ese es tu yo real, ¿o no? ¿Por qué tienes que pintar esa cara por encima de alguna otra?»

Se volvió mientras un hombre bajito y nervudo con uniforme azul entraba en la cámara, con canas en las sienes. ¿Cómo se llamaba?

Lexa había pasado tiempo con los miembros del Puente Cuatro las últimas semanas, pero aún no se sabía todos los nombres. Clarke entró a continuación, con su armadura esquirlada de color azul Griffin con la celada abierta y su hoja apoyada en el hombro. A juzgar por los sonidos que llegaban desde el pasillo y los rostros herdazianos que asomaban a la sala, no solo había traído soldados, sino al Puente Cuatro al completo. Entre ellos, Aden, que entró con fuertes pasos tras su hermana, ataviado con su armadura esquirlada de color pizarra. Aden parecía mucho menos frágil con la armadura completa, aunque seguía sin tener cara de soldado por mucho que hubiera dejado de ponerse los anteojos. Patrón se acercó e intentó trepar por su vestido ilusorio, pero entonces se detuvo, retrocedió y canturreó, entusiasmado con la mentira.

—¡La he encontrado! —proclamó—. ¡He encontrado a Clarke!

—Ya lo veo —susurró Lexa.

—Ha venido a las salas de entrenamiento —dijo Clarke—, chillando que habías encontrado al asesino. Ha dicho que si no venía enseguida, lo más seguro sería, y cito: «que haga alguna estupidez sin dejarme mirar».

Patrón zumbó.

—Estupidez. Muy interesante.

—Pues tendrías que visitar la corte alezi algún día —dijo Clarke, acercándose al agujero—. Entonces…

—Hemos seguido a la cosa que se dedicaba a atacar a gente —explicó Lexa—. Ha matado a alguien en el mercado y luego ha venido aquí.

—¿La… cosa? —dijo un hombre del puente—. ¿No es una persona?

—Es un spren —susurró Lexa—, pero distinto a todos los que he visto. Puede imitar a una persona durante un tiempo, pero al final se transforma en otra cosa. Una cara rota, una forma retorcida…

—Mira, como la chica esa con la que estás viéndote, Cikatriz —comentó un hombre del puente.

—Ja, ja, ja —repuso Cikatriz con sequedad—. ¿Qué tal si te tiramos a ese pozo, Eth, a ver lo profundo que es?

—Entonces —dijo Nyko, acercándose al agujero—, ¿ese spren mató al alto príncipe Sadeas?

Lexa titubeó. No. Había matado a Perel al copiar el asesinato de Sadeas, pero al alto príncipe le había dado muerte otra persona. Lanzó una mirada a Clarke, que debía de estar pensando lo mismo, a juzgar por su expresión solemne. El spren era la mayor amenaza, ya que había llevado a cabo varios asesinatos. Aun así, la incomodaba reconocer que su investigación no la había acercado ni un solo paso a descubrir quién había matado al alto príncipe.

—Debemos de haber pasado por aquí una docena de veces —dijo alguien desde detrás. Lexa se sorprendió de oír una voz femenina. Había confundido a una exploradora de Bellamy, la mujer bajita de pelo largo, con otro hombre del puente, aunque llevaba un uniforme distinto. Estaba inspeccionando los cortes que había hecho Lexa para entrar en la cámara—. ¿Te acuerdas de cuando estuvimos explorando más allá de ese pasillo curvado de fuera, Marcus?

Marcus asintió con la cabeza, rascándose el mentón barbudo.

—Sí, tienes razón, Lyn. Pero ¿por qué esconder una sala como esta?

—Hay algo ahí abajo —dijo en voz baja Aden, inclinándose sobre el pozo—. Algo… antiguo. Lo has sentido, ¿verdad? —Alzó la mirada hacia Lexa y luego la desvió a los demás—. Este sitio es raro. Toda la torre es rara. Tú también te has dado cuenta, ¿verdad que sí?

—Chaval —respondió Marcus—, el experto en cosas raras eres tú. Confiamos en tu criterio.

