31. EXIGENCIAS A LA TORMENTA
Si no pueden volveros menos ingenuos, que al menos os traigan esperanza.
De Juramentada, prólogo
Durante toda su juventud, Raven había soñado con hacerse militar y abandonar la pequeña y tranquila Piedralar. Todo el mundo sabía que los soldados viajaban mucho y veían mundo. Y eso había hecho. Había visto decenas y decenas de colinas desiertas, llanuras cubiertas de maleza y campamentos de guerra idénticos entre sí. Pero las vistas de verdad… en fin, eso era otra historia. La ciudad de Revolar estaba, como había demostrado su travesía con los parshmenios, a pocas semanas de distancia a pie desde Piedralar. Y nunca la había visitado. Tormentas, nunca había vivido en una ciudad, si no se contaban los campamentos de guerra. Sospechaba que la mayoría de las ciudades no estaban rodeadas por un ejército de parshmenios como aquella. Revolar estaba construida en una hondonada protegida a sotavento de una serie de colinas, el lugar perfecto para un pueblo pequeño. Solo que no era un pueblo pequeño. La ciudad se había expandido, ocupando los valles entre colinas, ascendiendo por las laderas a sotavento, dejando solo las cimas desnudas por completo. Había esperado que una ciudad pareciera mejor organizada. Había imaginado pulcras hileras de casas, como en un campamento de guerra eficiente. Aquello parecía más bien un matojo de plantas amontonadas en un abismo de las Llanuras Quebradas. Calles que iban en la dirección que les apetecía. Mercados que habían surgido al azar. Raven regresó con su grupo de parshmenios, que recorría un amplio camino allanado con crem. Dejaron atrás a miles y miles de parshmenios acampados, y por lo visto su número no dejaba de incrementarse. El suyo, sin embargo, era el único grupo que llevaba lanzas con punta de piedra en los hombros, morrales de galletas secas de grano, cuchillos y hachas de piedra y yesca en fundas enceradas con velas que Raven había intercambiado. Hasta había empezado a entrenarlos en el uso de la honda. Lo más seguro era que no hubiera debido enseñarles nada de todo aquello, pero saberlo no impidió que se sintiera orgullosa de entrar en la ciudad con ellos. Las calles estaban atestadas. ¿De dónde habían salido todos esos parshmenios? Debían de ser como mínimo cuarenta o cincuenta mil. Sabía que la mayoría de la gente hacía caso omiso de los parshmenios… y, bueno, ella había hecho lo mismo. Pero siempre había tenido en el fondo de la mente la idea de que tampoco había tantísimos por ahí. Todo ojos claros de alta categoría poseía un puñado. Y muchos caravaneros. Y… bueno, incluso las familias menos adineradas de las ciudades y los pueblos los poseían. Y luego estaban los trabajadores portuarios, los mineros, los acarreadores de agua, los obreros que se empleaban en la construcción de proyectos grandes…
—Es asombroso —dijo Sah, que caminaba junto a Raven llevando a su hija al hombro para que viera mejor. La niña tenía algunas de sus cartas de madera y las abrazaba igual que otra niña podría llevar su muñeca preferida.
—¿Asombroso? —preguntó Raven.
—Nuestra propia ciudad, Rav —susurró el parshmenio—. En mis tiempos de esclavo, apenas capaz de pensar, seguía soñando. Intentaba imaginar lo que sería tener mi propio hogar, mi propia vida. Pues aquí está.
Saltaba a la vista que los parshmenios se habían mudado a las casas de aquellas calles. ¿También tendrían mercados? La visión despertaba una pregunta difícil y perturbadora. ¿Dónde estaban todos los humanos? El grupo de Khen siguió internándose en la ciudad, todavía guiados por la spren que ella no veía. Raven captó señales de problemas. Ventanas rotas, puertas que ya no cerraban.
