32. COMPAÑÍA

Porque yo, precisamente yo, he cambiado.

De Juramentada, prólogo

Lexa se sentó en la sala de estar de Sebarial. Era una cámara de piedra de forma extraña, con un altillo en el que a veces situaba a músicos y una cavidad poco profunda en el suelo, que siempre decía que iba a llenar de agua y peces. Lexa estaba bastante segura de que hacía afirmaciones de ese tipo solo para molestar a Bellamy con su supuesta extravagancia. De momento, habían tapado el agujero con tablones y Sebarial avisaba de vez en cuando a la gente que no lo pisara. El resto de la estancia estaba decorado con todo lujo. Lexa estaba convencida de haber visto aquellos tapices en un monasterio del campamento de guerra de Bellamy, y los igualaban en exquisitez los muebles, las lámparas doradas y la cerámica. Y después, iba y colocaba unos tablones llenos de astillas para cubrir un agujero. Lexa meneó la cabeza a los lados. Hecha un ovillo en un sofá y cubierta de mantas, aceptó de mil amores una taza de humeante infusión cítrica que le ofreció Palona. Aún no había podido quitarse del cuerpo la gelidez que sentía desde su encuentro con Re-Shephir, unas horas antes.

—¿Quieres que te traiga algo más? —preguntó Palona.

Lexa negó con la cabeza y la mujer herdaziana se sentó en un sofá cercano, con otra taza en las manos. Lexa bebió, agradecida por la compañía. Clarke había intentado que durmiera, pero lo último que quería Lexa era estar sola. La había dejado al cuidado de Palona y se había quedado con Bellamy y Echo para responder a más preguntas.

—Bueno —dijo Palona—, ¿cómo ha sido?

¿Cómo podía responder a esa pregunta? ¡Había tocado a la tormentosa Madre Medianoche! Un nombre salido de la leyenda, una de los Deshechos, príncipes de los Portadores del Vacío. La gente cantaba sobre Re-Shephir en poemas y epopeyas, describiéndola como una figura oscura y hermosa. Los cuadros la mostraban como una mujer vestida de negro con una mirada voluptuosa en sus ojos rojos.

Parecía un buen ejemplo de lo poco que en verdad recordaban de aquellas cosas.

—No era como en las historias —susurró Lexa—. Re-Shephir es una spren. Una spren horrorosa e inmensa que está desesperada por entendernos. Así que nos mata, imitando nuestra violencia.

Había un misterio más profundo más allá de aquello, una voluta de algo que había vislumbrado estando entrelazada con Re-Shephir. Hacía que Lexa se preguntara si la spren tal vez no estaría solo intentando comprender a la humanidad, sino también buscando algo que ella misma había perdido. En algún tiempo distante, distante más allá del recuerdo, ¿aquella criatura habría sido humana?

No lo sabían. No sabían nada en absoluto. Después del primer informe de Lexa, Echo había puesto a sus eruditas a buscar información, pero su acceso a los libros desde allí seguía siendo limitado. Incluso con la ayuda del Palaneo, Lexa era poco optimista. Anya había dedicado años a buscar Urithiru, e incluso sus mayores descubrimientos habían resultado poco veraces. Sencillamente, había pasado demasiado tiempo.

—Y pensar que esa cosa estaba aquí todo el tiempo —dijo Palona—, escondida ahí abajo.

—Estuvo cautiva —susurró Lexa—. Terminó escapando, pero eso fue hace siglos. Llevaba aquí esperando desde entonces.

—Pues tendríamos que averiguar dónde están retenidos los otros y asegurarnos de que no salgan.

—No sé si a los demás llegaron a capturarlos.

Había sentido aislamiento y soledad en Re-Shephir, la sensación de quedar apartada mientras los otros escapaban.

—Entonces…

—Están ahí fuera y siempre lo han estado —dijo Lexa. Se notaba agotada y los párpados se le cerraban, desafiando la insistencia con que había dicho a Clarke que no estaba cansada de esa manera.

—A estas alturas, tendríamos que haberlos descubierto.

—No lo sé —dijo Lexa—. Las cosas serían… normales para nosotros. Igual que han sido siempre.

Bostezó y fue asintiendo distraída mientras Palona seguía hablando, en comentarios que degeneraron en alabanzas a Lexa por haber actuado como lo hizo. Clarke también la había aplaudido, cosa que no le importó, y Bellamy se había mostrado majísimo con ella, en vez de ser la habitual roca severa de persona que era. No les había contado lo cerca que había estado de rendirse, ni lo mucho que la aterrorizaba poder encontrarse de nuevo con aquella criatura un día. Pero… quizá sí que mereciera algún aplauso. Había dejado su hogar siendo una niña, buscando la salvación para su familia. Por primera vez desde aquel día en el barco, viendo cómo desaparecía Jah Keved por detrás, sentía que quizá de verdad empezaba a cogerle el truco a todo aquello. Que quizá hubiera hallado un poco de estabilidad en su vida, un poco de control sobre sí misma y su entorno. Y lo más notable de todo era que se sentía más o menos como una adulta. Sonrió y se acurrucó en las mantas, bebió su infusión y, de momento, apartó de su mente que una brigada entera de soldados la había visto con el guante quitado. Era más o menos una adulta. Podía soportar un poco de bochorno. De hecho, estaba cada vez más convencida de que, entre Lexa, Velo y Radiante, podía soportar cualquier cosa que la vida le echara encima. Un revuelo fuera de la sala hizo que se incorporara, aunque no sonaba peligroso. Eran frases intercambiadas y algunas exclamaciones bulliciosas. No se sorprendió mucho cuando Clarke entró, hizo una inclinación a Palona —la chica era educada— y fue trotando hacia ella, con el uniforme todavía arrugado de haber llevado una armadura esquirlada encima.

—No te asustes —dijo—. Es algo bueno.

—¿El qué? —preguntó, alarmándose.

—Bueno, acaba de llegar alguien a la torre.

—Ah, eso. Ya me ha dicho Sebarial que la muchacha del puente ha vuelto.

—¿Ella? No, no te estoy hablando de ella.

Clarke buscó las palabras mientras se aproximaban unas voces, y varias personas más entraron en la sala.

Al frente de ellas estaba Anya Griffin.

FIN

Primera parte