Lexa miró a Aden, preocupada por el insulto. Pero el joven puso una amplia sonrisa mientras otro hombre del puente le daba una palmada en la espalda, con armadura esquirlada y todo, y Nyko y Roca empezaban a discutir sobre quién era realmente el más raro de todos ellos. Sorprendida, cayó en la cuenta de que el Puente Cuatro de verdad había asimilado a Aden. Podía ser el hijo ojos claros de un alto príncipe, resplandeciente en su armadura esquirlada, pero allí era solo un hombre del puente más.

—Entonces —dijo otro hombre, guapo, musculoso y con brazos que parecían demasiado largos para el resto de su cuerpo—, supongo que descenderemos a esa horrorosa cripta del terror, ¿no?

—Sí —respondió Lexa. Le parecía que se llamaba Drehy.

—Encantador, tormentas —dijo Drehy—. ¿Órdenes para la marcha, Marcus?

—Eso es cosa de la brillante señora Clarke.

—He traído los mejores hombres que he encontrado —dijo Clarke a Lexa—, pero me da la sensación de que debería haberme traído un ejército entero. ¿Seguro que quieres hacerlo ahora?

—Sí —dijo Lexa—. Tenemos que hacerlo, Clarke. Y… no estoy segura de que un ejército fuese a suponer mucha diferencia.

—Muy bien. Marcus, organiza una retaguardia sólida. No tengo ganas de que se nos acerque nada a escondidas. Lyn, quiero planos precisos. Haznos parar si te quedas atrás con el dibujo. Quiero tener clara mi línea de retirada exacta. Iremos despacio, ¿entendido? Estad preparados para ejecutar una retirada controlada y cautelosa si la ordeno.

Hubo una reorganización de personal, y luego el grupo por fin emprendió el descenso por la escalera, en fila de a uno, con Lexa y Clarke cerca del centro del grupo. Los escalones salían de la pared, pero eran lo bastante anchos para que pudieran cruzarse dos personas, por lo que no había peligro de caer al hueco. Lexa trató de no rozarse con nadie, ya que podría perturbar la ilusión de que llevaba puesto su vestido. El sonido de sus pisadas se desvaneció en el vacío. Al poco tiempo, se hallaron solos con la oscuridad eterna y paciente. La luz de las lámparas de esferas que llevaban los hombres del puente no parecía llegar lejos en aquel pozo. Recordó a Lexa al mausoleo tallado en la colina, cerca de su mansión, donde los antiguos miembros de la familia Wood habían sido transformados en estatuas mediante el moldeado de almas. El cuerpo de su padre no había terminado allí. No habían sido capaces de pagar a un moldeador de almas, y además, les había interesado fingir que seguía con vida. Sus hermanos y ella habían enterrado el cadáver, como hacían los ojos oscuros.

Dolor…

—Debo recordarte, brillante —dijo Marcus desde delante de ella—, que no puedes esperar nada… extraordinario de mis hombres. Durante una temporada, algunos absorbimos luz e íbamos por ahí pavoneándonos como si fuésemos benditos por la tormenta. Pero eso se acabó al marcharse Raven.

—¡Volveremos a hacerlo, gancho! —exclamó Nyko desde detrás de ella—. Cuando regrese Raven, volveremos a brillar con ganas.

—Calla, Nyko —dijo Marcus—. No levantéis la voz. En todo caso, brillante, los chicos lo harán lo mejor que puedan, pero tienes que saber lo que puedes esperar y lo que no.

Lexa no había esperado de ellos que usaran poderes de Radiante, pues ya conocía aquella limitación. Lo único que necesitaba eran soldados. Al cabo de un rato, Nyko arrojó un chip de diamante al agujero, lo que le valió una mirada furiosa de Clarke.

—Podría estar ahí abajo esperándonos —siseó la princesa—. No lo aviséis.