Parte de ello se debería a la tormenta eterna, pero pasó frente a un par de puertas que a todas luces se habían forzado con hachas. Saqueo. Y más adelante había una muralla interior. Era una buena fortificación, justo en el centro de la expansión de la ciudad. Debía de señalar el límite de la localidad original, tal y como lo decidiera algún optimista arquitecto. Allí, por fin, Raven encontró señales de la lucha que había esperado durante su viaje inicial a Alezkar. Los portones de la ciudad interior estaban derribados. La garita de guardia había ardido, y seguía habiendo puntas de flecha clavadas en algunos travesaños de madera. Aquella era una ciudad conquistada. Pero ¿dónde habían trasladado a los humanos? ¿Debería buscar un campo de prisioneros o una enorme pira de huesos quemados? Solo pensarlo ya le dio arcadas.
—¿Esto es en lo que consiste? —preguntó Raven mientras pasaban por una calle hacia la ciudad interior—. ¿Esto es lo que queréis, Sah? ¿Conquistar el reino? ¿Destruir a la humanidad?
—Tormentas, no lo sé —dijo Sah—. Pero no puedo ser un esclavo otra vez, Rav. No permitiré que se lleven a Vai y la encarcelen. ¿Los defenderías, después de lo que te hicieron?
—Son mi gente.
—Eso no es excusa. Si alguien de tu gente asesina a otro, ¿no lo metéis en la cárcel? ¿Cuál es el castigo justo por esclavizar a mi especie entera?
Syl pasó volando y asomó la cara desde una titilante neblina. Captó la mirada de Raven y se acercó veloz hasta un alféizar, donde se posó adoptando la forma de una piedra pequeña.
—Yo… no lo sé, Sah —dijo Raven—. Pero una guerra que extermine a un bando o al otro no puede ser la solución.
—Puedes luchar a nuestro lado, Rav. Esto no tiene por qué ser humanos contra parshmenios. Puede ser algo más noble que eso. Oprimidos contra opresores.
A la altura del alféizar donde estaba Syl, Raven pasó la mano por la pared. Como habían practicado, Syl voló al interior de la manga de su casaca. Raven la notó como una ráfaga de viento, ascendiendo por la manga y saliendo por el cuello hasta su pelo. Habían decidido que los largos rizos la ocultarían lo suficiente.
—Hay muchos de esos spren amarillos claros por aquí, Raven —susurró ella—. Surcando el aire, bailando entre los edificios.
—¿Algún rastro de humanos? —preguntó Raven con disimulo.
—Al este —dijo ella—, hacinados en unos cuarteles del ejército y en los viejos alojamientos para parshmenios. Hay otros en grandes rediles, vigilados. Raven, va a llegar otra tormenta alta hoy mismo.
—¿Cuándo?
—Pronto, creo. Soy nueva en esto de predecirlas. Dudo que nadie se la espere. Está todo patas arriba, y las tablas no servirán de nada hasta que la gente haga nuevas.
Raven soltó un leve siseo entre dientes.
Su grupo estaba acercándose a otro grupo más numeroso de parshmenios. A juzgar por cómo estaban organizados en largas colas, aquello tenía que ser algún tipo de puesto de procesamiento para recién llegados. Y en efecto, colocaron al centenar de compañeros de Raven en una cola a esperar. Por delante de ellos, un parshmenio con armadura de caparazón completa, como un parshendi, paseaba a lo largo de la cola, sosteniendo una tablilla. Syl se introdujo más en el pelo de Raven mientras el parshendi se dirigía al grupo de Khen.
—¿De qué pueblos, campos de trabajo o ejércitos procedéis? —Su voz tenía una cadencia extraña, parecida a los parshendi a los que Raven había oído en las Llanuras Quebradas. Algunos del grupo de Khen tenían matices similares, pero no acentos tan fuertes.
El escriba parshmenio anotó la lista de pueblos que le recitó Khen, y entonces se fijó en las lanzas.
—Habéis estado ocupados. Os recomendaré para entrenamiento especial. Enviad a vuestra prisionera a los rediles. Apuntaré su descripción aquí y, cuando estéis instalados, podréis ponerlo a trabajar.
—Ella… Ella no es nuestra prisionera —dijo Khen, mirando a Raven. Había reticencia en su tono—. Era esclava de los humanos, como nosotros. Desea enrolarse y luchar.
El parshmenio alzó la mirada a la nada que había en el aire.
—Yixli está hablando en tu favor —susurró Sah a Raven—. Suena impresionada.
