30. LA MADRE DE LAS MENTIRAS

Escuchad las palabras de un necio.

De Juramentada, prólogo

Lexa se había abierto a aquella cosa. Estaba desnuda, con la piel partida, el alma expuesta. La cosa podía entrar. Pero la cosa también estaba abierta a ella. Sintió su confusa fascinación por la humanidad. La cosa recordaba a los hombres, con una comprensión innata parecida a la del visón recién nacido, que sabe por instinto que debe temer a la anguila aérea. Aquella spren no era consciente del todo, no era inteligente del todo. Era una creación del instinto y la curiosidad ajena, atraída por la violencia y el dolor como los carroñeros por el olor de la sangre. Lexa conoció a Re-Shephir al mismo tiempo que la cosa llegaba a conocerla a ella. La spren dio tirones y tentativos golpes al vínculo de Lexa con Patrón, intentando arrancarlo e insertarse ella en su lugar. Patrón se aferró a Lexa y ella a él, como si les fuera la vida en ello.

Nos teme, zumbó la voz de Patrón en su cabeza. ¿Por qué nos teme?

En su mente, Lexa se visualizó abrazada con fuerza a Patrón en su forma humanoide, ambos acurrucados ante el ataque de la spren. Esa imagen era todo lo que alcanzaba a ver, ya que la sala y todo lo que contenía se había fundido en negro. Esa cosa era antiquísima. Creada mucho tiempo atrás como una astilla del alma de algo incluso más terrible, a Re-Shephir se le había ordenado sembrar el caos engendrando horrores que confundieran y destruyeran a los hombres. Con el tiempo, poco a poco, habían ido intrigándola cada vez más las cosas que asesinaba. Sus creaciones habían empezado a imitar lo que veía en el mundo, pero carentes de amor y afecto. Como piedras que cobraran vida, satisfechas de morir o matar sin apego ni deleite. Ninguna emoción, salvo una abrumadora curiosidad y aquella efímera atracción por la violencia.

«Por el Todopoderoso… Es como un creacionspren, pero muy muy erróneo.»

Patrón gimió, hecho un ovillo contra Lexa en su forma de hombre con una severa túnica y un patrón en movimiento por cabeza. Lexa intentó escudarlo de la arremetida.

«Libra cada batalla… pensando que… no hay vuelta atrás.»

Lexa escrutó las profundidades de aquel vacío arremolinado, del alma oscura y turbulenta de Re-Shephir, la Madre Medianoche.

Y con un gruñido, golpeó.

No atacó como la chica tímida y nerviosa que había educado la cauta sociedad vorin. Atacó como la niña enajenada que había asesinado a su madre. Como la mujer arrinconada que había apuñalado a Indra en el pecho. Recurrió a la parte de ella que odiaba que todo el mundo diera por hecho que era simpática y agradable. La parte de ella que odiaba ser descrita como «entretenida» o «lista». Utilizó la luz tormentosa de su interior para internarse más y más en la esencia de Re-Shephir. No tenía forma de saber si estaba sucediendo de verdad, si estaba hundiendo más su cuerpo físico en la brea de la criatura, o si todo aquello era una representación en algún otro lugar. Un lugar más allá de la sala de la torre, más allá incluso que Shadesmar. La criatura tembló, y Lexa por fin comprendió el motivo de su miedo. La habían atrapado. En la conciencia de la spren, el suceso era reciente, pero a Lexa le dio la impresión de que en realidad habían transcurrido siglos y siglos desde entonces. Re-Shephir tenía auténtico pavor a que volviera a suceder. Su encarcelamiento había sido inesperado, supuestamente imposible. Y lo había llevado a cabo un Tejedor de Luz como Lexa, que había entendido a la criatura. Temía a Lexa como un sabueso-hacha temería a alguien con una voz parecida a la de su riguroso amo. Lexa aguantó, apretándose contra el enemigo, pero la embargó la repentina comprensión de que aquella cosa iba a conocerla por completo, iba a descubrir hasta el último de sus secretos. Su ferocidad y su decisión flaquearon; su compromiso empezó a hacer aguas. De modo que mintió. Se convenció a sí misma de que no tenía miedo. De que sí estaba comprometida. Siempre había sido así. Podía continuar de la misma manera para siempre. El poder podía ser una ilusión de la percepción. Incluso en su propio interior. Re-Shephir cedió. Profirió un alarido que vibró a través de Lexa. Un alarido que recordaba su encarcelamiento y temía algo peor. Lexa cayó hacia atrás en la sala en la que habían estado combatiendo. Clarke la atrapó con sus manos de acero, hincando una rodilla con un crujido audible de armadura esquirlada contra piedra. Lexa oyó desvanecerse el eco de aquel alarido. Re-Shephir no había muerto. Estaba huyendo despavorida, resuelta a alejarse tanto de Lexa como pudiera. Cuando se obligó a abrir los ojos, encontró la cámara libre de oscuridad. Los cadáveres de las criaturas de medianoche se habían disuelto. Aden corrió a arrodillarse junto a un hombre del puente que había salido herido, se quitó el guantelete y le infundió curativa luz tormentosa. Clarke ayudó a Lexa a incorporarse, y ella se metió la mano segura expuesta bajo el otro brazo. Tormentas, no sabía cómo, pero había mantenido la ilusión de la havah. Incluso después de todo lo sucedido, no quería que Clarke supiera de la existencia de Velo. No podía.

—¿Dónde? —le preguntó, agotada—. ¿Dónde ha ido?

Clarke señaló al otro extremo de la sala, donde un túnel descendía más hacia las profundidades de la montaña.

—Ha huido por ahí, como humo en movimiento.

—¿Deberíamos darle caza? —preguntó Eth, acercándose cauteloso al túnel. Su lámpara reveló escalones tallados en la piedra—. Esto desciende mucho.

Lexa sentía un cambio en la atmósfera. La torre estaba… distinta.

—No le deis caza —dijo, recordando el terror del conflicto. Estaba más que encantada de permitir que aquella cosa escapara—. Podemos apostar guardias en esta cámara, pero no creo que vaya a volver.

—Sí —respondió Marcus, apoyándose en su lanza y limpiándose el sudor de la cara—. Los guardias van a ser muy buena idea.

Lexa frunció el ceño al captar el tono de su voz y, siguiendo su mirada, encontró lo que Re-Shephir había estado ocultando. La columna que ocupaba el centro exacto de la sala. Tenía engarzadas miles y miles de gemas talladas, la mayoría de ellas más grandes que el puño de Lexa. Juntas, eran un tesoro con más valor que casi cualquier reino.