El hombre del puente se encogió pero asintió. La esfera rebotó como un puntito visible en las profundidades, y Lexa se alegró de saber que al menos el descenso tendría un final. Había empezado a imaginar una espiral infinita, como lo que le pasaba al viejo Dilid, uno de los diez locos. Dilid corría colina arriba hacia los Salones Tranquilos, pero la arena resbalaba bajo sus pies y lo condenaba a correr eternamente sin avanzar nunca. Varios hombres del puente suspiraron aliviados cuando por fin llegaron al fondo del hueco. Había astillas amontonadas al borde de la cámara redonda, cubiertas de deteriospren. En alguna época remota la escalera había tendido barandilla, pero había caído presa del paso del tiempo. El fondo del pozo solo tenía una salida, un gran arco más elaborado que los demás que había visto en la torre. Allá arriba, casi todo estaba hecho de la misma piedra uniforme, como si la torre entera se hubiera tallado de un tirón. Al fondo del hueco, el arco estaba compuesto de piedras distintas, y las paredes del túnel que había al otro lado estaban cubiertas por un mosaico de brillantes azulejos. Cuando entraron en el pasillo, Lexa dio un respingo y sostuvo en alto un broam de diamante. El techo estaba adornado por preciosas y complejas ilustraciones de los Heraldos, cada una en un panel circular, formadas por miles de pequeñas losetas. El arte de las paredes resultaba más enigmático. Había una figura solitaria que flotaba sobre el suelo ante un gran disco azul, con los brazos abiertos como para abrazarlo. Había representaciones del Todopoderoso en su forma tradicional, la de una nube repleta de energía y luz. Había una mujer con forma de árbol, cuyas manos se extendían hacia el cielo y se transformaban en ramas. ¿Quién habría esperado hallar símbolos paganos en el hogar de los Caballeros Radiantes?

Otros murales mostraban formas que le recordaron a Patrón, a vientospren… a diez tipos de spren. ¿Uno para cada orden?

Clarke envió una vanguardia un poco por delante, que regresó enseguida.

—Puertas metálicas, brillante señora —informó Lyn—. Una en cada lado del pasillo.

Lexa se obligó a apartar la mirada de los murales y avanzó con el resto del grupo. Llegaron a los enormes portones de acero y se detuvieron, aunque el pasillo en sí seguía adelante. A una orden de Lexa, los hombres del puente probaron a abrirlos, sin éxito.

—No hay forma —dijo Drehy, secándose la frente.

Clarke dio un paso adelante, espada en mano.

—Tengo llave.

—Clarke —dijo Lexa—, esto son reliquias de otra era. Muy valiosas.

—No las romperé demasiado —prometió ella.

—Pero…

—¿No estamos persiguiendo a un asesino? —preguntó ella—. ¿A alguien que podría querer, digamos, esconderse en una habitación cerrada con llave?

Lexa suspiró y asintió mientras Clarke hacía apartarse a los demás. Se guardó la mano segura, con la que la había rozado, bajo el brazo. Era rarísimo sentir que llevaba puesto un guante pero verse la mano enmangada. ¿De verdad sería tan horrible que Clarke supiera de la existencia de Velo?

Una parte de ella montó en pánico ante la idea, así que la abandonó sin darle más vueltas. Clarke clavó su hoja esquirlada en la puerta justo por encima de donde estaría la cerradura o la tranca, y cortó hacia abajo. Marcus probó a empujar la puerta y logró abrirla, con un estridente chirrido de bisagras. Los hombres del puente entraron primero, enarbolando sus lanzas. Por mucho que Marcus hubiera insistido en que Lexa no debía esperar nada excepcional de ellos, se pusieron al frente sin necesidad de ordenárselo, aunque en el grupo había dos portadores de esquirlada preparados. Clarke se apresuró a seguir a los hombres del puente para asegurar la habitación, pero Aden no estaba prestando mucha atención. Había avanzado unos pasos más por el pasillo principal y se había quedado quieto, con la mirada fija en las profundidades, una esfera sostenida distraídamente en un guantelete, su hoja esquirlada en el otro. Lexa fue tras él con reparos. Desde detrás les llegaba un vientecillo fresco, como si aquella oscuridad intentara absorberlos. El misterio, la cautivadora profundidad, acechaba en aquella dirección. Podía sentirlo con más claridad. No era algo malvado de verdad, sino más bien incorrecto. Como la visión de una muñeca colgando de un brazo después de que se partiera el hueso.

—¿Qué es? —susurró Aden—. Glys tiene miedo y no dice nada.

—Patrón no lo sabe —dijo Lexa—. Lo llama antiguo. Dice que pertenece al enemigo.