—Bueno —dijo el escriba—. Tampoco es algo inaudito, pero necesitaréis el permiso de un Fusionado para marcarla como libre.
—¿Un qué? —preguntó Khen.
El parshmenio de la tablilla señaló a su izquierda. Raven tuvo que salirse de la cola, junto a varios de los otros, para ver a una parshmenia alta y de pelo largo. Tenía caparazón cubriéndole las mejillas, que retrocedía por sus pómulos y seguía por debajo del pelo. En sus brazos se veían protuberancias, como si también hubiera caparazón por debajo de la piel. Sus ojos brillaban en rojo. Raven inspiró de golpe. El Puente Cuatro le había descrito aquellas criaturas, los extraños parshendi contra los que habían combatido en su avance hacia el centro de las Llanuras Quebradas. Eran los seres que habían invocado la tormenta eterna. Aquella enfocó su atención directamente en Raven. Había algo opresivo en su mirada roja. Raven oyó un trueno en la lejanía. A su alrededor, muchos parshmenios se volvieron hacia el sonido y empezaron a murmurar.
Alta tormenta.
En ese momento, Raven tomó su decisión. Se había quedado con Sah y los demás todo el tiempo que se atrevía. Había averiguado lo que había podido. La tormenta le ofrecía una oportunidad.
«Es hora de irme.»
La alta y peligrosa criatura de los ojos rojos, a la que habían llamado la Fusionada, echó a andar hacia el grupo de Khen. Raven no podía saber si la había identificado como Radiante, pero no tenía intención de esperar a que llegara. Tenía planes formados: sus viejos instintos de esclavo ya habían optado por la escapatoria más fácil.
Estaba en el cinturón de Khen.
Raven absorbió la luz tormentosa directamente desde su bolsa. Se iluminó con su poder de un fogonazo, asió la bolsa (porque necesitaría las gemas) y se la arrancó, partiendo la correa de cuero.
—Lleva a tu gente a un refugio —dijo Raven a la estupefacta Khen—. Hay una alta tormenta cerca. Gracias por vuestra amabilidad. Os digan lo que os digan, sabed esto: no deseo ser vuestra enemiga.
La Fusionada empezó a chillar con voz iracunda. Raven miró la expresión traicionada de Sah y se lanzó al aire.
Libertad.
La piel de Raven tiritó de puro gozo. Tormentas, cómo lo había echado de menos. El viento, el cielo abierto por encima, incluso el vuelco de su estómago cuando la gravedad la liberó. Syl revoloteó a su alrededor como una cinta de luz, componiendo una espiral de líneas relucientes. Aparecieron glorispren en torno a la cabeza de Raven. Syl adoptó la forma de una persona solo para poder fulminar con la mirada a las bolitas de luz que flotaban.
—Es mía —dijo, apartando una de un manotazo.
A unos ciento cincuenta o doscientos metros de altura, Raven cambió a medio lanzamiento, para perder velocidad y quedarse flotando en el cielo. Por debajo, la parshmenia de ojos rojos hacía aspavientos y chillaba, aunque Raven no podía oírla. Tormentas. Esperó que aquello no causara problemas a Sah y los demás. Tenía una vista excelente de la ciudad, de las calles rebosantes de parshmenios que empezaban a buscar refugio en los edificios. Otros grupos corrían hacia la ciudad desde todas las direcciones. Incluso después de pasar tanto tiempo con ellos, su primera reacción fue un desasosiego. ¿Tantos parshmenios juntos en un solo lugar? Era antinatural.
La sensación la molestó como nunca lo habría hecho antes. Echó un vistazo a la muralla de tormenta, que veía aproximarse desde la lejanía. Aún le quedaba algo de tiempo antes de que llegara. Tendría que volar sobre la tormenta para evitar que la atraparan sus vientos, pero luego, ¿qué?
—Urithiru está allí en alguna parte, hacia el oeste —dijo—. ¿Puedes guiarnos hasta ella?
—¿Cómo quieres que lo haga?
—Porque ya has estado allí.
—Y tú también.
—Pero tú eres una fuerza de la naturaleza, Syl —dijo Raven—. Puedes sentir las tormentas. ¿No tienes alguna especie de… sentido de la posición?
—Tú eres la que es de este reino —replicó ella, espantando a otro glorispren y flotando en el aire junto a ella, cruzada de brazos—. Además, no soy tanto una fuerza de la naturaleza como uno de los poderes en crudo de la creación, transformado por la imaginación colectiva humana en la personificación de uno de sus ideales. —Le sonrió.
—¿De dónde te has sacado eso?
—Yo qué sé. Debí de oírlo en alguna parte. O a lo mejor es que soy lista y punto.
—Tendremos que ir hacia las Llanuras Quebradas, pues —dijo Raven—. Podemos apuntar hacia una ciudad grande del sur de Alezkar, intercambiar gemas allí y, con un poco de suerte, que nos llegue para plantarnos en los campamentos de guerra.
Con la decisión tomada, se ató la bolsa de gemas al cinturón, echó otra mirada hacia abajo e intentó estimar el número de tropas y fortificaciones parshmenias. Le resultaba extraño no preocuparse de la tormenta, pero le bastaba con ascender sobre ella cuando llegara. Desde allí arriba, Raven veía las grandes zanjas talladas en la piedra para desviar las crecidas después de una tormenta. Aunque la mayoría de los parshmenios habían huido a los refugios, quedaban algunos abajo, estirando los cuellos y mirándola a ella. Leyó el sentimiento de traición en sus posturas, aunque no alcanzaba a distinguir si eran miembros del grupo de Khen o no.
—¿Qué pasa? —preguntó Syl, posándose en su hombro.
—No puedo evitar la sensación de afinidad con ellos, Syl.
—Conquistaron la ciudad. Son Portadores del Vacío.
—No, son personas. Y están muy enfadadas, y con buen motivo. —Una ráfaga de viento la alcanzó de lado y la zarandeó un poco—. Conozco el sentimiento. Arde en ti, se te incrusta en el cerebro hasta que lo olvidas todo menos la injusticia que se te ha hecho. Era lo que sentía yo por Finn. A veces, todo un mundo de explicaciones racionales puede hacerse insignificante frente a ese deseo arrebatador de conseguir lo que mereces.
—Cambiaste de opinión sobre Finn, Raven. Comprendiste qué era lo correcto.
—¿Ah, sí? ¿Comprendí lo que era correcto o fue solo que por fin acepté ver las cosas del modo en que tú querías?
—Matar a Finn estaba mal.
—¿Y los parshmenios que maté en las Llanuras Quebradas? ¿Asesinarlos a ellos no estuvo mal?
—Estabas protegiendo a Bellamy.
—Que atacaba su tierra natal.
—Porque ellos mataron a su hermano.
—Lo cual, que sepamos, pudieron hacer porque vieron la forma en que el rey Gavilar y los suyos trataban a los parshmenios. —Raven se volvió hacia Syl, que seguía sentada en su hombro, con una pierna bajo el cuerpo—. ¿Cuál es la diferencia, Syl? ¿Qué diferencia hay entre que Bellamy atacara a los parshmenios y que los parshmenios conquistaran esta ciudad?
—No lo sé —dijo ella con un hilo de voz.
—¿Y por qué habría sido peor que permitiera el asesinato de Finn por sus injusticias que cuando actué para matar parshmenios en las Llanuras Quebradas?
—Una está mal. O sea, da sensación de estar mal. Las dos la dan, supongo.
—Solo que una estuvo a punto de romper mi vínculo y la otra no. El vínculo no consiste en lo que está bien y lo que está mal, ¿verdad, Syl? Consiste en lo que tú ves como bueno o malo.
—Lo que los dos vemos —la corrigió ella—. Y consiste en los juramentos. Juraste proteger a Finn. Dime que, durante el tiempo en que planeabas traicionar a Finn, en el fondo no pensabas que estabas actuando mal.
—De acuerdo. Pero sigue siendo cuestión de percepción. —Raven dejó que el viento la moviera, notando un vacío en la tripa—. Tormentas, esperaba… esperaba que me lo pudieras decir tú, que me mostraras un bien absoluto. Por una vez, querría que mi código moral no viniera con una lista de excepciones al final.
Ella asintió, pensativa.