Aden asintió con la cabeza.

—Tu padre no parece capaz de sentirlo —dijo Lexa—. ¿Por qué nosotros sí?

—No… no lo sé. Tal vez…

—¿Lexa? —dijo Clarke desde la puerta de la sala, con la celada levantada—. Tienes que ver esto.

Los escombros de la sala estaban más degradados que casi todos los que habían encontrado en la torre. Había hebillas y tornillos herrumbrosos sujetos a trozos de madera, e hileras de montones descompuestos entre los que se distinguían partes de frágiles cubiertas y lomos de libros. Una biblioteca. Por fin habían encontrado los libros que Anya había soñado con descubrir.

Estaban arruinados.

Con el corazón encogido, Lexa recorrió la estancia, tocando montones de polvo y astillas con la punta de la bota y espantando a los deteriospren. Encontró algunas formas de libros, pero se desintegraron al tocarlos. Se arrodilló entre dos hileras de libros caídos, sintiéndose perdida. Todo aquel conocimiento, muerto y desaparecido.

—Lo siento —dijo Clarke, incómoda.

—Que los hombres no perturben nada de esto. Quizá… quizá haya algo que las eruditas de Echo puedan recuperar.

—¿Quieres que registremos la otra sala? —preguntó Clarke.

Lexa asintió y ella se marchó con estrépito. Al poco tiempo, oyó crujir los goznes cuando Clarke forzó la puerta. De repente, Lexa se notó agotada. Si los libros de aquel lugar se habían perdido, era improbable que encontraran otros mejor conservados.

«Sigue adelante.» Se levantó y se sacudió las rodillas, acto que solo sirvió para recordarle que su vestido no era real. «De todas formas, no habías venido buscando este secreto.»

Salió al pasillo de los murales. Clarke y los hombres del puente estaban explorando la sala del otro lado, pero a Lexa le bastó un vistazo para confirmar que era un reflejo de la que acababan de dejar, amueblada solo con montones de restos.

—Eh… ¿chicos? —llamó Lyn, la exploradora—. ¿Princesa Clarke? ¿Brillante Radiante?

Lexa apartó la vista de la sala. Aden había avanzado más por el pasillo. La exploradora había empezado a seguirlo, pero se había quedado quieta. La esfera de Aden iluminaba algo en la lejanía. Una enorme masa que reflejaba la luz, como brea reluciente.

—No tendríamos que haber venido —dijo Aden—. No podemos luchar contra esto. Padre Tormenta… —Retrocedió trastabillando—. Padre Tormenta…

Los hombres del puente corrieron al pasillo y se situaron delante de Lexa, entre ella y Aden. A una orden brusca de Marcus, formaron extendiéndose de un lado del pasillo al otro, una hilera de hombres que mantenían bajas las lanzas seguida de otra que las sostenía en alto, a la altura de la cabeza. Clarke salió deprisa de la segunda biblioteca y miró boquiabierta la ondeante forma que había en la distancia. Una oscuridad viva. Esa oscuridad empezó a impregnar el pasillo hacia ellos. No era rápida, pero había un aire de inevitabilidad en la forma en que lo recubría todo, fluyendo hacia arriba por las paredes, hasta el techo. Por todo el suelo emergieron formas de la masa principal que al momento adoptaron formas humanas, como si estuvieran saliendo del mar. Las criaturas tenían dos pies y no tardaron en desarrollar caras y ropa que titiló al aparecer.

—Ella está aquí —susurró Aden—. Una de los Deshechos. Re-Shephir… la Madre Medianoche.

—¡Corre, Lexa! —gritó Clarke—. Todos, retiraos por el pasillo.

Y entonces, por supuesto, se lanzó a la carga hacia todas aquellas cosas.

«Las figuras… se parecen a nosotros», pensó Lexa, retrocediéndose y apartándose de las líneas de hombres del puente.

Había una criatura de medianoche que se parecía a Marcus y otra que era una copia de Nyko. Dos formas más grandes parecían llevar armadura esquirlada, solo que estaban hechas de brillante brea y sus rasgos eran amorfos, imperfectos. Abrieron las bocas e hicieron brotar dientes puntiagudos.