—Esperaba que me rechistaras —dijo Raven—. Eres una… ¿Cómo era? ¿Una encarnación de las percepciones humanas sobre el honor? ¿Por lo menos no deberías creer que tienes todas las respuestas?
—Es probable —dijo ella—. O quizá, si existen respuestas, debería ser la que quisiera encontrarlas.
Ya se veía del todo la muralla de tormenta, el enorme muro de agua y desperdicios que empujaban los vientos de una alta tormenta al avanzar. Raven se había dejado empujar por el viento fuera de la ciudad, de modo que se lanzó al este hasta quedar flotando sobre las colinas que hacían de cortavientos a la ciudad. Allí contempló algo que no había visto antes: rediles repletos de grandes concentraciones de humanos. El viento que soplaba desde el este iba cobrando fuerza. Sin embargo, los parshmenios que vigilaban los rediles seguían allí plantados, como si nadie les hubiera dado la orden de moverse. Los primeros rugidos de la alta tormenta habían sido lejanos, difíciles de oír. Tardarían poco en darse cuenta de lo que ocurría, pero para entonces quizá ya fuese demasiado tarde.
—¡Oh! —exclamó Syl—. ¡Raven, esa gente!
Raven maldijo y liberó el lanzamiento que la mantenía elevada, con lo que empezó a caer a plomo. Se estrelló contra el suelo, liberando una oleada de brillante luz tormentosa que se expandió desde ella en un anillo.
—¡Alta tormenta! —gritó a los guardias parshmenios—. ¡Viene una alta tormenta! ¡Llevad a esa gente a un lugar seguro!
La miraron anonadados. La reacción no la sorprendió. Raven invocó su hoja esquirlada, apartó a los parshmenios y subió de un salto a la valla baja de piedra que rodeaba el redil para guardar cerdos. Sostuvo en alto la hoja-Syl. La gente de la ciudad acudió en tropel a la valla. Se alzaron gritos de: «¡Portadora de esquirlada!»
—¡Llega una alta tormenta! —gritó, pero su voz se confundió con el tumulto. Tormentas. No le cabía duda de que los Portadores del Vacío sabrían lidiar con una revuelta de ciudadanos.
Absorbió más luz tormentosa y se elevó en el aire. Eso los acalló, e incluso logró que retrocedieran.
—¿Dónde os refugiasteis de las últimas tormentas? —preguntó en voz alta e imperiosa.
Algunas personas de delante señalaron los grandes refugios que había cerca. Estaban construidos para acoger ganado, parshmenios e incluso viajeros durante las tormentas. ¿Cabrían en ellos todos los habitantes una ciudad? Tal vez, si se apretaban.
—¡Moveos! —gritó Raven—. La tormenta llegará pronto.
Raven, dijo la voz de Syl en su mente. Detrás de ti.
Se volvió y encontró a unos guardias parshmenios con lanzas que se acercaban a la valla. Raven bajó al suelo mientras los lugareños reaccionaban por fin saltando las vallas, que apenas les llegaban al pecho y estaban recubiertas de crem liso y endurecido. Raven dio un paso hacia los parshmenios y, con un tajo de su hoja, separó las puntas de lanza de los mástiles. Los parshmenios, que estaban poco mejor entrenados que sus compañeros de viaje, retrocedieron confundidos.
—¿Queréis combatirme? —les preguntó Raven.
Uno negó con la cabeza.
—Pues ocupaos de que estas personas no se pisoteen unas a otras mientras corren a refugiarse —dijo Raven, señalando—. Y evitad que los demás guardias los ataquen. Esto no es un levantamiento. ¿No oís el trueno, no notáis que arrecia el viento?
Volvió a lanzarse sobre la valla e hizo gestos a la gente para que se moviera mientras gritaba órdenes. Los vigilantes parshmenios terminaron decidiendo que, en vez de luchar contra una portadora de esquirlada, preferían arriesgarse a meterse en líos por hacer lo que decía. Al poco tiempo, tenía un equipo entero de ellos dirigiendo a los humanos —a menudo con menos amabilidad de la que le habría gustado— hacia los refugios para tormentas.
Raven se dejó caer junto a una guardia cuya lanza había partido en dos.
—¿Cómo hicisteis esto la última vez que cayó la tormenta?
—Dejamos que los humanos se las apañaran solos —reconoció ella—. Estábamos demasiado ocupados corriendo a guarecernos.
De modo que los Portadores del Vacío tampoco habían previsto la llegada de la tormenta. Raven torció el gesto, intentando no pensar en cuánta gente habría caído por el impacto de la muralla de tormenta.
—Hacedlo mejor —le dijo—. Esta gente ahora está a vuestro cargo. Habéis tomado la ciudad, habéis cogido lo que querías. Si queréis reclamar algún tipo de superioridad moral, tratad a vuestros cautivos mejor de lo que os trataron ellos a vosotros.
—Oye —dijo la parshmenia—, ¿tú quién eres? ¿Y por qué estás…?
Algo enorme impactó contra Raven, enviándola contra la valla con un crujido. Era un algo con brazos, una persona que le echó las manos al cuello, intentando estrangularla. Lo apartó de una patada y vio que sus ojos dejaban una estela roja. Del parshmenio de ojos rojos se alzó un brillo negro violáceo, como luz tormentosa oscura.
Raven soltó un improperio y se lanzó al aire.
La criatura la siguió.
Otra se elevó cerca, dejando atrás un tenue brillo violeta y volando con la misma facilidad que ella. Esos dos tenían un aspecto distinto de la que había visto antes: más delgados, y con el pelo más largo. Syl gritó en su mente, un sonido que combinaba dolor y sorpresa. Raven supuso que alguien habría ido corriendo a llamarlos después de verla alzarse hacia el cielo. Unos pocos vientospren pasaron junto a Raven y empezaron a bailar juguetones a su alrededor. El cielo se oscureció y la muralla de tormenta atronó en su avance. Aquellos parshmenios de ojos rojos la persiguieron hacia arriba.
Así que Raven se lanzó directa hacia la tormenta.
Había funcionado contra la Asesina de Blanco. La alta tormenta era peligrosa, pero también venía a ser una especie de aliada. Las dos criaturas la siguieron, aunque habían sobrestimado su altitud y tuvieron que hacer un lanzamiento hacia abajo que los zarandeó un poco. Le recordaron sus primeros experimentos con sus poderes. Raven hizo acopio de fuerzas, asiendo la hoja-Syl y acompañada por cuatro o cinco vientospren, y atravesó la muralla de tormenta. La engulló una oscuridad inestable, una oscuridad que a menudo quebraba el relámpago y rasgaban unos brillos fantasmagóricos. Las ráfagas de viento viraban y chocaban entre ellas como ejércitos enemigos, de forma tan irregular que sacudían a Raven en todas las direcciones. Hizo falta toda su destreza con los lanzamientos solo para seguir en la dirección que quería. Miró hacia atrás mientras los dos parshmenios de ojos rojos irrumpían en la tormenta. Su extraño brillo era más apagado que el de Raven, y en cierto modo daba la sensación de ser un antibrillo.
Una oscuridad que llevaban adherida.
Al momento, perdieron el control y salieron dando vueltas en el aire. Raven sonrió, y entonces estuvo a punto de aplastarlo un peñasco que caía. Se salvó por pura suerte: unos centímetros más y la enorme roca le habría arrancado el brazo. Raven hizo un lanzamiento hacia arriba y ascendió a través de la tempestad hacia su techo.
—¡Padre Tormenta! —vociferó—. ¡Spren de las tormentas!
No hubo respuesta.
—¡Apártate a un lado! —gritó Raven a los vientos arremolinados—. ¡Hay gente ahí abajo! ¡Padre Tormenta, tienes que escucharme!
Todo quedó en calma.
Raven estaba en aquel extraño espacio en el que había visto antes al Padre Tormenta, un lugar que parecía fuera de la realidad. El suelo estaba muy por debajo de ella, oscuro, salpicado de lluvia pero yermo y desierto. Raven flotaba en el aire, no por un lanzamiento, sino porque el aire era sólido bajo sus pies, sin más.
¿QUIEN ERES TÚ PARA PLANTEAR EXIGENCIAS A LA TORMENTA, HIJA DE HONOR?