—¡Retiraos con cuidado, como ha ordenado la princesa! —gritó Marcus—. ¡Que no os arrinconen! ¡Mantened la línea! ¡Aden!

Aden seguía al frente, alzando ante él su hoja esquirlada larga y fina, con pliegues ondulados en el metal. Clarke llegó hasta su hermano, lo asió del brazo e intentó tirar de él. Aden se resistió. Parecía hipnotizado por aquella hilera de monstruos en formación.

—¡Aden! ¡Atención! —gritó Marcus—. ¡A la línea!

La cabeza del muchacho se alzó de sopetón al oír la orden, y al instante ya estaba obedeciendo la orden, como si no fuera primo del rey. Clarke retrocedió junto a él y los dos engrosaron la formación de los hombres del puente. Juntos, emprendieron la retirada por el pasillo. Lexa siguió retrocediendo, manteniéndose unos seis metros por detrás de la formación. De pronto, el enemigo se abalanzó hacia ellos con repentina velocidad. Lexa gritó y los hombres del puente maldijeron, girando sus lanzas mientras la masa principal de oscuridad ascendía por los lados del corredor, cubriendo los hermosos murales. La figuras de medianoche se lanzaron a la carga contra las hileras de hombres del puente. Hubo un choque explosivo y frenético, y los hombres mantuvieron la formación y atacaron a las criaturas que de repente empezaron a formarse a derecha e izquierda, emergiendo de la negrura de las paredes. Aquellas cosas sangraban vapor al alcanzarlas, una oscuridad que salía siseando y se disipaba en el aire.

«Como humo», pensó Lexa.

La brea descendió de las paredes y rodeó a los hombres del puente, que formaron un círculo para evitar ataques por la espalda. Clarke y Aden luchaban en el mismo frente, descargando sus hojas esquirladas y derribando a formas oscuras que siseaban y vertían humo, destrozadas. Lexa quedó apartada de los soldados por una densa oscuridad. Ella no parecía tener duplicado. Los rostros de medianoche estaban erizados de dientes. Aunque atacaban con lanzas, lo hacían con torpeza. Acertaban de vez en cuando y herían a algún hombre del puente, que se retiraba al centro de la formación para que Lyn o Nyko lo vendaran a toda prisa. Aden se replegó hacia el centro y empezó a brillar de luz tormentosa y a sanar a los heridos. Lexa observó todo esto mientras sentía que la invadía un trance entumecedor.

—Yo… te conozco —susurró a la negrura, comprendiendo al decirlo que era cierto—. Sé lo que estás haciendo.

Los hombres gruñían y atacaban. Clarke trazó un arco por delante y su hoja esquirlada dejó una estela de humo negro salido de las heridas de las criaturas. Troceó a docenas de aquellas cosas, pero no dejaban de crearse nuevas figuras, con formas familiares. Bellamy. Teshav. Altos príncipes y exploradores, soldados y escribas.

—Intentas imitarnos —dijo Lexa—, pero fracasas. Eres una spren. No terminas de comprenderlo.

Dio un paso hacia los hombres del puente rodeados.

—¡Lexa! —llamó Clarke, e hizo un sonido gutural mientras atravesaba a tres figuras que tenía delante—. ¡Escapa! ¡Corre!

Lexa no le hizo caso y siguió acercándose a la oscuridad. Delante de ella, en el punto más próximo del círculo, Drehy apuñaló a una criatura en la cabeza y la hizo retroceder a trompicones. Lexa agarró a la figura por los hombros y la volvió hacia ella. Era Echo, con un agujero en la cara que dejaba escapar siseante humo negro. Pero incluso sin tener eso en cuenta, los rasgos estaban mal. Su nariz era demasiado grande y un ojo estaba más alto que el otro. Cayó al suelo, retorciéndose mientras se desinflaba como un odre de vino pinchado. Lexa avanzó a zancadas hasta la formación. Las cosas huyeron de ella, retirándose hacia los lados. A Lexa le dio la clara y aterradora sensación de que aquellas criaturas podrían haber barrido a los hombres del puente si quisieran, abrumándolos con una terrible marea negra. Pero la Madre Medianoche quería aprender, quería luchar con lanzas. Si era cierto, de todos modos empezaba a impacientarse. Las nuevas figuras que cobraban forma eran cada vez más distorsionadas, cada vez más bestiales, con aguzados dientes saliendo de sus bocas.