El Padre Tormenta era un rostro tan amplio como el cielo, dominante como un amanecer.
Raven alzó su espada.
—Sé lo que eres, Padre Tormenta. Un spren, como Syl.
SOY EL RECUERDO DE UN DIOS, EL FRAGMENTO QUE PERMANECE. EL ALMA DE UNA TORMENTA Y LA MENTE DE LA ETERNIDAD.
—Entonces —dijo Raven—, con esa alma, esa mente y ese recuerdo, podrás sentir piedad por la gente de abajo.
¿Y QUÉ HAY DE LOS CENTENARES DE MILES QUE MURIERON ANTES A MANOS DE ESTOS VIENTOS? ¿DEBÍ SENTIR PIEDAD POR ELLOS?
—Sí.
¿Y LAS OLAS QUE DEVORAN, LOS FUEGOS QUE CONSUMEN? ¿HARÍAS QUE PARARAN?
—Hablo solo de ti, y solo hoy. Por favor.
El trueno rugió. Y el Padre Tormenta de verdad pareció estar planteándose la petición.
NO ES ALGO QUE PUEDA HACER, HIJA DE TANAVAST. SI EL VIENTO DEJA DE SOPLAR, NO ES VIENTO. NO ES NADA.
—Pero…
Raven cayó de nuevo en la tormenta en sí, y pareció que no había transcurrido ningún tiempo. Descendió entre ráfagas de viento, con los dientes apretados de frustración. Los vientospren lo acompañaron, y a un grupo de dos docenas que reían y revoloteaban, todos con forma de cinta de luz. Rebasó a uno de los parshmenios de ojos rojos. ¿Fusionados, eran? ¿Se llamaba así a todos los de ojos brillantes?
—De verdad, el Padre Tormenta podría colaborar más, Syl. ¿No afirmaba ser tu padre?
Es complicado, dijo ella en su mente. En todo caso, es terco. Lo siento.
—Es despiadado —dijo Raven.
Es una tormenta, Raven. Tal y como lo ha imaginado la gente durante milenios.
—Podría elegir.
Tal vez. Tal vez no. Creo que lo que estás haciendo es como pedir a un fuego que por favor deje de estar tan caliente.
Raven descendió mientras recorría terreno y tardó poco en llegar a las colinas que rodeaban Revolar. Había esperado encontrar a todo el mundo a salvo, pero, cómo no, había sido una esperanza frágil. La gente estaba esparcida por los rediles y el suelo cerca de los refugios. Uno de ellos aún tenía las puertas abiertas, y unos pocos hombres, para gran alegría de Raven, intentaban reunir a los últimos que quedaban fuera y llevarlos al interior. Pero muchos estaban demasiado lejos. Se acurrucaban en el suelo, sujetándose a la valla o a salientes de roca. Raven apenas alcanzaba a vislumbrarlos en los fogonazos de los relámpagos, como aterrorizados bultos que estaban solos bajo la tempestad. Ella había sentido esos vientos. Se había sentido impotente ante ellos, atada a la fachada lateral de un edificio.
Raven, dijo Syl en su mente mientras se dejaba caer.
La tormenta palpitó dentro de ella. Dentro de la alta tormenta, su luz tormentosa se renovaba de forma continua. La preservaba, y le había salvado la vida una docena de veces. El mismo poder que había intentado matarla había sido su salvación. Llegó al suelo, soltó a Syl y agarró la forma imprecisa de un padre joven que sostenía a su hijo. Tiró de él para levantarlos y, sin soltarlos, intentó correr con ellos hacia el edificio. Cerca de allí, otra persona que apenas logró distinguir salió despedida al aire por una ráfaga de viento y se la tragó la oscuridad.
Raven, no puedes salvarlos a todos.
Chilló mientras asía a otra mujer, se aferraba a ella y la hacía avanzar junto a ella. Dieron tumbos en el viento mientras llegaban a un grupo de gente apiñada. Serían más de veinticinco, a la sombra de la valla de un redil. Raven llevó a los tres a los que estaba ayudando (el padre, el niño y la mujer) con los demás.
—¡No podéis quedaros aquí fuera! —les gritó a todos—. ¡Juntos! ¡Tenéis que caminar juntos, por aquí!