—Tu imitación es lamentable —susurró Lexa—. Mira, déjame enseñarte cómo se hace.

Lexa absorbió su luz tormentosa y se iluminó como una antorcha. Las cosas chillaron y se apartaron de ella. Mientras rodeaba la formación de preocupados hombres del puente, vadeando en la oscuridad de su flanco izquierdo, de ella brotaron también figuras, formas que emergieron de la luz. Las personas de su colección, recién reconstruida. Palona. Soldados de los pasillos. Un grupo de moldeadores de almas con los que se había cruzado dos días antes. Hombres y mujeres de los mercados. Altos príncipes y escribas. El hombre que había intentado seducir a Velo en la taberna. El comecuernos al que ella había apuñalado en la mano. Soldados. Zapateros. Exploradores. Lavanderas. Hasta unos pocos reyes.

Una fuerza brillante, radiante.

Sus figuras se dispersaron para rodear a los acosados hombres del puente como centinelas. Aquella fuerza nueva y resplandeciente ahuyentó a los monstruos enemigos, y la brea se retrajo por los lados del pasillo hasta abrirles la retirada. La Madre Medianoche dominaba la oscuridad del fondo del pasillo, en la dirección que aún no habían explorado. Se quedó allí, sin retroceder más. Los hombres del puente se relajaron y Aden murmuró mientras sanaba a los últimos heridos. La cohorte de figuras brillantes de Lexa avanzó para formar en hilera con ella, entre la oscuridad y los hombres del puente. Volvieron a componerse criaturas a partir de la negrura de delante, más feroces que antes, como bestias. Eran masas amorfas con dientes que brotaban de las rendijas que eran sus bocas.

—¿Cómo haces eso? —preguntó Clarke con una voz que resonaba desde dentro de su yelmo—. ¿Por qué están asustados?

—¿Alguna vez te ha amenazado alguien con un cuchillo sin saber quién eras?

—Sí. Me limité a invocar mi hoja esquirlada.

—Pues esto es un poco igual.

Lexa dio un paso adelante y Clarke se unió a ella. Aden invocó su hoja y se aproximó con zancadas rápidas, haciendo chascar su armadura esquirlada. La oscuridad retrocedió, revelando que el pasillo daba a una sala. Al acercarse, la luz tormentosa de Lexa iluminó una cámara con forma de cuenco. El centro lo dominaba una trémula masa negra que se ondulaba y palpitaba, extendida desde el suelo hasta el techo, a unos seis metros de altura. Las bestias de medianoche se lanzaron hacia delante para probar la fuerza de su luz, al parecer ya no tan intimidadas.

—Tenemos que elegir —dijo Lexa a Clarke y Aden—. ¿Retirada o ataque?

—¿Tú qué opinas?

—No lo sé. Esta criatura… me ha estado observando. Ha cambiado mi forma de ver la torre. Noto que la comprendo, una conexión que no sé explicar. Y eso no puede ser bueno, ¿verdad? ¿Podemos confiar siquiera en lo que yo piense?

Clarke levantó su celada y le sonrió. Tormentas, qué sonrisa.

—El alto mariscal Halad siempre decía que, para derrotar a alguien, antes hay que conocerlo. Pasó a ser una de las reglas que seguimos en la guerra.

—¿Y qué decía de retirarse?

—«Planea cada batalla como si la retirada fuese inevitable, pero libra cada batalla pensando que no hay vuelta atrás.»

La masa principal de la cámara ondeó y aparecieron caras en su superficie embreada, presionando como si trataran de escapar. Había algo debajo de la enorme spren. Sí, la criatura estaba rodeando una columna que iba desde el suelo de la sala circular hasta su techo. Los murales, el complejo arte, el tesoro de información desaparecido… Ese lugar era importante. Lexa juntó las manos por delante y la hoja-Patrón cobró forma entre sus palmas. La hizo girar en sus manos sudorosas y adoptó la postura de combate que le había enseñado Clarke. Sostenerla le provocó un dolor inmediato. No eran los chillidos de un spren muerto, sino un dolor interior. El dolor de un Ideal jurado pero todavía no superado.

—Hombres del puente —llamó Clarke—, ¿dispuestos a un segundo asalto?

—¡Duraremos más que tú, gancho! Aunque lleves esa armadura tan lujosa.

Clarke sonrió de oreja a oreja y se bajó la celada de golpe.

—A tu orden, Radiante.

Lexa envió sus ilusiones a la carga, pero la oscuridad no se espantó de ellas como había hecho antes. Las figuras negras atacaron sus ilusiones, probando hasta descubrir que no eran reales. Decenas de aquellos hombres de medianoche les cerraban el paso.

—Abridme camino hasta la cosa del centro —dijo ella, intentando aparentar más seguridad de la que sentía—. Tengo que acercarme lo suficiente para tocarla.

—Aden, ¿puedes cubrirme las espaldas? —preguntó Clarke.

Aden asintió.

Clarke respiró hondo y se lanzó a la carga, atravesando una ilusión de su padre. Atacó al primer hombre de medianoche, lo derribó y empezó a lanzar tajos frenéticos a diestra y siniestra. El Puente Cuatro bramó y embistió tras ella. Juntos empezaron a despejar un camino para Lexa, destruyendo a las criaturas que se interponían entre ella y la columna. Lexa anduvo entre los hombres del puente, que formaron sendas líneas de lanceros a sus dos lados. Por delante, Clarke presionaba en dirección a la columna, con Aden a su espalda impidiendo que lo rodearan y hombres del puente protegiendo los flancos para impedir que las criaturas se abalanzaran sobre Aden. Los monstruos ya no adoptaban ni siquiera una semblanza de humanidad. Golpearon a Clarke, raspando su armadura con zarpas y dientes demasiado reales. Otros se aferraban a ella, intentando derribarla o encontrar fisuras en su armadura esquirlada.

«Saben cómo enfrentarse a hombres como ella —pensó Lexa, empuñando aún su hoja esquirlada con una mano—. Pero entonces, ¿por qué me temen a mí?»

Lexa tejió la luz e hizo aparecer una versión de Radiante cerca de Aden. Las criaturas la atacaron, dejando tranquilo a Aden un momento; por desgracia, la mayoría de sus ilusiones habían caído, convertidas en luz tormentosa a medida que las perturbaban una y otra vez. Pensó que podría haberlas mantenido, si tuviera más práctica. En lugar de ello, tejió versiones de sí misma. Joven y vieja, confiada y asustada. Una docena de Lexas distintas. Sorprendida, reparó en que algunas eran dibujos que había perdido, autorretratos de cuando practicaba frente al espejo, ya que el Sagaz había insistido en que era imprescindible para una artista en ciernes. Algunas de sus versiones se encogieron, otras lucharon. Por un instante, Lexa se perdió a sí misma e incluso permitió que Velo apareciera entre ellas. Era esas mujeres, esas chicas, todas y cada una de ellas. Y ninguna era ella. Eran cosas que utilizaba, que manipulaba. Ilusiones.

—¡Lexa! —gritó Clarke forzando la voz, mientras Aden gruñía y le arrancaba de encima a hombres de medianoche—. ¡Lo que sea que vas a hacer, hazlo ya!

Había llegado frente a la columna que los soldados habían conquistado para ella, cerca de Clarke. Se obligó a apartar la mirada de una Lexa niña que bailaba entre los hombres de medianoche. Ante ella, la masa que cubría la columna del centro de la sala burbujeaba con rostros que se apretaban contra la superficie, abriendo las bocas para chillar y luego sumergiéndose como hombres ahogados en brea.

—¡Lexa! —volvió a llamarla Clarke. Aquella masa palpitante, tan terrible pero tan cautivadora.

La imagen del pozo. Las retorcidas líneas de los pasillos. La torre que no podía verse al completo. Por aquello había venido. Lexa dio un paso confiado al frente, extendió el brazo y dejó que desapareciera la manga ilusoria que le cubría la mano. Se quitó el guante y llegó al lado de la masa de brea y chillidos sin voz.

Y apretó su mano segura contra ella.