Con gran esfuerzo, entre los aullidos del viento y la lluvia que los apedreaba como dagas, hizo que el grupo se moviera por la piedra del suelo, cogidos del brazo. Hicieron buenos progresos hasta que un peñasco se estrelló contra el suelo cerca de ellos, y algunos de ellos se acurrucaron, presa del pánico. El viento se alzó y elevó a algunos del suelo. Solo las manos con que los aferraban los otros impidieron que se los llevara. Raven parpadeó para quitarse de los ojos unas lágrimas que se mezclaban con la lluvia. Bramó. Cerca, un estallido iluminó a un hombre al que una parte de la valla aplastó al separarse del resto y lo empujó hacia la tormenta.
Raven, dijo Syl, lo lamento.
—¡Lamentarlo no basta! —gritó ella.
Llevaba a un niño en un brazo y tenía el rostro vuelto hacia la tormenta y sus terribles vientos. ¿Por qué destruía? Aquella tempestad dictaba sus vidas. ¿Debía arruinarlas también?
Consumida por el dolor y el sentimiento de traición, Raven hizo acopio de luz tormentosa y extendió una mano hacia delante, como si intentara contener al viento mismo. Un centenar de vientospren llegaron dando vueltas como líneas de luz, volando en torno a su brazo y envolviéndola como cintas. Refulgieron de luz y se extendieron de golpe para componer una lámina cegadora que se extendió a los lados de Raven y separó los vientos en torno a ella. Raven mantuvo la mano hacia la tormenta y la desvió. Del mismo modo en que una piedra en la corriente de un río detenía el agua, ella abrió una burbuja en la tempestad, creando una estela de calma a su espalda. La tormenta embestía contra ella, pero logró mantenerla a raya con una formación de vientospren que se extendían de ella como alas, separando el viento. Consiguió volver la cabeza mientras la tormenta la aporreaba. La gente estaba agachada detrás de ella, empapada, confusa… rodeada de calma.
—¡Corred! —gritó—. ¡Corred!
Se pusieron de pie y el joven padre recuperó a su hijo del brazo a sotavento de Raven, que retrocedió con ellos manteniendo el cortavientos. Aquel grupo eran solo unos pocos de los que habían quedado expuestos a la tormenta, y aun así Raven necesitó todas sus fuerzas para contenerla. Los vientos parecían enfurecidos por su desafío. Solo les haría falta una roca grande. Una figura de brillantes ojos rojos aterrizó en el campo ante ella. Avanzó, pero la gente por fin había llegado al refugio. Raven suspiró y liberó los vientos, y los spren que tenía detrás se dispersaron. Exhausta, dejó que la tormenta la alzara y se la llevara. Un lanzamiento rápido le proporcionó altitud e impidió que se estampara contra los edificios de la ciudad.
¡Hala!, exclamó Syl en su mente. ¿Qué acabas de hacer con la tormenta?
—No lo suficiente —susurró Raven.
Nunca podrás hacer lo suficiente para satisfacerte a ti misma, Raven. Aun así, ha sido maravilloso.
Dejó atrás Revolar en un abrir y cerrar de ojos. Se volvió, convertida en un escombro más levantado por el viento. Los Fusionados la persiguieron, pero fueron quedándose atrás hasta dejar de verse. Raven y Syl salieron por la muralla de tormenta y cabalgaron por delante de ella. Sobrevolaron ciudades, llanos, montañas, sin quedarse nunca sin luz tormentosa, al tener una fuente que la renovaba desde detrás. Volaron una hora larga antes de que una corriente de viento las desviara al sur.
—Ve hacia ahí —dijo Syl, una cinta de luz.
—¿Por qué?
—Tú haz caso al pedazo de naturaleza encarnada, ¿quieres? Creo que mi padre quiere disculparse a su manera.
Raven gruñó, pero dejó que el viento la arrastrara en una dirección concreta. Pasó horas volando así, perdida en los sonidos de la tempestad, hasta que por fin tomó tierra, en parte por voluntad propia y en parte por el empuje del viento. La tormenta pasó, dejándola en el centro de un enorme y abierto campo de roca.
La meseta enfrente de la ciudad-torre de Urithiru.
